jueves, 10 de julio de 2014

MIGUEL WENCESLAO GARAYCOCHEA [12.260]


Miguel Wenceslao Garaycochea 


Poeta, abogado y matemático peruano tal como dice Alberto Tauro del Pino. Vino al mundo en 1815 en Arequipa y falleció en Trujillo en 1861. Su padre fue Hermegildo Garaycochea y su madre, Genara Delgado.

Sus estudios básicos los realizó en Colegio San Francisco de su lar nativo. Los continuó en el Seminario de San Jerónimo, y, en seguida, En la Universidad Nacional de San Agustín. Se graduó de bachiller y doctor en derecho, en el año 1938.Además obtuvo el título de abogado.

Carrera ocupacional

Fue docente de Derecho, Filosofía y Matemática en el colegio donde empezó a estudiar.En el año de 1845 se le asignó a la dirección del Colegio Nacional San Juan de Trujillo. Luego hizo carrera en el Poder judicial: fue nombrado juez de primera instancia en Chachapoyas en 1849 y, después, vocal de la Corte Superior de Cajamarca. Representó a Chachapoyas como diputado e integró el Senado: al ser elegido senador por Cajamarca.

Contribuciones a la matemática

El gran matemático peruano, Roberto Velásquez López, ha escrito un ensayo sobre Garaycochea e indica que trabajó sobre los siguientes temas:

Trisección del ángulo
Duplicación del cubo
Cálculo binomial

Su nombre aparece en una obra de Jorge Cabrera Tapia;5 como también, en un texto de matemática de secundaria de Máximo de la Cruz Solórzano.


Poesías
Miguel W. Garaycochea


Advertencia

Veo ahora realizado mi deseo de publicar algunas de las poesías inéditas de mi finado padre doctor MIGUEL W. GARAYCOCHEA.

Todas las composiciones que él he podido conservar, formarían tres o cuatro veces el presente volumen; pero no es posible darlas a luz, porque muchas quedaron truncas, otras tan ilegibles que hube de abandonar la tarea de descifrarlas y algunas escritas en caracteres taquigráficos, cuya traducción fiel no sería fácil hacer.

De su mérito literario nos dan idea los eminentes literatos, señores Palma y Gonzales Prada, quienes solicitados por mí para emitir su opinión sobre las poesías del doctor Garaycochea, se prestaron a ello bondadosamente; por lo cual hago constar aquí mi agradecimiento.

Cumplido el deber, para mí ineludible, de que se conozca este trabajo póstumo de mi referido señor padre, sólo deseo que el público ilustrado se digne acogerlo favorablemente.

Lima, 11 de junio de 1904.

Juan M. Garaycochea




Prólogo

El autor de este libro nos viene a corroborar que la ciencia no anda en guerra con la poesía o, hablando en estilo de clásicos y pedantes, que Minerva puede vivir en amigable compañía, con las musas. Efectivamente: si al sondar las entrañas de lo bello encontramos lo verdadero, al penetrar en el corazón de la verdad nos hallamos con la belleza. Ningún poeta negará la grandiosa estética, encerrada en las leyes de Kepler o en la teoría de Darwin, como ningún artista dejará de reconocer la suprema geometría oculta en la Ilíada, el Partenón o la Venus de Milo. Solamente los espíritus que revolotean a ras del suelo descubren oposiciones entre la ciencia y la poesía. Al ascender, se esfuman las diferencias en los detalles y resalta la armonía del conjunto: los montes para las hormigas son llanuras para los cóndores. Todo se confunde y se unifica en las alturas, de modo que las ciencias y las artes deben representarse por una inmensa pirámide con muchos planos y muchas aristas pero con un solo vértice.

Don Miguel W. Garaycochea no disfrutó de muy larga vida, pues habiendo nacido en Arequipa el año de 1816, murió en Trujillo el de 1861. Se educó en la ciudad de su nacimiento hasta recibir el grado de doctor en Jurisprudencia. Fue profesor en el Seminario de Trujillo, rector en el Colegio Nacional de San Juan de esa misma ciudad, juez de primera instancia de Chachapoyas, vocal de la Corte Superior de Cajamarca, diputado a Congreso &. Aunque vivió menos de medio siglo, la vida no debió de parecerle corta: la pasó estudiando, y como él mismo lo asegura,

El hombre vive tanto cuanto sabe.

Según don Federico Villarreal, el DOCTOR GARAYCOCHEA publicó algunos textos de matemáticas que se adoptaron en los colegios de Instrucción media del norte de la República, y en la actualidad, en algunas escuelas del Departamento de la Libertad. A más de su CÁLCULO BINOMIAL, dejó las siguientes obras inéditas:

Tratado de Filosofía Elemental.
Disertaciones Teológicas.
Lecciones de mundo y de crianza [en verso].
Un tomo de poesías.

Sin datos suficientes para delinear la, fisonomía moral del doctor Garaycochea, nos le figuramos como un hombre laborioso, meditabundo, sensible, no desposeído de ingenio burlón y satírico. Merced a un juego de imaginación, le vemos aparecer a nuestros ojos: después de fallar una causa, dictar una lección, resolver un problema o dilucidar un pasaje de San Agustín, se empareda en su habitación, deja la prosa de la vida, y tranquilamente se pone a entonar un yaraví, glosar una canción o aguzar algún epigrama.

