jueves, 27 de marzo de 2014

FERNANDO VANEGAS [11.368]

La luz testimonial de los finales de fiesta en la poética de Fernando Vanegas

Fernando Vanegas 

(San Cristóbal, Táchira, Venezuela – 1993). Estudiante de Español y Literatura en la Universidad de Los Andes. Ganador del Primer Concurso estadal Juvenil de Cuentos (Táchira, 2010). Es integrante y cofundador del colectivo literario Los Hijos del Lápiz. Fue invitado al Primer encuentro Literario de Jóvenes Creadores (Falcón, 2012), y al Festival de Poesía de Maracaibo (Zulia, 2012). Ganador del Concurso de escritores noveles de la editorial Simón Rodríguez en la mención de cuento con Cuadrilátero (Táchira, 2012). Obtuvo una mención de honor en el Concurso de cuento de los Circuitos culturales 2012 de la Dirección de Cultura del estado Táchira (Táchira, 2012).


Un hombre pasa mirando el suelo y se pregunta por la tristeza

Hay cosas hermosas por
ahí, entre las fiestas y
los libros, entre la arena y
el agua, cosas hermosas,
yo las he visto alguna vez.

***

Lo que tengo para contar no es lo que quiero contar.
Escribí de la lluvia sobre la cara
de las mujeres y de las noches más largas de este siglo.
Voy a hablar de cómo sale el sol a lo lejos en la playa,
del día en que desperté y lo primero frente a mí
fue un cuerpo desconocido.

Voy a hablar y a hablar
hasta que me haga viejo, más viejo, tan viejo
como las historias que iré soltando a la calle como si alguna
vez las palmas de mis manos hubieran tocado una arena
diferente a la que me traen las ventiscas. Ahora el tiempo será
otra cosa y lo medirán otros relojes. Mi sangre será otra sangre.
Mi país será el que me derrote
como antes, como ahora.
Ando, porque es eso lo que hace el que se va de casa, ando, ando lejos,
tan lejos que si volteo mi lengua será solo mía entre tantas otras
que no logro comprender. Busco dentro de mí el viaje
que juré hace años y vuelvo a jurarlo, confiando en mí,
a pesar de las huellas y la costumbre.

Voy a volverme la mentira que sueño desde niño,
lo prometo.

***

Hay una sola estrella en el cielo esta noche,
debe ser la única que está encendida.

Si cierro los ojos,
se apaga.


Si cierro los ojos,
me apago.

***

Decido escribir aunque mi imagen en el espejo no sea alentadora. Me siento sabiendo que de mí lo que queda es más bien poco. He brillado hasta caer dormido queriendo conocer lo claro de la luna. Dibujé un hogar entre las piedras para no tener que marcharme otra vez. He sido. Hoy no hay más que la verdad de mis huesos, la verdad de las palabras tan necesarias como el agua. He sido y mi historia la conté hace tiempo.

***

He visto entre los árboles tu pelo que ondeaba con el viento,
te he visto creyendo que la vida son apenas tres días,
lentos y soleados, en una ciudad distinta a la que siempre ves por la mañana,
dándolo todo con una valentía extranjera a las
reglas de un sobreviviente.
Te he visto ondear como ondea el viento,
te he visto viento, vida y mañana.
He visto entre los árboles tu pelo que ondeaba con el viento
mientras tus ojos se llenaban del primer amanecer que veían en años,
caminando de vuelta a donde debías estar,
perdiéndote, cayendo como siempre,
siendo quien derrama la sangre que no tiene
porque quiere volverse ligero como los días lejos de la tierra.
He visto entre los árboles tu pelo que ondeaba con el viento
justo antes de perder tu rastro, de que tus huellas las cubriera una arena
que viene de más lejos que tú, te he visto entre los árboles,
y te recordaré siempre
como el único hombre que amó la verdad tanto como la amaba yo.

