martes, 22 de julio de 2014

RAÚL RENÁN [12.436]


Raúl Renán 

Nació en Mérida, Yucatán, MÉXICO  el 2 de febrero de 1928. Poeta, narrador y editor. Estudió letras modernas en la FFyL de la UNAM. Ha sido coordinador de talleres literarios; editor de Papeles (pliego seriado de literatura); autor de la colección Fósforos (cajas de poesía breve) y de la revista Ensayo; ha sido coordinador del consejo técnico editorial del INBA; subdirector del CNIPL; subdirector del Periódico de Poesía; fundador de El Gallo Ilustrado; director fundador y editor de La Máquina Eléctrica Editorial. En Mérida se creó en 1998 el Premio Nacional de Poesía Experimental Raúl Renán. Colaborador de El Ángel, El Gallo Ilustrado, Estaciones, La Jornada, La Plaza, Los Libros Tienen la Palabra, Nostromo, Sábado, y Vuelta. Miembro del SNCA desde 1999. Medalla Yucatán 1987. Premio Antonio Mediz Bolio 1992. OBRA PUBLICADA: Cuento: Una mujer fatal y otra, Oasis, Los Libros del Fakir, 1983. || Los niños de San Sebastián, ICY, 1986. || Los siete pecados capitales (colectivo), CONACULTA/INBA/SEP, 1989. || Serán como soles, Aldus, 1996. || Ambulavio, Arlequín/FONCA/Sigma, 1997. || Ensayo: Los otros libros. Distintas opciones en el trabajo editorial, UNAM, 1988. || La sagrada familia Sabines, La Cuerda, Jalisco, 1998. || Novela: El río de los años. Los pateadores de San Sebastián, Gob. del Edo. de Yucatán/ICY, Mérida, 2004. || Poesía: Lámparas oscuras (haikai), La Máquina Eléctrica, 1976. || Catulinarias y sáficas, El Tucán de Virginia, 1981. || De las queridas cosas, Premiá, 1982. || Gramática fantástica, UNAM-ENEP-Acatlán, 1983. || Pan de tribulaciones, UAM-A, Libros del Laberinto, 1984. || Raúl Renán, UNAM, Material de Lectura, 1986. || Los urbanos, INBA/Gob. del Edo. de Jalisco, 1988. || Comparsa (plaqueta), IMC, Cuadernos de Malinalco, núm. 7, 1990. || Viajero en sí mismo, UNAM, El Ala del Tigre, 1992. || Henos aquí, UAM, Margen de Poesía, 1993. || El libro de las queridas cosas. Antología poética, CONACULTA, Lecturas Mexicanas, Cuarta Serie, 1998. || Rama de cóleras, Navachiste, El Jejen Africano, núm. 1, 1998. || Cuadernos en breve, IPN/SOGEM, Punto Fino, 1999. || Los silencios de Homero, Aldus, Los Poetas, 1999. || Volver a las cosas, La Tinta del Alcatraz/UAEM, 1999. || Parentescos, LunArena, BUAP, 2003. || A salto de río. Agonía del salmón, Ediciones ST, 2005. || Rostros de ese reino (ilustrado con imágenes inéditas del Fondo cristológico de estampas grabadas y litografías "Los Venados"), FONCA/Siglo Nuevo/Versodestierro, 2007. || Emérita, Gobierno del Estado de Yucatán, Instituto de Cultura de Yucatán, Ayuntamiento de Mérida/Versodestierro, 2007. 


Poema del poema

El poema
no sabe
ni sospecha
la frente
en que caerá
después de muerto.
La vida
es un responso
a flor
cerrada.

Un verso 
clavado
en la espesura
es señal de
presa ambigua.
No hay figura
que entrañe.
El poema
mira
por todos
lados
con sus
ojos de mosca
y no caben
en sí
sus visiones.
Estoy de él
cubierto
por su saliva
y tatuado
por todos
sus versos,
así me miran
los que leen.

Cuando
su cuerpo
se llena
de versos
como agujas
de erizo,
pican la lengua
al memorioso.
En los libros
manchan
las páginas
junto a las flores
marchitas
que indican
las caídas
fatales.
La espera
de los versos
es picata menuda
servida
en plato
plano
pero enriquecedor.

En lugar
del papel
prefiero guardar
mi poema
en el bolsillo,
entre mis monedas
baratas.
Pagar con él
a la puerta
del Inferno
para no
pasar.

Mi poema
está escrito
en la palma
de mis orejas
montadas
con rimas
en M.

Oigo
trinar
unos versos –
los percibo
solos
haciendo lo suyo
verbal— cantar
para sobrevivir—
en la operación
de la suma
el resultado
es Poema
vivencia
a cuentaversos
de laúd.

           
Tablatura

Para Nadia Borislova


MI __la fibra del alma extiende su hondura sagrada
SI __zumba el insecto equilibrista sobre el nervio de la cuerda
SOL _rina el sonido viviente del pulso abrasado por el frío digital
RE __el tacto del silencio trensa la armonía de los cabellos de la música
LA __de un hilo cuelga la nota suspendida y grave
MI __el funámbulo pulsa el bajo del canto y rasga el gran final



Suite para ensamble de guitarras

Se oye inconfundible olear el pendón de los colores aéreos. Alguno se detiene largo como un cabello de ángel atado a mi frente. Otro, aliado a los demás forma la armonía de las palabras recién dichas. El aire se deja tañer para darle plata al canto de las vírgenes. Timbra en los dedos el tacto sonoro propio del roce virtual de unos ojos. Todo es vibración desde el silencio.

*

Contra los árboles no hay disgusto matinal. Ellos expresan en coro vibrante lo que luego respiramos para darnos contento. Yo digo que la palabra vuelo permanece en los gestos, el corazón aplaude en las manos celebrando la vida. Digo y calle porque es mejor oír la pasión de los colores. Rasgo el diapasón con todos los dedos, a la hora solemne.

*

Por las irradiaciones se oye al ciego en medio del océano. Tan brillante es lo narrado que no tiene ni pizca de agua y sin embargo humedece. Viene de oscuro si el ciego fuera el Homero de las aguas saladas, tan heroico como el que hoyando camina en la arena. No es ciega la especie porque trasciende el velamen de las barcas sonoras. Es cierta la voz de las aguas que rebosa la Biblia. Aquí se escucha.


*

Curada el alba de las horas de anoche se hace día bajo la tormenta del sol y el repentino festejo de las horas otoñales. Es atenta la función de lo desusado entendible gracias a la definición de la línea que persigue su forma.

*

La sexta engruesa la voz madura ya por ser de más edad en la guitarra. Hecha de hilo aullante afina su quejido de artista torturado. Su forma de curvar es tan recta que vibra fino al pie de la zarabanda. En su embrazada cuna el calor de la estación armónica, tiene el alma blanca de un fantasma. A la hora de las pautas tonales las cuerdas abren sus manos de palmera de puerto marino.

