martes, 14 de abril de 2015

CARLOS MORALES FALCÓN [15.601] Poeta de Perú




Carlos Morales Falcón 

(Lima, Perú 1980). Estudió el Doctorado en Literatura Peruana y Latinoamericana en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y es candidato a Magíster en la misma casa de estudios. Se licenció en Literatura en la Universidad Nacional Federico Villarreal con la tesis Poesía e historia: el resentimiento poético peruano (1964-1981). Parte de este trabajo obtuvo una Mención Honrosa en el concurso de ensayos de la Pontificia Universidad Católica del Perú en el 2009. Es investigador asociado del Instituto Raúl Porras Barrenechea de la UNMSM y colaborador de la revista Libros & Artes de la Biblioteca Nacional del Perú. Escribe en el blog Pescador de luz. Su primer libro es Recóndita armonía (2011).


Carlos Morales Falcón: "Aún el dolor no me abandona"
Carlos Morales Falcón nos describe de una manera delicada la soledad, como si aún no descubriera si es agradable o no. Tiene la responsabilidad de ser portador de una desesperanza que entristece y te enoja. Lleva en su poesía la forma más sencilla de hacer pausas y de "hender la piel que se tiende anhelante entre las hojas". Es difícil encontrar un poemario bien armado. Carlos Morales Falcón lo ha logrado y lo demuestra con su madurez poética. 




Movimiento

Solo esta tierra apisonada nos queda. Amplia y despejada para el asombro,
la inquietud. Sin sombra marcescible agrandando, sin cuerpo atormentado
que enrede o desate el viento escabroso. El cielo claro avanzó lento sobre nuestros cuerpos
con toda la inclemencia que soportamos, sin hallar consuelo. Con mis manos reuní la broza dispersa en el suelo descuidado, con golpes y rasguños en el cuero de mis botas.
Ramas oscuras, hojas heridas, los cuerpos caídos con pesar bajo el Sol implacable.
La opresión me condujo con cuidado, el ardor en la piel de mis brazos.
El viento de la mañana hizo crecer intensa la hoguera en la tierra oculta, y el humo se extendió flotando en la línea de los muros, transparente. Callado y sin alivio, aguardando a que pronto se consumiera. Chasquidos de ramas quemadas crepitaban sobre las piedras
sorprendidas, se perdían al aire como una vida que dejaba ir. 






El aire aventó cascajos, sedimentos oscuros a mi cuerpo agobiado,
fugaces espinas que me hacen volver. El reflejo cercano del fuego intenso 
adormecía mi rostro. La vaharada ascendió larga y densa mas allá amoratando las piedras asoleadas, la tierra clara. Por un momento como una torre negra que cae creció sordamente sobre mí y cubrió el Sol, inestable. Bajo esta sombra precaria
el viento agitó los matorrales que se mantenían aún en pie en un rumor desesperado que confundí con tu voz. No había nadie. Las ramas que se secaron doblándose las consumió el fuego como aquellos cuerpos entrelazados. Sin sombra creciendo
rumorosa, ni apoyo en donde ladearme, consumo también mis señas, las penas
retenidas, deseos velados como semillas en hojas secas que no podré enseñarte.
El humo se aleja despejando la tierra, impetuoso arremete el fuego y el aire mareado choca en mí también como la culpa. 






Con más viveza la llamarada se elevó en la mañana insoportable. La lenta fragosidad en el viento. Ramas y hojas dañadas se hundieron en esa pira
que ascendió con la estridencia del fuego, densos resplandores rodeando la arena apilada.
Con el cuerpo atento recibía la exaltación, sintiendo flotar las briznas encendidas que viciaban el aire nítido. El humo brotó de inmediato como agua delgada,
espejos líquidos rodando sus contornos sobre la tierra sensible. Estambres oscuros  se agitan persistentes deseando alcanzarme, oscureciendo mi frente junto a la lumbre.
Retengo la limpia consistencia de tu voz, el golpe calmado de tus pasos en el polvo como un gesto sencillo que ahora añoro, azorado. Y la humedad crece en mí como un fuego invisible y mi cuerpo, sucio y frágil como un rescoldo al aire turbio, ondeaba.






Vidrios acuosos de humo trizan y alteran la imagen de todo cuerpo que cubren
y abandonan, extenuado. Al lado mío la lenta humareda sombrea
el muro de piedras gastadas. Detenido y soportando la inquietud de reconocerme recibo el ahogo. Nubes negras rozan mi frente sudorosa y hollada de oscuras corrientes.
Mis manos cogieron las ramas caídas, hoscas cortezas, ásperos frutos desprendidos a la intemperie. Los reconocí lentamente, apenado de encontrarlos dispersos en la tierra,
desnudos y agriando el color de sus cuerpos firmes bajo el furor del Sol.
Aún el dolor no me abandona. Cabellos impetuosos del follaje inflamado
vuelven a ondear sobre ellos clareando toda huella. Y una brisa fresca despeja
y eriza mi cuerpo tenso, por un instante, agotándome.  





Hebras chamuscadas tocan mi piel
buscando descanso, la impureza que vuelve a mi frente
tentando la humedad imprevista. Inmóvil me dejo llevar
con agobio, como si temiera hender la piel que se tiende anhelante
entre las hojas. Callado y observando la maleza crecer en la tierra, toscos ramajes, espigada y reseca florescencia que abatí entre mis dedos. Todo lo reuní con arduo empeño,
el polvo acumulado, la corteza agrietada. Oscuro bajo el calor vehemente y sin abrir los ojos como si no quisieras escucharme y toda mi obstinación es vana,
apenas residuos soleados que el viento dispersa. Quedo al borde del fuego intolerable que me intimida y casi busco, atormentado. Diminutos granos ásperos y ovalados
en la fogata estallan al aire en ligeras pavesas que mi piel resiste.






Las ramas se abaten disipando trazos, formas sutiles en la fogarada que inflama con ímpetu la corriente.
Bocanadas de bochorno nublan mi rostro y me abruman.
Y acrecienta con nitidez la respiración en mi pecho
como si entreviera un limpio rostro surgiendo
bajo el mediodía,  la pureza de un fulgor que me socava y aturde.
Gajos y cáscaras plomas marchitan en la hoguera, las rocas las sostienen
y alumbran cual si pudieran soportarlo todo con sus cuerpos.
En boquerones de ceniza brillan diminutos puntos esquivos,
un poco de escombro que reuní en la tierra. Sombríos soplos, hojas mareadas,
alteran mi cuerpo en una ráfaga de calor que me ciega e impulsa a perderme.
Temo persistir así a tu lado, avergonzado del desengaño constante
y solo basta un poco de aliento tuyo que me roza y descubre, inmerecido.
Fuego impalpable que asciende a mi lado y me absorbe.   






Cuán limpio e intacto el cielo discurre libre de aprensiones.
Fatigado lo observo deseando abandonarme. Ampliadas por el viento
fumaradas silenciosas se apartan en lentas ondas que la crueldad dispersa.
La tierra es oscura. El mismo vacío que produce entregarse a un cuerpo que no se ama
y observa distante, me habita; cual si en su sombra acumulara mis temores.
La hoguera se proyecta en la arena en densas exhalaciones que apenas resisten
el temblor del viento, derrotadas por el Sol se estremecen en alas invisibles
y la mañana profunda se dilata inmensa sobre mi rostro franqueado por el fuego.
Solo fugaces manchas varían en el aire oscurecido de calor y algo he perdido.
  
     
De la sección “Movimiento” de Recóndita armonía. Lima: Editorial Colmillo Blanco, 2011.


http://mirthapecho.blogspot.com.es/



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