jueves, 9 de octubre de 2014

JUAN EUGENIO DE HARTZENBUSCH [13.605]




Juan Eugenio de Hartzenbusch

Juan Eugenio Hartzenbusch Martínez (Madrid, 6 de septiembre de 1806 - ibídem, 2 de agosto de 1880) fue un escritor, dramaturgo, poeta, filólogo y crítico español, uno de los más destacados representantes del drama romántico en España. Es conocido principalmente por su pieza Los amantes de Teruel (1837). No hay que confundirlo con su hijo, el bibliógrafo Eugenio Hartzenbusch e Hiriart.

Hijo de una española, Doña María Josefa Martínez Calleja y un ebanista alemán arruinado por la Guerra de la Independencia, quedó huérfano de madre cuando contaba sólo dos años de edad y vivió con su padre y hermano durante unos años en Valparaíso de Abajo, pueblo de la provincia de Cuenca. En 1815 la familia regresó a Madrid; allí el padre creó un nuevo taller de ebanistería. Juan Eugenio se preparó para tomar los hábitos estudiando con los jesuitas en el Colegio de San Isidro (1818-1822), aprendiendo latín, francés y humanidades, pero, al carecer de vocación religiosa, prefirió continuar con la actividad del padre. Se cuenta que empleaba sus ahorrillos para comprar libros y asistir al teatro. Por enfermedad del padre y confiscación de sus bienes a raíz de su participación en los sucesos del Trienio Liberal (1820-1823), el muchacho tuvo que trabajar en talleres ajenos, logrando por un esfuerzo admirable de su voluntad abrirse paso a una educación superior y triunfar en una sociedad cerrada a tales milagros. Se casó muy joven (1820) con María Morgue, que murió muy pronto, y volvió a contraer matrimonio con Salvadora Hiriart. En 1824 asistió por primera vez al teatro, lo cual cambiaría definitivamente el rumbo a su vida, pues quedó sumamente impresionado con las maravillas de Antínoo en Eleusis, ópera de un acto de gran efecto escénico. Tradujo obras francesas de Molière, Voltaire y Alejandro Dumas y refundió comedias del Siglo de Oro desde 1827, como por ejemplo El amo criado, de una pieza de Francisco de Rojas Zorrilla estrenada en 1829, o Las hijas de Gracián Ramírez (1831), a partir de La restauración de Madrid de Manuel Fermín de Laviano y que, encargada por un empresario, fue un rotundo fracaso.

En 1830 aprendió estenografía y se sumó a la plantilla del periódico Gaceta de Madrid en 1834; en 1837 se convirtió en taquígrafo del Diario de Sesiones del Congreso y el 19 de enero de ese mismo año estrenó con enorme éxito en el Teatro del Príncipe su drama Los amantes de Teruel, que le dio a conocer. El autor retocó el texto de la obra en otras ocasiones; la edición definitiva puede considerarse la publicada en 1849, reducida de cinco actos a cuatro y con un Romanticismo menos exaltado. Desde este estreno fue reconocido como uno de los mejores autores románticos. Fue presidente del Consejo de Teatros (1852). Fue nombrado director de la Escuela Normal (1854) y trabajó como oficial primero a partir de 1844 en la Biblioteca Nacional, donde ascendió hasta ser nombrado director de la misma (1862-1876).

En 1847 ingresó en la Real Academia Española con el número de orden 179 y ocupó el sillón ele minúscula, siendo el primero que ocupó esta letra y sillón, porque ese mismo año se ampliaron las plazas a treinta y seis y se optó por adjudicar sillones a las doce primeras letras minúsculas. Su discurso de ingreso versó sobre el dramaturgo Juan Ruiz de Alarcón. Colaboró también en la edición de la Biblioteca de Autores Españoles de Manuel Rivadeneyra encargándose de prologar y corregir el texto de las obras de Lope de Vega y Calderón de la Barca, y dirigiendo la edición del Teatro escogido de Tirso de Molina. También realizó una edición del Don Quijote y dejó preparadas las notas para una segunda. Murió gozando de la general estima de sus conciudadanos en Madrid, 1880.

Sus contemporáneos destacaron en él su carácter metódico y disciplinado y sus costumbres sencillas; no asistía a sus estrenos y, aunque era formal, nunca fue adusto ni severo y algunas veces se mostró vehemente al defender sus principios en disputas y controversias. Poseía una memoria portentosa, poblada de clásicos del Siglo de Oro, y era de ideología liberal, por lo que incluso fue miliciano nacional a pesar de su débil constitución.

