martes, 10 de febrero de 2015

CONCEPCIÓN ARENAL [14.815]


Concepción Arenal

Concepción Arenal Ponte1 (Ferrol, 31 de enero de 1820 - Vigo, 4 de febrero de 1893) fue una importante escritora española realista vinculada al pionero movimiento feminista de finales del siglo XIX.

Nacida en una casa del barrio conocido como Ferrol Viejo, su padre, Ángel Arenal Cuesta, fue un eminente militar (sargento mayor, rango equivalente al de Teniente Coronel con funciones mixtas de Intervención e Intendencia) que sufrió muchas veces represión por su ideología liberal y por estar en contra del régimen absolutista del rey Fernando VII. A consecuencia de sus estancias en prisión, cayó enfermo y murió en 1829, por lo que Concepción quedó huérfana de padre a los 9 años. En ese mismo año, marchó con su madre, María Concepción Ponte Mandiá Tenreiro y sus dos hermanas, Luisa y Antonia, a Armaño (Cantabria), a casa de su abuela paterna, donde recibió una férrea formación religiosa. Un año después, falleció su hermana Luisa. En 1834 se trasladaron a Madrid, con ayuda de su pariente Antonio Tenreiro, segundo Conde de Vigo, donde Concepción estudió en un colegio para señoritas. Siete años después entró, contra la voluntad de su madre, como oyente en la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Madrid, vistiendo ropas masculinas, puesto que en la época la educación universitaria estaba vetada a las mujeres. Vestida también de hombre, Concepción participó en tertulias políticas y literarias, luchando así contra lo establecido en la época para la condición femenina.

Acabada la carrera, se casó en 1848 con el también abogado y escritor Fernando García Carrasco. Años después, colaboraron juntos en el periódico liberal La Iberia, hasta que en 1857 su esposo falleció de tuberculosis. Concepción, viuda y con dos hijos (Fernando, 1850 y Ramón, 1852), se trasladó a Potes (Cantabria), donde conoció a un joven músico, Jesús de Monasterio, alumno de Santiago Masarnau Fernández, primer presidente de las Conferencias de San Vicente de Paúl, quien la invitó a fundar en 1859 el grupo femenino de las Conferencias de San Vicente de Paúl para ayuda de los pobres. Para ellas, Concepción escribe en 1860, La beneficencia, la filantropía y la caridad, que dedicó a la Condesa de Espoz y Mina, y que presentó al concurso convocado por la Academia de Ciencias Morales y Políticas, bajo el nombre de su hijo Fernando, que tenía entonces 10 años. Después de una serie de conflictos sobre la forma incorrecta de introducir su escrito en el concurso, se le concedió el premio y fue la primera mujer premiada por la Academia.

En 1863, se convirtió también en la primera mujer que recibió el título de Visitadora de Cárceles de Mujeres, cargo que ostentó hasta 1865. Posteriormente publicó libros de poesía y ensayo, como Cartas a los delincuentes (1865), Oda a la esclavitud (1866) —que fue premiada por la Sociedad Abolicionista de Madrid—, El reo, el pueblo y el verdugo o La ejecución de la pena de muerte (1867). En 1868, fue nombrada Inspectora de Casas de Corrección de Mujeres y tres años después, en 1871, comenzó a colaborar con la revista La Voz de la Caridad, de Madrid, en la que escribió durante catorce años sobre las miserias del mundo que la rodeaba.

En 1872 fundó la Constructora Benéfica, una sociedad dedicada a la construcción de casas baratas para obreros. Posteriormente también colaboró organizando en España la Cruz Roja del Socorro, para los heridos de las guerras carlistas, al frente de un hospital de campaña para los heridos de guerra en Miranda de Ebro. En 1877, publicó Estudios Penitenciarios.

Con Concepción Arenal, nació el feminismo en España. Como los krausistas, otorga a la educación e instrucción de la mujer un papel fundamental, pues Concepción dijo que la mujer no tiene otra carrera que el matrimonio, ya que los hombres aprenden un oficio y las mujeres no. Los oficios que la mujer puede desempeñar serían:relojera, tenedora de libros de comercio, pintora de loza, maestra, farmacéutica, abogada, médica de niños y mujeres y sacerdote (no monja). Nunca se debe dedicar a la política ni a la vida militar. Instrucción que la mujer debe procurar, pues dirá de los hombres que tienen inclinaciones de sultán, reminiscencias de salvaje y pretensiones de sacerdote. Las críticas que dirige al clero fueron: En general es muy ignorante, no querer a la mujer instruida, es mejor auxiliar, mantenerla en la ignorancia. Concepción Arenal, una pensadora del catolicismo social, como muestra en La Voz de la caridad, y como tal la reivindica el jesuita J. Alarcón en Razón y Fe, 1900-1902, al ser el ideal de un feminismo aceptable, por ser genuinamente español e íntegramente católico. Concepción Arenal, autora poco leída y citada de forma descontextualizada, fue para la mayoría de los católicos de su época una heterodoxa. Con la creación de la Acción Católica de la Mujer, el feminismo católico y conservador propugnado por el Movimiento católico, realizará una constante labor de hostigamiento al feminismo católico y reformista arenaliano, que a principios del siglo XX representa la Asociación Nacional de Mujeres Españolas.

