domingo, 9 de octubre de 2016

LILIAN ELPHICK [19.237]


Lilian Elphick

Lilian Elphick Latorre (Santiago de Chile, 1 de diciembre de 1959) es una escritora y poeta chilena, licenciada en Literatura de la Universidad de Chile, y con estudios completos de magíster en Literatura Hispanoamericana y Chilena en aquella misma institución. En 1990 fue finalista en el Concurso de Cuentos Juan Rulfo, celebrado en París, Francia, con su obra «La Gran Ola». En septiembre de 2002 participó en el congreso realizado en Buenos Aires, Argentina, titulado "Ser mujer, ser latinoamericana, ser escritora". En 2003 y 2004 fue presidenta de la Corporación Letras de Chile. También recibió la Beca de Creación Literaria del Consejo Nacional del Libro y la Lectura, por sus publicaciones «El otro afuera» y «Ojo Travieso». Finalmente, en 2010 obtuvo el Premio Mejores Obras Literarias de Autores Nacionales del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, en la categoría obras editadas, género cuento, por su obra «Bellas de sangre contraria».

Obra

1990 «La última canción de Maggie Alcázar, Mosquito Comunicaciones
2002 «El otro afuera», Cuarto Propio
2007 «Ojo travieso», Mosquito Comunicaciones
2009 «Bellas de sangre contraria», Mosquito Comunicaciones
2011 «Diálogo de tigres», Mosquito Comunicaciones



Aviso de robo

Mi silencio ha sido robado.

La persona que lo encuentre, trátelo con cariño.
No le grite, que se asusta.
No lo maree con palabras inútiles.
Una vez que el silencio se haya acostumbrado,
favor de clavarle el puñal bien adentro, en el centro
de su total indiferencia.
Deje los restos en la calle.
No faltará quien se los lleve.



Final feliz

Nos amamos desde el lugar de las palabras; el deseo era una escritura que iba y venía, ataviada de un presente compacto.
Nos amamos con furia, siempre indagando en la perversión que tiene toda historia ficticia.
Nos buscamos en libros y cartas; fuimos el papel y la tinta, unidos por ojos que nos leyeron.
Por eso lo maté: para amarnos más, y eternizar el mejor de los finales.



Aviso de extravío

Así que voy a hacer lo que creo mejor…
Nota de Virginia Woolf

He perdido mi imagen, la palabra, ese amor feble y fugaz; 
he perdido lo que nunca perdí: la sombra y la luz. 
También se han extraviado algunos granos de arena que guardaba en mis zapatos.
A quien los encuentre, por favor, no los devuelva.



Viaje I

Por viaje, regalo mi silencio
y una maleta casi nueva.



Reinas

Todas íbamos a ser reinas,
pero fuimos monstruos,
y más encima nos llamaron
mujercitas.



Abismos habituales IV

Cuando escribo he dejado de poseerme, yo misma soy un colador, tengo la cabeza perforada.
Marguerite Duras


Refúgiate aquí, en el hueco oscuro de mis ojos. Sé mi otra mirada: la que nunca vio a la mano lanzando poemas de amor al despeñadero de las causas perdidas.

Lee en mis párpados todas aquellas palabras que escribí al revés, para asegurar el placer solitario del espejismo.

Quiero arrastrarte, lector silencioso, a mi guarida, y lamer cada una de mis historias en tus costras, en las heridas que nadie acicaló, en tu costumbre de dejar que el tiempo ruede cama abajo.



-Cuatro minificciones y un poema 


La geometría de los ojos

Que seas bizco y daltónico es lo que más me excita, a mí, ciega de nacimiento.


Amor a toda prueba

Ella era tuerta; él era rey. Se enamoraron ciegamente.


El éxtasis de Santa Teresa

Es cierto, mis ojos están en blanco. Duros. De mármol. Cómo quisiera ver a Bernini y sentir el mejor de los flechazos.



Post scriptum

Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo.
Alejandra Pizarnik


¿Qué significa escribir, sino entrar en la sangre?

¿Qué significa la palabra, sino el cuerpo de la sangre?
¿Qué significa decir, sino avivar la sangre?
¿Qué significa la sangre, sino una historia que recién comienza?


*


En la punta de su lengua está la palabra, injusta y necesaria.
En la punta de sus dedos se condensa el vacío.
En la punta del silencio, ella escribe.
Escribe como grita: apropiándose de otros amores.
Y quiere olvidar el triste oficio del vórtice.
Sacarse los ojos para evitar la tentación del espejo.
Caminar derecho con un libro en la cabeza.
No mentir nunca más esa verdad tan filosa:
Ser la que escribe.
Y caer en los brazos del que llaman ‘lector’.
Dormir juntos, arrullados por la sábana blanca.
Sin pensar en la escritura de los sudores..

Texto perteneciente a Abismos habituales



DIÁLOGO DE TIGRES

Al que camina las madrugadas en busca de su sombra.


Diálogo de tigres I

En el bosque de los desprotegidos, dos tigres se encuentran y, como si el agua les bebiera las palabras, se miran. En los ojos de uno se reflejan los del otro. Cuatro soles en la oscuridad, y una distancia enorme que los separa. Ellos lo saben. Conocen los espejismos, los inextricables paisajes de la nada en donde pueden saltar en la agilidad del viento.

Pequeños gruñidos quiebran el silencio. El acto de reconocerse entra por sus narices y sale por las alas del pájaro sin nombre. 

El acercamiento es cauteloso: hay demasiadas historias en cada una de sus rayas y un territorio que defender.

Pero se encuentran, y los dos están tan cerca que sus orejas se crispan con los latidos y el ensanche de las venas que permite que la sangre corra ferozmente, sin detenerse ni un segundo, abriéndose a la respiración y al acecho. 

Tengo hambre ―dice uno. 
Yo también ―responde el otro.

