lunes, 10 de marzo de 2014

IVÁN TURGÉNEV [11.191]


Iván Turgénev

(Rusia, 1818-1883)
Escritor ruso, considerado como el principal estilista de la literatura rusa; sus novelas, poemas y obras teatrales se caracterizan por una elegante ejecución, una gran lucidez y una ideología liberal. Nació el 9 de noviembre de 1818, en Orel, en Rusia central y estudió en las universidades de San Petersburgo y Berlín. Pudo observar desde su niñez, cuando vivía en las tierras de su familia, el sufrimiento de la clase trabajadora y los malos tratos a los que estaba sometida. Estos abusos, muy arraigados en el sistema social ruso, se convirtieron en tema recurrente de sus obras. Antes de dedicarse por completo a la literatura, trabajó durante un tiempo como funcionario gubernamental en San Petersburgo. Su primer trabajo publicado, el extenso poema Parasha (1843), tuvo una buena acogida entre la crítica literaria. En los años siguientes, la aparición de varias obras más le consagraron como el escritor ruso más significativo de su época. Participó en el enfrentamiento ideológico que surgió entre dos grupos de intelectuales, llamados respectivamente occidentalizantes y eslavófilos. Los primeros animaban a los rusos a que se incorporaran a Europa Occidental, con el fin de que pudieran participar de las mejoras en su nivel de vida que ello conllevaría. Los segundos, en cambio, extremadamente ortodoxos, reivindicaban las tradiciones más arraigadas de Rusia y pensaban que debían permanecer a salvo de cualquier influencia externa. Turguénev simpatizaba claramente con los occidentalizantes y, de hecho, pasó largos periodos de tiempo fuera de Rusia, en compañía de la célebre cantante de ópera Pauline Viardot-Garcia, con la que vivió una apasionada historia de amor. A partir de 1871 vivió en París, donde entró en contacto con otros escritores, como George Sand, Gustave Flaubert, Émile Zola y Henry James. Entre su producción se cuentan numerosas obras de teatro, relatos, novelas y apuntes no narrativos. Publicó gran cantidad de poemas y apuntes en prosa antes de la aparición de su primer libro, Relatos de un cazador (1852), una colección de relatos sobre la vida rural rusa. De las muchas obras teatrales que escribió en los inicios de su carrera, la mejor es probablemente Un mes en el campo (1855), un cortés aunque profundo estudio de la vida de la aristocracia, que continúa representándose en la actualidad. De sus relatos y novelas cortas destacan, Primer amor (1860) y Torrentes de primavera (1872), por sus bellas evocaciones líricas, aunque pesimistas, del amor. Entre sus novelas propiamente dichas se pueden citar La víspera (1860) y Humo (1867), sendos retratos de jóvenes apasionadas y de sus tempestuosas historias de amor. En la mejor de sus novelas, Padres e hijos (1862), Turguénev da nombre, define y analiza el nihilismo filosófico; Bazarov, el protagonista de la novela, es un joven revolucionario e idealista, estudiante universitario a pesar de su origen humilde, que lucha por la libertad universal, pero que está destinado a una vida trágica. El autor compartía hasta cierto punto las ideas de su personaje, aunque opinaba que los cambios han de producirse gradualmente, y no a través de una revolución. Murió el 3 de septiembre de 1883 en Bougival. 




Poemas en prosa


Senilia
por Iván S. Turguénev


edición bilingüe completa a cargo de
María Sánchez Puig

Prólogo de
J. E. Zúñiga



LOS RECUERDOS POÉTICOS DE IVÁN TURGUÉNEV

En la inmensidad de la geografía literaria de Rusia el nombre de Iván Turguénev forma parte de una res­plandeciente constelación de novelis­tas, cuyas obras son espejo para el pensamiento que tiende a convertirse en palabras y comunicarse. Turguénev, como escritor, asimiló y recreó en un lenguaje admirable el fluir de su época; en sus novelas y relatos hay todo un universo sorprendente: las costumbres y paisajes de la antigua Rusia, las ilusiones y cambios de las clases sociales, los problemas políticos, la visión de las ciudades y los reflejos de la historia y, sobre todo, la diversidad y autenticidad psicológica de sus personajes. Ya sean éstos los humildes campesinos de su región natal o los propietarios rurales y la nobleza, sus caracteres, sus pasiones, sus sentimientos, en la convivencia o en la soledad, están trazados con genial maestría. Son minuciosos estudios de tal profundización en las complejidades anímicas que únicamente pudo lograrlas quien, como Turguénev, fue un perspicaz y sensible observador de los seres humanos. Y sólo llegó a esta penetración del alma ajena por haber contemplado y conocido la suya propia e interiorizar reflexivamente los desafíos y demandas de su entorno. Así, temperamento y mente le fueron conformados en una dialéctica creadora, tanto de sufrir adversidades afectivas como de ser feliz ante el ideal de la belleza artística.

   Una larga vida tuvo para Iván Turguénev una infinidad de dádivas tanto como hirientes sufrimientos. En la incertidumbre infantil, en las frustracio­nes juveniles pretendió alcanzar el afecto primorial y le fue negado, pero sí gozó de numerosas y fieles amistades; fue autor respetado y su obra admirada, pero ante él se desvanece la posibilidad de amor, perseguido y siempre esquivo; una situación privilegiada de desahogo económico estuvo perturbada por problemas de administración, y los estimulantes viajes que enriquecieron su talento eran acompañados de enfermedades verdaderas o imaginarias. Todo este intenso transcurrir de los años, con sus cientos de episodios, de relaciones, de observaciones, sirvió para dar a sus obras la calidad que hoy hace de Turguénev un escritor contemporáneo nuestro.

   Algunas de tales experiencias debieron tener una especial modulación íntima y persistente huella en la memoria, y a partir de 1877, casi al final de su vida, tomó la decisión de transformarlas en breves relatos como una forma de dejarlas tras él, darles perennidad y testimonio biográfico. Estos fragmentos de sus recuerdos son los Poemas en prosa.

   En ellos -traducidos cuidadosa y fielmente en estas páginas por la Profesora María Sánchez Puig-, está una materia literaria que se podría calificar como clave de un itinerario vital, pues así suele ser la obra poética. Porque la gran poesía no es sino la transposición al lenguaje del doloroso y sabio madurar del poeta, y esta evolución está latente en los Poemas. Son las respuestas cruciales de Turguénev a los hechos del mundo, a los sentimientos e ideas que suscitaron, a las fricciones originadas por el torrente de la existencia.

   Los Poemas en prosa, en número de 51, fueron los que Turguénev quiso publicar en vida, y así aparecieron bajo el título de Senilia en la revista Vestnik Evropy, de San Petersburgo, en 1882. Pero Turguénev retuvo otros 32 poemas y en su archivo se conservaron después de su muerte (1883), hasta que el eslavista francés André Mazon, cuarenta años más tarde, los encontró y los hizo publicar. Se puede considerar que estos inéditos eran en los que Turguénev liberaba contenidos más íntimos, acaso más dolorosos.

   Aunque fechados todos por él de 1877 a 1882, son recuerdos pertenecien­tes a lejanas y diversas épocas suyas, que quiso redactar en aquellos años postreros cuando el pensamiento gusta de evocar, con nostalgia, los caminos recorridos.

   Si sugestivos son los primeros publicados, no lo son menos los inéditos. Predomina en ambas series el carácter de documento privado, con una hermosa revelación de su íntima y secreta personalidad ante momentos para él transcendentales.

   Varios de estos Poemas hacen referencia a episodios de la actividad profesional del escritor, las rivalidades, la relación difícil con los críticos, y opiniones motivadas por el comportamiento humano. Otros expresan su inalterable amor al país natal, a esa Rusia de la que se alejó, pero que siempre tuvo ante sí como ámbito de una lengua maravillosamente expresiva, como espacio social idealizado de cuya suerte fluctuante él participaba.

   Su imagen del mundo y, en él, de la condición humana forman otros pensamientos de sabiduría superior al enjuiciar lo efímero de la existencia en una naturaleza indiferente que no concede al hombre mayor importancia que a un insecto. Esta conciencia de humilde insignificancia, de quien se identificó con los que nada son, se extiende a la comprensión del desamparo de los animales en cuyos ojos ve una mirada temerosa idéntica a la suya. Son poemas con una significación filosófica que revelan su cosmovisión de pensador realista contrario a prejuicios, movido por la tolerancia, por la piedad ante el dolor, enemigo de las armas, de la envidia, de la ingratitud.

   En bastantes poemas se conduele de la llegada de la vejez con sus monótonas dolencias y su vacío de ilusiones, mas esta actitud desalentada no se puede atribuir a la fecha en que fueron escritos, pues a Turguénev le acompañó siempre el terror a las enfermedades y la sensación de la senectud, incluso siendo joven, como si percibiera en su ser la acumulación del vivir de sus antepasados, de generaciones que le precedieron. Y, a la par, el constante presentimiento de la muerte, el cual le engrandece por la serena objetivación de esa fatalidad ineludible.