Concepción Arenal actuó como intermediaria de la Reina María Victoria de España, que desde el exilio, siguió hasta el último instante de su vida mandando muchas ayudas para españoles necesitados, con la exigencia de que los donativos se hicieran anónimamente.

Murió el 4 de febrero de 1893 en Vigo (Pontevedra), donde fue enterrada. Es su epitafio el lema que la acompañó durante toda su vida: A la virtud, a una vida, a la ciencia. Sin embargo, su frase más celebre fue probablemente Odia el delito y compadece al delincuente, que resume su visión de los delincuentes como el producto de una sociedad reprimida y represora.

Obra

Fábulas en verso originales, Madrid, Tomás Fortanet. 1851.
La beneficencia, la filantropía y la caridad, Madrid, Imprenta del Colegio de Sordo-Mudos y de Ciegos, 1861.
Manual del visitador del pobre, Madrid, Imprenta de Tejado, 1863.
Manuel du visiteur du pauvre, París, Ambroise Bray Libraire-Editeur, 1864.
Cartas a los delincuentes, La Coruña, Imprenta del Hospicio, 1865.
El reo, el pueblo y el verdugo, o la ejecución pública de la pena de muerte, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Estrada, Díaz y López, 1867.
La voz que clama en el desierto, La Coruña, Tipografía de la Casa de Misericordia, 1868.
Examen de las bases aprobadas por las Cortes, para la reforma de las prisiones, Madrid, Imprenta de la Revista de Legislación, 1869.
La mujer del porvenir. Artículos sobre las conferencias dominicales para la educación de la mujer, celebradas en el Paraninfo de la Universidad de Madrid, Sevilla-Madrid, Eduardo Perié-Félix Perié, 1869.
Estudios penitenciarios, Madrid, Imprenta de T. Fortanet, 1877.
La cárcel llamada Modelo, Madrid, Imprenta de T. Fortanet, 1877.
Las colonias penales de la Australia y la pena de deportación, Madrid, Imprenta y Librería de Eduardo Martínez, 1877.
La récidive en Espagne, Bulletin de la Société Générale des Prisons, 6 (junio de 1878), p. 575-586.
Ensayo sobre el derecho de gentes, Madrid, Imprenta de la Revista de Legislación, 1879.
Hay Irlanda, pero no Cobden, La Ilustración Gallega y Asturiana, 34 (8 de diciembre de 1880), p. 418-419.
Mi vida. A... que me pedía con insistencia apuntes para escribir mi biografía, La Ilustración Gallega y Asturiana, 31 (8 de noviembre de 1880), p. 385.
Cuadros de la guerra, Ávila, Imprenta de la Propaganda Literaria, 1880.
La cuestión social. Cartas a un obrero y a un señor, Ávila, Imprenta de la Propaganda Literaria, 1880.
La instrucción del pueblo, Madrid, Real Academia de Ciencias Morales y Políticas (Tip. Guttenberg), 1881.
Lettre à M. Le Directeur General de L’Administration Pénitentiaire D’Espagne, Bulletin de la Société Générale des Prisons, 4 (abril de 1883), p. 468-475.
La mujer de su casa, Madrid, Gras y Compañía Editores, 1883.
Idea del cielo, en Almanaque de las damas para 1885, Puerto Rico, Imprenta y Librería de José González Font, 1884.
Clinique criminelle, Bulletin de la Société Générale des Prisons, nº 7 (noviembre de 1886), p. 857-866.
Psychologie comparée du délinquant, Bulletin de la Société Générale des Prisons, 5 (mayo de 1886), p. 647-655.
La educación de la mujer, Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, T. XVI (1892), p. 305-312.
El delito colectivo, Madrid, La España Moderna, 1892.
Manuel du visiteur du prisonnier, París, Au Secrétariat de l’Oeuvre des Libérées de Saint-Lazare, 1893.
El visitador del preso, Madrid, La España Moderna, 1894.
Obras Completas, Madrid, Librería de Victoriano Suárez, 1894-1913.
Estado actual de la mujer en España, Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, T. XIX (1895 ), p. 239-252.
Informes presentados en los Congresos Penitenciarios de Estocolmo, Roma, San Petersburgo y Amberes, Madrid, Librería de Victoriano Suárez, 1896.
El pauperismo, Madrid, Librería de Victoriano Suárez, 1897.
A Méndez Núñez, en Vigo y Doña Concepción Arenal. El libro de la velada (10 de septiembre de 1897), Madrid, Establecimiento Tipográfico de la viuda e hijos de Manuel Tello, 1898.
La igualdad social y política y sus relaciones con la libertad, Madrid, Librería de Victoriano Suárez, 1898.
Juicio crítico de las obras de Feijoo, en Antología popular, Buenos Aires, Editorial Galicia, 1966.
Dios y libertad, Pontevedra, Diputación Provincial, 1996.






EL SOBRIO Y EL GLOTÓN

Había en un lugarón
Dos hombres de mucha edad,
Uno de gran sobriedad
Y el otro gran comilón.

La mejor salud del mundo
Gozaba siempre el primero.
Estando de Enero a Enero
Débil y enteco el segundo.

«¿Por qué el tragón dijo un día 
Comiendo yo mucho más
Tú mucho más gordo estás?
No lo comprendo a fe mía.»

«Es le replicó el frugal 
Y muy presente lo ten,
Porque yo digiero bien,
Porque tú digieres mal.»

Haga de esto aplicación
El pedante presumido
Si porque mucho ha leído
Cree tener instrucción,

Y siempre que a juzgar fuere
La regla para sí tome:
No nutre lo que se come
Sino lo que se digiere.



EL RÍO Y EL ARROYO

Naciendo uno de ella al par
El otro en remoto suelo,
Un río y un arroyuelo
Llegaban juntos al mar.

En ancho cauce y profundo
Turbio corría el primero;
Estrecho, claro y somero
Deslizábase el segundo.

Huyendo la muchedumbre
Y de un niño en compañía,
Un hombre a dar acudía
Su paseo de costumbre.

Este rato de solaz
Aprovechóle en correr,
Hizo gana de beber
Y beber quiso el rapaz.

Díjole el padre: «No ves
Que estás en sudor bañado?
Reposa un tanto a mi lado
Para que bebas después».

El muchacho obedeció,
Que era de condición buena,
Y sentándose en la arena
A refrescarse esperó.

Como está impaciente, muda
Una y otra vez de asiento,
Mas parándose un momento,
Formal expone una duda:

«Por qué será, padre mío,
Esto que siempre reparo?:
¿Cómo está el arroyo claro
Y no lo está nunca el río?.»

«Hijo, allí cerca del mar
Nace puro el arroyuelo,
Y nada encuentra en el suelo
Con que se pueda enturbiar;

Si hallare casualmente
Tierra que enturbiarle deba,
Nunca a los mares la lleva
Su escasa y débil corriente.

Viene de lejanas tierras
Este río caudaloso
Y por terreno fangoso
Y por montes y por sierras.

Y pasa por las ciudades
Cuya inmundicia, hijo mío,
Enturbia el agua del río
Como el alma sus maldades.

Y más la orilla dilata
Y cada vez más potente,
Su irresistible corriente
Todo al pasar lo arrebata.

Enturbiado éste y profundo,
Claro y no profundo aquél,
Nos presenta un cuadro fiel
De lo que pasa en el mundo:

El que apacible y serena
Busca sencilla la vida,
¿Habrá cosa que le impida
Hallarla dichosa y buena?

Mas sintiendo la inquietud
De alguna grande pasión
Peligra en el corazón
La ventura y la virtud.

No olvides nunca, hijo mío,
Que es difícil, te lo juro,
Ser como el arroyo puro
Y ser grande como el río.»



EL OSO Y EL LOBO

En la cristalina fuente
Que tan pura el agua lleva
En su rápida corriente,
Y se llama río Deva
Cuando llega al mar potente.

Y de Julio caluroso
Como a las doce del día,
Llegó a beber presuroso
De un lobo en la compañía
Grande y corpulento un oso.

El aura suave y pura,
la pradera florida,
la fuente que murmura,
Todo a descansar convida
Y paz ofrece y ventura.

Sentáronse a descansar
El lobo y el oso juntos
No viendo a nadie llegar,
Y después de otros asuntos
Pónense de éste a tratar:

«Ya me acerco a la vejez,
Dijo el lobo y por más traza
Que en ello pongo, ¡pardiez!,
Cada día hay menos caza
Y más hambre cada vez.

Pasan del Abril las flores,
Pasan las nieves de Enero
Sin que en estos alredores
Logre atrapar un cordero
A los malditos pastores.»

«Te está muy bien empleado,
Respondióle grave el oso ,
¿Por qué, del hambre acosado,
no has de tragar, melindroso,
De yerba un solo bocado?

¿Por qué no comes manzanas
Ni peras, ni moscatel,
Que de nombrarle entro en ganas,
Ni maíz, ni rica miel,
ni cerezas, ni avellanas?

¿Tiene de razón asomo
Tu carnicera manía?
Come de todo, cual como,
Que si no, por vida mía,
Flaco has de tener el lomo.

Si acaso de hambre te mueres
De mi cariño leal
Ni el menor auxilio esperes;
No es lo que te pasa un mal
Sino porque tú lo quieres».

Mas el lobo replicó:
«Si comer frutas no puedo.»
«Pues qué, ¿no las como yo?
No auxiliaré, no haya miedo,
al que la razón no oyó.»

Así hallamos en la vida
Moralistas como el oso
Que intentan, cosa es sabida,
Con aire majestuoso
Cortarnos a su medida.

