martes, 22 de noviembre de 2016

LORELEY EL JABER [19.605]

Foto: Gabi Salomone


Loreley El Jaber

Nació en Buenos Aires en 1972. Es Doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires e investigadora del Conicet. Es docente de Literatura Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Ganó becas de investigación en el área de literatura colonial, campo en el que se desempeña actualmente como investigadora del Conicet. Publicó ensayos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. JUnto con Graciela Batticuore y Alejandra Laera, compiló el libro Fronteras escritas. Cruces, desvíos y pasajes en la literatura argentina.

En cuanto a la poesía, ese placer fue siempre algo privado o tan sólo compartido por una muy pequeña comunidad de amigos. Recién durante el año en el que vivió en Estados Unidos, se decidió y envió algunos poemas a la revista literaria Contratiempo de Chicago, que publicó dos poemas suyos en marzo de 2007. Desde entonces la decisión de concretar el deseo del libro fue un motor, un proyecto que alimentaron todos los que leyeron sus versos.

Publicó La Playa (Viajera Editorial, 2010) y diversos poemas en las revistas Contratiempo (Chicago, 2007), Casquivana (Buenos Aires, 2012) y Sala Grumo (Buenos Aires/ Río de Janeiro, 2013 y 2015). Poemas suyos fueron traducidos al portugués. 

Sus publicaciones incluyen, entre otros, el libro de ensayo Un país malsano. La conquista del espacio en las crónicas del Río de la Plata (2011) y el volumen “Una patria literaria”, de la Historia crítica de la literatura argentina (2014), que coordinó en colaboración y La espesura. Ediciones Del Dock. Colección La verdad se mueve. Buenos Aires. 2016.




La Playa.   Viajera, 2010.


La playa (Acto I)

En el fondo, el mar
digamos azul, digamos fulgurante

A un costado, una mujer morena
casi desnuda
le regala al sol su piel y relame la sequedad de sus labios

Lejos, casi en diagonal, su hija trae agua
para un pozo de arena que no se deja llenar

La mujer, digamos la madre,
olvidada de su rol, deja la bikini en la lona
y decide ponerse boca arriba

Una vez que su pecho empieza a ser carcomido por el calor
aparece un hombre nadando mar adentro

Entre gota y gota de sudor, resbala su cabeza a un costado
entonces lo ve
sonríe
y
juguetona como es
quita toda tela de su cuerpo

Desnuda, morena, soleada
la mujer vuelve a mirar hacia el mar
pero esta vez no ve nada

En esa dirección sólo está la niña
que ha empezado a imitarla
Sobre la arena, su cuerpo virgen se revuelca
de pronto la saluda
y ríe

Pero ella no ve el brazo agitándose
ni el balde cansado cerca del pozo
ni la malla enteriza convertida en almohada

Sus ojos sólo alcanzan el mar que se ha vaciado de brazos
y reniegan de ese implacable azul uniforme
que interrumpe su proyectado goce

Entonces la mujer ve
ve a la niña
ve las mallas que ambas empiezan a ponerse
ve el sol que ha dejado marcas rosas en su piel oscura
ve el mar tal como es, sin manchas, y saluda a la hija y saca el libro de su cartera y
ordena la imagen




Se cree una amazona 

Se cree una amazona.
Sube al caballo y cabalga con furia.
En mitad de la subida
recuerda su miedo a las alturas
su terror a estar sola
y se detiene.
Mira alrededor, no ve a nadie.
Está sola
arriba de un caballo
con la mirada asustada
y la piel temblorosa.
El viento arremete contra su pelo
los jirones le pegan en la cara como pequeñas laceraciones que buscan despabilarla.
El sol se cuela entre sus orejas, se detiene en su espalda, se instala en la cintura.
Ella siente los golpeteos, el calor lacerante.
Arquea la cabeza y escucha un relincho inesperado.
Entonces grita guerra en un idioma inventado
lanza flechas
(como si supiera)
y ríe desaforada por lo que viene, por la aventura que su cuerpo adelanta, por el desmedido placer
que
se avecina.