                             


El antepasado
antes de llegar con
la maledicencia
no dicha aún.

La maledicencia
antes de traer su
hueso de eslabón
carbón de piedra
angular indócil

Fósil de verbo erguido
a pesar de su mortalidad
Mitad líquido duro
mitad la otra –
blanda por su madurez

Un pez lo subraya
Agaya de un colazo
impulsado por la alegría
de ser acuático—Ático
arriba la naturaleza
rodea a quien tiene a
su alcance—Lance de
puro cambio de golpe
sin aviso previo al
trueno—Bueno es
el rayo contiguo al
derrumbe—Zumbe
el ave del paraíso
en su viaje al
infierno– Tierno el
recién acontecido asombro
en la tierra lo es a simple
vista—Pista de más para
entender que ayer me vi
comiendo de frente al
único prójimo exacto a mí

Lamí mis dedos y tatué
sobre mis rodillas la gloria
de ser gemelas mis andanzas
Lanzas ecuestres trotan
para caer en el blanco que
las espera con el ojo inmóvil

No vil despoja de tal
instinto el ventarrón
que te arrastrará
al inframundo
Inmundo fuego blanco
no quema mengua
el cuerpo cual si fuera la materia
Feria de lo azul abismal
donde viven las ideas irreales
males acaso bienes
intensos del mismo
hálito y sus evoluciones
fulgurantes—Antes
del después el Diablo
da de sí
carbones azules.

                                               
Aventura del dedo gordo

[Fragmento]

Ahí
estás
en ellas
confundido
y eres breve
apagado
sin qué hacer
sin luz
ni habla
clara
para verse
y decir
¡oh!
cuelgo
apéndice
débil
¿algo más
para el hueco
los huecos
de mi nariz
y restantes?
No hay
dirección
rodear
la rama
nada más.



A/SALTO DE RÍO

(Agonía del Salmón)
Raúl Renán

agua
del
nadar
cruel
al
ahí
al
ahí
al
ahí
al
ahí
al


Viaje al nacimiento
Canción (fragmento)

Salmón S. Almónides.

Bajo la gran caída en escala suben los versos que llevan a la cumbre. Urgido por descubrir mi destino oculto en el agua, subiré cada vez que el camino de abajo arriba le dé rastro previo a mis aleteos desesperados por vencer la fuerza de la vida que baja.


Ven sigue lector mi angustia ¡vamos!
instinto ¡arriba!
dolor


I

desove
en
vida
mi
acogerá
cumbre
la
donde
río
del
corazón
al
limo
del
salto


II

red
una
por
festinados
rosa
músculos
mis
de
vigor
el
con
alas
arrastrando
agua
el
en
vuelo


III

voluntad
torpe
la
atravieso
yo
y
volcadura
libre
su
en
desbocado
chorro
ancho
el
bajo
vapor
gulp
veo
no


IV

hambrientos
dios
del
fauces
las
en
trozado
cuerpo
mi
sin
descansará
alma
mi
donde
a
cielo
el
en
ahí
un
hay


V

aag
fatiga
mortal
la
con
encuentro
el
hacia
mismo
por
tirada
pecidad
mi
inserto
elemento
opuesto
mi
liquido
el
en
filtrado


VI

deshaciéndose
afuera
están
alegría
estrepitosa
de
jardines
los
si
ug
anémonas!
de
patios
los
a
ump
llegue
cuando
ver
a
voy
qué¡



VII

locos
peces
de
enloquecida
agua
sólo
ser
de
ávida
espuma
la
dejan
que
fuerzas
mis
entorpece
río
del
rugir
el



VIII

va
bra
sombra
la
a
alto
en
alto
en
espuma
cuerpo
mi
de
sudor
el
con
oleaje
el
urdiendo
voy


IX

ansiedad?
Esta
¿y
qué?
¿para
dónde?
¿a
camino?
el
indica
me
que
cauda
interminable
la
en
¿adónde
escalar
quiero
sólo


X

profundísimo
trono
su
desde
derramado
enorme
poder
su
ofendido
haber
pesa
me
quien
contra
empujar
que
hay
que
dicho
ha
me
nadie


XI

Ay
Implacable
Impulso
al
obedeciendo
dentro
yo
y
piedras
vuelcan
que
desbordadas
espumas
las
nacen
donde
ahí
de
tira
quién


XII

Impetuosa
Columna
la
derrumbar
de
cesa
no
que
infernal
cascada
la
por
cubiertas
solas
rocas
entre
interna
fuente
la
en
descanso
uuf


XIII

huidiza
rosa
ser
para
buscar
qué
y
ir
donde
por
diciéndome
secreto
en
oídos
los
en
agua
el
silba
me


XIV

saciarme
a
dulce
llegará
creciente
siempre
aunque
y
también
frágil
es
que
dura
por
agua
el
royendo
sed
una
soy


XV

Inundado
Paraíso
al
vas
donde
allí
negro
coral
rojo
el
queja
tu
con
eriza
y
piedras
las
de
oscuridad
la
cruza
ordena:
Deus


En 1981, Raúl Renán (1928) publicó el poemario Catulinarias y sáficas, que habría de ser reeditado por El Tucán de Virginia en 1993. Presentamos cuatro epigramas  pertenecientes a ese volumen. Raúl Renán, además de poeta, es narrador, editor y ensayista. Ha recibido distinciones como la Medalla Yucatán, otorgada por el gobierno de su estado natal, la Medalla Eligio Ancona, máximo reconocimiento del gobierno yucateco. Se instituyó además el Premio Nacional de Poesía Experimental Raúl Renán que se otorga bianualmente. Es Creador emérito por el Fondo Nacional de la Cultura y las Artes.


El joven Serviliano
después de calzar
las sandalias
del Emperador
armó la lascivia
de la Emperatriz
con la espada de su sexo

*

No sólo en oros es rico Caudalio,
en ocios y amoríos
que dispendia
en brazos de mancebo.

*

Es cierto que todos,
esclavos y nobles
se inclinan a tu paso,
Numa Tirano…
no está lejos el día
en que también se humille
ante tu majestad la rama de la horca

*

La mujer de Micrós vio
en la cara de otra mujer
el repudio de su ruindad.
Esta mujer disfrutaba, amante,
la densa conversación de Micrós
y consentía, mimosa, sus pequeñeces.


