lunes, 10 de marzo de 2014

ALBERTO VELÁSQUEZ GÜNTHER [11.193] Poeta de Guatemala

Alberto Velásquez

ALBERTO VELÁSQUEZ GÜNTHER

(Guatemala, 25 de septiembre de 1891 - Fallece en 1968)
• Nace en Guatemala el 25 de septiembre de 1891, sin embargo hace de Quetzaltenango su patria chica y pide que al morir se le entierre en esta tierra. Hijo de Carlos Velásquez y Juana Günther de Velásquez. 

• Su vida estuvo ligada a la banca, el comercio, el periodismo, pero de manera primordial a la poesía. A los trece años se inició como trabajador de la banca guatemalteca (Banco de Occidente) y, al correr de los años, llegó a ocupar cargos superiores. Fue miembro de la Real Academia de la Lengua Española, codirector de la revista "Azul" (Quetzaltenango), director del Diario de "Los Altos" y codirector del diario "El Pueblo".

• En 1918 gana los Juegos Florales de Quetzaltenango con su poema Madrigal En Voz Baja y en 1927 vuelve a triunfar con su poema El Amigo. 

• Obra: Canto a la flor de pascua y Siete poemas nemerosos (1943).

• En 1947 es declarado Hijo Ilustre de Quetzaltenango.

• En 1,958 la Universidad de San Carlos de Guatemala publica una extensa antología de sus versos. 

• Fallece en 1968 en Guadalajara, México.

• Como un homenaje a su memoria develaron su busto a un costado del Teatro Municipal, esculpido por el quetzalteco Rodolfo Galiotti Torres. 

• La biblioteca municipal de Quetzaltenango lleva su nombre, como también la Escuela Nacional de Párvulos No. 25 de la ciudad capital. 




ANTOLOGÍA


CANTO A QUEZALTENANGO

Xelajú, dime, ¿dónde están los ojos
de luz y de rocío de tu cara,
los que vieron la miel de un niño triste
que solía jugar por tus alcores?
¿Dónde están, con los párpados abiertos,
oh ciudad! tus pupilas siderales,
las que vieron tu fiesta de mazorcas
de apretado salpor de harina pura
que en el mes de la Virgen del Rosario
y cuando cruzan bandadas de azacuanes
-por el éxtasis hondo de tu cielo
patios y techos rústicos decoran? 
Yo las busco en tu risa: y en tu llanto,
en tu azufre y en los talcos de tu escarcha, 
con aquella virtud de espejo solo 
donde por vez primera vi la nube 
que oculta a Dios, mas deja presentirlo, 
cuando mi corazón sobre tu seno 
sentía el pulso cósmico del mundo.

Alta región de gozo y de agua clara 
donde surcan tórtolas rendidas
bajo el amor de los eucaliptos;
donde en aprendizaje de intemperie
abre el hombre su pecho a los azares;
por ti conocí el trigo y la amapola, 
por ti el lirio, el álamo y el musgo. 
Enredose en zarzas para siempre 
el vellón de la oveja y su balido, 
aprendí del pastor estar a solas
bajo los manantiales del silencio 
y la muchedumbre de las estrellas,
y quedó perpetuado tu horizonte
en el círculo vasto de mi vida.
Llevo en mi voz la voz de la montaña. 
La termal y recóndita cisterna 
de tus lágrimas. Supe entre tus hielos
disciplinar de abnegación mi sangre
para las duras pruebas del espanto.

Tierra de aciago azar donde mi infancia 
conoció la raíz de mi congoja
frente a patricios mártires y abajo 
el horrendo silbido de la muerte. 
Vi la epilepsia de Plutón un día 
convertir tu ciudad en escombrera
y a ese titán a quien le diste el nombre
de la madre de Jesucristo, 
con las cóleras ígneas de su averno 
de más negra pavura atribularte
y vomitar desiertos en tu vientre,
Mas vi también alzarse en tu llanura 
-i oh tierra! de suprema agonía
el árbol estelar de la esperanza
y renacer en su redor las eras
y dar pingües cosechas a los hombres. 
Vi a la mujer estoica de los campos
rehacer la vivienda y la sonrisa
y su lengua llenar de regocijo.

iOh! tierra de pinares y de encinas
que en la alucinación de los caminos
anticipas la luz de tus señuelos,
con las canteras de tu piedra dócil
la mano del afán hace proezas 
y se incorpora la ciudad del polvo 
para el ancho destino del mañana.

Comarca de molinos y nopales
donde el ciruelo en frutecer se ahínca 
y se abruma de pomas el manzano,
tú permanecerás (mientras los déspotas
que te humillaron sólo son cenizas) 
bajo la exultación de las campanas
y la algazara de los clarineros, 
con un nimbo de nubes en la testa 
y los pies en tus linfas transparentes. 
Tú permanecerás, tierra del gozo, 
fértil en frutas y fecunda en niños, 
con el arco de alianza en las alturas.