La lectura 

Todo el día es así:
Tirada en un sillón
pasa las hojas.
De lejos sólo se oye el ruido de las yemas rozando el borde del papel
nada más
ni un suspiro
ni un soplido
tan sólo la piel dejando rastro en su mecánica cadencia.




Se sienta y comienza a relatar… 

Se sienta y comienza a relatar.
Quienes la oímos
nos tapamos la boca azorados
conteniendo ese aullido de espanto
que ella sí profiere.
La mujer desenrosca esa escena inolvidable:
la puerta la pileta el agua el niño flota.
La vemos doblar y desdoblar un pañuelo imaginario
estrujarse la piel viva que recubre sus manos.
Los labios le tiemblan
como la cabeza
que ha cobrado vida voluntaria.
Desarmada
mira a la sanadora
en busca de una paz que se tragó el tiempo
y sigue temblando
ella
y nosotros
que vemos esa mirada suplicante
que sentimos el cuerpo frío de su horror mojado.




Hermanas

                                      A Yamila

Volver a la cama marinera
Dale
¿Te animás?
Yo arriba
Vos abajo.
Jugar a ser grandes y fumar staetdlers de colores
Volver a la pieza de la luz y la calma
Saber siempre que
vos abajo y yo arriba
y que pa y ma al lado
Volver al tiempo
de infiltrarnos en la pieza de la mayor
del halago de los otros
de gritar de noche
y saberse siempre acompañada
Volver al tiempo apacible de un mañana conocido
¿Qué decís?
¿Jugás?




La entrega

Aferrada a una tabla
sobrevivo en el mar.
A mi alrededor la inmensidad del agua pura
y en mis manos
el terror de soltar la madera que me mantiene a flote.
Una ola y otra
me tapan, me sumergen.
Vuelvo a respirar asustada.
Me resbalo.
La tabla ya no me protege
ahora me ancla.
Miro al cielo, el sol me quema los ojos.
Puedo estar aquí eternamente, susurro.
La despedida es veloz y sin llanto
libero mis dedos crispados
por primera vez le ofrezco la tabla a las ondulaciones
y me dejo llevar.
El mar agradece mi entrega
acaricia mi pelo
juega con mi espalda.
Nado como nunca lo hice
lento
despacio
y en un sueño agotado de brazos flotantes
disfruto de la deriva
imagino la orilla
la llegada
y vuelvo a tomar aliento.




La espesura. Ediciones Del Dock. Colección La verdad se mueve. Buenos Aires. 2016.


Frente a la ventana
nieva
finito, grueso, a copones
Prendo un marlboro
dos, tres
miro mi planta nueva
veo cómo resiste su violeta
a pesar del humo y el calor aquí adentro
Mientras tanto
la nieve sigue su ritmo
y yo
pierdo color
sola frente a la ventana
cada vez más blanca



*



Lo veo andar entre las plantas
remover la tierra
traspasar árboles
enterrar semillas
Cuando lo conocí
su jardín me pareció desproporcionado
me apabullaba esa variedad de especies
ese moverse
pidiéndole permiso a la naturaleza

Hay en él una vitalidad verde
que me resulta ajena
ese respirar entre plantas tiene
un sentido más allá
como si ellas fueran
su modo de espantar las sombras

Veo a mis hijos acompañarlo al jardín
los tres con las manos en la tierra
como buscando el tesoro más fantástico
y al mirarlos deseo
que ellos hereden eso que está
tan fuera de mí
porque intuyo
que en esa humedad terrosa
iluminada de cielo
la espesura de lo triste
no encuentra materia
donde arraigar


