jueves, 20 de octubre de 2016

DELFINA MOLINA [19.342]


Delfina Molina

Delfina Manuela Molina y Vedia de Bastianini nació en Buenos Aires en 1879 y falleció en 1961. Fue química, escritora, profesora, pintora y hasta cantante. Se sabe que fue la primera mujer que obtuvo el título de Doctora en Química por la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad de Buenos Aires. Además, en 1917 se tituló como Profesora de enseñanza secundaria en ciencias y letras. Utilizó el seudónimo “Juan de Adentro”.

Molina contrajo matrimonio con René Bastianini, un afamado gramático. La pareja tuvo tres hijos. Sin embargo, de acuerdo con María de las Nieves Pinillos, Molina estuvo enamorada durante años del escritor español y pensador español Miguel de Unamuno, con quien intercambió cartas a desde 1907 hasta 1936... o, al menos, ella le escribió durante esas décadas. Según Pinillos en su libro Delfina, la enamorada de Unamuno (1999), en el archivo de éste había cartas sin abrir remitidas por Molina, quien le confesó su amor en más de una ocasión.


Portada de Delfina, la enamorada de Unamuno, publicado por Pinillos en 1999.

Molina participó de forma muy activa en la vida académica y cultural de su tiempo. Fue miembro del Ateneo Hispano-Americano, la Sociedad Argentina de Escritores, la Federación Argentina de Mujeres Universitarias, Asociación Wagneriana, etc. Y sus escritos 
aparecieron en diversas publicaciones de la época, como Caras y Caretas, La Nación, Plus Ultra, El hogar, Atlántida, Renacimiento, Nosotros, etc. También publicó los poemarios Por gracia de amor (1923) y Delfíneas (1933), el libro de memorias A redrotiempo y obras de corte más académico, como Por nuestro idioma (1935) y Cuestiones lingüísticas de América (1936).


A continuación ofrecemos los dos poemas de Molina publicados en 1900, cuando ella aún era muy joven, por el periodista y escritor argentino Ernesto Mario Barreda en Nuestro parnaso: colección de poesías argentinas. 








Delfina, la pasión epistolar 
por Miguel de Unamuno

La escritora argentina envió misivas durante 30 años al pensador vasco que visitó con su hija durante su confinamiento en Puerto Cabras de 1924

Por Catalina García  / Puerto del Rosario

En el Puerto Cabras de 1924, la escritora argentina Delfina Molina cumplió su sueño de amor romántico: ver a Miguel de Unamuno, con el que mantuvo desde 1907 una relación, esencialmente escrita, no correspondida tanto en el terreno amoroso como en el epistolar. Fotografías y cartas atestiguan esa pasión.
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Miguel de Unamuno inspiró al otro lado del Atlántico una pasión amorosa no correspondida y fundamentalmente escrita. Delfina Molina, escritora y profesora argentina, le envió cartas de amor y de literatura durante 30 años. Solo se vieron dos veces: en Puerto Cabras, durante el confinamiento del pensador vasco en 1924, y posteriormente en París.  

Del encuentro en el Puerto Cabras de 1924 quedan dos fotos y varias misivas inspiradoras. La escritora y su hija Laura Bastianini arriban el 2 de julio y se marchan el 5 de julio. El catedrático Jon Juaristi describe en su biografía sobre Unamuno (Taurus, 2012) la estancia de la mujer casada en la Isla así: «..consternado, se entera de que dos mujeres preguntan por él en la recepción del hotel Fuerteventura (...). La poetisa trae su propio plan de fuga. Quiere alquilar un barco para que Unamuno se escape con ella a Argentina. La perspectiva debió de espantar a Miguel, pero se comportó correctamente. Cedió su habitación a las visitantes y se las llevó de excursión en camello por la isla, con Soriano de carabina».

