domingo, 1 de marzo de 2015

LUCRECIO - TITO LUCRECIO CARO [15.113] poeta de Italia


Lucrecio

Tito Lucrecio Caro (99 a. C. - 55 a. C.), poeta y filósofo romano.

Es autor de un largo poema didáctico, De rerum natura (Sobre la naturaleza de las cosas), en algo más de 7.400 hexámetros distribuidos en seis libros, acaso la mayor obra de la poesía de Roma. En este poema se divulgan la filosofía y la física atomistas que había tomado Epicuro de Demócrito. El único texto que poseemos del poema se ha transmitido gracias a Cicerón, quien preparó su edición a la muerte del poeta, y al humanista Poggio Bracciolini, que lo copió en 1418 del único códice conservado. En deliberado contraste, se inicia con un himno a la diosa Venus generatriz y termina con una descripción de la peste de Atenas.

Son pocos y dudosos los datos biográficos que se conservan de Lucrecio y fundamentalmente recogidos por San Jerónimo. Según ellos, enloqueció al beber un filtro de amor y se suicidó; pero esta información tiene todo el aspecto de haber sido compuesta ad hoc para explicar la sombría visión que ofrece del amor en su célebre poema. La tradición ha defendido que padecía algún tipo de enfermedad mental, que podría ser o no de origen físico (como la epilepsia), tratando de desprestigiar así una visión de las cosas tan alejada del dogma de fe.

Su tercer nombre, Caro, era propio de las clases bajas, pero Lucrecio tenía una extensa cultura, que no era fácil de adquirir si uno no pertenecía a una familia pudiente. Se ignora si era originario de la misma Roma o de alguna provincia, pero es indudable que Lucrecio vivió en Roma y resulta evidente, por la franja de fechas en que se desarrolló su vida, que debió asistir a las guerras civiles romanas, a las revueltas de Mario y Sila, a la conjuración de Catilina y a la ascensión de Julio César.

También afirma San Jerónimo que Cicerón ordenó el texto en seis libros y editó el poema. El primer libro comienza con una invocación a Venus como fuerza germinadora de la naturaleza y trata de cómo todo está compuesto de átomos y de vacío. El libro segundo trata del movimiento y agrupaciones de los átomos. El tercer libro habla sobre el alma, que es mortal. El cuarto sobre la teoría de la sensación, el quinto sobre el mundo y el sexto sobre diversos fenómenos atmosféricos y las enfermedades, terminando con un sombrío panorama sobre los estragos de la peste en Atenas, en deliberado contraste con el inicio.

Los análisis a la obra de poetas posteriores demuestran que le habían estudiado a fondo. A él alude Virgilio cuando escribe:

Felix qui potuit rerum cognoscere causas
atque metus omnes, et inexorablile fatum
subiecit pedibus, strepitumque Acherontis avari!
Geórgicas, lib. II.

Utiliza comparaciones para aliviar la árida materia abstracta de la obra, mezclando, con una imagen que más tarde tomará Horacio, lo útil con lo dulce de la misma manera que un médico mezcla dulce miel en las agrias medicinas que administra. También es citado en numerosas ocasiones por Montaigne a lo largo de sus Ensayos (1595). La obra de Lucrecio, materialista e irreligiosa, fue traducida por el afrancesado y revolucionario jacobino español José Marchena a principios del siglo XIX en endecasílabo blanco con la intención de combatir el catolicismo de sus compatriotas. También es importante, por sus méritos filológicos y por sus caudalosas notas, la versión bilingüe del humanista inglés John Mason Good, (Londres, 1805, 2 vols.) y, por fin, la edición filológicamente impecable de Carl Lachmann (Berlín, 1850).

La intención de Lucrecio, como ya señaló Virgilio, es liberar al hombre del miedo a los dioses y a la muerte, causas, según él, de la infelicidad humana. ("Está bien ver al navegante lejano luchar contra la borrasca y naufragar, no porque nos alegremos del mal ajeno, sino porque es bueno hallarse libre de tormentos"). El texto pertenece al género del perifíseos griego, poemas o textos de filósofos presocráticos que intentaban explicar el origen del mundo. Representa el cosmos como un conjunto fortuito de átomos que se mueven en el vacío ("Ninguna cosa nace de la nada", verso 211; "De la nada, nada puede hacerse", verso 219; "Nada puede a la nada reducirse / ni alguna cosa hacerse de la nada", versos 1071 y 1072). El alma es material y no sobrevive al cuerpo. Los fenómenos tienen todos causa natural. Si existen los dioses, estos no intervienen en los asuntos de los mortales. La triste visión del amor humano que ofrece ha intrigado a los especialistas.

Véase también

Ataraxia
Autarquía
Epicureísmo
Ética de la reciprocidad
Ética epicureísta
Existencialismo ateo
Sobre la naturaleza




De la naturaleza de las cosas : poema en seis cantos / 
de Tito Lucrecio Caro; 
Traducido por D. José Marchena



Libro primero


                                Engendradora del romano pueblo, 1
Placer de hombres y dioses, alma Venus:
Debajo de la bóveda del cielo,
Por do miran los astros resbalando,
Haces poblado el mar, que lleva naves,
Y las tierras fructíferas fecundas;
Por ti todo animal es concebido
Y a la lumbre del sol abre sus ojos;
De ti, diosa, de ti los vientos huyen;
Cuando tú llegas, huyen los nublados;
Te da suaves flores varia tierra;
Las llanuras del mar contigo ríen,
Y brilla en larga luz el claro cielo.
   Al punto que galana primavera
La faz descubre, y su fecundo aliento
Robustece Favonio desatado,
Primero las ligeras aves cantan
Tu bienvenida, diosa, porque al punto
Con el amor sus pechos traspasaste:
En el momento por alegres prados
Retozan los ganados encendidos,
Y atraviesan la rápida corriente:
Prendidos del hechizo de tus gracias
Mueren todos los seres por seguirte
Hacia do quieres, diosa, conducirlos;
Por último, en los mares y en las sierras,
Y en los bosques frondosos de las aves,
Y en medio de los ríos desbordados,
Y en medio de los campos que verdecen,
El blando amor metiendo por sus pechos,
Haces que las especies se propaguen.

   Pues como seas tú la soberana
De la naturaleza, y por ti sola
Todos los seres ven la luz del día,
Y no hay sin ti contento ni belleza,
Vivamente deseo me acompañes
En el poema que escribir intento
De la naturaleza de las cosas,
Y dedicarle a mi querido Memmio,
A quien tú, diosa, engalanar quisiste
En todo tiempo con sublimes prendas:
Da gracia eterna, diosa, a mis acentos.
   Haz que entretanto el bélico tumulto
Y las fatigas de espantosa guerra
Se suspendan por tierras y por mares;
Porque puedes tú sola a los humanos
Hacer que gusten de la paz tranquila;
Puesto que las batallas y combates
Dirige Marte, poderoso en armas,
Que arrojado en tu seno placentero,
Consumido con llaga perdurable,
La vista en ti clavada, se reclina,
Con la boca entreabierta, recreando
Sus ojos de amor ciegos en ti, diosa,
Sin respirar, colgado de tus labios.
Ya que descansa en tu sagrado cuerpo,
Inclinándote un poco hacia su boca,
Infúndele tú, diosa, blando acento:
Ínclita medianera de las paces,
Pídesela en favor de los romanos;
Porque no puedo consagrarme al canto
Entre las guerras de la patria mía,
ni puedo yo sufrir que el noble Memmio
Su defensa abandone por oírme.