Se matan en un combate limpio y digno del más solitario de los recuerdos.



Diálogo de tigres II

Dos tigres salen a cazar. Una va al sur; el otro, al norte. Al final del día, se encuentran.

Estás herido.
No. La herida eres tú.
La flecha está enterrada en tu lomo, no en el mío.
Morirás antes de que amanezca; ahí reposará tu desvarío.
Yo estoy muy lúcida; puedo oír cómo se te va la vida.
Tu herida se agranda, tus palabras huyen. 
Tu corazón se detiene, enamorado.
¿Enamorado?
No era una flecha cualquiera…

El silencio se instala, dividiéndolos. Se miran, y comprenden.
Una corre al poniente; el otro, al oriente.



Diálogo de tigres III 

Luego de caminar por las extensas planicies de la escritura, los tigres llegan al río del silencio. Ahí se bañan y olvidan que están hechos de tiempo y de sangre. A sus pieles mojadas se adhiere la palabra ‘pez’. La tigresa puede nadar debajo del agua a gran velocidad; el tigre da brincos contra la corriente. Juegan a acariciar burbujas.

¿A quién le contaremos nuestra historia? ―pregunta ella.
¿Cuál historia? ―pregunta él.

Los tigres jadean bajo el sol implacable y sus patas se hunden en la arena. Tienen sed. Saben que morirán si no encuentran una mano que morder, aquella que los escribe en la mitad de la noche.



Diálogo de tigres IV 

La tigresa está triste. ¿Qué tendrá la tigresa? En cada árbol ha frotado su historia de rayas y colmillos, trigo trigando su boquita de fresa.

Cuando la luna se alza en su locura, el tigre muerde una cola que podría ser la suya, e imagina el diálogo:

Somos un sueño imposible.
Has estado leyendo a Borges.
No, sólo canto boleros.

¿De dónde vienen estas palabras? ―se pregunta el tigre, acechando a la tigresa―. Y no comprende que ella es parte del sueño, que en esos cinco metros que los distancian hay puntos suspensivos que se descuelgan como arañas urdiendo lo interminable.



Diálogo de tigres V 

Los tigres de la noche imaginan tantas cosas. Construyen historias increíbles, saborean palabras, desgarran metáforas. La selva los protege de los cazadores que disparan tinta en blancos papeles. Y en la oscuridad lamen su nostalgia de ser, hasta despedirse en la rebeldía del viento.

¿Cuándo te veré otra vez?
Cuando no dejemos huella. 

Crujen las ramas. Dos venados huyen ante los haces de luz y la metralla constante de realidades.



Diálogo de tigres VI 

Llueve en los manglares del silencio, y los tigres esperan una sola palabra que les quiebre esa sensualidad que llevan como piel.

Y ahora, ¿qué hacemos?
Esperar.
¿Y si no viene?
Vendrá.

Los tigres están tan mojados que sus rayas comienzan a desaparecer. Invisibles, siguen esperando, sin saber que la palabra vino y se fue, de la mano de un diálogo absurdo.



Diálogo de tigres VII 

Caen los primeros copos de nieve. Los tigres tienen frío, y lo salvaje ya no está con ellos. El amarillo de sus ojos se ha cegado de tanta soledad. Sólo el olfato los guía a un precario refugio entre varios árboles caídos. 

Quedémonos quietos.
Como estatuas milenarias.
Como un recuerdo sin nombre.
A eso le llaman 'amor'.
Pero es un olvido, un dejar irse...
El eco de una palabra.
El final de una historia.
Te doy mis colmillos.
Y yo, mi mirada.
Aquí está mi fiereza.
Estos son mis sueños.

Así, los tigres duermen, y el hielo los cubre. 
Ahora, nadie podrá escribirlos en los abanicos que se abren y que se cierran.



Diálogo de tigres VIII 

Los tigres pelean con ferocidad. Muerden, rasguñan, rugen. Llevan ocho horas de lomos erizados. Retroceden y embisten nuevamente. La tigresa tiene una herida abierta en el cuello; un amarillo espeso brota del ojo del tigre. Se juegan su octava vida. La danza continúa en el bosque que es de ellos, acotado por algunas traiciones, delimitado por mentiras, rayado con la tiza de un silencio que les llaga la soberbia.

Caerás pronto, tigresa.
Caeremos los dos, tigre.
Al abismo de la carne.
Al misterio de la fuga.

Los tigres dan el último salto, y el vacío les parece el más apetitoso de los bocados. En sus colas llevan atada la cuerda de la escritura.



Diálogo de tigres IX 

"Ahi crudo Amor, ma tu allor piú mi 'nforme
A seguir d'una fera che mi strugge,
La voce e i passi et l'orme, 
Et lei non stringi che s'appiatta et fugge.

Canzionere (Rerum vulgarium fragmenta),
de Francesco Petrarca

No llamaremos dulce al ritual de acicalamiento que los tigres insisten en perpetuar más allá de las pasiones que los habitan. Cuando el macho descubre la huella que la hembra ha dejado, sabe que primero debe simular un ataque en el centro exacto de la noche. Ella se tenderá de espaldas ronroneando viejas historias; irá de un lado a otro mostrando la barriga: suave la cadencia, afilado el colmillo. Pronto, se lamerán las costras de las cicatrices. Como cachorros.

La próxima vez, no te dejaré vivo ―dice ella.
Ya estás muerta ―ruge él, orgulloso.

Despacio, el bosque de bambúes se cierra sobre las palabras y sus ecos. El espacio de los tigres queda reducido a algunas viñetas dibujadas con lápiz de grafito. Privadamente, mascan el papel y tratan de alcanzar el objeto puntiagudo que se aleja.



Diálogo de tigres X

A Canariza, por sus regalos de media luna.

