martes, 5 de mayo de 2015

ALICIA LLARENA [15.854]


ALICIA LLARENA 

(Mogán, Gran Canaria) es Catedrática de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y autora de un centenar de publicaciones, en las que destacan sus libros Poesía cubana de los años 80 (Madrid, 1994), Realismo Mágico y Lo Real Maravilloso: una cuestión de verosimilitud (Gaithersburgh, 1997), Yo soy la novela. Vida y obra de Mercedes Pinto (Gran Canaria, 2003), Espacio, identidad y literatura en Hispanoamérica (México, 2007), entre otros, y numerosos artículos publicados en revistas y volúmenes colectivos nacionales e internacionales. 

Invitada por distintas universidades de Europa, América Latina y USA, donde ha impartido conferencias, seminarios y cursos de doctorado, ha enfocado sus líneas de investigación en la escritura magicorrealista, el espacio literario y la literatura femenina en Hispanoamérica, así como en autores de su propia tradición: la literatura canaria.

En 1994 recibió el "Premio Día de Canarias para Jóvenes Investigadores" de la Dirección General de Universidades del Gobierno de Canarias. Un año después el "Premio Extraordinario de Doctorado" de la ULPGC. En 2001 obtuvo el "Premio Especial de Investigación Canarias-América" de la Casa de Colón del Cabildo de Gran Canaria por su libro Yo soy la novela. Vida y obra de Mercedes Pinto. Desde septiembre de 2005 es Miembro de Número de la Academia Canaria de la Lengua.

En la actualidad coordina el Foro Iberoamérica de la Casa de Colón y dirige la Colección Mercedes Pinto y el proyecto Memoria Viva. Combina la actividad académica con la creación literaria, ámbito en el que ha publicado el volumen de relatos Impresiones de un arquero (Islas Canarias, 1991) y los poemarios Fauna para el olvido (Madrid, 1997; Premio Internacional de Poesía Santa Cruz de La Palma de 1995) y El arte de las flores secas (Tenerife, 2009). 


Poemas del libro "Fauna para el olvido"


IX

La naturaleza, amor, está llena de mensajes.
Hoy es el día en que partimos
hacia la profunda soledad
de todo infierno, desnudos, inocentes.
Lo dice el aire, cuya rareza
acompaña este abandono;
la luna, que esta noche
ha empezado a decrecer.

Habremos de marcharnos, ignorantes de todo:
tú, de ciertas dimensiones
cuya miel transparente
no has llegado a probar.
Yo, igual que un ciervo reconoce
en la naturaleza infinita 
de las plantas
aquéllas que son sanas,
y a pesar de su hambre 
se aleja presuroso
de las jugosas formas del veneno.



XV

¿Qué animales salvajes me hacen hoy el amor?
¿Qué afán es éste que llena nuestro lecho
con sus signos oscuros,
los indicios del naufragio,
el terror del invierno?

Lo sé porque hoy tientas mi fondo primitivo
con tus manos calientes,
con la soberbia del ladrón
ante su víctima,
agitado por el orgullo
de su rara habilidad.

No me inquieta tu aliento posesivo,
tu animal celoso extraño a la ternura.
Abro incluso las puertas de mi cuerpo
y dejo al aire las ventanas
que dan al interior.
Procedo con la calma de quien sabe cerca
la noche del delito,
y abandona el hogar
después de haber guardado con sigilo
los objetos del alma,
la joyas importantes.



XVIII

A veces un adiós significa
el regreso a la patria,
como cuando ejércitos enteros
cansados del amor
saludan con sus brazos
el final de la lucha
y emprenden el camino
que los lleva hacia la casa.



XXX

Qué triste festejar el final
del amor,
este sosiego en los objetos
de la casa,
este descanso en todo,
este regreso a la quietud primera.

Y sin embargo es cierto.
Como cuando cerramos 
las ventanas de la casa,
y a lo lejos oímos todavía
los ecos de la fiesta,
y en nuestro oído recobramos
el silencio,
y en el descanso el alma
se pregunta
por qué no hicimos antes
ese gesto tan simple
y con un breve empuje
de los dedos
separarnos del mundo,
aislarnos de su ruido.






El arte de las flores secas, 2009 colección 
El Mirador de Ediciones Idea. 

Por Alexis Ravelo

El arte de las flores secas apareció en 2009 en la colección El Mirador de Ediciones Idea. En cinco apartados, agrupa 26 poemas, en su mayoría de mediana extensión, en los que Llarena, como hacen los grandes, arroja una mirada nueva sobre el amor y la muerte a través de temas muy caros a la poesía. Uno de ellos, el más presente en el libro, el viaje (entendido como aventura vital, pero también como retorno a Ítaca, esto es, como nostalgia y, por tanto, como travesía por el centro del dolor en la búsqueda del hogar, del bienestar, de eso que algunos llaman la felicidad). Otro tema es la expulsión del Paraíso y, por tanto, la pérdida de la inocencia, la elección del propio camino, el erotismo, la sensualidad que impregna casi cada página.