Si

Ogni vate e pintor pinge se stesso,

hay una regla para conocer el alma de los poetas -leerles-. Por más que un autor disimule y se disfrace, tiene momentos en que deja desprenderse la máscara y descubre los rasgos de su fisonomía. Goethe afirma que sus obras se reducen a fragmentos de una confesión general. No sabemos si el escritor del presente libro ha deseado confesarse con sus lectores; pero vamos a ver si algo podemos conocerle por los arranques sinceros y espontáneos.

Cansado a veces de haber sido por mucho tiempo un frío matemático, se siente hombre de sangre fogosa, desea disfrutar los placeres de la vida y exclama:


Basta de libros, basta;
fuera pluma y tintero;
consumirme no quiero
en más meditación.
La vida se me gasta
del tiempo a los estragos.
Sin gozar los halagos
de una tierna pasión.
    ¿Quién me vende que le compro,
   quién me vende un corazón?

Hallado el corazón [quizá no muy fiel] disfrutado el placer (acaso no muy dulce) escribe:



No amo el deleite que la fuerza enerva
ni los laureles que el furioso Marte
atroz reparte con sangriento enojo:
    amo a Minerva.

   Amo los libros, la sublime ciencia:
del sabio busco la preclara historia;
y ésta es la gloria que en mi alma ejerce
    suma influencia.

   ¡Oh verdad santa, celestial, hermosa!
¡Cómo mi mente de tu luz gozara!
¡Cuál te gustara, y al gozarte cuánto
    fuera dichosa!

¿Logró poseer esa verdad tan deseada y tan querida? Aunque parece buen creyente, no deja de expresarse como si hubiera sido envuelto por la atmósfera escéptica del siglo:


    ¡Funesta duda! ¡Cruel incertidumbre
que aclarar no ha podido
de mi pobre razón la escasa lumbre!
    Treinta años he vivido
sin saber lo que soy, lo que antes era
ni lo que al fin seré después que muera.

En una larga composición A la ciencia, hace comprender que su vida no se deslizó siempre como un arroyo entre flores, que más de una vez se vio sacudido por el viento de las hondas desesperaciones, que hasta llegó a maldecir de la ciencia y pensar en el suicidio. Dice que hay unos días tristes y sin luz,


Días, en fin, funestos, sin color y sin nombre,
en que, por un impulso que nadie explica bien,
una pistola a veces desesperado el hombre
descerraja frenético en su marchita sien.
    En uno de estos días, oprimido mi pecho
de grave pesadumbre, de oculto malestar,
de la sublime ciencia maldije en mi despecho
las luces celestiales, el sacro luminar.

Mas las desesperaciones se desvanecen, las dudas se evaporan, y el sabio regresa compungido a los brazos de la ciencia, como un esposo vuelve a la esposa, después de haberla ofendido con algunas infidelidades.


Tú pones en contacto la tierra con el cielo
que eres la inmensa escala del sueño de Jacob.
    ¡Oh ciencia bienhechora, celeste, veneranda!
Mi espíritu se rinde de hinojos ante ti
y con humilde súplica el perdón te demanda
de las injurias necias que un tiempo te inferí.

El hombre que pasó su niñez entre la guerra de la colonia y la metrópoli, el que en su adolescencia presenció los fusilamientos ejecutados por Santa Cruz, el que en su juventud respiró el caldeado ambiente de las revoluciones, no podía librarse de la influencia política ni dejar de hacerla trascender en sus versos. Las composiciones Sala verry marchando al cadalso, A la tumba de Corbacho, La peruana y algunas más denuncian la influencia. Sin embargo, no parece que el doctor Garaycochea se hubiera mezclado activamente a las luchas civiles de su tiempo. Fue diputado; mas, seguramente, al ocupar el asiento de la cámara, se halló desorientado y como extranjero, en contacto de hombres que entendían mucho de pedidos e informes, muy poco de endecasílabos y binomios. ¡Quién sabe si mientras algunos de sus colegas hilvanaban soporíficos discursos, él se vengaba enderezándoles algún epigrama! Que vena satírica no le faltaba.

Como muestras de su ingenio chispeante y burlón, merecen citarse Una elección de rector en la Universidad de Trujillo, Paranomasia y Los ergos, donde se ríe de los silogistas como don José Joaquín de Mora en su romance Don Opas. Hay algo picaresco en estos dos epigramas:



¿Conque te casas, Manuel?
¡Bravo! Servirás a Dios;
Y ella servirá a los dos...
Es decir, a ti y a él.

    Juana que quejaba un día,
después de verse al espejo,
de que en huesos y pellejo
su beldad se convertía,
la vecina que sabía
las gracias de la fulana,
al oír queja tan vana,
la dijo quedo al oído:
¿Si tus carnes has vendido,
cómo has de estar gorda, Juana?