En 1886 el Ayuntamiento de Madrid le dedica la Calle de Hartzenbusch, anteriormente llamada calle de Moreno Rodríguez.

Obra

El conocimiento de la poesía germánica le impulsó a buscar la concisión y el sentido moral y filosófico más que la brillantez y la armonía. Fue un excelente traductor de poemas italianos y alemanes: dominaba esos idiomas y además el inglés y el francés.

Los amantes de Teruel (1837) es un drama romántico en prosa y verso y se inspira en la leyenda turolense del mismo nombre y que tal vez proviene del Decameron de Giovanni Boccaccio. Aparece por vez primera el tema en El peregrino curioso, de Bartolomé de Villalba y Estaña (1577) y figura en el poema Florando de Castilla del licenciado Jerónimo de Huerta; se amplificó en Los amantes de Teruel de Juan Yagüe de Salas y después fue llevada a las tablas por Andrés Rey de Artieda, Tirso de Molina y Juan Pérez de Montalbán. Hartzenbusch reformó su pieza tres veces deseando llegar a la posible perfección.

Narra como el caballero pobre Diego Marcilla, enamorado de Isabel de Segura, obtiene de los padres de ella el plazo de seis años para alcanzar fortuna y poderse casar con su hija. Parte a luchar a Siria con los infieles y vuelve rico, pero a su regreso es hecho prisionero por los moros de Valencia; prendada de él la sultana Zulima y viéndose despreciada, marcha a Teruel para vengarse. Entretanto Don Rogrigo de Azagra, poderoso pretendiente de Isabel, trata de casarse pronto con ella utilizando como chantaje unas cartas comprometedoras para la madre de Isabel; se acuerda al fin el matrimonio entre Isabel y Azagra, pero Diego consigue al fin la libertad y corre a Teruel, en cuyas cercanías unos bandoleros convenidos con Zulima lo detienen mientras se celebra la ceremonia religiosa del casamiento entre Isabel y Azagra; al fin logra llegar a Teruel y se presenta a su novia, la cual, para alejarlo, dice que ya no le ama; Marsilla muere a efectos de tan rudo golpe e Isabel, desplomándose sobre su cadáver, expira también.
Hartzenbusch escribió además los dramas Doña Mencía (1839), un drama muy original sobre la Inquisición; Alfonso el Casto (1841),que utiliza uno de los peores recursos dramáticos del Romanticismo; La jura de Santa Gadea (1845), donde el personaje del Cid aparece tierno y sensible sin perder por ello su parte de héroe; La madre de Pelayo (1846) y La luz de la raza (1852).
También cultivó la comedia de magia, con obras como La redoma encantada(1839) o la famosísima en su época Los polvos de la madre Celestina (1840). Escribió también Fábulas (1843), algunas de ellas versiones de fabulistas alemanes como T. Conrad Pfeffel, Christian Gellert, Fiedrich von Hagedorn, Gotthold Ephraim Lessing y otros ingleses desconocidos en estas latitudes, otras extraídas de la colección francesa Fablier de la jeunesse (1801), otras inspiradas en escritores clásicos del Siglo de Oro, como Mateo Alemán, Lope de Vega y Calderón, y otras completamente originales (por caso, Las indirectas del padre Cobos), así como artículos costumbristas. En las fábulas no escasea la crítica social.

Entre sus sainetes en prosa destacan La visionaria (1840), La coja y el encogido ( 1842) y Juan de Viñas (1844). Editó clásicos españoles: Miguel de Cervantes, (Tirso, Lope, Alarcón y Calderón), con prólogos y notas y, por lo general, muy atinadas correcciones textuales. Sus ideas sobre ecdótica y crítica textual estuvieron muy por encima de las de sus contemporáneos y las ejerció en sus ediciones y en particular en una de Don Quijote de la Mancha y en un gran número de correcciones textuales a esta obra que dejó inéditas y fueron publicadas póstumas. Colaboró en los 34 volúmenes de la Enciclopedia moderna. Diccionario universal de literatura, Ciencias, artes, agricultura, industria y comercio publicada en Madrid (1851-1855) por Francisco de Paula Mellado supervisando la traducción y corrigiendo, ampliando y adaptando los autores dramáticos.



La rosa amarilla

Amarilla volviose
la rosa blanca,
por envidia que tuvo
de la encarnada.

Teman las niñas
convertirse de blancas
en amarillas.