Todo esto lo consigue Llarena utilizando como excusas, como pretextos poéticos, figuras como las de Neil Armstrong, Ulises, Rómulo y Remo o los protagonistas de la leyenda del Garoé, repensando las paradojas implícitas en sus peripecias, al mismo tiempo que establece un diálogo con clásicos como Garcilaso de la Vega o autores contemporáneos como Ernesto Sábato.

¿El resultado? Un libro delicioso, lleno de verdad y elegantemente escrito, que se lee y se relee con placer y en el que realizamos un viaje por el otro lado (el lado reflexivo y cierto) de la realidad, explorando los territorios más sombríos y encontrando, en ellos, la luz. Por ejemplo, en el poema que da título al libro se establece una metáfora de la memoria, que preserva la belleza de las vivencias más allá de la contingencia del tiempo. Así pues, a partir de un inicial (y lúcido) pesimismo, Alicia Llarena arroja un crisol de optimismo inteligente sobre la realidad.

Alicia Llarena es uno de los mejores ejemplos de los grandes poetas que han surgido en  las Islas desde los años ochenta del siglo pasado y que continúan produciendo gozo y asombro con cada nuevo título. Poetas profundos pero cercanos, con una voz propia y muy distinta a las de sus coetáneos de otros lugares, autores y autoras que son de lo mejor que podemos encontrar ahora mismo en castellano. Y esto, te lo aseguro, no es pasión de patria chica. Eso sí: el problema es que la calidad de estos poetas no va acompañada por una industria editorial firme y constante. Así pues, avisado queda el lector: si no encuentra estos libros a la primera en su librería, detrás del mostrador suele haber un ser humano que dispone de una extensión de sí mismo en forma de terminal informático y que, sin recargo ni compromiso alguno, le pedirá el libro al distribuidor. Conseguir best sellers y hamburguesas de Mc Donalds es la cosa más sencilla del mundo; los buenos libros y los guisos realmente buenos hay que solicitarlos previamente, pero todos sabemos que merece la pena.



Poemas del libro "El arte de las flores secas"


Releyendo a Garcilaso, años después

Cuando me paro a contemplar mi estado
y a ver los pasos por do me han traído

sé que todo está bien.

Incluso el orden
en que me fueron otorgados 
los fracasos.




El arte de las flores secas

I

Quién dijo que todo está perdido.

Aún podemos deshojar
la minúscula selva del afecto,
arrancarle sus pétalos
y dejarlos morir, 
para que el tiempo los redima 
con su pátina.


II

Será preciso esperar a la caída de la tarde:
a esas horas las flores se despojan
de su fuerza, y la savia es apenas
una débil señal entre sus tallos.

Así podremos arrancarlas de raíz
y sacudirle los últimos vestigios de la tierra
sin que opongan resistencia.


III

Luego basta extenderlas con destreza
sobre la fina superficie de un cristal,
y con la misma maestría
aplicar el barniz que acentúe su prestancia,
y escoger la madera que enmarque para siempre
la reunión perturbada de emociones marchitas.


IV

Es el arte de tratar un desenlace
con el mayor refinamiento.




Desnutrición

He amamantado pueblos de calzadas llameantes
y negado con mis actos de amor cualquier prejuicio
sobre la primitiva crudeza de las fieras. 

Mis pezones son dignos de alabanza,
y mi leche ha fecundado
la más hermosa imagen del instinto:
hembra que alimenta sin conciencia de sí.

Así me imaginaron llena de ubres encrespadas;
y atentas, como los oídos de un lince a la caída de la tarde,
para que recordaran mi gesto involuntario,
y en la memoria perdure aquel reflejo
que convocó la vecindad del hambre. 

Espantada de mi innato talento
creí en las palabras que honraron mi bondad,
mi amor lechoso y dispuesto,
la excelencia con que fui celebrada
por olvidar mi origen y ocultar mi raíz,
y porque enajenada o conmovida
alimenté sin motivo la vida de los otros. 

Yo crié sin saberlo a los hijos más dignos,
vástagos hermosos con que el azar probó
la envergadura de mi especie,
hijos sin pelambre ante los cuales
acerqué mis pezones, no por deseo,
sino por esa rutina del instinto
adiestrado en resistirse 
ante las formas de la muerte. 

Y aunque no fue por amor, ya nada importa.
Yo misma lo llamé piedad, y más tarde deseo,
y a otras palabras no menos vanidosas
también se acostumbraron mis labios prominentes. 

Pero un Rómulo apuesto me amenaza estos días.
Desespera por hacerse un lugar en la historia
y un hueco entre mis pechos.
Reclama su blanco patrimonio de senos prometidos,
la previsible certeza en la que cree desde niño.
Viene confiado y sus palabras abultan
la mitad de su cuerpo; en la otra esa fuerza
que da sentirse al amparo de su nombre. 

Y cuando hastiada del mío me niego a amamantarlo,
—no por deseo, sino por aquel mismo instinto ante la muerte—
la indignación entra de golpe en sus ojos enormes,
y con su más triste retórica me habla de lo oscuro,
y de la loba que tengo agazapada en mí.







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