Quien al hablar del viento, dice:


Tan silencioso y manso se desliza
que ni deja su rastro en la ceniza;

Quien tornea quintillas como:


Prosigue, guapo estudiante,
agitando tu pulmón,
no desmayes; adelante;
embrolla, grita y brillante
habrá sido la función;

Quien, por fin, abre de este modo un soneto:


Al campo de batalla va Panthea
esperando encontrar su esposo vivo,

y le cierra así:


Sobre su cuerpo cae; y bajo un techo
en el sepulcro habiten, dice airada,
los que durmieron juntos en un lecho;

da pruebas suficientes de lo mucho que habría podido realizar, si exclusivamente se hubiera consagrado a la poesía. Porque los lectores deben recordar que para el doctor Garaycochea, el escribir composiciones en verso fue distracción o faena secundaria, en lugar de ocupación absorbente o cosa primordial: sabio de profesión, buscaba en la poesía un solaz del ánimo. Era el forjador que momentáneamente arroja el martillo y deja el yunque para escabullirse a respirar el aire de un jardín.

A los 40 años de un olvido injusto, don Miguel W. Garaycochea va conquistándose el sitio que merece ocupar. Su Cálculo binomial se imprime a costa de la nación, su nombre resuena ya entre los sabios del extranjero. El país debe admiración y gratitud a los poquísimos hombres que en medio de la barbarie política lograron formar una especie de mundo aparte y vivieron consagrados a las labores del espíritu. Ellos serán los que sobrenaden cuando el total diluvio del olvido haya devorado a legisladores, ministros y presidentes. Según Théophile Gautier,

El busto sobrevive a la ciudad.

El cuentecillo de un prosador y el soneto de un poeta vivirán mucho más que la cháchara de los sociólogos y el fárrago de los políticos.

Manuel G. Prada




Prologuito

Ha poco más de cuarenta años que bajó a la tumba el doctor Miguel Wenceslao Garaycochea, nacido en Arequipa el 28 de setiembre de 1816. Diputado a Congreso y vocal de la Corte de Cajamarca, murió en Trujillo, por los años de 1861, desempeñando el rectorado del Colegio Nacional de esa ciudad.

La bien conquistada reputación del señor Garaycochea, como matemático, le ha sobrevivido. Su obra sobre Cálculo binomial, de la que en 1896 se publicó la primera parte en un volumen de 800 páginas en 4º, basta para inmortalizarlo. Garaycochea es el Lagrange americano, decía un escritor eminente; y en verdad que ningún hombre de ciencia encontrará exagerado el encomio, después de agotar la lectura y estudio del Cálculo binomial. Este libro honra tanto a su autor como a la patria en que naciera, que gloria para todo pueblo es la gloria de sus hijos. Así lo ha estimado el Perú, y el retrato de nuestro insigne matemático figura hoy en la Galería de autores nacionales que adorna el salón de lectura de la Biblioteca de Lima.

Pero ignorábamos que el doctor Garaycochea hubiera sido, como el matemático Echegaray (hoy el primer dramaturgo de España) también asiduo tributario de las musas, y este grato conocimiento nos lo ha proporcionado el señor don Juan Manuel Garaycochea, cuyo amor filial lo impulsa a dar a la estampa los manuscritos rimados de su egregio progenitor.

Sobre nuestra mesa de trabajo tenemos ya prueba impresa del libro, y mal podríamos negarnos a expresar, lisa y llanamente, el concepto que de él hemos formado, sin que nuestra buena voluntad para borronear estas líneas importe la más ligera pretensión de constituirnos en autoridad literaria.

Que el señor Garaycochea nació con alma de poeta es punto que no puede ponerse en tela de discusión, que poeta e inspirado poeta es quien escribe versos como éstos, dignos de la pluma de Alberto Lista:



    Sin penas ni temores
se deslizan mis días, muellemente,
    como por entre flores
    la tranquila corriente
de solitaria y escondida fuente.

    Junta el avaro miles
explotando sin fin la hedionda charca
    de sus pasiones viles;
    pero hidrópica su arca
menos se llena cuanto más abarca.

¿A qué multiplicar citas de estrofas aisladas en las que unas veces nos deleita el dulcísimo estro de Garcilaso, y otras nos seduce la arrogante entonación de Herrera o de Luis de León?

Garaycochea dista mucho de ser un poeta lírico al gusto del día. Es un poeta por el estilo de Arriaza, cuyos versos fueron, indudablemente, su lectura favorita de colegial.

En la lira de nuestro compatriota encontraron resonancia, más o menos feliz, todos los géneros de poesía, desde el sencillo madrigal y el pastoril idilio hasta la oda solemne y la letrilla intencionada.

Como sus comprovincianos Melgar y Manuel Castillo supo reflejar las tristezas más íntimas en el melancólico yaraví; y como Benito Bonifaz, Trinidad Fernández, Ángel Fernando Quiroz, y como todos los belicosos vates sus contemporáneos nacidos a la falda del Misti, Arequipa, y sus hombres, y sus acontecimientos clásicos, le inspiraron conceptuosos versos, sobre todo en los días de la invasión boliviana. Como apóstrofe es soberbio este Garaycochea:


Miedo y pavor circunden sus banderas,
cobardía sus bríos anonade,
y no acierten sus manos con la espada
en el instante mismo del combate.