   Óyeme, Memmio, tú con libre oído,
Y sin cuidados al saber te entrega:
No desprecies mis dones, trabajados
En honra tuya con sincero afecto,
Sin penetrar primero en lo que digo:
Porque serán materia de mi canto
La mansión celestial, sus moradores;
De qué principios la naturaleza
Forma todos los seres, cómo crecen,
Cómo los alimenta y los deshace
Después de haber perdido su existencia:
Los elementos que en mi obra llamo
La materia y los cuerpos genitales,
Y las semillas, los primeros cuerpos,
Porque todas las cosas nacen de ellas.

   Pues la naturaleza de los dioses
Debe gozar por sí con paz profunda
De la inmortalidad: muy apartados
De los tumultos de la vida humana,
Sin dolor, sin peligro, enriquecidos
Por sí mismos, en nada dependientes
De nosotros; ni acciones virtuosas
Ni el enojo y la cólera les mueven.

   Cuando la humana vida a nuestros ojos
Oprimida yacía con infamia
En la tierra por grave fanatismo,
Que desde las mansiones celestiales
Alzaba la cabeza amenazando
A los mortales con horrible aspecto,
Al punto un varón griego osó el primero
Levantar hacia él mortales ojos
Y abiertamente declararle guerra:
No intimidó a este hombre señalado
La fama de los dioses, ni sus rayos,
Ni del cielo el colérico murmullo.
El valor extremado de su alma
Se irrita más y más con la codicia
De romper el primero los recintos
Y de Natura las ferradas puertas.
La fuerza vigorosa de su ingenio
Triunfa y se lanza más allá los muros
Inflamados del mundo, y con su mente
Corrió la inmensidad, pues victorioso
Nos dice cuáles cosas nacer pueden,
Cuáles no pueden, cómo cada cuerpo
Es limitado por su misma esencia:
Por lo que el fanatismo envilecido
A su voz es hallado con desprecio;
¡Nos iguala a los dioses la victoria!

   Mas temo mucho en esto que te digo
Pienses acaso no te dé lecciones
De impiedad, enseñándote el camino
De la maldad: por el contrario, ¡oh Memmio!
De acciones execrables y malvadas
Fue causa el fanatismo muchas veces:
A la manera que en Aulide un tiempo
El altar de Diana amancillaron
Torpemente en la sangre de Ifigenia
La flor de los caudillos de los griegos,
Los héroes más famosos de la tierra:
Después que rodearon la cabeza
De la doncella con fatales cintas,
Que por ambas mejillas la colgaban:
Cuando vio que su padre entristecido
Estaba en pie del lado de las aras,
Y junto a él tapando los ministros
El cuchillo, y que el pueblo derramaba
En su presencia lágrimas a mares;
Muda de espanto, la rodilla en tierra
Como una suplicante desgraciada,
No la valía en tan fatal momento
Haber dado al monarca la primera
De padre el nombre; porque arrebatada
Por varoniles manos, y temblando,
Fue llevada al altar, no como hubiera
En himeneo ilustre acompañada 140
Ido a las aras con solemne rito;
Antes, doncella, en el instante mismo
De sus bodas cayese degollada
A manos de su padre impuramente,
Como infelice víctima inmolada
Para dar a la escuadra buen suceso: ¡
Tanta maldad persuade el fanatismo!

   De aterradores cuentos fatigado
Referidos por todos los poetas,
Quizá huirás de mí también tú, Memmio,
Juzgándome inventor de sueños vanos
Que sin cesar toda tu vida agiten,
Y el temor emponzoñe tu ventura.
Y con razón; pues si los hombres viesen
Que cierto fin tenían sus desdichas,
En alguna manera se armarían,
Resistirían contra el fanatismo
Y amenazas terribles de poetas:
Pero no hay medio alguno de hacer frente,
Porque se han de temer eternas penas
Más allá de la muerte; no sabemos
Cuál es del alma la secreta esencia:
Si nace, o si al contrario, se insinúa
Al nacer en el cuerpo, y juntamente
Muere ella con nosotros; si del Orco
Corre vastas lagunas tenebrosas;
Si por orden divina va pasando
De cuerpo en cuerpo de los otros brutos,
Como cantó nuestro Ennio, que el primero
De las cumbres amenas de Elicona
Trajo guirnalda de verdor perenne
Que las gentes latinas ensalzaron:
A pesar de que en versos inmortales
Ennio afirmó los infernales templos,
En los que ni los cuerpos, ni las almas,
Sino unos macilentos simulacros
De figura espantable sólo habitan:
Dice que allí del inmortal Homero
La sombra vio, que se deshizo en llanto,
Y los arcanos del saber le expuso.

   Por lo que antes que entremos en disputa
De las cosas de arriba, y expliquemos
Del sol y de la luna la carrera;
Cómo en la tierra se produce todo;
Principalmente con sagaz ingenio
Del ánimo y del alma los principios
Constitutivos es bien indaguemos:
Y por qué los objetos que hemos visto
En la dolencia asustan, y en el sueño,
De modo que parece contemplamos
Y hablamos cara a cara con los muertos,
Abrazando la tierra ya sus huesos.

   No se me oculta que en latinas voces
Es difícil empresa el explicarte
Los inventos obscuros de los griegos,
Principalmente cuando la pobreza
De nuestra lengua, y novedad de objeto
Harán que forme yo vocablos nuevos:
Pero tu virtud, Memmio, sin embargo,
Y el placer cierto de amistad suave
Me inducen a sufrir cualquier trabajo
Y a velar en la calma de las noches,
Buscando de qué modo y de qué verso
Pueda en tu mente derramar las luces
Que todos los secretos te descubran.
Preciso es que nosotros desterremos
Estas tinieblas y estos sobresaltos,
No con los rayos de la luz del día,
Sino pensando en la naturaleza.

   Por un principio suyo empezaremos:
Ninguna cosa nace de la nada;
No puede hacerlo la divina esencia:
Aunque reprime a todos los mortales
El miedo de manera que se inclinan
A creer producidas por los dioses
Muchas cosas del cielo y de la tierra,
Por no llegar a comprender sus causas.
Por lo que cuando hubiéremos probado
Que de la nada nada puede hacerse,
Entonces quedaremos convencidos
Del origen que tiene cada cosa;
Y sin la ayuda de los inmortales
De qué modo los seres son formados.
   Porque si de la nada fuesen hechos,
Podría todo género formarse
De toda cosa sin semilla alguna.
Los hombres de la mar nacer podrían,
De la tierra los peces y las aves,
Lanzáranse del cielo los ganados,
Y las bestias feroces como hijos
De la casualidad habitarían
Los lugares desiertos y poblados:
Los mismos frutos no daría el árbol,
Antes bien diferentes los daría:
Todos los cuerpos produjeran frutos;
Pues careciendo de principios ciertos,
A las cosas ¿qué madre señalamos?
Pero es porque los seres son formados
De unas ciertas semillas de que nacen
Y salen a la luz; en donde se hallan
Sus elementos y primeros cuerpos:
Por lo que esta energía circunscribe
La generación propia a cada especie.
   Además, ¿por qué causa en primavera
Vemos nacer la rosa, y en estío
Los frutos sazonados, y las viñas
En los días hermosos del otoño?
Sino porque a su tiempo las semillas
Determinadamente se reúnen;
Sale la creación si ayuda el tiempo;
La tierra vigorosa con certeza
Da a luz sus tiernos hijos: si naciesen
De la nada, saldrían al momento,
En tiempo incierto y estación contraria:
Pues que carecerían de principios
Cuya unión el mal tiempo no impidiera.

