lunes, 14 de noviembre de 2016

JUAN SEBASTIÁN ROJAS MIRANDA [19.541]


JUAN SEBASTIÁN ROJAS MIRANDA

(Bogotá, Colombia, 7 de abril de 1988): Egresado del Liceo Francés Paul Valéry de Cali en el 2007. Cursó desde entonces estudios literarios en la universidad Paris Ouest Nanterre La Défense, hasta obtener el título de doctor en Literatura Comparada en abril del 2016. Su tesis, escrita en francés y dirigida por Camille Dumoulié. Se intitula “Littérature mineure et paralittérature chez Cortázar, Eco, Tchak, Volodine, Bolaño, Mussa et Fforde” [“Literatura menor y paraliteratura en Cortázar, Eco, Tchak, Volodine, Bolaño, Mussa y Fforde”]. Es miembro de la asociación Teje (Francia) y director de Pluralis, revista sobre la diáspora colombiana. 

A la edad de quince años, su ensayo poético “El hueco” fue seleccionado para publicación en un inter colegiado. Ha escrito desde entonces sobre todo en el ámbito del cuento. En un taller de escritura en el 2010, escribió una novela corta en francés intitulada L’obsédé ou La Puta Ciudad. Hoy es miembro activo de la asociación TEJE, la cual se encarga de promover actividades sociales y culturales entre Colombia y Francia. Cuatro poemas suyos, “El Edén y la Tierra”, “Viejitos hacia Oberkampt”, “Por la Grande Armée” y “A la cajera del Franprix” aparecen en la revista Clave de Poesía (Colombia) del mes de junio del 2011. El mafioso que amaba la literatura (2011) es su primer libro de relatos cuya versión ampliada, corregida y comentada es Mafioso con alas (2014).

El inmortal (Editorial Verbum, 2016) es su primera novela. 


El poeta patriota

Dice que tiene veintiocho años. La dinamita de la universidad 
Sigue impregnando su espíritu.
Una melancolía fría en su mirada, quita las ganas de hablarle, 
Lo pone a andar cojeando.
Una mano en su tableta, ama suspirar:
Compadézcanlo, buenos amigos, aquel aparato es su Sancho;
No ha podido encontrar, en su tierra fría,
Más que una felicidad: confirmar que está solo. 

Llora frente a todos nosotros, moderno Segismundo;
Se lamenta por no creer en Dios ni en el destino, ni en el amor,
Y ustedes temen que desee, en una ciudad extranjera,
Dejar su última escansión lanzando al abismo sus huesos.
No; él ama palabrear de la muerte y dar saltos sin alas,
Pero no quiere morir. Cuando posa su teléfono en la barra,
Le dice a la mesera: "Díme, mujer, cuánto te debo 
"Y mírame a ver si existo."

Y ustedes la pasan diciendo: "La poesía es un oficio menor;
"Nada nos dice su vanguardia: "Dios, protégelo del temporal,
Ya que al menos no es peligroso."
Luego les sorprende verlo, enérgico,
Jurando que llegó antes que Jesucristo, sin la llave del porvenir:
Poeta, se nutre de lo asquiento y los desechos;
Hombre, se endeuda y tiene amantes. 

Porque se aprendió de memoria su teatro;
Tras las bambalinas ríe, se embriaga de entusiasmo, 
Y cuando aparece en el escenario ante nosotros,
Es la sombra de un perro. 
Este triste bien alimentado acaricia su puñal. 
Es iconoclasta, odia la existencia:
Si se le acerca una chica atractiva (lo que adora)
¡Da igual, dirá que es Olafo El Amargado!

¡Oh! Es un tipo raro un poeta patriota,
Sueña con valquirias y sirenas;
Con carnavales interminables,
Y los Bernie Sanders al menos posibles.
Lleva en su mochila ropa deportiva y tragedias griegas;
Mezcla de soldado y hombre de letras,
Golpea la mesa con el puñal para darle ritmo a sus palabras
Ya sea en París o en cualquier parte.


A la cajera del Franprix

¿Que no sabes por qué tu cola es más larga?
La vida te consiente, salvo en tu trabajo.
Mientras, tu insípida colega
mirando hacia el abre y cierre, desocupada.
No te distraigas un solo segundo: todos deseamos
que nos mires a los ojos y sonrías.
Un uno y tantos euros,
y me probarás que existo.


Viajecitos hacia Oberkampt

Crees que el bus
es un museo ambulante:
Se aferran los viejitos a las estacas plateadas.
La gente dice que refunfuñan mucho.
Me tocaron los que se divierten.
Quizá es porque aceptaron aprender
un tanto de árabe, serbio o taiwanés,
para contarles de las Guerras,
a quienes se ocupan de ellos.
Pero quizás solamente es porque
el bus ha frenado de improviso,
y han salido los viejitos a volar,
encontrando cada uno su pareja de baile.
Sales, y afuera llueve frio.
Las hojas caen.
Te hará falta verlos,
son los únicos troncos
que te sonríen.