El muro es alto, intrincado. La parte superior es de material líquido; la inferior es sólida. También hay espinas y navajas que aparecen y desaparecen. Arriba, nadan las palabras; abajo se estampan todos los recuerdos. Es el muro de la historia, y los tigres deberán saltarlo.

Al fin podremos salir de aquí. Ya estaba aburrida ―dice ella.
Al otro lado nos espera la libertad ―dice él.
¿Eso significa que no hablaremos más?
Exacto. Volveremos al rugido.
No nos encontraremos con la mano que ahora nos escribe con tanto ahínco.
Y volveremos a estar solos. Cada uno tomará su rumbo.
Seremos tigres.
Tigres de verdad.

Ágiles, las fieras trepan la pared. El tigre salta al otro lado. A la tigresa le cuesta más: está preñada de sueños. Las navajas intentan herirla; las palabras le tienden lazos. Pero ella nunca mira hacia atrás y con su fuerza amarilla vuelve a trepar. En la caída, olvida el amor y el odio, esa sensación asfixiante de ser relatada una y otra vez. 





Bellas de sangre contraria, de Lilian Elphick (Microrrelatos). Mosquito Comunicaciones, Santiago de Chile, 2009.


Bellas de sangre contraria tiene como tema principal a la mujer en la historia mítica. Cada narración aborda intertextualmente personajes femeninos, en su mayoría, griegos. Se dan cita impuntual Penélope, Circe, Ariadna, Dánae, Medusa -tejedoras de la palabra en la periferia de sus pieles. Manejándose con un lenguaje conciso y cortante, esta relectura, devenida  aguda escritura, tiene un tono irónico y apunta a la subversión del estereotipo. También existen figuras trasvestidas, como Sísifa, Asteriona, y otras -siempre de contraria sangre- que indagan su esencia de cuestionamiento con el furor de sus miradas.

Siguiendo el trazo lorquiano, bajo la mano incisiva de Lilian Elphick, las bellas son mujeres-navajas, deseosas de tener un nuevo y mejor filo.

Damaris Calderón



Cleopatra

Soy Cleopatra Filopator Nea Thea, la amada de mi padre, la exiliada de mí misma, última reina de una dinastía hecha cenizas.

Descuidé mis propias aguas, amé a César y a Marco, envenené a mi hermano y marido.

He sido encarnada por Theda Bara, Claudette Colbert, Vivien Leigh, Sofía Loren, Elizabeth Taylor, bufonas de un palacio desconocido.

Artemisia Gentileschi, Guido Reni, Arthur Reginald, Guido Cagnacci, me han retratado con la serpiente mordiéndome el pecho. ¡Qué viperinos!

He oído una música llamada twist en donde una voz habla de mí. El tono no es elegíaco.

Me hundo en el légamo de la vergüenza, mientras siento las palas allá arriba.

Me encontrarán con la boca llena de arena y envuelta en jirones de lino.

Que Udyat me proteja y no me deje abrir los ojos.



Europa

La historia tergiversa los hechos. Fui yo la que rapté a Zeus, de lo contrario nunca hubiera sido continente. Él estaba en la playa haciendo castillos de aire y no necesité convertirme en vaca para que cayera rendido a mis pezuñas, bufando de amor y listo para la lidia. Quedé exhausta, pero me recuperé con una sabrosa sopa de criadillas, y volví a pastar como si nada.



Lamia Lamur

Soy Lamia Lamur y busco comillas angulares para citar mi propia historia, que es sinuosa y sibilina. Busco, además, amante de cuerpo entero, ojalá bien hombrecito, que me haga cariño en las escamas y en esa piel que luego se desprende de mi nombre, lamida por el vicio reiterado de “ha pasado un caballero, -¡quién sabe por qué pasó!-”.

Soy saliva amistosa. Construyo puentes que las arañas envidian. Desbrozo abismos. De boca en boca, de beso en beso; dientes cariados en donde anido para exhalar mis enseñanzas.

Esto no es una canción, por si ya están oyendo campanadas en sus órganos sexuales. Es mi llamado a escribir desde el silencio.

No todo es tan trágico mientras se mastican niños envueltos.



Helena

A Damaris Calderón

Golpeé mi pecho tres veces y no hubo respuesta.
Arañé mi cara y me lancé al abismo de la derrota.
Escribí para remediar el silencio y no obtuve el perdón.
Me  pregunté qué es primero, ¿el amor o el odio?, y estalló una guerra.
Entonces, ¿qué maravillas me deparan las patas de los caballos?
Alejada de mi esencia, mastico lentamente mi hermosura.



Perséfone

Dada la oscuridad, tengo la lengua negra de tanta escritura; a veces me reflejo y soy la lupa en el lupanar. Perséfone, Perséfone, me llaman desde arriba, y yo lanzo granadas para que se callen de una vez por todas.  Me he acostumbrado a este ambiente underground. Hades nunca está y puedo escribir en este cuarto propio la añoranza de la luz.



Hipatia

A Virginia Vidal

Los ciegos me arrancan los ojos, los ignorantes me extirpan el conocimiento, las madres muerden mi útero. Todos saborean la ecuación del odio, que es simple como un espejo.

En el nombre de Cristo.

Y en mi nombre quedan las estrellas, el agua gota a gota, el amor a la palabra.



Megera I

Aquí estoy, en el sitio que he elegido. No voy a llamar casa a un agujero que sólo tiene por luz mi furia encadenada. Nadie me visita, salvo mis hermanas Alecto y Tisífone, Erinias de sangre caliente que intentan convencerme con horrores de utilería. Que persiga, que castigue, que condene a los infieles, a aquellos que han amado más allá de sí mismos y que huelen en sus manos el perfume embriagador de la derrota.

A fuerzas de costumbre, el abismo de mi tristeza: escribí mil cartas de amor que no fueron leídas.

Esperé. Esperé. Caí a la tierra. Las piedras me consolaron, el rosario de huesos, la arena silenciosa.