Los mandamientos de España

Dicen que locos y niños
hablan siempre la verdad:
la lengua de un niño loco
debe ser la más veraz.
Un niño demente había,
que en medio de achaque tal,
iba, sin embargo, dócil
a la escuela del lugar.
El maestro, que observó
que era el loco algo capaz,
quiso que de la doctrina
supiese lo principal.
-¿Cuáles son, le preguntaba
un día para probar,
los mandamientos de Dios
que rigen la cristiandad?
-A los hombres, dijo el chico,
diez impuso en general,
y después a las naciones
otros en particular.
Dios manda que España tenga
trono firme y libertad,
montes, caminos, marina...
y el peñón de Gibraltar.



El uso de la libertad

«¡Viva la libertad!» Así gritaban
juntos con recia voz por largo rato,
al verse libres de su duro encierro,
una marmota, un gato,
un colorín y un perro,
que antes en un cortijo suspiraban,
víctimas del poder y los caprichos
de un labrador aficionado a bichos.
-¿Qué se hace, compañeros?,
preguntó el colorín, pues es costumbre
de bestias a la vez y caballeros
que el promotor de las cuestiones sea
la cabeza más ruin de la asamblea.
Yo, prosiguió diciendo muy ufano,
puesto que terminó la servidumbre,
y en ella me enseñaban vanos sones,
quiero desde hoy con ellos al tirano
silbar, y confundirle a maldiciones.
-Yo, dijo la marmota,
buscaré un agujero
para dormir en él un año entero.
-Aquí, el gato exclamó, según se nota,
por los collados hay y los ejidos
multitud de conejos y de nidos:
ya que se me presenta buena traza,
contrabandista me hago de la caza.
-Yo, prorrumpió sagaz el perdiguero,
como que libre y suelto bien me lamo,
voy libremente a ver si encuentro un amo.

¡De tan indigno modo
Empleó la cuadrilla emancipada
la libertad dulcísima anhelada!
Para las almas nobles ella es todo;
para egoístas, nada.



La vuelta del emigrado
Elegía

Yo os vi desarraigar, olmos lozanos,
Del nativo plantel; yo vi los fosos
Abrir en larga hilera, donde vida
Nueva os dio la común próvida madre;
Yo os vi las ramas extender nacientes,
Y de tierno follaje revestiros.
Niño yo entonces, vuestro liso tronco
Ceñía con la mano; ya ni os puedo
Con ambas abarcar. Ruda corteza
Los caracteres deformó, que un día
En vosotros grabé, cual en mi rostro
La mano de la edad y la desgracia
Trocaron ¡ay! en repugnante ceño
Los dulces rasgos de la infancia hermosa.

En otro tiempo para mí de dicha
Me visteis de la cítara sonante
Pulsar las cuerdas por la vez primera,
Y ufano celebrar el fausto día
En que la patria respiró. Sobre este
Duro peñasco destrocé furioso
La libre lira, cuando hueste inmensa
Descendió de la cumbre de Pirene,
Para arrasar el venerando templo
Que a la alma libertad alzara España.
¿Cuál es el árbol de vosotros, donde
Di reclinado lágrimas ardientes
De la patria infeliz a la ruina
Al deciros adiós? ¡Cielos! ¡qué miro!
¿No era aquél? Sí. ¡De la segur despojo
Fuiste al fin!... ¡Como tantos inocentes
Que bárbara inmoló la tiranía!
Pero tú, más feliz, árbol querido,
Vuelves a renacer en ese bello
Vástago que a tu pie brota pujante,
Y las vidas ¡ay, Dios! que en el sepulcro
La mano sumergió del despotismo,
Para siempre jamás en él se hundieron.

Pero estas melancólicas memorias
Abandonemos ya. La patria vuelve
De nuevo a respirar el aura pura
De libertad; y a saludaros torno,
Árboles, otra vez. No ya, cual antes,
Mancebo, de venturas coronado,
No. Huérfano me veis, sin bienes, seca
Del padecer la fuente de mi vida.
corta será su duración; mas si oye
La Parca ruegos de quien no la teme,
Cuando tendido a vuestra sombra entone
Con falleciente voz, en llanto ahogada
Los números que en días más serenos
Vosotros me inspirasteis, vibre el golpe
Crüel entonces; y la vida mía,
Donde canté la libertad, acabe.