Suspiroso país de solfataras
en donde la ilusión por vez primera 
aceleró mis párvulos latidos, 
cuando vengo yo aquí beso tu polvo
y recomienzo mi amistad antigua
con las enredaderas y las rosas. 
Madre, te llaman Xelajú los siglos,
y eres alondra, trébol y diamante.
Tú amparas el reposo de mis muertos 
en la infinita noche de la tierra.
En ti el dolor es hondo como el mundo
y perpetuo el amor como la vida. 
Yo soy el hijo pródigo y doliente 
que atraes tú como al imán la aguja.
Y después de tus dádivas superbas
-ante el vaso de aromas del crepúsculo-
nada espero de ti, nada te pido
sino un palmo de tierra, un palmo solo,
para esconder mi sueño perdurable.



XELAJÚ

I

Todos tus altos árboles oscuros. 
Todas tus ondas de verdor sedante. 
Todo tu mediodía de diamante 
derretido del trueno a los conjuros.

Todo tu cielo y sus imanes puros
copiados en los ojos del rumiante. 
Tu río todo y su canción errante. 
Todo tu lar de nemorosos muros.

Tú, total, hechizada de paisaje,
agua lustral del rictus y del ceño, 
síntesis ciega entre el rosa y el pozo.

En tu bahía desemboca el viaje
del recóndito anfibio de mi ensueño,
que busca y muerde la raíz del gozo.

II

Tu cielo -cielo azul-, siempre tu cielo 
desmotando plumones columbinos. 
El más azul de los cielos latinos.
que más invita a la evasión y al vuelo.

Y tu montaña, Sinaí de anhelo.
Dulce ciudad abierta de los pinos.
Vivero de intenciones y destinos. 
Túmulo del esquivo bisabuelo.

Dombo y límite azul, techo y muralla 
de tu campo inocente de batalla. 
Espejos de primaria disciplina.

Tu cielo y tu montaña están presentes 
cabe el surco que acoge las simientes
para el milagro de la flor de harina.

III

La vida que hay detrás de esa montaña 
que se eleva al poniente del camino, 
tiene la dimensión de mi destino
y encierra el contrapunto de mi entraña.

El tenue vaho que mi acento empaña
como vapor de espirituoso vino,
siendo mozo romántico y endrino 
se reveló a mi adolescencia huraña.

En predios de hontanares y de espigas
tendí a la vez al cielo y a la tierra 
con un amor de infinitud gozosa.

Y oculté entre recónditas fatigas
el fragor de dos ángeles en guerra
y el duelo de la estrella y de la rosa.




CUARENTA Y DOS VERSOS A LA CIUDAD DE LA ESTRELLA

Para Osmundo Arriola, espíritu hermano.

I

Barbas lejanas, mis barbas endrinas
símbolo fueron de vida más bella, 
cuando de núbil y amante doncella 
plinto formaron mis líricas minas.

Hoy que ya tengo corona de espinas
-¡oh bien amada Ciudad de la Estrella!-
es la nostalgia mi sola querella 
de la quietud de tus tardes divinas.

Tú que la vida mortal recompones 
me habrás de ver retornar a tu seno
cual las de rima inmortal golondrinas.

Tuyas serán otra vez mis canciones,
aunque tu gente de espíritu bueno 
nunca más vea mis barbas endrinas.

II

Yo ya no tengo mis barbas endrinas
mas sí la fe y el amor de tu gente. 
Llegaré a ti con el alma doliente
de quien regresa de escombros y ruinas.

Tu cielo azul me dará medicinas
y agua lustral tu translúcida fuente,
oh, ciudadela de luz de occidente 
que un corazón de poeta iluminas.

Han de mecer tus undívagas eras 
este batel de esperanza y ensueño 
que me donaron las hadas madrinas;

y si tus cumbres me quieren de veras 
me haré pequeño, pequeño, pequeño, 
por ser su gnomo de barbas endrinas.

III

Aves de un tiempo que fue, columbinas, 
harán revuelos hambrientas de grano 
y bajarán a posarse en la mano 
del Duende Verde de barbas endrinas.

Haré que canten tus viejas turbinas 
esa canción del recuerdo lejano 
al que otero y el río y el llano
dieron mortaja de azules neblinas.

Cuando el crepúsculo doble las rosas
me encontrarán adosado a tus muros
dando a los niños parábolas finas; 

mientras, subiendo, las sombras piadosas 
pondrán en torno a mis ojos obscuros
reminiscencias de barbas endrinas.




OSMUNDO ARRIOLA

Buen mayoral de rebaños 
de los cuidados pequeños, 
crucificado en los leños 
de sus silencios huraños.