Poco es que la humanidad
Contra sus dogmas arguya;
No hay otra felicidad
Ni otra razón que la suya,
Ni tampoco otra verdad.

Si de un pecho dolorido
No comprenden la amargura
Exclaman: ¡dolor fingido!
Y es necedad o locura
La pasión que no han sentido.

Por no sé qué facultad
Del mundo se juzgan dueños,
Y su grave necedad
creced, dice a los pequeños,
y a los grandes, acortad.

Años hace que le oí
Decir como regla a un viejo
Y la guardé para mí,
Que el sabio al dar un consejo
Se acuerda poco de sí.



EL LEÓN ENFERMO

Enfermo y gravemente
De los bosques hallóse el soberano
LEON, como decimos vulgarmente.

Su estómago, hasta allí cual pocos sano,
Ni el más leve sustento digería
Sin dolor infinito,
Aunque su majestad sólo comía
Lechón, tierno cordero, algún cabrito.

Si era efecto del tiempo esta dolencia,
Si de grave pesar, de incontinencia
O del rudo trabajo y los desvelos
Con que, grato a los dioses, se afanaba
El cetro a sostener de sus abuelos
Para el público bien y por su gloria,
Es un punto dudoso de la historia.

Mas lo que está probado
De un modo positivo y concluyente
Es que, al verse doliente,
Tuvo su majestad la extraña idea
De reunir al punto una asamblea
Y en ella discutir de cuál sustento
A su estómago débil convendría,
Y de cuál se abstendría
Por nocivo e indigesto.

La turba cortesana, por supuesto,
Al escuchar del rey el pensamiento
Le pareció muy bien, según costumbre.
Envíanse correos
Que veloces recorran los estados
Para que diputados
Envíe cada especie al gran congreso.

Reunida por fin la muchedumbre
Jura dar en conciencia
Su humilde parecer, de cuyo peso
Será juez el monarca; y él primero
Expone con voz débil su dolencia.
Hablar le toca, y habla un carnicero
Diciendo que el enfermo se alimente
Con abundante carne ensangrentada.

Levántase otro que de aquel disiente,
Pues aunque sea cierto
Que es la carne alimento grato y sano,
Más saludable fuera al soberano
De animal que ya días lleve muerto.
Un herbívoro en turno estaba luego,
El cual, con voz sonora y mucho fuego,
Dijo que el rey en breve moriría
Si obstinado seguía
Cubriendo de cadáveres su mesa.

«La verde yerba, la sabrosa fruta,
El rubio grano y el panal dorado,
Que la vista recrea y embelesa,
Decía el oso le darán la vida.»
Fue su idea aplaudida
Pero trabóse en breve una disputa
Entre los pitagóricos señores.

El maíz, la cebada y el centeno,
La uva, la castaña, la bellota,
El regaliz, el heno
Y cuantos vegetales
Alimenta la tierra en su ancho seno,
Tuvieron, entre aquellos animales,
Fieles, si no ilustrados defensores.

Y cada cual al rey le recetaba
El alimento mismo que él usaba.
Después de mucho tiempo y gran ruido,
El punto dio su majestad leonesa
Por suficientemente discutido:
Le puso a votación y con gran priesa
En lugar de pesar, los votos cuenta.

La Prudencia (aunque extraña cosa sea
Verla en una asamblea)
Estaba allí (de paso, por supuesto),
Que en tales reuniones no se sienta.
E imponiendo silencio con un gesto:
«Rey infeliz, le dijo eres perdido
Si en recibir consejo así consientes
De seres que de ti son diferentes;
Y una vez que consejo hayas pedido
Tienes tan poco seso
Que el número calculas y no el peso.»

El monarca la oyó sin hacer caso
Y, viendo que de aquellos animales
El número menor por carne estaba,
Resolvióse a vivir de vegetales.

Pero el nuevo alimento
De tal modo al monarca repugnaba
Que muy poco tragaba
Y eso con asco mucho y gran tormento.
A poco que este plan hubo entablado
Murió de inanición el desdichado.

Cuando muchos votos son
Como eran en esta historia,
No cuentes con la memoria
Pésalos con la razón;

Ni busques jamás consejo
En hombre que no es tu igual,
Aconsejarate mal
Aunque bueno, sabio y viejo,

Cada cual juzga por sí;
Dirate la verdad fiel,
Pero ¿qué verdad? La de él,
Que no es verdad para ti.



LA PERA VERDE Y PODRIDA

Iba un día con su abuelo
Paseando un colegial,
Y debajo de un peral
Halló una pera en el suelo.

Mírala, cógela, muerde,
Mas presto arroja el bocado
Que muy podrido de un lado
Estaba, y del otro verde.

«Abuelo, ¿cómo será
Decía el chico escupiendo 
Que esta pera que estoy viendo
Podrida aunque verde está?.»

El anciano con dulzura
Dijo: «Vínole ese mal
Por caerse del peral
Sin que estuviera madura.»

