domingo, 31 de julio de 2016

LUIS DE LA PAZ [19.006]


Luis de la Paz

Luis de la Paz (La Habana, 1956). Salió de Cuba durante los dramáticos sucesos de la embajada del Perú y el posterior éxodo del Mariel, en 1980. Desde entonces reside en Miami. Fue miembro del consejo de editores de las revistas Mariel (1983-1985), Nexos (1998-2001) y director de El Ateje (2001-2008). También formó parte, entre el 2005 y el 2011, de la directiva del Instituto Cultural René Ariza, organización encaminada a la difusión y promoción del teatro cubano. Premio Lydia Cabrera de Periodismo Cultural (2011), otorgado por ArtesMiami. Fue Vicepresidente del Pen Club de Escritores Cubanos en el Exilio y es miembro del Colegio de Periodistas de Cuba en el Exilio.

Fue ganador del Premio de Ensayo Museo Cubano, por Dulce María Loynaz, tránsito de una gran dama cubana (1999). Su ensayo Rostro en la narrativa cubana, formó parte del libro 1902-2002: centenario de la República de Cuba,  compilado por William Navarrete. Fue invitado en dos oportunidades por el Cuban American Culture Institute, de Los Ángeles, California al Festival de Cultura Cubana, para ofrecer sendas conferencias sobre la escritora Dulce María Loynaz y el éxodo del Mariel. Ha participado en varias Ferias del libro de Miami y en la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo, República Dominicana. Su ponencia, Spanglish, una realidad a la que no hay que temer, formó parte del libro Español o Spanglish, cuál es el futuro de nuestro idiom(Miami, 2005), mientras el ensayo El cuento y el relato cubano, fue su contribución a la Enciclopedia del Español en los Estados Unidos, publicada por la Editorial Santillana, en Madrid.

Ha publicado los libros de relatos: Un verano incesante (Ediciones Universal, Miami 1996), El otro lado (Ediciones Universal, Miami, 1999), Tiempo vencido (Editorial Silueta, 2009) y Salir de casa (Alexandria Library, 2015).

En poesía: De espacios y sombras, Accésit al Premio Luys Santamarina-Ciudad de Cieza, Murcia, 2015, publicado por PR-Ediciones, Madrid, 2015, con una segunda edición bajo el sello Alexandria Library, Miami, Estados Unidos, 2016.

Compiló Reinaldo Arenas, aunque anochezca: textos y documentos (Ediciones Universal, Miami, 2001) y Teatro cubano de Miami (Editorial Silueta, 2010). Un cuento suyo es recogido en Cuentos desde Miami (Poliedro, Barcelona, 2004) y en Palabras por un joven suicida (Editorial Silueta, Miami, 2006). Su monólogo Feliz cumpleaños mamá, formó parte del IX Festival Latinoamericano del Monólogo (2010) y El Laundry, del mismo festival, en el 2011. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, hebreo, checo y húngaro. Fue columnista cultural de Diario Las Américas (1996-2013) y en la actualidad lo es de El Nuevo Herald.

Desde el 2013 conduce Viernes de Tertulia, en el Miami Hispanic Cultural Art Center.


EL CUERPO DEL HOMBRE  

Hay un gesto irregular en el rostro
mientra intenta alcanzar la firmeza.
Se alza. Todo es muy lento
milimétricamente calculado,
en la medida que algo encaja en su sitio.

La expresión se relaja,
se llena,
de repente,
de un potente control
como un asidero, una estabilidad.
La confianza, se hace presente. 

Hay un desgaste en el cuerpo del hombre
pero nada lo detiene.



LA CASA
  
I

Un sendero conduce
al interior de la casa.
La llovizna reposa en el camino
transparentando mi rostro:
aquél, no éste.
Del actual no tiene memoria,
le soy más que ajeno.

    
II

Hay algo herido en el ambiente que desentierra
con dureza el sitio.
El rojo y negro del portal. 
El cuadro, a la izquierda,
con un sereno motivo oriental.
Una flauta de cadenciosa fragilidad,
gime.

    
III

La cuerda, atando un remoto pasado,
tensará la muerte,
como el mueble que guarda,
en el espejo,
el aliento lacerado de mi padre. 

    
IV

Todos los años que viví en esa casa
están allí, hundidos en mi memoria,
vulnerados por un tiempo tan largo,
que ha acabado por dañar
todos los sentidos.

    
V

Del otro lado mi madre,
espesa como la sombra
que se desplaza a toda prisa,
esgrime el hambre como maldición.
Condena compartida,
desaliento inquietante,
como obstinadas furias. 

    
VI

Por ahí, mi hermana,
acaricia el grito en medio de la noche,
el golpe seco rompe la cordura.
Pero aún así,
se desata la juventud,
estalla,
se lanza,
vive su momento.

    
VII

De la casa:
caminos andados
de espacios y de sombras,
no queda mucho entre nosotros. 

    
VIII

Faltan muchas cosas vitales,
el sentido efectivo del golpe de luz,
el orden armónico,
la firme ráfaga de voz que dicta las pausas,
y la tregua.

    
IX

Después de todo no hay nostalgia,
sólo un desproporcionado
(y tardío) pesar.
Mira que viene gente extraña a esta casa.
Aunque ya no estoy.




“De espacios y sombras”, de Luis de la Paz


La Habana

Si de ausencia se trata,
no hay mucho que decir.
Todo se pierde en una distancia
donde la lejana contemplación
(y muy pasiva)
es lo único que asoma como algo vital.
Prevalece, eso sí,
como fugaces imágenes
que se resisten a desaparecer
de la memoria,
una inmensidad,
un muro desde donde
engorda la ciudad,
una ciudad,
también mi ciudad,
que contemplo más apagada,
(y duele la palabra),
más falsa.