   Y es revelador de estas obsesiones que en varios de los Poemas en prosa relatan sus sueños; éstos son sueños de muerte o amenaza de destrucción no sólo personal, sino de su mundo, de su sociedad. Y tan emotivos, por su contenido subconsciente, debieron de ser, que no dudó en insertar algunos, como pasajes misteriosos, en sus novelas. Y misterioso parecerá el motivo de algunos poemas, y así debe de ser porque proceden de hondos estratos de la conciencia, inasequibles a la fácil comprensión, y porque toda gran creación artística conlleva aspectos enigmáticos.

   Pero los Poemas más espontáneos y emocionados son, sin duda, aquellos en los que Turguénev descubre –discretamente- la tensión amorosa, ya sea en la frustración o en la exaltación de sentir su ímpetu poderoso. Como en su biografía de hombre fue, en sus escritos es el amor la más bella sugerencia de felicidad; como un supremo anhelo, llenó los años del escritor de promesas y búsquedas, no por infructuosas menos apasionadas. Si no se realizó en la consecución habitual, y no siempre halló correspondencia a las solicitudes de su alma poética, sentimental, romántica, ya el solo propósito de amor fue una dinámica vivificadora que transmitió a sus obras como delicada melancolía o ilusionada esperanza.

   Admira en estos Poemas en prosa el hálito imaginativo en el desarrollo de sus temas; y quien conozca la lengua rusa apreciará también en esta edición la armonía y la sutil musicalidad de la frase de Turguénev. Quien lea solamente en castellano los Poemas en prosa podrá decir que ha leído un fragmento emotivo e importante de la herencia literaria de un escritor genial, ruso, europeo, del mundo entero.

Juan Eduardo Zúñiga







Poemas en prosa. Senilia

Стихотворения в прозе. Senilia



AL LECTOR

Mi amable lector: no leas estos poemas de corrido, uno tras otro, pues probablemente te invadirá el tedio y dejes caer el libro de entre las manos. Léelos a tu aire, desordenadamen­te, uno hoy y otro mañana, y tal vez alguno de ellos deje huella en tu espíritu.

Iván S. Turguénev



К ЧИТАТЕЛЮ

Добрый мой читатель, не пробегай этих стихотворений сподряд: тебе, вероятно, скучно станет - и книга вывалится у тебя из рук. Но читай их враздробь: сегодня одно, завтра другое, - и которое-нибудь из них, может быть, заронит тебе что-нибудь в душу.

И. С. Тургенев



I

LA ALDEA

   Último día de junio. A mil verstas1 a la redonda se extiende Rusia, mi entrañable tierra.
En la inmensidad azur del cielo, una nubecilla parece navegar a la deriva y desvanecerse. La calma es total, el aire huele a tibio, como la leche recién ordeñada.
Trinan las alondras, se arrullan las palomas hinchando el buche, remontan el silencioso vuelo las golondrinas, piafan y rumian los caballos y hasta los perros menean indolentes la cola, sin atreverse a ladrar.
Flota por doquier un suave olor a humo y a hierba, y una pizca a alquitrán, y otra pizca a cuero. Los cañamares están en plena flor y despiden su intensa y grata fragancia.
Hay un barranco profundo, de suaves laderas. A ambos lados se amontonan varias filas de saúcos, rozando la tierra con la maraña de su fino ramaje. Por el fondo del barranco corre un arroyo, dejando ver a través de la trémula claridad de sus aguas los cantos de su lecho. En la lejanía, allá en los confines del cielo y la tierra, se adivina el trazo azulado de un gran río.
Orlando las laderas del barranco, a un lado se alinean los graneros y cobertizos, pulcros, de puertas bien ajustadas; al otro lado, unas cinco o seis casas rústicas, de troncos de pino y tejados de tablones. Sobre cada tejado, sujeta a una larga estaca, se alza una pajarera2, y sobre cada porche asoma la figurilla de hierro de un caballito de luengas crines3. Los cristales rugosos de las ventanas reflejan la luz lanzando irisados destellos. Pintados sobre los postigos, unos búcaros con flores4. Delante de cada casa, su obligado banco; sobre los zócalos de tierra batida5 se amodorran los gatos, enroscados en un ovillo, con las orejillas tiesas y transparentes; tras los altos umbrales se adivinan los zaguanes, umbríos y frescos.
Echado sobre una gualdrapa extendida al borde mismo del barranco, rodeado de montones de heno recién cortado, percibo su aroma dulce y embriagador. Los hacendosos labriegos acaban de esparcir parte del heno justo delante de sus casas: así, en cuanto se oree un poco al sol, ¡zas! derechito al pajar. ¡Da gloria dormir allí entonces!
Las cabecillas ensortijadas de los chiquillos se asoman aquí y allá, entre los almiares; gallinas de erguidas crestas rebuscan entre el heno moscas e insectos; un cachorrito de morrillo blanco juguetea, enredado entre las briznas de hierba.
Unos mozos de rufos cabellos, de camisas limpias y bien ajustadas con los cintos, calzados con pesadas botas ribeteadas, charlan y ríen sus chanzas, apoyados de bruces en un carro desenganchado.
Por una ventana asoma el semblante redondo y risueño de una mujer joven: tal vez se ríe de los chascarrillos de los mozos o, tal vez, viendo a la chiquillería revolcándose en el heno.
Otra moza de robustos brazos iza del pozo un cubo de agua, grande y chorreante... El cubo se balancea y oscila al final de la cuerda, dejando caer unas gotas de agua largas y centelleantes. 
Veo ante mí a una anciana labriega, luciendo una flamante falda a cuadros y escarpines nuevos.
Un collar de tres vueltas, formado por gruesas cuentas, rodea su cuello flaco y moreno; un pañuelo amarillo de pintas rojas cubre sus canas, casi tapándole los ojos ya marchitos.
Pero sus pupilas sonríen, como sonríe también todo su arrugado rostro. La viejecilla andará ya por los ochenta, pero aún se puede apreciar que en sus tiempos fue muy hermosa.
En su mano derecha, de piel tostada y con los dedos bien abiertos, sostiene un cántaro de leche fría, con una gruesa capa de nata: recién sacado de la fresquera, el cántaro rezuma unas gotas de agua, brillantes como abalorios. En la palma de su mano izquierda la viejecilla me ofrece un gran trozo de pan, aún caliente: «Come, y que te aproveche, buen hombre».
De pronto se escucha el canto y el agitado aleteo de un gallo, y le responde el mugido de un ternero, desde su corral.
-¡Esto sí que es avena! -se oye la voz de mi cochero.
¡Oh plenitud, oh calma y abundancia del campo ruso liberado6! ¡Cuánta placidez y bienestar!
Y pienso yo: ¿Qué nos importa la cruz sobre la cúpula de Santa Sofía de Constantinopla7, ni todo aquello que tanto anhelamos los hombres de la ciudad?

Febrero de 1878 



DIÁLOGO

Ni el Jungfrau, ni el Finsteraarhorn1 jamás fueron hollados por pie humano.

Cumbres alpinas... Cadenas de abruptos peñascos... El corazón mismo de la montaña.
Sobre las cimas, un cielo mudo y pálido, verdoso y claro. Un aliento gélido, punzante, una nieve dura y centelleante que deja asomar los pináculos de unos austeros macizos de roca escarchada y barrida por el viento. 
Dos moles, dos gigantes se yerguen a ambos lados del firmamento, el Jungfrau y el Finsteraarhorn.
El Jungfrau se dirige a su vecino:
- ¿Qué hay de nuevo? Tú tienes mejor vista. ¿Qué pasa ahí abajo?
Transcurren algunos milenios, un minuto. Y se oye la atronadora respuesta del Finsteraarhorn:
- Las nubes cubren totalmente la tierra... ¡Aguarda!
Transcurren algunos milenios más, otro minuto.
- Bueno, ¿y ahora? -pregunta el Jungfrau.
- Ahora sí que veo: allá abajo, todo sigue igual, minúsculo y abigarrado. Azulean las aguas, negrean los bosques y se amontonan unas piedras parduzcas. Junto a ellas ajetrean unas alimañas, esos bípedos, ya sabes, los que jamás han podido profanarnos, ni a ti, ni a mí.
- ¿Los humanos?
- Sí, los humanos.
Pasan algunos miles de años, un minuto más.
- ¿Y ahora? -vuelve a preguntar el Jungfrau.
- Parece que se ven menos alimañas, -retumba el Finsteraarhorn.- Abajo está más despejado: han menguado las aguas y clarean los bosques.
Pasan varios miles de años más, otro minuto.
- ¿Qué ves? -inquiere el Jungfrau.
- Aquí, alrededor nuestro, parece que todo está limpio,- replica el Finsteraarhorn-, y allá a lo lejos, en los valles, todavía se ven algunas manchas y se mueve algo.
- ¿Y ahora? -se interesa nuevamente el Jungfrau, transcurridos varios miles de años, un minuto más.
- Ahora está bien, -le replica el Finsteraarhorn. -Todo está impoluto y blanco por doquier... Todo cubierto por nuestra tersa nieve, sólo nieve y hielo. Todo es un témpano. Ahora todo está en calma.

- Bien, -murmura el Jungfrau. -Pero basta ya de charlas, viejo amigo. Ya es hora de descabezar un sueño.
- Sí, ya es hora.
Dormitan las moles rocosas, duerme el cielo, claro y verdoso, sobre una tierra enmudecidada para siempre.

