miércoles, 7 de junio de 2017

ADRIÁN A. ASTORGANO [20.194]


ADRIÁN A. ASTORGANO

Adrián A. Astorgano (León, España 1990). Es ilustrador y diseñador gráfico,  Licenciado en Bellas Artes y Máster en Educación por la Universidad de Salamanca. Colabora activamente con publicaciones independientes como Revista Pangea, Sie7e, Revista El Humo, Mordistritus, La Fanzine, Obituario… o escribe reseñas literarias para Notodo.com. Bueno, también dibuja o se aburre a la par que desempeña labores varias: como el ensamblaje de hamburguesas e impresor multicopista.



El desencanto

(torres de humo)
al igual que el bautizado
(con mucha gracia)
como efecto 2000
             no ocurrió nada después
de cada premonición azteca
de cada best seller del montón
y seguimos esperando por Nostradamus
planes de fomento de lectura
             y de natalidad
se llenan los campos
de agua anegada (de agencias de modelos)
y huele a algo que nos se percibe
desde el autocar, tras el cristal
ponen una película de principios de los 90
una de esas
             en las que los perros hablan
cosa que de sobra sabemos, no ocurre
y sin embargo
             hay un amplio catálogo
en materiales y modelos
de ropa para mascotas
de cualquier reino animal, a preservar
(medidas contra la extinción)
una vez vi preservativos para langostas
(el amor, aún por definir)




Eterno retorno

una canción
ahora, cuando
conozco ciertos lugares
de extrema sordidez
y luces amables
                            no diré nombres
paseos de césped artificial,
presbicia desde los jueves,
al cambio de turno
oír demasiado cerca coches, derrapar
                            no conozco sus matrículas
para el apartado musical
ubicar los acordes de cualquier hit nocturno
que mas dará
de todos modos, siempre
se trata de vender tiempo
con frecuencia, uniformes;
                            no diré colores corporativos
ni mi nombre de pila
tan sólo un número de teléfono
y una cuenta bancaria,
mientras tanto
digo adiós
a lo que queda de mis uñas
y a su función,
-entre otras cosas-
de abrir ciertos envases prensados
                         que no volveré a usar.




Serenata

y el circo sigue aún encendido
tras la verja
hay una boca de riego aplastada
por el emplazamiento improvisado
de una autocaravana
y corre el agua
pavimento abajo
renacuajos sombríos
e imagino y recorro
las tripas de la ciudad
el intestino compartido
las tripas de la ciudad y su erosión
por cada uno de sus poros, se escapa
para ser comida y cagada
una y otra vez mientras llovizna
como azúcar sobre violencia
de este modo el sudor
adquiere su visado internacional
mientras cada farola
ilumina la escena del crimen
como una película (muda)
de banda sonora predecible




Sucedáneo

                                            En la infancia vivimos,
                                            y después sobrevivimos

                                            -Leopoldo María Panero


Nuestros padres fueron astronautas
(aquellos que han visto el polo y desiertos a la vez)  
nuestras tardes tan largas como una salchicha
(fosa séptica y común, cuerpos en estrecho abrazo)

A fuego lento, todo descampado donde solíamos jugar
ha terminado por hervir, hacia calles más inseguras
(precisamente a falta de infancia)
ante el posible pronóstico de una plaga de pedófilos
nos dió por crecer, entre tanto, (sólo de palabra)
huérfanos, objetos sin catalogar sobre el pavimento
esculpiendo silueta para la trampa
hablando y hablando hasta vomitar en abundancia
del valor del silencio, infravalorado en cada mutación
(el correo postal, el ruido blanco de un electrodoméstico abandonado)
en nuestro galope, tan nocturno, desesperado y fugaz
(esta torpe manía por amanecer en espiral)

Ha sido quizá nuestro lustro más confuso,
(fin de la carrera espacial y ampliación del campo de batalla)
quién iba a decir que llegaríamos hasta aquí para vivirlo
(la realidad siempre supera a la ficción).




Amigos imaginarios

No existen, lo sé.
Sé perfectamente que no existen.

Mis poemas
de amor
a la naturaleza
no están hechos de papel;
porque vuelco todo ese cariño
en una botella
hasta llenarla
y enviar el mensaje al mar.

Así que tiro de la cisterna
una vez de cada tres, entonces
doy al planeta (y a mi bolsillo)
un breve respiro de 2000 mililitros,
gracias a que quizá, el baño
está ocupado
por unos compañeros de piso, a los que
no acabo de poner cara
porque hacen voto de silencio
según una religión, que desconozco
y sólo reservan sus palabras
para hablar siempre de cosas
que no existen, pero
que nunca son poemas.

Nunca son poemas.
Poemas, (por ejemplo)
sobre ahorrar voz
o derrochar líquidos.

Nunca son algo más allá que siluetas.
A pesar del lúgubre pasillo vacío
no aparentan maldad, mas allá de esa
que veo en sus huellas sobre la porcelana.

Sé perfectamente que no existen, pero
están en mayoría y quizá
quien no exista sea yo,
o peor aún este amago de poema.





Fosa común

            Hipnotizado, miré como iban apareciendo luces en las casas.
                      No era la noche, era un complot.

                               – Agustín Fernández Mallo

Entre la arboleda
intento hacer de mi cuerpo
huésped anacoreta
en la distancia, protozoos
la ciudad ahí abajo sepultada
de bruma
al unísono, por cada saudade
continúan las escenas
de afectos especiales.
Una vez en la cima, nada más
que una antena de telefonía
para registrar el acontecimiento:
me pregunto si estos papeles
con líneas de texto
generarán más energía, que
aquella empleada en su génesis.

El homínido ya camina por sí solo,
recorre todo el cortafuegos
desde el bolsillo de mi pantalón
se aprieta la tarjeta de crédito
define su paisaje mental:
            el placer es todo mío.
Un día de rebajas
al vapor de la orina
crece un microclima fugaz;
entonces desde mis botas
Bangladesh
huele el hielo de los charcos
escapar,
huelen musgo
cazadores, que
pese a los carteles de advertencia
siempre son furtivos
tras el valle
puede oírseles disparar.




Selección natural                      

mediante asfixia

cualquier condón
acaba por convertirse
en fantasma
de segunda mano

acumulando sus cuerpos
sus nombres caducan

para superarse
el progreso crece y se inmola
alcanzando algo así, como
la nación del estar bien

un día perfecto como hoy

parece más que adecuado
arrancar las teclas CTRL y Z
de ese paisaje mental tuyo,
porque cualquier comida, todas
las fotos de gastronomía
que aparezcan en internet
han sido mierda antes y después

es una alerta en gerundio

cada grifo que gotea, viene a ser
un muñeco de nieve huérfano
o que incluso nace del todo muerto
intoxicado por tantos desguaces
que aún riegan los jardines de infancia

así que permanecen en sintonía

todavía a la caza de un ritual necesario
tras el intermitente proceso del baile









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