martes, 26 de marzo de 2013

THÉOPHILE GAUTIER [9554]



Théophile Gautier
Pierre Jules Théophile Gautier fue un famoso poeta, dramaturgo, novelista, periodista, crítico literario y fotógrafo francés, nacido el 30 de agosto de 1811 y fallecido el 23 de octubre de 1872. Pese a ser un ardiente defensor del romanticismo, su obra tiene referencias del parnasianismo (del que fue fundador), el simbolismo y el modernismo.

Nació en la población de Tarbes situada en el departamento francés de Altos Pirineos (Hautes-Pyrénées), en el suroeste de Francia, mudándose a París en su infancia. En principio quiso ser pintor, pero sus inclinaciones literarias le llevaron a la poesía, entablando amistad posteriormente con Honore de Balzac y Victor Hugo. En el colegio conoció a Gérard de Nerval, con quien entabló lo que luego sería una larga amistad. Su poesía empezó a desarrollarse a partir de 1826 y comenzó a publicarla en periódicos como La Presse, entre otros. Alrededor de 1830 adoptó las ideas revolucionarias vigentes y vivió de forma bohemia. Llegó a pertenecer al grupo extravagante y excéntrico de artistas del "Le Petit Cénacle" al final del periodo junto con Gérard de Nerval, Alejandro Dumas, Petrus Borel, Alphonse Brot, Joseph Bouchardy y Philothée O’Neddy. También recibió la ayuda de Honoré de Balzac, quien le dio trabajo en la Chronique de Paris.
Durante toda su vida Gautier viajó por varios lugares del mundo entre los que destacan España, Italia, Turquía, Egipto y Argelia. Sus viajes influyeron en sus escritos, como Constantinopla, Viaje a España, Tesoros del Arte de Rusia o Viaje a Rusia. Los libros de viaje de Gautier se consideran de los mejores del siglo XIX por su estilo personal y su difusión de cultura de cada lugar. Cuando visitó España en 1840, finalizaba la Primera Guerra Carlista y fue elegido para cubrir la contienda como periodista, trabajo que consideró humillante. En su equipaje portaba un aparato fotográfico (daguerrotipo) con el que pretendía captar imágenes de su viaje. Nada se sabe de los resultados obtenidos, pues al parecer sus intentos fueron infructuosos.
Absorto en su trabajo tras la Revolución de 1848, escribió más de cien artículos en nueve meses. Su prestigio fue confirmado al ser nombrado director de la Revue de Paris entre 1851 y 1856. Durante este tiempo llega a ser periodista del Le Moniteur universel y tiene gran influencia en la revista L’Artiste. En 1865 fue admitido al prestigioso salón de la princesa Matilde Bonaparte, hija de Jerónimo Bonaparte y sobrina de Napoleón.
Pese a que fue rechazado tres veces por la Academia Francesa en 1867, 1868 y 1869 fue apoyado por el crítico literario más influyente de la época, Charles-Augustin Sainte-Beuve, quien lo consideró el mejor columnista de prensa del momento.
Gautier perteneció, junto con el poeta Charles Baudelaire y el Dr. Jacques Joseph Moreau, así como muchos otros literatos e intelectuales de su época, al club dedicado a la experimentación con drogas, principalmente hachís, llamado el Club des Hashischins. En un artículo publicado en Revue des Deux Mondes en 1846, Gautier detalló sus experimentos.
Theophile Gautier murió el 23 de octubre de 1872 y fue enterrado en el cementerio de Montmartre, París.

Obras publicadas

Arria Marcella, 1831 a 1863
Albertus, 1832
Mademoiselle de Maupin, 1835 a 1836
La muerta enamorada, 1836
La Comédie de la mort, 1838
Viaje a España, 1843
Émaux et camées, 1852 a 1872
Le Roman de la momie, 1858
Le Capitaine Fracasse, 1863
Constantinopla, 1853
Le chevalier double, 1863








A una joven italiana

Aquel mes de febrero tiritaba en su albura 
de la escarcha y la nieve; azotaba la lluvia 
con sus rachas el ángulo de los negros tejados; 
tú decías: ¡Dios mío! ¿Cuándo voy a poder 
encontrar en los bosques las violetas que quiero? 
Nuestro cielo es llorón, en las tierras de Francia 
la estación es friolera como si aún fuera invierno, 
y se sienta a la lumbre; París vive entre fango 
cuando en tan bellos meses ya Florencia desgrana 
sus tesoros que adorna un esmalte de hierba. 