Debería bastarme.



Julia Caesaris

Julia Caesaris nace en el año 49 A.C., nueve meses después que Gaius Julius Caesar cruzara el río Rubicone con sus tropas. Su madre la lleva a Ariminum, a orillas del mar Adriático. Allí la niña crece, aprende a hacer pan, se casa, tiene hijos y nietos.

En algún momento de su infancia, pregunta por su padre. La madre le cuenta que él era un pobre arriero que cruzó el río con sus ovejas. Los animales se ahogan, y ella lleva al hombre a casa y lo cuida. Una noche, el ex arriero le confiesa su amor incondicional. Al poco tiempo, éste fallece.

El parto fue muy difícil; Julia nació con los ojos abiertos. Y no lloró.

Tuvo una hermanastra del mismo nombre y un padre que fue asesinado el año 44 A.C. Se cree que sus últimas palabras tienen que ver con la suerte o el destino.


Sansona

Él me agarró por la espalda, las manos tensas en mi pecho. Me gustó, no puedo negarlo. Sabía que mi codo guardaba toda la fuerza del mundo. Y así fue. Un golpe certero. Luego, el puño izquierdo voló hacia su ceja. Mis nudillos amaron esa valiente sangre. Tambaleó un poco, uppercut, mentón triturado. Tenía la navaja lista. La hubiera hundido en su yugular, pero preferí cortar mi larga trenza y lanzársela al hombrón que se revolcaba en el suelo.

Marimacho -gritó, con baba entre los dientes, cogiendo la trenza y devorándola.

En aquellos días de lluvia, me lavaba el pelo con cicuta, para no andar aleonada.


Erato

Me han encerrado en este museo junto con las otras. A ellas les gusta que las celebren, les rindan culto y degüellen animales en su honor. A mí, no. Detesto ser musa de poesías incendiarias y andar con la cítara a cuestas, inspirando a cuanto imbécil me llame desde el otro lado del camino. Y las tórtolas que revolotean a mis pies… ¿serán más ricas asadas, o a la olla, con laurel y vino blanco?

Un momento. Una chica me hace señas. Se llama Lisa. Bello nombre, damita, ¿quién te puso ahí? Mírate con esa sonrisa extraña; apuesto a que estás incómoda con tanto sfumato. Un, dos, tres. ¿Ves? Era fácil. Vámonos, que este sitio no es para nosotras. Podemos probar el gineceo lúcido o Youtube.



María Antonieta

Ya no tendrán que comer pasteles, mis famélicos; aquí tienen mi cabeza. Pueden guardar la sucia peluca, si les parece, teñida de mi sangre azul. Mis ojos serán más sabrosos con una pizca de sal. El derecho tiene cataratas; el izquierdo, una pupila vengativa. Mi boca, que tantos manjares probó, seguirá gritando por mucho tiempo; no se asusten si vomita alguna lágrima de cristal o un diamante huérfano. La lengua la llevarán a la olla durante tres horas, hasta que esté blanda. Con nuez de Luis será exquisita. Les aconsejo mis trompas de Eustaquio. Verán que están recubiertas de un grueso cerumen; por este motivo no los oía. Cuando hayan vaciado los humores, ríanse. Finalmente, recomiendo el  fromage de ma tête à l’ancienne.

Bon appétit!



Yocasta

No dramaticemos, Edipo. Lo que pasó, pasó. En el mundo de la sangre, siempre hay puertas de escape. Fui tuya. Sí. Besaste el óxido de mis palabras y gozaste con ellas, en silencio, cuando aún tenías ojos para comprender que mi cuerpo te necesitaba, y se enroscaba en ti con el placer que sólo da la ignorancia.

Yo era una soga al cuello, bien firme; un amor anudado. Y tú, una historia ciega y solitaria que mis lágrimas recogieron para devorarla.

Soy tuya. Aún. Mis huesos te reclaman; la unión posible en esta cárcel de tierra.



Lorelei

Los navegantes mienten al decir que los seduzco con cantos de sirena. Son ellos los que me embriagan con su muerte de agua dulce. La metamorfosis es rápida: mi cola de brillosas escamas deja paso a un par de miembros pálidos que no sé usar. Trato de incorporarme y caigo, rompiéndome la piel inútil, mientras el barco se aleja arrastrando el anzuelo incrustado en mi boca.



Idunn

Fui a ver a las Nornas. Urd y Skuld tejían y destejían; Verdandi tenía la rueca mala, y los destinos de algunos hombres se enredaban en las ramas de Yggdrasil. Al otro lado del río, un animal bellísimo me miraba. Le ofrecí una de mis manzanas. Tuve que nadar de espaldas, con la fruta al medio de mis pechos. No podía mojarse. Las hilanderas gritaban que me devolviera.  Casi al llegar a la orilla, el animal se acercó a mí y devoró el pomo carnoso y fragante. Serás joven para siempre, le dije acariciando su hocico. Él gimió de alegría, y hundió lentamente sus colmillos en mi cuello. Se ahogó de inmediato con los vapores venenosos de las uñas de los muertos que yo guardaba debajo de la lengua, a modo de precaución.

Trepadas arriba de Yggdrasil, las Nornas soñaban con aguas rojas y batallas eternas. Salí en silencio. No quise despertarlas. Mis dedos estaban traslúcidos.



Antígona

Quien conozca mi historia podrá llorar estas palabras. Quien me mate por segunda vez que use la soga del silencio. Quien me ame que bese la espada ensangrentada.

Nací para espantar a la muerte: los cuervos no comieron los ojos de mis ojos, el amor se mantuvo firme en mi mano y arañó la tierra enferma de traiciones.

Mi libertad está en boca de Sófocles, Brecht, Anouilh: soy Antígona resucitada y recreada.

Han escrito a una mujer que no soy yo.