***

Volveremos, otra vez la distancia será cosa de poemas
otra vez los sueños serán el pan
y olvidar será lo que mejor hagamos.
No habrá amanecer tan valiente para mandarnos a casa,
le gritaremos a la noche pidiéndole que nos tire
lo mejor que tenga
y reiremos contentos porque nada vale nada.


Volveremos, felices,
pero la tristeza también es eso.

***

Cada noche recuerdo esas noches de antes y siento cómo el tiempo hace de las suyas en mi frente y en mis manos y en mis palabras y en la terrible imposibilidad de escribir hasta que amanezca. De no querer poner una línea tras otra para que cuenten lo que hicimos en secreto escondiéndonos del frío en chaquetas largas y viejas que nunca parecieron nuestras. Recuerdo y porque recuerdo no quiero que recuerde este papel, porque me mira y me dice que estoy aquí, que está conmigo y que fuera de él el pasado no es más que esta misma línea que me niego a admitir como hija de la verdad, como mi hija, como lo mejor que queda de lo mejor que fuimos.

***

No eres aquél
congelado en el color de una fotografía
en una tarde de mayo cuando el tiempo
ya nos había enseñado que el futuro
y nosotros éramos la misma cosa. No somos
de lejos esos que llevaban los desafíos
en la mirada. Los caminos nos pasaron
por el pecho y cambiaron el orden de nuestras estrellas.
Somos otros que se aman
como alguna vez lo hicieron
los niños viajeros que apenas salían de casa.




Fuegos artificiales



Me estoy pudriendo
de adentro hacia afuera,
del corazón a la piel.

***

Claro que a veces los poemas
son una canción,
otras son los gritos con los que te llenas
de ganas para salir a la calle buscando
otra vez el camino.

A veces uno no puede escribir,
no tiene tiempo ni corazón,
no tiene ganas ni aliento,
no tiene nada,
pero igual escribe.

***

Que la brisa te traiga
y puedas quedarte,
sabiendo que contigo
ya no estoy solo.
Ahora tú eres el mar.

***

Mira cómo se maquillan los raspones
esos niños, cómo viven sin mirarse las heridas
los muchachos de la fiesta. Tienen
hambre y tienen música, tienen hambre
y sus canciones hablan de seguir bailando,
eternamente fugaces. Nacieron en medio
del tiempo más sucio de la historia nacional,
los muchachos de la fiesta que sólo saben mirar
en la calle una ida, esos que están esperando
prenderse una vez y arder hasta que la noche
sea clara,
que no quieren ser tan largos,
que no quieren durar más que sus canciones,

que quieren apagarse
rápido y fuerte y solo bailar
con la cabeza echada atrás mirando las estrellas
y sabiéndose más bellos.


Los muchachos bellos,
los muchachos que parecen tener en los oídos
melodías raras que los hacen caminar despacio
sin mirar el camino ni la dirección.


Esos que salen cada noche
hambrientos y coloridos dejando por donde pasan
un rastro de historias que nadie contará nunca. Es de ellos
el futuro, serán ellos los héroes, y por eso celebran
desde ahora la miseria que encontrarán cuando bajen
la mirada de los árboles hasta el suelo donde morimos
lentamente los demás que no supimos cuándo pasó
nuestro tiempo.

Cada noche les deja una arruga nueva en la cara,
muchachos de rumba y alegría, no recuerden
nunca que están tristes, no hagan memoria
otra vez, no escriban en las paredes
que están solos. Dejen que la noche
y ese ritmo de rumba que tiene el viento
se lo lleve todo. No aprendan a pedir perdón.
Brillen tanto como alguna vez nos dijeron que nadie podía.
Muchachos de la fiesta, de la rumba, de la noche,
muchachos que no preguntan nunca a dónde van,
sigan yendo a donde los gritos sean altos, despierten
a todo el que quiera dormir en paz, mueran cuando amanezca
y prometan nacer cuando la canción empiece.

Han alcanzado el cielo sin saberlo.
Míralos, su vida acabará pronto,
se marchitará de tanta tristeza olvidada.
Míralos, solo tendrán un día,
pero ese día será de fiesta.

