jueves, 8 de diciembre de 2016

MIYER PINEDA [19.711]


Miyer Pineda

Tunja, Colombia  1979. Licenciado en ciencias sociales y magíster en historia de la UPTC. Uno de los ganadores en el concurso de poesía "Descanse en paz la guerra" organizado por la Casa de Poesía Silva en 2003. Ha publicado Cuerpos en braille (2005) con UPTC, El hastío de las manos (2010) con la biblioteca pública municipal Zenón Solano Ricaurte de Duitama Boyacá y Bocetos para la acontista (2015).


Madre

1

Sus ojos de mujer hebrea
Dos escarabajos
cargando el peso de la noche
Cambiándola de sitio:
mudándola de cuadro
Sus ojos iluminando el mundo
- para que se le abran las semillas y las flores -
Sanando sus fracturas
Los picotazos de los pájaros


2

A veces pienso que Madre es una mujer lisiada
Y entonces me dan unas incontrolables ganas de llorar

Como si la escuchara cantar nuevamente
y pudiera bucear en su música

Como si esa música sorda fuera un faro para mi perdición

Ella es el canto que se ocultó en el envés del silencio

La siento como la hoja de un árbol que nunca termina de caer


3

Madre es esa vieja silla en la que se sienta la muerte a esperar nuestro regreso

Su delantal le teme a los puñales y al fuego de la estufa de carbón
Donde Padre quema las cartas muertas que le envía

Obligada por los pretextos de la herencia y de la expansión del universo
Madre tuvo que mudar su jardín al camino
Desde entonces nuestros rostros han sido destrozados por las flores

Ella olvidó los nombres de todos sus hijos para no verlos morir
Los atravesó con las agujas con los que ella teje la melancolía
Y los sepultó en el cementerio secreto de su sombra

Dentro de ella un perro ciego vela nuestros huesos

El tren le hace temblar el alma durante las madrugadas
Y ella se levanta y le hace el desayuno al hijo menor que la mantiene

En el hogar las cucarachas se extinguieron cuando el abuelo murió
Volverán con la lluvia cuando Madre se vaya


Mi viejo y el mar

 Mi casa está en el mar con siete puertas
P. Guerra

1

Mi padre que viene del mar
No comprendía las voces que decían que sería un ángel a la diestra de Dios

Los aguaceros en el patio de su alma desenterraron
los juguetes con los que nos distraía de la muerte

Con el tiempo sólo oía el viento:
La música de una mujer muriendo en el poniente
en las orillas de un árbol

Los huesos de mi padre fueron arrojados del abismo
y él no tuvo quien los defendiera

Su nombre fue borrado y no hubo una palabra que lo reemplazara
en el corazón de los verdugos


2

Padre es el triste pájaro milenario que de vez en cuando sale a recorrer las ruinas

A beber cerveza mientras cae el sol calcinando ángeles y bendiciendo vírgenes
A buscar árboles que hayan sido cobijo de fantasmas, de perros moribundos y de rameras

Todas las mujeres que se acercaron a él perdieron el equilibrio para siempre

Padre es una montaña sagrada
La isla que palpita en nuestras pesadillas indicando el camino de regreso



Pátibulo

I

Padre es una madriguera de fantasmas
El patíbulo en el que todos nos sentamos a desearnos la muerte

Para atravesar el desierto y el aburrimiento de los días
nos llena de silencio

Es el insecto que nos sigue y se adentra en nosotros
y prepara su mudanza


II

Las aves que vuelan sobre su cabeza
y que hacen el ruido que permite que se despeguen los parpados

Puede que al llegar al umbral pasen de largo

que se internen en busca de su nacimiento
en las selvas oscuras de su corazón


III

 “Sí. Supongamos que soy un samurái derrotado”.
Hugo Chaparro Valderrama
Ustedes saben ¿No?
Uno abre las manos para que vuelen las palabras
Y ellas caen como insectos calcinados por la música
que camina descalza en otros huertos
Uno va solitario por la acera y entonces tropieza con el niño que fue
Y él diciéndose en silencio (como siempre) que nació muerto
que esa sonrisa de ocasión no ha sido usted
que ese desprecio de las horas no es su voz
¿Qué de bello hay en el mundo? Usted pregunta
Y él señala un cuerpo putrefacto   hermoso por el hambre
como el cuerpo de aquella mujer que nos tejía en la sombra
justo antes de que empezaran las faenas del dolor
¿Qué de bello hay en el mundo? Usted insiste
Y él enseña el arma
Y entonces usted recuerda que era el arma de su padre
Y  lo recuerda ebrio, y  lo ve llorar antes de irse
Y entiende que fue la única vez que vio llorar
a ese hombre al que llamaba padre
¿Qué de bello hay en el mundo?
Y él comienza a introducir el arma entre su boca



Moneda de tres caras

El milagro tiene derecho a imponer condiciones
Borges

Quizá padre y madre nos odiaban
Y por ello nos heredaron los pedazos que salvaron de su mundo
y que nos permitió que aborreciéramos el cielo

Quizá por eso nos trajeron a este pueblo de ángeles enfermos
donde la noche confunde nuestros pechos con su clavicordio

Quizá por eso las formas de la sabiduría y la maldición de los ancestros:
La luna horadando nuestros huesos
en busca de las palabras que los olvidaron en la lluvia

Quizá padre y madre nos odiaban y por ello nos heredaron la belleza
Y nos rellenaron de aserrín como a los cantos de los pájaros


IX

Su cuerpo
¿Qué ángeles dementes serán los arquitectos de los
Trazos?

¿Qué dios deforme reflejado en el agua
me obliga a buscar en lo profundo la llave para su
Candado?

Contemplo las costas mientras se desnuda

Como una condenada a muerte
Como una mendiga ebria que sonriendo 
le reparte al mundo sus ultimas monedas



RÉQUIEM

Hay una hora del sueño en la que todos nuestros muertos nos recuerdan, nos ponen bajo el yugo del herrero y nos hacen otro eslabón de su cadena.

Andrajosos, ellos caminan con nosotros, van heridos, enfermos de la noche.

Pero hay una hora de la muerte en la que no se sueña.

En ese momento se acercan a nosotros todos los habitantes de ese reino, nos observan como a esa parte de la brida que salpica a veces por fuera del camino.

Esa es la hora de la fúnebre música. El momento en el que todas las larvas dormidas en nosotros (ya la noche las despierta) salen heridas, enfermas de la noche; son la plaga que azota como un jinete del Apocalipsis, son el río que sirve de tumba a Emil y Lady Marion (recorren su cuerpo, lo acribillan).

Esa es la hora del ángel, el que desaparece todo con solo un parpadeo.







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