Lo propio sucede al necio
Que estando en la adolescencia
Desatiende la prudencia
De sus padres con desprecio.

Al que en sí propio confía
Como en recurso fecundo
E ignorando lo que es inundo
Engólfase en él sin guía.

Quien así intenta negar
La veneración debida
En el campo de la vida
Se pudre sin madurar.



LA VERDAD EN LA FERIA

Polvos de no envejecer
Pregonaba en una feria
Un hombre de mejor traza
Que tienen por común regla
Los que a explotar se dedican
La credulidad ajena.

Unos por ver cómo miente,
Otros por ver qué revela,
Los más sin saber por qué,
En gran número le cercan.
El repite su pregón
Diciendo que la experiencia
Excepción no ha presentado
Ninguna, grande o pequeña,
Que la admirable eficacia
De aquellos polvos desmienta.

Crece la curiosidad,
Crece la bulla y la gresca,
Unos empujan y ríen
En tanto que otros reniegan;

En fin, otros impacientes
Sacan algunas monedas
Y al punto en cambio reciben
De los polvos la receta.

Desdobláronla curiosos
E impacientes de leerla.

Decía así: «Corporal
La gallardía y la fuerza,
Los atractivos y encantos
De eso que llaman belleza

Gócese mientras se tiene,
Mas siempre en poco se tenga,
Que en breve el tiempo la arrastra
Como el viento una hoja seca.

Mas la hermosura del alma
El tiempo no se la lleva.

Quien aprende lo que es útil
Y lo que sabe aprovecha,
Quien conforme a su aptitud
Cultiva el arte o la ciencia,

Quien de las malas pasiones
El perverso instinto enfrena,
La felicidad buscando
Donde estar puede, en las buenas,

Sus atractivos hará
Que estén del tiempo a la prueba,
Y aquí de no envejecer
El gran secreto se encierra.»

La gente que se esperaba
Hallar cosas estupendas
Grita del chasco corrida:
«¡Pues trae noticias frescas!
¿Y por esto el gran bribón
Nuestro dinero nos lleva?»

Enarbolan los garrotes,
Amenázanle con piedras,
El hombre ya intimidado
Les devuelve las monedas
Y huyendo la silba y grita
Vase a la casa más cerca.

Era el amo hombre discreto
De buen juicio y alma recta,
Y acogiéndole benigno
Le dijo de esta manera:

«¡Pero hombre de mis pecados!
¿Habéis tenido la idea
De dar al pueblo razones
Cuando prodigios desea
Y creído que a pagarlas
Iba en corriente moneda?

Dijérais que vuestros polvos
Se hacían con unas yerbas
Que crecen en las orillas
De un río que corre en Persia,

Mezclando el asta de un ciervo
Que viene de Filadelfia,
El pico de un avestruz,
El diente de una culebra,

Y una lava portentosa
Que de Islandia se acarrea,
Cogida con grave riesgo
De los cráteres del Yecla.

Con estos y otros dislates
Quedara muy satisfecha
La gente, buscara luego
El pico, el diente, las yerbas

Y el mineral, por boticas,
Por droguerías y tiendas,
Y vos quedarais pagado
Dejándola así contenta.»

«¿Y después?. «Se iban a casa».
«¿Y yo?». «Ibais a otra feria».
«¿Que debe mentirse al vulgo
Sacáis en consecuencia?»

«No lo digo hablando en serio
Aunque tal vez lo merezca,
Ya que aplaude al que le engaña
Y escarnece al que le enseña.

Mas digo que la razón,
Y esto propio afirma ella,
Es género poco usado
Que no halla en la plaza venta,
Y reservarle es cordura
Para alguno que le quiera.»

«¿Y vivir oscurecido
Y tal vez en la miseria?»
«Es posible». «¿Y presenciar
De un impostor la opulencia?»

Posible también». «¿Y ver
Cómo una inmoral leyenda
En que el misterio del crimen
Con cinismo se revela,

Una historia monstruosa
De insulsas fábulas llena,
Un drama que ni el pudor
Ni el buen sentido respeta,

Otro que acordarnos hace
Del gran cerco de Viena
A sus autores procuran
Honores, fama y hacienda,
Mientras oscuro y hambriento
Sucumbe un hombre de ciencia?

Yo creí que la excepción
Esa que decís fuera
Y lo juzgo todavía.»
«Pues amigo, no, es la regla.»

«¿Y pensáis que tal desorden
Mucho tiempo durar pueda?»
«No sólo temo que dure.»
«¿Pues qué teméis?» «Que crezca.

¿Por ventura se estimula
Con honores ni riquezas
Al que en útiles estudios
Consume su vida entera?

¿Por ventura se persigue,
Ni aun en la forma indirecta,
Al que especula en decir
Lo que ignorarse debiera,

Y del crimen al formar
La escandalosa epopeya,
No bastándole copiar
Fecundo en maldad inventa?