Dionisa

Bebo. Estoy sola y me emborracho. Me han dado un picadillo de ménade que está cocido. La música es estridente, todos bailan enloquecidos, desnudos, arriba de las mesas.

El vino se acaba. Pido más de ese Xynomavro que me recuerda los frutos negros de mi bosque, donde también bailé en noches de luna llena, festejada de abrazos y besos.

Mi copa está llena y bebo. Con qué docilidad la memoria se me agolpa en la sangre: las horquillas las dejé arriba de la cama para tu colección de casualidades.

Soy una puta vieja que junta sus monedas para venir aquí y ver cómo fornican en mi nombre.



Ariadna I

Teseo, con esta espada matarás al Minotauro, que es tu sombra; tómala, siente su peso, pruébala en mí, deja que mi sangre te guíe de vuelta. No temas, acostumbrarás tus ojos a la oscuridad, podrás sentirme acezar en el laberinto de tu corazón. Ve, guerrero, hunde el acero y grita. Manifiesta tu odio que yo revierto la historia: soy el toro y el hombre, el monstruo, la pesadilla, y también el lugar de la pérdida y el espejismo.

Que el cierzo me lleve si lo que digo es mentira.



Ariadna II

Mira, el asunto es que maté a Teseo. Fue rápido y limpio. Dijo “perra traicionera”, y cerró los ojos. Luego, todo fue fácil. Entré al laberinto a buscar a Minotauro. Cuchito, cuchito, llamé. Y él me respondió con unos gemidos asustados. ¿Se fue el loco? Sí, gatito, para siempre. Gracias, preciosa, no sé cómo agradecerte. Me puedes rascar el lomo, me encanta. ¿Ahí? Sí, pero un poco más arriba. ¡Sigue, sigue! ¡Ahhhhh!  Sé que suena perverso, pero tócame la cola. ¿Así? Más fuerte, más fuerte. Ahora, trata por aquí y aquí y acá.

Cuento corto: después de tantas caricias, le mordí el cuello y lo asfixié. Balbuceó “perra”, a secas, y murió con la carpa alzada, como Teseo.

Aquí hay un enredo muy grande. Pásame las tijeras, anudamos nuevamente y seguimos ovillando. ¿Vale?



Adana

Mírame las costillas: hay cuatro rotas; te las doy así como están, y el ojo perpetuo en su tinta.

Luego harán de mí la boca incendiaria, el paquete inservible que se lanza al vacío.

Mira el sin refugio, la alambrada, la púa, el diente en el suelo.

Adana es mi nombre.

Repítelo.

Guárdalo en tu corazón para que otros me recuerden como el primer verbo crucificado en las casas de tortura.



Calipso I

Toma. Aquí está el timón y el astrolabio. La cuerda es para que te ates al mástil; con la vela y el remo irás a velocidad crucero. Pan, agua dulce, cangrejo seco. En este frasco va la esencia de mi amor. Si lo botas al mar, quedarás anclado a mi nombre que nada oculta. Si lo abres, tendrás que vivir aferrado a mi muerte.

Tú eliges.



Calipso II

Ulises, no emitas palabra alguna. Ándate, si es lo que deseas, corre a los brazos de tu tejedora, cuéntale que estuviste en una isla deshabitada y que vagaste durante siete años hundiendo los pies en la arena, naufragando de hambre, soñando el tejido de tus propias añoranzas, deseándola con los labios partidos de sal.

No dejes, Ulises, que yo intervenga en tu historia heroica. Sé que partirás mar adentro; nadie oirá acerca de mí. Seré el agua por donde irá tu barco. Penélope me beberá, y sabrá por qué te dije: “Los ahogados siempre retornan a su playa de origen”.



Corina

Non tibi crimen ero, nec quo laetere remoto.
Ovidio

… Pero el amor pasa, se esfuma como el cigarrillo en la boca de un loco que no sabe de sonidos ni furias, sino de una mano que lo ahorca. Luego, si es que hay una secuencia en el lento proceder de las horas, viene el recuerdo, nunca verdadero: los ojos mienten cuando tratan de deleitarse con las antiguas caricias convertidas en palabras.

Discurre el amor como declina el cadáver de tu enemigo frente a la puerta del odio.

Y viene el vacío a la copa: el agua retrocede al océano; los labios buscan las brasas del deseo. Y pasa. El aguijón de la historia es el que escribe, entonces, de ese dolor que toda memoria evoca. ¿Y cuándo el cielo será más azul ahora que resume el misterio de los atardeceres? ¿Para qué buscar la exactitud del verbo en la arena del tiempo?

Pasa el espejo de las risas para la que aún ríe de los amores prodigados al mediodía.



ἀλήθεια

Diré la verdad. Esa otra que soy no existe. Insomne, me miro al espejo y veo a un ser humano que trata de descifrarse. Luego, temerosa de perderme, escribo. La femme, cette inconnue; no sé quién lo dijo. Y yo escribo. Afuera el mundo gira en su eje cansado, y velo mis propios ojos. Miento.

Lector, nunca llegarás a conocerme; es tan extraño saber que me observas y que Alétheia se instaura en esa oblicuidad llena de conceptos. Y todo huele a estereotipo, a palabra malgastada, a naftalina verbal.

Des(a)nudo lentamente mi escritura, porque sé que dos bocas deben unirse, aprender el lenguaje tibio que no sale en los libros, y que un hilo de saliva entreteja un puente de nostalgias, desdibujado y febril.

Encuéntrame aquí, en este instante en que me disfrazo de harapienta, estirando la mano limosnera de la ficción y de una verdad – epitafio.

Somos dos solos, cada uno con sus rituales de añoranza cruzada. El invierno terminará de llevarse el laberinto, y tú me leerás acostado en tu cama de estirada soledad, pensando que deberías escribir también, contestarte a ti mismo la pregunta que dejaste suspendida en el aire, tambaleando como una hoja de árbol a punto de caer.