   Ni para su incremento cualquier cuerpo
De tiempo y conjunción de las semillas
Necesitara, si crecer pudiese
De la nada: pues jóvenes se harían
En un instante los pequeños niños;
Y apenas los arbustos asomasen,
De repente a las nubes se alzarían:
Y vemos que sucede lo contrario,
Puesto que poco a poco van creciendo,
Imprimiendo un carácter cierto y fijo
Con su propio crecer a cada especie.
Venir puedes de aquí en conocimiento
Que cada cuerpo crece y se sustenta
De su materia propia y de su jugo.

   Además, que la tierra no daría
Sin ciertas lluvias sus alegres frutos;
Ni el animal privado de alimento
Su especie propagara, ni podría
Conservarse a sí mismo: antes diremos
Que muchos elementos son comunes
A muchos individuos, así como
Las letras a los nombres: pues sentemos
Que sin principios nada existir puede.

   ¿Qué impidió, en fin, a la naturaleza
Para que hombres tamaños nos hiciese
Que vadear pudiésemos los mares,
Arrancar con las manos las montañas,
Y vencer muchos siglos con la vida,
Sino porque ha fijado los principios
Para las creaciones de los seres?
Nada, pues, de la nada puede hacerse,
Puesto que necesita de semilla
Cualquiera cosa para ser criada,
Y del aire salir al aura tierna.

   Porque vemos, en fin, aventajarse
A los eriales las labradas tierras
Y mejorar la tierra con cultivo,
Inferimos de aquí existir en ella
Partes elementales que nosotros
Hacemos producir, con el arado,
Los fecundos terrones revolviendo,
Y sujetando el suelo de la tierra:
Luego si estos principios no existiesen,
La perfección de suyo adquirirían.

   A esto se junta que naturaleza
Nada aniquila, sino que reduce
Cada cosa a sus cuerpos primitivos;
Si los principios fueran destructibles,
De nuestra vista luego arrebatado
Cada ser pereciera en el momento;
Inútil, pues, sería toda fuerza
Que turbase la unión de los principios,
Y rompiese sus lazos: pero ahora,
Porque los elementos son eternos,
Sufrir no puede la naturaleza
Ponerlos a la vista destruidos,
Sino cuando una fuerza extraordinaria
El cuerpo hirió, le penetró y deshizo.

   Además, que si el tiempo aniquilase
Todo lo que arrebata a nuestros ojos,
Acabando con toda la materia,
¿De dónde Venus a sacar volviera
Todos los seres a la luz de vida?
¿Cómo reproducidos la alma tierra
Los alimenta, cómo da incremento,
En general los pastos repartiendo?
¿Cómo los ríos y las fuentes bellas
De tan lejos al mar tributarían?
¿Cómo el éter sustenta las estrellas?
Pues si los elementos son mortales,
Tantos siglos y días deberían
Haber todas las cosas consumido:
Luego son inmortales los principios,
Si la naturaleza los obliga
A las reproducciones de los seres:
Ninguna cosa puede aniquilarse.
   La misma fuerza y causa últimamente
Acabaría con los cuerpos todos
Si la materia eterna no tuviera
Estos entre sí unidos y enlazados:
El tacto sólo les daría muerte,
Porque no siendo eternos sus principios,
Cualquiera fuerza a aniquilarlos basta.
Mas como el nexo de sus elementos
Diferencia los cuerpos unos de otros,
Y como es la materia indestructible,
Cada cuerpo subsiste ileso en tanto
No reciba algún choque, que desuna
La textura y unión de sus principios:
Luego no se aniquila cosa alguna;
Antes bien, destruido cualquier cuerpo,
Se vuelve a sus primeros elementos.

   En fin, ¿perecen las copiosas lluvias
Cuando las precipita el padre éter
En el regazo de la madre tierra?
No: pues hermosos frutos se levantan,
Los ramos de los árboles verdean,
Crecen y se desgajan con el fruto.
Sustentan a los hombres y alimañas,
De alegres niños pueblan las ciudades,
Por cualquier parte en las frondosas selvas
Se oyen los cantos de las aves nuevas,
Y los rebaños de pacer cansados
Tienden sus cuerpos por risueños pastos,
Y sale de sus ubres retestadas
Copiosa y blanca leche; sus hijuelos
De pocas fuerzas por la tierna hierba
Lascivos juguetean, conmovidos
Del placer de mamar la pura leche:
Luego ningunos cuerpos se aniquilan;
Pues la naturaleza los rehace,
Y con la muerte de unos otro engendra.
   Puesto que te he enseñado que los seres
No pueden engendrarse de la nada,
Ni pueden a la nada reducirse;
No mires con recelo mi enseñanza,
Al ver que con los ojos no podemos
Descubrir los principios de las cosas;
Sin embargo es preciso que confieses
Que hay cuerpos que los ojos no perciben.

   La fuerza enfurecida de los vientos
Revuelve el mar, y las soberbias naves
Derriba, y desbarata los nublados;
Con torbellino rápido corriendo
Los campos a la vez, saca de cuajo
Los corpulentos árboles, sacude
Con soplo destructor los altos montes;
El ponto se enfurece con bramidos,
Y con murmullo aterrador se ensaña.
De aquí seguramente inferiremos
Que los vientos son cuerpos invisibles,
Que barren tierra, mar, y en fin el cielo,
Y esparcen por el aire los destrozos:
No de otro modo corren y destrozan,
Que cuando un río de tranquilas aguas
De repente sus márgenes ensancha
Enriquecido de copiosas lluvias
Que de los montes a torrentes bajan
Amontonando troncos y malezas:
Ni los robustos puentes la avenida
Impetuosa sufren de las aguas;
En larga lluvia rebosando el río,
Con ímpetu estrellándose en los diques,
Con horroroso estruendo los arranca,
Y revuelve en sus ondas los peñascos,
Con furor arrollando todo osbtáculo;
Del mismo modo los furiosos vientos
Semejantes a un río impetuoso
Se arrojan sobre un cuerpo, y le sacuden,
Y lo llevan delante con gran fuerza,
En remolino a veces le arrebatan;
Mil vueltas le hacen dar a la redonda.
Diré y repetiré yo que los vientos
Son cuerpos invisibles: sus efectos
Y su naturaleza nos lo muestran,
Puesto que emulan a los grandes ríos.

   Sentimos, además, varios olores,
Y en la nariz tocando no los vemos;
Ni el calor percibimos, ni los fríos,
Ni las voces tampoco ver solemos
Que la naturaleza de los cuerpos
Es preciso que tenga, porque pueden
Impeler los sentidos: nada puede
Tocar y ser tocado sino el cuerpo.
   Por último; en las playas resonantes
Los vestidos colgados se humedecen,
Y tendidos al sol se enjugan luego:
Ni cómo se empaparon ver podemos
Ni cómo se enjugaron con la lumbre:
En partículas tenues se divide
El agua de manera que no pueden
Verse de modo alguno con los ojos.
Después de cierto número de soles
El anillo se gasta en vuestro dedo,
El gotear la piedra agujerea,
La reja del arado ocultamente
En los surcos se gasta, y con los pasos
Los empedrados desgastarse vemos;
En las puertas también las manos diestras
De cobreñas estatuas se adelgazan
Con los besos continuos de unos y otros;
Pues que gastadas vemos se atenúan:
Pero no quiso la naturaleza
Descubrirnos su pérdida instantánea,
Celosa de que viesen nuestros ojos
El lento crecimiento con que obliga
A aumentarse los cuerpos cada día,
Ni cómo se envejecen con el tiempo,
Ni qué pérdidas tienen los peñascos
De sales roedoras carcomidos,
Que a los mares dominan y amenazan:
Luego sólo obra la naturaleza
De imperceptibles cuerpos ayudada.
No está ocupado todo por los cuerpos,
Porque se da vacío entre las cosas:
Al entenderlo cogerás el fruto,
Ni andarás entre dudas vacilante,
Ni de continuo buscarás la esencia,
Ni desconfiarás de mis escritos.

