lunes, 3 de junio de 2013

FERENC JUHÁSZ [9.999]


Ferenc Juhász 

Nacido el 16 de agosto 1928 en Biatorbágy, Hungría - Falleció en Budapest el 2 de Diciembre de 2015.  Fue un poeta húngaro y Premio Golden Wreath (1992). Se le consideraba un competidor destacado para el Premio Nobel de Literatura en 1976.
Ferenc Juhász publicó su primer poema en 1946. En 1949 publicó su primer libro de poemas, The Winged Foal.
Sus poemas, entre ellos he boy changed into a stag clamors at the gate of secrets, han sido ampliamente traducidos.



El día de las supersticiones, el jueves: cuando es lo más difícil

En el tercer día está lo más difícil, en el tercero.

Estoy de pie, pensativo, sobre esta isla de piedra y electricidad: en el Octógono.
Es jueves por la noche.
No me maldigo.
No lloro por mí.

Cae a cántaros una lluvia azul, amarilla, verde, roja.
A mis pies hay arroyos irisados de petróleo
y ampollas de lluvia amontonadas.
Como los ojos –botijas de encaje de barro–
de camaleones de ágil piel,
giran los ojos de membranas acuosas
de los animales – burbujas pululantes.
Su piel de mica aterciopelada se arruga, se mueve
y muda color tras color.
Los lagartos de cresta roja de la lluvia se trepan unos sobre otros.
Esta plaza es la isla Galápagos
de la floreciente soledad de piedra.

Estoy solo.

La plaza gira como una gigantesca rueda iluminada,
sus naves son los taxis, autobuses, tranvías,
sus ventanas: las vitrinas,
sus rameras: los gladiolos de genitales descubiertos.
Cae a cántaros una lluvia azul, amarilla, verde, roja.

Gritan los vendedores de periódicos.
Callan los vendedores de flores.

Por encima de árboles, techos y chimeneas, armazones metálicas levantan
las luminosas flores animales del silencio,
las criaturas momentáneas de la noche,
los monstruos eléctricos de la noche.
Mi corazón ve su destino, que está extendiéndose sobre el cielo:
como un gigantesco encéfalo multicolor
vibra sobre mí el mapa eléctrico:
es Hungría.
Las aldeas y ciudades –puntos luminosos–
son como células cerebrales, ganglios de la médula,
los ríos de electricidad: las arterias azules;
sus circunvoluciones fulguran.
¡Ay hombres!

En el tercer día está lo más difícil, en el tercero.

No me maldigo.
No lloro por mí.

Y aquí y allá, en la lluvia, comienzan a florecer
el techo, la pared, el cielo:
en la telaraña de luz hay un pequeña araña lumínica,
y moviéndose con afluencias de células de luz


la hoja de mimosa de los anuncios
se abre, se vuelve, se contrae,
como la cabeza de la anémona de los mares profundos,
cuando ondula
y palpa.

¡Ayúdame humanidad!

Y debajo de los helechos cristalinos de la lluvia,
como fósiles de celofán,


susurran y crujen, incandescentes,
capas de nylon, chaquetas de caucho,
bolsas de plástico transparente.


Mujeres vestidas de piel de lagarto,
hombres vestidos de piel de serpiente.


Y están hambrientos. Y están sedientos.


Con rostros azules, verdes, amarillos, rojos,
se amontonan.


¿Quién sabe que estoy aquí de pie, tiritando de frío?
¿Para quién compraré flores ahora?
¿Dónde están los buenos amigos?
¿Quién me oirá si grito?


Miro la lluvia
buscándote.
Te llamo con palabras que se tornan azules.


Y con líneas de luz rojas, amarillas, verdes,
la noche dibuja en la lluvia
un gigantesco jarro de cerveza.
Nace, cayendo en al muerte.


En una jarra de oro espumea la cerveza de oro,
y la jarra de oro vomita racimos de electricidad.
Fluye hacia el mucoso empedrado
la espuma fosfórica, el fósforo eléctrico.


¿A dónde voy?
¿Qué canto?


“¡Sálvame, Señor, de lo malo!”


En el tercer día está lo más difícil, en el tercero.


Tendría que huir.
Tendría que quedarme aquí.


Ando vagando en la espuma de cerveza eléctrica.
Gritaría, como el niño que quiere algo,
gritaría, pero todos se reirían de mí.
Y me treparía sobre ti, Hungría de redes de venas eléctricas,
me acostaría en tu cerebro de neón,


para que, por entre las costillas traslúcidas,
vieran mi corazón hinchado.
El corazón que es tuyo.


Pero no está permitido. Pero no se puede.


En el tercer día está lo más difícil, en el tercero.


Yo no grito,
no lanzo maldiciones,
sólo estoy parado en la irizada selva virgen de la lluvia,

de mi boca salen inflamadas las palabras de mi abuela: “¡Sálvame, Señor, del Unicornio, del Pájaro de Cuatro Mamas,
sálvame, Señor, del Carnero con Escamas, de la Flor que Aúlla, sálvame, Señor, de la Rana que Ladra, del Ángel con Pezuñas,
sálvame, Señor, sálvame de lo malo!”

Pero ¿a quién balbuceo, a quién le hablo?
¿A quién salvará de la muerte este canto?
Es que yo renegué de dios riéndome,
con una rama espinosa le azoté la ingle y huí.
Mi llama he puesto tan grande como dios;
en ella se abrasan insectos-universos con salivaciones membranosas,
con verde chisporroteo de lágrimas, con verde burbujeo,
y ahora entrelazan mi cabeza
las raíces eléctricas rojas, azules, verdes.
La barba lila que cae del hombre eléctrico fluye hacia mí,
Como un manojo de tentáculos me estrangula, me envuelve.


