martes, 28 de agosto de 2012

7608.- JESÚS PÉREZ ROMERO






Jesús Pérez Romero
Escritor español (Montellano, Sevilla, 1952). Desde muy joven participó en movimientos obreros y culturales. Junto a varios jóvenes creó el grupo de teatro independiente Despertar. Actualmente pertenece al colectivo de teatro El Gallo Rojo y colabora en la creación de guiones y canciones. Ha publicado El rostro de la luz (Imprenta Zambrano, 1979), El sol no amanece en mis ojos (Editorial Bairescat, 2007), Cien poemas de amor (Lulu, 2010) y Como un grito (Punto Didot, 2011).





El otoño de mi soledad

Con las manos ocultas en el vientre vacío de unos guantes
sin alma, llegó el Otoño despeinado y triste.
Se fumó un cigarrillo sentado en una esquina del silencio
y sin esperar la cena,        
se fue por la ventana de los recuerdos, llevándose escondido
entre el barro de sus zapatos, el calor de las caricias
que mis manos y mis labios
habían derramado sobre tu cuerpo
y el fuego que provocaba tu mirada dentro de mi corazón.

Desnudo de pudor como la conciencia negra del tránsfuga,
se detuvo un momento sobre una alfombra de hojas caídas,
para contemplar con tristeza, los tonos grises de los árboles
que parecían un bosque de chinchetas
y la extrema soledad de los bancos vacíos del parque
                                             donde tantas veces nos juramos amor eterno.

Sin derramar ni una lágrima que delatara su dolor,
cantando por bulerías, se perdió una madrugada
                                     en el sombrero de copa de un nuevo y triste amanecer.







El dolor de una ruptura irreversible

Amargamente embriagado por el dolor del vino añejo,
que fermenta oculto en el vientre
                                                                  sin alas de la soledad...
Hoy he roto las páginas rosas de un viejo calendario
y he prometido,
con la mano sobre la imagen de una fotografía tuya,
                                                                  no volver a pensar en ti.

He creado un luctuoso ramillete de flores muertas
con las hojas perennes
de las dudas que embargan los cimientos sin cal
de mi corazón
y he tirado al mar el orgullo insolente de tus labios
que cubre con un cierto halo de ironía y misterio
                                                     la mágica sensualidad de tu sonrisa.

He caminado, arrastrando mis pies de lagartija
por los caminos sin rostro que conducen
al final de ninguna parte
y he recorrido la distancia que nos separa eternamente
para jugar al esconder
junto a la puerta de la universidad del llanto
donde duermen olvidados tus recuerdos y tus caricias.







Como los juncos de ojos negros

Como los juncos de ojos negros que nacen en primavera
y mueren en silencio
locamente enamorados de los encantos del agua:
La soledad se quita los zapatos
y, sin pudor ni vergüenza, juega desnuda con los labios
amantes de la noche
como juegan los gorriones entre los brazos de las enredaderas.

Galopa invisible (como un grito de pelo largo)
sobre la alfombra de hojas muertas, que cubren
con sus manos de vieja hechicera la púdica desnudez
de las piedras,
para llegar hasta mí vestida de madrugada
por el único camino que conduce al duro corazón de cristal,
donde solo habitan los dientes de humo
que muerden caprichosamente las nalgas de los recuerdos.








Cuando te nombro

Cuando te nombro: La risa caprichosa que nace
entre los labios desnudos del viento,
levanta la falda que cubre las rodillas de la tarde
y un susurro de uñas cortadas besa suavemente
el vuelo de las gaviotas.
Un aleteo de pestañas rotas inunda la vagina
del sueño
y un laberinto de caricias empapadas de sudor
se derraman
por las blancas paredes que sujetan entre suspiros
                                                             los capiteles de la inocencia.








Largas son las madrugadas

Largas son las madrugadas sin sentir sobre mi cuerpo
el calor que tu cuerpo mitad volcán en erupción
y mitad potro desbocado
cada amanecer sin freno que lo sujete
galopa al compás de una melodía cuatro por cuatro.

Sin sentir sobre mi boca
el leve jadeo de tu boca temblorosa y muda
abriendo puertas y ventanas en las paredes del silencio
y habitando las cornisas donde duermen las golondrinas
                                                                y el búho espera su presa.

Largas son las madrugadas sin ti...



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