Autobiografía 
por Raúl Renán

Fui un niño soli­tario que cono­ció las letras y su orga­ni­zación en pal­abras bajo un método arbi­trario de un obrero, bajo cuya tutoría y la de su esposa crecí. El método fue cono­cer las letras por su figura y sonido, y con la com­bi­nación de éstos hacer las pal­abras. El tutor usaba el dic­cionario para escoger la pal­abra que había que orga­ni­zar, armo­nizar, entonar, leerla de ade­lante hacia atrás y de atrás hacia ade­lante. Me acuerdo que escogió la pal­abra ala­banza que se con­vir­tió en azn­a­bala. Mamá y papá no eran pal­abras recomend­ables porque no eran para recor­dar. De man­era que empecé a cono­cer el idioma arbi­trari­a­mente, donde lo indi­caba mi curiosi­dad. Y como ala­banza, según la defini­ción, era un con­junto de tér­mi­nos que habla­ban bien de las cosas, me acos­tum­bré a alabar la vida y sus defec­tos. El libro per­fecto para encon­trar las ala­ban­zas era la Bib­lia; segundo libro com­pañero de mi soledad de niño. “Bien­aven­tu­rado el que no anduvo en con­sejo de malos ni estuvo en camino de pecadores, ni se sentó en silla de burladores.” Alabada la tierra que me sostiene y el cielo que me cobija.

Como un regalo por haber cam­bi­ado de padres, trasponiendo las puer­tas de la calle y res­pi­rando el primer aire ajeno, recibí la tablilla del ABC que me pusieron en las manos a modo de juguete deseado. Tenía yo cumpli­dos los seis años y tras de sen­tarme a la mesa de comer con una silla alta para mí, conocí a su vez, en el mismo sitio trans­for­mado,  el escrito­rio con sus her­ramien­tas ele­men­tales: cuaderno, lápiz y pluma con man­guillo, tinta negra ter­ri­ble­mente man­chadora y su respec­tivo secante. La tablilla exhibía en pági­nas suce­si­vas las letras con for­mas trazadas a mano deno­tando que las líneas que caían eran grue­sas en tanto las que sub­ían eran del­gadas. Letras mayús­cu­las y minús­cu­las que yo miraba sor­pren­dido de tan­tos sig­nos per­fec­ta­mente bien traza­dos como inter­minables hileras de hormi­gas que crecían y decrecían. Yo sin enten­der­las aún ni saber cómo se llam­a­ban y por qué, en tanto tran­scur­rían, iban for­mando pequeños agru­pamien­tos de dos a dos, dos a tres, tres a cua­tro, a cinco y a seis letras. “Esas son las letras para que apren­das a leer libros y muchos libros, como yo nunca pude hacer.” El tutor tenía sólo dos libros: la Bib­lia, que leía a breves tran­cos, y un dic­cionario donde averiguaba la defini­ción de las pal­abras que no entendía. Estos libros ocu­pa­ban un lugar en la amplia mesa, lla­mada de los san­tos, como si tuviera que ver con las fig­uras en ella expues­tas y fueran a su vez sus­tan­cia espir­i­tual de la cual reciben influ­en­cia quienes a ellas acer­can su pen­samiento y su deseo de saber.


Solo como estaba la mayor parte del tiempo, bien me cayó el olvido de algún lec­tor en la sala de mi casa, un lib­rillo de hojas sueltas dobladas den­tro de una cubierta de car­toné, con una can­ción y un romance, bajo el nom­bre de Lope de Vega: “A mis soledades voy,/ de mis soledades vengo,/ porque para andar conmigo/ me bas­tan mis pen­samien­tos.” Entendí que las letras se ocu­pan de dar­les sen­tido a las pal­abras y que las pal­abras sir­ven para que las cosas ten­gan nom­bre y vivan y se mue­van como uno quiere. Por mi cuenta, las pal­abras que yo bus­caba eran las que habla­ban de las cosas más cer­canas a mí: casa, suelo, techo, perro, lápiz, árbol, cuaderno, Dios. Éste estaba en la Bib­lia, por eso cuando quería encon­trarlo la abría.


La curiosi­dad me llev­aba a la mesa de los libros y los san­tos para atraer a mí la Bib­lia y leer las pal­abras que tanto dis­traían al tutor cuando la sostenía ante sus ojos, mon­tada pre­vi­a­mente entre los dedos de su mano izquierda erigida al vuelo. Así res­piraba tran­quilo, tal parecía, merced al acer­camiento pro­ducido entre el libro y los ojos. Ello sig­nifi­caba un sen­tido nat­ural pero el efecto no era deter­mi­nante, tan pronto acon­tecía el suceso. Yo leía una a una las pal­abras sueltas según la emo­ción que arro­ja­ban en mí, el cate­cú­meno. El atrac­tivo de las letras, menudas curiosi­dades seme­jantes a insec­tos de patas tor­ci­das y abdómenes  infla­dos o reduci­dos a glo­bos con hilos suel­tos como la d y la b, yo las dibu­jaba exagerando sus for­mas de man­era indi­vid­ual en los már­genes. Las pági­nas las con­vertía en planas llenas de man­chas y fig­uril­las capri­chosas, en cierto modo las con­vertía en cam­pos de juego donde había pal­abras mon­tadas en otras pal­abras en mi afán por cor­re­girlas. O en hilar las letras en un cordón irrompi­ble que a veces se hol­gaba por el peso de las grafías. Éstas reg­u­lar­mente eran más en can­ti­dad que las que com­ponían legal­mente las palabras.


Sobre la Bib­lia y el ejem­plar del dic­cionario apare­ció otro libro lla­mado Lec­ciones de cosas, muy atrac­tivo a mí modo de enten­der porque yo, niño soli­tario (el tutor iba a su pelu­quería y la esposa a sus tra­ba­jos de aseadora de casas o algo así), yo sólo jugaba con los libros que ini­cial­mente api­l­aba unos sobre otros for­mando arcos mayas ter­mi­na­dos en punta o abier­tos a modo de tien­das de cam­paña, tam­bién unos sobre otros sim­u­lando escalones. Las pal­abras del dic­cionario me entretenían bus­cando las que nom­bra­ban las cosas, los fenó­menos o los seres vivos. En esas búsquedas me tropez­aba con pal­abas extrañas que nunca había leído, por ejem­plo “abad” (en mi bar­rio no pasábamos de cura); conocía yo “abata­nar”, que sig­nifica gol­pear sin medida a una per­sona, situación que ocur­ría en la escuela cuando var­ios alum­nos le tundían sobre la cabeza y la espalda a otro. Me gus­taron “abun­dar”, “albedrío”, “ama­rar”, “añada”, “bagaje”, “cóndor”.


