viernes, 17 de octubre de 2014

ÁLVARO URTECHO [13.713]


Álvaro Urtecho

Poeta, crítico literario y ensayista en lengua castellana nacido en 1951 en Rivas (Nicaragua) y muerto en 2007 en Managua.

Realizó estudios de Bachillerato en el Instituto Nacional "Rosendo López" de su ciudad natal. Cursó estudios de Humanidades en la Universidad Centroamericana y de Filosofía y Letras en Madrid y Barcelona. En Costa Rica escribió su extenso poema Cantata estupefacta Entre 1979 y 1983 trabajó en la UNAN (Managua) como profesor de Filosofía y Literatura. Desde 1988 se dedica de tiempo completo al periodismo cultural en El Nuevo Diario y otras publicaciones..





Fe 

Cae la lluvia por toda la ciudad. 
Sentimos fríos. 
El corazón entreabre 
la sonrojada pulpa de los días pasados. 
Todo viene del mundo. 
Todo es en el mundo. 
Una sola visión 
—el tambor del asfalto, la madera chorreante, 
la gota lúbrica, el gris, la bruma áspera, 
los vertederos, cualquier cosa— 
nos adentra en nosotros mismos, 
nos elige y retiene. 





Sábado A Mediodía

Azorado, ceñido el corazón a sus imágenes,
  frente al intenso resplandor del sol
que se endurece entre el tejado de zinc
y los cables del alumbrado público,
  piensa en la ciudad en que ahora vive
  y se sabe, como en todas, extranjero.
piensa en la lentitud del mundo,
y las cosas rotundas que ha visto.
Símbolos, seres, signos. Todo tan real:
el paso de los años, el rito de los hijos
enterrando a sus padres, tántos
cuerpos amados, sus bocas olvidades,
la dulzura del niño perdido, el fragor,
el oscuro designio, la incandescencia
Reclama un horizonte que no lo petrifique,
una patria florida y generosa que dé amor
a sus hijos, un color, un movimiento
para la imaginación.
Cree que hay un lugar
donde él iría, un oculto lugar en un bosque,
Se siente allí, se imagina una senda esencial:
una cierta vereda con muy pocas figuras
en la bruma lechosa, un breve cementerio,
una fronda cercana de ondulados rumores
y ladridos y voces y campanas fluyendo
de otros tiempos como sangre…
Se sabe
tenebroso, es cierto y siente
como le crece por dentro la condena.




Ámbito

Palacios abandonados:
una ráfaga escabrosa de tiempo
pasa por ellos: un hálito de ausencia,
una explosión de pétrea melancolía.
Y sin embargo están allí:
con sus muros altísimos
y sus vastos recintos dispuestos
para la escena sublime
del ritual desplegándose frente
a la pregunta permanente
de los ojos humanos, ¡ceremonias,
rituales de la grandeza y el asombro!
Entrada y fuga precipitada
de aves agoreras,
cenizas y fantasmas de príncipes,
emperadores y reyes
con sus voces borradas como ríos secados
copas de vino denso y arpas
de sonido recatado en la sombra.
Flautas de aurífero gorjeo.
Pergamino de bordes carcomidos.
Palimpsestos de inscripciones cifradas.
Cofres de sellados fulgores.
Sarcófagos impenitentes.
Palacios abandonados
por siervos y señores, vencidos y vencedores.
Historia cerrada y abierta,
descubierta y redescubierta,
encontrada y reencontrada
hasta la sordamente imprevista
consumación de los siglos.





Lázaro

El seco estrépito
de un repentino alzarse de palomas
estremeció mis pasos.

Fue como si algo
se me escapará de la carne,
sorprendida su raíz.

Como si al muerto que guardo
le levantaran la losa y por el mundo
caminara ya sin nada entre las manos.