29 de Mayo de 1834



El amante desdeñado

Desierta observo la feliz ventana
Descanso de los brazos de mi esquiva;
Ni su mágica voz se oye lejana,
Ni suena su laúd, ni fugitiva
Su sombra vaga en el opuesto muro,
En cuyo lienzo con la noche obscuro
Vierte la luz que arroja
La estancia refulgente
Su claridad amarillenta y roja,
Mírola yo impaciente;
Y haciéndome traición la fantasía
Se me figura percibir abierta
De un mundo de placer y de alegría
La esplendorosa puerta;
Y espera el corazón a cada instante
Que del hermoso Edén que ve delante
Mensajero aparezca de ventura
Un ángel de bondad y de hermosura.

¡Ay del amante que suspira en vano,
¡Ay del que busca amor y halla desvío!
Naufraga y a un bajel tiende la mano,
Y se la hiere marinero impío;
Y en ciego desvarío,
Mientras vigor alcanza
Sigue la senda cándida espumosa
(Fiel símbolo de frágil esperanza)
Que en la rizada superficie undosa
Tras sí bullendo deja
La quilla envuelta en cobre
De la nave que rápida se aleja.
Lucha el mísero y vence la pujanza
Del piélago salobre,
Que brama de que el hombre le resista;
Lucha hasta que se esconden a su vista
Sobre el hirviente azul la espuma blanca,
Tras el hirviente azul la obscura punta
Del mástil elevado.
Exhala el nadador desesperado
Un ay entonces que el dolor le arranca,
Cierra los ojos y los brazos junta,
Y entrega al mar con despechado arrojo
Su cárdeno cadáver por despojo,
Que se sepulta como piedra inerte;
Porque la acción robándole a la muerte,
Con la esperanza, en su veloz huída,
De aquel hombre que fue salió la vida.

Heme al pie de la reja sabedora
Del congojoso afán del pecho mío,
Que una sierpe abrigó que le devora.
Heme aquí, donde pierdo
Los ayes que en liviano desacuerdo
Del triste corazón al aire envío.
Sedientos de gozar mis ojos vagan
Por la región fantástica risueña
Donde ilusiones pérfidas me halagan,
Donde feliz el ánima se sueña;
Y la espalda entre tanto
Vuelvo a la realidad, embebecido
En el goce ideal del bien fingido:
Porque es en este mar de acerbo llanto
Privilegio el mayor de los mortales
Poder entre el delirio y el olvido
Soñar placeres padeciendo males.

Y males son los que la noche anuncia
Lóbrega y temerosa;
Males la voz del huracán pronuncia
Tronando estrepitosa;
Y el rayo serpeando por la esfera,
Escribe en letras de color sangriento
La sentencia fatídica severa.
Fuego despiden que requema el viento
El macizo sillar y la ancha losa,
Cual si volcán sepulto
De Madrid bajo el sólido cimiento
Tenaz abriese con empuje oculto
Paso a la llama que su seno encierra,
Taladrando las capas de la tierra.
De la nube que vela el firmamento
Desprendiéndose rara, el suelo azota
Gruesa, pesada gota,
Cuyo golpe levanta
Del polvo humedecido
Repugnante vapor, hálito ardiente;
Con voz lúgubre canta
El agorero pájaro en su nido;
Del benéfico sueño abandonado,
Con el cuchillo de la fiebre herido,
Lanza infeliz doliente
Sobre potro de pluma
Penetrante gemido prolongado;
Vil pesadilla abruma
La mente de la púdica doncella,
Germen fatal desenvolviendo en ella;
Y de su labio, del coral envidia,
Voz que huye, con afán articulada,
Descubre las quimeras con que lidia,
Y amedrenta a su madre desvelada.
Gime cada morada,
Que bajo cada techo
Sufre en sueños fantástica tortura
Quien no se agita en doloroso lecho:
Y al gemir allegándose el zumbido
Del aire que murmura,
Y la voz del cuidoso centinela,
De las nocturnas aves el graznido,
Y al ronco trueno que la sangre hiela
El son de religiosa campanilla
Y el susurro de rezo misterioso,
Que se oyen y se dobla la rodilla,
Por sí temblando el corazón piadoso,
Naturaleza en confusión tan fuerte
Manda al hombre temer próximo daño;
Y yo en delirio extraño,
Provocando a la suerte
A que con brazo de rigor me oprima,
Quieto en la orilla estoy de la honda sima
Que socava a mis pies el desengaño.
* * *
Sobrado conozco, bellísima ingrata,
Que no hay en tu pecho amor para mí;
Si empero piadosa te hallara mi pena,
Tornárase gozo mi triste gemir.