El dic­cionario lo leía todos los días: era mi lit­er­atura predilecta, llena de nom­bres. Todos esos nom­bres hacían el mundo: vivir, nom­bre de hacer la vida; car­iño, nom­bre de estar feliz; cabeza, nom­bre de la casa del pen­samiento. Como no podía lle­varme el dic­cionario cuando me envi­a­ban a com­prar al ten­da­jón cer­cano, ni cuando me subía a los árboles a bajar fru­tos maduros, decidí apren­derlo de memo­ria. Pero en lugar de empezar con las primeras pal­abras de la a, me intro­ducía a las selváti­cas pági­nas donde esta­ban las grandes pal­abras, las enig­máti­cas, las mis­te­riosas: par­si­mo­nia, quimera, san­dio, verso, inane y muerte, la más mor­tal de todas. Nunca me interesó bus­car las pal­abras ocul­tas. Ni las malas, que nunca oí en el taller de las maderas. Algún cliente de la carpin­tería, de los que me veían leer el dic­cionario abierto sobre las pier­nas, com­pade­cido de mí, me trajo cuen­tos de la colec­ción Biliken, para encon­trarme con his­to­rias en las que no esta­ban Jehová, Job, el rey David ni Ruth. Me pare­ció extraño, pero entendí que alguien podría escribir un cuento sobre mí y mi dic­cionario, que me cubría cuando al dormirme sobre sus pági­nas abier­tas las manch­aba con sudor.


La Bib­lia no sólo era fuente de infor­ma­ción de ala­ban­zas y mila­gros, sino tam­bién, para los clientes que encar­ga­ban mesas de tres cabeceras y sil­las de respal­dos redon­dos, que oían leí­das por una voz chillona, his­to­rias llenas de sac­ri­fi­cio y de miedo por el poder de Dios en la tierra y en el cielo.


Leía y leía las pal­abras eligiendo las que apren­dería de memo­ria. A veces, a capri­cho, escribía una de esas pal­abras sin saber su uso, como “ado­quinar”. Otro juego era el de escribir una tras otra, sin coma alguna, bus­cando forzar una relación gra­mat­i­cal. Me gustaba el resultado.


El tutor, quien antes de irse al tra­bajo se asomaba a las hojas donde yo gar­ra­p­ate­aba letras sobre letras, bajo letras, entre letras, un día me dijo por decir con autori­dad: “eso de las vocales es muy fácil, cuando ten­gas una a le aumen­tas otras dos iguales y te da araña; si es i iriñi, si es o oroño”, y si es u, dije yo, queda uruñu. Pues sí que es fácil, comenté con­migo; pero qué tal si es una l, sería lar­a­leo lalein; y si es d, dudando dedos, doy, y si es g, guaguas, gárgaras.


Lo excelso por el hal­lazgo fue cuando me ordenó copiar las lec­ciones de cosas en una libreta rayada. Lo empecé a hacer con el uso celoso de las letras de la tablilla del abecedario. Fue algo sun­tu­oso seguir los car­riles de las pági­nas a rayas, las emes mon­u­men­tales, las oes oron­das, oron­dadas, llenas de orgullo, de nobleza; las eses como gusanos ergui­dos; las eñes como urnas coro­n­adas y así hasta las zetas zum­bando como fir­mas del sueño. La q como un hilo redondo con un cabo col­gante, la r ram­pante siem­pre en marcha.


Es de enten­derse que nadie parara las ore­jas para oír seme­jantes prodi­gios, mucho menos relata­dos por una voz desen­ton­ada y sin pausas legales. Donde decía “todas las cosas de la tierra volverán a la tierra: así los impíos, de maldición a perdi­ción”, oían: “todas las cosas, de la tierra volverán así, los impíos de maldición ¡ah! Perdición”.


Otros lib­ri­tos que encon­tré en la mesa des­ti­nada para rezar a los san­tos, fueron uno pequeño, con poe­mas de un escritor lla­mado Gón­gora, Can­ci­oncil­las, decía, y otro de tamaño reg­u­lar lla­mado Lec­ciones de cosas, de autor olvi­dado, con mar­avil­las de toda laya, el mundo y sus fenó­menos, curiosi­dades nat­u­rales, las razones del agua, las bol­sas­cuna de los can­guros. Este libro, que me enseñó a inven­tar, fue mi com­pañero durante mucho tiempo. Con él copi­aba ejerci­tando mi caligrafía, que hasta hoy no per­fec­ciono, patas de araña y minús­cu­las, mayús­cu­las, hilos enmaraña­dos. Cansado y abur­rido de copiar las pal­abras, empecé a susti­tuir­las por otras de mi cosecha, inventaba yo his­to­rias ele­men­tales que entrever­aba con las del libro que ya era “Lec­ciones de mis cosas”. Fueron mis primeros inten­tos narrativos.


Después de todo esto, com­prendo ahora que he sido objeto de una jugar­reta del azar. Las pal­abras fueron, son, desde el prin­ci­pio, una inven­ción ideal que resuelve en cierto modo el que las cosas que nos rodean no digan ninguna pal­abra y sean en sí pal­abras que hay que leer. Ocurre lo mismo con la nat­u­raleza: los ele­men­tos pro­ducen sonidos que se leen, no como ellos lo pre­fieran. Lo que hace­mos lo emiti­mos con sólo nues­tra pres­en­cia, que en los seres humanos es en sí lenguaje llenando el espa­cio en que vivi­mos; asimismo cam­i­namos, nos move­mos, pes­tañeamos, late nue­stro corazón, res­pi­ran nue­stros pul­mones, todo, abso­lu­ta­mente todo es lec­tura latente, está el silen­cio exten­dido, dis­puesto a que lo con­vir­ta­mos en nues­tra lectura.


La secuen­cia del tiempo es la escrit­ura donde se sus­cita lo que leemos rev­e­lando el con­tenido de nues­tra vida. La silla no sólo habla de la como­di­dad que ofrece su asiento; es más, su geometría, su oferta de un posi­ble movimiento, el andar que está en poten­cia en sus cua­tro patas o en las cur­vas en que los pies ya son mece­dora. Ésta es la vio­len­cia del mundo sen­si­ble: la con­fir­ma­ción está en lo cierto, el aden­tro es la clave.




Entre tanto iba a la escuela, donde quisieron cor­re­girme la mala cos­tum­bre de cam­biar el sen­tido a las lec­ciones. Y de mi atrav­es­ada aven­tura de incluir en el dis­curso pal­abras raras y mal pro­nun­ci­adas, como adbel­drío por albedrío, que mucho tenía que ver sin saberlo con la sum­isión del esco­lar que hablaba por su cuenta. Respecto a mis mae­stros que inter­preta­ban a los grandes mae­stros, y a los grandes mae­stros que no se dolían de la inter­pretación que hacían mis induc­tores esco­lares, dejo mi ala­banza al ben­efi­cio de su memoria.


Orig­i­nario que soy de Yucatán donde la cul­tura maya dejó ves­ti­gios nota­bles, mis primeras lec­turas por elec­ción per­sonal fueron de la tradi­ción regional: El Popol Vuh, El Chilam Balam de Chu­mayel y El Rabi­nal Achí. Lec­turas oblig­adas de todos los que  naci­mos bajo la his­to­ria de esa esplén­dida antiguedad: fasci­na­dos con la inven­ción del cero y con la cap­tura del eco. No voy a decir que a las agu­jas las llam­a­ban fugaces; a los dedos, hijos de sus manos; y a los ojos, geme­los.