Sumando años a sus años
y ensueños a sus ensueños, 
en musicales beleños 
columpia sus desengaños.

Arbol que ve en sus rasguños 
reverdecer los retoños
de los místicos cariños,

se yergue en cimeros terruños
acendrando sus otoños 
y hermanándose a los niños.




ELOGIO A COLOMBA

Haga un momento justicia 
la décima castellana
a la región que se ufana
de so gran virtud nutricia: 
a Celoinba, la propicia 
del Deméter al milagro. 
que vuelve gordo lo magro
y multiplica los brutos,
las maderas y los frutos
en los trigales del agro. 

Colcomba sexagenaria
que tienes sed de futuro,
granero del grano duro
que otorga la alquimia agraria, 
constelación milenaria 
de fértiles paraísos 
donde sólo son precisos 
el humus y el parvo afán 
para que tengan el pan
millares de hombres mestizos.

No conoce tu región
ni la miseria ni el hambre; 
ninguno sufre el calambre
que provoca la inacción.
Entregada con tesón 
a las rústicas faenas, 
tu gente olvida las penas 
que suele engendrar el día, 
con esa filosofía
que es don de las almas buenas.

Son tus agrestes recodos
ensenadas de hermosura; 
silo de belleza pura
son tus panoramas todos,
tus ortos y acasos modos 
de liturgias panteístas 
en que alados flautistas
acompañan al salterio
con que agradece el misterio 
al Supremo Ser, que existe.

Colomba, colmena rica
de un enjambre tempranero,
tu signo es fausto lucero
que fortunas edifica
para que en la Patria Chica 
tenga el bien quien lo demande, 
que por tus caminos ande
genio de las gloria; tuyas 
y que un día contribuyas 
al bien de la Patria Grande.




A XELAJU, LECHO DE DULCE MUERTE

Era en tu albergue de cristal bruñido 
y hallábame en la tierra agonizante. 
Tú tenías el cielo por delante
y yo tenía el túnel del olvido.

Agua de tu caudal amanecido,
luz de tu clima, leda y albicante,
fueron mi extremaunción en el instante
de hallar a Dios en el postrer latido.

Subía el humo de las chozas cuando
los dedos de una voz ultraterrena
fueron mis dulces párpados cerrando.

Y así morí, cuando morí, al abrigo
de tu montaña de murmurios llena
y en las vendimias del maíz y el trigo.




ROMANCE DEL "MILIPICO"

Al ricacho de mi pueblo
--buen verguero y mejor vino-;
al ricacho de mi pueblo
le llaman Milipico.

Tenía aspecto de lord 
-pulcro, flemático, altivo-;
tenía aspecto de lord 
o de director de circo.

Tuvo la mujer más linda 
y el brillante más florido,
tuvo la mujer más linda
y el caballo de más bríos.

...........................

Si jugó, si no jugó,
siendo ocioso al par del rico; 
si jugó, si no jugó 
ya no es hora de inquirirlo.

Que al comerse el patrimonio
sin adláteres ni adictos;
que al comerse el patrimonio
fue señor de su albedrío.

...........................

Tierra de Julián Rosal
-cielo de Juan Aparicio-;
tierra de Julián Rosal 
lo ocogió en su seno pío.

Buen Mariano Figueroa
tu epitafio no esta escrito;
buen Mariano Figueroa,
pero yo habré de escribirlo:

...........................

Nunca hiciste daño a nadie, 
que en esto eras como un niño;
nunca hiciste daño a nadie 
pintoresco Milipico.




EL CERRO QUEMADO

Catedral de pórfido en que Helios divino
fue Dios y custodia de un culto olvidado, 
cataclismo horrendo la redujo a escombros 
con el sobrenombre
de Cerro Quemado.

Ciudadela altiva de una estirpe fuerte
cuyo señorío sin par quiso un hado
castigar por siempre, de cólera ciego, 
bajo el mote humilde 
de Cerro Quemado.

Cuando yo era niño llegué a sus dinteles 
con el alma presa de estupor sagrado,
y escuché las arpas de la vida eterna
en el de profudis
del Cerro Quemado.

A mi adolescencia tendiósele el puente
del de ignotos evos castillo almenado,
desde cuyas torres el clarín cantaba
como ulula el viento 
del Cerro Quemado.

Y después la vida, veleidosa y dura,
me besó en la frente, me hirió en el costado
y me puse un manto color de heliotropo
cual los roquedales
del Cerro Quemado.

Ved cómo levanta, bruñidas de cielo, 
sus ríspidas moles el gran mutilado,
mientras las edades en sus jeroglíficos
narran la leyenda
del Cerro Quemado.