Mira, el árbol negruzco su esqueleto perfila; 
se engañó tu alma cálida con su dulce calor; 
no hay violetas excepto en tus ojos azules, 
y no hay más primavera que tu rostro encendido.

Versión de Carlos Pujol







El arte

Sí, es más bella la obra trabajada 
con formas más rebeldes, como el verso, 
o el ónice o el mármol o el esmalte. 

¡Huyamos de postizas sujeciones! 
Pero acuérdate, oh Musa, de calzar, 
un estrecho coturno que te apriete. 

Rehúye siempre cualquier ritmo cómodo 
como un zapato demasiado grande 
en el que todo pie puede meterse. 

Y tú, escultor, rechaza la blandura 
del barro al que el pulgar puede dar forma, 
mientras la inspiración flota lejana; 

es mejor que te midas con carrara 
o con el paros * duro y exigente, 
que custodian los más puros contornos; 

o pídele quizá a Siracusa 
su bronce en que resalta firmemente 
el rasgo más altivo y delicioso; 

con la delicadeza de tu mano 
descubre dibujando en una veta 
de ágata el perfil del dios Apolo. 

Huye, pintor, de la acuarela y fija 
el color demasiado desvaído 
en el horno de los esmaltadores. 

Haz que sean azules las sirenas 
y retuerzan de cien modos distintos 
los heráldicos monstruos sus figuras; 

en el lóbulo triple de su nimbo, 
la Virgen con el Niño, en cuya mano 
hay la esfera con una cruz encima. 

Todo pasa. Tan sólo el arte fuerte 
posee la eternidad. Únicamente 
el busto sobrevive a la ciudad. 

Y la moneda rústica y austera 
que un labriego ha encontrado bajo tierra, 
recuerda que existió un emperador. 

Hasta los mismos dioses al fin mueren. 
Mas los versos perfectos permanecen 
y duran más que imágenes de bronce. 

Artista, esculpe, lima o bien cincela; 
que se selle tu sueño fluctuante 
en el bloque que opone resistencia.







El hipopótamo 

El hipopótamo de vientre enorme 
suele vivir en selvas como Java, 
y allí en el fondo de las cuevas hay 
monstruos que no se pueden ni soñar. 

La boa que se agita entre silbidos, 
el tigre que tan bien sabe rugir, 
el búfalo enfadado que resopla; 
él sólo duerme o pace siempre en calma. 

El kris y la azagaya no le asustan, 
contempla al hombre sin darse a la huida, 
se ríe del cipayo y de sus balas 
que no hieren su piel y que rebotan. 

Por eso yo soy como el hipopótamo; 
me protege mi fuerte convicción, 
armadura que me hace invulnerable, 
y así por el desierto ando sin miedo.







El traje rosa

Adoro la túnica rosa
en que va tu hermosura envuelta;
es el tibor de tu garganta;
es de tu cuerpo ánfora esbelta.

Frágil como una rosa thé,
leve como un ala de abeja,
toda te ciñe y te circunda
con rauda caricia bermeja.

A la seda tu piel trasmite
sus estremecimientos cálidos:
a tu piel la seda devuelve
reflejo de carmines pálidos.

-¿ Quién urdió la mágica tela
con hilos de tu carne misma,
en un misterio donde suman
luz, seda y piel un móvil prisma?

-¿Son los iris de la alborada;
o los nácares de Afrodita;
o los rubíes de tu seno
lo que en tu clámide se agita?

-¿Quizá las hebras se tiñeron
en tus corales de pudor,
cuando desnuda contemplabas
de tus líneas el esplendor?

Tú, despojada de esos velos
-soñada encarnación del arte-
ser podrías ante Canova
cual otra Venus Bonaparte.

No sé si eres urna de ónice
donde ávidos goces van presos,
o si lo que tu cuerpo ciñe
es una túnica de besos.

Versión de Carlos López Narváez







Humo

Bajo los árboles hay 
una choza corcovada; 
con el tejado vencido, 
rotas paredes y musgo 
en el umbral de la puerta. 

Ciega está por sus postigos 
la ventana, pero igual 
que cuando hace mucho frío 
se ve como un tibio aliento 
de la casa que respira. 

Un tirabuzón de humo 
gira en hilillos azules 
y así del alma encerrada 
en aquel tugurio lleva 
noticias frescas a Dios.







Las palomas

En el collado aquel de los sepulcros 
una palmera y su penacho verde 
se yerguen donde acuden las palomas 
a anidar por la noche y guarecerse. 