   Un espacio se da desocupado,
Impalpable, vacío: el movimiento
Sin este espacio no concebirías;
Porque propiedad siendo de los cuerpos
La resistencia, nunca cesarían
De andar entrechocándose unos y otros:
Imposible sería el movimiento,
Pues ningún cuerpo se separaría:
Por los mares ahora y por las tierras
Y por los altos cielos, con los ojos
Vemos mil movimientos diferentes:
Y sin vacío no tan solamente
De agitación continua carecieran
Los cuerpos, mas también, ni aun engendrados
Hubieran sido; porque la materia
Quieta se hubiera estado eternamente.

   Aunque creamos sólidos los cuerpos,
Los vemos penetrables: por las rocas
Copiosas gotas por doquier chorrean;
Por todo el animal corre el sustento;
Los árboles crecidos dan el fruto
En tiempo señalado a manos llenas,
Porque la savia desde las raíces
Por troncos y por ramas se difunde;
Y las voces penetran las paredes,
Recorren los secretos de las casas;
Hasta los huesos nos penetra el frío;
Sin vacío los cuerpos no pudieran
Trasladarse a otro punto en modo alguno.
   En fin ¿cómo unas cosas se aventajan
A las otras en peso, y no en figura?
Pues si un vellón de lana pesa tanto
Como un cuerpo de plomo, en equilibrio
Debe estar la balanza; la materia
Hace peso hacia abajo; luego queda
Sin pesadez por su naturaleza
El vacío: pues si me das dos cuerpos
En una superficie comprendidos,
El más ligero es el de más vacío,
El más denso será de mayor peso;
La razón nos demuestra claramente
Un vacío existir diseminado.

   Mas porque nadie pueda seducirte,
Me adelanto a ponerte de antemano
De algunos el capcioso raciocinio.
Sostienen que a los peces relucientes
Les abre el agua líquidos caminos,
Que después el espacio abandonado
Se ocupa por la onda retirada:
Pueden moverse así y mudar de sitio
Todos los demás cuerpos sin vacío.

   En razón falsa estriba el argumento;
¿Cómo podrán los peces menearse
Si las aguas no dan lugar vacío?.
¿Cómo refluirán las aguas mismas
Cuando los peces no darán un paso?
O los cuerpos privar de movimiento
O el espacio vacío confesemos
Que principia a mover todos los cuerpos.

   Con rapidez separa tú dos cuerpos
Planos y que entre sí estén bien unidos,
Verás cómo se forma allí un vacío
Que no puede a la vez llenar el aire:
Le va ocupando todo poco a poco.

   Si por fortuna alguno presumiera
Que de dos superficies separadas
El espacio intermedio es ocupado
Del aire condensado anteriormente,
Se engaña; pues se forma allí un vacío
Entonces que no hubo antes, y se llena
El vacío existente: de este modo
El aire ya no puede condensarse;
Y aun dado que pudiese, como dicen,
No podría a mi juicio sin vacío
Sus partes recoger y reducirlas
A volumen menos; para escaparte
Cualquier dificultad que me objetares,
Es preciso confieses el vacío.

   Yo podría traerte muchas pruebas
Que mis razones más acreditasen:
A tu penetración estos ensayos
Son suficientes, si indagando sigues,
Porque así como muy frecuentemente
Rastrean las querencias enramadas
De las fieras monteses y los canes,
Cuando dieron por fin con rastro cierto,
Así de consecuencia en consecuencia
Darás en general con los arcanos
De la naturaleza, y de sus senos
Sacarás la verdad. No te empereces.
Si te apartares algo de mi objeto,
Me atrevo, Memmio, a hacerte esta promesa.
Se agotarán los grandes manantiales
Donde he bebido yo largas noticias,
Mi rico pecho dejará primero
De derramarlas con suave labio,
Y a paso lento la vejez tardía
Habrá ocupado todos nuestros miembros,
Y el principio vital habrá disuelto,
Primero que por medio de mis versos
Haya agotado esta materia inmensa.

   A nuestros raciocinios ya volvamos:
Estriba, pues, toda naturaleza,
En dos principios: cuerpos y vacío
En donde aquéllos nadan y se mueven:

Que existen cuerpos, el común sentido
Lo demuestra; principio irresistible
Sin el cual la razón abandonada
De errores en errores se perdiera.
Si no existiera, pues, aquel espacio
Que llamamos vacío, no estarían                   
Los cuerpos asentados, ni moverse
Podrían, como acabo de decirte.

  Además del espacio y el vacío,
No conocemos en naturaleza
Una clase tercera independiente
De los principios dichos: lo que existe
Es necesariamente de pequeña
O de grande extensión: si lo sintiere
El tacto aunque ligera y levemente,
Debemos colocarlo entre los cuerpos,
Y al todo seguirá. Pero si fuere
Impalpable, y ninguno de sus puntos
A la penetración resistir puede,
Este espacio y lugar llamo vacío.

   En general los seres son activos;
O bien a la acción de otros se sujetan,
O bien el movimiento proporcionan,
Y la existencia, pues los cuerpos solos
Pueden ser o activos o pasivos:
Sólo el vacío puede darles sitio:
Luego no existe en la naturaleza
Más que los cuerpos dichos, y el vacío:
No pueden alcanzarlo los sentidos,
Ni el espíritu humano comprenderlo.

   Lo que no sea materia ni vacío,
Propiedad o accidente es de uno o de otro.
Las propiedades son inseparables
Del sujeto; tan solamente cesan
Cuando éste es destruido; así en la piedra
Tal es la pesadez, tal en el fuego
Es el calor, fluidez tal en el agua,
La tangibilidad tal en los cuerpos
Y tal su privación en el vacío.
Los que llamar solemos accidentes,
Como la libertad y servidumbre,
La pobreza y caudales desmedidos,
La paz y guerra, sólo son maneras
De ser, que con su ausencia o su presencia
Lo esencial no trastornan del sujeto.

   El tiempo no subsiste por sí mismo:
La existencia continua de los cuerpos
Nos hace que distingan los sentidos
Lo pasado, presente, y lo futuro;.
Ninguno siente el tiempo por si mismo,
Libre de movimiento y de reposo.

   En fin, cuando nos dicen haber sido
Robada Elena y las troyanas gentes
Haber sido con guerra sujetadas,
Nadie nos fuerce a confesar que pueden
Existir por sí mismos estos hechos,
Después que el tiempo irrevocable hubo
Los siglos y sucesos engullido;
Porque en diversos tiempos y regiones
Cuantas cosas pasaron, pasar pueden,
Mas sin materia, ni lugar ni espacio,
Todo acontecimiento es imposible.

   Sin materia, por fin, y sin vacío,
La hermosura de Elena nunca hubiera
Los célebres combates encendido
De una guerra cruel que fomentaba
El pecho ardiente de Alejandro frigio:
No incendiara el caballo de madera
De Pérgamo las torres sublimadas
Con el parto nocturno de los griegos.
Ya puedes ver que todos los sucesos
Que agitan y revuelven nuestro globo
No existen en verdad como los cuerpos,
Ni son como el vacío, sino simples
Cambios de los principios; accidentes
Que al espacio o los cuerpos se refieren.