Las otras lec­turas, con­nat­u­rales, fueron libros de nue­stros con­tem­porá­neos ya viejos entonces: Anto­nio Médiz Bolio y Ermilo Abreu Gómez, últi­mos balu­artes del region­al­ismo y cos­tum­brismo yucate­cos. De Médiz Bolio no olvido la tra­duc­ción al castel­lano del Chilam Balam, un largo poema de sor­pren­dentes imá­genes: “Toda luna, todo año, todo día, todo viento cam­ina y pasa tam­bién. Tam­bién toda san­gre llega al lugar de su qui­etud, como llega a su poder y a su trono… Hijo mío, ve a traerme la flor de la noche. He aquí la flor de la noche que me pides: la estrella del cielo.”


En revis­tas y libros de edi­to­ri­ales extran­jeras leí sobrada­mente a Fed­erico Gar­cía Lorca y a Pablo Neruda. De la ciu­dad de Méx­ico llegó mi favorito, Ramón López Velarde, y un español recién lle­gado con el exilio, Pedro Garfias: “Yo conocí un árbol que me quería bien/ nunca supe su nombre/ no se lo pregunté.”


Octavio Paz llegó a Mérida con su poema de la guerra española, la elegía “A un com­pañero muerto en el frente de Aragón”: “Has muerto camarada,/ en el ardi­ente amanecer del mundo.” Esa causa del poema era nues­tra, nos hizo partícipes de su fe rev­olu­cionaria. Cuando llegué a la cap­i­tal del país, el Octavio Paz preferido era el de El Laber­into de la Soledad: la entraña del mex­i­cano des­cu­bierta por un poeta.


Era el fin de los años cin­cuenta. Llegué con una tar­jeta de pre­sentación mág­ica dirigida a Andrés Hen­e­strosa. Se la envi­aba Rodolfo Con­cha Cam­pos y en ella me pre­sentaba a su amigo muy querido. Otro a quien recuerdo entrañable­mente es a Fran­cisco Zen­de­jas, creador de los pre­mios Vil­lau­r­ru­tia y Alfonso Reyes, de quien recibí, merced a su gen­erosi­dad, la aten­ción para tra­ba­jar con él en las pági­nas cul­tur­ales de Excél­sior y quien, final­mente, me ubicó en la edi­to­r­ial Por­rúa donde estuve seis años a cargo de el Boletín Biográ­fico Mex­i­cano de difusión con­ti­nen­tal, para después dedi­carme a la pub­li­ci­dad con la invitación del exce­lente poeta de ori­gen colom­biano Álvaro Mutis, por cuyo con­ducto hice cor­dial amis­tad con su paisano Gabriel Gar­cía Márquez, quien me ded­i­caba sus libros a Renán-XXI, alu­di­endo a la calle en que vivía.


Enseguida me asomé a la lec­tura de los poe­mas de Rubén Boni­faz Nuño; tanto amor, amor mex­i­cano, no había leído jamás. El manto y la corona me gustó tanto como mi Bib­lia. Sen­tía que tenía ese mismo tenor. Anduve con ese libro debajo del brazo, como se acos­tum­braba en esa época para leerlo en cualquier des­cuido. Era ideal para seducir a las muchachas. Desde luego, cuando escribí mis Cat­uli­nar­ias, influ­ido por Cat­ulo, tra­duc­ción por Rubén Boni­faz, no me servían para enam­or­isquear porque en cada poema me burlaba de las vir­tudes y pasiones humanas, como el lam­bis­cón al que llamé “Laméculo”, y “Sadicón” al que las­tima para hacer sufrir. Con la poesía de Boni­faz, reunida en De otro modo lo mismo, me quedé y conservo.


Y la de Jaime Sabines, de quien recibí la más sen­tida lec­ción fil­ial con “Algo sobre la muerte del mayor Sabines”. Y la de Efraín Huerta, con su gran amor por la ciu­dad, y sus poemín­i­mos.


Leí más a Ramón López Velarde, por quien entendí el signo pro­fundo de la Suave Patria, al grado de hac­erlo en público ante numerosos ami­gos, leyén­dolo en voz alta en el bosque de Cha­pul­te­pec, en un claro a la luz de una fogata, y guardianes del orden que autor­reprimían su autori­dad porque se estaba leyendo poesía, ¿por qué? La fonética lo acer­caba al policía.


Es notable que mis lec­turas pref­er­entes hayan sido de poesía. Sin embargo, la lit­er­atura tem­prana que ocupó mi aten­ción y atrapó mi interés fue el cuento; lo des­cubrí en Chéjov y en Maupassant.


Hay quien dice hoy, al cabo de los años, que este autor ruso y su equiv­a­lente francés del mismo siglo, con diez años de difer­en­cia en su nacimiento, son lec­tura oblig­ada, que no dejan de ser mod­elo, sobre todo después de leer a tan­tos nuevos cuen­tis­tas que nada tienen de nobleza lit­er­aria, quiero decir, temas cer­canos a nues­tras cosas, ter­sura en el nar­rar, grá­fica de movimiento equi­li­brado, que hoy pongo en anaquel de lujo a Cortázar, Rulfo y Onetti.


Yo leí mucho a Chéjov. Entre los libros que me acom­pañaron en mi exilio de Mérida a la ciu­dad de Méx­ico, uno de ellos era el tomo de la edi­to­r­ial Aguilar con doscien­tos cuen­tos de mi autor. Chéjov, en cuento, equiv­ale a Mon­taigne en ensayo. Ambos se iden­ti­fi­ca­ban con el género de su dominio, al que prác­ti­ca­mente inven­taron. Pienso en cuento, pienso en Chéjov; pienso en ensayo, pienso en Mon­taigne, a quien leí entrado el tiempo. Fue una grata sor­presa con­struc­tiva des­cubrir a este mila­gro extra­or­di­nario del siglo xvi y sus rarezas con sólo pin­tarse a sí mismo. Fue una lec­tura que hice con el alma abierta y el pen­samiento descubierto.


Primero exper­i­menté la letra den­tro de la letra, después la sílaba den­tro de la sílaba en su condi­ción acen­tual, enseguida la pal­abra den­tro de la pal­abra en su acep­ción más pro­funda y final­mente el poema den­tro del poema. De estos des­cubrim­ien­tos derivan los con­cep­tos que definen mis libros, sus con­tenidos. En La gramática fan­tás­tica, las vocales y todas las letras hal­lan un campo de juego, expli­ca­ciones, el mila­gro de las pal­abras, el largo viaje en la teoría de la escrit­ura, la med­itación de la memo­ria, la incer­tidum­bre de la ver­dad del con­tenido de las pal­abras, la razón de la experimentación.