Con el alba desertan de las ramas: 
como un collar que se desgrana, vemos 
-blancas, dispersas, en el aire azul-
que algún tejado buscan aún más lejos. 

Todas las noches es un árbol mi alma 
donde se posan con las alas trémulas 
enjambres blancos de visiones locas 
para echar a volar cuando clarea.

Versión de Carlos Pujol







Lied

Es rosada la tierra en el abril, 
como la juventud, como el amor; 
y casi no se atreve, siendo virgen, 
a enamorarse de la Primavera. 

En junio, con un pálido semblante 
y el corazón turbado de deseos, 
con el Verano de tostada piel 
se apresura a ocultarse en los trigales. 

En agosto, bacante color cobre, 
al Otoño le ofrece sus dos pechos, 
con su piel atigrada se revuelca 
y hace brotar la sangre de las vides. 

En diciembre es la anciana que se encorva, 
empolvada de blanco por la escarcha; 
en sus sueños quisiera despertar 
al Invierno que ronca junto a ella.

Versión de Carlos Pujol







Lo que dicen las golondrinas 

Aquí y allá se ven las secas hojas 
sobre campos de hierba amarillenta; 
desde el alba a la noche el viento es fresco, 
éste es el fin del tiempo de verano. 

Veo abrirse las flores que conserva 
el jardín como un último tesoro: 
quiere lucir la dalia su divisa, 
la maravilla su dorada toca. 

La lluvia en el estanque hace burbujas; 
y tienen conciliábulos extraños 
las golondrinas sobre los tejados: 
¡Ya ha llegado el invierno con sus fríos! 

Se reúnen por cientos con el fin 
de llegar a un acuerdo sobre su éxodo. 
Una dice: «Qué bien se está en Atenas, 
viéndolo todo desde la muralla. 

Todos los años voy allí y anido en 
metopas del mismo Partenón. 
En los frisos mi nido disimula 
el hueco de una bala de cañón.» 

Otra dice: «Yo tengo mi cuartito 
en Esmirna, en el techo de un café; 
sus granos de ámbar cuentan los hayíes 
en el umbral que recalienta el sol. 

Entro y salgo, avezada como estoy 
a los rubios vapores de las pipas, 
y entre mares humosos rozo siempre 
los turbanes y feces al pasar.» 

Ésta dice: «Yo habito en un triglifo, 
en el frontón de un templo, allá en Baalbek; 
allí me poso y me sujeto, encima 
de mis crías de pico puntiagudo.» 

Otra dice: «Sabed mi dirección: 
Rodas, palacio de los caballeros; 
cada invierno mi tienda se alza allí 
en capiteles de negros pilares.» 

Y la quinta: «Yo voy a descansar, 
pues la edad no permite largos vuelos, 
en las blancas terrazas que hay en Malta, 
entre el azul del agua y el del cielo.» 

La sexta: «¡Hay que ver qué bien se está 
en El Cairo y sus altos minaretes! 
Recubro con el barro un ornamento 
y mi cuartel de invierno ya está listo.» 

«Pues yo tengo mi nido», dice la última 
«donde está la segunda catarata; 
el exacto lugar está indicado 
en el psen de un monarca de granito». 

«Mañana cuántas leguas», dicen todas, 
«nuestra bandada habrá dejado atrás, 
pardas llanuras, picos blancos, mares 
azules con bordados espumosos». 

Entre tanto chillido y aleteo, 
sobre estrechas cornisas de la altura, 
conversan entre sí las golondrinas 
viendo cómo la herrumbre invade el bosque. 

Comprendo las palabras que se dicen 
porque al fin el poeta es como un pájaro; 
pero, ay, está cautivo, y sus impulsos 
se rompen contra redes invisibles. 

¡Alas quiero tener, dadme unas alas!, 
como dice aquel cántico de Rückert, 
para volar con ellas hacia el oro 
del sol, hacia la primavera verde.







Paisaje

No se mueve ni una hoja, 
no hay ni un pájaro que cante, 
sobre el rojizo horizonte 
de vez en cuando un relámpago; 

a un lado algunos espinos, 
surcos a medio anegar, 
lienzos grises de murallas, 
sauces nudosos plegados; 

al otro un campo limita 
una zanja llena de agua, 
y hay una vieja cargada 
con un fardo muy pesado; 

luego el camino se pierde 
entre colinas azules, 
y lo mismo que una cinta 
se alarga en pliegues sinuosos.






Pastel

No me canso de veros en los marcos ovales, 
amarillos retratos de beldades de antaño 
en la mano unas rosas quizá ya un poco pálidas, 
como es propio de flores de cien años atrás. 