   Llamamos cuerpos a los elementos
Y a los compuestos que resultan de ellos:
Los elementos son indestructibles,
Porque su solidez triunfa de todo.

   Te costará trabajo persuadirte
Que existen cuerpos sólidos: el rayo
Atraviesa los muros, así como
Las voces y los gritos: se caldea
El hierro si le metes en la fragua;
Peñas ardiendo arrojan los volcanes;
El oro se liquida en los crisoles;
El cobre se derrite como el hielo;
El frío y el calor de los licores
Sentimos en los vasos que bebemos:
De solidez perfecta no tenemos
Idea cierta y experiencia clara.

   Mas la razón y la naturaleza
Esta verdad nos hacen que entendamos:
óyeme en pocos versos: los principios
Que componen el gran todo criado
Tienen un cuerpo sólido y eterno.

   Después, como los cuerpos y el espacio
Por su naturaleza son opuestos,
Es preciso que existan uno y otro
Enteramente puros por sí mismos:
El vacío repugna todo cuerpo,
La materia al vacío de sí aleja:
Luego sólidos son y sin vacío
Los elementos, los primeros cuerpos.
   Pues que se da en los cuerpos el vacío,
Deben de partes sólidas cercados
Estar estos vacíos. Repugnante
En los cuerpos sería dar vacío,
Si a las paredes que rodean éste
La solidez quitamos. Las paredes
El agregado son de la materia:
Luego como los cuerpos se destruyan,
Es la materia sólida y eterna.

   Sólido fuera el todo sin vacío:
Y sin cuerpos que ocupen el espacio,
Vacío inmenso fuera el universo,
Por el contrario. El cuerpo y el espacio
Son respectivamente muy distintos,
Pues que no existe lleno ni vacío
Perfecto: los principios y elementos
Diferencian el lleno del vacío.

   No puede disolverlos choque externo,
Ni puede penetrar extraña fuerza
A su tejido: ni de acción extraña
Pueden recibir daño, como he dicho.
Mas cómo pueda un cuerpo sin vacío
Ser roto, dividido o descompuesto,
Seguramente yo no lo concibo:
Él es a la humedad inaccesible,
Al frío y al calor, que son las causas
Destructoras de todo: así observamos
Que cuanto más los cuerpos son sujetos
A estas causas que van menoscabando,
Encierran más vacío en su tejido:
Luego si constan los primeros cuerpos
De solidez, y no tienen vacío,
Eternos han de ser forzosamente.

   Si no fuesen eternos, a la nada
Todo el mundo se hubiera reducido:
Pero como la nada no produce
Ni aniquila los seres, es preciso
Que eternos sean los primeros cuerpos,
Pues los destruyen y los reproducen
Todos los seres: luego los principios
La simplicidad sólida contienen,
Porque sin ella no hubieran podido
Durante tantos siglos conservarse,
Ni reparar los seres de continuo.
   En fin, si hubiera la naturaleza
A límites precisos reducido
La divisibilidad de la materia,
Los elementos del gran todo hubieran
En la revolución de tantos siglos
Llegado luego a tal acabamiento,
Que de su unión los cuerpos producidos
Alcanzar no pudieran su incremento.
Como un cuerpo más pronto se destruya
Que lo que tarda el mismo en rehacerse,
Las pérdidas que hubiera padecido
En la edad precedente, irreparables
Fueran sin duda alguna en las siguientes:
Pero constantemente se reparan
De su menoscabar todos los cuerpos,
Y los vemos llegar a plazos fijos
A aquella perfección que les compete,
La división de la materia tiene
Límites invariables y precisos.

   Solidísimos son los elementos:
Mas como en todo cuerpo haya vacío,
Pueden hacerse blandos como el agua,
El aire, tierra y fuego; y al contrario,
Si damos que son muelles los principios,
El pedernal, el hierro, como puedan
Consistencia tomar no explicaremos.
Porque en sus obras la naturaleza
Sobre sólidas bases no estribara.
Sólidos son y simples los principios,
Pues su unión más o menos apretada
Resistencia y dureza da a los cuerpos.

   La duración, por fin, y el crecimiento
De los cuerpos ha la naturaleza
Determinado y su poder medido.
No padecen mudanza las especies,
Ni las generaciones se varían,
Como las clases diferentes de aves
Están de ciertas manchas salpicadas;
Porque son inmutables las especies.
Si admitimos mudanza en los principios
No sabremos qué pueda producirse
Y qué no pueda, y cómo se limitan
Los cuerpos, cómo pueden traer los siglos
Naturaleza, vida, movimiento,
Y las mismas costumbres de los padres.

   La extremidad de un átomo es un punto
Tan pequeño, que escapa a los sentidos;
Debe sin duda carecer de partes:
Él es el más pequeño de los cuerpos,
Ni estuvo ni estará jamás aislado;
Es una parte extrema, que juntada
Con otras y otras partes semejantes,
Forman así del átomo la esencia.
Si del átomo, pues, los elementos.
De existencia carecen separados,
Será su unión tan íntima y estrecha,
Que no hay fuerza capaz de separarlos.
De simple solidez los elementos
Y partes muy delgadas se componen;
Su unión no es un compuesto heterogéneo,
Sino simplicidad eterna. Quiere
De este modo formar naturaleza
Los cuerpos, sin que alguna de sus partes
Separación o menoscabo sufra.

   Además, si nosotros no admitimos
De división un término preciso,
Se compondrán los cuerpos más pequeños
De infinidad de partes, caminando
De mitad en mitad al infinito.
¿Qué diferencia habrá de un cuerpo grande
Al cuerpo más pequeño? Suponiendo
Que el todo es infinito, sin embargo,
De partes infinitas igualmente
Se compondrán los átomos más breves:
Mas como la razón no lo comprenda,
Convencido es preciso que confieses
Que los simples corpúsculos terminan
La división y solidez eterna.
   Si la naturaleza creadora
No acostumbrase a reducir los seres
A sus mínimas partes, no podría
Rehacer unos de otros, destruidos:
Pues siendo todavía divisibles,
No podría enlazarse la materia,
Ni tener pesadez, ni ser chocada,
Ni encontrarse con otro ni moverse,
Causas engendradoras de los seres.

   Si divisibles fueran los principios
Al infinito, es fuerza que existieran
Desde la eternidad cuerpos intactos:
Mas como sean frágiles, no pueden
Haber por tantos siglos resistido
A innumerables choques de continuo.
   Y por esta razón los que creyeron
Que el fuego era el origen de las cosas,
En un error grosero han incurrido.
Esta opinión Heráclito defiende
Como primer caudillo, celebrado
Por su obscuro lenguaje entre los griegos
Superficiales, más que por los sabios
Que buscan la verdad: porque los necios
Aman y admiran más lo que está envuelto
En misteriosos términos; su oreja
Suavemente puede ser herida
Y embelesada con gracioso ruido:
Y el dulce halago a la verdad prefieren.
   A Heráclito pregunto: ¿de qué modo
Podrían existir tan varias cosas
Si del fuego purísimo nacieran?
Rarificar o condensar el fuego
De nada serviría, si sus partes
Se compusiesen de la misma esencia
Que tiene todo el fuego: reunidos
Los elementos, fuego más activo
Tendremos, y más flojo separados:
Bien condensemos o rarifiquemos
El fuego, como habemos ya probado,
No se pueden formar cuerpos distintos.

