sábado, 22 de noviembre de 2014

MIRZA RACHAN KAYIL [14.096] Poeta de Afganistán


MIRZA RACHAN KAYIL

Nació en Kachemira (1850) de padres musulmanes. Su verdadero nombre fue Hussein Izzat Rafí. Llegó muy joven a Kabul, la capital de Afganistán.

Rachán Kayil murió inédito. Lo que conocemos de su obra se publicó después de su muerte, que acaeció el año de 1901 al verse complicado en la conjura tejida por Babis en Teherán contra el Sha de Persia. El poeta fue hecho prisionero, juzgado sumariamente y condenado a la horca. La ejecución de la sentencia se llevó a efecto tres horas después de haber sido  pronunciada. Moría Rachán Kayil, pero su poesía comenzaba a vivir, desde entonces, mucho más intensamente.



Yo te cantaré mis más hermosas baladas,
esas que tú compraste a tu mendigo de amor
con los diamantes de tus lágrimas,
las perlas de tus sonrisas y los rubíes de tus labios.
                                                                                                    
Mirza Rachan Kayil 


POESÍA AFGANA MIRZA RACHAN KAYIL
Por Juan Cervera Sanchís*

En Afganistán hay dos clases de poetas: los shair y los dumos, lo que es igual a decir los bardos y los trovadores. Los primeros pueden considerarse como los ilustrados, los segundos son genuinos poetas populares, que cantan en putchú, dialecto derivado de la lengua persa y que es en realidad el idioma del pueblo. Cuentan que al oír hablar por primera vez la lengua putchú, el profeta Mahoma dijo:


“-Deben hablar afgano en el infierno.”


No cabe duda de que no exageró, pues quienes conocen a fondo esa lengua piensan que a través de ella se puede expresar el fuego del amor quizá con más fuerza que en ninguna otra. Tan es así que la poesía afgana tiene coincidencias con “El Cantar de los Cantares” de Salomón. Al decir de Adolfo Thalassó, “esta poesía es la más voluptuosa de todas las poesías asiáticas”. Y más: en tanto que la poesía árabe e hindú miran el alma y las poesías armenias y persas se insinúan hacia el corazón, la afgana no se dirige al corazón ni al alma, sino que se enfila directamente a la carne. Así es, esta poesía se endereza hacia los sentidos poniendo en la piel, según Thalassó, “su escozor de catárida”. Debemos acentuar que los poetas dumos son iletrados. La mayoría de ellos apenas si saben escribir y se nos dicen en su salvaje y seductor idioma con enfebrecida intensidad desacostumbrada. Estos poetas no publican sus versos sino que los van diciendo de pueblo en pueblo y ciudad en ciudad animados por la música del retab, la guitarra afgana. Los dumos hacen de la poesía su modus vivendi y se dejan seguir por sus discípulos o novicios a los que transmiten sus composiciones en forma oral. Mucha de esta poesía de los dumos se ha perdido. No existe en todo Afganistán ninguna recopilación de estas musicales y apasionantes composiciones. Hay una colección única y publicada en Occidente. Es la James Darmesteter y a ella hemos acudido para hacer este pequeño ensayo dedicado a nuestro admirado Mirza Rachán Kayil, quien cantara a la mujer amada de esta manera:


“Bien sé que eres bella como Kachemira al rayar el sol, 
pero no tengo celos de ti, ¡oh pérfida Kharó!,
ni del amante que te prendó y que esta noche tomará
mi lugar en tu lecho.
Por eso puedes invitarme a tu gaudemus, a tu holgorio vesperal…
Porque…
¡Yo ya estoy impregnado del olor de tu cuerpo!”


Rachán Kayil está considerado como el más grande de los poeta afganos. Él, contrariamente a lo que suele suceder con los demás dumos, fue un hombre excepcionalmente instruido y de alta inteligencia. Nació en Kachemira (1850) de padres musulmanes. Su verdadero nombre fue Hussein Izzat Rafí. Llegó muy joven a Kabul, la capital de Afganistán y allí se hizo famoso como poeta dumos cantando por plazas y mercado sus “car baítas”, especie de cuartetas:


“Nada temas. Yo llevaré la ambrosía para yantar;
yo llevaré el néctar para libar…
Las caricias marchitan el vientre
y los besos las gargantas resecan.
Yo te cantaré mis más hermosas baladas,
esas que tú compraste a tu mendigo de amor
con los diamantes de tus lágrimas,
las perlas de tus sonrisas y los rubíes de tus labios.”