Vio llegar las huestes de los hombres rubios
que capitaneaba Pedro de Alvarado,
y al caer el héroe se escapó un sollozo
desde las entrañas
del Cerro Quemado.

Presenció la angustia de una tierra herida, 
las tribulaciones de un pueblo inmolado,
y del gran mutismo brotaron los trenes 
-nuevo Jeremías-
del Cerro Quemado.

Yo no sé si el llanto le nubló los ojos,
si las vestiduras le rasgó el cuitado;
sólo sé que en horas de infortunio inmenso
despertó la esfinge
del Cerro Quemado.

Vigía impasible que atisba el futuro
con el vientre hundido dentro del pasado,
tiene oculto un himno de júbilos hondos
la melancolía
del Cerro Quemado.




CANCION DEL MARINALÁ

Monta caballo rijoso 
-el alazán o el overo-
y hostígale los ijares 
a la salida del pueblo.
Tu novia te dijo adiós
con delantal retacero; 
si acaso la viste roja
no fue rubor, fue el reflejo
de las lenguas llamaradas 
del sol que se iba poniendo.
Y cuando el sol hizo mutis 
-toro arrastrado del ruedo-
como la yegua madrina
de una recua de luceros
se asomó en el horizonte
la luna llena de enero.

Luna llena en ondas 
del Marinalá,
diálogo de linfas
en la soledad.

No, caporal, no te fíes
de la mula pajarera,
que te la embrujó una noche
la sombra de un alma en pena. 
Mostén venía un domingo
bajando lunada cuesta 
cuando en el contrario rumbo 
vio un fantasma a la jineta 
que en busca de otro fantasma 
se plañía con voz hueca 
y la brisa, que traía
resabios de la molienda,
arrastrando el trasgo al río
lo hizo espuma entre las piedras,
pero aún llamaba al otro
que no apareció en escena.

Luna llena en ondas 
del Marinalá,
diálogo de linfas
en la soledad.

Al que vino de veinte años 
tiene entre pecho y espalda
y recios muslos de acero 
para asirse a la potranca,
lírico lo hace la luna 
como el sol a las cigarras. 
En la lengua unas canciones
que compuso en la montaña, 
por si en el camino hay treguas
lleva el instrumento al anca. 
¿Qué estará haciendo tu novia, 
caporal que me acompañas? 
Esta noche es como el negro
que tenía el alma blanca; 
cuando lleguemos al puente
beberemos luna clara,
ya que traes para el hambre
bastimento de guitarra.

Olor a cafetos
en pleno azahar, 
olor a molienda
que aledaña está...

Luna llena en ondas
del Marinalá, 
diálogo en la lengua
de la eternidad.




DE PROFUNDIS EN LA MUERTE DE ANTONIO MACHADO


"Con mi oración se inclina
hacia la tierra un corazón blasfemo.
Antonio Machado


I

Te veo frente a Dios, aunque yacente 
al amor de una encina castellana.
La eternidad como piadosa hermana 
pone un beso de luz sobre tu frente.

Alma de niño, corazón doliente 
ennoblecido de viudez soriana,
la alondra de tu mística mañana 
tenía sed y se ahogó en la fuente.

Hiciste arado del laúd señero
para sembrar en tierra de Castilla
la planta del amor meditabundo.

Mas Dios de pronto se te puso fiero
y aventó en vez de la ideal semilla
la simiente del odio sobre el mundo.


II

Te veo uncido a la ancestral cadena
que eslabonó en silencio la hidalguía, 
sangrar por llaga de melancolía, 
del circo nuevo mártir en la arena.

El mismo en el decoro y en la pena
-dueño de la raíz de Andalucía-,
respondiendo al dolor "¡qué importa un día!" 
sucumbiste de angustia nazarena.

En negra noche se astilló el espejo 
al que tu alma se asomó desnuda 
para el gozo del éxtasis divino.

Y al disolverse el fúnebre cortejo
más de un millón de muertos te saluda,
máximo hermano en el común destino.


III

Sembrado estaba el suelo de esmeraldas 
cuando ibas, vespertina filomela, 
camino de soñada Compostela 
bajo un ocaso de resedas gualdas.

Hacía un ángel para ti guirnaldas
de nubes vagarosas con la estela;
y de repente tras la azul cancela
se puso el ángel para ti de espaldas.

Y de repente en el exilio fiero
le vida puso a prueba tu coraje
y fenecer te vio sobre tu escudo.

Y al tenderte la mano el Dios ibero 
te vio Collioure ligero de equipaje, 
como el hiio del mar casi desnudo.



SED

Iba la sed por el yermo, 
la sed eterna y febril, 
soñando un agua desnuda 
que le dijera que sí.