   Y si éstos reconocen el vacío,
Enrarecer y condensar el fuego
Podrán; pero se quedan en silencio
Viendo se contradicen a sí mismos,
Y evitan admitir puro vacío;
Y mientras huyen las dificultades
Se apartan del camino verdadero.
El vacío quitado, no reparan
Que debe condensarse todo cuerpo,
Y no formar más que uno, cuyas partes
Condensadas no pueden escaparse
Como el calor y luz que arroja el fuego:
Luego de partes densas no se forman.

   Porque si en defender ellos se obstinan
Que las partes del fuego recogidas
Se apagan y se mudan, a la nada
El fuego elementar reducirían,
Y todo nacería de la nada;
No puede un cuerpo transmutar su esencia
Sin que deje de ser lo que antes era.
Deben, pues, conservar los elementos
Del fuego aquella su naturaleza,
Para que ni los cuerpos se aniquilen
Ni el gran todo renazca de la nada.

   Mas aunque existen en naturaleza
Algunos cuerpos de inmutable esencia,
Que con aumentos o disminuciones
Y con combinaciones diferentes
Hacen cambiar la esencia de los cuerpos,
No son éstos corpúsculos de fuego.
Añadir o quitar no importaría,
Ni cambiarles el orden, pues de fuego
Tendrían todos la naturaleza,
Y del fuego los cuerpos se engendraran.

   Así es como yo pienso que se forman:
Existen ciertos cuerpos, cuyo encuentro,
Figura, situación y movimiento
Y orden forman el fuego; trastornados,
Su esencia mudan. Estos elementos
Ni son de fuego, ni otra cosa alguna
Que pueda enviar cuerpos al sentido,
Y palparlos el tacto si se arriman.

   Decir que todo lo compone el fuego,
Y que éste es el principio de las cosas,
Que es lo mismo que Heráclito establece,
Me parece locura consumada.
Ataca los sentidos por sí mismos,
Los destruye y nos roba la creencia
Que pende de los mismos por los cuales
El fuego conoció; pues se persuade
Que conocen el fuego los sentidos,
Y lo demás no cree que es tan claro:
Muy necio y delirante me parece.
¿Adónde la verdad encontraremos?
¿Quién mejor que el sentido puede hacernos
Lo falso distinguir y verdadero?
   ¿Por qué, pues, quitará alguno los cuerpos,
Dejando por principio sólo el fuego,
O quitándole a éste su existencia,
Los demás cuerpos dejará tan sólo?
Uno y otro parece igual delirio.

   Aquéllos que creyeron ser el fuego
La materia y la suma de los cuerpos;
Y los que por principio establecieron
El aire creador, los que pensaron
El agua misma hacer por sí los cuerpos,
Y que la tierra lo criaba todo,
Y que en cualquiera cuerpo se mudaba,
En errores grandísimos cayeron.
Añadamos también los que duplican
Los elementos, cuando al fuego juntan
Con el aire, y la tierra con el agua;
Los que aire, tierra, lluvia y fuego tienen
Por creadores de los cuerpos todos.

   Empédocles, el hijo de Agrigento,
Va a su frente, nacido en las orillas
Triangulares de la isla celebrada
Por las ondas azules del mar Jonio
Que la baña y rodea con mil vueltas,
Y que con altas encrespadas olas
Por un angosto estrecho la divide
De las playas y términos de Italia.
Aquí habita Caribdis anchurosa,
Aquí etnéos murmullos amenazan
De llamas recoger nuevos furores,
Vomitar un volcán por sus gargantas,
Y de nuevo lanzar a las estrellas
Relámpagos de fuego: ciertamente
Esta región que admiran las naciones,
Óptima en bienes, prodigiosa grande,
De valerosos héroes guarnecida,
No tuvo en si varón más señalado,
Más asombroso, caro y respetable;
De su divino pecho las canciones
Pregonan sus inventos peregrinos,
Dejándonos en duda si fue humano,
O de inmortal estirpe descendiente.
Este sabio inmortal, y los nombrados
Inferiores a él, menos ilustres,
Divinos inventores de las cosas,
Sacaron de sus íntimas entrañas
Oráculos más ciertos y sagrados
Que la Pitia en la trípode de Apolo
Los diera con laureles coronada;
Mas cual hombres al fin, aunque tan grandes,
Erraron los principios de las cosas,
De errores en errores resbalando.

   Establecen primero el movimiento,
Y dejan a los cuerpos sin vacío:
Cuerpos blandos y raros reconocen
Tal como el aire, el sol, le tierra, el fuego,
Animal, vegetal, pero no quieren
Admitir en sus cuerpos el vacío.
   Dividen la materia al infinito,
La sección de los cuerpos no limitan
Ni en ellos partes mínimas conocen.
Viendo que de los cuerpos el extremo
Lo mínimo es que llega a los sentidos,
Hay que conjeturar que aquel extremo
Que en el extremo mismo no podemos
Distinguir, es el mínimo en los cuerpos.

   Establecen también principios blandos,
Que nacen y perecen como vemos.
Ya se hubiera el gran todo aniquilado,
Los cuerpos renacieran da la nada:
¡Ya ves cuán grande error y qué delirio!

   Enemigos, por fin, son los principios,
Y de muchas maneras se destruyen;
Chocándose entre sí se aniquilaran,
O se disiparían cual los rayos,
Lluvias y vientos por las tempestades.

   Si todo se hace de estas cuatro cosas,
Y todo en ellas mismas se resuelve,
¿Por qué aquéllas tendremos por principios
Mejor que no a los cuerpos? pues que mudan
De esencia y forma y de naturaleza.

   Mas si al contrario, acaso presumieres
Que se reúne el agua, el fuego, el aire
Y tierra sin mudarse en modo alguno
Su misma esencia, de ellos no podría
Crearse cosa alguna, ya animada,
Ya inanimada sea como el árbol.
Una mezcla confusa encontraremos
De aire, agua, tierra y fuego: nunca pueden
Estas substancias concebirse unidas;
Su propiedad cada una desplegara.
Es necesario que obren los principios
De un modo clandestino e invisible;
No sea que dominando demasiado
Impidan a los cuerpos que se formen
Conservar su específico carácter.
   Su primer elemento hacen al fuego,
Que emana según ellos de los cielos;
De éste se engendra el aire, de aquí el agua,
Y la tierra del agua es engendrada.
Retrogradando nacen de la tierra
Los demás elementos: antes la agua,
Después el aire; el fuego últimamente;
Estas transformaciones nunca cesan,
Bajan desde los cielos a la tierra,
Desde la tierra hasta los cielos suben:
No deben hacer esto los principios;
Es preciso que sean inmutables, 990
Porque no se aniquile el universo;
No puede cuerpo alguno de su esencia
Los límites pasar sin que al momento
Deje de ser lo que era; por lo tanto,
Si se transforman estos elementos
De continuo, como hemos dicho arriba,
Es preciso que de otros inmutables
Se compongan; no sea que a la nada
Se vea reducido el universo.
Establece más bien algunos cuerpos,
De tal naturaleza revestidos,
Que si el fuego criasen, hacer pueden
Estos mismos el fluido del aire,
Y así los demás seres, aumentando
O bien disminuyendo, los principios,
Cambiando situación y movimiento.

   Pero es claro, me dices, que los cuerpos
Crecen y se sustentan de la tierra:
Si la estación al aire no le presta
Una temperatura favorable,
Y si con frescas lluvias no se mueven
Las copas de los árboles, ni ayuda
Con sus rayos el Sol las producciones;
Ni sembrados, ni arbustos, ni animales
Jamás podrán llegar a crecimiento.