*


El pasado
aparece de pronto
con un grado pasmoso de detalle
Es extraño
yo
que me pierdo a toda hora
no me pierdo ahí
rememoro cada imagen
con una precisión que asusta
Anoche recordé el último café
con aquel hombre amado
Mis manos negras apretando con fuerza
el libro de arena que llevaba conmigo
como un ancla de donde asirme
y no caer
Su mirada
tan ajena
y el café que tomé
sosteniendo
con mis ojos actores
esa lejanía
La iglesia donde me escondí
para morir sin taparme la boca
el olor de los bancos
y aquel silencio espeso
casi único
Volver a casa
con el libro sobre una mujer y el mar
tatuado en mí
Despertar al otro día
abrazada a esa playa calurosa
y a esa protagonista desvaída
Recuerdo esa mañana
música de radio, baño caliente
y un libro
alguna vez
acaso
hermoso
haciéndose espacio
en el estante más alto de la biblioteca


*


A pesar de este mar que adoro
que contemplo como una caricia
a pesar de mis hijos saltando olas
de su risa mojada en este paraíso
el ahogo vuelve a mí

Respiro como puedo
el agua me devuelve el reflejo de una batalla
mi garganta se cierra, entrega el aire, cede sumisa
como si la clausura diera su paso
a una revelación soñada

No sé si te das cuenta de mi miedo
sólo sé que te acercás y me das la mano
tan sólo eso
me das la mano
como siempre
Mi pecho no se libera
pero empieza a aquietarse
y el mar me presenta
su azul
también rabioso


*


Quien haya sobrevivido
al desborde de la lluvia
sabe
que se puede respirar en el agua






ME MIRA CON OJOS AGOTADOS...
Las manos entrelazadas en el pecho
aferran una cartera que nunca le gustó
que una vez le regalé
y que ahora agarra firme y desesperada
como si toda su historia estuviera allí escondida
Tiene la cabeza lastimada
La sangre le tiñe el pelo rubio y lo endurece cubriéndole la frente
Me mira
me señala con sus ojos grandes la herida
y se deshace en agua
Llora como una nena perdida
sola
abandonada
La abrazo
pero mi cuerpo no logra aquietar ese miedo triste
La abrazo
aún cuando sé que nada calma mi abrazo
La veo quebrada
en una cama de hospital
con la cartera en el pecho y las manos atadas con fuerza a ese cuero viejo
y me pregunto y
no entiendo
qué hace mi inmensa hermana ahí
tan chiquita
tan entregada
La veo y
no entiendo
Me trago esta amargura que se me instala
(a mí también)
en los ojos grandes
(que las dos tenemos)
y la acaricio
con mi mejor cara





COMO QUIEN SE ENTREGA A UN AMOR DESAHUCIADO...
así se sube al bote para andar el río
A medida que rema
concentrada en las manos, en los brazos, en los detalles del agua
siente
otra vez
que el río la absorbe, la llama
que hay una fuerza ahí
que quisiera tragar con furia
deshacer ese ritmo acompasado y
romper esa potencia acuosa que
claramente ella desea pero
no tiene
Los que la conocen saben que su historia final no se debió a un descuido
y no se explican esa imagen última
no se explican
el ímpetu de la mujer desgarbada
aquélla de los cabellos negros
abandonando el bote a mitad de camino
y ofreciendo
como en un rezo antiguo
su cara
su cabeza
su cuerpo
entero
al río



ESTÁ ACOSTADA EN UNA HAMACA PARAGUAYA...
La mirada perdida en un tiempo que no está
en un hombre que se fue
en una hija que eligió olvidarla
Lleva el tabaco a la boca
Fuma
Mientras lanza el humo que puebla su cuerpo viejo
deja que un brazo cuelgue por fuera de la tela que la sostiene
Los dedos amarillos
de esa única mano a la vista
aferran un cigarro que se consume empecinado
La ceniza cae
persistente
De repente asoma su cabeza y mira
la alfombra gris coloreando el piso verde
Un largo y agudo quejido se escucha entonces frente a
cada resto de fuego esparcido
como si fueran esquirlas de una vida pasada
acorralándola

Mi cuerpo
ganado por el ruido
es
ahora
un chillido que hiere






.


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada