viernes, 17 de octubre de 2014

CARLOS PEREZALONSO [13.709]



Carlos Perezalonso

Poeta. Nació en León el 16 de junio de 1943. Se crió en casa de su abuelo materno (Abraham Paguaga), que convocaba habitualmente a poetas esotéricos y artistas.

En 1961 ganó el primer concurso de poesía de la revista Ventana, y en 1967 el premio "Mariano Fiallos Gil", rama de cuento.  

Abandonando por cierto tiempo el oficio, concluyó sus estudios de abogacía en México. Se reincorporó a Nicaragua y a la escritura poética. También estudió y se graduó en el INCAE.

Radicó en México y actualmente vive en San Salvador, El Salvador.



Estos poemas pertenecen al libro inédito Estancias y otras 
consignaciones (2002-2003) del nicaragüense Carlos Perezalonso 

(1943). Su último poemario publicado es Orígenes y exilios (2002).



DANZANTES

Aprendimos a bailar con prostitutas
en salones de arena junto al mar,
bajo ranchos enormes y asoleados.

Con el clarinete que tiene por voz Celia Cruz
y la evocadora y alta tesitura de
Benny Moré

“ ¡Cómo fue,
no sé decirte cómo fue!”

No comercializábamos el amor todavía,
novias antes que putas.

Danzábamos.

Torpes jóvenes faunos
 junto al mar de lunas arrepentidas.
Costa Azul, Corinto, 1959.

¿Dónde estarán ahora
mis queridas viejas amigas
de las que no recuerdo sus nombres?

¿Ya murieron?
¿cómo reconocer sus tumbas, tímidas y blancas
 junto a la eterna brama del mar,

Lupe, Yolanda, Mercedes,
nombres picoteados por gaviotas
en la isla del Cardón?

“No sé decirte cómo fue,
no se explicar lo que pasó”





HOLOCAUSTOS PRIVADOS

Los muertos ateridos y pétreos,
fetales, de Pompeya y Herculano,
la carrera detenida 
de los carbonizados de Hiroshima, 
los soplados por el viento negro,
la sombras aceitosas
que quedaron tatuadas en el pavimento
de las calles de Managua,
los soterrados de Cuscatlán,
¿quiénes eran?

¿Quiénes fueron esas momias-objeto
boquiabiertas y ridículas
como nunca hubieran posado en vida,
en los pasillos del museo de Guanajuato?
 ¿Amaron?
¿Odiaron tanto
para comprar su eternidad?

Quizá fueron dignos y se respetaban
y se hicieron respetar. 
Se creyeron para siempre. 
Y ahí están,
preservados ahora para nosotros
niños flotando en formol,
abuelos alcalinizados por el polvo blanco
de esos pedregosos cerros llenos de tunas.

monjas conservadas en urnas de vidrio
olorosas a lirios casi maduros,
de cerúleas manos 
y dulces cervices tronchadas sobre sus pechos
suspendidas y cautivas en los frágiles cuerpos
para siempre en el inicio del pavor.

Es breve la memoria como la vida.
De amor insustituible
 a dolor insoportable,
 lacerante nostalgia,
avidez por el tiempo que se acaba,
homenaje a virtudes que nunca existieron
transformadas en ácidos defectos
 por las noches de vigilia y dura soledad; 
cuestión de honor o miedo a otras  carnes,
otros olores, otras historias…






HERMANAS LETALES 

Filomela deslenguada, 
ruiseñor nocturno que descons oló a Darío
en noches de alucinada vigilia,
no te conocemos por estos lares.

Conocemos, eso sí, y muy bien,
a tu hermana Procné, 
golondrina ensangrentada. 

Otros la interpretan gorrión. 
Muy pequeño, muy frágil, muy dulce, 
perdedor de las historias y canciones.
 Están equivocados.

Porque cortarle la cabeza al hijo
y ofrecérsela en bandeja al padre,
halcón que va acosando, 
es un asunto terrible, 
por muy asesino y violador que éste haya sido.

Y ahí van las dos hermanas
en carrera desbocadas, 
tanto el miedo que les salieron alas.

Así la historia del mito.

Las golondrinas vuelan 
sobre los cipreses del cementerio
 inmensamente libres y chillonas.

Ciertamente no es fácil descubrir
el beneplácito de Zeus.






PAPAYO

En mi patio,
 un papayo muy alto y frágil
sobrevive al viento que lo empuja
y que le arranca,
 todavía pequeñas y verdes,
las papayas que triste y lentamente
se pudren en el suelo.

Llegan los zanates luctuosos y ávidos 
a picotear los blandos cráneos amarillos,
mientras las hormigas doradas
 acarrean miel y brea a sus hoyos profundos.

Después la noche.
 Y el tenue olor de la muerte
fermentando otra vez la vida.






CEMENTERIO DIVIDIDO

Un gallo canta en el cementerio de Antiguo Cuscatlán. Canta 
paradójicamente por las tardes,
y picotea entre la tumbas de los pobres.

En el biencuidado césped del lado de los ricos,
las familias sestean,
 extienden sus manteles y destapan cocacolas,
mientras los niños corren y juegan
sin darse cuenta lo que están pisando.

El atardecer, el silencio y la sombra
que con el sol descienden entre los eucaliptos,
confortan a los muertos
que ascienden en olor de azahares
y ráfagas de viento.





VERA DEL LEMPA

Y ahí están todavía tus ojos 
prendidos en la penumbra
 atisbando el horizonte polvoso.

Clara noche de la memoria
donde un pequeño tren avanza
 para encontrar a cada vuelta 
al río Lempa, denso y cambiante,
destino sin consumirse.

Los silenciosos fantasmas de las garzas
 ascienden y descienden
en los arrozales.

Atrapado en el vértice de nada
el hombre observa tus ojos
 atónitos y esperanzados.

El río-tiempo es rápido y es lento,
depende de las pasiones.






CUANDO LOS CAIMANES RONCABAN

Para Álvaro

Acostados sobre la arena,
en noches lentas y ya lejanas,
esperando ver pasar los platillos voladores,
cuando los caimanes roncaban y chapoteaban
en el agua oscura del Xolotlán.

Entonces veíamos a los saurios
 atascados en los tragantes de las esquinas,
asomando sus trompas verdosas,
atrapados por el cieno asqueroso de las cloacas.

Y los hombres maniatándolos
para después matarlos y fotografiarse orgullosos con los cadáveres 
de los monstruos.

Nunca vimos a los platillos voladores,
aunque siempre asegurábamos haberlos visto.

Yo creo que los vimos y lo olvidamos.
Porque la infancia es eso,
cierta forma de olvido y de perpetuo presente:

somos todavía aquellos niños ateridos
oyendo chapotear en la noche a los lagartos,
con la esperanza de ver un marciano.











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