   Sin duda es cierto; y si a nosotros mismos
No nos sustenta un sólido alimento
Y bebida suave, nuestros miembros
Su brío perderán, y el sentimiento
Se acabara del todo en nuestros huesos:
Porque nos alimentan ciertos cuerpos
Como a las demás cosas, pues mezclados
Los principios están, y son comunes
De muchos modos a otros muchos cuerpos.
De aquí la variedad en el sustento:
Mucho importa saber de los principios
La mezcla, situación y movimientos
Recíprocos; los mismos constituyen
El cielo, el mar, la tierra, sol y ríos,
Los árboles, los frutos y animales:
En cada verso de estos mismos cantos
Verás que son comunes muchas letras
De muchas voces: debes, sin embargo,
Confesar que los versos y palabras
Difieren entre sí, ya en la substancia,
Ya en el mismo sonido que sentimos:
Tanto pueden las letras variadas.
Pero de la materia los principios
De otros mil modos combinar se pueden
Para criarse variedad de cosas.
La Homeomería también profundicemos
De Anaxágoras, que es así llamada
Entre los griegos, y en la lengua patria
No permite nombrarla su pobreza;
Pero es fácil decirlo con rodeos
Y explicar la Homeomeria en su principio.
Los huesos, a saber, de huesecitos;
Las entrañas se forman de entrañitas;
Muchas gotas de sangre congregadas
Crían la sangre; y piensa que se forma
De moléculas de oro el oro mismo;
Que se forma la tierra, el fuego, el agua
De sus pequeñas partes respectivas,
Y que todos los cuerpos son formados
De la unión de principios similares.

   Él no admite vacío en parte alguna,
Y los cuerpos divide al infinito:
Y yerra en ambas cosas, como aquellos
Que antes de él los principios indagaron.

   Establece muy frágiles principios,
Si el nombre de principios puede darse
A los que son lo mismo que los cuerpos
Endebles, se destruyen y perecen.
En un ataque tan violento y fuerte,
¿Quién permanecerá? ¿quién de la muerte
Cogido, escapará de entre sus garras?
¿El fuego? ¿el agua? ¿el aire? ¿sangre o huesos?
Ninguno de estos cuerpos, según juzgo;
Pues son perecederos como aquéllos
Que vemos perecer a nuestros ojos:
Nada puede a la nada reducirse,
Ni alguna cosa hacerse de la nada,
Confirman mis probados argumentos.
   Por otra parte, como el alimento
El cuerpo sustentado le engrandece,
Se sigue que las venas y la sangre,
Y los huesos y nervios se componen
De heterogéneas partes: o substancias
Mezcladas dirán ser los alimentos,
Y que abrazan en si pequeños nervios,
Y unas partes de sangre, y huesos, venas:
Entonces los sustentos y bebidas
De heterogéneas partes se componen.

   Si los cuerpos que nacen de la tierra
Los contiene además ella en su seno,
Debe constar de tan diversas partes
Cuanto sus producciones son diversas:
De los demás compuestos raciocino
Del mismo modo; si la llama y humo
Y ceniza están dentro en los leños,
Los leños deben ser heterogéneos.

   Un solo medio de defensa tiene
La opinión vacilante de Anaxágoras:
Dél se vale, y pretende que los cuerpos
Encierran en sí mismos los principios
De todos los demás; pero que aquéllos
Solamente divisan nuestros ojos
Que están en mayor número mezclados,
Y ocupan la primera superficie:
La razón desaprueba este discurso;
Porque fuera forzoso que los granos
Cuando son quebrantados con la piedra
Diesen muestras de sangre, o bien de partes
Que alimentan el cuerpo; manaría
Sangre, si se frotaran dos guijarros:
Las hierbas destilaran igualmente
Dulces gotas de leche tan sabrosa
Como las ubres de lechera oveja:
Destripando terrones, muchas veces
Yerbas encontraríamos y granos
Y árboles pequeñitos escondidos:
Hendiendo la madera, en fin, se vieran
Llamas pequeñas, y ceniza, y humo:
Mas como la experiencia contradiga
Estar así revueltos los principios,
Deben comunes ser a todo cuerpo,
Y estar diversamente colocados
En los diversos cuerpos de los seres.

   Pero dirás que en montes empinados
Las copas de los árboles robustos
Del austro proceloso sacudidas
Se entrechocan y arrojan vivas llamas:
Es cierto, sí; mas no contienen fuego:
Una porción de partes inflamables
Por el frote en un punto reunidas
El incendio originan de los bosques;
Si tanto fuego en ellos se escondiera,
No podría un momento refrenarse,
Consumiera las selvas de continuo,
Reduciendo a cenizas todo arbusto.

   Ya ves que importa mucho, como dije,
El mixto conocer de los principios,
Saber su movimiento y posiciones
Recíprocos, porque los elementos
Cambiados entre sí ligeramente
Sacarían el fuego de los leños,
Como si estas palabras ligna et ignes
Si que sus letras alteremos mucho
Con distinto sonido pronunciamos.

   Si crees que no pueden explicarse
Ya, por fin, los fenómenos del mundo
Sin que atribuyas a los elementos
Naturaleza igual a la del cuerpo,
Perecen los principios de las cosas;
De modo que den grandes carcajadas
De una trémula risa conmovidos,
Y el semblante y mejillas humedezcan
Llenándolos de lágrimas amargas.

   Escucha las verdades que me falta
Hacerte conocer por modo claro.
Bien conozco que son bastante obscuras;
Pero mi corazón ha sacudido
Con fuerte tirso la esperanza grande
De gloria, y juntamente ha derramado
Suave amor de las musas en mi pecho;
Del que agitado con briosa mente
Recorro los lugares apartados,
De las Piérides antes nunca hollados:
Agrádame acercarme a fuentes puras,
Y agotarlas bebiendo, y nuevas flores
Agrádame coger para guirnalda
Insigne con que ciña mi cabeza
De un modo que las musas a ninguno
Hayan antes las sienes adornado:
Primero, porque enseño grandes cosas,
De la superstición rompo los lazos
Anudados que el ánimo oprimían;
Después, porque compongo versos claros
Sobre una cosa obscura, realzando
Con poética gracia mis escritos.
De la razón en esto no me aparto.
Así, cuando los médicos intentan
Hacer beber a un niño amargo ajenjo,
Los bordes de la copa untan primero
Con el licor de miel dulce y dorado,
Para que, seduciendo y engañando
La impróvida niñez, hasta los labios
El amargo brebaje apure en tanto
Y engañado no muera, sino que antes
Convaleciendo así se restablezca;
Del mismo modo, porque las más veces
Parece trato yo de asuntos tristes
Para aquéllos que no han jamás pensado,
Y que al vulgo disgustan de los hombres,
Con el suave canto de las musas.
Quise explicarte mi sistema todo
Y enmelarte con música pieria,
Por si acaso pudiera de este modo
Tenerte seducido con mis versos,
Hasta que entera y fiel Naturaleza
Sin velo ante tus ojos se presente.

   Mas porque te he enseñado que los cuerpos
De la materia sólidos y eternos
Giran perpetuamente indestructibles,
Examinemos hora si la suma
De éstos es infinita, o limitada;
Si también el vacío establecido,
Este lugar y espacio en que los cuerpos
Se mueven además es limitado,
O si es profundo, inmenso e infinito.

   Es infinito, pues, de suyo el todo,
Pues aunque extremidad tener debía,
Como cuerpo ninguno se concibe
Sin que a él otro cuerpo le termine,
De modo que la vista claramente
Más allá de este cuerpo no se extienda,
Confesemos por fuerza que no hay nada
Más allá de la suma, pues no tiene
Extremidad, de límites carece.
El sitio que tu ocupas nada importa,
Pues que por todas partes un espacio
Te falta que correr ilimitado.