Para Rayán Kayil no hubo otro motivo para el canto que la mujer amada. Toda su poesía, al menos la que ha llegado hasta nosotros, es, verso a verso, un canto de amor, a ese amor siempre impregnado del olor del cuerpo de la amada. Mirza, título que se le da a Rachán, quiere decir príncipe, pues él era un príncipe del amor, aunque no fuese de origen noble, un príncipe que hablaba brillantemente, que esto quiere decir su nombre (el que habla brillantemente), es decir Kayil, vocablo árabe, y la palabra persa Rachán. Todos los poetas dumos suelen, al igual que los monjes, adoptar un nuevo nombre al consagrarse por entero al arte poético y es que, la poesía, en Afganistán, es una religión que canta a la carne estremecida frente a la emoción de la amada:


“Y verás, cuando yo te sirva, palpitante aún,
todavía cálido, todo suplicante,
mi corazón al que tus desdenes han transformado en kebap.
Y para calmarte la sed te serviré en un cántaro,
en lugar de leche cuajada,
toda la sangre de mis venas, que consiento
vaciarlas como prueba de mi amor por ti.”


Estos cantos de Rachán Kayil, donde se nos dice que el corazón se ha transformado por los desdenes de la amada kebap, es decir, en cordero asado y, donde para calmar la sed de la amada, el amante esta dispuesto a ofrendar su sangre, es, sin duda, un modo de ver el mundo muy peculiar, el mundo del amor, que se transforma en templo y sacrificio. Pero este sacrificio es enteramente carnal y frenéticamente sensual y colorido:


“Olor hecho de miel, de sándalo, de leche
y de agua de rosas,
con el cual se confunde la humedad que rezuma
tu piel en los transportes del amor,
igual que ámbar líquido…Porque…
¡Yo estoy impregnado del olor de tu cuerpo!”


Y es que el amor lo es todo y de él nos dice Rachán Kayil: “Es la más bella irradiación de Alá sobre la tierra.” Y canta:


“Después de haber creado el fuego, el agua, la tierra
y el aire, quiso Alá crear un elemento en que s 
sumaran todos aquellos. 
E hizo el amor.
El amor, el amor, que es más veloz que el aire,
porque el pensamiento del amante corre hacia 
donde se halla la prenda del deseo,
no importa que se encuentre en el fin del universo.”


Y la amada, que lo es todo para Rachán Kayil le hace decir:


“La voluptuosidad de tus caricias es más profunda 
que los mares océanos, y el amante,
del brazo de la bienamada, se sumerge en un piélago de felicidad. 
Porque el deseo enciende los sentidos como una llama,
como el fuego de los celos quema los párpados,
como la hoguera transforma en pavesas la separación material 
de los corazones amantes.”


Y el poeta habla de sí mismo, ya en la cúspide del canto amatorio: “Porque Rachán Kayil, como los demás hombres, lleva en el corazón ese elemento que se compendian los demás.”Y así surge la universalidad enamorada en la voz-alma del poeta que, como auténtico dumos, canta siempre en él y por los demás. E insiste:


“El amor es la irradiación más bella de Alá sobre la tierra, 
porque sus deliquios voluptuosos, a pesar de ser cortos,
encierran en sí, cada uno de ellos, toda una eternidad.”