Aquilea

Me preparo para el salto. Respiro. Boto todo el aire y, con el alma vacía, corro. Me persiguen los hombres, de piernas largas y fuertes. Quieren sacarme la lengua como a Micaela del Perú. Extienden las manos para alcanzar mi hombro. Falta poco para llegar a la meta. Un impulso de recuerdos agita mi cuerpo. Las imágenes avanzan conmigo. Ellos quedan atrás, jadeando. El despeñadero está aquí. Un paso más. He vencido.

¡Mujer de vida ligera!, me gritan desde arriba los que lamieron mi talón envenenado.



Jezabel

Me tragué a Baal. Miren mis vísceras. ¿Alcanzan a ver los rayos de sol naciendo de mis fragmentos? ¿Los ciega, acaso, su luz sincera? ¿Dónde escuché decir que la muerte vendría a someterme, que me ahogaría como una vaca en el aluvión? Pero, aquí estoy. Soy la Gran Puta defenestrada. Cierra los ojos y será mañana, leí en el pergamino de un navegante. Cierra los ojos, ahora que no hay ojos. Bendice a esos perros, dios padre, cada una de sus dentelladas, porque saben lo que hacen.

Más tarde será el mañana de una reina devota.



Ifigenia

He encontrado refugio en el grácil silencio de la piedra.
Soy una historia breve y una imagen dura, surcada de grietas.
La traición me mató, no el filo de la espada.
Las velas se desplegaron; la guerra ardió de fuegos fatuos.
Me torturaron los labios de mi madre besando la venganza.
Grité en los oídos del gran rey cuando me ofrecía a Artemisa.
Y antes de nacer, ya era huérfana y ya elegía mi muerte.
Ya escribía mi vida en la palma de la mano.
En el pedregal estoy.

Ven, siéntate a mi lado.



Pandora

La caja es de madera de pino sin barnizar, como un ataúd en el muro de los lamentos. Es ahí donde habito. Me he acostumbrado a las rendijas por donde entra luz, a las astillas que me recuerdan que estoy viva, al silencio de la noche y a la algarabía del día. Hasta ahora, nadie ha tratado de forzar la cerradura de la caja, es tan inofensivo su rentangular deseo. A veces, alguien la levanta, pero teme males y desgracias, y la deja en el suelo como una piedra o una carta rota en varios pedazos. Ya no me molestan los viajes de la caja. Soy errante y callo. Me llevan en manos especialistas, y luego de un rato concluyen: no hay bomba. Vuelvo al bosque o a un tarro de basura. El mundo olvida rápido; pasará poco tiempo y la caja no estará en sus sueños, ni siquiera en los míos.



Vulcana

La pistola Zeus tiene una empuñadura labrada y disparador suave, especial para principiantes; el rifle Minerva, calibre 308 con visor Circe, es para expertos. Este lanzamisil Ítaca es portátil, y la escopeta lanzagranadas sin retroceso Medusa 79 es un arma antiemboscadas.  La metralleta NN-47 era de un presidente. No se vende.  Cascos antidisturbios y grilletes para rótulas, pulgares y cuello, están en oferta: lleva tres, paga dos. Lo  mismo para el gas de mostaza y el aerosol de pimienta. ¿Machetes? Varios. ¿Quiere verlos? También hay cuchillos cortahueso, desolladores, y mi creación más nueva: el hacha Troya, con mango odiseo. Una obra de arte. Es cara, eso sí.

Lo veo confundido; piense qué es lo que quiere comprar y para qué. Mañana vuelve. Cuál es el apuro. Tome: una bala expansiva. Gentileza de la casa.



Narcisa I

Abro mucho la boca, acerco el espejo y compruebo: están irritadas, inmensas, purulentas. Inserto las pinzas para sacar una primero y la otra después. Cómo cuesta, sobre todo con la úvula que entorpece el trabajo. No sería mala idea extraerla también; adelgazar la lengua, remover el velo del paladar, desgrasar el istmo de las fauces, y limar ese par de colmillos que me hacen ver como una vampira cualquiera.  Corto las comisuras de los labios y, al fin, meto todo el espejo adentro de mí. Lástima que no vea nada.



Narcisa II

A Catalina Lister y Carlos Aliaga, generosos como el mar.

Yo era bella y alta, de ojos verde lago, cintura azucarada y caderas salvajes. Yo estaba enamorada de una imagen que vi cuando me bañaba desnuda en la tinaja del patio de mi casa, situada en las praderas del trigo y del deseo. Yo era un adjetivo inefable.

Yo amé a la imagen que era tan increíblemente parecida a mí. Le di mil besos de espuma y mis manos la acariciaron hasta enloquecerla. La imagen era un remolino, una tempestad de agua, una calma jabonosa.

Yo era feliz y mi piel también. Agradecidas, nadamos al revés.

Pero llegó la noche arrastrando el poncho en brujerías y maldiciones. Imagen huyó. Yo sentí frío y vagué por parajes desconocidos, con una sensación de algas en mi boca. Yo me escondí debajo de unas piedras y esperé, esperé por siglos.

¿Por qué será que ahora cazo ratones y enveneno a quien se cruce en mi camino?



Jasona

No perdí una sandalia ni encontré el vellocino de oro,  frígidas damas del jurado.  Perdí un amor y gané una flecha púrpura. La arquera Atalanta me la dio: escribe, dijo, ese amor antes de que quedes ciega de pena. Y yo descifré las coordenadas del deseo. Ese hombre sigue siendo mi regreso y es mi escritura condenada. Pero qué saben los cerdos de confites. Ustedes no podrán jamás ver en mis ojos la mirada del insomne, que buscó en la madrugada una tibieza donde reposar de todo lo vivido.