Sonaba el agua entre guijas 
su cascabel de cristal, 
y la sed se hacía llamas
bajo el sol canicular.

le dijo la sed al agua:
-¡Qué iguales somos tú y yo!-
Y el agua que iba corriendo
le dijo a la sed que no.

Siguió el agua su camino
y, al verla esquiva correr,
dijo la sed: -Razón tienes... 
No es lo mismo agua que sed.

Fuego fatuo que me huyes 
mientras corro en pos de ti,
lo que el agua a la sed dijo
vas diciéndomelo a mí.

No se cansa el agua nunca
de correr tras la ilusión. 
Mendiga es la sed del agua,
y el agua dice que no.



ELOGIO DE UNA MUJER DETERMINADA


"Triste de ciencia antigua la sonrisa."
Ramón del Valle Inclán


Desciendes del país de la canela 
donde las auras lamen dulcedumbres
y donde a filo de lontanas cumbres
de la esperanza el espejismo riela. 
Desciendes de una tribu bisabuela 
que, a los vaivenes del azar sumisa, 
flota en el tiempo y el espacio a guisa 
de leve enseña de la estirpe humana
y cruza en la doliente caravana,
triste de ciencia antigua la sonrisa.

Hay pátina de siglos en el beso
que tiembla y se detiene entre tus labios.
Hay en tu acento nómades resabios,
matices de quien viene de regreso
de un lento y hondo y ancestral proceso 
de sed que aguza y de dolor que avisa.
Tienes la voz con que la profetisa 
desvelaba el oráculo de hinojos, 
quintaesencia de espíritu en los ojos,
triste de ciencia antigua la sonrisa.

Dátil de amor, de amor en los aduares
fuiste aprendiendo la lección un día, 
tórtola de la tierna cetrería 
con que el varón endulza sus pesares.
Ya eras en el Cantar de los Cantares
la hermana de la nébula y la brisa, 
la luz que entre las lágrimas se irisa,
la miel para el amante zahareño 
a quien le hacías desfruncir el ceño, 
triste de ciencia antigua la sonrisa.

Eres cisterna de silencio arcano,
linfa que entre las sombras se decanta,
vaho que de recóndita garganta 
sahuma un globo de cristal gitano. 
Tiendo ante ti el enigma de mi mano 
para que leas la expresión concisa 
de un alma errante que llevaba prisa
cuando te halló en las eses del camino
equilibrada en tu temblor divino,
triste de ciencia antigua la sonrisa.

La soledad en que la vida pasas
para ti está poblada de rumores. 
Palio de los monólogos mejores
cerca del mar y lejos de las casas
mortaja de ceniza de tus brasas, 
custodia de oro de la abstracta misa 
en que el bíblico Dios se te precisa, 
la soledad oliente a hierbabuena
te deja el alma límpida y serena, 
triste de ciencia antigua la sonrisa.



EXALTACIÓN DEL CARDO
"Da tus gracias a Dios,
oh sapo, pues qué eres"
Rubén Darío.


Cardo hirsuto, flor áspera,
jabalí de las flores,
anticristo del trébol.
Duende del reino vegetal, badajo
de una sorda campana de siniestros,
el mulador te da propicia sombra,
para soñar tus sueños agresivos
de espaldas a los muertos y a los vivos.

Tarántula cautiva
de unas ciegas raíces
de iracundia y encono.
Reloj del vendaval y la tormenta,
cuartel que a la intemperie se levanta
con su arsenal de innúmeros venablos, 
para librar con la inocencia un duelo
bajo la azul neutralidad del cielo.

Melpómene de pétalos
donde el presagio sella
sus signos de infortunio.
Estrella de los báratros sombríos
donde gime la envidia sus lacerías
y el chacal del rencor cruje sus dientes, 
en los dominios múltiples de Flora
simbolizas la Caja de Pandora.

Caín entre las flores 
de cándidas corolas
que el alado himenóptero
de miel sediento entre zumbidos busca.
Bandolero fatal de las melazas,
que de incautas criaturas en acecho,
en las que junto a ti pasan de largo
gustas clavar el aguijón amargo.

Pulpo de tierra, hermano
de los monstruos horrendos
del cosmos submarino,
es tu razón de ser herir con saña,
tu afán es la agresión y estas inmóvil, 
más, como un santo en oración, esperas
que hacia ti venga la candeal criatura
para regalo de tu aljaba impura.

Y no es verdad, oh humilde 
flor del erial, oh hermano
cardo, lo que te digo...
Dios. Como a mí, te resistió de espinas,
dio torvo sobrecejo a tu semblante
y una hostil apariencia a tus contornos; 
más dio a tu entraña, como a mí, una cosa:
la voluntad de dádiva gozosa.

Del inhóspito páramo
en el yermo mantillo
tus raíces se ahondan
por una ley sublime de la vida.
Tu existencia resume un evangelio,
y sólo aquel que crea al ser viviente
conocer puede las victorias mudas 
por las que al cielo en floración saludas.