Y la eternidad, así como la presencia palpable de Alá, buscó siempre Mirza Rachán Kayil en el acto amoroso. Cada uno de sus poemas puede considerarse como un estremecido acto de amor. El poema en sí era para él como un santo orgasmo y a poesía era su gran amada, pero ni el poema ni la poesía son posibles sin antes beber en la fuente del amor, que era, para Rachán, la mujer:


Recogeré de tus senos, oh amada, todas las flores 
que comienzan a desprenderse: narcisos, violetas, rosas…


Rachán Kayil murió inédito. Lo que conocemos de su obra se publicó después de su muerte, que acaeció el año de 1901 al verse complicado en la conjura tejida por Babis en Teherán contra el Sha de Persia. El poeta fue hecho prisionero, juzgado sumariamente y condenado a la horca. La ejecución de la sentencia se llevó a efecto tres horas después de haber sido pronunciada. Moría Rachán Kayil, pero su poesía comenzaba a vivir, desde entonces, mucho más intensamente.




POESÍA AFGANA MIRZA RACHAN KAYIL
Por Juan Cervera Sanchís*

En Afganistán hay dos clases de poetas: los shair y los dumos, lo que es igual a decir los bardos y los trovadores. Los primeros pueden considerarse como los ilustrados, los segundos son genuinos poetas populares, que cantan en putchú, dialecto derivado de la lengua persa y que es en realidad el idioma del pueblo. Cuentan que al oír hablar por primera vez la lengua putchú, el profeta Mahoma dijo:


“-Deben hablar afgano en el infierno.”


No cabe duda de que no exageró, pues quienes conocen a fondo esa lengua piensan que a través de ella se puede expresar el fuego del amor quizá con más fuerza que en ninguna otra. Tan es así que la poesía afgana tiene coincidencias con “El Cantar de los Cantares” de Salomón. Al decir de Adolfo Thalassó, “esta poesía es la más voluptuosa de todas las poesías asiáticas”. Y más: en tanto que la poesía árabe e hindú miran el alma y las poesías armenias y persas se insinúan hacia el corazón, la afgana no se dirige al corazón ni al alma, sino que se enfila directamente a la carne. Así es, esta poesía se endereza hacia los sentidos poniendo en la piel, según Thalassó, “su escozor de catárida”. Debemos acentuar que los poetas dumos son iletrados. La mayoría de ellos apenas si saben escribir y se nos dicen en su salvaje y seductor idioma con enfebrecida intensidad desacostumbrada. Estos poetas no publican sus versos sino que los van diciendo de pueblo en pueblo y ciudad en ciudad animados por la música del retab, la guitarra afgana. Los dumos hacen de la poesía su modus vivendi y se dejan seguir por sus discípulos o novicios a los que transmiten sus composiciones en forma oral. Mucha de esta poesía de los dumos se ha perdido. No existe en todo Afganistán ninguna recopilación de estas musicales y apasionantes composiciones. Hay una colección única y publicada en Occidente. Es la James Darmesteter y a ella hemos acudido para hacer este pequeño ensayo dedicado a nuestro admirado Mirza Rachán Kayil, quien cantara a la mujer amada de esta manera:


“Bien sé que eres bella como Kachemira al rayar el sol, 
pero no tengo celos de ti, ¡oh pérfida Kharó!,
ni del amante que te prendó y que esta noche tomará
mi lugar en tu lecho.
Por eso puedes invitarme a tu gaudemus, a tu holgorio vesperal…
Porque…
¡Yo ya estoy impregnado del olor de tu cuerpo!”


Rachán Kayil está considerado como el más grande de los poeta afganos. Él, contrariamente a lo que suele suceder con los demás dumos, fue un hombre excepcionalmente instruido y de alta inteligencia. Nació en Kachemira (1850) de padres musulmanes. Su verdadero nombre fue Hussein Izzat Rafí. Llegó muy joven a Kabul, la capital de Afganistán y allí se hizo famoso como poeta dumos cantando por plazas y mercado sus “car baítas”, especie de cuartetas:


“Nada temas. Yo llevaré la ambrosía para yantar;
yo llevaré el néctar para libar…
Las caricias marchitan el vientre
y los besos las gargantas resecan.
Yo te cantaré mis más hermosas baladas,
esas que tú compraste a tu mendigo de amor
con los diamantes de tus lágrimas,
las perlas de tus sonrisas y los rubíes de tus labios.”


