sábado, 11 de julio de 2015

EDWARD JOHN MORETON DRAX PLUNKET (LORD DUNSANY) [16.531]



(LORD DUNSANY)
EDWARD JOHN MORETON DRAX PLUNKET 


1878-1957  decimoctavo barón de Dunsany; aunque nacido en Londres pertenecía a una ancestral familia irlandesa asentada en el Condado de Meath, al noroeste de Dublin. Pasó su infancia y gran parte de su vida entre  Kent y Dunsany  lo que dice mucho de la doble alma de Lord Dunsany que sintiéndose  irlandés  no dejo de sentirse parte de la Corona británica. Al parecer, su solicitud para alistarse fue inicialmente rechazada por su posición pro-irlandesa en el levantamiento de 1916 aunque posteriormente fue admitido. Cuando con 36 años se declaró la primera guerra mundial era un experimentado oficial del ejército de la Corona, pues había participado en la guerra de los Boer. Conoció la guerra de trincheras en Flandes como Capitán de Royal Inniskilling Fusiliers cuyo testimonio dejó en su colección de poemas Fifty poems.

 Reconocido en su día como dramaturgo y hoy día fundamentalmente por sus cuentos precursores de la literatura fantástica,  su influencia sobre Lovecraft y Tolkien es citada  en todas las crónicas. JL Borges incluyó su cuento “El país del Yann” en una colección de lecturas fantásticas que dirigió en la editorial Siruela en el año 1984. Así resumió su perfil: A los doce años heredó el título de barón. Fue soldado: militó en Sudáfrica y en la Primera Guerra Mundial; fue cazador de leones: ese censurable hábito le inspiró las pocas páginas autobiográficas de su obra. Fue un diestro ajedrecista y dejó muchos problemas de ajedrez. Fue un buen jugador de cricket. Escribió poemas intensos y epigramáticos. Jamás condescendió a la polémica, toda su obra tiene su raíz en los sueños. Y murió, como todo irlandés que se respeta, en Inglaterra en 1957. (Borges dixit).

El interés por su obra no parece haberse perdido con el paso del tiempo. Antón Castro le dedicó un artículo en el Heraldo de Aragón en el suplemento de las Letras  con motivo de la reedición en el año 2009 ‘El libro de las maravillas. Cuentos asombrosos’. 

A pesar del comentario de Borges,  la poesía constituyó tanto cuantitativa como cualitativamente  una parte menor de su obra. “A Dirge Of Victoria”, aquí traducido,  apareció  como prefacio de su libro Unhappy Far-Off Things en 1919 y posteriormente lo incluyó en su primer libro de poemas en Octubre de 1929 fifty poems. El poema recogido en la antología de poesía irlandesa sobre guerra  por Gerald Dawe  creo que no entraña grandes dificultades en cuanto a su sentido: El canto de victoria por supuesto no es para los que la alcanzan sino para todos aquellos que quedaron en el camino.  Un nuevo homenaje creo yo a todos aquellos muertos. 

I. Pemán




A Dirge of Victory 

No levantes tu trompeta, Victoria, hacia el cielo,
Ni a través de los batallones, ni a golpe de baterías,
Sino sobre zanjas llenas de cables viejos,
Donde entre posos de  guerra  yacen montones de  muertos
Con el hierro malgastado que al pasar dejaron  los cañones .
Cuando  fueron hacia el este como el flujo de la  marea;
Allí toca tu trompeta que los muertos puedan saber,
Quién esperaba tu venida,  Victoria.
No somos nosotros  quienes  merecimos tu corona,
Ellos que esperaron allí, entre la maleza imponente.
El profundo lodo quemado bajo la respiración de las termitas,
Y los huesos por el invierno agrietados  e ignorados por los hombres  
Flameados por cientos de noches: las estaciones  pasaron.
Y tú por fin  llegas hasta  ellos, al fin, por fin!

Traducción Ignacio Pemán




A Dirge of Victory

 Lift not thy trumpet, Victory, to the sky,
  Nor through battalions nor by batteries blow,
  But over hollows full of old wire go,
Where among dregs of war the long-dead lie
With wasted iron that the guns passed by.
  When they went eastwards like a tide at flow;
  There blow thy trumpet that the dead may know,
Who waited for thy coming, Victory.

It is not we that have deserved thy wreath,
  They waited there among the towering weeds.
The deep mud burned under the thermite’s breath,
  And winter cracked the bones that no man heeds:
Hundreds of nights flamed by: the seasons passed.
And thou last come to them at last, at last






El libro de las maravillas. Cuentos asombrosos., de Lord Dunsany. Ediciones Alfabia. 2009. 295 páginas.