Tu como muchos seres 
que en el cogollo llevan 
la cósmica armonía,
te alzas al sol, al numen de la tierra,
como la vida modeló tu forma,
donde el destino te asignó la cuna:
sin imán dulce, erizo, repelente,
más lleno de una gracia providente.

No importa, oh cardo estoico.
Mejor que yo lo sabes,
que sobre toda cosa
la voluntad de Dios está contigo.
La fantasía de las gentes vanas
ha forjado de ti símbolo adverso
del que hoy te libro en la virtud del canto,
pues los siglos te llaman cardo santo.

Mientras triunfal, la rosa
da su fragancia excelsa
en cáliz de alabastro,
y mientras fulge el lirio en los altares,
tú el no traído hasta el nivel ilustre
de las criaturas bellas y fruitivas,
sabes que por divino mandamiento
das a la gloria universal tu acento.

Yo como tú, flor áspera
de los eriazos fríos,
planta sin queja inútil 
sembré muy hondo mi raíz humana,
y aprendiendo de ti el estoicismo
con que acendras recónditas virtudes,
dentro del clan de los opacos seres 
destilo amor bajo mis alfileres.



DESDE MI VENTANA 

Pasa una mariposa,
pasan dos más, pasan tres, pasan cinco. 
Es toda un flotilla
de irisados velívolos
la que por el jardín evoluciona
y aterriza en las dalias y en los lirios, 
para volver a levantar de súbito
el vuelo fugitivo.
Yo, desde mi ventana las contemplo 
bañadas en los oros del estío.
Todo parece responder al júbilo
de las livianas volanderas: mirlos
que cantan, leves céfiros que soplan, 
juegos de luz en el cristal herido.
Y el hombre ¿que sutil óbolo brinda? 
A la fiesta estival, sino suspiros.

Y bien, todo ese mundo no se canta
nunca más, para siempre está prescrito. 
Quedó atrás el lugar común, la imagen
del jardin con lo suyo (eucaliptos
lepidópteros, pájaros y flores 
y el cenador fragante y el idilio).
Mas yo estoy asomado a mi ventana
y en la mano sostengo un hondo libro 
de una vasta inquietud subyugadora
y de un rumor de caracol divino. 
Si mi faz no revela a los mortales
de abatimiento o de ventura un signo,
soy un hombre de pie frente a la vida
con su raíz, su drama y su destino. 
Eso sí que se canta,
poetas, ser un hombre y estar vivo,
ser un hombre y amar, ser una lumbre 
y arder -bandera en asta- en el pabilo.

Corazón que en la tarde monologas,
tienes vigencia en el cordaje lírico
No pasarás. Tu voz profunda y grave
no ha de caer helada en el vacío:
otros vendrán a recoger sus rastros
de eternidad, sus ecos de infinito.
Todo cuanto este día te circunda
mudable es y fugaz y peregrino,
pero no tú, que con cincel monótono 
vas esculpiendo a Dios en tus latidos.



LOS HOMBRES Y LOS PÁJAROS

Ramas de robles
Grávidas de pájaros.
Pájaros vocingleros
que, al amor del ocaso,
quién sabe si de angustia o regocijo
vais llenando de albórbolas el ámbito.
A tono con vosotros,
de incandescencia cósmica me inflamo;
y cuando el alba anuncia
de un nuevo día el matinal milagro, 
a tono con vosotros 
siento a mi corazón romperse en cánticos.
Pájaros de la tarde hipnotizados
de luz en la candela del ocaso,
se avecina la noche
con su rumor arcano,
y el sueño del que un día
ya no despertaréis, dulces hermanos.
De vuestra algarabía misteriosa
no ha de guardar el viento un leve rastro;
de mi inquietud tampoco
quedará huella en tiempo ni en espacio.
Verterán otros seres sobre el mundo
las perlas de su risa o de su llanto,
y otras almas dirán sobrecogidas
las cláusulas ardientes de sus salmos.
Mientras la cuerda de la vida os dure,
cantad, mínimo seres, vuestros cantos.
Somos tan poca cosa 
los hombres y los pájaros...



EN SILENCIO

Tenía el libro abierto
por las postreras páginas,
y absorta, embebecida,
y en actitud romántica, 
sus ojos dilatábanse 
sobre las hojas blancas;
y en tanto que sus ojos sobre las blancas hojas
inmóviles estaban,
su espíritu las lindes cruzaba del ensueño. 
-¿Leía? -No. Soñaba...

La anciana madre estaba
enfrente de la niña,
y alzados los quevedos 
sobre la frente nítida, 
pensaba en las borrosas
memorias de su vida;
y absorto en las absortas pupilas de la virgen
su diáfana pupila,
sondeando en lo insondable sus íntimos anhelos.
-¿Soñaba? -No. Leía...