***

Preguntaron qué había pasado
y yo respondí que todo era culpa de las palabras.
Me preguntaron por qué y les dije
que como siempre
había seguido el camino que me indicaban las historias,
que esa noche se me vinieron encima las calles
y las montañas, que bebí un traguito más
porque el calor estaba duro
y la suerte estaba caliente. Mis amigos
estaban tocando canciones, bailando,
por eso un traguito más
para alegrarme de ver a los míos
alejarse de par en par hacia otra parte,
un traguito más y uno más
hasta poder pararme y renunciar a la noche,
hasta saber que repetir una y otra vez la misma canción
no hace más largo el día. Les conté de las risas
y de cómo todos estábamos contentos
de recordar el primer día, la primera fiesta, el primer abrazo.
Me preguntaron si no me daba pena llegar así,
tan sucio, tan tarde, si no me daba vergüenza despertarlos a todos
a esa hora de la madrugada cuando la gente buena sueña,
y yo dije que sí, que me daba pena, que moría de la vergüenza
pero que seguramente en un rato se me olvidaba eso también.
Quisieron una disculpa,
yo de disculpas no sé mucho,
respondí,
pero ustedes en todo esto tampoco son unos expertos.
Quisieron saber con quién estaba
y la verdad es que
estaba sólo con mis amigos
y ellos estaban solos conmigo.
Preguntaron si acaso sabía qué hora era y yo
les dije que no, pero que si querían podía
contarles cuántas estrellas tenía en los bolsillos,
podía enseñarles a oler el mar desde lo alto
de unos brazos hermanos,
que no sabía si había hecho mucho escándalo
pero del dolor de un amigo podía
echarles un cuento.
Me acusaron de vago, y respondí
que sin duda más de una vez había vagado,
me llamaron vagabundo,
y les dije que sonaba mejor viajero.


Siguieron hablando y seguí contándoles
de la distancia que hay de una esquina a otra cuando el camino es lo de menos,
de cómo se estiran las horas, de lo bonita que se pone la ciudad cuando llueve.
Siguieron ahí, preguntando,
y yo seguí hablando de la noche mientras la olvidaba por completo.

***

En algún lugar
de este poema
estoy yo.

***

En los días buenos me la imagino
como un tipo flaco
y macilento sentado en la barra
del bar de siempre, un tipo
que bebe del whisky más barato
porque está verdaderamente triste
de todo y de él mismo.
Imagino en los mejores días que me levanto
de mi mesa de siempre y poco a poco,
controlando el mareo, me acerco a ese tipo
y le digo gritando dos o tres
cosas que llevo por dentro desde hace tiempo.
Lo empujo, le digo maricón y lo invito a afuera
por los golpes que se merece. Imagino,
que me voy al baño y me salpico de agua la cara
frente al espejo mientras
me digo que ahí está, que por fin lo tengo a la mano
y va siendo hora de que alguien le dé en la madre
por cabrón. Por fin salgo y le preguntó si peleará conmigo,
y él me dirá que no, que no hace esas cosas,
y entonces le diré que yo sí
y le caeré a patadas hasta reventarlo
y hacerlo llorar como otras veces nos hizo llorar él
a mí y a ustedes.

Eso lo imagino en los mejores días,
en los días buenos.

En los malos recuerdo que la vida
no es aquel tipo del bar,
y en los verdaderamente malos
pienso que si alguien es aquel tipo,
seguramente soy yo.