Sin embargo, 
en la sangre del hombre existe una marea, 
más bien una antigua corriente marina, 
que se asemeja de algún modo al crepúsculo 
y le trae rumores de belleza desde lugares muy lejanos, 
del mismo modo que en el mar 
se encuentran trozos de madera flotando a la deriva 
provenientes de islas aún desconocidas.



Tanto El libro de las maravillas como Cuentos asombrosos son dos de los mejores libros de relatos del escritor irlandés Lord Dunsany, un maestro del género admirado por Borges y Lovecraft, entre otros. Las historias de Lord Dunsany, llenas de una extraña poesía, mezclan lo enigmático y lo maravilloso en una evocadora atmósfera de ensueño, misterio y mito. En estas páginas sin desperdicio encontraremos centauros impetuosos que galopan hacia los confines del mundo, magos huraños que buscan el ingrediente secreto que les permita destruir Londres, barcos piratas a la fuga que deciden continuar su huida navegando por tierra firme, gigantes despeñados por enanos, un pobre hombre a quien el diablo le regaló tres chistes asesinos, inquietantes tiendas donde la gente acude a intercambiar sus males y un extraño club para dioses olvidados... En esos mundos asombrosos hay siempre algo irrevocable, algo indescifrable y siempre esquivo que permanece en la sombra: fatalidades varias, maldiciones, tesoros recónditos, límites inviolables, amenazas sin nombre, como si incluso en las tierras de la maravilla hubiera secretos vedados al hombre que éste descubre por casualidad o para su desgracia. Los cuentos de Lord Dunsany, escritos con inteligencia y sensibilidad, son todo un festín fabulador para el amante de la buena literatura.


Alfabia edita los 'Cuentos asombrosos' y 'El libro de las maravillas'
Álvaro Cortina | Madrid

El escritor irlandés Lord DunsanyEl escritor irlandés Lord Dunsany
En 1919 llegó a las manos de Lovecraft un libro llamado 'Cuentos de un soñador', de Lord Dunsany (1878-1957). Diez años después, en una carta a Clark Ashton Smith rememora el flechazo al comenzar a leer el primer relato, el memorable 'Poltarnees, la que mira al mar': "El primer párrafo me paralizó como una descarga eléctrica y con sólo leer dos páginas me convertí de por vida en devoto de Dunsany".

Hoy, en España, ese librito de relatos ha sido lo más fácil de conseguir de este visionario irlandés, dieciochoavo barón de Dunsany. Pero esto y los títulos breves sueltos que incluía la antología de literatura fantástica de Borges y 'Los mitos de Cthulhu' sabían a poco. Ya estaban descatalogadas desde hace mucho las antologías de Siruela 'En los confines del mundo' y 'En el país del tiempo', que el curioso debía rastrear por el laberinto amarillento de las librerías de segunda mano. Ahora la editorial Alfabia ha contribuido a sanar nuestra aguda carencia con 'El libro de las maravillas' y 'Cuentos asombrosos'.

No es sólo fantasía épica de primer nivel, y fascinación de tiempos remotos, de confines y ciudades impronunciables, es un "estilista mayor" (en palabras de Gimferrer) y una depuradísima aptitud lírica de precisión para lo onírico. Un dragón amarillo que baja sobre el Londres eduardiano, un hombre, Pombo el idólatra, que busca a una divinidad al final de un camino, siempre lo desconocido, el fin tras el fin. Nombres raros, tipo Afarmah, Lool Haf o Zeroora.

Lo oriental, lo desconocido. Reyes y princesas, piratas como el capitán Sahrd, y espectros, un esfinge en silencio, como en el sueño de un opiómano. Hay un trazo sereno e historiado en estas fabulaciones, también un abismo. Sus seres tienen nombres solemnes como de niños jugando a los indios: Anciano que Cuida del País de las Hadas o la Casa Hacia Ninguna Parte, o El Pájaro del Atisbo Difícil.





Edward John Moreton Drax Plunkett (su verdadero nombre) fue un personaje muy peculiar, en las estancias de su vetusto castillo familiar (tiene una web para visitas) pudo cultivar semejante don para la ensoñación, exótico reverso del mundo. Las breves reseñas biográficas que se pueden encontrar de él hacen referencia a su don para el ajedrez, para el cricket y las armas de fuego. Hizo la guerra en Sudáfrica y fue amigo de Yeats (otro enamorado de las arcanas leyendas).

Falta de traducciones

Todo lo que nos ha llegado de él son cuentos entre 1905 y 1919, aún faltan traducciones de sus novelas y de su dramaturgia (llegó a representar en el Abbey Theatre de Dublín, teatro Nacional de su país). A ver si más ediciones como la de Alfabia traducen a autor tan sugerente.