Febrero de 1878 






LA VIEJA

Yo caminaba, solo, por un inmenso campo.

De pronto, me pareció oír a mis espaldas unos pasos ligeros y cau­telosos... Alguien me venía siguiendo.
Me volví y vi a una viejecilla diminuta y encorvada, embozada en unos descoloridos harapos. Sólo asomaba su rostro, rugoso y amarillento, de afilada nariz y desdentada boca.
Me acerqué a ella... Se detuvo.
- ¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¿Eres mendiga? ¿Esperas una limosna?
La viejecilla no respondió. Me incliné hacia ella y observé que tenía los ojos velados por una fina película o membrana lechosa y semitransparente, como suelen tener algunos pájaros para protegerse los ojos de una luz muy intensa.
Pero en los ojos de la anciana esa membrana permanecía inmóvil y no dejaba ver las pupilas, por lo que deduje que era ciega.
- ¿Quieres una limosna? -le pregunté nuevamente. -¿Por qué me sigues? Pero la anciana continuaba sin responder y pareció encogerse aún más.
Le volví la espalda y proseguí mi camino.
Al instante oí nuevamente que me seguían los mismos pasos livianos y acompasados, deslizándose con cautela.
«¡Otra vez esa mujer! -pensé. -¿Qué querrá de mí?» Entonces se me ocurrió que, debido a su ceguera, habría equivocado el camino y venía siguiendo mis pasos de oído, para llegar conmigo a un lugar habitado. Sí, debía de ser eso.

No obstante, una extraña desazón se fue apoderando gradualmente de mí; empezaba a parecerme que la anciana no ya me seguía, sino que dirigía mis pasos, empujándome ora a la derecha, ora a la izquierda, y yo le obedecía contra mi voluntad.
Sin embargo, seguí adelante... Hasta que, de pronto, vi algo que negreaba y se agrandaba en medio del camino... algo como ...¡una fosa! «¡La sepultura!» -cruzó como una centella por mi mente. -«¡Ahí es adonde me empuja!»
Me volví bruscamente... La vieja seguía allí... ¡pero ahora veía! Me estaba mirando con unos ojos enormes, pérfidos, aviesos... con ojos de ave de presa... Me acerqué a su cara, a sus ojos... y nuevamente vi la misma membrana lechosa, la misma mirada opaca y mortecina...

«¡Ya! -pensé... -esa vieja es mi destino. ¡Imposible escapar de él!.»

«¡No escaparás, no escaparás! Pero, ¿qué locura es ésta? Hay que intentarlo...» Y me lancé bruscamente hacia un lado, en otra dirección.
Aceleré el paso... Pero las mismas pisadas, ligeras y sigilosas, me seguían de cerca, muy de cerca... y volvía a negrear ante mí el hoyo.
Torcí nuevamente en otra dirección... y seguí oyendo a mis espaldas el leve compás de las pisadas, seguí vislumbrando ante mí la misma inquietante fosa.
Dondequiera que me lanzase, como una liebre acorralada...¡siempre era lo mismo!
«¡Aguarda! -se me ocurrió de pronto. -¡La voy a engañar! ¡No iré a ninguna parte!» y en el acto me senté allí mismo, sobre la tierra.
La vieja se paró detrás de mí, a dos pasos, y aunque no la veía, sentía su presencia.
De pronto observé que la oscura mancha a lo lejos empezaba a moverse, se arrastraba, ¡avanzaba hacia mí!
¡Dios! Me volví... Y allí estaba la vieja: con su mirada clavada en mí y su desdentada boca torcida en una torva sonrisa...
- ¡No escaparás!

Febrero de 1878 



EL PERRO

Solos, mi perro y yo, en esa habitación... Fuera ruge feroz una terrible tormenta.
Mi perro reposa frente a mí, mirándome fijamente a los ojos.
Yo también le miro a los ojos.
Parece, como si quisiera decirme algo. No habla, no tiene el don de la palabra, es incapaz de comprenderse a sí mismo, pero yo sí le comprendo.
Comprendo que, en este instante, en él y en mí anida un mismo sentimien­to, que no hay diferencia alguna entre ambos. Somos idénticos, y en el interior de cada uno de nosotros arde y se consume la misma trémula llama de la vida.
Hasta que un día se nos eche encima la muerte, agitando sus frías e inmensas alas...
Será el fin.
¿Quién entonces podrá determinar cuál de las dos llamas fue la que ardió en cada uno de nosotros?
No, no son un hombre y un animal cruzándose una mirada...
Son dos pares de ojos idénticos, fijos los unos en los otros.
Y cada par de ojos, el del hombre y el del animal, es el reflejo de una vida que se aferra, temerosa, a la otra.

Febrero de 1878



EL ANTAGONISTA

Yo tenía un compañero, mi eterno antagonista: y no por razones de trabajo o amor, sino simplemente porque nuestras opiniones jamás coincidían en nada, y cada vez que nos encontrábamos, nos enzarzábamos en interminables polémicas.
Discutíamos por todo, ya fuera arte, religión, ciencia, vida terrenal o de ultratumba, muy especialmente esta última.
Él era un hombre creyente y exaltado. En cierta ocasión me dijo:

- Tú te ríes de todo, pero, si muero antes que tú, vendré a visitarte desde el más allá... A ver si entonces también te ríes.
En efecto, murió antes que yo, en la flor de la vida. Pero pasaron los años y me olvidé de su promesa o, más bien, de su amenaza.
Una noche, ya en la cama, no podía o no quería dormirme.
La habitación estaba en semipenumbra y me puse a escudriñar su grisácea opacidad.
De pronto, me pareció ver entre dos ventanas a mi antagonista: balanceaba la cabeza en un compás suave y melancólico, de arriba abajo.
No me asusté, ni siquiera me sorprendí... al contrario, me incorporé lige­ramente y, apoyado sobre un codo, seguí observando con toda atención aquella aparición inesperada.
La figura seguía balanceando la cabeza.
- ¿Y bien? -dije por fin. -¿Estás satisfecho? ¿Te arrepientes de algo? ¿Qué es esto: un aviso o un reproche? ¿Acaso quieres darme a entender que no tenías razón? ¿O que ninguno de los dos la teníamos? Qué sientes, ¿los tormentos del infierno o la gloria del paraíso? ¡Dime, al menos, una palabra!
Pero mi antagonista no dejó escapar un solo sonido y siguió cabeceando, compungido y sumiso.
Me eché a reír... y desapareció.

Febrero de 1878



EL MENDIGO

Caminaba por la calle, cuando me paró un mendigo, un anciano decrépito.
Vi esos ojos inflamados y lacrimosos, esos labios amoratados, esos harapos inmundos, esas llagas ulcerosas...¡Dios, cómo se había cebado la miseria en aquella desdichada criatura!
Me tendió su mano enrojecida, hinchada, sucia... Gemía, mugía pidiendo ayuda.
Me puse a rebuscar por todos los bolsillos... ni monedero, ni reloj, ni siquiera un pañuelo... nada. No llevaba encima absolutamente nada.
El mendigo seguía esperando, su mano extendida se balanceaba y se estremecía en un ligero temblor.
Turbado y desconcertado, cogí aquella mano sucia y temblorosa y la estreché con fuerza...
- Perdona, hermano, no tengo nada.
El mendigo me miró fijamente con sus ojos abotagados, sus labios lívidos se torcieron en una irónica sonrisa y también él, a su vez, estrechó mis fríos dedos.
- Está bien, hermano, -farfulló-, gracias de todos modos. Esto también es una limosna.
Comprendí que también yo había recibido una limosna de mi hermano.

Febrero de 1878



«JUICIO DE NECIOS...»

Pushkin

Tú, que siempre dijiste la verdad, insigne bardo nuestro, también en esto tenías razón.
«Juicio de necios, burla de la plebe»1... ¿Quién no ha padecido ambos?
Son cosas que se pueden y se deben sobrellevar, y el que se sienta con fuerzas, incluso debería despreciarlas.
Sin embargo, hay golpes muy dolorosos, porque se asestan en el corazón. Uno ha hecho todo lo que ha podido, se ha esforzado por trabajar honrada­mente, con amor... Pero las gentes honestas le vuelven la espalda con aver­sión, sus rostros se encienden de cólera al escuchar su nombre.
- ¡Vete! ¡Largo de aquí! -se oyen las airadas voces de jóvenes probos. - No te necesitamos ni a ti, ni a tus obras. Estás profanando nuestros lares, ni nos conoces, ni nos comprendes...¡Eres nuestro enemigo!
¿Qué debe hacer entonces ese hombre? Proseguir con su labor sin intentar justificarse, sin esperar siquiera una apreciación más justa.