Para Rayán Kayil no hubo otro motivo para el canto que la mujer amada. Toda su poesía, al menos la que ha llegado hasta nosotros, es, verso a verso, un canto de amor, a ese amor siempre impregnado del olor del cuerpo de la amada. Mirza, título que se le da a Rachán, quiere decir príncipe, pues él era un príncipe del amor, aunque no fuese de origen noble, un príncipe que hablaba brillantemente, que esto quiere decir su nombre (el que habla brillantemente), es decir Kayil, vocablo árabe, y la palabra persa Rachán. Todos los poetas dumos suelen, al igual que los monjes, adoptar un nuevo nombre al consagrarse por entero al arte poético y es que, la poesía, en Afganistán, es una religión que canta a la carne estremecida frente a la emoción de la amada:


“Y verás, cuando yo te sirva, palpitante aún,
todavía cálido, todo suplicante,
mi corazón al que tus desdenes han transformado en kebap.
Y para calmarte la sed te serviré en un cántaro,
en lugar de leche cuajada,
toda la sangre de mis venas, que consiento
vaciarlas como prueba de mi amor por ti.”


Estos cantos de Rachán Kayil, donde se nos dice que el corazón se ha transformado por los desdenes de la amada kebap, es decir, en cordero asado y, donde para calmar la sed de la amada, el amante esta dispuesto a ofrendar su sangre, es, sin duda, un modo de ver el mundo muy peculiar, el mundo del amor, que se transforma en templo y sacrificio. Pero este sacrificio es enteramente carnal y frenéticamente sensual y colorido:


“Olor hecho de miel, de sándalo, de leche
y de agua de rosas,
con el cual se confunde la humedad que rezuma
tu piel en los transportes del amor,
igual que ámbar líquido…Porque…
¡Yo estoy impregnado del olor de tu cuerpo!”


Y es que el amor lo es todo y de él nos dice Rachán Kayil: “Es la más bella irradiación de Alá sobre la tierra.” Y canta:


“Después de haber creado el fuego, el agua, la tierra
y el aire, quiso Alá crear un elemento en que s 
sumaran todos aquellos. 
E hizo el amor.
El amor, el amor, que es más veloz que el aire,
porque el pensamiento del amante corre hacia 
donde se halla la prenda del deseo,
no importa que se encuentre en el fin del universo.”


Y la amada, que lo es todo para Rachán Kayil le hace decir:


“La voluptuosidad de tus caricias es más profunda 
que los mares océanos, y el amante,
del brazo de la bienamada, se sumerge en un piélago de felicidad. 
Porque el deseo enciende los sentidos como una llama,
como el fuego de los celos quema los párpados,
como la hoguera transforma en pavesas la separación material 
de los corazones amantes.”


Y el poeta habla de sí mismo, ya en la cúspide del canto amatorio: “Porque Rachán Kayil, como los demás hombres, lleva en el corazón ese elemento que se compendian los demás.”Y así surge la universalidad enamorada en la voz-alma del poeta que, como auténtico dumos, canta siempre en él y por los demás. E insiste:


“El amor es la irradiación más bella de Alá sobre la tierra, 
porque sus deliquios voluptuosos, a pesar de ser cortos,
encierran en sí, cada uno de ellos, toda una eternidad.”


Y la eternidad, así como la presencia palpable de Alá, buscó siempre Mirza Rachán Kayil en el acto amoroso. Cada uno de sus poemas puede considerarse como un estremecido acto de amor. El poema en sí era para él como un santo orgasmo y a poesía era su gran amada, pero ni el poema ni la poesía son posibles sin antes beber en la fuente del amor, que era, para Rachán, la mujer:


Recogeré de tus senos, oh amada, todas las flores 
que comienzan a desprenderse: narcisos, violetas, rosas…


Rachán Kayil murió inédito. Lo que conocemos de su obra se publicó después de su muerte, que acaeció el año de 1901 al verse complicado en la conjura tejida por Babis en Teherán contra el Sha de Persia. El poeta fue hecho prisionero, juzgado sumariamente y condenado a la horca. La ejecución de la sentencia se llevó a efecto tres horas después de haber sido pronunciada. Moría Rachán Kayil, pero su poesía comenzaba a vivir, desde entonces, mucho más intensamente.