***

Muero y me retiro
a una guerra de mujeres y pájaros
y colores, a una guerra que me devuelva
distinto a la casa de siempre.
Muero y me retiro
del agua que me limpia la cara
todas las mañanas como queriendo
volverme otro sin saber
que ya soy otro.
Muero y me voy y me vengo, me vivo
y me miro queriendo un aire frío contra los ojos,
queriendo caminar en cualquier dirección de cualquier ciudad
sintiendo que voy en caída libre hacia lo azul de los días.
Muero y estoy lejos de aquí, cerquita de la gente
que va por la plaza, junto a las palomas,
muero y soy el que atraviesa la calle
buscando la vida que cuentan los cuentos
de las viejas bonitas. Bonita la mañana
que acaricia las manos de los valientes.
Muero y me acurruco en mí,
me arrugo en mis propios bolsillos y me consigo
cuando busco donde no hay nada para no mentir si digo
que hay esperanza de sobra.
Muero y me vuelvo una piedra más de mi país mojado,
de mis montañas altas y no tan frías como la lluvia,
me vuelvo un día más de la república
y los que vienen tras de mí
mueren y se retiran
como yo, convertidos en piedras,
en rincones empapados y temblorosos
de la patria alegre que no muere.
Muero y me retiro cansado del calor
y de las esperas largas por escribir lo que todavía no pasa,
lo que solo en las noche más voladas soy capaz de imaginar
antes de salir corriendo. Muero, corro y me persigo,
me escapo y regreso para morir en casa,
para poder recordarlo todo.
Sólo recuerdo lo que está lejos. Mientras más cerca
está la vida más oscura se hace.
Muero y me recuerdo como a un perro
de la niñez que me obligo a traer de vuelta.
Muero y me retiro,
me retiro a una costa vacía,
a una bandera multicolor rota por la sal y los años,
lejos de todo, muy lejos,
para recordar
y sentir el sabor de lo que tantas veces
creímos olvidado, de lo que nos hizo salir
volando tras las estrellas, bailando contentos
por saltar los muros, dejando atrás los paseos
de domingo. Muero y me retiro entre los árboles,
entre las olas, entre las hojas que trae el viento
cuando pasa corriendo.


Muero y me retiro,
muero y me despido,
en esta noche infinita.








Diario de mis amigos

“…ellos le amaron asimismo
más que a sus mujeres y a sus amantes y que a su patria,
porque la patria son nuestros amigos –no son unas piedras–.”
Jotamario de Cali – Jaime Jaramillo Escobar.

*
Yo tengo un amigo, más un amigo, y juntos, ellos y yo tenemos una fiesta. Juntos, ellos y yo hemos peleado hasta perder las manos, hemos gritado como si alguien nos estuviera escuchando, como si de verdad fuéramos muchos. Mis amigos no son quienes escriben porque quien escribe, escribe solo. Son quienes vomitan y bailan, quienes tienen un carnaval de poemas saltando en la boca. Ellos no creen que en el poema esté la salida porque saben que no hay tal cosa. Creen en la verdad, en los extraños que nos hablan como hermanos, en el futuro, en el recuerdo de los maestros que nunca nos conocieron. No se matan el hambre con libros por amor al poema, no dejan su juventud entre la página por amor al poema. Mis amigos y yo nos vamos quedando en el camino, en este camino, al que saltamos sin elección.

*
Ahora puedo irme caminando fuera de los límites de la ciudad, saltar los vertederos de basura de las autopistas, ya puedo salirme de los extramuros, más allá de las banderas, de llegar andando despacito a un desierto donde no tenemos nada sobre el cuerpo, donde nos vamos quitando la ropa despacito, como los pasos, donde llegamos y queremos quedarnos. Mis amigos y yo queremos reunir a todas las mujeres que nos amaron algún día y sentirnos amados, queremos volver  sobre tantas manos abiertas; reunir a las mujeres que amamos y borrarles la cara con un pañuelo húmedo y limpio. Y dejar de amarlas  para que el amor entre en nosotros.

*
Habitamos en una casa que queda vacía por las noches, cada uno en su habitación, cada uno en la de otro. Mis amigos y yo nos embutimos en un cuarto con una ventana gigantesca que da a  la oscuridad y a la brisa, y yo quiero irme, despertar, pero ellos no existen sin mí, por eso me alargan un brazo y ponen sus manos sobre mi mano, por eso me miran de lejos y ponen mi mano sobre una espalda desnuda y caliente  para que no me despierte; para que no me vaya. Vamos hilando una historia sin testigos que sólo nace porque quiere ser contada y repetida de boca en boca hasta mancharse y no ser la misma. 