Cua­tro años más tarde, en 1976, fue fun­dada la Máquina Eléc­trica Edi­to­r­ial. Después de ini­ci­ado el catál­ogo con los libros de Fran­cisco Hernán­dez (Por­tar­retratos) y Miguel Flo­res Ramírez (El ojo de la cer­radura), apare­ció mi poe­mario Lám­paras oscuras, colec­ción de haikú; después seguiría el de Car­los Nieto (El uni­verso que te digo), el de Anto­nio Cas­tañeda (Enigma per­sonal) y el de Guillermo Fer­nán­dez (Fan­tas­mas bajo llave). Muchos más sigu­ieron hasta las vein­tisi­ete letras que del alfa­beto adop­ta­mos y tal vez otros cua­tro cor­re­spon­di­entes a la segunda vuelta alfabética: Post­crip­tum, de Joseph Brod­sky, libro apare­cido el mismo año en el que recibió el Pre­mio Nobel. Otros autores de esta colec­ción fueron Javier Sologuren, Manuel Mejía Valera, Eduardo Suárez del Real, Darie Novaceanu, Ernesto Trejo, Luis Eduardo Rivera, San­dro Cohen, Joel Piedra, Arturo Trejo Vil­la­fuerte, María de los Ánge­les Juárez, Mar­jorie Agosín, Jorge Eduardo Moshes, Fran­cisco Cer­vantes (Por­tu­gal a través de dos poetas pes­soalísi­mos), Rafael Alcér­reca, Alaíde Foppa, Juan Manuel Asai, Roberto López Moreno, Car­los Oliva, José Luis Bernal, Víc­tor Neu­mann. Sat­isfago esta doc­u­mentación por con­sid­er­arla impor­tante, dado que incluye los poetas en orden de aparición.


Mi conocimiento de los “Con­tem­porá­neos”, el famoso grupo no grupo, mex­i­cano de los años veinte, se pro­dujo gra­cias a mi amis­tad con Elías Nandino, a quien por otra parte conocí a través de José Emilio Pacheco, Car­los Mon­siváis y Fran­cisco Cer­vantes. Del doc­tor Nandino, quien me hablaba siem­pre de su gran amigo Xavier Vil­lau­r­ru­tia, aprendí la cos­tum­bre del café con gal­letas untadas con mer­me­lada de naranja. La lec­tura de Vil­lau­r­ru­tia la tuve de prin­ci­pio en Mérida por su poesía y por su teatro. Sus noc­turnos mar­ca­ban la pauta de un género poético; con Nandino hacían la man­cuerna de poetas de esa pecu­liari­dad. Después leí a Goros­tiza; su Muerte sin fin, el poema mex­i­cano de mayor mag­ni­tud artís­tica, me admiraba y admira a cada lec­tura, me llen­aba de sí, siti­ado por su radi­ante atmós­fera de luces. Para mí, este poema sig­nifica sabiduría del alma. Otro “con­tem­porá­neo” de mis pref­er­en­cias fue Jorge Cuesta, por sus sone­tos, que leí detenida­mente estu­diando su com­posi­ción, estruc­tura y lenguaje. El soneto me cau­tivó como enti­dad poet­i­co­matemática: cuerpo ceñido por la emo­ción de la inteligencia.


De Sal­vador Novo leí sus cróni­cas en la revista Hoy. Nada tan bien escrito, tan agudo y tan diver­tido. La prosa de Novo nunca es gra­tuita, o hiere o recon­forta. Y su poesía, tam­bién mar­cada por el soneto, muchas veces fes­tivo. Su libro Nueva grandeza mex­i­cana fue mi lec­tura predilecta.


Si de buena lec­tura hablamos, dos dones me son entrañables: don Martín Luis Guzmán y don Alfonso Reyes. Me entre­tuve con ellos y leí para emo­cion­arme, momen­tos de grandeza lit­er­aria con “La fiesta de las balas”, rev­olu­ción imag­i­nada como dicen algunos críti­cos, porque nadie que haya estado en esta refr­iega viviría para con­tarlo. La pluma es into­ca­ble. Lo mismo podría decirse de la cer­canía física de Reyes con Goethe para escribir esas pági­nas que nos hacen sen­tir el poder del pen­sador y lit­er­ato alemán del siglo xix: “La trayec­to­ria e ideas políti­cas de Goethe.” El poeta Reyes me cau­tivó a tal grado que lo he leído y comen­tado con mis alum­nos en varias oca­siones. Don Alfonso cam­bió al poeta por el human­ista. Sin embargo, su Visión de Anáhuac y su Homero en Cuer­navaca son mod­e­los de creación americana.


Los raros entre mis autores más queri­dos han sido Panait Strati, el pro­sista rumano con cuya Kira Kiralina abrió fuego genial en el mundo de la nov­ela auto­bi­ográ­fica. Yo dis­fruté a Strati hasta en El pescador de espon­jas. François Vil­lon, poeta francés del siglo xvi, quien con su “Tes­ta­mento” impuso la voz ter­ri­ble de la poesía, me con­mo­cionó. En su época, muchos no se lo per­donaron. Otro escritor maldito, el Conde de Lautremont, me marcó con sus Can­tos de Mal­doror, que des­cubrí en el café París de Méx­ico en manos del pin­tor Fer­nando Leal. Nadie que lea a este escritor vuelve a ser el mismo. Cuando quiero encon­trarme con la ver­sión de la vida escrita por un ángel rebelde y clar­iv­i­dente, como fue cal­i­fi­cado en su tiempo en Fran­cia, releo a Lautremont. El otro ángel del infierno fue el poeta niño Arthur Rim­baud. Esto lo saben todos los que han leído Una tem­po­rada en el infierno, poesía a la que even­tual­mente recuer­dan con malas imita­ciones. Rim­baud elevó a su exce­len­cia el género ver­sic­u­lar fun­dado por escritores de la Bib­lia. Saint John-Perse, de Fran­cia, y Jorge Guil­lén, de Val­ladolid, España, me dieron pau­tas de muy buena poesía. Del primero, con el ver­sículo lleno de los aires mitológi­cos de la Isla de Guadalupe en donde nació, aún me apa­siona su Anaba­sis; y el segundo, con sus Can­tos, en los que ejercitó la sín­te­sis bella y per­fecta de la lengua castellana.


Con mi querido amigo Simón Otaola leí más y más a Ramón Gómez de la Serna. Es grato el humor lit­er­ario, nos mete en el quicio de la locura risueña si admiti­mos que los de nariz arru­gada nos sacan de quicio. Ramón nos divertía y con­serv­aba sano nue­stro hígado. Risa inteligente dis­gre­gada en sus cen­tenares de greguerías de las que dijo que “es lo único que no nos pone tristes, cabezones, pesarosos y tume­fac­tos… su autor juega mien­tras las com­pone… tira su cabeza a lo alto y después la recoge”.