No siempre el buen gusto del versificador raya alto en las composiciones de Garaycochea. Abusaba de su pasmosa facilidad para rimar, y faltole escuela literaria para cautivarnos por la corrección y las galas de la forma; pero sobráronle espontaneidad y sentimiento poético. Los lunarcillos que en sus composiciones encontramos son los de todos los cultores de la poesía, en esa época de alborada para la literatura nacional.

Este libro es valioso contingente para el estudio que algún día ha de escribirse sobre la poesía peruana, en su transición de la vida colonial a la vida republicana. En ese estudio tocará a Garaycochea una hoja de laurel, por la independencia y sinceridad de que reviste sus ideas filosóficas y por sus sentimientos altruistas y generosos.

Lima, 9 de junio de 1904.

RICARDO PALMA




Yaravíes


¡Fiero tormento!...
No hagas del rigor alarde
ni martirices ufano
   mi triste pecho,
   que tus crueldades   
me tienen ya cual espectro
que de la tumba horrorosa
   a la luz sale.

   Siempre severo
en mi dolor te complaces,  
y no ablandan mis suspiros
   tu duro ceño;
   pero, constante
a la fe que di a mi dueño,
serviré de admiración   
   a los amantes.

   ¡Piadoso cielo!
¿De mis lastimeros ayes
no perciben tus oídos
   los tristes ecos?  
   ¿Seré culpable,
porque amé de tu modelo
esas gracias peregrinas
   tan admirables?

   Ningún consuelo   
suavizará tantos males:
¡moriré que, a dolor tanto,
   no hallo remedio!
   Venga el instante
que exhale el, ¡¡ay!!, postrimero   
en los brazos de mi bien
   idolatrable.

   Así contento
bajaré al silencio grave
que ocultará, compasivo,   
   mis tristes huesos;
   sin que me espante
el verme cadáver yerto,
pues el morir por amar
   es muerte suave.   


II

Era feliz en el tiempo
que, ignorando del amor
   el poderío,
pensaba jamás rendirme,
ni dejarme seducir  
   de su atractivo.

Disfrutando de la infancia
los placeres, que volaron
   ya fugitivos,
nunca pensé que a la dicha   
sobreviniesen, tan pronto,
tantos martirios.

Pero lo contrario siento
desde aquel fatal instante
   en que Cupido  
disparó su aguda flecha
contra el infelice blanco
de mis sentidos.

Desde entonces la alegría
huyó de mi triste pecho   
   cruelmente herido;
y desde entonces no puedo
disfrutarla un solo instante,
pues la he perdido.

Lloraré, pues, mi desgracia;   
lamentaré mi pesar,
   pues no hay alivio,
mientras no se compadezca
aquella beldad tirana
   por quien yo vivo.  



III 

Aunque en mares borrascosos
de dudas y sobresaltos
   batalle el alma,
no dejaré de adorarte,
pues que tu imagen le vuelve  
   la dulce calma.

Y aun cuando los astros todos
empleen su cruel influjo
   contra mi amor,
culto he de darte en mi pecho,  
en mi memoria y sentidos,
   con más fervor.

Nada mi intento amedrenta,
nada arredra mi albedrío,
   sino mi suerte,  
que ha de permitir severa
que, inhumana y rigurosa,
   me des la muerte.

Pero si algo compasiva
correspondes a mi amor   
tan fino y puro,
que he de amarte hasta la tumba,
y hasta vivir olvidado,
   te lo aseguro.



IV 

Pues que pronuncias mi muerte
sin inmutar el semblante,
   beldad tirana,
moriré; mas yo te advierto
que mi muerte será origen   
   de tus desgracias.

En las aras del amor
yo ofreceré en sacrificio
   mi vida amarga,
bajando al silencio horrible  
donde yacen los despojos
   de la cruel Parca.

Pero mi sombra funesta
rodeará tu duro pecho
   como fantasma   
que, entre sus trémulos brazos,
los delirios de la mente
   feroz abraza.

Y a esa tu imaginación
perversa, indómita, fiera   
   e inhumana,
llenarán de horror y espanto
los melancólicos ayes
   del que te amaba.

De este modo, a pasos lentos,  
irás siguiendo los rastros
   de mis pisadas;
y habitarás en la tumba
con aquél para quien fuiste
   por siempre ingrata.   



V

Del silencio imperturbable
la lobreguez pavorosa
   y el negro manto,
rodearán en todo tiempo
la existencia de un viviente  
   desesperado.

Y ya que no hace impresión
en tu diamantino pecho
   mi triste llanto,
compasivo me arrebate   
donde desprecios no vea,
   el sueño largo.

De la trémula campana
el melancólico toque,
   fúnebre y tardo,   
dará fin a los tormentos
de un existir tan penoso,
   cruel y tirano;

pues mientras pueda vivir,
y mientras la luz del día   
   hiera mis párpados,
de los tiros insufribles
de la suerte más perversa
he de ser blanco.

Y sólo en la tumba fría,  
cuando se extinga la hoguera
   de amor en que ardo,
cesarán de atormentarme
los desdenes de una ingrata
   a quien tanto amo.   



VI 

 ¡Qué mal has correspondido
a mi pasión amorosa,
bella homicida!
¡Y qué mal tienes pagado
mi cariño, mi ternura,   
   mi fe sencilla!