Antaño, los labriegos renegaban del forastero que introdujo la patata, aunque, con el tiempo, ésta llegó a sustituir el pan en la mesa cotidiana de los pobres2. Le arrancaban de las manos el preciado don para arrojarlo al fango y pisotearlo.
Y ahora se alimentan de la patata, ignorando el nombre de su benefactor.
¡Qué importa el nombre, si aun desde el anonimato él les sigue quitando el hambre!
Procuremos, pues, que aquello que aportemos sea en verdad un alimento provechoso.
Cuán amargo resulta el injusto reproche en boca de los que amas... Sin embargo, también esto se puede soportar...
«¡Pégame, pero escúchame!» -le decía el estratega ateniense al espartano3.
«¡Pégame, pero sigue sano y bien comido!» -deberíamos decir nosotros.

Febrero de 1878 



UN HOMBRE UFANO

Un hombre joven va corriendo por la calle, dando saltos de alegría. Corre jubiloso y eufórico, con los ojos brillantes, con una sonrisa estampada en los labios y todo su afable rostro encendido en un arrebol... El colmo de la dicha y la satisfacción.
¿Qué puede haberle sucedido? ¿Le habrá caído una herencia? ¿Le habrán ascendido en la oficina? ¿Acude, acaso, a una cita amorosa? O, simplemen­te, que tras un buen almuerzo todo su cuerpo se siente pletórico de salud y energía vital? ¿No será que han engalanado su pecho con la flamante estrella octogonal de la Cruz de San Estanislao1? 
Pues no. Se inventó una calumnia contra un amigo, la hizo correr por toda la ciudad, volvió a oír su propia calumnia de boca de otros y él mismo se la creyó.
¡Oh qué ufano, qué bondadoso, incluso, resulta en estos momentos ese joven tan amable y tan prometedor!

Febrero de 1878 



NORMA DE VIDA

- Si quiere hacerle una faena, una mala pasada a su enemigo, -me decía un viejo bribón-, acúselo justamente de aquel defecto o vicio del que usted mismo adolece. ¡Acúselo con indignación!

En primer lugar, eso hará pensar a otros que usted carece de tal vicio.

En segundo lugar, su indignación puede ser incluso sincera... Puede usted echar mano de los reproches de su propia conciencia.
Si usted, por ejemplo, es un renegado, acuse a su enemigo de carecer de convicciones.
Si usted, en el fondo, se sabe servil, écheselo en cara, dígale que es un lacayo... un lacayo de la civilización, o de Europa, ¡o del socialismo!
- Incluso podría decirle que es un lacayo del antilacayismo, -observé yo.
- También vale, -me respondió el bribón.

Febrero de 1878 



EL FIN DEL MUNDO
SUEÑO

Sueño que estoy en Rusia, en un rincón perdido, en una humilde casa campesina.
La estancia es amplia, de baja techumbre y paredes encaladas, con tres ventanas y sin mueble alguno. Ante la casa se abre un páramo estéril, que se desliza gradualmente hasta perderse en la lejanía. Un cielo gris uniforme lo envuelve como un manto.
No estoy solo: somos en la habitación unas diez personas, gentes sencillas, de aspecto humilde. Todos van y vienen por la habitación en total mutismo, sigilosamente. Parecen evitarse los unos a los otros y, sin embargo, no cesan de cruzarse inquietantes miradas.
Nadie sabe qué esta haciendo en esa casa, ni quiénes son los demás. Los rostros reflejan ansiedad y congoja... Uno tras otro, todos se van acercando a las ventanas y observan atentos, como si esperasen algo desde fuera.
Luego, vuelven a deambular de un lado para otro. Entre nosotros hay un niño. Menudo e inquieto, de vez en cuando gime con su vocecilla monótona y envolvente: «Papaíto, ¡tengo miedo!»  El corazón se me sube a la garganta al oír esa voz y yo también empiezo a sentir miedo, pero...¿de qué? Ni yo mismo lo sé. Sólo presiento que se avecina una gran calamidad, un desastre.
El niño sigue gimoteando de vez en cuando. ¡Ay, quién pudiera escapar! ¡Qué agobio, qué angustia, qué pesadumbre!.. Pero es imposible salir.
El cielo parece una mortaja. Y no hay viento... ¿es que se ha muerto el aire?
De pronto el niño corre hacia la ventana y grita con voz lastimosa:
- ¡Mirad, mirad! ¡Se ha hundido la tierra!
- ¿Cómo que se ha hundido?
En efecto, la casa, que antes daba al páramo, ahora ha quedado encaramada en lo alto de un terrible cima. El firmamento se ha desplomado, se ha hundido, y ante a la casa se ha abierto un abismo negro, de violenta verticalidad. 
Todos nos agolpamos junto a las ventanas... El horror nos hiela el corazón.
- Ahí viene... ¡ahí está! -murmura mi vecino.
Allá en el horizonte algo empieza a moverse, se bambolean unos pequeños y redondeados montículos.

«¡Es el mar! -pensamos todos en el mismo instante. -Nos va a tragar... Pero, ¿cómo puede crecer de este modo, hacia arriba? ¿Alcanzará esta cima?»
El mar crece y se agiganta... Ya no son unos pequeños montículos que se mecen en la lejanía, sino una única ola, maciza y monstruosa, que abarca toda la cúpula celeste.
¡Ya viene, vuela hacia nosotros! Se nos echa encima con su gélido aliento, con su negrura abismal. Todo alrededor se estremece y allá, en esa vertiginosa mole, todo cruje y retumba, como un espeluznante bramido de mil fauces de hierro...
¡Cómo brama, cómo ruge! La propia tierra aúlla de espanto...
¡Es su fin! ¡El fin de todo!
El niño gime por última vez... Yo intento asirme a mis compañeros, pero ya estamos todos aplastados, sepultados, anegados, arrasados por aquella ola rugiente, glacial, negra como la tinta.

Y se hace la oscuridad... ¡las eternas tinieblas!
Con la respiración entrecortada, me despierto.

Marzo de 1878. 





MASHA

Años atrás, viviendo en San Petersburgo, siempre que cogía un coche de punto, solía yo entablar conversación con el cochero.
Me gustaba particularmente charlar con los cocheros nocturnos, que solían ser campesinos pobres de los alrededores de la capital, llegados a la ciudad con sus maltrechos trineos1 pintados de ocre y un escuálido jamelgo, con la esperanza de ganarse el pan para sí y el tributo para su señor.
En cierta ocasión, tomé un coche... El cochero era un fornido mocetón de unos veinte años, bien plantado y mejor parecido: ojos zarcos, colorados mofletes y unas guedejas rubias asomando por debajo de un raído gorro cuajado de remiendos, calado hasta las mismísimas cejas. Resultaba inexplicable cómo se había embutido semejante corpachón en aquella zamarrilla vieja y desgarrada.
Sin embargo, el rostro del cochero, agraciado y barbilampiño, parecía triste y taciturno.
Me puse a charlar con él y también en su voz pude percibir cierta amargura.
- ¿Qué pasa, hombre? -le pregunté. -Pareces triste. ¿Tienes alguna pena?
El mocetón tardó unos instantes en responder.
- Pues sí, señorito, sí que la tengo, -dijo por fin. -Una pena muy grande... La peor de todas. Se me ha muerto la mujer.
- ¿La querías?
El mozo, sin volverse, agachó la cabeza.
- Sí que la quería, señorito... Ya va para ocho meses y no la puedo olvidar. Se me parte el corazón...¡ay! Pero ¿por qué tuvo que morirse? Era joven y fuerte... Y en un día se la llevó la peste.
- ¿Os llevabais bien?
- ¡Ay, señor! -suspiró el infeliz. -Éramos como uña y carne. Y se murió sin mí. Yo estaba aquí y cuando me enteré, pues eso... ya la habían enterrado. Entonces salí corriendo para el pueblo, a mi casa. Llegué pasada ya la medianoche. Entré en mi casa, me planté en mitad de la habitación y la llamé bajito: «Masha, Masha2...»  Y no se oía más que el grillo. Me senté en el suelo y me eché a llorar, y de rabia me lié a puñetazos contra el suelo...¡Trágame a mí también, tierra! Ya que te la has llevado, llévame a mí también...¡Ay, mi Masha!
- Masha, -repitió de pronto con un hilo de voz. Y sin soltar de las manos las las cuerdas que hacían de riendas, se enjugó una lágrima con un ademán furtivo, como si quisiera sacudírsela de encima. Luego, encogió los hombros y ya no volvió a decir nada más.
Al bajarme del trineo, le di quince kópeks de propina. Con el gorro en la mano, me hizo una ceremoniosa reverencia y siguió con paso cansino por la calle nevada y desierta, envuelta en la blanquecina y helada bruma de enero.