Sólo tú puedes ayudarme, lo sé bien.
En el tercer día está lo más difícil, en el tercero.
¿Qué quiero?
¿Qué quería?
Me adentré en tu corazón escarbando,
como, dentro del fuego de la mina,
el pequeño soldado de rostro hirsuto en el vientre de la madre tierra:
encima de él calaveras luminosas de la muerte,
hojas metálicas,
en torno a él surtidores de rubí, moscas de sangre,
abismos de estalagmitas de carne, lianas de venas palpitantes, párpados de arco iris, flores de globos oculares que giran.


Como un embrión
me acurruco enroscado
en tu jungla sangrienta, palpitante:
me mecen las costillas que se mueven tiernamente,
me golpea el chisporroteo de tu cascada de sangre,


el temblor grasiento y encrespado de los intestinos,
oigo cómo trabajan, bullen,
el hígado, el riñón, los pulmones, el fósforo,
mis ojos abiertos ven tu noche interior,
y mis ojos de antena y tentáculo
sienten tu cuerpo que se torna traslúcido.
Eres mi espacio cósmico, mi mar profundo.

Estoy solo.


Estoy contigo.
Cae a cántaros una lluvia azul, amarilla, verde, roja.
De lo hondo salen gritando los animales de luz.
Y Hungría, la medusa eléctrica,
el cerebro del mar, ondula por encima de mí
y nada la medusa del espacio cósmico: el globo terrestre
en el golfo de la galaxia.


Yo creo
que te quitarás tu suave crisálida,
se construirá tu fe,
desplegarás tus alas de mosaico áureo,
las desprenderás de lo pegajoso, baboso y blando,
su estructura de quitina se secará, se solidificará,
su membrana se secará, se estirará,
para que salgas palpitante del lodazal de venas azules;
y el útero del tiempo se cerrará silenciosamente.
Porque sé que mi destino es tu destino.


Aquí estoy solitario.
Inclino mi cabeza mojada.


En el tercer día está lo más difícil, en el tercero.
Es jueves por la noche.
No me maldigo.
No lloro por mí.


Y echo a andar hacia mi casa, mojado, destinado a vivir,
en la lluvia azul, verde, roja, en la era del socialismo.



Mensaje tardío

Releí tus poemas, amigo.
Los leí lentamente, verso por verso,
poniendo el dedo entre las páginas para pensar.
Y para qué negarlo, me entristeció recordar tu nombre.
No pude separarlos como cabras de ovejas
igual que en una revista de reclutas.
Me rendí. Hallé sólo, en las líneas
amontonadas, tu rostro, amigo.
Allí tu mirada penetrante abre
la cueva del caníbal, flores de duda,
el ala del perodáctilo, comedor de carne,
pájaro padre; buceas 
los secretos del corazón humano.
Como el cirujano en el cuadro de Rembrant
tu discreción muestra los nervios de un mundo muerto.
Cómo te afanarías durante días sacando
a luz tales hechos de pesadilla, 
gibado sobre las viseras irisadas del cadáver,
a la luz de la maloliente lámpara de aceite, en tu sótano,
con la obsesión cosquilleándote en los dedos…
Pero, al cabo, qué puede enseñarte un cadáver? 
Sí, está ahí, lo vemos. Nos forzaste a verlo.
Ahora con qué nos lavaremos la infección de los ojos?
Nunca nos perdonaste nuestra cabeza dura.
Pero no hay esperanza? Ni siquiera una palabra confortante? 
Sólo una palabra, clara como la lluvia, 
que dé a luz una patria o abomine de un mundo? 

— Ferenc Juhász




Oro

La mujer se toca la moña 
de pelo ralo. Ríe 
y pone un cuchara y un pedazo de pan
en las flacas manos alzadas.
Como rosas que embellecen el agua
el círculo de delgados cuellos rojos
que se inclinan sobre los platos humeantes;
rojas narices brillan en el vaho sabroso. 
Y brillan las estrellas de los ojos 
como diez mundos perdidos en su propia 
luz. En la sopa nadan
dorados y lentos aros de cebolla. 

— Ferenc Juhász

http://torregris.tumblr.com/tagged/poesia-hungara



Birth of the Foal

As May was opening the rosebuds, 
elder and lilac beginning to bloom, 
it was time for the mare to foal. 
She'd rest herself or hobble lazily

after the boy who sang as he led her 
to pasture, wading through the meadowflowers. 
They wandered back at dusk, bone-tired, 
the moon perched on a blue shoulder of sky.

Then the mare lay down, 
sweating and trembling, on her straw in the stable. 
The drowsy, heavy-bellied cows 
surrounded her, waiting, watching, snuffing.

Later, when even the hay slept 
and the shaft of the Plough pointed south, 
the foal was born. Hours the mare 
spent licking the foal with its glue-blind eyes.

And the foal slept at her side, 
a heap of feathers ripped from a bed. 
Straw never spread as soft as this. 
Milk or snow never slept like a foal.

Dawn bounced up in a bright red hat, 
waved at the world and skipped away. 
Up staggered the foal, 
its hooves were jelly-knots of foam.

Then day sniffed with its blue nose 
through the open stable window, and found them—
the foal nuzzling its mother, 
velvet fumbling for her milk.

Then all the trees were talking at once, 
chickens scrabbled in the yard, 
like golden flowers 
envy withered the last stars.


FERENC JUHÁSZ
translated from the Hungarian by David Wevill



No hay comentarios:

Publicar un comentario