Después de tantas promesas,
después de tantos halagos
   como me hacías;
me bridas, ora, la copa,  
que antes de placeres era,
   llena de acíbar.

Jamás, en aquel entonces,
presumí que cobijase
   furiosa víbora   
que, en pago de mis servicios,
en el pecho me infiriera
   mortal herida.

Celos, desaires y enojos,
son los dones que tu mano,  
   cruel, me prodiga,
después de que, en otro tiempo,
tantas veces me juraste
   ser siempre mía.

Pero el Dios a quien ofendes,   
y cuyos fueros quebrantas
   con injusticia,
me vengará, no lo dudes,
del despotismo y soberbia
   de tu alma altiva.   

Amarás a quien no te ame;
querrás a quien te aborrezca,
   en algún día;
y entonces, ¡ay!, sufrirás
cuanto hoy me haces padecer
   con ignominia.




VII

¡Hado fatal!...
¿Qué importa que yo me ausente,
y en soledades me esconda
   con triste afán,
si las penas y martirios  
mis pisadas presurosas
   siguiendo van?

   La enfermedad,
aunque el mísero doliente
mude mil veces de lecho,   
   con él se va;
y a todas partes le sigue
atormentándole siempre
   con impiedad.

   Con gran crueldad   
la memoria me renueva
las heridas que en el pecho
   frescas están,
y ni la ausencia ni el tiempo
sus hórridas cicatrices   
   las borrarán.

   ¡Ay!... ¡Que he de estar
padeciendo sin consuelo,
sin esperanza ni alivio,
   tan fiero mal;   
y sin que puedan mis ayes
la dureza de mi dueño
   cruel, ablandar!



VIII

Oscuras sombras,
en las cavernas horribles
del fiero olviden, sepulten
   las crueles horas
   en que sentiste,   
¡corazón mío!, las glorias
de un amor tan mal pagado,
   tan infelice.

   Pues, bien, recobra
la libertad que perdiste;  
vuelve en tu acuerdo, y desecha
   pasión tan loca;
   que no es posible
que ames a quien te deshonra,
y a quien te trata de un modo  
   tan cruel y horrible.

   Y nada importa
que en sus días más bonancibles
correspondiese, benigna,
   tu fe amorosa;   
   y que, sensible,
días de placer y gloria
te haya dado en otro tiempo,
   ¡¡De nada sirve!!

   Ingrata ahora,  
tan solo por un -se dice,-
con la mayor injusticia,
   sí, hoy te arroja;
   hoy te despide
pronunciando, rigurosa,   
con labio pérfido el fallo
   de que la olvides.

   Hoy te abandona
en un mar lleno de sirtes,
a merced de los rigores   
   de fiero Bóreas;
   y si persistes
en tu amor, contra la roca
fracasará de su orgullo,
   tu vida triste.   

   Hacia la costa
del desengaño apacible
proto, pues, de tu barquilla
   vuelve la proa;
   y cuando libre   
del riesgo te halles, entona,
corazón, al escarmiento
   himnos sublimes.




Anacreónticas


Tentado estuve un día
a admitir el destino
que me estaba brindando
un generoso amigo.
Por el bien de mis padres,  
más bien que por el mío,
desechando aprensiones,
casi me determino.
Pero, luego, mi musa,
exhalando un suspiro,  
se quejó de esta suerte
dentro del pecho mío:
-¿Me abandonas, ingrato;
me dejas, fementido;
y de la recta Themis  
te alistas al servicio?
¿Desprecias la corona
de laureles y mirtos,
que te estoy componiendo
desde cuando eras niño?...  
¿Has pensado bastante
de tu necio extravío
las funestas resultas?
¿Estás ya decidido?
Dame mi lira, ingrato;  
dame mi lira, impío;
y que te den los cielos
la suerte de Batilo.
Piedad, ¡oh musa!, exclamo,
piedad de un afligido  
que si engañarse pudo,
nunca ofenderte quiso.
Y desechando luego
mis fatales designios,
a mi lira me torno,  
y a mis amados libros.



II

¿Porqué, pues, ya no elogias
el poder de mis armas,
ni mis bellas conquistas,
en dulce metro, cantas?...
-Me preguntó, curioso,  
Cupido esta mañana
que a visitarme vino
al despuntar el alba.
-Porque me has engañado,
porque Nise es ingrata,  
porque hice juramento
de abandonar tus aras
le contesté, sañudo;
y entonces él, con gracia,
me replicó, diciendo:  
-Es muy bella la causa.
¿No ves que por mis leyes,
que todo el mundo acata,
las promesas son burlas,
los juramentos, chanzas?   
Olvida, pues, a Nise
si Nise te es ingrata;
pero no menosprecies
a todas las muchachas.
Mira el talle de Zoila,  
de Amelia la garganta,
los ojos de Matilde,
la boquita de Laura.
¿Renuncias a la dicha?...
No seas necio, ¡vaya!,  
por una bagatela
infelice no te hagas.
Y diciendo y haciendo,
nuevo dardo me clava,
dejándome cautivo  
de tus encantos, Laura.