Mirza Rahchan Kayil

Es el poeta popular más grande del Afganistán. En oposición a los otros dums, es tan instruido como letrado y habla con fluidez todas las lenguas de la mesa central y del Occidente asiáticos.

Nació en 1853, en Kashmir, de padres musulmanes, Hussein Izzat Rati, llamado Mirza Rahchan Kayil; fue muy joven a Kabul. No es noble –como lo hace aparecer el título de "Mirza", príncipe, agregado a su nombre–; pero estimando que los poetas son príncipes del pensamiento, se ha otorgado altivamente este título nobiliario. Su mismo nombre, Rahchan Kayil, compuesto de una palabra árabe, Kayil, y de una palabra persa, Rahchan, que significan "El que habla brillantemente", no es sino un nombre de guerra tomado a ejemplo de los poetas indios y de varios dums del Afganistán.

A los veinte años hizo su primer viaje a través de Asia. Durante su larga permanencia en comarcas ignoradas le vino el pensamiento de escribir un gran poema místico sobre todas las religiones comparándolas entre sí. Obsesionado muy pronto por esta idea, por dos veces más realizó sus excursiones interminables y peligrosas, penetró en Lhassa, entre los kafires, vivió la vida de los turcomanos y durmió en la tienda de los kirghiss. Más tarde le impresionó vivamente el cristianismo. Para estudiarlo, fue a Europa, visitó Moscú, Atenas, Constantinopla, siguió las procesiones de Roma, de Sevilla y de Santa Ana de Auray, documentándose incesantemente para la obra que meditaba. "Si Alá lo quiere –decía orgullosamente–, esta obra será una compañera de ‘El Libro de los Reyes’:1 mi poema se llamará ‘El Libro de los Dioses’". Este título y la idea de la obra tan poco compatibles con las leyes del Islam, no asombran, sin embargo, a los que conocen el mahometismo especial de los afganos. Son musulmanes, ciertamente, pero si aceptan la misión política y social de Mahoma, niegan la inspiración divina del Corán.

Mirza Rahchan Kayil ha compuesto además unos treinta poemas –baladas y ghazales–, todas eróticas y profundamente apasionadas.2 Dice del amor que "es la más bella irradiación de Alá sobre la tierra". Su inspiración es amplia y potente, su lenguaje tenso y colorido. Hasta 1900, ninguno de sus versos había sido publicado. La balada, y los dos mizras de esta antología, fueron recogidos y transcritos por mí mismo.3

Mizras

I

Cuando me estrechas en tus brazos, si me amas de amor, unes a mi vida otra vida: 
Cuando me estrechas en tus brazos, si no me amas de amor, unes mi vida a la muerte.

II

El amor es la irradiación más bella de Alá sobre la tierra, 
Porque sus momentos voluptuosos aunque muy cortos, encierran cada uno toda la eternidad.


Celos de amante

Balada

Aunque seas bella como Kahsmir,4 al salir el sol, 
No estoy de ningún modo celoso, ¡oh! muy pérfida Kharo,5 
Del amante que elegiste y que ocupará esta noche mi sitio en tu lecho. 
Por lo tanto, puedes invitarme a vuestra comida, esta noche... 
Llevo en mí el olor de tu cuerpo.

Nada temas. Llevaré qué beber, llevaré qué comer... 
Las caricias ahuecan el vientre y los besos secan la garganta. 
Y luego os cantaré mis baladas más bellas, las que tú pagabas a tu mendigo de amor 
Con los diamantes de tus lágrimas, las perlas de tus sonrisas, y los rubíes de tus besos. 
  Llevo en mí el olor de tu cuerpo.

Os serviré calenturiento, servil y palpitante, 
Mi corazón que tus desdenes han transformado en kebap.6 
Y para vuestra sed os escanciaré en un cántaro, en vez de leche cuajada, 
Toda la sangre de mis venas que has querido que estén vacías de tu amor. Llevo en mí 
  el olor de tu cuerpo.

Y le cantaré a tu tuti7 las palabras que te agradan y que, destiladas en tu oído, 
Hacen que separes el anillo-guardián8 de los labios y que tiendas la copa de los besos, 
Palabras que te gritaba, ayer todavía, yo, el derviche de tu puerta, 
Y que tú quieres oír gritar ahora por otra boca. Llevo en mí el olor de tu cuerpo.