Con Fran­cisco Cer­vantes leí a Fer­nando Pes­soa hasta el grado de con­ver­tirnos de regreso en uno más de sus múlti­ples het­erón­i­mos. Su tra­duc­ción de la Oda marí­tima es un logro a la altura del texto orig­i­nal. Álvaro de Cam­pos reiría al verse copi­ado. Fran­cisco Cer­vantes es el mejor poeta de su gen­eración y uno de los mejores de este país. Poesía doliente que toca las heri­das, heri­das que se alter­nan. Lo he leído con gusto.


Como toda mi gen­eración, creo que me instruí de Homero en las tra­duc­ciones de la Ilíada y la Odisea por Luis Segala y Estalella, en los libros verdes de los clási­cos impul­sa­dos por José Vas­con­ce­los. Esos poemas-novelas los leí con el ritmo de los libros de guerra y de aven­turas fan­tás­ti­cas. Después volví a leer­los con lenti­tud, como se lee la poesía. Otro después, lo leí a pulso de mem­o­rioso sin ate­so­rarlo como sería de esper­arse. De mis visiones de esta última lec­tura pro­duje imag­i­na­dos episo­dios extraí­dos de los silen­cios de Homero. Los hexámet­ros dac­tíli­cos de Homero en la tra­duc­ción se tornaron her­mosísima poesía ver­sic­u­lar. Rubén Boni­faz Nuño los tradujo en verso a pie de metro homérico.


A Juan Rulfo lo leí con fruición por el tono poético de su escrit­ura. A Pedro Páramo suelo regre­sar cada vez que nece­sito energía de lenguaje y de poesía. Energía triste porque veo la mis­e­ria de mi país, mis­e­ria seca y polvosa, muerta de sed y de ham­bre y de crimen. Qué bueno que para leer la mejor lit­er­atura mex­i­cana tiene el lec­tor que pasar por esa ver­dad que no ter­mina. Los cuen­tos de El llano en lla­mas amplían esa visión en cos­tum­bres y seres humanos. Y men­ción espe­cial para mi amigo, el escritor José de la Col­ina, puro, exacto e inventivo.


Mi otro libro, Cat­uli­nar­ias… donde Cat­ulo, el latino, y su dis­curso moral afir­man la edi­fi­cación de la con­ducta humana que yo dirijo a mis con­tem­porá­neos; Pan de tribu­la­ciones, otro de mis libros, es un encuen­tro dialógico desde la con­ducta for­mal del poema con la pres­en­cia del poeta guer­rero y el joven lirida en defensa de su dama ideal; en Los urbanos, que es ni más ni menos mi libro con el que defiendo a la ciu­dad en pro­ceso de destruc­ción de parte de sus habi­tantes; Los silen­cios de Homero, donde la guerra de Troya, y el empeño prodi­gioso de Odiseo es posi­ble leerlo a través de lo que el poeta Homero no cita, o silen­cia en su épica; Mi nom­bre en juego, hace a un lado las exi­gen­cias métri­cas y expone la diver­si­dad de la nueva poesía; y Emérita, mi poema extenso en hom­e­naje a Mérida, mi querida ciu­dad donde, como en el resto de mi obra, escribo la vida para que los jóvenes en evolu­ción la lean; A salto de río, la agonía del salmón, una analogía de la nat­u­raleza humana como un ascenso con­stante a la cum­bre, siem­pre a contracorriente.


Hay más lit­er­atura mex­i­cana. Muchísima de queri­dos ami­gos míos cuyos nom­bres rebosarían mi mochila lit­er­aria. Ellos, como yo, habrán pasado por mis lugares que son de cierto comunes. A veces las for­ma­ciones coin­ci­den. Ellos de seguro ya habrán con­tado tam­bién sus gus­tos lit­er­ar­ios. Los que ven­gan harán de nosotros lugar de ref­er­en­cia o de olvido. Estoy leyendo las nuevas letras de mi país: los autores de la gen­eración Crash, la gen­eración Crack, la gen­eración con la X en la frente. Ahora, en este 2013, los autores están emergiendo con mucha vital­i­dad entre las teclas dig­i­tales que están mod­i­f­i­cando la forma de hacer literatura.


Creo en el arte lit­er­ario. Con­fío en que no debe­mos olvi­darlo y la mejor rec­eta para recu­per­arlo es regre­sar a la ilusión de encon­trar nueva lit­er­atura, releer a los clási­cos, tanto los dis­tantes grie­gos como los cer­canos mex­i­canos, y leer con sor­presa a los nuevos autores.


En fin, lo ante­rior es un motivo para con­tar­les cuánto me sirvieron aque­l­las primeras letras de mi ori­gen, cómo han cre­cido con­migo las pal­abras y su mul­ti­pli­ci­dad recreada por mi espíritu curioso que me ha per­mi­tido exper­i­men­tar todo, y nada, porque, como siem­pre, está en juego el azar y la posi­bil­i­dad del recomienzo.


Texto pub­li­cado en la edi­ción 155 de Crítica



LA POESÍA DE RAÚL RENÁN

18 jul 2009

Óscar de la Borbolla y Raúl Renán 

Óscar de la Borbolla celebra la poesía de Raúl Renán (México, 1928) adentrándose en la fascinación del autor de la Gramática fantástica por la grafía de las letras, “del ideograma que dibujan las palabras”.


Homenaje a Raúl Renán, hoy que cumple
dos bolitas encimadas y una a la derecha*


Hay escritores que no aman el lenguaje, se valen de él, pues lo que aman son las historias o las ideas; entre ellos están no sólo los guionistas que apuestan, sobre todo, a la eficacia del discurso visual, sino también muchos ensayistas (yo he padecido a los filósofos), muchos narradores y, por supuesto, todos los periodistas. Esa mediatización del lenguaje no necesariamente demerita sus obras, pues pueden, y de hecho algunos lo hacen muy bien, levantar historias intensas o explicaciones que obligan a pensar y hasta reportajes instantáneos que resisten el paso del tiempo: simplemente para ellos el lenguaje no es lo primero. Y, por supuesto, en la acera contraria hay escritores que aman el lenguaje por encima de todas las cosas y ese amor, a veces se da en ellos de forma tan obsesiva y excluyente que algunos son capaces de desviar las ideas o de evaporar hasta el último rastro de historia con tal de que el lenguaje no pierda su ritmo, su cadencia, su sonoridad. Este amor, obviamente, tampoco es garantía de nada. Y si no que lo diga Hugo Ball y sus poemas onomatopéyicos-eufónicos que una noche casi ocasionan la destrucción del Cabaret Voltaire.

     Entre estas dos actitudes ante el lenguaje y en toda la gama se inscriben la mayoría de los escritores. Alejandro Dumas no necesita ninguna de las miles de imágenes de Gabriel García Márquez, ni éste, ninguna de las miles de escenas cinematográficas del otro. Pero a ambos se les nota en seguida una distinta actitud ante el lenguaje.