III 

A la espléndida mesa
de Jove poderoso
asistieron un día
los inmortales todos;
y al paso que, entre brindis  
y conceptos graciosos,
del néctar delicado
saboreaban los sorbos,
cada cual se preciaba
de franco y generoso,  
y de ser insensible
al influjo del oro.
Mercurio, por echarles
su vanidad en rostro,
al descuido, en la mesa,   
arroja su tesoro.
Y Venus se sonríe;
Ceres abre los ojos;
Marte desfrunce el ceño;
se sobresalta Apolo;   
Minerva, por prudencia,
atisba de reojo;
y Vulcano se acerca,
aunque taimado y cojo.
Del seno de su madre;   
como muchacho loco,
el Amor, al dinero
se lanza sin decoro,
y solamente Baco,
en profundo reposo,
ni pestañeó siquiera,
porque estaba beodo.
El Interés, entonces,
recogió su tesoro,
y en su interior se dijo:   
Ya los conozco a todos.



IV

¿Verdad, querida Nise,
que te agradan mis versos,
tanto porque son míos,
como porque son bellos?
Tan urbana lisonja   
en el alma agradezco,
que en tus preciosos labios
vale mucho un requiebro.
Pero si, por fortuna,
te han parecido buenos,   
cómpramelos, bien mío,
que no es muy alto el precio:
una tierna caricia
vale cada soneto;
una endecha, un abrazo;  
cada canción, un beso.
Y verás como entonces
arrebatado mi estro
produce en abundancia
delicados conceptos:  
que el premio fertiliza
los áridos talentos,
y las musas acuden
al olor del incienso.


V

Pobre soy, nada tengo,
miserable es mi vida;
pero a pesar de todo
paso tranquilos días.
Apolo que protege   
a quien Fortuna priva
de sus avaros dones,
tal vez con injusticia;
generoso me ha dado
una pequeña lira   
para que, en dulces ocios,
celebre a mi querida.
Tengo amor; soy pagado
tal vez con demasía;
y de mortal alguno   
¿envidiaré las dichas?
Surque los anchos mares
quien no tema sus iras;
y el que tesoros quiera
sepúltese en las minas.   
Que por la plata toda
que en el Perú se cría,
no cambiaré yo nunca,
ni mi amor, ni mi lira.



VI 

Mucho más que el avaro
su riqueza escondida
amo yo, fiel Ernesto,
mi compás y mi lira.
En vano, pues, intenta   
tu amistad comedida
persuadirme a que deje
mi soledad tranquila.
En el mar proceloso
de pretensiones míseras   
bogar feliz no puede
mi pequeña barquilla.
Demasiado conozco
las propensiones mías;
no nací, no, mi Ernesto,  
con ambiciosas miras.
Guárdense los caudales
para quien los codicia,
y obtenga los destinos
el que los solicita:   
que yo sólo deseo
modesta medianía,
donde manejar pueda
mi compás y mi lira.






El sueño

Una noche gozaba
del plácido descanso
que adormece las penas
y anubla los cuidados.
   Pero, luego, cual uno
que a lo lejos ve un cuadro
y distinguir no puede
sus confundidos rasgos,
repasaba en mi mente
infinitos retratos   
de objetos que, despierto,
me son idolatrados.
   Y poco a poco crece
el seductor engaño;
y la ilusión se aumenta   
por un prodigio raro;
de manera que mi alma,
en un ensueño grato,
distingue bien las formas
como en el día claro.   
   Ya parece que toco
las cosas con las manos,
y que siento y percibo
los soplos del Austro.
   Ya parece que veo  
el semblante adorado
de aquélla que, aun en sueños,
me tiene amartelado;
y que feliz cual nadie
disfruto sus halagos,   
y tranquilo reposo
entre sus tiernos brazos.
   Pero cuando más libre
me juzgo de cuidados,
y a la dicha me entrego  
con mayor entusiasmo;
se presenta Cupido
a mis ojos turbados
con la aljaba en el hombro
y la flecha en la mano.  
   Al verlo, me intimido,
me estremezco, me espanto;
y en fervorosa súplica
le adoro arrodillado.
   El hijo bello, entonces,  
de la diosa de Pafos
me muestra de su flecha
el filo ensangrentado;
y abriendo los claveles
de sus divinos labios,  
me habló de esta manera,
entre alegre y airado:
¡Mortal!... ¿Por qué pretendes
descubrir los arcanos
de mi poder tremendo,  
de mi obrar sobrehumano?...
En tus locuras, ciego,
me nombras el ingrato,
el cruel, el homicida,
el traidor, el tirano.   
   Castigar yo debiera
con suplicios extraños
tu necio atrevimiento,
tu arrojo temerario.
   Pero, pues en mis artes
no estás aún versado,
e ignoras la potencia
invencible de mi arco,
perdono por ahora
tus locos arrebatos,  
y haciéndote favores
quiero quedar vengado.
   ¿Ves este invicto acero,
este arpón soberano
que de reciente sangre  
se encuentra salpicado?...
Pues con él de tu amada
hoy mismo he traspasado
el insensible pecho,
el corazón ingrato.  
   El tributo que exijo
de todos los humanos
por su loca arrogancia,
con creces ha pagado;
y te espera rendida,   
pues sabe que descanso
tendrán sus fieras ansias
solamente en tus brazos.
   Anda, pues, y ya nunca
importunes con llantos,  
con suspiros y quejas
mi poder soberano.
   Goza de tu querida
los hermosos encantos,
y mi poder celebra   
con versos acordados,
que solamente exijo,
de tal favor en pago,
amorosas letrillas
y muy sabrosos cantos.  