Tiempo de canto y de cenizas

(Reflexiones acerca de la poética de Alvaro Urtecho)

Erick Aguirre

Alvaro Urtecho (1951) pertenece a lo que podríamos llamar la “contracorriente poética nicaragüense”, es decir, al grupo minoritario de poetas cuya producción textual ha transcurrido al margen de la más visible tradición poética en la Nicaragua del siglo XX, que ha sido preponderantemente objetivista y coloquialista. Entre sus contemporáneos de la década 70, sólo Erick Blandón (1951), Jorge Eliécer Rothschuh (1953), Santiago Molina (1955) y Juan Chow (1956) se han sustraído, como él, de la tradición llamada localmente "exteriorista", tendiente además al utilitarismo histórico social y que, en la mayoría de los casos, profesa o profesó una actitud orgánicamente crítica ante las distintas manifestaciones de poder político.

Según críticos locales como Julio Valle Castillo, en nombres de poetas como Alejandro Bravo (1953), Fernando Antonio Silva (1954) y el propio Valle Castillo (1952), concluye el ciclo de la poesía “neovanguardista” nicaragüense y “se cierra una forma de hacer poesía, una forma de concebir el oficio poético, una forma de entender el mundo y expresarlo”. Y aunque admite que se puede hacer una poesía “contra el tiempo, contra la vía, contra corriente o al margen”, Valle resiente en la poética de Urtecho la interferencia del filósofo. Acostumbrado su gusto y su temperamento de lector irremediablemente parcial, al coloquialismo y al objetivismo como procedimientos literarios para impulsar o apoyar las transformaciones sociales en Nicaragua, el paladar de Valle percibe con cierta incomodidad un acento clasicista o extemporáneo en la poesía de Urtecho. Sin embargo, reconoce con ánimo lo que considera "grandes aciertos" de “Cantata estupefacta”, su primer libro de poemas, y ha llegado a exaltar la factura poética de “Esplendor de Caín”, el segundo libro de Urtecho.

En tanto, Iván Uriarte, quien hasta ahora se ha ocupado de casi la totalidad de la obra poética publicada por Alvaro, encuentra en ella, diseminada en su extensión, una constante voluntad de autobiografía interior donde el encuentro con la muerte y el viaje como búsqueda de la totalidad cósmica, son las constantes que ontológicamente sitúan al poeta frente a su alteridad, y lo confirman como una de las expresiones líricas más puras de la moderna poesía nicaragüense y centroamericana.

Ante tales circunstancias, más que preguntarnos si la poesía de Urtecho es moderna o no, deberíamos quizás interrogarnos acerca de si, en realidad, lo que termina con los nombres y décadas mencionadas por Valle, es más bien un modo predominante de hacer poesía en Nicaragua; una tendencia al coloquialismo, al realismo o al objetivismo que ha prevalecido de forma opuesta a las casi ignoradas expresiones del subjetivismo, la excentricidad, el simbolismo o hermetismo que también han contribuido cualitativamente a dar forma al corpus poético nicaragüense del siglo XX.

Hay que reconocer que la modernidad no es simplemente un concepto que atañe a lo temporal, sino que se extiende entre dos significados dispares dialécticamente enlazados: por un lado la cambiante actualidad, y por otro el aspecto cualitativo que va adquiriendo nuevos contenidos en relación con la evolución social. Por tanto, la actualidad no es necesariamente moderna. En su tendencia a desmitificar a la tradición partiendo de su propia relatividad histórica y de su parcialidad, la modernidad termina por caer en su misma trampa.

De un tiempo a esta parte -dice Pablo Antonio Cuadra-, la literatura que leemos y la que hacemos, nos viene formulando la angustiante pregunta de si es todavía moderno lo moderno. Entonces, también preguntémonos: ¿estamos viviendo actualmente una etapa significativa entre una era que termina y otra que comienza?, ¿cómo se inscribe en este contexto la poesía de Alvaro Urtecho y la de otros que, también de un tiempo a esta parte, producen una poesía llena de mixturas y confluencias? Citando a Octavio Paz, Cuadra dice que lo que se está dando en este "ahora" en proceso, es algo opuesto a la tradición de la ruptura, y que si los poetas modernos buscaron el principio del cambio, los poetas de la era que comienza buscan el fundamento invariable de los cambios, que a mi modo de ver es el Ser mismo, es decir, el leit motiv poético profundo de Alvaro Urtecho.