Abril de 1878 



EL NECIO

Érase una vez un necio. 
Vivía feliz y despreocupado hasta que, poco a poco, empezaron a llegarle rumores de que todo el mundo lo consideraba un estúpido y un ordinario.
El necio se quedó apesadumbrado y empezó a cavilar cómo podría detener tan desagradables murmuraciones.
Una súbita idea iluminó de pronto su mente oscura y estrecha... y, sin pensarlo más, la puso en práctica.
Un buen día, se encontró en la calle con un conocido y éste le alabó a cierto pintor de renombre.
- Pero, ¡por Dios! -exclamó el necio. -Ese pintor hace tiempo que pasó a la historia, ¿no lo sabía? Pues eso sí que no me lo esperaba yo de usted... ¡Es usted un retrógrado!
El conocido se acobardó e inmediatamente le dió la razón al necio.
- ¡Acabo de leer un libro excelente! -le comentó en cierta ocasión otro conocido.
- ¡Por favor! -exclamó el necio. -¡Vergüenza debería darle! Pero si es una auténtica paparruchada, ya nadie lee eso. ¿Que no lo sabía usted? Pues... ¡es usted un retrógrado!
También este conocido se amedrentó y fue del parecer del necio.
- Qué bellísima persona es mi amigo Fulano -comentó un tercer conocido. -¡Qué alma tan noble!
- ¡Por Dios! -exclamó el necio. -¡El tal Fulano es un redomado sinvergüenza! Ha desplumado a toda su familia. Pero si lo sabe todo el mundo. ¡Es usted un retrógrado!
También este conocido se acobardó, cambió de opinión y no quiso saber más de su amigo.
A quienquiera que alabasen en presencia del necio, éste siempre tenía por respuesta la misma retahíla.
A veces, incluso, apostillaba con cierto reproche:
- Ah, pero ¿aún cree usted en las autoridades?
- ¡Es un cascarrabias! ¡Qué mala bilis tiene! -empezó a decir todo el mundo del necio. -¡Pero qué cabeza la suya!
- ¡Y qué lengua! -añadían otros. -¡Una auténtica lumbrera!
Hasta que, finalmente, el editor de un periódico le propuso al necio dirigir la sección de crítica literaria.
Y el necio se puso a criticar a todo y a todos, sin cambiar un ápice su estilo ni sus exclamaciones.
Ahora él, que antes arremetía contra las autoridades, es toda una autoridad y los jóvenes lo veneran y lo temen.

   ¿Y qué remedio les queda a los pobres jóvenes? Si bien es cierto que no hay motivo alguno para venerarlo, pero ... ¿quién se atreve a proclamarlo? ¡Lo tacharían de retrógrado!
¡Qué bien vive un necio entre cobardes!

Abril de 1878 



LEYENDA ORIENTAL

¿Quién no conoce en Bagdad al gran Jaffar, comparable al astro rey?

Una vez, muchos años ha, siendo aún un doncel, paseaba Jaffar por las afueras de Bagdad.
De pronto, llegó a sus oídos un grito enronquecido: alguien pedía auxilio desesperadamente.
Jaffar siempre había destacado entre los muchachos de su edad por su cordura y sensatez, pero también tenía un corazon compasivo y confiaba en su fuerza.
Acudió presto al grito y vio a un anciano decrépito, que, acorralado contra un muro, estaba siendo robado por dos ladrones.
Jaffar desenvainó su espada y se lanzó sobre los malhechores, matando a uno y ahuyentando al otro.
El anciano liberado cayó a los pies de su libertador, besó el borde de sus vestiduras y exclamó:
- ¡Oh, valeroso joven! Tu magnanimidad no quedará sin recompensa. Mi aspecto es el de un miserable mendigo, pero no es así. No soy un hombre cualquiera. Acude mañana por la mañana al mercado principal, allí te estaré esperando junto a la fuente, y te convencerás de la veracidad de mis palabras.
Jaffar pensó: «En efecto, este hombre parece un mendigo, pero ¿quién sabe? ¿Por qué no probar suerte?» -y le respondió:
- Está bien, venerable anciano, iré.
El viejo le miró de hito en hito y se marchó.
A la mañana siguiente, al despuntar el alba Jaffar se encaminó hacia el mercado. El anciano ya lo estaba esperando, apoyado sobre el blanco mármol de la fuente.
En silencio, tomó a Jaffar de la mano y lo llevó a un pequeño jardín, rodeado de altos muros.
En medio del jardín, en una verde pradera había un árbol de aspecto extraordinario.
Parecía un ciprés, pero su ramaje era de color azul turquesa.

Tres frutos, tres manzanas colgaban de sus finas ramas arqueadas: una, de mediano tamaño, alargada y de color blanco lechoso; otra, grande y redonda, de un rojo brillante; y una tercera, pequeña, amarillenta y arrugada.
El árbol susurraba suavemente, a pesar de la ausencia de brisa. Más que un susurro, era como un lamento, como un tintineo cristalino y tenue, y parecía como si el árbol notase la aproximación de Jaffar.
- Joven, -le dijo el anciano. -Toma cualquiera de estos frutos, pero has de saber que si te comes la manzana blanca serás más inteligente que nadie, si te comes la roja serás tan rico como el judío Rotschild, y si te decides por la amarilla gustarás a las mujeres viejas. Decídete, pues... y no lo pienses mucho, porque dentro de una hora los frutos se marchitarán y el árbol se hundirá en las entrañas de la tierra.

Jaffar se quedó cabizbajo y meditabundo.
- ¿Qué debo hacer? -murmuró, pensando en voz alta. -Si eres demasiado inteligente, se te quitan las ganas de vivir; si eres el más rico, todo el mundo te envidia; mejor será que me quede con la tercera manzana, la más ajada.
Y así lo hizo. El viejo rió con su desdentada boca y le habló así:

- ¡Oh, el más sabio de todos los jóvenes! Has elegido la mejor parte. ¿Para qué quieres la manzana blanca, si ya eres más sabio que Salomón? Tampoco necesitas la manzana roja... porque ya serás rico sin ella. Pero nadie envidiará tus riquezas.
- Y dime, venerable anciano, -dijo Jaffar animosamente, -¿dónde habita la venerable madre de nuestro califa, al que Alá guarde? 

El viejo le hizo una profunda reverencia y le indicó el camino.
¿Quién no conoce en Bagdad al gran Jaffar, comparable al mismísimo astro rey?

Abril de 1878 



DOS CUARTETAS

Érase una vez una ciudad, cuyos habitantes amaban la poesía hasta tal punto que, si transcurrían varias semanas sin que aparecieran nuevos y hermosos versos, consideraban semejante sequía poética como una calamidad pública.
Se vestían entonces sus ropas más raídas, se cubrían la cabeza de ceniza y, hacinados en las plazas, derramaban amargas lágrimas lamentándose de que la musa los hubiera abandonado.
En uno de esos días aciagos, en la plaza rebosante de compungida plebe apareció el joven vate Junio.
Con paso ágil subió a la tribuna e hizo una señal, dando a entender que iba a leer una poesía.
Los lictores alzaron inmediatamente los fasces.
- ¡Silencio! ¡Atención! -proclamaron con estridentes voces y la muchedumbre se quedó en silencio, aguardando.
- ¡Amigos! ¡Compañeros! -empezó Junio con voz potente pero algo insegura:

¡Amigos! ¡Compañeros! ¡Amantes de los versos!
Amantes de la hermosa armonía,
No sucumbáis a un momento triste,
Pues llegará de nuevo el radiante día.

Apenas hubo terminado, cuando en todos los rincones de la plaza estallaron carcajadas, pitos y abucheos.
Eran cientos de rostros desencajados por la ira, miles de ojos furibundos y un mar de brazos alzados, agitándose y amenazándole con los puños.
- ¡Mira con lo que nos sale! -rugía airada la multitud. -¡Abajo el poetastro! ¡Fuera de la tribuna! ¡Necio! ¡Huevos y frutos podridos es lo que se merece ese majadero! ¡Que traigan piedras! ¡Más piedras!

Raudo como una centella bajó Junio de la tribuna, pero ... aún no había tenido tiempo de regresar a su casa, cuando llegó a sus oídos una salva de estrepitosos aplausos, vítores y alabanzas.
Totalmente desconcertado y procurando, no obstante, pasar desaperci­bido por aquello de que puede ser peligroso excitar aún más a la fiera enfurecida, Junio regresó a la plaza.
¿Y qué es lo que vio?
Flotando por encima de la multitud sobre un mar de cabezas, izado sobre un escudo de oro, ataviado con una clámide púrpura y ciñendo una corona de laurel sobre sus esponjosos rizos ahí estaba su rival, el joven poeta Julio... Mientras, la muchedumbre alrededor no cesaba de vociferar:

- ¡Albricias! ¡Gloria! ¡Gloria al inmortal Julio! Él es nuestro consuelo, él ha aliviado nuestra pena! Ha regalado nuestros oídos con poesía dulce como la miel, sonora como un címbalo, fragante como una rosa y pura como el azul del firmamento. Alzadlo con solemnidad, perfumad su inspirada cabeza con suave incienso, abanicad su preclara frente con finas hojas de palmera, derrochad a sus pies la mirra aromática de oriente! ¡Loado sea!
Junio se acercó a uno de los enardecidos admiradores.
- Dime, oh concuidadano, ¿cómo son esos versos de Julio que os han hecho tan dichosos? Yo no tuve la fortuna de estar en la plaza, cuando él los leyó. Repítemelos, si es que los recuerdas, ten la bondad.
- ¡Cómo no voy a recordarlos! -respondió algo molesto el interpelado. - ¿Por quién me tomas? Escucha, pues, y alégrate con nosotros.

«¡Amantes de los versos!» -así es como empezó el divino Julio...

¡Amantes de los versos! ¡Amigos! ¡Compañeros!
Amantes de la bella armonía,
No sucumbáis a un momento de aflicción, 
Pues llegará radiante el nuevo día.