Por cierto, aquí se incluye un poema que Lovecraft le envió a su ídolo con el pseudónimo de Lewis Theobald, cuando Dunsany fue a Boston a dar conferencias (en 1919). No es un gran poema. Le llama "monarca de la fantasía". No hacía falta, ¡pero queda tan patente la superioridad de Dunsany sobre el famoso autor de 'Las montañas de la locura'! Ay, injusticias de la fama.

’El libro de las maravillas. Cuentos asombrosos., de Lord Dunsany. Ediciones Alfabia. 2009. 295 páginas.



Caronte 

[Cuento. Texto completo.]

Caronte se inclinó hacia delante y remó. Todas las cosas eran una con su cansancio.
Para él no era una cosa de años o de siglos, sino de ilimitados flujos de tiempo, y una antigua pesadez y un dolor en los brazos que se habían convertido en parte de un esquema creado por los dioses y en un pedazo de Eternidad.

Si los dioses le hubieran mandado siquiera un viento contrario, esto habría dividido todo el tiempo en su memoria en dos fragmentos iguales.

Tan grises resultaban siempre las cosas donde él estaba que si alguna luminosidad se demoraba entre los muertos, en el rostro de alguna reina como Cleopatra, sus ojos no podrían percibirla.

Era extraño que actualmente los muertos estuvieran llegando en tales cantidades. Llegaban de a miles cuando acostumbraban a llegar de a cincuenta. No era la obligación ni el deseo de Caronte considerar el porqué de estas cosas en su alma gris. Caronte se inclinaba hacia adelante y remaba.

Entonces nadie vino por un tiempo. No era usual que los dioses no mandaran a nadie desde la Tierra por aquel espacio de tiempo. Mas los Dioses saben.

Entonces un hombre llegó solo. Y una pequeña sombra se sentó estremeciéndose en una playa solitaria y el gran bote zarpó. Sólo un pasajero; los dioses saben. Y un Caronte grande y cansado remó y remó junto al pequeño, silencioso y tembloroso espíritu.

Y el sonido del río era como un poderoso suspiro lanzado por Aflicción, en el comienzo, entre sus hermanas, y que no pudo morir como los ecos del dolor humano que se apagan en las colinas terrestres, sino que era tan antiguo como el tiempo y el dolor en los brazos de Caronte.

Entonces, desde el gris y tranquilo río, el bote se materializó en la costa de Dis y la pequeña sombra, aún estremeciéndose, puso pie en tierra, y Caronte volteó el bote para dirigirse fatigosamente al mundo. Entonces la pequeña sombra habló, había sido un hombre.

-Soy el último -dijo.

Nunca nadie antes había hecho sonreír a Caronte, nunca nadie antes lo había hecho llorar.

FIN




En tierra baldía
[Cuento. Texto completo.]

Sobre los marjales1 descendía la noche espléndida con todas sus bandadas errantes de estrellas nómadas y todo su ejército de estrellas fijas que titilaban y vigilaban.
A la firme tierra seca del Oriente, gris y frío, la primera palidez del alba llegaba sobre las cabezas de los dioses inmortales.

Entonces, al acercarse por fin a la seguridad que ofrecía la tierra seca, el Amor miró al hombre al que por tanto tiempo había conducido por los marjales y vio que tenía el pelo cano, porque brillaba en la palidez del alba.

Entonces pisaron juntos tierra firme y el viejo se sentó fatigado en la hierba porque había errado por los marjales durante muchos años; y la luz del alba gris se expandió por sobre las cabezas de los dioses.

Y el Amor le dijo al viejo:

-Ahora te dejaré.

Y el hombre no le dio respuesta, pero se echó a llorar.

Entonces el Amor sintió pena en su corazoncito despreocupado y dijo:

-No debes estar triste porque te deje ni echarme de menos ni cuidarte de mí para nada.

-Soy un niño muy necio y nunca fui bueno contigo, ni amistoso. Nunca me cuidé de tus profundos pensamientos ni de lo que había de bueno en ti; por el contrario, fui causa de tu perplejidad al llevarte de aquí para allá por los peligrosos marjales. Y fui tan desalmado que si hubieras perecido en el lugar a donde te había conducido, no habría significado nada para mí, y sólo me quedé contigo porque eras un buen compañero de juegos.

»Soy cruel y carezco del todo de valor; no soy nadie cuya ausencia pueda ser motivo de pena ni de cuidado.»

Y aún el viejo siguió sin hablar y sólo continuó llorando quedamente; y el Amor se lamentó en su bondadoso corazón.