*
Mis amigos y yo sólo somos amigos de noche, de día la casa se desvanece con el sol, y  nos vamos yendo de uno a uno. Siempre hay que irse.

*
Estamos sordos, la música no se descubre frente a nosotros, por eso nos refugiamos en el poema, porque el poema es capaz de sacarle un ritmo hermoso a los dobleces de la vida sin importar el ruido ni los gritos. El poema se vuelve entonces una bala dormida que sin querer nos lleva con ella. Una bala dormida y fría que amenaza la cabeza de los transeúntes que pasean llenos de ternura por la madrugada. Mis amigos y yo, cobardes como pocos, ostentamos la excusa del poema ante el mundo, lo levantamos como una muralla impenetrable, pero el poema y el mundo se dividen y nosotros quedamos en la mitad, sin vida, sin poema, sin madrugada, sin música.
*
Mis amigos y yo, cobardes como pocos, sabemos que el poema nos mira y nos amenaza.
*
Es tarde para irnos pero temprano para llegar. Cuando estemos de regreso el tiempo habrá corrido lento y parecerá que nunca nos fuimos. Mis amigos y yo queremos que nuestra partida resuene como un accidente, queremos fuego y escombros luego de la despedida, pero eso no pasa y nos vamos en silencio, callados y consternados por la facilidad con la que olvidan quienes quisieron querernos. Por eso pensamos en el regreso, aquí ya todo es oscuridad y al llegar el sol habrá salido otra vez, el miedo a la noche no será más que un viejo recuerdo. Queremos aguantar antes de rendirnos, aunque renunciemos, queremos que el final se aleje, que nos deje un poco de aire, que nos permita respirar.
*
Mis amigos y yo, amantes de los caminos, andamos tarde tras tarde por carreteras descuidadas, escogimos el camino equivocado porque no queremos llegar a tiempo, y nadie puede culparnos,  nosotros  gastamos nuestra culpa hace años.
*
Si acaso quisiéramos escribir sobre un cielo negro y estrellado, subiríamos por el aire y pintaríamos el cielo, haríamos con las manos un cielo negro y estrellado para poder escribir sobre él. Mis amigos y yo queremos que caiga una plaga sobre la tierra para poder escribir sobre la pobreza, queremos un toque de queda que llene de miedo los pueblos para poder escribir sobre el miedo, queremos un apocalipsis portátil e inmediato para poder escribir sobre el final de las cosas. Con la verdad bien puesta, vamos viajando de ciudad en ciudad haciendo más ancha la sonrisa y el rumor que nos precede, que llega antes de nosotros y nos deforma la cara. Vamos peleando en nombre de la honestidad, perdiendo en nombre de la honestidad. Caminantes perezosos y borrachos valientes, escribimos de la vida porque la única certeza que creemos tener es la de haber vivido.

