sábado, 18 de mayo de 2013

OTONIEL NATARÉN [9842]



Otoniel Natarén 

El Progreso, Yoro, Honduras 1975. Estudia Literatura en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras en el Valle de Sula. Debutó como poeta en la colección de poemas "Los novísimos" en San Pedro Sula en el año 2002. Sus trabajos han sido publicados en revistas de la zona norte del país. Ha publicado La piel de la ternera (2009), y la muestra de poetas hondureños y cubanos Cuarta dimensión de la tarde (2011). Es fotógrafo y pintor.





de "La piel de la ternera"




DONDE SE SIENTAN LAS VARONAS

Nadie te observa,
nadie te recorre,
como si probaran de ti el color salado,
como si el viento ocultara secretos duraderos
mientras se disipa el aire que alivió nuestros fuegos.

Éste es el presente dado a la escarcha:
el descanso de la olvidada.

Aquí está la semilla que rechazaron las aves;
el muérdago, para quienes observan
los troncos y las ramas.

¿Cómo se llega a lo inevitable, varona?
¿Cómo se llega con esa pupila de rostro desencajado
quien te visita desde sus uñas, rara;
desconocida, porque no la conoce nadie,
incrédula, porque no cree en las edades y en las
desgracias;
viene con la mano de las dudas a tocar su cuerpo en
tus plumas.
¡Y pasó esto!, y, ¿cómo pudo pasar? ¡Qué hiciste!
Entró su cigarro nervioso;
entró a preparar café.

También fue harapienta y también fue perfumada
con la noche,
vino a palparlo todo.

Todos los riesgos los traía el hambre,
y todas las hambres se pudieran calmar.

¿Dónde queda el abismo,
la monotonía, y conserva un rumor parecido?

Por aquí se padece; se tirita en ese seno duro, el
ocaso:
sobre todo la obscuridad, hija de toda la nieve.

Allí aparecen las torres,
las refinerías, las luces,
el olor aceitoso de alguna rememoración,
y por algún resquicio, la silenciosa Eva, sonríe:
para ninguno fue creado el descontento.

Cruza la hoja palmeada,
el estuario,
reinas de vidrio en las ventanas;
ese sabor a pan de la humareda golpeando
en la alfombra de los autos.

Nada hay, abreviado, que no pueda influir en el
instante.

Hay quien murió engañado, y subió la pendiente;
y quien compró a este Señor los lagartos,
y quien se llevó uno de tus vestidos,
y otro, tu brazalete,
pero nadie sabe recordar la copla solitaria de tu
boca.

Debió ser tanta profundidad, tanta rueda,
tanta multitud dispersa por estas temperaturas,
y estos restos y estos caminos donde todo se olvida.

Por allí las cáscaras,
la visión cansada,
la adhesión excedida;
por herrumbre, por los viajes rutinarios.

Allí se vive enroscado a los rieles,
se habla a la hojarasca, se transcurre,
como si retrocedieran aquellos días a su escondrijo,
en cada vagón oxidado, con la misma penumbra.

En ella había una caricia que nos hacía falta.
Ella era de todos, y también era de nadie.
Abrazamos sus pasiones y sus besos desdichados.
¡Basta, entonces, de hablar con culpa en los
comedores!
¡Basta de señalar con culpa desde la estación de
espera!

¡Vayamos a ver lo nefasto,
vayamos a ver y tocar!

Por allí, en los bordes, se encuentra el osario.






ELLA

¡Cuántas veces la mozuela besa
y se reparte en el mundo su sonido!

La mujer se repite; la misma intensidad;
se acuesta, y el reposo la desgarra.

Está allí y observa, dormida, los astros,
se funde a las paredes o se sostiene de los muros.

Su boca espera,
responde a cierta sintonía,
responde blanda, y todos la toman,
y no se quisiera concluir la noche,
y no se quisiera despedir ninguno,
pero, viene la hora.

¡Despierta, despierta!, y también despierta la
serpiente.

Sale a la luz esa mujer, con la piel nueva,
extiende todas sus manos y consulta los relojes;
allí vienen todos los relojes con la hora imprecisa.

Se aleja y vuelve; y vuelve a desprenderse.

Ya no se fundirá al granito;
y pudiera esperar y pudiera besar infinitamente.

Es el rompimiento.

Ven a ver cómo se marcha.
Ven a ver una bandera tragada por las olas.