El viento nos vio, el mar nos vio. Ellos son mis testigos y guiarán mis pasos hacia la salida.



Selene

A Izaskun Legarza

Señores Dioses

Monte Olimpo s/n

Presente

Harta de ser república de las sombras, de atosigarme con ironías, de ser siempre el lado oscuro, frío, húmedo, cíclico, de que me canten en romanticismos atroces, cascabeleados de lugares comunes, cansada del eterno acoso del señor Sol, viejo caliente, ávido de conjunciones imposibles, aburrida de Endimión y su sueño nasal, aviso que a partir de mañana eclipsaré mis cosas y haré abandono de mi casa habitación.

Les ruego que no traten de alterar mis planes con suasorias, disculpas fáciles, lagrimones de perro en celo. La decisión es irrevocable y está amparada por el artículo 123 del Código Incivil. Cualquier intento por parte de los señores dioses de derogar el artículo citado, será sancionado con la inhabilitación de sus cargos.

Asimismo, queda totalmente prohibida la reproducción de las canciones “Fly me to the moon”, “Blue moon”, “Ay, Luna, Lunita”, “Claire de lune”, y otras similares.

Como dijo Edgar Allan: “Nemo me impune lacessit”.

Sin otro particular, se despide

Selene.



Dido

Canta, oh diosa, tu ronca maldición maleva; dime que Eneas volverá convertido en sapo y nadará en el charco de mi descontento. Mueve, oh diosa, tus pies al ritmo del tango; no estaré triste, aunque mil cuchillos se claven en mi pecho y Lacónico me enseñe el or. No caerán por mis mejillas las lágrimas de ron de las mujeres despechadas, traicionadas, abandonadas, por todos aquellos que susurraron que todo es tan fugaz.

Ay, percanta, no me digás, tenés razón; vayámonos de copas, brindemos por Virgilio que escribirá La última curda. Veamos desde aquí cómo se matan y a la eterna flecha enamorada de mi herida, que es absurda, como mi reino de fuego.



Leda

A Juan Armando Epple

Encontré a un cisne malherido. Algún insensible le había amarrado el pico con alambre. Lo llevé a casa, curé sus heridas, saqué sus piojos uno a uno, acicalé sus plumas. Su alimentación consistía en granos de maíz tierno, bayas y delicias del bosque. El cisne engordó y se puso cariñoso. Venía a verme por las noches.

Para atraer mi atención relinchaba, aullaba, mugía y hasta hablaba: Leda, bonita, ábreme la puerta. La cosa se puso fea. Ante tantos picotazos y empellones, bloqueé la puerta con la tranca del olvido. Él afuera y yo adentro. Él enloquecía y yo pensaba.

Fue un tiempo duro. Ahora, tengo una pequeña tienda y, entre otros productos, vendo pâté de foie gras.



Atenea

…et les silences, tous les silences: le silence quand le bras du bourreau se lève à la fin…

Jean Anouilh

Para que mi horror sea perfecto, yo Atenea, acosada por mi propia estatua de mármol pentélico, despreciada por Ares cuando las flechas de la escritura volaban en mi dirección, adorada por quienes vieron en mí a una diosa armada hasta los dientes, vilipendiada por tu silencio y mi virginidad de peplo blanco, malnacida gracias al lanza rayos, agobiada por profecías que me enervan hasta la locura, declaro a la comunidad que: 1) La estatua (de ahora en adelante, ‘ella’) que me representa me cortará la cabeza, 2) no haré nada por impedirlo, 3) ella volverá a la carne y al hueso, 4) de este modo, se apropiará de las palabras de los padres de la literatura, que algunos suelen denominar ‘universal’, y 5) ella pedirá perdón a Medusa por llevarla en su égida imaginaria.



Asteriona

A Pía Barros

¿Quién soy? ¿La yegua de Minos, Vladimira la Empaladora, la jorobada de Notre Dame, Alien, la octava pasajera? Me han encerrado en este laberinto de historias y estoy sola, comiéndome a mí misma, esperando en la oscuridad que el hilo narrativo se corte, para así caer en una página en blanco.




Dánae

A Margarita Niemeyer

Tengo una cita. Miro por la ventana, esperándolo. No quiso decirme su nombre verdadero. Llámame Zeus, escribió. Y Zeus tarda en llegar. Un momento. Ahí está de espaldas, frente a un árbol. ¿Qué hace? ¡Dioses del Olimpo! Me escondo, ruborizada. Lo mejor es que no me encuentre. Huyo por la puerta trasera y salgo corriendo al patio. Resbalo. Caigo sentada arriba de la poza fétida que él ha dejado. Viene hacia mí. Klimt, para servirla. Sonríe con el pincel en la mano, y comienza a pintar una lluvia dorada.



Casandra

El tiempo, / la gran puerta entreabierta
Blanca Varela

Apolo escupirá en mi boca. Troya será destruida. Áyax me violará. Nadie creerá en mí.

Una mujer de nombre Christa, siglos después de mi muerte, escribirá: “¿Por qué quise, por encima de todo, el don de la profecía? Hablar con mi propia voz… pero, ¿a quién?”

Ahora, cuando ya no tengo ojos, sé que la vida es la única inocente.



Afrodita

A Flavia Radrigán

No crean. Estar equilibrada por siglos arriba de la valva es una pesadilla. Y qué decir de mis pies llenos de algas y ramificaciones coralinas por los azotes del mar espumoso. La humedad y el frío me han dotado de una voz grave. Cada vez que he pedido algo de ropa, todos han huido despavoridos. Nadie me da alimento. He tenido que comerme mis propios esputos sangrientos.

¡Hasta cuándo! ¡Bájenme de aquí! ¿Me escuchan?