ESO

Aun sentía en el hombro 
el dolor de su peso; 
aun sentía en el aire
el dolor de aquel muerto 
y llevaba en mi mente
la obsesión, el recuerdo...

Ella hablaba del alma
y miraba hacia el cielo; 
yo pensaba que somos
cieno;
ella ingenua y cristiana,
yo, cristiano e ingenuo.

¡Oh, la eterna esperanza!
¡Oh, el doliente misterio! 
De la tierra venimos
y a la tierra volvemos. 
Ay, amada, eso somos, 
eso...

Pero ¿el alma...? -me dijo
algo eterno
es el alma. . . -Y miraba 
hacia el cielo.

El silencio era el alma 
de la noche... El silencio 
salmodiaba solemne 
su oración de misterio...

¡Oh, la angustia! ¡la angustia 
de la noche... y el miedo!
De la tierra venimos
y a la tierra volvemos.
Ay, amada eso somos...
¡ adorémonos!




EL VIAJE

Llama de los dos nutrida, 
era nostalgia de cielo; 
pero la vida es la vida
y nos bifurcó el anhelo.

Aconteció desde cuando
me dijo debo partirme, 
que yo me vi navegando
y ella quedó en tierra firme.

Después, el piélago zarco
del mar se tragó un tesoro;
mas yo soy quien va en el barco
y ella está aquí en donde moro.

Tal el cielo especular
que nuestros afanes cierra:
piensa ella sólo en la tierra, 
yo sólo pienso en el mar.

Dora mi umbral y su popa
lampo de lumbre quimérica: 
yo voy de incógnito a Europa, 
ella está oculta en América.

Bien puede el viaje emprender, 
del que no se vuelve nunca, 
ponerle losa al ayer, 
mientras el mañana trunca.

Que a la gran devoradora
transmutándole su presa, 
ella será quien me llora,
yo quien se duerme en la huesa.

Pues quien hurtármela quiso
no vio que en nuestro interior, 
sólo invirtió un paraíso,
dejándonoslo mejor.




MUERTE, CUANDO ME LLAMES

Muerte, cuando me llames encontrarás tranquilo 
mi corazón, serena verás mi fantasía. 
Tenso como una cuerda que da una melodía 
suave, cuando te plazca puedes cortar el hilo
de la existencia mía.

Cuando después, ¡oh, muerte!, de espiar por los balcones, 
de mi jardín ya pises las íntimas baldosas, 
no encontrarás un nudo de torpes ambiciones;
encontrarás canciones, 
hallarás una amable constelación de rosas.

¡Oh, muerte!, y sin embargo, cuán honda pesadumbre 
conturbará mi espíritu, que gran remordimiento 
cuando, ya de mis días al tramontar la cumbre, 
los lívidos visajes de tu segur vislumbre
iporque yo aré en el mar y edifiqué en el viento!

¡Oh, sí...! Cuando me llames, encontrarás dispuestos
mi barro a difundirse, mi espíritu a volar...
Pero sobre la losa que ha de cubrir mis restos
como epitafio, ¡oh, muerte!, ponme cualquiera de éstos: 
"Edificó en el aire", o bien: "Aró en el mar. ..".




QUIERO SEMBRAR PARA MI HIJO...

Yo reconozco mis errores
y me doblego a los rigores 
de la más pura contrición;
no es una cueva de rencores
mi corazón.

Sin una gota de veneno,
he sido malo por ser bueno; 
fuera más noble mi actitud, 
pero perdí el ritmo sereno
de la virtud...

De mis funestos desatinos,
el viejo mal de los molinos
de viento ha sido el más fatal: 
ser Don Quijote en los caminos
del bien y el mal.

Porque de bienes y de males, 
divinas manos paternales 
del Don Quijote celestial 
llevan las cuentas muy cabales
a cada cual.

¡Oh, mi Dios!, dame el regocijo 
del hombre justo, el rumbo fijo, 
de quien te sigue nada más. 
Quiero sembrar para mi hijo,
que viene atrás.




MADRIGAL EN VOZ BAJA

Mytyl, oh dulce hermana que me encontré en la vida,
tu espíritu de músicas y sedas me convida, 
tras un alado ascenso por claros interiores 
a darte un haz de estrellas como si fuesen flores
-aderezos de lágrimas trémulas cual luceros-;
a coger ilusiones blancas como corderos 
y bajo árboles húmedos por lunares senderos
familiares a Eros, abrir los pebeteros 
cálidos, del coloquio rendido y fraternal.
Afinidad de un orden divinamente astral 
en que el silencio es himno santo de las presencias, 
en que las almas cobran diáfanas transparencias,
en que las almas gozan la conjunción arcana
que a los dos nos inclina como a hermano y a hermana.