¿Por ventura en este siglo
Son tan vivas las creencias
Que se haga el bien por el bien
Sin esperar recompensa,
Y se rehúse del mal
La lucrativa carrera?

Mientras los hombres de estado,
Los que dicen que gobiernan,
De lo que es gobierno y orden
No se formen otra idea;

Mientras juzgue inapreciable
A todo escritor la venta
Que desdeña lo que instruye
Y busca lo que deleita;

Mientras triunfe la ignorancia
Y trocadas las ideas
La libertad de hacer mal
Llamada libertad sea,

No faltará quien explote
Mina de tan rica vena,
Ni quien verdades se calle,
Ni quien por dinero mienta,
Ni quien tome la lección
Que a usted le han dado en la feria.»



EL PERRO Y EL GATO

Si no hubo malicia o yerro
De la historia en el relato,
Estábase cierto gato
Mano a mano con un perro.

Ponderaba entusiasmado
De su maña en recompensa,
Sus asaltos de despensa
Sus victorias de tejado:

«Ya descuelgo una morcilla
Aunque esté lejos del suelo,
Ya en el sótano me cuelo,
Ya sorprendo una guardilla.

Si es lerda la fregatriz
¡Ay qué almuerzos!: una polla
O la carne de la olla
Y el besugo y la perdiz.

Aunque me dicen ¡maldito!
La maldición no me alcanza;
Tenga yo llena la panza,
Lo demás importa un pito.

No se yo por qué aprensión
Estás siempre con tu tema,
Es muy sencillo el dilema:
Comer mal o ser ladrón.

No sabes lo que es buen queso,
Ni buen pescado, ni flan,
Ni otra cosa que mal pan
O algún descarnado hueso.

Y en vez de la libertad
Que en mi tejado poseo,
Ir con tu amo de paseo
Sujeto a su voluntad.

¿Y cuál es de esa virtud
El gran premio, las delicias?:
Cuatro inútiles caricias,
El hambre y la esclavitud.
Te luces por San Martín,
si tal galardón pretendes.»

«Hablas de lo que no entiendes,
Respondió grave el mastín ,
No tengo grandes regalos
Como te sucede a ti;
Mas tampoco andan tras mí
A maldiciones y a palos.

Dirás que entre veces mil
Diez apenas te darán,
Más vale cariño y pan
Que odio con dulce y pernil.

¿Te sonríes con malicia?
Te sonríes y no lloras,
¡Miserable!, porque ignoras
Lo que vale una caricia.

Gustárasla una vez sola,
Esta que ventura llamo,
Cuando me acaricia el amo
Y yo meneo la cola.

Cuando alguno me hace mal
O si hacérmelo pretende,
Mi defensa al punto emprende
Aun con riesgo personal.

Con el afán y el ahínco
Que me abalanzo a su cuello,
Y el placer que tengo en ello
Y (a su) alrededor corro y brinco.

Entonces no esclavitud
En la mansedumbre vieras,
Ni tonterías dijeras
Que es la dulce gratitud.

¡Que no tengo libertad!
¡Que la tienes tú mayor!
¿No sigo a mi bienhechor
Por cariño y voluntad?

¿De que no puedes gozar
Que gozar no debo infieres?
¡Miserable! Hay más placeres
Que el de comer y robar;

Hay más... pero fuera yerro
Decírselo al mentecato
Que... ¿puede entender un gato
La felicidad de un perro?

¿Sabe el goloso ruín
La dicha exenta de hiel
Que en ser querido y ser fiel
Puede tener un mastín?»

Y del perro entusiasmado
Era el razonar tan grave
Que responderle no sabe
El gato, y vase cortado.

Consejo encierra y profundo
Del perro y gato la historia,
Trayendo a nuestra memoria
Lo que sucede en el mundo.

El bien que a todos excede
Suele no llamarse bien,
Y aun le mira con desdén
El que alcanzarle no puede.

Mas el juego y la carroza
Y la alfombrada escalera,
Eso lo entiende cualquiera
Porque cualquiera lo goza.

Y la común medianía
Ni muy buena ni muy mala,
Ve del perverso la gala
Sin comprender su agonía.

Que juzgando por sí mismo
Juzga el vulgo siempre mal
El dolor del criminal
Y el placer del heroísmo,

Y si penetrar pudiera
De entrambos el corazón,
Que ha envidiado sin razón
Y que ha desdeñado viera.

Extraviada multitud,
No creas en la ventura
De la indigna criatura
Que escarnece la virtud.



LOS DOS CABALLOS

Cuidaba mucho un francés
Dos caballos por su mano;
Era el uno jerezano
Y era el otro cordobés.

Ambos de ardiente mirada,
Ambos de fuerte resuello,
Grueso y encorvado el cuello,
La cabeza descarnada.

Era tanta su apostura
Que yo afirmo sin recelo
Pudieran ser el modelo
De Pablo en la fiel pintura.

Tenía el cordobés ya
Dada, y con bastante esmero,
La instrucción de picadero
Que a un buen caballo se da.