   Si además el espacio es limitado
Y alguno se coloca en el extremo
Y tira alguna flecha voladora,
¿Deseas que tirada con gran fuerza
Vuele ligera por llegar al blanco,
O piensas que la impide algún estorbo
Su vuelo y no la deja ir adelante?
Uno u otro es preciso que confieses.
Cualquiera que tú elijas, a la fuerza
Debes quitar los límites al todo:
Porque bien sea obstáculo el que impida
Y estorbe que la flecha llegue al blanco,
O bien le pase, aquí no se da extremo:
En donde pongas límites, yo al punto
Preguntaré qué ha sido de la flecha:
Jamás encontrarás así el extremo;
Siempre su inmensidad deja un espacio
Que recorra la flecha fugitiva.

  Además, que si la naturaleza
Hubiera puesto límites al todo,
Ya la materia con su mismo peso
Se juntara en los sitios más profundos;
Debajo de la bóveda del cielo
Ninguna cosa se produciría,
Ni el cielo ni la luz del Sol naciera;
Como que la materia toda hundida
Desde la eternidad amontonada
Inerte yacería; pero ahora
De cierto no reposan los principios,
Porque ningún lugar profundo existe
En donde puedan como reunirse
Y colocar su asiento permanente;
Y siempre un continuado movimiento
Cría por todas partes nuevos seres,
Y el infinito suministra siempre
De una materia activa eterna copia.

   Que unos cuerpos, en fin, a otros limitan
Claramente lo vemos: las montañas
El aire circunscribe, a éste los montes;
A los mares da límites la tierra,
Y los mares limitan a las tierras;
Nada hay que ponga límites al todo:
Porque es de los lugares y el espacio
Tal la naturaleza, que los ríos
Clarísimos corriendo eternamente
Alcanzar con su curso no podrían
Los límites del mundo en parte alguna;
Nada habrían andado: el universo,
No conociendo límites, por todas
Partes al infinito se dilata.

   Seguramente la naturaleza
Impide que la suma de las cosas
Pueda circunscribirse ella a si misma;
Porque ha hecho que el vacío limitase
Al cuerpo, éste al vacío; de este modo
Ha dispuesto su obra ilimitada.
Si el vacío tan sólo ilimitara,
O hiciese limitada la materia,
Ni la tierra, ni el mar, ni de los cielos
Las bóvedas lucientes, ni los hombres,
Ni de los dioses los sagrados cuerpos
De existencia gozaran un instante:
Pues la materia, sacudiendo el yugo,
Se derramara por vacío inmenso,
O más bien ella nunca concretada
Ni un sólo cuerpo hubiera producido,
Por no poderse unir diseminada.

   Porque seguramente los principios
De la materia no se han colocado
Con orden, con razón ni inteligencia,
Ni han pactado entre sí sus movimientos;
Antes diversamente combinados,
Desde la eternidad por el espacio
Agitados con choques diferentes,
Juntas y movimientos van probando,
Hasta que se colocan de manera
Que esta suma criada se mantiene;
La cual por muchos siglos conservada,
Y puesta en conveniente movimiento,
Hace con largas ondas que los ríos
Abastezcan los mares insaciables;
Que la tierra sus frutos reproduzca
Con los rayos del Sol alimentada;
Y que reproducidas las especies
De los brutos florezcan, y que vivan
Los fuegos celestiales resbalando:
No sucediera si infinita copia
De los principios no estuviera siempre
Reparando las pérdidas continuas:
Así como los brutos sin sustento
Se van aniquilando, y por fin mueren;
De la misma manera el todo debe
Perecer al momento que materia
De su recto camino extraviada
No suministre pábulo a los cuerpos.

   No podrían los átomos externos
Conservar a la suma congregada;
Porque pueden con golpes repetidos
Impedir que una parte se destina,
Y dar tiempo a los átomos que lleguen
A completar la suma; algunas veces,
A rebotar no obstante precisados
Espacio y tiempo, dan a los principios
Para que se desunan libremente:
Sin cesar es preciso se sucedan
Los átomos; materia ilimitada
Supone, pues esta presión eterna.

   Guárdate de creer en esto, Memmio,
Lo que dicen algunos: que los cuerpos
Se dirigen al centro de la suma,
Y que del mundo la naturaleza
No es detenida por eternos choques,
Ni a parte alguna pueden escaparse
El uno u otro extremo, porque todo
Al centro se dirige. Si creyeres
Que un ser puede en sí mismo sustentarse:
Que los cuerpos pesados que tenemos
Bajo los pies, gravitan hacia arriba:
Que en dirección contraria son llevados,
Como la imagen que en el agua vemos;
Defiende con razones semejantes
Que debajo vaguean animales,
Que no pueden caerse de la tierra
En las regiones ínfimas, del modo
Que no pueden al cielo remontarse
De suyo nuestros cuerpos; y que cuando
Aquéllos ven el sol, nosotros vemos
De noche las estrellas, y alternando
Parten las estaciones con nosotros;
Y que igualan sus días a los nuestros,
Y a las suyas igualan nuestras noches.
   En ficciones groseras han caído
Y en errores estúpidos los necios,
Porque en principios falsos se apoyaron:
Pues en una extensión ilimitada
No entienden que no puede darse un centro,
Y aun cuando supongamos que existiera,
No se vieran los cuerpos obligados
A pararse más bien aquí que en otra
Cualquiera parte o sitio del espacio;
Pues la naturaleza del vacío
Cede a los cuerpos graves, hacia el centro
Se dirijan, o no; porque no hay sitio
En que los cuerpos una vez llegados
Pierdan su pesadez, y se detengan;
El vacío a los cuerpos dará paso;
Así lo exige su naturaleza:
No impedirá la desunión del todo
Este deseo que los lleva al centro.
   También además fingen que hacia el centro
No es común la tendencia a todo cuerpo;
Los que de tierra o agua se componen
Se dirigen a él, como los mares,
Y las que salen de soberbios montes
Y lo que encierra en sí cuerpo terrestre:
Pero del aire las sutiles auras
Y las llamas ligeras se retiran
Del centro: que por eso centellea
Todo el éter con fuegos y se nutre
Del Sol la antorcha en azulado cielo;
Porque el calor del centro fugitivo
Recoge allí sus fuegos (no pudiera
Los animales sustentar la tierra
Ni del árbol las ramas hojecieran
Si el jugo alimenticio no les diese
Colocan más allá de las estrellas
El firmamento, para que los fuegos
Del cielo, libres, y del centro huyendo
A la manera de voraces llamas,
No traspasen los límites del mundo
Y desordenen la naturaleza,
Ni el cielo se desplome con sus rayos,
Ni se abra la tierra de repente
Debajo de los pies, y nuestros cuerpos
Caigan en el abismo sepultados,
Descompuestos, envueltos en ruinas
De tierra y cielo; así que en un instante
Más que soledad vasta no quedara, 1390
Y principios sin fuerza: en cualquier parte
Que empieces, pues, a disolver los cuerpos
Te hallarás una puerta siempre franca
De destrucción, por donde la materia
Amontonada escapará volando.

   Si estos conocimientos que te ofrece
Mi humilde musa, hubieres comprendido,
Porque con una cosa otra se ilustra,
No te robará el paso obscura noche
Sin que penetres los secretos hondos
De la naturaleza: de este modo
Unas verdades esclarecen otras.

::::::::::::

LEER COMPLETO EN:
http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/de-la-naturaleza-de-las-cosas-poema-en-seis-cantos--0/html/ff0be64e-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.html


No hay comentarios:

Publicar un comentario