El invierno al rozar vuestras frescas mejillas 
marchitó lo que en ellas era lirio y clavel, 
ahora sólo lucís algún lunar de barro, 
y aquí estáis en los muelles, ensuciados, manchados. 

Aquel dulce reinado de las bellas pasó; 
tanto la Parabère como la Pompadour * 
sólo indóciles súbditos hoy tendrían tan sólo, 
y en sus mismos sepulcros también yace el amor. 

Pero, oh viejos retratos olvidados, aún 
os conmueve aspirar vuestra flor sin perfume, 
y podéis sonreír, melancólicamente 
recordando a galanes hace un siglo difuntos.

Versión de Carlos Pujol







Soneto japonés

Por subrayar, glorioso, de tu frente la albura
el Japón dio a tus ojos su más límpido añil;
la porcelana blanca no tiene la blancura
de tu cuello tan suave como terso marfil.

En tu rostro sedátil suave lampo fulgura;
es tu voz como el eco de las auras de abril,
y cuando te levantas, sonriendo, en mi negrura
eres luna de nácar que me alumbra sutil.

Hay núbiles anhelos en tu mirar de raso;
tu boca tiene púrpura de nubes en ocaso
y es tu nariz risueña la de gentil musmé.

Pareces una frágil sombrilla japonesa
y cerca de ti aspiro, mi lánguida princesa,
algo tan dulce y raro como el olor del té.

Versión de Carlos Pujol







Tristeza en mar 

Vuelan como jugando las gaviotas; 
y los blancos corceles de la mar, 
encabritados sobre el oleaje, 
sus despeinadas crines dan al aire. 

Cae la tarde y una fina lluvia 
apaga las hogueras de la noche; 
a su paso el vapor escupe hollín 
y abate su penacho largo y negro. 

Más pálido que el cielo sin color, 
me dirijo a la tierra del carbón, 
donde reinan la niebla y el suicidio; 
-Hace un tiempo ideal para matarse. 

Siento ahogarse mis ávidos deseos 
en el abismo amargo que blanquea; 
se arremolina el agua, danza el barco, 
el viento cada vez se hace más fresco. 

¡Está tan dolorida el alma mía! 
El océano se hincha, suspirando, 
y su desesperado pecho me parece 
como un amigo fiel que me comprende. 

¡Penas de amor perdidas, adelante, 
esperanzas truncadas, ilusiones 
apeadas de alturas ideales, 
podéis saltar hasta los surcos húmedos! 

¡Id al mar, sufrimientos del pasado 
que volvéis nuevamente para hurgar 
en vuestras cicatrices mal cerradas 
intentando otra vez que lloren sangre! 

Id al mar los fantasmas de mis sueños, 
congojas de mortales palideces 
en este corazón con siete espadas 
como lleva la Madre dolorosa. 

Cada fantasma se sumerge y lucha 
durante unos momentos con el agua 
que lo cubre al final de su voluta 
y lo engulle lanzando un gran sollozo. 

¡Oh, pesado equipaje, lastre de alma, 
tesoros miserables y queridos 
hundíos y después de este naufragio 
yo mismo os seguiré al fondo del mar!







Último deseo
Hace ya tanto tiempo que te adoro,
dieciocho años atrás son muchos días...
eres de color rosa, yo soy pálido,
yo soy invierno y tú la primavera.

Lilas blancas como en un camposanto
en torno de mis sienes florecieron,
y pronto invadirán todo el cabello
enmarcando la frente ya marchita.

Mi sol descolorido que declina
al fin se perderá en el horizonte,
y en la colina fúnebre, a lo lejos,
contemplo la morada que me espera.

Deja al menos que caiga de tus labios
sobre mis labios un tardío beso,
para que así una vez esté en mi tumba,
en paz el corazón pueda dormir.

Versión de Carlos Pujol




   




PRÉFACE

Pendant les guerres de l'empire,
Gœthe, au bruit du canon brutal,
Fit le Divan occidental,
Fraîche oasis où l'art respire.
Pour Nisami quittant Shakspeare,
Il se parfuma de çantal,
Et sur un mètre oriental
Nota le chant qu'Hudhud soupire.
Comme Gœthe sur son divan
A Weimar s'isolait des choses
Et d'Hafiz effeuillait les roses,
Sans prendre garde à l'ouragan
Qui fouettait mes vitres fermées,
Moi, j'ai fait Émaux et Camées.