Endechas


I

¡Adiós, mi dulce dueño!
¡Adiós! Ya que la suerte
de tus hermosos ojos
separarme pretende,
porque en su saña injusta me aborrece.   

   ¡Adiós, vida del alma!
¡Adiós, y para siempre!
Que en esos tristes climas
la pena de no verte,
sin duda alguna, me herirá de muerte.  

   ¡Adiós! Yo te agradezco,
cual debo, los placeres
que, en días más dichosos,
me concediste siempre
sin pensar, tal vez, ¡ay!, que yo me ausente.  

   Amar nunca sabrían
los que apartarme quieren
del único embeleso
que hacerme feliz puede;
por eso ordenan que de ti me aleje.   

   De mis lágrimas tristes,
tiranos, no se duelen;
y sólo tú, benigna,
te afliges, compadeces,
y la honda herida de mi pecho adviertes.  

   En tu seno, los mares
que estos mis ojos vierten
recibe, pues, que el pecho
contenerlos no puede
al pensar que ya nunca podré verte.   

   Pero mi afecto síncero
no olvidarte promete,
aunque en climas extraños
vida infelice aliente...
¡Adiós, mi vida!... ¡¡adiós!!... ¡¡oh suerte!!...  



II 

Ingrato dueño mío
en cuyo pecho esconden
el océano, sus iras;
su dureza, los montes;
oye mis quejas, oye mis voces.   

   Quieres más bien, tirana,
que un extraño te goce
y no aquél que idolatra
tus peregrinas dotes,
gracia, donaire y aun disfavores.   

   ¿Olvidas tantos años
de firmeza y de amores;
y de las prendas mías
permites que se adorne
quien ni te estima, ni te conoce?  

   ¿Porque cruel la fortuna
me deniega sus dones,
me dejas, inhumana,
y otro amador escoges,
rico en dineros, en virtud pobre?   

   Permita el justo cielo
que no te ame, y le adores;
que por su mal suspires,
y por su ausencia llores
días y noches sin que reposes.   

   Que jamás le contentes,
y que siempre le enojes;
y si has de aborrecerlo,
que harto tiempo le goces;
y que te lleguen mis maldiciones.  





Romances



Desgraciados ojos míos
que mirasteis sin recelo
la hermosura donde Amor
estaba, cruel, encubierto;
justo es que, mísero, pagues   
tan fatal atrevimiento,
y que resignado sufras
los martirios, los tormentos.
Amor ya con mil cadenas
mi albedrío tiene preso,   
y cruelmente le maneja
por donde quiere mi dueño.
Aunque os deshagáis en llanto
no escuchará tu lamento;
aunque gimas y suspires   
tu mal no tiene remedio.
Pronto, pues, venga la muerte
y os eclipse con su velo...
Pero no, quizás tus penas
se acabarán con el tiempo.  


II

La advertencia 

Incauto joven, mi musa
en su tormento, te encarga
que no des dentro del pecho
al tirano Amor posada;
y que cuidadoso evites,  
con diligencia estudiada,
las incurables heridas
de los tiros de su aljaba.
Pues el niño Dios de amores
es de condición tan mala,   
de proceder tan perverso
y de tan poca constancia,
que cuando con sus caricias
nos entretiene y halaga,
cuando más nos favorece,   
y cuando con fuerza extraña
los contentos, los placeres,
parece nos procurara;
veloz huye, y con presteza,
revoloteando las alas,   
en busca de nuevas víctimas
se precipita con ansia,
dejándonos ya cautivos
de una hermosura tirana.
Entonces, ¡mísero estado!  
¡Situación jamás pensada!,
el sosiego y la quietud
que antes el pecho gozaba,
de improviso se convierten
en pesares que ignoraba;   
en angustias, en tormentos
que martirizan el alma.
La ingratitud, el desprecio,
la tibieza con que ufana
corresponde a tu amor tierno
tu querida idolatrada,
son dogales, son martirios
que de ti no se separan,
y que como sombras siguen
a tu fervorosa llama.   
Y por fin de tu dolencia
la fortuna te depara,
o un rival que, afortunado,
tu gloria y bien te arrebata,
o la ausencia que, insensible,   
divide pechos que se aman:
pues no hay desdicha mayor
que ver su dicha robada,
o carecer de la vista
de aquélla que se idolatra.   
Y como esto y mucho más
dentro de mi pecho pasa,
no te entregues al amor
mi triste musa te encarga.



III

¿Dónde estás, dueño querido,
que mi amor no puede hallarte?
¿Dónde estás que no respondes
al que se afana en buscarte?...
   Presente en mi pensamiento,  
mas de mis ojos distante,
parece que estás conmigo,
pero no puedo encontrarte.
   Fugitiva, en sombras leves
te conviertes y deshaces,  
cuando intento contra el pecho
que te idolatra, estrecharte.
   No así, pues, huyas, tirana;
ven, mi bien, y en un instante
fenecerán mis tormentos,  
mis suspiros y mis ayes.
   ¡Ven, mi bien!, pero ¿qué digo?...
Huye de mí, pues pesares
circundan siempre mi pecho
desde que supe adorarte.   