Corbetas, saltos atrás,
Con soltura bracear,
Paso de posta, trotar,
Gran galope y nada más.

Educado el jerezano
Con destreza y tino raro
Bailaba, saltaba un aro,
Respondía con la mano.

Y no con poca sorpresa
Justo el público aplaudió
Cuando la polca bailó
Y cuando comió a la mesa.

Otras mil habilidades
Hacía que no refiero,
Ganando muy buen dinero
Por villas y por ciudades.

En una (su nombre ignoro)
Quísole un inglés comprar
Y por él llegaba a dar
Cantidad, y grande, de oro.

Hizo instancias el inglés
Pero el amo resistía
Ofreciendo si quería
Más barato el cordobés.

«Ya podéis dijo el britano ,
Pues de los dos animales
Más que el cordobés reales
Duros vale el jerezano».

«¡Pardiez, singular ajuste!
Dijo al verlo un mozalbete
Boquirrubio y regordete,
De pocos años y fuste .

¡Linda idea! Padre mío,
Si son estos animales
Absolutamente iguales
En hermosura y en brío,

¿Será cuerdo y oportuno
O una solemne sandez
Por llevarse el de Jerez
Ofrecer veinte por uno?

El mismo pelo y alzada,
El mismo cuello encorvado...»
«Hijo, el uno está educado
Y el otro no sabe nada.

Al hacer la tasación
Del valor de cada cual
Olvídaste, y haces mal,
De apreciar la educación.

Parangón apenas cabe,
De escucharlo no te asombres
En caballos como en hombres
Entre quien ignora y sabe.

La proporción que has oído
No es ni con mucho bastante,
Si vale uno el ignorante
Vale mil el instruido.»



EL ESPEJO Y LA VERDAD

En uno de los viajes
Que tuvo la mala idea
De hacer no sé con qué objeto
La Verdad sobre la tierra,
Oyó de un espejo amigo
Sentidas y amargas quejas.

«¿De qué me sirve decía 
Que, fiel a tus advertencias,
Repita forma y colores
Con semejanza perfecta,

Lo mismo al pobre mendigo
Y al que nada en la opulencia,
Al labrador y al herrero
Como a los reyes y reinas,
Y diga la verdad pura
Sin rodeos ni cautelas?

Vanse de mí satisfechos,
Aunque increíble parezca,
Igualmente los hermosos
Que los de horrible presencia.

Digo a un viejo: «Esa peluca
Se ve desde media legua.»
Y él va muy hueco pensando
«Nadie que es peluca acierta.»

Dígole: «Tienes arrugas»,
A una remilgada vieja,
Y ella piensa allá entre sí:
«Pues tengo la cara tersa.»

Pónese el chato narices,
Otro va y se las cercena,
El gordo se quita carnes,
El que es flaco las aumenta,

Multiplícase el pequeño,
El que es muy alto se resta,
Y, en fin, a ninguno he oído:
«¡Qué feo soy! o «¡qué fea!»

Si algún remedio eficaz
No buscas de esta epidemia,
Teme que tu santo imperio
Del mundo desaparezca.»

«No, respondió la Verdad
Con la faz grave y serena 
Mi dominación es justa
Y será por eso eterna.

Si tal vez por excepción
Se sustrae el hombre a ella,
Esta excepción que te irrita
Casos hay en que aprovecha.

Di: ¿si sordo el amor propio
A tus verdades no fuera,
Cómo se consolarían
Los horribles y las feas?

¿Qué mal hay si va una joven,
Muy erguida y satisfecha,
Su fealdad ostentando
Como si fuera belleza?

¡Es ridícula! ¿Qué importa
Siempre que dichosa sea?
Abunda la vanidad
Porque el mérito escasea,
Y en paz vive cada cual
Ignorando su miseria.»

Al ver un ente risible
Que hueco se pavonea,
Más vano por sus defectos
Que otros hay con sus bellezas,

Los sabios de brocha gorda
El absurdo cacarean,
Y el hombre bueno y prudente
Bendice a la Providencia.



EL TESTAMENTO DEL LEÓN

Cerca se hallaba un león
De sus dolores postreros,
Y tigres, panteras, lobos,
Todos amigos o deudos,

Dábanle muy compungidos
Mil inútiles consejos,
Meditando cada cual
Por qué industria o por qué medio
Pescará la mayor parte
De los bienes del enfermo,

Que se murió hasta la cola
Sin hacer el menor gesto,
Sin decir una palabra
Ni otorgar su testamento.

Notáronlo cuatro o seis
Que alejaron de allí el resto,
«Por ver si logra decían 
El paciente algún sosiego.»

En busca de un escribano
Uno de ellos fue corriendo,
En tanto que los demás
Atan al real pescuezo,

Con disimulo, un cordel
Que en la melena encubierto
Y entre la ropa después
Baja hasta cerca del suelo,

A beneficio del cual
Tirando, sin gran esfuerzo,
Del difunto a la cabeza
Comunique movimiento.

