jueves, 7 de febrero de 2013

FERNANDO GIUCICH [9192]




Fernando Giucich nació en Asunción (Paraguay) y reside en Buenos Aires desde 1969. Cursó Abogacía y comercio Exterior. Integró la redacción de periódicos estudiantiles y colaboró en la redacción de libretos para audiciones radiales sobre crítica cinematográfica. En 2006 edito "CLARA" - Poemas escondidos y otras locuras.
WEB: http://clarasofia.blogspot.com.es/






La carta 

Cuántas veces
quise escribir esta carta,
y otras tantas
la hice pedazos.
El largo parlamento
de mis cuitas
temían una burla,
una ironía flotando
entre líneas.
Todos los intentos
fallidos son, hoy,
como viejos cartones
arrumbados
en el cuartito
de los trastos viejos.
Cuando te veo pasear
algún domingo
por la costa del lago,
casi siempre
acompañada de tus hijos,
tengo la sensación
de que si hubiera
escrito la carta,
ellos serían míos.

De Clara (2006)






ESTAMPAS

En la tarde noche
de aquel viernes fatídico,
se cruzaron dos miradas
como lanzas afiladas.
Ninguno esgrimió argumentos
valederos.
Unos compases muy suaves
rasgaron el crepúsculo
con las notas de una guitarra.
El odio se hizo carne
en los cuerpos envarados.
Una estrella asomó
como santo y seña
de la noche niña,
y en los techos
enmohecidos
se posó una golondrina
viajera.

De Clara (2006)





Celos

No me avergüenzo
de caminar al vaivén
de tu cintura y ser
el siervo matrero
escondido en tus
polleras.

Soy como la hierba mala
que malhecho, mocero
y celoso,
anda pregonando.
con la mano bajo
el poncho, por
las dudas pregunten,
que si alguien osara mirarte
no tendría tabuco
donde esconderse.







Soledad

Elegí a la soledad
como la mejor
de mis amigas.
Tiene el sabor
de las cosas
sin nombres ni títulos.
No hay adjetivos
que la califiquen.
Es como el yuyo
que crece entre
los silbidos del viento.
Hay momentos
que me da verguenza
mostrarla, desnuda
y pálida.
La conservo
con la avaricia
de un misántropo,
con los celos
enfermizos de
un soñador sin
sueños.
Es mía, muy mía
y no quiero perderla
en este verano
de hojas muertas.






La esquela

Abrió el tintero
casi con miedo,
temeroso que la tinta
salpicara las ideas
que, cual difusas tremolinas,
habitaban en el maremágnum
de su conciencia.

Mojó la pluma
con mano vacilante
y empezó a redactar
la esquela en papel
de fino gramaje.

Los blancos cortinados
del ventanal florido
se mecían con
la brisa de la mañana.

Un rayo de sol
caía, displicente, sobre
el escribiente,
como musa inspiradora.

Firmó el escrito,
lo dobló cuidadosamente
depositándolo en sobre
de tonos marfilados.

Estampó el nombre
del destinatario
y lo guardó en el bolsillo
interior de la chaqueta.

Tomó el sombrero,
mirose, al pasar, en el
ámplio espejo de pared,
empuñó el bastón de palo santo
y se fue,
dejanto un hálito fantasmal
en el largo corredor de salida.


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