Ahí viene una mujer de extraña vestimenta. Dice que yo soy su patrona. Prende una vela y me pide ayuda. Dice que Cafishio la ha abofeteado y que le quitó su salario. Aquí hay sal de sobra, respondo. Ella mira el paisaje con agrado. Es el momento justo para ofrecerle un intercambio.



Penélope I

A Luisa Valenzuela

Efectivamente, el bolso es de piel marrón. Antes estaba maltratada por el sol y la brisa marina, ya sabes, y con la curtiembre adquirió el tono ideal. Después me haré un par de zapatos de taco aguja, y si alcanza, una falda corta, con flecos estilo mohicano. Bueno, quizás se la regale a Euriclea, que hizo el trabajo duro.

Extraño, eso sí, esas madrugadas donde el amante de turno, bostezando, estiraba sus manos para que yo ovillara la lana del tejido deshecho.



Penélope II

A Ida Latorre de la Cruz

Querido Ulises: espero que al recibo de esta misiva se encuentre Ud. bien de salud y que su otitis sea un vago recuerdo en el barco de su memoria. ¿Tomó la medicina para el mareo? Es a base de amanita muscaria, un hongo que crece en el bosque de mi deseo. También debiera beber el elixir que le preparé para que nunca me olvide. Es un destilado de lophophora williamsii y de eritroxilon coca, plantas provenientes de tierras lejanas, y que utilizan sólo los hombres sagrados, como usted, mi rey.

Yo, aquí, fumando cannabis indica y papaver somniferum para hacer más agradable la espera. Y me río, viera cómo río y me dan ganas de no sé, un cosquilleo por aquí y por acá.

Cuídese mucho. Si vomita, escucha voces o ve visiones, no se preocupe. Es parte del tratamiento.

Sin nada más que agregar, se despide

P., hasta que la muerte nos separe.



Penélope III

Urdo la historia más triste del mundo, en donde el ovillo de lana es el protagonista principal, y la oveja, su antagonista. Ulises es personaje secundario en la malla narrativa, un navegante que terminó tierra adentro, balando desesperado su derrota.



Medusa

Las serpientes están cansadas de vivir conmigo. La tintura ha aplacado totalmente su veneno, el alisado las pone tristes y flacas; para qué decir con la permanente. Al ver las tijeras tiemblan enloquecidas. Varias ya no tienen cabeza, y vagan de oreja a oreja arrastrando sus colas. Mañana, antes de que Perseo me decapite, me pasaré la rasuradora y le arrancaré la cabellera a Afrodita. Veremos qué sucede.



Lilith

Dicen que la palabra lil significa viento y que soy nocturna seductora. Dicen que me fui del paraíso sin antes haber comido todas las manzanas del árbol y haber trabado amistad con esa serpiente sinuosa, sabia, silenciosa. Dice el Malleus Maleficarum que colecciono semen. Que soy un espíritu malvado, que danzo desnuda en los bosques de la noche junto a brujas, cabronas, mujeres de mala vida, de muerte disipada, putitas adolescentes, lesbianas, embarazadas, menstruantes que marcan cada árbol con su sangre, olvidadas, malamadas. Que si me encuentran, me queman. Pero ya soy el fuego de la estaca legendaria, y el viento que lo anima. Arden ellos, los que me recuerdan en noches como esta.



Circe I

Me veo caminando por una ciudad desconocida, emborrachándome en un bar de mala muerte. Me veo coqueteando con un tipo que fuma y no espera para darme el primer beso cansado de la noche. Me veo en su cama: él duerme; yo miro el techo. Antes me ha hablado de viajes y guerras, y yo he tenido un déjà vu. Cosas que a una se le ocurren. Me veo yéndome en un bote, pensando que por fin volveré a casa. Veo la isla, veo a los leones y los lobos, el telar; todo es nítido. Veo al mismo tipo fumador sonriéndome con unos boletos de avión en la mano. Me veo caminando por una ciudad desconocida, y todo es claro. Ahora sí. No me llamo Circe; soy una extranjera anónima que sólo quiere despertar y volver a Ea.



Circe II

Siéntese cómodamente, míreme a los ojos, escuche mi voz e imagine un mar plácido, más atrás un bosque; luego, una cabaña rústica. Abra la puerta, fije su atención en la mujer desnuda, recostada arriba de una piel de tigre; el fuego ilumina su cuerpo. La mujer lo llama. Cuando cuente hasta tres usted estará dormido, la mujer dirá “ven a mí, viajero”. Cuidado. Ella es bruja y adivina el parpadeo. A pesar de la advertencia, naufragará en sus brazos.

Usted es un niño que juega con su madre a la ronda. Da vueltas y vueltas y vueltas. Usted es feliz y tan pequeño; su boca busca con avidez el pezón. Usted es diminuto, puede nadar y jugar con el cordón que lo ata a la vida. Tranquilo. No se le ocurra ir más allá. Déjese ir, vuelva a ser piedra, luz, palabra vacía. Cuando oiga el chasquido de mis dedos, usted, Ulises, rey de Ítaca, el que me cerró la puerta, habrá desaparecido, y yo escribiré la nostalgia de los días por venir.



Sísifa I

El hombre carga a Sísifa hasta la cima de la montaña. Cuando llegan, él se jacta de su fuerza y grita al mundo entero su triunfo, mientras Sísifa se lanza al vacío y vuela, libre ya de la roca y del mito.



Sísifa II

Las mujeres me condenaron a llevar una roca a la cima de la montaña, en castigo por haber seducido a sus maridos con cantos de sirena y laxos oráculos.

Y esta piedra que mis manos empujan y arañan es un alivio. La lapidación hubiera sido mucho peor.



Sísifa III

A Natalia Bronfman

Dueña de mis días y de mis noches.

Dueña de la cima y de la roca.

Esclava del recuerdo de un tiempo plasmado en una escritura ausente, donde había que caer y levantarse con la boca cubierta de tierra.

A eso le llamo ‘conciencia’.





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