- ¿Qué te parece?
- ¡Por favor! -clamó Junio. -¡Pero si son mis versos! Probablemente, Julio se encontraría entre la multitud cuando yo los leí y luego los repitió cambiando apenas algunas palabras, y no para mejor, dicho sea de paso.
- Ah, ya veo...Tú eres Junio, -respondió el conciudadano frunciendo el ceño. -Además de necio eres envidioso... Fíjate bien, desgraciado: el verso de Julio suena sublime, cuando dice eso de «¡Pues llegará de nuevo el radiante día!». En cambio el tuyo es una memez: «Pues llegará radiante el nuevo día». ¿Qué es eso de «llegará radiante»? ¿Qué «nuevo día»?
- Pero...¡si es lo mismo! -intentó objetar Junio...
- Si dices una palabra más, -le atajó el conciudadano-, daré la voz de alarma y la gente te hará mil pedazos.
Junio se calló prudentemente. En aquel instante se le acercó un anciano de blancos cabellos que había oído la conversación, y, poniéndole la mano sobre el hombro, dijo:
Junio, tú pronunciaste tus propias palabras, pero en mal momento, mientras que el otro pronunció palabras ajenas, pero en un buen momento. Luego él tiene razón y a ti tan sólo te queda el consuelo de tu propia conciencia.



Y mientras la conciencia intentaba consolar mal que bien al infortunado Junio, allá a lo lejos, entre atronadores vítores y aplausos, rodeada de una áurea nube, radiante y victoriosa como el sol, refulgente de púrpura, coronada de oscuros laureles, envuelta en densas oleadas de incienso, con la majestuosa parsimonia de un monarca que se dirige hacia el trono, avanzaba la arrogante figura de Julio... A su paso se iban inclinando una tras otra las ramas de palma, como si quisieran expresar con su humilde reverencia esa inmensa, inagotable adoración que desbordaba los fascinados corazones de los conciudadanos.


Abril de 1878 



EL GORRIÓN

   Yo volvía de cazar y caminaba por una avenida del parque. Mi perro corría delante.
De pronto, se puso al acecho y empezó a avanzar cautelosamente, como si hubiera olfateado una presa.
Miré adelante y vi a un polluelo de gorrión, de pico amarillo y plumón en la coronilla. Se había caído del nido -un fuerte viento balanceaba los abedules del parque- y se había quedado ahí, inmóvil e indefenso, ahuecando sus incipientes y diminutas alas.
Mi perro se aproximaba a él lentamente cuando, de pronto, de un árbol cercano cayó como una piedra un gorrión adulto, de negra pechera, plantándose ante el mismísimo hocico de mi can y, desencajado, con las plumas hirsutas, piando lastimera y desesperadamente dió un par de saltos en dirección a aquellas fauces abiertas y dentudas.
Se lanzó a salvar a su criatura, a protegerla con su cuerpo... mientras todo su diminuto ser temblaba de miedo, su vocecilla se quebraba y enronquecía... petrificado de espanto, estaba dispuesto a sacrificar su vida.
¡Qué enorme y monstruoso debía parecerle el perro! Y a pesar de ello, fue incapaz de permanecer en su rama, tan alta y tan segura... Una fuerza mucho más poderosa que su propia voluntad, lo había arrojado al suelo.
Mi Trésor se detuvo y retrocedió... También él reconoció esa fuerza.

Me apresuré a llamar al avergonzado can y me alejé, lleno de veneración.
Sí, veneración, no se rían de mí: sentí veneración ante aquel diminuto y heroico pajarillo, ante su arrebato de amor.
El amor, pensé, es más fuerte que la muerte y que el temor a la muerte. Sólo el amor mantiene e impulsa la vida.

Abril de 1878



LAS CALAVERAS

Era un hermoso salón, inundado de luz... y una multitud de damas y caballeros.
Los rostros eran exultantes, la conversación bulliciosa... Todos departían animadamente sobre una renombrada cantante. La calificaban de divina e inmortal... ¡Oh, qué espléndido ese último gorgorito que había lanzado ayer!
De pronto, como por arte de magia, todas las cabezas y rostros quedaron despojados de la fina película de piel, dejando al descubierto la mórbida blancura de los cráneos, el reflejo azul metalizado de las encías y pómulos en carne viva.
Contemplé con espanto cómo se movían y articulaban esas encías y pómulos, cómo giraban, reflectando la luz de las velas y lámparas, esas esferas de hueso llenas de protuberancias, y cómo, dentro de ellas, giraban y se movían otras esferas menores, unos ojos de mirada perdida.
No me atrevía a tocar mi propio rostro, ni a mirarme en el espejo.

Las calaveras seguían moviéndose, como si tal cosa... Con la misma animación, agitando tras los descarnados dientes los colorados flecos de sus lenguas, parloteaban sin cesar de aquel inigualable, maravilloso último gorgorito que había lanzado la inmortal... sí, ¡inmortal! cantante.

Abril de 1878 



EL PEÓN Y EL SEÑORITO
UNA CONVERSACIÓN

El peón: ¿Y tú a qué vienes? ¿Qué quieres de nosotros? No eres de los nuestros...¡Largo de aquí!
El señorito: Soy de los vuestros, ¡hermanos!
El peón: ¿De los nuestros? ¡Anda ya! ¡Vaya ocurrencia! Mira mis manos, fíjate qué sucias están, ¿lo ves? Huelen a estiércol y a pez, y tú tienes las manos bien blancas. ¡A saber a qué huelen!
El señorito, tendiéndole las manos: Huélelas.
El peón, tras oler las manos: ¡Qué extraño! Parece, como si olieran a hierro.
El señorito: Así es, huelen a hierro. Durante seis años he llevado grilletes.
El peón: ¿Y eso por qué?
El señorito: Pues porque me preocupa vuestro bienestar y quería liberaros a vosotros, gente oscura e ignorante, me rebelé contra vuestros opresores, me amotiné... Y por eso me encerraron.
El peón: ¿Te encerraron? ¡Buena gana de armar bronca!

Dos años más tarde.

El mismo peón, a otro: Oye tú, Petrá, ¿te acuerdas de aquel señorito que estuvo hablando contigo hace un par de veranos?
El otro peón: Sí... ¿y qué?
El primer peón: Pues na, que dicen que hoy lo van a ahorcar, que ha salido ya la orden.
El segundo peón: Seguía armando bronca, ¿o qué?
El primer peón: Pues, por lo visto.
El segundo peón: ¿Sabes qué te digo, Mitriái? A ver si nos agencia­mos un pedazo de soga de la horca. Dicen que da mucha suerte.

El primer peón: Pues tienes razón. Habrá que intentarlo, vaya.


Abril de 1878 



LA ROSA

Eran los últimos días de agosto... Se avecinaba el otoño.
El sol se estaba poniendo. Una lluvia torrencial, sin truenos ni relámpa­gos, acababa de arrasar aquella anchurosa planicie.

El jardín delante de la casa parecía envuelto en llamas y vapores, arrebolado e inundado por la reciente tromba de agua.
Sentada junto la mesa, en el salón, ella contemplaba, ensimismada y absorta, el jardín que se entreveía por la puerta semiabierta.
Yo sabía lo que estaba sucediendo en aquellos momentos en su alma, sabía que, tras una lucha breve pero intensa, en aquel mismo instante estaba sucumbiendo ante un sentimiento que era incapaz ya de vencer.
De pronto se levantó, salió precipitadamente al jardín y desapareció en él.
Transcurrió una hora, luego otra... Ella no regresaba.
Me levanté y salí de la casa dirigiéndome por un sendero, el mismo -y de eso estaba seguro- por el que se había encaminado ella.
Estaba oscureciendo ya, la noche estaba encima. Sin embargo, sobre la húmeda arena del sendero distinguí claramente un objeto ovalado, una mancha carmesí que destacaba en la penumbra.
Me incliné... Era un capullo de rosa, tierno, apenas abierto. Apenas dos horas antes, yo había visto esa rosa en su pecho.
Recogí cuidadosamente la flor caída en el barro, regresé al salón y la dejé sobre la mesa, delante de su sillón.
Por fin ella regresó, atravesó con paso ligero la estancia y se volvió a sentar junto a la mesa.
Su semblante estaba pálido y alborozado, sus ojos gozosos y turbados, su mirada huidiza y soslayada. 
Al ver la rosa, la tomó repentinamente, contempló sus pétalos pisoteados y sucios, me miró con fijeza y al instante sus ojos se iluminaron con lágrimas.
- ¿Por qué llora? -le pregunté.
- Por esta rosa. Mírela, cómo ha quedado.
Se me ocurrió entonces impresionarla con un pensamiento profundo.
- Sus lágrimas lavarán este fango, -sentencié en tono de grave solemnidad.
- Las lágrimas no lavan, las lágrimas queman, -me respondió ella y, girándose rápidamente hacia la chimenea, arrojó la rosa a las tenues llamas.
- El fuego la quemará aún mejor que las lágrimas, -exclamó con desafío y sus maravillosos ojos, aún brillantes y llenos de lágrimas, me miraron sonrientes, intrépidos y dichosos.
Comprendí que también ella estaba quemada.