Ante las cartas de Delfina, una correspondencia iniciada por su petición de bibliografía para una tesis en 1907, don Miguel solo aprecia el deseo de promocionarse de la poetisa casada. Para que no quepa duda, zanjó el asunto en uno de sus libros Cómo se hace una novela donde la trata con dureza: «la pobre mujer de letras buscaba lo que busco, lo que busca todo escritor (...): vivir en la dura y permanente historia, no morir».

Esta relación la convierte en libro María de las Nieves Pinillos en Delfina, la enamorada de Unamuno (Laberinto, 1999). «A pesar de la indiferencia, de la crueldad y a veces del menosprecio del escritor, continuará manteniendo viva la llama del deseo hasta la muerte de Don Miguel, en 1937. Su última carta data de finales de 1936 y en ella le expresa de nuevo con apasionados acentos su total entrega».

El tono y la frecuencia  de las misivas de la argentina  dirigidas al escritor vasco es variable.

Por ejemplo, entre 1917 y 1922, Delfina no le manda nada, pero, cuando vuelve a tomar pluma y papel, recrimina a don Miguel su silencio y le envía su último poemario. Cuando él llega al confinamiento de Fuerteventura, su enamorada le escribe «cuídate alma mía». El pensador incluso le envía una foto suya que «ella colocó en su mesa de noche», según Jon Juaristi en la biografía publicada en Taurus en 2012. En 1925, la escritora incluso le envía dinero al exilio de París: un giro de unas 1.000 pesetas de entonces. Unos dicen que para el pasaje a Argentina, otros para ayudarle en sus estreches. Lo que está claro es que Unamuno que las rechaza. Ese mismo año se le ofrece para traducir una obra suya ¡al argentino!.

Años después de la muerte de Unamuno, contó en sus memorias lo que ese amor significó en su vida «y tendrá sinceros y desgarrados acentos para evocar la figura del amado: el hombre que por afinidad tan rara como profunda fue y sigue siendo después de muerto la luz de mis ojos, el mayor tesoro, que ser humano haya hallado en el mundo».

Lo que sí aclara Paloma Castañeda en Unamuno y las mujeres (Editorial Visión Libros, 2008), es que el pensador vasco recibió una muy numerosa correspondencia de féminas, tanto de admiradoras como de las escritoras de la Generación del 98 como Emilia Pardo Bazán, María de Maeztu, Carmen de Burgos o Sofía Casanova. Entre las seguidoras, se incluye a Delfina.  En cualquier caso, don Miguel siempre conservó las cartas de la escritora argentina casada, incluso las que nunca abrió, pero la propia Delfina o su familia rompió las escasas que él le dirigió. Si se conserva la que Unamuno le envía desde Puerto Cabras donde, desde la soledad y el desierto del confinamiento, le reconoce que su vida está amenazada.

*



“Mis sentimientos han crecido 
sin saber cómo. (…)
es una fuerza viva que llevan consigo, 
y que ni Vd. ni yo hemos de atajar.”

-Delfina Molina




Delfina Molina y Vedia amó a Miguel de Unamuno pero no fué correspondida y ni siquiera, en muchas ocasiones, contestada.
Delfina escribió su primera carta a Unamuno en septiembre de 1907, cuando ella ya estaba casada. Él le respondió cortésmente y, a partir de ese momento, ella interpretó cada una de las respuestas de él como una declaración de amor. Delfina no dejó de escribir a Unamuno hasta poco antes de la muerte de él, acaecida en 1936…

Delfina Molina a Miguel de Unamuno

Mayo de 1912

“No hay en mi ser ni la más íntima partícula que no despierte y responda a su llamada… y es cierto que todo mi ser se expande y crece, aún sintiéndome poco para responder que sí, es verdad. ¡Sí, lo comprendo!… De tal modo lo siento a Vd. vivir en mí, que como la Virgen en el momento de la Anunciación, yo me siento milagrosa. No sabía, ni sospechaba siquiera que se pudiera llegar a querer tanto… y me siento como ella embargada por una divina revelación.