Los sitios, en definitiva,
se llenan de vestigios de un pasado
que suelen consolar
a los más afectados
por la nostalgia,
pero que hacen desfallecer
a aquellos más escépticos,
a mí,
conduciéndome al
paroxismo, a la desolación.


Los borrachos de Velázquez

Nadie atina a la corona
cuando de entre las manos
ocho hombres
se bañan en el licor.
Baco: bello, desnudo, desafiante
castiga con la mirada.

Como buen Dios,
sabe adueñarse de la faena,
animar lo perceptible
alterar la serenidad.
Las jarras vacías,
los pies desnudos,
la mirada apetitosa,
le imprimen a la sobriedad
la variante de la dispersión,
el perfil del absurdo.

¿Cómo habrá terminado la celebración?



Balseros

Reta la realidad
con la tranquilidad
que exhorta (exige),
estar cerca de lo grande.
Deja, hermano, que la gran ola irrumpa,
te arrope con la ira de los cuerpos
que se deshacen al sol.
Sométete al mar como castigo
permite que la silueta
en el horizonte
sea una permanente esperanza,
que los cuerpos sonrientes,
y los abatidos
sigan marcando la historia de ese pueblo.




“De espacios y sombras”, de Luis de la Paz

Félix Luis Viera, México DF | 12/05/2016 

1

No pocos especialistas afirman que si de poesía se trata, es posible aplicar dos grandes divisiones —matices aparte— para clasificarla: la “escrita” con el cerebro y la que parte directamente del corazón.

Es decir, creadores que asumen el hecho poético desde el raciocinio y otros que lo abordan con lo sensitivo.

Luis de la Paz (La Habana, 1956 y en la actualidad residente en Miami) es de los primeros.

Lo anterior a mi juicio queda demostrado mediante el poemario De espacios y sombras, recientemente publicado por Alexandria Library, Miami.

Los 37 poemas —divididos en dos secciones, “Espacios”, “Sombras”— que corren a lo largo de las 65 páginas del libro, me llevan asimismo a proclamar un lugar común: el presupuesto fundamental de todos y cada uno es el amor. El lugar común es justamente este: El amor en sus más variadas asunciones. (Algo tan traído y llevado por reseñadores, políticos, religiosos, etcétera; solamente para salir del paso en la mayoría de las ocasiones.)

Remito si no a “Los de antes” (Un beso/ define el día;/ ya no es como antes, aunque digamos lo contrario); “La casa” (la soga, amarrando un remoto pasado,/ cuerda que tensará la muerte,/ como el mueble que guarda/ el aliento enfermo de mi padre; “Cita al final de los tiempos” (Hay en realidad, / un montón de futuros posibles).

Si bien en los poemas antes citados, y en los demás del libro, el asunto tratado en principio podría llevar por otro camino, el poeta da la vuelta y confluye con el canto, la terneza, o, como mínimo, el afecto.

Se advierte optimismo en De espacios y sombras, se advierte la sabia inocencia del creador, del amador.

Al considerar las primeras líneas de lo hasta aquí escrito, alguien podría dictaminar que estamos hablando de “poesía del ingenio”.

No. No es exactamente así. Reitero “la sabia inocencia del creador, del amador”, si bien el planteo de la mayoría de las piezas del libro se apoye en lo “cerebral”.

De modo que lo sensitivo queda en segundo plano, motivo por el cual será difícil hallar elementos de la naturaleza en De espacios y sombras. El tropo surge casi siempre de eso, del entendimiento, la inteligencia. Y en segundo orden de las “sensaciones”.

Veamos: Los sitios, en definitiva, /se llenan de vestigios de un pasado/ que suelen consolar/ a los más afectados/ por la nostalgia (P. 28); Fabular, ya no es una prioridad,/ como tampoco/ habrá argumentos/ para acudir al rescate/de esa mujer —o de ese hombre—/ que cada noche duerme sin compañía (P. 39); o En la vorágine me llamo a mí mismo, en ocasiones, /a un orden discordante, porque sé,/ no me caben dudas,/nada es tan permanente como las complejidades (P. 47).

Inserto en lo amoroso antes citado se halla la añoranza. A veces de un hecho pasado, hermoso o no; a veces de una localización perdida que vibra en el “yo” del poeta. Y en ocasiones en una quimera, en uno de esos ideales que todos hemos repasado alguna vez.

A propósito de las tres vertientes antes señaladas, cito: “Las muchachas en el patio”: Con maestría giran, extienden los brazos, /alzan la mirada pidiendo un deseo/ (...) mientras ven pasar por el aro/como una sombra inalcanzable,/ el sueño; “El cine del barrio”: Alguien, estoy seguro, ocupará mi propia butaca,/ y tal vez uno como yo,/ o como aquel,/ silencioso, con prudencia, se sentará al otro lado,/ para que nuevamente se haga la luz; “Una mujer ha tocado a mi puerta”: Una mujer de tez fresca carga mi alrededor./ Me dispongo a alcanzarla./ No puedo dejarla escapar porque es mucha mujer/ —me digo— / La he “fabricado”, cincelado para decirlo/ con más rigor, a lo largo de los años.

Termino con una llamada que creo deja en claro cómo el intelecto —capaz de universalizar lo más aparentemente prosaico—, más que otro recurso, es uno de los bienes fundamentales de De espacios y sombras;


“Contratiempo con el GPS”

Y la calle; el abismo marca el error del sendero.
El milagro no tendrá lugar.
No siempre existe la oportunidad de un atajo.

y mucho menos de rectificar.





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