Si, como dice Paz, la estética del cambio acentuó el carácter histórico del poema, es justo preguntarnos ahora, también, si una poesía como la de Alvaro Urtecho no estará mostrándonos los signos característicos (confluencia de tiempos, cambio y permanencia, centralidad y misterio de la propia individualidad) de lo que hoy se intenta clasificar como "era postmoderna".

El poeta y crítico argentino Saúl Yurkievich, para quien el reciente debate sobre postmodernidad resulta caduco, reconoce que el ciclo de la modernidad, entendida desde el punto de vista de Octavio Paz, pudo ya haber concluido y es posible que se encuentre en un vacilante intermedio o en su postrera transición hacia algo nuevo. Para Yurkievich, la modernidad atañe sobre todo al sujeto que la experimenta, está demasiado contaminada de subjetividad; desde el punto de vista histórico sólo es explicable relativamente. Sin embargo, como intratiempo, como intrincamiento de temporalidades inscritas en el sujeto que la transcribe, resulta mucho menos relativa. Y es precisamente en esa representación del acontecer vivencial del sujeto, en el sincretismo estilístico, en el intento de individuar la obra, de acentuar lo personal y lo imaginativo, de recuperar rasgos pasados e ilustres; de retroceder, rescatar, reponer, recomponer, donde la poesía de Alvaro Urtecho reivindica la libertad postmoderna imbuida de subjetividad.

Con su “Cantata estupefacta”, Urtecho quizás haya demostrado ser, entre lo poetas modernos de Nicaragua, el mejor dotado para el poema de largo aliento. Además de sus profundas significaciones ontológicas, la Cantata demuestra la suficiente destreza por parte de su autor, como para reconocer a quien ha descubierto las leyes que rigen la construcción de un gran poema; su desarrollo cromático, espacial y temporal en donde el poema se desplaza, se agota y se termina; su sistema de vida interior, su dinámica propia que lo hace bajar y detenerse, avanzar y ascender inadvertidamente, en constante progresión hasta precipitarse al clímax. Urtecho supo medir desde el comienzo la capacidad de crecimiento del texto y los límites de sus proporciones; y acabó por construir un poema destinado a trascender, un poema cuyo concepto clave es la muerte, la muerte como destino, la muerte en un sentido místico, panteísta; la muerte como un acto de amor cósmico que contribuye a la reintegración de la materia en un nivel más alto, trascendente, originario.

El sustrato de su mecanismo de composición radica en un juego de oposiciones que permanece en busca de fusión o interacción con el "otro". Un juego de encuentros, desencuentros e interpelaciones con la propia alteridad. Búsqueda e interrogación sistemática del "otro" y con el "otro", que es él mismo, y con quien sostiene una constante y dramática lucha por la recuperación imposible de un mundo perdido; un mundo asumido y evocado interiormente como auténtico y pleno, pero anterior y pasado; destruido, perdido en lontananza, y cuyos caminos parece ir husmeando el poeta con demasiada dificultad. Un juego de espejos en el que, durante el intento de fusión de la alteridad, el otro y el mismo se reflejan hasta el infinito; se construyen y se deconstruyen en un universo imaginario donde el poeta es demiurgo, dueño y señor de todos los poderes.

Exaltación lírica intermitente, enunciados extraños, aparentemente excéntricos o sin sentido que se transforman, para el lector prevenido, en postulados filosóficos y místicos; procedimientos emotivos y retóricos; segmentaciones oracionales, construcción fragmentaria de frases significantes y recurrentes; nóminas insólitas, exclamaciones, exhortaciones, interrogaciones, afirmaciones, negaciones, reiteraciones, paralelismos, combinaciones oximóricas, asidua mezcla de orgullo y melancolía, de contentamientos transitorios y constante desesperanza; todo al final se convierte en el detonante imaginario con que el poeta inunda de una luz interior, opacada por las sombras, su constante especulación metafísica.