IV

 Es mi pecho calabozo
de tormentos y pesares;
mis labios, los del silencio,
que no aciertan a quejarse.
   ¿Dónde está mi dicha antigua?  
¿Dónde mi ventura grande?
¡Ay amor! Que yo le busco
y jamás puedo encontrarle.
   Una ingrata a quien rendido
tuve mi pecho constante   
me causa hoy la desventura
que no puede imaginarse.
   Después de tantas promesas,
de expresiones tan amables,
de halagüeñas esperanzas  
y de un querer tan estable;
   después de que yo por ella
he sufrido fieros males,
escoge la incierta dicha
que le ofrece un nuevo amante.  
   ¿Pero qué esperar debía
de un corazón tan infame?
Ingratitud y mudanzas,
desprecios, desdén y ultrajes.


V

Muero de amor, y deseo
que mi muerte se dilate
por gozar de la agonía
los prolongados instantes.
   De mi dolor el remedio  
pudiera estar en que yo hable,
mas, como el mal me deleita,
tengo miedo en declararme;
   pues, si soy correspondido,
sucederá que se acabe  
con la posesión el gusto,
que en el deseo es durable;
   y si no, con mi esperanza
fenecerán los pesares
que producen en mi pecho  
sensaciones agradables.
   De modo que, en tal estado,
vida ni muerte me place,
pues que viviendo o muriendo
mi gusto actual se deshace.  
   Entre la vida y la muerte
quiero, pues, un medio estable,
el medio es: estos momentos
de agonía deleitable.



VI

¡Ay de mí!... que, en el recinto
de estas lóbregas paredes,
sólo acompañan mis penas
imaginaciones crueles.
   ¡Ay de mí!... que sin mi dueño,  
y sin mis amigos fieles,
negado a luz del día,
espero solo la muerte.
   ¡Ay de mí!... que solitario
en aqueste oscuro albergue   
soy el blanco de las iras
y del odio de las gentes.
   ¡Ay de mí, triste!... ¡Qué haré
si nadie me compadece!...
¡Si todos mi mal procuran,   
e inhumanos me aborrecen!
   ¡Ay de mí, triste!... Quizás
la prenda de mis placeres,
porque me mira en desgracia,
me habrá ya olvidado aleve.   




VII

 Yo desprecié una hermosura
que ardía por mí en amores,
y de otra que no me quiere
solicito los favores.
   Celoso estoy y ofendido,  
mas no me atrevo a quejarme;
sufro en silencio mis cuitas:
Quien tal hizo, que tal pague.

   Como yo correspondí
así me han correspondido:   
un favor con un desprecio,
con una ofensa, un cariño.
   Mi alegría la entristece;
mi tristeza la complace;
mis halagos la fastidian:   
Quien tal hizo, que tal pague.

   Pues si es justo que padezca
y experimente rigores,
vengan tormentos y penas,
vengan ansias y dolores.
   Sufra de mi bien querido
toda especie de crueldades,
y en mí se cumpla el adagio:
Quien tal hizo, que tal pague.

   Haré frente al infortunio  
y a lo adverso de mi suerte,
y en castigo de mi culpa
sufriré la misma muerte.
   Entre el polvo de la tumba,
cuando esté yerto cadáver,
exclamaré en tristes voces:
Quien tal hizo, que tal pague.

   Pero, prenda idolatrada,
no me castigues con celos,
que no hay valor que resista   
tan infernales tormentos.
   Quizás tu amante algún día
despreciará tu amor fino,
y entonces, dirás: Es justo
que tal pague quien tal hizo.  






Paranomasia


¿Ya piensas en casamiento
porque tu fortuna escasa
te ha dado una... que no es casa,
pues si digo casa miento?
   ¿Quieres que se menoscabe  
tu dicha por este empeño,
y a tu honor, que se halla en peño,
no le das al menos cabe?
   No dejes ningún contrato;
ditas y haberes concuerda;   
y después lo harás con cuerda,
resolución y con trato.
   Es digno de compasión
quien, sin saber, se encadena,
y su albedrío en cadena  
ciego pone con pasión.
   Escudriña tu conciencia;
con ella ponte en contacto;
que al matrimonio con tacto
se debe ir, y con ciencia.   
   No te lleves del donaire
ni del garbo te enamores,
que quien así es en amores
tiene el nombre de Don Aire.
   La hermosura sufre estrago,   
la experiencia nos lo enseña,
dejando fastidio en seña,
que en dos amantes es trago.
   En la juventud florida
siempre el amor nos congracia,  
pero nos burla con gracia
en siendo ya su flor ida.
   Genio y honradez comprueba
en tu mujer, sabiamente,
pues no es de una sabia mente  
quien todo no hace con prueba.
   No dejes con modo expreso
que te trate como esclavo,
que una mujer tal es clavo
y cárcel donde uno es preso.   
   En fin, si el olvido entierra
la pasión que es fementida,
cuando no es la fe mentida
y hay virtud, no cae en tierra.
   Al darte yo el parabién,   
pienso me he de complacer
si te casas con placer
y te casas para bien.





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