Y luego le cantaré un ghazal para enseñarle la manera sabia. 
De liberar tus cabellos y deambular tus gruesas trenzas, negras y brillantes, 
Pesadas de perfumes y de muhurs,9de flores y de tickas.10 
Pesadas sobre todo del aroma de tu piel. Llevo en mí el olor de tu cuerpo.

¡Oh! este aroma que flota sobre tu nuca, tu cuello y tus brazos, 
Que revuela en torno de tus caderas y de tu vientre dorado, 
Este aroma que alimentan sin cesar como dos redomas inagotables 
Los vellones espesos que sombrean tus húmedas axilas. Llevo en mí el olor de tu cuerpo.

¡Oh! este aroma penetrante de que está impregnado mi deseo; 
Aroma hecho de miel, de sándalo, de leche y de agua de rosas, 
Sobre el cual durante las orgías de amor destila la humedad de tu piel, 
Que transpira ámbar. Llevo en mí el olor de tu cuerpo.

Y luego le cantaré la manera muy lenta 
De libar en tus labios tus besos dulces como dátiles, 
De libar en tus senos todas las flores abiertas: narcisos, claveles, rosas, 
De recoger en tu cuello todos los frutos perfumados: naranjas, duraznos y fresas. 
  Llevo en mí el olor de tu cuerpo.

Y de reclinar su cabeza en tu hombro derecho, ¡oh! Kharo... 
Donde, grande y soberbio, se ostenta tu lunar 
Que parece un clavel negro en un desierto de nieve, 
Que se asemeja a una estrella negra en la claridad del día. Llevo en mí el olor de tu cuerpo.

Mis cantos le dirán cuáles caricias te vuelven loca de amor, 
Le enseñarán qué abrazos prefieres, ¡oh! serpiente. 
Le susurrarán cuáles languideces quebrantan tus miembros felinos. 
Le confiarán sobre todo el secreto de ser amado por ti. Llevo en mí el olor de tu cuerpo.

Quiero inflamar en su corazón el incendio de amor que arde en mí, 
Para verle sufrir, a su vez, mañana, cuando lo abandones para recobrarme, 
Todos los tormentos del infierno que yo sufro ahora.

Puedes por lo tanto invitar a Rahchan11 a vuestra comida esta noche. 
Rahchan llevará qué comer y qué beber. Llevo en mí el olor de tu cuerpo.

1 El maravilloso poema del gran poeta persa Firdusi. 
2 Rahchan Kayil ha escrito también algunos poemas en indostánico. 
3 Con profunda emoción, en mi último viaje a Oriente, en mayo de 1907, supe la muerte de este gran poeta. Mezclado en el complot tramado en 1901, por los Babys, en Teherán, contra el Sha de Persia, fue arrestado Rahchan Kayil, juzgado sumariamente y condenado a la horca. La ejecución de la sentencia tuvo lugar tres horas después de pronunciado el fallo. 
4 País del autor. El más bello, según él, de toda Asia. Rodeado por un círculo regular de altas montañas nevadas eternamente, el valle de Kashmir ofrece a las miradas un cuadro de colores deslumbrantes, único en el mundo, cada vez que sale o se oculta el sol. 
5Kharo: el pájaro maina, la bien amada del tuti, el perico indio. 
6 Carnero asado. Figura muy empleada en la poesía de este país. 
7Tuti: perico indio. En sentido figurado: amante, y en general, todo lo que es bello. 
8 El pechai de oro que los habitantes de Afganistán llevan en la nariz. 
9.Muhur: monedas de oro y de plata muy delgadas con que se adornan los cabellos. 
10 Tickas o ticks: joyas de oro incrustadas de perlas y de turquesas. 
11 A imitación de los poetas persas e indostánicos, los poetas de Afganistán citan siempre su nombre al final de un poema.

A. Thalasso
Poesía de Afganistán
http://www.jornada.unam.mx/2002/03/31/sem-afganistan.html





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