Si bien con frecuencia su poesía (por cierto estilo, por cierto gesto retórico, por cierta tendencia a la interiorización y a la nostalgia) parece comunicarse e incluso identificarse lejanamente, con el espíritu romántico de la poesía pre moderna; poco a poco nos damos cuenta, leyéndolo en perspectiva, de que este producto macerado y lleno de claroscuros que es su obra poética, contiene una propuesta moderna; deviene del tormento existencial de un hombre cercado por la decadencia moral de la ultra modernidad, es decir, de la decadencia finisecular de nuestra contemporaneidad; de un mundo que atisba la aurora de un nuevo milenio desprovisto de sus más esenciales valores; ante lo cual el poeta no puede oponer más que su antigua vocación de soledad, su amargo y desesperanzado pesimismo.

Desde la Cantata hasta la mayoría de los libros suyos posteriores (“Esplendor de Caín”, “Cuaderno de la provincia”, “Auras del milenio” y “Tierra sin tiempo”), la actividad poética de Urtecho parece consistir en la búsqueda de definiciones identitarias profundas, existenciales; se basa en la interrogación constante de los fantasmas del pasado, en el desentierro persistente y obsesivo, aunque interminable, repetitivo y angustiante (como en el de un sueño), de la propia infancia. Pero la infancia recuperada como instrumento de identificación de sus propias raíces, como una forma utópica de reconstruir el ideal de plenitud. La preocupación del poeta se centra fundamentalmente en el intento de una interpretación más vasta de su condición de ser humano, en la búsqueda de esa zona sagrada, utópica, que pueda servirle de refugio en un mundo atenaceado por la decadencia y que lo llena de pesimismo. La búsqueda de un tiempo y un espacio en donde encontrar el valor, el sentido de una existencia amenazada, huraña, pero siempre noble.

La significación de los seres y objetos entrevistos, descubiertos, señalados y descritos (bóvedas, calaveras, esperpentos, comerciantes del vacío, remolino de presencias; esa resolución de cosas oscuras en música; esa sátira cruel de la civilización contemporánea que disfraza con dificultad su verdadera preocupación metafísica), se revela precisamente en el intento por desentrañar el mundo oculto del pasado en medio de los espejismos de la decadencia; en la búsqueda del destino individual cuya vigencia será sólo refrendada con la plena identificación del origen, de los orígenes.

Y en efecto, Urtecho se aleja deliberadamente de la Historia (con mayúsculas) y se dedica a aprehender los instrumentos que en medio del caos histórico encuentra para identificar la procedencia del dolor, la inexplicable sensación de soledad a que la madurez y la conciencia conducen. Urtecho intenta revivir la experiencia de su propio pasado para encontrarle un sentido. Pero no se trata de la experiencia solitaria de una simple vida aislada de la historia, sino la de múltiples generaciones, la del micro pasado familiar y provincial llenos de tanto significado; lascas de existencia que el tiempo destruye y que el mismo tiempo conserva.

Urtecho rechaza los moldes tradicionales del conocimiento (esos moldes que falsifican lo esencial y se renuevan a cada instante, en cada época), huye de la "conciencia despierta" y se sumerge en un mundo circular lleno de claroscuros; busca un estado ilusorio entre la vigilia y el sueño para que nada se interponga entre él y el verdadero rostro de la muerte. Y en el camino hurga, se detiene, revisa y desenmascara; hace una sombría valoración de todo lo que ha sido y lo que somos, para emerger siempre en la búsqueda de un tiempo en donde las cenizas puedan elevarse y volver a cantar.

Octubre, 2000.





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