Abril de 1878

 MÁS POEMAS: 
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ДЕРЕВНЯ

Последний день июня месяца; на тысячу верст кругом Россия - родной край.
Ровной синевой залито всё небо; одно лишь облачко на нем - не то плывет, не то тает. Безветрие, теплынь... воздух - молоко парное!
Жаворонки звенят; воркуют зобастые голуби; молча реют ласточки; лошади фыркают и жуют; собаки не лают и стоят, смирно повиливая хвостами.

И дымком-то пахнет, и травой - и дегтем маленько - и маленько кожей. Конопляники уже вошли в силу и пускают свой тяжелый, но приятный дух.
Глубокий, но пологий овраг. По бокам в несколько рядов головастые, книзу исщепленные ракиты. По оврагу бежит ручей; на дне его мелкие камешки словно дрожат сквозь светлую рябь. Вдали, на конце-крае земли и неба - синеватая черта большой реки.

Вдоль оврага - по одной стороне опрятные амбарчики, клетушки с плотно закрытыми дверями; по другой стороне пять-шесть сосновых изб с тесовыми крышами. Над каждой крышей высокий шест скворечницы; над каждым крылечком вырезной железный крутогривый конек. Неровные стекла окон отливают цветами радуги. Кувшины с букетами намалеваны на ставнях. Перед каждой избой чинно стоит исправная лавочка; на завалинках кошки свернулись клубочком, насторожив прозрачные ушки; за высокими порогами прохладно темнеют сени.

Я лежу у самого края оврага на разостланной попоне; кругом целые вороха только что скошенного, до истомы душистого сена. Догадливые хозяева разбросали сено перед избами: пусть еще немного посохнет на припеке, а там и в сарай! То-то будет спать на нем славно!
Курчавые детские головки торчат из каждого вороха; хохлатые курицы ищут в сене мошек да букашек; белогубый щенок барахтается в спутанных былинках.

Русокудрые парни, в чистых низко подпоясанных рубахах, в тяжелых сапогах с оторочкой, перекидываются бойкими словами, опершись грудью на отпряженную телегу, - зубоскалят.
Из окна выглядывает круглолицая молодка; смеется не то их словам, не то возне ребят в наваленном сене.

Другая молодка сильными руками тащит большое мокрое ведро из колодца... Ведро дрожит и качается на веревке, роняя длинные огнистые капли.
Передо мной стоит старуха-хозяйка в новой клетчатой паневе, в новых котах.
Крупные дутые бусы в три ряда обвились вокруг смуглой худой шеи; седая голова повязана желтым платком с красными крапинками; низко навис он над потускневшими глазами.
Но приветливо улыбаются старческие глаза; улыбается всё морщинистое лицо. Чай, седьмой десяток доживает старушка... а и теперь еще видать: красавица была в свое вемя!
Растопырив загорелые пальцы правой руки, держит она горшок с холодным неснятым молоком, прямо из погреба; стенки горшка покрыты росинками, точно бисером. На ладони левой руки старушка подносит мне большой ломоть еще теплого хлеба. "Кушай, мол, на здоровье, заезжий гость!"

Петух вдруг закричал и хлопотливо захлопал крыльями; ему в ответ, не спеша, промычал запертой теленок.
- Ай да овес! - слышится голос моего кучера.
О, довольство, покой, избыток русской вольной деревни! О, тишь и благодать!
И думается мне: к чему нам тут и крест на куполе Святой Софии в Царь-Граде и всё, чего так добиваемся мы, городские люди?

Февраль, 1878



РАЗГОВОР

Ни на Юнгфрау, ни на Финстерааргорне еще не бывало человеческой ноги.

Вершины Альп... Целая цепь крутых уступов... Самая сердцевина гор.
Над горами бледно-зеленое, светлое, немое небо. Сильный, жесткий мороз; твердый, искристый снег; из-под снегу торчат суровые глыбы обледенелых, обветренных скал.
Две громады; два великана вздымаются по обеим сторонам небосклона: Юнгфрау и Финстерааргорн.
И говорит Юнгфрау соседу:

- Что скажешь нового? Тебе видней. Что там внизу?
Проходят несколько тысяч лет - одна минута. И грохочет в ответ Финстерааргорн:
- Сплошные облака застилают землю... Погоди!
Проходят еще тысячелетия - одна минута.
- Ну, а теперь? - спрашивает Юнгфрау.
- Теперь вижу; там внизу все то же: пестро, мелко. Воды синеют; чернеют леса; сереют груды скученных камней. Около них всё еще копошатся козявки, знаешь, ты двуножки, что еще ни разу не могли осквернить ни тебя, ни меня.

- Люди?
- Да; люди.
Проходят тысячи лет - одна минута.
- Ну, а теперь? - спрашивает Юнгфрау.
- Как будто меньше видать козявок, - гремит Финстерааргорн. - Яснее стало внизу; сузились воды; поредели леса.

Прошли еще тысячи лет - одна минута.
- Что ты видишь? - говорит Юнгфрау.
- Около нас, вблизи, словно прочистилось, - отвечает Финстерааргорн, - ну, а там, вдали, по долинам есть еще пятна и шевелится что-то.
- А теперь? - спрашивает Юнгфрау, спустя другие тысячи лет - одну минуту.
- Теперь хорошо, - отвечает Финстерааргорн, - опрятно стало везде, бело совсем, куда ни глянь... Везде наш снег, ровный снег и лед. Застыло всё. Хорошо теперь, спокойно.

- Хорошо, - промолвила Юнгфрау. - Однако довольно мы с тобой поболтали, старик. Пора вздремнуть.
- Пора.

Спят громадные горы; спит зеленое светлое небо над навсегда замолкшей землей.

Февраль, 1878







СТАРУХА

Я шел по широкому полю, один.

И вдруг мне почудились легкие, осторожные шаги за моей спиною... Кто-то шел по моему следу.
Я оглянулся - и увидал маленькую, сгорбленную старушку, всю закутанную в серые лохмотья. Лицо старушки одно виднелось из-под них: желтое, морщинистое, востроносое, беззубое лицо.
Я подошел к ней... Она остановилась.
- Кто ты? Чего тебе нужно? Ты нищая? Ждешь милостыни?
Старушка не отвечала. Я наклонился к ней и заметил, что оба глаза у ней были застланы полупрозрачной, беловатой перепонкой, или плевой, какая бывает у иных птиц: они защищают ею свои глаза от слишком яркого света.
Но у старушки та плева не двигалась и не открывала зениц... из чего я заключил, что она слепая.
- Хочешь милостыни? - повторил я свой вопрос. - Зачем ты идешь за мною? - Но старушка по-прежнему не отвечала, а только съежилась чуть-чуть.
Я отвернулся от нее и пошел своей дорогой.
И вот опять слышу я за собой те же легкие, мерные, словно крадущиеся шаги.
"Опять эта женщина! - подумалось мне. - Что она ко мне пристала? - Но я тут же мысленно прибавил: - Вероятно, она сослепу сбилась с дороги, идет теперь по слуху за моими шагами, чтобы вместе со мною выйти в жилое место. Да, да; это так".
Но странное беспокойство понемногу овладело моими мыслями: мне начало казаться, что старушка не идет только за мною, но что она направляет меня, что она меня толкает то направо, то налево, и что я невольно повинуюсь ей.
Однако я продолжаю идти... Но вот впереди на самой моей дороге что-то чернеет и ширится... какая-то яма...
"Могила! - сверкнуло у меня в голове. - Вот куда она толкает меня!"
Я круто поворачиваю назад... Старуха опять передо мною... но она видит! Она смотрит на меня большими, злыми, зловещими глазами... глазами хищной птицы... Я надвигаюсь к ее лицу, к ее глазам... Опять та же тусклая плева, тот же слепой и тупой облик.
"Ах! - думаю я... - эта старуха - моя судьба. Та судьба, от которой не уйти человеку!"
"Не уйти! не уйти! Что за сумасшествие?... Надо попытаться". И я бросаюсь в сторону, по другому направлению.

Я иду проворно... Но легкие шаги по-прежнему шелестят за мною, близко, близко... И впереди опять темнеет яма.
Я опять поворачиваю в другую сторону... И опять тот же шелест сзади и то же грозное пятно впереди.


И куда я ни мечусь, как заяц на угонках... всё то же, то же!

"Стой! - думаю я. - Обману же я ее! Не пойду я никуда!" - и я мгновенно сажусь на землю.
Старуха стоит позади, в двух шагах от меня. Я ее не слышу, но я чувствую, что она тут.
И вдруг я вижу: то пятно, что чернело вдали, плывет, ползет само ко мне!
Боже! Я оглядываюсь назад... Старуха смотрит прямо на меня - и беззубый рот скривлен усмешкой...
- Не уйдешь!

Февраль, 1878



СОБАКА

Нас двое в комнате: собака моя и я. На дворе воет страшная, неистовая буря.
Собака сидит передо мною - и смотрит мне прямо в глаза.
И я тоже гляжу ей в глаза.
Она словно хочет сказать мне что-то. Она немая, она без слов, она сама себя не понимает - но я ее понимаю.