     Hay, sin embargo un tercer grupo de escritores que más allá o más acá de esta clase de amor por el lenguaje presentan lo que podría llamar una fascinación fetichista por el aspecto cósico del lenguaje, es decir, están enamorados de la grafía de las letras, del ideograma que dibujan las palabras, del sonido de las vocales y hasta de ese andamiaje de cacharros de lógica estructurante que son los signos de puntuación. En este tercer grupo colocaría A Raúl Renán sin olvidar que también, por supuesto, como todo buen poeta es un amante del lenguaje en el sentido clásico, y sin olvidar tampoco que la veta experimental de la obra de Raúl no se reduce a este amor como de grafólogo o calígrafo que me gusta llamar fascinación fetichista.

     A este ángulo de Raúl Renán quiero referirme, pues es ahí donde más afinidad siento con él, ya que también yo, cuando ya no puedo controlar mi barca en el mar de los significados para llegar a buen puerto con mi mensaje, me quedo como ido viendo la costra del lenguaje, como hipnotizado por la filigrana que forma en el papel las letras, como embobado por su reverberación en el laberinto de mi oído y, sencillamente, me gusta, pues en esos momentos de cansancio, cuando ya no soy capaz de traspasar del signo al símbolo y me quedo en el signo, en el ático que forma la letra A con su evidente techo de dos aguas, o en el peine para calvos que forma la letra E, o en el seno pequeñito de la i con su pezón-tilde dislocado (por supuesta hablo de la i en letra palmer), o me pierdo en el hoyo del lenguaje y regreso por la herradura que mi imaginación vislumbra para completar las vocales. Cuando eso me ocurre recuerdo algunas Greguerías de Ramón Gómez de la Serna y la Gramática fantástica donde Raúl Renán con una serie de textos breves, ahora llamados “minificciones”, crea y recrea un mundo donde los personajes son las letras, las palabras, el lenguaje personificado.

     Así, por ejemplo, en el abecedario de Raúl la B no es una simple letra, sino que fue hecha, nos dice, con grandes y carnosas nalgas para amortiguar el impacto de sus explosiones. Y uno descubre que tiene razón: piénsese si no en palabra Bomba y se descubrirá lo exacta que es la imagen de Raúl, pues “bomba” suena menos explosiva que “petardo”, por lo que ciertamente tiene razón Raúl: las nalgas, que es todo lo que tiene la B, son amortiguantes. Al que lo dude que haga el experimento de caerse poniendo una parte menos noble y verá las consecuencias.

     A la C, Raúl le dedica el minicuento titulado “La imagen semejante”. Ahí la anécdota es muy sencilla un párvulo que al intentar copiar en su cuaderno dos CC  sebosas sólo consigue trazar dos CC flacas que la maestra tacha y le pone un modelo de C más grande. Al final, “La maestra vio en el lugar del párvulo a una raquítica C que amenazante, irguiéndose con una espada Cb se fue de punta contra su pecho y le lanceó el corazón” (p.33). Este minicuento, pese a la sencillez de su trama posee una enorme complejidad estructural, pues mezcla literatura con dibujo: en el discurso literario interviene como parte esencial el dibujo no sólo de las ces, sino el de la espadita que empuña la última ce. Y además, en una línea sencillísima y diáfana nos permite ver la conurbación de dos planos: el plano en el que están el pupilo y la maestra y el plano donde la última escuálida C cobra vida y hiere a la maestra.

     Otro texto memorable en el que la grafía de las letras es puesta en todo su esplendor es el denominado “Orgía” ahí, por ejemplo, escribe Raúl: “La h de macho introdujo suave y movedizo se palo en la e provocándole contracciones deleitantes”, quien esté interesado en la manera como el poeta erotiza el resto de las letras para hacerlas participar en la orgía diríjase al texto in extenso.

     Pero no sólo las letras son objeto de esta personificación, sino también las palabras que son capaces de hace en el texto “Proclama” con el que se inicia esta obra su declaración de independencia del sometimiento al que las ha tenido el hombre para invertir los papeles y apoderarse de nosotros.

     Y, sin duda, uno de los textos que más me gusta de La gramática fantástica es “Diálogo”, ahí Raúl descompone la palabra diálogo en Día y Logo y ambos personajes se presentan en dos columnas: Día dice: “Yo soy Día” y enfrente Logo contesta: “Yo soy Logo”. Cada columna es un poema con versos tan hondos y logrados como, por ejemplo, el que dice Logo: “Soy el sello en el aire” y esos poemas colocados uno frente al otro dialogan, cada personaje delimita su esencia.

     La gramática fantástica de Raúl Renán es, en suma, fantástica, pues, así como el escritor ingles del siglo XIX, Edwin A. Abbott consigue dar a las figuras de la geometría bidimensional –los triángulos, los círculos, los rectángulos– un mundo en su novela Planilandia, así Renán en el siglo XX monta todo un universo donde los elementos del lenguaje son los personajes. Y ambos mundos, el de Abbott y el de Renán son estupendas sátiras mordaces de los respectivos mundos reales que a cada uno le tocó habitar.

     Este amor por el lenguaje mismo o fascinación fetichista, como la llamé al comienzo, está también presente en uno de los más recientes poemarios de Raúl: A/salto de río. Agonía del salmón donde, el salmón, el alter ego del poeta, hace un viaje de regreso hacia el origen, hacia el comienzo, y nos entrega un magnífico retrato de ese esfuerzo de él y del salmón por volver a la fuente de la vida.

     Por esto y por más hoy celebro al compañero de manías fetichistas, al poeta y al amigo en sus rotundos 80 años, o sea, en sus 80: dos bolitas encimadas y una mayor a la derecha, tres orificios que, de seguro, por ahí andan en su orgía de letras.

*Texto leído durante el homenaje que recibiera Raúl Renán en el Palacio de Bellas Artes en 2008.

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Datos vitales

Óscar de la Borbolla nació en la Ciudad de México el 8 de septiembre de 1949. Ensayista, narrador y poeta. Obtuvo la maestría en filosofía en la UNAM y el doctorado en la Universidad Complutense de Madrid. Ha sido profesor de filosofía en la FES-Acatlán de la UNAM, titular en el área de metafísica y ontología; maestro en la Escuela de Escritores de la SOGEM. Premio Internacional de Cuento Plural 1987 por Las esquinas del azar. Premio Nacional de Humor La Sonrisa 1991 por Nada es para tanto. Algunos de sus volúmenes de cuento son Vivir a diario, Las vocales malditas, El amor es de clase, Dios sí juega a los dados, La ciencia imaginaria, Las esquinas del azar, Asalto al infierno, La risa en el abismo. Ha escrito las novelas Nada es para tanto, Todo está permitido y La vida de un muerto. Publicó el poemario Los sótanos de Babel.





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