Los diluvios vinieron a destruirla,
a impedir el sueño;
y, ¡debiera retirarse!, dicen todos,
y se despedaza llorando.









LA PIEL DE LA TERNERA

Aquí comienza el libro,

los llamados de la piel;
de aquel encierro,
de aquella mujer;
el mismo deseo, el mismo encadenamiento,
cual si la bestia fuera,
cual si la bestia es,
donde desbocan los caballos.

Dios nos ampare a todos.

Dios se apiade cuando se frunza nuestra madera
y sólo el libro sobreviva.

Vayamos todos los demolidos,
los crápulas,
a reconocernos en nuestros cerrojos,
con las ventanas abiertas de nuestras almas
libertinas.

Vayamos a ser verdaderamente hipócritas
puesto que nada nos conmueve,
y trotamos el mundo, fementidos y rufianes.

Pero, algo guardamos del abandono;
porque algo nos conmovía;
algo nos llenaba de las ternuras,
y aunque, arrojados del seno,
alguna verdad se nos presentó amable,
para cumplir los días,
para tocar sus trompetas,
con nuestras supremas pieles en los supremos
pabellones,
cuando la voz le cante,
a ella carnal, sufriente, corruptible;
blanca y verdadera.







PETITE AMIE

Pobre Lelián

Yo digo que sus manos son hermosas,
y que un fogoso faro brille,
dándoles la grata luz del día.
Fueron mimosas, felinas,
bajo el beso de los árboles.
Luego amamos los parques tan vacíos
donde el cuerpo se explica
sin sus velos hacia aquel sueño eterno
en los umbríos,
con la boca de todos los consuelos.
¿Habías soñado esto?,
me decía, y el ebrio a quien escupen,
el chiflado, en brazos de ese aliento del pasado
con los ojos vacunos juraría
que estos versos de lira luminosa
la alzarán inmortal desde mi fosa.







LOS DESTELLOS DE LA FE TRANSIDA 

La lengua la suavizada carne de los besos,
todavía flor en la mirada pajiza de las reses;
algo de bestia o de canción
en el sueño rosáceo,
algo de sombra intermitente
por riscos y vaquerías, atravesando,
sobre patas, nerviosa;
todavía ternura asomada en los ojos desarticulados.
Y cabe la esperanza en un suspiro humedecido
y toda la tristura, y arroja noches
desde un abismo, sobre sus mejillas,
y resbalan mujeres secretas
de algún espacio en el equinoccio;
tan omitida y tan íntima de nuestros ojos,
sin alivio.
Y moribunda y puñal sanguíneo,
desde una ubre de luna,
clamara como una nube,
despeñándose.
“Este es el pergamino,
el blanco pan, la lámina donde trazaran el encanto,
mi ruina; mi desaforado temblor y los pétalos:
ésta es la piel, los labios de la tierra,
el beso perdido, el beso anhelado.”
De su dedo en la ardiente atmósfera,
—el abrazo helado a las llamas—
el abrazo desesperado del dolor:
el dolor fosforesce en las heridas amargas.
Habría recorrido la noche buscando en sus cámaras;
declina su figura, y declina su serenidad,
se descalabra; habría encontrado un sonido,
una distracción; era fiel a cierto espejismo,
a cierta blancura: por posarse, fría y ruin,
en la ternera, no comía, no dormía,
se moría de sequía.
Y clamara, entonces:
¡Tengo sed! ¡Estoy hambrienta!,
y arrastrara su inquietud por los corredores:
un deseo, un tormento pendiendo de algún hilo;
y deriva un roce, una sacudida, un desprendimiento.
Quien llamara a voces y vimos con los ojos desgastados
y la palidez: un mundo que era escaso, y no le satisfizo.







UNO QUIEN CIERRA SU BOCA

Esto es lo que sigue, no más apresuramientos;
yo te serviré el café, el de los atardeceres,
el de las calderas donde reposamos los caídos,
porque llega la hora con la llave rutilante.
Calcula y remueve el remache el gran orfebre;
y espera con ansia en los atrios del cosmos;
y vendrá a preguntar por nuestra divinidad harapienta.
Vendrán también a olvidar su dios los trémulos,
los de la niebla, a dormir su siesta desdichada,
donde Ella no está, a la hora donde siempre
será tarde para la mesa.
Porque crecen las deudas y el hambre,
y somos groseras deudas.



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