Cuando a su satisfacción
Todo se hallaba dispuesto,
Dan entrada a los testigos
Y al escribano con ellos,

Que era un respetable zorro
Notario mayor del reino,
Al cual hicieron presente
El estado del enfermo,

Que hablar no le permitía,
Aunque el oído perfecto
Conservaba, y la cabeza
En cabal conocimiento.

Presentáronle unas notas
Que el rey mismo había puesto,
En las cuales expresaba
Su voluntad y deseo.

Mas por si hubiese cambiado
En el instante supremo,
Las cláusulas una a una
Irle podía leyendo,
Y él por señas le daría
O no, su consentimiento.

Hízose así; preguntaba
El escribano, y corriendo
Tiraba del cordelito
Uno de los herederos,
E inclinaba la cabeza
Para decir que sí el muerto.

Echólo de ver el zorro
(Que no debía ser lerdo)
Y quiso tener su parte
Lucrativa en el enredo.

Pregunta con gravedad
Si el rey, de su amor en premio,
Al infrascrito escribano
Deja trescientos mil pesos.

A la pregunta siguióse
De la sorpresa el silencio,
Sin que el testador hiciera
El más leve movimiento;

Lo cual visto por el zorro
Dijo al vecino muy quedo:
«O se tira para todos,
O está para todos muerto.»

El de la cuerda, pensando
Que no había otro remedio,
Tiró para el escribano
E hízole coheredero;
Que mal puede castigar
Quien es de crímenes reo.

Por eso hace tanto daño
Desde arriba el mal ejemplo.
Cómplices o acusadores
Han de ser los subalternos
Del jefe, que lo es en vano
No siendo en virtud primero.

Para reprender al malo
Es la condición ser bueno
Sin lo cual la autoridad
Es vana, vano el derecho.



EL ATURDIDO

De química un profesor,
Porque a su intento convino,
Con espíritu de vino
La humedece, y sin temor

A su mano aplica fuego,
Que ardía sin propio daño.
Y del fenómeno extraño
La explicación daba luego.

Violo un mozo casquivano
Que la explicación no oyó,
Y lo propio ejecutó
Mojando en agua la mano.

Demás está el afirmar
Que se abrasó el mentecato;
Vino el padre a poco rato
Y le oyó así lamentar:

«¡Oh! ¡qué terrible dolor!;
Ved cómo tengo el pellejo;
Por seguir vuestro consejo
Esto me pasa, señor.»

«¿Mi consejo por seguir?»
Dijole el padre asombrado .
«¿Lo que en clase haya observado
No me mandáis repetir?

Si es sencillo experimento
(¡Ay!; ¡la mano se me abrasa!)
¿No me decís hazle en casa,
Hazle otra vez, hazle ciento?»

Pues bien: hoy el profesor
Con agua un vaso sacó
Y la mano en él metió
Mojándola en el licor.

Luego va con mucha flema,
La pone junto a la llama
Y la mano se le inflama,
Y (esto pasma) no se quema;

Yo lo mismo practiqué
Cuando a casa hube llegado,
Y harto caro me ha costado,
Viéndolo estáis, me abrasé.

¡Ah, señor! El otro día
Decíais «la imitación
Ayuda la educación...»
«Y lo repito, a fe mía,

Tornó el padre a replicar ;
Ni sé yo por qué te quejas;
Lo que referido dejas
¿Es por ventura imitar?

El que en ayunas se queda
De la causa y la razón
Y a repetir va una acción,
Este no imita, remeda.

El que la razón medita
Y al repetir lo que ve
Sabe el cómo y para qué,
Este no remeda, imita.

Y ya que dártela puedo
No olvides esta lección:
Es útil la imitación,
Es pernicioso el remedo.»



EL MASTÍN Y EL GALLO

Sabido es de cada cual
Que aún mucho más que el caballo.
Entre los vanos, el gallo
Es vanidoso animal.

Había en cierto lugar
Uno que el cuello inclinaba
Cuando la puerta pasaba
Por temor de tropezar;

Y era risible el temor,
Que en un portón como aquel
No llegaría al dintel
Siendo cien veces mayor.

Estábase en el corral
De la casa por guardián
Un juiciosísimo can,
Y cansado de ver tal

Díjole: «Señor gigante,
Lleve la cabeza inhiesta,
Que antes de dar con la cresta
Aún ha de crecer bastante.

¿No ves como no se baja
Un hombre aunque esté montado,
Y que nunca han tropezado
Los carros que traen paja?

¿Cómo, ¡voto a Belcebú!,
Donde no pueden llegar
Imaginas alcanzar
Siendo más pequeño tú?»

Quedóse el gallo corrido
No sabiendo qué decir,
Y cuando volvió a salir
Fuese con el cuello erguido;

No porque tuviera prisa
Su error de reconocer,
Sino que llegó a temer
Del can machucho la risa.

De la ciencia en el umbral
Lo mismísimo se viera
Si puerta visible hubiera
Como había en el corral.





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