*
Tenemos una herida, que es en todos diferente. A veces morena y blanda, a veces rubia y caliente, a veces fría, pequeña, y afilada. Una herida que no conocemos porque cambia de cara cuando volteamos la mirada, porque aprende a lastimarnos cuando ya hemos descubierto que el dolor es cosa nuestra, una herida sabia y larga, ancha como el pecho de mis amigos. Nuestra como las madrugadas lluviosas que se van colando entre los edificios de esta pequeñísima ciudad que bautizamos a diario con el sudor de caminatas infinitas e insensatas. Mis amigos y yo tenemos los pies heridos, los labios heridos, los dedos heridos, los ojos heridos, gastados, ahumados, usados, vueltos al revés para que luzcan limpios, por eso nuestra herida amanece siempre con un nombre diferente, por eso no la conocemos, porque nos conoce mejor que nosotros, porque si queremos gritar aprenderá a cortarnos la garganta, porque si queremos llorar aprenderá a quemarnos las mejillas. Tenemos una herida, que es vieja y astuta, que se aleja entre la gente para cogernos por sorpresa, que se parece tanto a la vida que no sé dónde termina la una y comienza la otra, que no sé dónde terminan mis amigos, mis heridas y yo.
*
Escríbeme de tus ventanas y de tus puertas, háblame de tus ventanas y de tus puertas, ábreme tus ventanas y tus puertas, sonríe como si yo fuera todos, y seré todos para ti, y seremos miles para ti, mis amigos y yo.
*
Que no me hable del infierno quien no ha visto su nombre acompañado por navajas, quien no ha volteado a mirar a un visitante como si fuera la muerte misma, quien no ha caído dormido abrazado por los últimos rayos de los postes. Que no me hable del infierno quien no se ha perdido entre una tristeza infinita y ajena, quien ha perdido su propia tristeza y cuando escribe no se encuentra entre las líneas. Que no me hable del infierno quien siga con vida, que no me hable del infierno quien conoce la calma, que no me hable del infierno quien no reconoce el asco en las alargadas caras de la familia, quien no ha cruzado la mirada con la vergüenza y el miedo. Que no me hable del infierno quien ha estado en él, porque el fuego no es el mismo. Que no me hable del infierno quien tiene el tiempo dividido en horas perfectas, que no me hable del infierno quien llega siempre a tiempo. Que no me hable del infierno quien no se ha descubierto en medio del amanecer con la memoria intacta y los bolsillos vacíos. Que no lo haga, que no me hable del infierno quien no tenga amigos como mis amigos y los vea desaparecer como yo los veo.
*
Cuando uno de mis amigos está tristón es porque tiene la tristeza mojada, no importa de qué, pero mojada, la tiene desteñida, blanda, maltratada, una tristeza que no da para más, que no acaba con el mundo, pero que basta para ponerlo triste, un poco triste, tristón, como están mis amigos a veces.
*
Nos sentamos en círculo porque el viento viaja en círculos y el humo sigue al viento. Nos pasamos la palabra de boca en boca al mismo ritmo en el que gira el último soplido que dio uno de mis amigos. Nos sentamos en círculo una noche cualquiera acompañados por cualquiera de ustedes, y vamos cayendo uno a uno, incapaces de abrir los ojos, viajando, volando, llorando, corriendo cada uno por veredas distintas que se encuentran al final. Vamos cayendo, mis amigos y yo con cualquiera de ustedes. Nos metemos en los sueños de otros como una sola esperanza abierta mientras acaba la noche. Por eso nos sentamos en círculos, porque el viento viaja en círculos y el humo sigue al viento y nosotros lo queremos seguir a él, queremos despertar juntos y mirar en la cara de los demás el recuerdo de un viaje.
                                                                         *
Nos miramos y nos decimos que en un par de horas caeremos entre la grama y la tierra, lo sabemos y no nos importa porque queremos estar borrachos como si siempre nos doliera algo, porque todas las noches nos rompemos el corazón para poder beber sin vergüenza alguna. Mis amigos y yo, aprendices de cadáver, escupimos agua ardiente en nuestras cicatrices para que se abran y nos dejen escribir una vez más.
*
Demoramos el llanto, las lágrimas. Dejen de llorar, nos dicen los viejos amigos, los de antes, los que saben que todo acaba y no quieren decirlo. Demoramos el llanto, las lágrimas. Luego de llorar nos vamos, le sacudimos el polvo a nuestros hombros y volvemos a casa. Demoramos el llanto, las lágrimas, para no irnos, para estirar el final.
                                                                         *
No sé si algún día pueda dejar de escribir este poema, porque no importa que mis amigos ya no sean mis amigos y que ya no estén conmigo. Siempre tendré mi memoria, siempre tendré la frente sudada por el esfuerzo de levantar amigos como los míos de entre las ruinas, y de la memoria saldrán historias puras y limpias. Nos hemos estado yendo desde el principio, desde hace años vimos como acabaría todo. Mis amigos y yo sólo somos amigos por las noches y después de todo no supimos conocernos más allá del dolor y la tristeza de estas historias.






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