Tu alma, que es hermana, de las violetas, di
¿no tiene por su aroma mucho común a mí? 
¿Algo de la amatista que abre junto a glorietas
líricas en las noches de tristes y poetas? 
Esos musgos del alma, que prestan suavidad 
a tus ojos, silenciosos a tus labios, piedad, 
piedad de fresco bálsamo para lavar mancillas,
perfuman superficies amables y sencillas...

¿Fuiste, tal vez, mi novia en Cánope o en Sirio?
¿Quizá en el Paraíso tu espíritu era un lirio
virgen; un alba rosa, y el mío mariposa
que el perfume aspiraba del lirio o de la rosa?

¿En qué metempsicosis de evolutivos nortes 
fuimos dos nemorosas libélulas consortes;
un par de golondrinas, precursoras prístinas
de las de Becquer, sabias de héroes y heroínas?

¿Fuimos, acaso, en otro mundo, en edad remota
que en el arca de Cronos yace empolvada y rota,
hijas de un mismo padre y de una madre misma? 
¿Por qué esta honda cisterna, cuyo rumor me abisma, 
tiene un sabor de espíritu, como de viejos vinos 
que sed humana apura en cálices divinos?

¿No fue el martirologio de un cisma milenario,
en primitivos cultos, quien nos dictó un calvario
común y nuestras sangres tomando a un tiempo mismo,
nos hizo las dos alas de un muerto misticismo?

¿Por cuál biblia de ingenua, pálida teogonía,
cruzaron, las des juntas, tu silueta y la mía?
¡Yo ignoro en donde lates, honda sabiduría 
que la clave posees de una intuición tan mía
que rememora en vagos sueños cultos lejanos
y nos brinda a esta fácil afinidad de hermanos!

Viajes retrospectivos a través de sí propio
que procuren el sueño letárgico del opio...
vela en que hace el espíritu, como un nuevo Simbad, 
siete bellas jornadas hacia la eternidad...

Una tarde he sentido, estando los dos juntos,
el guión que nos une al pasado, los puntos,
los puntos suspensivos de un futuro en embrión 
y algo cual la promesa nupcial de un corazón...

Afán de otras estrellas, sed de nuevas escalas
en que, por estar juntos, volvamos a ser alas, 
alas que se remontan a planos superiores
donde florecen astros como si fuesen flores, 
donde las flores, puras, blancas como alabastros
descuellan rutilantes como si fuesen astros.

Y esa tarde he temido, con un fijo temor,
que el Padre me interrogue por mi hermana menor;
pues tal vez muchas veces te me has perdido por
corretear meteoros o coger una flor.



DECÁLOGO DEL BUEN QUETZALTECO 


I. Amarás a Dios sobre todas las cosas, con temor y ceñimiento a su alianza.

II. Profesarás el culto oblativo de la Patria: sobre los colores de su bandera pondrás una intención de sacrificio.

III. Llevarás en tu corazón la causa regional por la que se afanaron tus mayores; y en el ámbito y el horizonte de Los Altos no dejarás que decline el astro de la esperanza suprema.

IV. Sentirás en tu noble entraña la edificante dilección que de ti reclama tu tierra natal; y procurarás que ese amor no languidezca nunca en las gentes de tu casa.

V. Honrarás a los seres de tu sangre: los que fueron, los que son, los que serán.

VI. Serás estoico y honrado. Vivirás cada uno de tus días bajo el lema de Honor, Lealtad, Civismo y procurarás donde quiera que te encuentres no empañar sino dar lustre a la fama de la gran familia a que perteneces.

VII. Serás solidario para con las penas y los afanes de tus hermanos; los asistirás en sus infortunios, los estimularás en sus empresas, los amonestarás en sus caídas.

VIII. Te superarás constantemente en tus intenciones y en tus actos; pagarás tus deudas; procurarás ser una persona responsable y digna: el corazón cabal, la mente pura.

IX. Ejercerás sin cesar el espíritu de servicio. Serás humilde y eficaz en tu profesión o en tu trabajo. Pondrás decoro personal en tus compromisos.

X.Te apartarás todo lo humanamente posible de los vicios. Educarás tu voluntad y sembrarás en tu corazón la amapola de la alegría.



SALUDO A LA BANDERA 

Bandera Nuestra
a ti juramos devoción perdurable
y lealtad perenne y honor
y sacrificio y esperanza
hasta la hora de nuestra muerte
En nombre de la sangre y de la tierra
juramos mantener tu excelsitud
sobre todas las cosas
y en los prósperos días
y en los días adversos
y velar y aún morir
porque ondees perpetuamente
sobre una Patria digna.




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