Y el Amor dijo:

-Como soy tan pequeño mi fuerza te pasó inadvertida y también el mal que te hice. Pero mi fuerza es grande y la utilicé sin justicia. A menudo te empujé de la calzada elevada a los marjales sin importarme que pudieras ahogarte. A menudo me burlé de ti e hice que otros se burlaran asimismo. Y a menudo te conduje por entre los que me odiaban y me reí cuando ellos se vengaron en ti.

»Así, pues, no llores, porque no hay bondad en mi corazón, sino sólo crimen y necedad; no soy compañía para alguien tan sabio como tú; por el contrario, soy tan frívolo y tonto que me reí de tus nobles sueños y entorpecí todas sus acciones. Considera, pues, me has desenmascarado y te pasarás sin mí; aquí vivirás en paz e, imperturbado, tendrás nobles sueños de los dioses inmortales.

»Considera, pues, aquí está el alba y la seguridad; allí, la oscuridad y el peligro.»

Todavía siguió el viejo llorando quedamente.

Entonces el Amor dijo:

-¿Esto es, pues tu guisa? -Y su voz era grave ahora, y serena-. ¿Te sientes tan perturbado? Viejo amigo de tantos años, hay pena en mi corazón por ti. Viejo amigo de peligrosas venturas, debo dejarte ahora. Pero pronto te enviaré a mi hermano... mi hermanito la Muerte. Y saldrá de los marjales a tu encuentro y no te abandonará y te será fiel como yo no te lo he sido.

Y el alba clareó más sobre los dioses inmortales y el viejo sonrió a través de las lágrimas que resplandecieron maravillosas a la luz creciente. Pero el Amor bajó a la noche y a los marjales, mirando atrás por sobre el hombro al partir y sonriendo bellamente con los ojos. Y en los marjales donde se internó, en medio de la noche esplendorosa y bajo las bandadas errantes de estrellas nómadas, hubo sonidos de risas y el sonido de la danza.

Y al cabo de un tiempo, con la cara vuelta hacia la mañana, salió la Muerte de los marjales, alta y hermosa, con una ligera sonrisa sombría en los labios; y levantó en brazos al hombre solitario con mucha gentileza, y le cantó en profunda voz baja una vieja canción. Y lo cargó en la mañana al encuentro de los dioses.

1. Marjal: Terreno bajo y pantanoso

FIN




El huracán
[Cuento. Texto completo.]

Me encontraba una noche solo en la gran colina contemplando una lúgubre y tétrica ciudad. Durante todo el día había perturbado el cielo sagrado con su humareda y ahora estaba bramando a distancia y me miraba colérica con sus hornos y con las ventanas iluminadas de sus fábricas. De pronto cobré conciencia de que no era el único enemigo de la ciudad, porque percibí la forma colosal del Huracán que venia hacia mí jugando ocioso con las flores al pasar; cuando estuvo cerca, se detuvo y le dirigió la palabra al Terremoto que como un topo, aunque inmenso, se había asomado por una grieta abierta en la tierra.

-Viejo amigo -dijo el Huracán-, ¿recuerdas cuando asolábamos las naciones y conducíamos los rebaños del mar a otros pastizales?

-Sí -repuso el Terremoto adormilado-. Sí, sí.

-Viejo amigo -dijo el Huracán-, hay ciudades por todas partes. Sobre tu cabeza, mientras dormías, no han dejado de construirlas por un instante. Mis cuatro hijos, los Vientos, se sofocan con sus humaredas, los valles están vacíos de flores y, desde que viajamos juntos por última vez, han talado los hermosos bosques.

El Terremoto se quedó allí echado con el hocico apuntando hacia la ciudad, pestañeando a la luz, mientras el Huracán estaba en pie a su lado mostrándosela con cólera.

-Ven -dijo el Huracán-, volvamos a ponernos en camino y destruyámoslas para que los hermosos bosques puedan volver y también sus furtivas criaturas. Tú abrumarás a estas ciudades sin descanso y pondrás a la gente en fuga y yo las heriré en el descampado y barreré su profanación del mar. ¿Vendrás conmigo y lo harás para gloria de la hazaña? ¿Desolarás el mundo nuevamente como lo hicimos, tú y yo, antes de que llegara el Hombre?

-Sí -dijo el Terremoto-. Sí.

Y nuevamente se metió en su grieta de cabeza contoneándose como un pato hasta el fondo de los abismos.

Cuando el Huracán se alejó a las zancadas, me puse en pie tranquilamente y partí, pero a esa hora a la noche siguiente volví cauteloso al mismo lugar. Allí encontré tan sólo la enorme forma gris del Huracán, con la cabeza entre las manos, llorando; porque el Terremoto duerme larga y pesadamente en los abismos y no despierta.

FIN

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