lunes, 9 de mayo de 2016

SEBASTIAN LASCAR [18.659]


SEBASTIAN LASCAR 

Sebastian Lascăr, nacido en Bucarest el 14 de octubre de 1908 y fallecido en la misma ciudad el 9 de octubre de 1976,  fue un periodista, poeta, dramaturgo y traductor muy activo desde su juventud en los movimientos obreros y las luchas sociales efervescentes en la Rumanía de entreguerras.

Sus primeras poesías fueron publicadas en la revista Cultura Proletaria (en 1926). En 1937 editaría la revista El Pinguino, semanal de humor político que sería suspendido, por su ideología comunista, a los pocos números. En 1940 fue obligado a refugiarse en la Unión Soviética ante las amenazas del movimiento legionario, de donde regresó en 1946. Desde entonces, fue redactor de la agencia de noticias Agerpres, director del Teatro Obrero y, más tarde, redactor jefe de la revista La Llama (Flacara).

Uno de sus primeros poemas, en los que dejaba entrever su tendencia al humor como arma política, fue el que da título a esta entrada: la balada de los piojos (Balada Paduchilor), que tradujimos recientemente en el blog Un vallekano en Rumanía. Fue publicado en el número de abril de 1927 de Cultura Proletaria y en él personifica a la clase burguesa con los ftirápteros, comúnmente conocidos como piojos (por razones evidentes que todos los trabajadores conocen).

Por supuesto que Sebastian Lascar, a la vez que describe a los parásitos de la burguesía y del capital, llevado por la ola de esperanza que animó a la clase obrera mundial tras la toma del poder de los camaradas soviéticos en 1917, aconseja a los trabajadores que se desinfecten, tal y como había ocurrido en Rusia, acabando con todos los piojos, única manera eficaz de terminar con la injusticia de que una minoría viva chupando la sangre de la mayoría, es decir, de alcanzar un mundo sin explotación de unos hombres por otros.




LA BALADA DE LOS PIOJOS

Avaros como las garrapatas de sangre azul;
con sus ventosas te sorben la sangre hasta matarte,
impacientes, arramplan con todo
-si nosotros se lo permitimos
¿qué tienen ellos que perder?-
En el arte de chupar son maestros
mirando por encima del hombro
mientras clavan los colmillos
como si fueran arados;
la pereza les exige ser parásitos,
y ellos, sin esfuerzo, lo son.
Es imposible hacerles cambiar
sus gustos de piojo glotón.

El burgués fue siempre un vago
extraordinario:
-Tú trabaja, que el beneficio sé yo 
como roerlo.
Se puede dar fé de lo que dice,
porque de un día para otro
construye fábricas de acero,
mientras, por las noches, los burgueses voluptuosos se desmayan
entre muslos y pechos de seda;
aunque cuando se acerca la muerte 
necesitan de rezos, cruces y curas.
En el momento supremo intentan transformar
en bien el mal
porque ya no podrán gorronear más.

Aunque hasta el momento en que desaparecen
los piojos tienen tiempo para ordeñarnos;
es verdad que son pequeños, según aparentan:
sin embargo, ya ves, que tienen la boca 
(no se sabe bien como) muy grande.
Y si te atreves a rascarte un poco
perturbas su seguridad y su calma.
 Entonces, en hordas sobre la piel se agrupan
multiplicando el saqueo de tu sangre.
¡No te rasques más! !Cuidado! Que llamas
a las insaciables liendres codiciosas.

DEDICATORIA:

Camaradas, ¿los soportaremos también mañana, como hoy?
¡Oh, no! Desinfectémonos con alcohol o gasolina,
y entonces, aunque no creamos en milagros,
de los piojos fondones escaparemos para siempre.



(Traducido por José Luis Forneo).





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