A deux beaux yeux

Vous avez un regard singulier et charmant ; 
Comme la lune au fond du lac qui la reflète, 
Votre prunelle, où brille une humide paillette, 
Au coin de vos doux yeux roule languissamment ;

Ils semblent avoir pris ses feux au diamant ; 
Ils sont de plus belle eau qu'une perle parfaite, 
Et vos grands cils émus, de leur aile inquiète, 
Ne voilent qu'à demi leur vif rayonnement.

Mille petits amours, à leur miroir de flamme, 
Se viennent regarder et s'y trouvent plus beaux, 
Et les désirs y vont rallumer leurs flambeaux.

Ils sont si transparents, qu'ils laissent voir votre âme, 
Comme une fleur céleste au calice idéal 
Que l'on apercevrait à travers un cristal. 





A une robe rose

Que tu me plais dans cette robe
Qui te déshabille si bien,
Faisant jaillir ta gorge en globe,
Montrant tout nu ton bras païen !

Frêle comme une aile d'abeille,
Frais comme un coeur de rose-thé,
Son tissu, caresse vermeille,
Voltige autour de ta beauté.

De l'épiderme sur la soie
Glissent des frissons argentés,
Et l'étoffe à la chair renvoie
Ses éclairs roses reflétés.

D'où te vient cette robe étrange
Qui semble faite de ta chair,
Trame vivante qui mélange
Avec ta peau son rose clair ?

Est-ce à la rougeur de l'aurore,
A la coquille de Vénus,
Au bouton de sein près d'éclore,
Que sont pris ces tons inconnus ?

Ou bien l'étoffe est-elle teinte
Dans les roses de ta pudeur ?
Non ; vingt fois modelée et peinte,
Ta forme connaît sa splendeur.

Jetant le voile qui te pèse,
Réalité que l'art rêva,
Comme la princesse Borghèse
Tu poserais pour Canova.

Et ces plis roses sont les lèvres
De mes désirs inapaisés,
Mettant au corps dont tu les sèvres
Une tunique de baisers. 






Affinités secrètes

Dans le fronton d'un temple antique,
Deux blocs de marbre ont, trois mille ans,
Sur le fond bleu du ciel attique
Juxtaposé leurs rêves blancs ;

Dans la même nacre figées,
Larmes des flots pleurant Vénus,
Deux perles au gouffre plongées
Se sont dit des mots inconnus ;

Au frais Généralife écloses,
Sous le jet d'eau toujours en pleurs,
Du temps de Boabdil, deux roses
Ensemble ont fait jaser leurs fleurs ;

Sur les coupoles de Venise
Deux ramiers blancs aux pieds rosés,
Au nid où l'amour s'éternise
Un soir de mai se sont posés.

Marbre, perle, rose, colombe,
Tout se dissout, tout se détruit ;
La perle fond, le marbre tombe,
La fleur se fane et l'oiseau fuit.

En se quittant, chaque parcelle
S'en va dans le creuset profond
Grossir la pâte universelle
Faite des formes que Dieu fond.

Par de lentes métamorphoses,
Les marbres blancs en blanches chairs,
Les fleurs roses en lèvres roses
Se refont dans des corps divers.

Les ramiers de nouveau roucoulent
Au coeur de deux jeunes amants,
Et les perles en dents se moulent
Pour l'écrin des rires charmants.

De là naissent ces sympathies
Aux impérieuses douceurs,
Par qui les âmes averties
Partout se reconnaissent soeurs.

Docile à l'appel d'un arome,
D'un rayon ou d'une couleur,
L'atome vole vers l'atome
Comme l'abeille vers la fleur.

L'on se souvient des rêveries
Sur le fronton ou dans la mer,
Des conversations fleuries
Prés de la fontaine au flot clair,

Des baisers et des frissons d'ailes
Sur les dômes aux boules d'or,
Et les molécules fidèles
Se cherchent et s'aiment encor.

L'amour oublié se réveille,
Le passé vaguement renaît,
La fleur sur la bouche vermeille
Se respire et se reconnaît.

Dans la nacre où le rire brille,
La perle revoit sa blancheur ;
Sur une peau de jeune fille,
Le marbre ému sent sa fraîcheur.

Le ramier trouve une voix douce,
Echo de son gémissement,
Toute résistance s'émousse,
Et l'inconnu devient l'amant.

Vous devant qui je brûle et tremble,
Quel flot, quel fronton, quel rosier,
Quel dôme nous connut ensemble,
Perle ou marbre, fleur ou ramier ? 


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