Su recuerdo me proteje contra todo, es mi fuerza mayor, la verdadera fuente de mi vida…”

Delfina siguió los dictados de su propia pasión. Ante la falta de respuesta de más bien despistado Unamuno, era ella quién marcaba los altos y bajos de la relación:

Enero de 1913

“Hace poco leyéndolo a Vd. me asaltó de golpe una pena íntima y profundísima. Comprendí su dolor de escribir para los otros, para tantos envidiosos e incomprensivos, y esta pena tan honda para mí me dió la impresión de que yo, solamente yo, tuviera derecho a su obra. Es una exageración absurda, me dirá Vd., y ya lo sé; también a mí mi razón me lo dice. Pero así siento. Es como un despecho de que otros lo lean y lo juzguen. Como si me robaran algo (…)

Casi no puedo tolerar que lo nombren. Nunca veo el espíritu que deseo para Vd. Si alguno lo quisiera como yo lo quiero… ¡Entonces sí me agradaría oír hablar de Vd.!

Le escribo a veces cartas que luego no le envío.

Tanto es lo que tengo para decirle… Y además una sensación de soledad y desamparo… Y el pensar que me agito en el vacío… Y que no vale la pena expresar nada… Y un dolor que me encierra en mí. ¿Por qué le daremos tanta importancia a lo que sentimos? ¿Qué somos?

Lo quiere más que entrañablemente su amiga.”


Delfina fué avanzando en su relación y ya en 1913 expresaba sus sentimientos sin disimulos y sin medida:

“Se muestra Vd. tan prudente y bondadoso conmigo que aumenta mi confusión y mi vergüenza.

Asaltar así su conciencia sin derecho alguno, distraerlo de sus preocupaciones mil veces más importantes la menor de ellas, que todos mis anhelos juntos, por mucho que necesite de su apoyo y de su afecto en esto, es en verdad un acto imperdonable. (…)

Esto es una enfermedad… no sé lo que es. ¿Por qué no habré sabido callar? Mis sentimientos han crecido sin yo saber cómo. Y no, no es porque los haya expresado… no, es una fuerza viva que llevan consigo, y que ni Vd. ni yo hemos de atajar.

Me podrá mandar que no le escriba más. Le obedeceré. Y como Vd. presiente la orden y yo también, tal vez sea ésta mi última carta. Pero todo no se puede mandar. Mi fuerza está en quererlo, mi vida es la suya. Lo quiera Vd., o no, lo mismo yo viviré de su vida.

Pero ¿no siente Vd. que es así? si, si, no sabe todo… pero esto lo sabe. Y no viviré de otra vida que de la suya. También yo me he dado sin recibir… pero ahora no, ahora Vd., sin sospecharlo siquiera me da más de lo que yo le doy (y Dios sabe que sí le doy)… (…)

Me avergüenzo en una palabra de no haber palabra. nada más. Más digno de tan grande amor hubiera sido el silencio. Ésta sí ha sido mi gran debilidad… no me conformo… de haber sido inferior hasta ese punto a mis anhelos… a Vd.

Pero entiendo que tengo derecho a quererlo. ¿Quién podría negármelo? Lo mejor de mí es Vd.; lo único vivo y así como no me perdono el haber hablado, así no me arrepiento ni me arrepentiré jamás de quererlo.
Y basta ya… no sé ni lo que digo… estupideces sin duda. Estoy en un estado de desequilibrio profundo. Trata de comprenderme…”

[El amor es loco

En 1924 Unamuno fué desterrado a Fuerteventura por su oposición a la dictadura de Primo de Rivera. Delfina, con la excusa de que su hija tenía que conocer Europa, decidió emprender el viaje. En la isla pasaron varios días juntos, aunque nunca a solas. Sin embargo, la cortesía de Unamuno bastó para reafirmar la confianza de ella, que lo siguió a París, donde él se mostró menos atento. De todas formas, ella se embriagó de su piel, de su pelo, de su figura… y le siguió escribiendo.]

-Selección de Alicia Mizrahi





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