Я понимаю, что в это мгновенье и в ней и во мне живет одно и то же чувство, что между нами нет никакой разницы. Мы торжественны; в каждом из нас горит и светится тот же трепетный огонек.
Смерть налетит, махнет на него своим холодным широким крылом...
И конец!
Кто потом разберет, какой именно в каждом из нас горел огонек?

Нет! это не животное и не человек меняются взглядами...
Это две пары одинаковых глаз устремлены друг на друга.
И в каждой из этих пар, в животном и в человеке - одна и та же жизнь жмется пугливо к другой.

Февраль, 1878



СОПЕРНИК

У меня был товарищ - соперник; не по занятиям, не по службе или любви; но наши воззрения ни в чем не сходились, и всякий раз, когда мы встречались, между нами возникали нескончаемые споры.
Мы спорили обо всем: об искусстве, о религии, о науке, о земной и загробной - особенно о загробной жизни.
Он был человек верующий и восторженный. Однажды он сказал мне:
- Ты надо всем смеешься; но если я умру прежде тебя, то я явлюсь к тебе с того света... Увидим, засмеешься ли ты тогда?
И он, точно, умер прежде меня, в молодых летах еще будучи; но прошли года - и я позабыл об его обещании, об его угрозе.
Раз, ночью, я лежал в постели - и не мог, да и не хотел заснуть.
В комнате было ни темно, ни светло; я принялся глядеть в седой полумрак.
И вдруг мне почудилось, что между двух окон стоит мой соперник - и тихо и печально качает сверху вниз головою.

Я не испугался - даже не удивился... но, приподнявшись слегка и опершись на локоть, стал еще пристальнее глядеть на неожиданно появившуюся фигуру.
Тот продолжал качать головою.
- Что? - промолвил я наконец. - Ты торжествуешь? или жалеешь? Что это: предостережение или упрек?... Или ты мне хочешь дать понять, что ты был неправ? что мы оба неправы? Что ты испытываешь? Муки ли ада? Блаженство ли рая? Промолви хоть слово?
Но мой соперник не издал ни единого звука - и только по-прежнему печально и покорно качал головою - сверху вниз.
Я засмеялся... он исчез.

Февраль, 1878



НИЩИЙ

Я проходил по улице... меня остановил нищий, дряхлый старик.

Воспаленные, слезливые глаза, посинелые губы, шершавые лохмотья, нечистые раны... О, как безобразно обглодала бедность это несчастное существо!
Он протягивал мне красную, опухшую, грязную руку... Он стонал, он мычал о помощи.
Я стал шарить у себя во всех карманах... Ни кошелька, ни часов, ни даже платка... Я ничего не взял с собою.
А нищий ждал... и протянутая его рука слабо колыхалась и вздрагивала.
Потерянный, смущенный, я крепко пожал эту грязную, трепетную руку...
- Не взыщи, брат; нет у меня ничего, брат.
Нищий уставил на меня свои воспаленные глаза; его синие губы усмехнулись - и он в свою очередь стиснул мои похолодевшие пальцы.
- Что же, брат, - прошамкал он, - и на том спасибо. Это тоже подаяние, брат.
Я понял, что и я получил подаяние от моего брата.


Февраль, 1878



"УСЛЫШИШЬ СУД ГЛУПЦА..."

Пушкин

Ты всегда говорил правду, великий наш певец; ты сказал ее и на этот раз.
"Суд глупца и смех толпы"... Кто не изведал и того и другого?

Всё это можно - и должно переносить; а кто в силах - пусть презирает!
Но есть удары, которые больнее бьют по самому сердцу. Человек сделал всё что мог; работал усиленно, любовно, честно... И честные души гадливо отворачиваются от него; честные лица загораются негодованием при его имени.

- Удались! Ступай вон! - кричат ему честные молодые голоса. - Ни ты нам не нужен, ни твой труд; ты оскверняешь наше жилище - ты нас не знаешь и не понимаешь... Ты наш враг!
Что тогда делать этому человеку? Продолжать трудиться, не пытаться оправдываться - и даже не ждать более справедливой оценки.
Некогда землепашцы проклинали путешественника, принесшего им картофель, замену хлеба, ежедневную пищу бедняка. Они выбивали из протянутых к ним рук драгоценный дар, бросали его в грязь, топтали ногами.
Теперь они питаются им - и даже не ведают имени своего благодетеля.
Пускай! На что им его имя? Он, и безымянный, спасает их от голода.
Будем стараться только о том, чтобы приносимое нами было точно полезною пищей.
Горька неправая укоризна в устах людей, которых любишь... Но перенести можно и это...
"Бей меня! но выслушай!" - говорил афинский вождь спартанскому.
"Бей меня - но будь здоров и сыт!" - должны говорить мы.


Февраль, 1878



ДОВОЛЬНЫЙ ЧЕЛОВЕК

По улице столицы мчится вприпрыжку молодой еще человек. Его движенья веселы, бойки; глаза сияют, ухмыляются губы, приятно алеет умиленное лицо... Он весь - довольство и радость.
Что с ним случилось? Досталось ли ему наследство? Повысили ли его чином? Спешит ли он на любовное свиданье? Или просто он хорошо позавтракал - и чувство здоровья, чувство сытой силы взыграло во всех его членах? Уж не возложили ли на его шею твой красивый осьмиугольный крест, о польский король Станислав!
Нет. Он сочинил клевету на знакомого, распространил ее тщательно, услышал ее, эту самую клевету, из уст другого знакомого - и сам ей поверил.
О, как доволен, как даже добр в эту минуту этот милый, многообещающий молодой человек!

Февраль, 1878



ЖИТЕЙСКОЕ ПРАВИЛО

- Если вы желаете хорошенько насолить и даже повредить противнику, - говорил мне один старый пройдоха, - то упрекайте его в том самом недостатке или пороке, который вы за собою чувствуете. Негодуйте... и упрекайте!
Во-первых - это заставит других думать, что у вас этого порока нет.
Во-вторых - негодование ваше может быть даже искренним... Вы можете воспользоваться укорами собственной совести.
Если вы, например, ренегат, - упрекайте противника в том, что у него нет убеждений!
Если вы сами лакей в душе, - говорите ему с укоризной, что он лакей... лакей цивилизации, Европы, социализма!
- Можно даже сказать: лакей безлакейства! - заметил я.

- И это можно, - подхватил пройдоха.

Февраль, 1878



КОНЕЦ СВЕТА
СОН

Чудилось мне, что я нахожусь где-то в России, в глуши, в простом деревенском доме.
Комната большая, низкая, в три окна; стены вымазаны белой краской; мебели нет. Перед домом голая равнина; постепенно понижаясь, уходит она вдаль; серое, одноцветное небо висит над нею как полог.
Я не один; человек десять со мною в комнате. Люди всё простые, просто одетые; они ходят вдоль и поперек, молча, словно крадучись. Они избегают друг друга - и, однако, беспрестанно меняются тревожными взорами.
Ни один не знает: зачем он попал в этот дом и что за люди с ним? На всех лицах беспокойство и унылость... все поочередно подходят к окнам и внимательно оглядываются, как бы ожидая чего-то извне.
Потом опять принимаются бродить вдоль и поперек. Между нами вертится небольшого росту мальчик; от времени до времени он пищит тонким, однозвучным голоском: "Тятенька, боюсь!" - Мне тошно на сердце от этого писку - и я тоже начинаю бояться... чего? не знаю сам. Только я чувствую; идет и близится большая, большая беда.
А мальчик нет, нет - да запищит. Ах, как бы уйти отсюда! Как душно! Как томно! Как тяжело!... Но уйти невозможно.

Это небо - точно саван. И ветра нет... Умер воздух, что ли?
Вдруг мальчик подскочил к окну и закричал тем же жалобным голосом:
- Гляньте! гляньте! земля провалилась!
- Как? провалилась?!
Точно: прежде перед домом была равнина, а теперь он стоит на вершине страшной горы! Небосклон упал, ушел вниз, а от самого дома спускается почти отвесная, точно разрытая, черная круча.
Мы все столпились у окон... Ужас леденит наши сердца.

- Вот оно... вот оно! - шепчет мой сосед.
И вот вдоль всей далекой земной грани зашевелилось что-то, стали подниматься и падать какие-то небольшие кругловатые бугорки.
"Это - море! - подумалось всем нам в одно и то же мгновенье.-Оно сейчас нас всех затопит... Только как же оно может расти и подниматься вверх? На эту кручу?"
И, однако, оно растет, растет громадно... Это уже не отдельные бугорки мечутся вдали... Одна сплошная чудовищная волна обхватывает весь круг небосклона.
Она летит, летит на нас! Морозным вихрем несется она, крутится тьмой кромешной. Всё задрожало вокруг - а там, в этой налетающей громаде, и треск, и гром, и тысячегортанный, железный лай...
Га! Какой рев и вой! Это земля завыла от страха...
Конец ей! Конец всему!
Мальчик пискнул еще раз... Я хотел было ухватиться за товарищей, но мы уже все раздавлены, погребены, потоплены, унесены той, как чернила черной, льдистой, грохочущей волной!
Темнота... темнота вечная!
Едва переводя дыхание, я проснулся.

Март, 1878



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