sábado, 11 de abril de 2015

HAMLET AYALA LUGO [15.555]


Hamlet Ayala Lugo 

(1993) nació en Guadalajara, Jalisco. Estudia Gestión Cultural en la UDG. Ha publicado en la revista mexicana de teatro Paso de Gato y en la Revista de la Universidad de México. Ha cursado diversos seminarios de creación literaria y periodismo cultural en Tijuana, ciudad donde reside.



Hallazgo
(clitograma)

Cúmulo de la entidad nerviosa
azarada por mis dedos
que se alargan por el ansia y la extrañeza
del ligamen entre carne y gesto.
Es ahí, en el escondrijo del detalle,
donde anida el ángulo preciso del manantial andante
encausado hacia mí
para luego, encima mío, evaporarse.


Terrores nocturnos

No mirar
no es cobardía
si la carne expuesta al aire nos da horrores
y una imagen con eco demónico que nos sala
las flores posibles. Pero
qué decirle al tuerto, cómo
recriminarle el punto ciego cuando
siempre está nutriéndose del plato de lo feo,
cómo atajar su negación si su empeño rema lisiado
lejos de su mitad de mundo que ha perdido,
ese mundo peor visto en pleno.
Abiertamente los dolores duelen
y son del mismo rugor al cerrar los ojos,
pero no llueve igual si no te moja,
no enronca igual el agua una garganta
sin ver al indigente escurriendo negrura
como un nuevo despojo visible
sobre su despojo evidente,
esa exaltación de lo que sigue siendo
pues ya ha sido, y ahora tiembla con temblor humano
y gruñe oscuro a la intemperie
a mitad de una vida, al final de otra, sin reniego,
pero siempre que amanece
regurgita y se emprende nuevamente
con un olor a viejo vuelto al ruedo.

Todo eso dentro
así aun lejos de las calles,
y uno puede refrescar, vivificar
sin proponérselo su condición lisiada,
resentir la llaga añeja con un escozor ya encanecido
que luego de estar, y de incluso olvidarse, lastima
por gracia y efecto de la memoria del cuero,
del soplo que silbó en una enramada,
la canción vuelta un hecho vuelta recuerdo vuelta lava mojada,
del humo que despida ese humedecimiento,
de una luz colada desde el patio,
de una esquina gastada en besos,
de un aire cálido imprevisto y su extrañeza,
un temblor marcando las ausencias.

Sin ser un remedio [nunca por nadie sugerido
porque igual no lo hubiésemos tomado], uno
finalmente se recuesta en su lecho
después de haber andado el esqueleto,
los índices guardados al calor paupérrimo de los sobacos,
y se desprende engañosamente de su suelo indejable
guardando una brizna de sentido
para el descenso momentáneo del cuerpo.
Finalmente nada puede ser eterno.

/Algo enturbia ese desprendimiento
antes del ensayo de la muerte;
hay un tiento al nervio, un abordaje inesperado,
una herida con nombre propio, un estertor, todo:
saltas.

En mitad de la noche, fuera de ti, todo silente.
En ti, su fantasma.
La cama hierve…



Alquimia

Transformar un silencio
en sumergido sollozo,
ceder al punto débil de la sal que es la noche
cuando me acuerdo: ¿cómo era ver tus pies descalzos
recargados en mi sillón, tú boca abajo,
celebrando la tranquilidad de mediatarde?
Ese halo de luz que se colaba a las 4:00
era el soplo final
en la receta de tu Alquimia.



He querido prolongar la escena

Esa vez que me escapé
a respirar en el jadeo eterno de la costa
hallé una cortina blanquizca
velando el espectro de ese asma.

El pecho se me llenó de brisa
en la primera inhalación
y fue como haber renacido los ojos
la luz como nunca atravesando el iris
iridiscente.

Pude navegar sólo paseando
develar el camino a zancadas
ver un sol colarse
como arponeando el aire.

Los ecos del romper invisible
de las olas fantasmas
encontraron respuesta en mi otro pulso.

He querido prolongar la escena. Desde entonces
me escapo todo el tiempo.



Quema de hojarasca

Varios cambios de piel
ha sufrido mi vida.
Cada mudanza
una cicatriz de amor,
un dolor de ausencia
que perdura…

Roberto Castillo Udiarte

La vi al fondo del bar. Una mesa despistaba la verdad del encuentro.
No había rastro de danza visible, no jugaban a mirar
o no mirar.

Ella ondulaba el aire con ademán de manos
[esos tesoros insalvables que nadie va a entender
en su justa dimensión]. Irse hasta el fondo

y el diálogo en voz baja

remarcaban el ámbito secreto de las cosas;
daban un marco más amplio a su foco, rodeándola de alcohol

y galantería barata.

Lo cierto es que la vi
y apenas la enfoqué quemé la imagen.
Todo reverberaba en torno a Ella
y todo se enturbiaba también
como visto a través del aire que hay encima de un fuego.

Entonces, perdiéndome otra vez entre la gente,
ardieron mis últimas escamas.




Rompeolas

Era el amor la casa
y un telar de borrascas
fulgor incandescente contra el cielo.

Una alfombra de ariscado tiento
se apegaba brillante a la tersura y temblor de la epidermis;
esa cama inmensa de cristales
diminutos y ciegos
que soportaba las danzas
y el revés repetido del mar.

Cantos en lenguas imprecisas y lúbricas
andaban contra el viento
al tacto arenado de los cuerpos en sed
imitando aquel abatimiento con descaro carnal: esa visitación
el agua del origen contra un suelo siempre nunca el mismo
donde nada persiste nada.

La muestra está en la sed
que acabó por tragar a sus sedientos,
los rastros del arrojo
deslavados en un solo vaivén
por la mínima espuma.
Las aguas que azotaron la casa

— piedras rompeolas
……….que declaramos nuestras —
ya no volvieron nunca.




Andar de ciegos

Nada de esto es raro
al final
nada de esto nos extraña
su agudeza insondable
membrana sorda de saber

imágenes convulsas
que se pierden
y al tiempo se repiten
en un borrón perpetuo
que nos viene distante a la pupila
roba la claridad
nada nos promete

Pero cómo nos mueve
la opaca incertidumbre
una neblina pesada
que hunde nuestro andar
en algo poco claro
un día vaporoso
de noche
y sin querer.



Condición humana

Aprender a callar de uno
las lenguas irredentas
que acumulan quehaceres y certezas
que evocan sonoros
taladros de habla
y gentilidad de mercaderes.

Que nada nos delate:
quien es humano siente;
quien siente
          vive en riesgo
y muere
por propia luz.




Cavilación de año viejo

Hubo veces entonces en que las jacarandas se poblaron bellas de un violeta manso. Fue la primavera en todo, pero primero fue en ellas,
y la acentuación nos dio pauta para asumir el humor de haberse anclado el invierno detrás justo de todas las tardes anteriores a esa.


Luego fueron las buganvilias (antes, o quizá después de otras tantas,
pero fueron ellas finalmente en mí por encendidas).



Mas no fue la luz, ni el sol, ni el viento cálido augurado lo que nos abordó.
No eso sino un aire sórdido montado en niebla, rumor de ayer,
lo que nos vino desde el mar a las aceras, y hubo nubes bajas, y hubo melancolía,
y la ciudad entera encontró en sus calles algo similar a lo que puede sentirse
cuando se sienta a pensar a la orilla de un muelle.



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