No aspiro a que empañe tus claros luceros
De llanto amoroso rocío feliz,
Ni pido a tu labio que trémulo se abra,
Y lánguido diga dulcísimo sí.

De insecto pequeño, que es átomo vivo,
La estrecha pupila no alcanza a medir
La curva gigante que ciñe los orbes,
Y caben en ella mil mundos y mil.

Tú numen de amores, tú sol de hermosura
Si quiero a tu esfera la vista subir,
Hundido en el polvo del suelo me miro,
Y tú te me escondes detrás del cenit.

Mas si es tu belleza de estirpe divina,
¿Por qué sus blasones desmientes así?
Con rostro de cielo, con alma de fiera,
Mirarte es amarte, y amarte sufrir.

Al ídolo salta la sangre que arroja
De víctima herida la humilde cerviz;
Y al ídolo en vano su turbia mirada
La res inocente levanta al morir.

Así cada día con frente serena
Los ayes escuchas, que vuelan a ti,
De aquél que postrado te muestra la llaga
Que hicieron tus ojos con dardo sutil.

La queja del triste regala tu oído,
Porque es de tu triunfo bastardo clarín:
También el balido de inerme cordero
Deleita a la tigre que asalta un redil.

De lloro y suspiros al alma impusiste
Acerbo tributo que ya te rendí:
¿No habrá una sonrisa, no habrá una mirada
Que a tantos rigores dé plácido fin?

¡Ah, sí! yo confío; mi amor me asegura.
Perdóname ¡oh bella! si no conocí
Qué máscara adusta de fiero desvío
Sagaz ocultaba legítimo ardid.

Quisiste que en rudo crisol de desdenes,
Mi fe sus quilates hiciera lucir:
Vencida la prueba, la harás de tu seno
Joyel con que adornes su puro marfil.

Quizá de mi gloria ya toco el instante.-
Su voz se ha escuchado, sus pasos oí.
Balsámica el aura me avisa que llega,
Y el alma a los ojos se quiere salir.

¡Oh! ven a esa reja; ven ya, mi señora,
Y dulce tu labio de fino carmín,
Vertiendo en mi pecho raudales de gozo,
Le dé la esperanza de un plácido sí.
* * *
Cortó la voz al desdeñado amante
Otra voz de suavísimo sonido,
Lisonja sospechosa del oído,
Caricia de enemigo mofador.

Palabras de pasión brotando ardientes
Oyó el tímido siervo a su tirana,
Y creyó que al dintel de la ventana
Llegar no la dejaba su rubor.

«Tú eres mi único bien,» ella decía;
«Tuyo es mi pecho que leal te adora;
Cesa de darme nombre de señora,
Que ya de tu querer esclava soy.»
«Premio debido a la constancia firme,
Sabré en halagos desquitar desdenes;
Contigo ya mi pensamiento tienes,
Y en esta mano el corazón te doy.»

Y viéronse dos sombras en el muro,
Frente de la ventana luminosa;
Y asido de la mano de su hermosa,
Un doncel a la reja se asomó.
Un amargo gemido a los amantes
Pudo turbar en tan feliz momento;
Mas le apagó con su zumbido el viento,
Y la noche ocultaba al que gimió.



La muerte

Miradle: sobre púrpura sentado,
La copa del placer bebiendo está.
Oid: -en su cantar regocijado
Ay de dolor discorde sonará.
* * *
«El hombre, del mundo rey,
Siervo de la muerte vive,
Dicta a la tierra la ley,
De la nada la recibe.»

«Gloria y oprobio eslabona,
pero en desigual razón:
Seguros sus hierros son,
Disputada su corona.»

«No halla el hombre criatura
Que a su cetro no resista:
Dios le da la investidura,
Y él el poder se conquista.»

«Osado en su frente a herir
Insecto mísero viene,
Que armas para herirle tiene,
Y alas también para huir;»

«Y ante las aras se ve
De la muerte sin defensa
El ínclito ser que piensa
Con una cadena al pie.»

«Y la segur del destino
Le postra al golpe fatal,
Cual troncha cañas de lino
Granizada o vendaval.»

«Es resistir a la parca
Es huirla insensatez:
Con sola una mano abarca
Del Orbe la redondez.»

«El hombre en tal situación,
Para encubrir su flaqueza,
Con risible sutileza
Forjó la resignación.»

«Y quiso hacerse creer,
Sofista consigo mismo,
Que era virtud y heroísmo
Lo que es falta de poder.»

«¿Por qué ese título falso
De rey, hombre, se te da,
Si eres un reo que va
De la cárcel al cadalso,»

«Cuya muerte a proporción
Se retarda o se acelera
Según dura la carrera,
Según aguija el sayón?»

«¡Ay! para haber de arrastrar
Tan efímera existencia,
Esclavo de una sentencia
Que no se puede evitar,»

«Yo, en el caso de elegir,
Hubiera dicho: «Primero
Quedarme en la nada quiero,
Que nacer para morir.»
* * *
Así el hombre delira y se atormenta
Luchando con idea tan cruel:
Insecto que de flores se alimenta,
Y labra acíbar en lugar de miel.

Tímido caminante en noche obscura,
Se asusta del benéfico pilar
Que próximo descanso le asegura
Tras largo y afanoso caminar.

Cáliz la vida con el fondo abierto
Que al licor deja sin cesar huir,
Y único punto al hombre descubierto
La muerte en el nublado porvenir,

¿Por qué dar a esa copa y a esa meta
Furtivas ojeadas de terror?
Mirarlas sí; mas con la vista quieta,
Y naciera del hábito el valor.

Despavorido huyó la vez primera
Que vio el salvaje el bélico corcel,
Y osado luego a la temida fiera
Clavó el arpón, y se vistió su piel.

Si al término de todos los caminos
Hay un despeñadero que rodar,
¿Por qué en la hondura amontonar espinos?
Plumas donde caer conviene echar.

¿Y qué es morir? ¿Qué es eso que desvela
Tanto al hombre que eterno quiere ser?
Hallar al fin la eternidad que anhela,
y un vestido prestado devolver.

No es el hombre la caja quebradiza,
Forma perecedera si gentil,
Que la mano del tiempo pulveriza
Y restituye a su principio vil;

Allí dentro un espíritu se encierra
Noble, puro, de origen celestial:
Aquello es hombre, lo demás es tierra,
Y aquello no perece, es inmortal.

Sediento el hombre de ventura vive,
Y apenas en la vida la entrevé:
¿Será posible que la mano esquive
Que de los cielos posesión le dé?

Breve es la vida. -¡Brevedad dichosa,
Que los días acorta de ilusión,
Y nos lleva en carrera presurosa
De la verdad a la feliz región!

¿Qué pide la virtud en la bonanza?
¿Qué anhela en la desgracia la virtud?
El piélago cruzar de la esperanza,
Sirviéndole de barca el ataúd.

El malvado que gima y se amedrente
De rendir a la muerte la cerviz,
Huélguese en la miseria de viviente,
Temeroso de ser más infeliz;

Pero es al cabo por decreto eterno
Desastroso el vivir del criminal;
Y si en la muerte asústale el infierno,
Su vida es otro infierno temporal.

Mezcla el hombre de espíritu y de lodo,
Ya excepcionado de la ley común,
¿Por qué, si el alma sobrevive a todo,
Más privilegios pretender aún?

Esos orbes vivíficos de lumbre
Que al mundo animan y le dan color,
Florones de la diáfana techumbre
O joyas del vestido del Señor,

Esta del hombre equívoca morada,
Cementerio con galas de jardín,
Todo al voraz abismo de la nada
Corre, y en él encontrará su fin.

Y en medio del magnífico vacío
Que llenará la eterna majestad,
El hombre girará con señorío,
Satélite de un sol divinidad.

Plazo es la vida que emplear debemos
En adquirir felicidad mayor,
Felicidad que adivinar podemos
En los goces que dan virtud y amor;

Y consumir en quejas vanamente
Los días de este plazo de merced,
Es, en vez de limpiar escasa fuente,
Cegar su vena y perecer de sed.

Muerte, centro de todo, ley temida
Mucho rigiendo, al abolirse más,
Porque el día fatal de tu caída
Contigo al universo arrastrarás;

Ángel eres que al alma aprisionada
Libertas de prolija esclavitud,
Y ya del roce con el cuerpo ajada
La vuelves a su hermosa juventud.

¡Muerte! si tú me guías a los brazos
De los seres que amé, de aquellos dos,
que de mí se llevaron dos pedazos
En el amargo postrimer adiós;

Si al padre caro, si a la esposa amante,
Ya para siempre me uniré por ti;
Si a la madre he de ver que tierno infante
Primero la lloré que conocí;

Ven, que tú eres la dicha, errado el nombre,
Tú haces la vida dulce de dejar,
Y tú puerto seguro das al hombre
Que errante boga por inquieto mar.








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