Por la Grande Armée

Y
salgo al sol,
notando que el aire ya no abraza
frío,
y,
a brasa tenue,
se te va pegando
al cuerpo.
Y ya han salido las hojas
mientras
saco los recuerdos a
correr en la acera,
como niños jugando Lleva.
Camino a la casa en el aire,
no son los pasantes seres humanos:
son más recuerdos
que van en sentido contrario.
Estoy sólo yo, mis reminiscencias y la avenida.
Y tú.
Tu pelo es la Grande Armée larga, larga,
florida,
que atravieso
con
un paso lento,
y mi nariz
mirando al cielo con mi desearte vivo que tiñe
el viento, mis recuerdos pasantes y mis recuerdos como niños,
del color de la tarde



El Edén y la Tierra

Está el Árbol del Conocimiento y arriba, Dios Padre.
Solo uno da sombra, a pesar de la serpiente
con la que conversaban Adán y Eva.
Hoy, del tronco se han hecho pupitres;
de las hojas, hojas sobre las cuales los niños
ponen a hablar a sus serpientes de tinta.
Las manzanas siguen costando un duro,
y las madres prefieren sacar a sus hijos al sol
para que bailen, canten y hagan malabares.



Insommio

Por Juán Sebastián Rojas.

El trabajo es ese humo que sale de una moto mientras arranca. Y como esta, no más se terminó mi jornada, salí disparado abriendo puertas con el hombro, imaginándome que me cargaba a alguien, imaginándome, digo, sin mucha fuerza, no voy a dañar la salida a la libertad.

Agarré mi moto, la verdadera, no la metafórica y busqué la autopista hacia Rozo para atravesarla esta vez sin cuidado. El miedo te impide estar a la altura de la vida. La Vida con mayúscula. Sacándole provecho al río de sangre que fluye en nosotros, sacándolo a pasear afuera, como un perro, a que conozca el sol, el campo y la ciudad, con sus mujeres. Nuestra sangre tiene que imitar la regla por lo menos una vez al mes, si es posible más. Sino no nos fecundamos, no estamos listos para recibir la vida, el exterior se vuelve extranjero a nuestros ojos, nos quedamos con un feto asfixiado dentro: nosotros que por querer conservar un ilusorio yo dejamos escapar las peculiaridades, las sorpresas, los encuentros, quintaesencias de la Vida, que exigen riesgo. Por eso le pido a la muerte que no deje de acordarme que ya todo está perdido, que tierra segura no existe, tampoco la familia, el amor, menos. Me convenzo que hoy mismo muero. Obviamente toca darle reposo al cuerpo que es un guiñapo para la muerte, pero no mucho. Entonces como venía diciendo, agarré la moto y me llevé al que me llevé, dañé lo que dañé, me persiguieron los policías que me persiguieron y llegué a la casa a acostarme a dormir. Con todo el humo que me tragué de la moto no tenía para más.

Amaneció y me quedé dibujando una tira cómica que llevo haciendo desde hace un mes. La idea estaba lista: antes pensaba contar la historia de un grupo de ciudadanos en una Cali apocalíptica que arma una armada paramilitar para limpiar las calles de todo tipo de escoria: mendigos, homosexuales, drogadictos, inmigrantes. A medida que fui dándole al dibujo cambié de opinión y se me ocurrió hablar de un grupo de inmigrantes, drogadictos y homosexuales que violaban a un grupo paramilitar que parían (en el futuro cualquiera podía parir) niños entre los cuales algunos sobrevivían a la autodestrucción del planeta huyendo a Marte donde vivían unos humanos que participaban en un reality antes de ser violados por los niños, pequeños pero fuertes. Estos mataban a algunos participantes (entre otras, ciertos chiquillos tenían sida) y creaban una nueva raza que viviría por siglos y siglos gracias a las cámaras de videos y estudios de grabación que sus ancestros dieron a unos extraterrestres a cambio de unas judías idóneas para plantar en Marte.
Los diálogos también estaban listos. Lo que tomaba más tiempo era dibujar. Trabajaba un promedio de dos horas al día, no más porque no soy bueno para concentrarme. Cuando terminé mis dos horas fui a la casa de mi novia, Nekuia, sin avisarle. La puerta estaba abierta, las ventanas también, afuera ella le había quitado la cerca al jardín, de privado había pasado a ser público. “Cuando se dé cuenta el propietario que vuelva a poner la valla”, dijo. Todo estaba abierto y ella seguramente en piyama, es decir, desnuda: su vestimenta para la noche y el amor. Había vecinos que la veían. Era un barrio periférico, la gente estaba acostumbrada a vivir entre la locura y con locura sin necesidad de que se la mostrasen en la pantalla. “No pasa nada, mija”, le dijo un abuelo la primera vez que la vio desnuda. Le habló desde un segundo piso, asomado a una ventana del lado del jardín. “No pasa nada”, le decían los niños. Le sonreían camino al colegio montándose una última vez  en el columpio que ella había hecho conmigo. “No pasa nada”, le decían las mamás con sus esposos peludos y barbados cogiéndoles no las manos sino las nalgas sudorosas. Partían a dejar a los niños a estudiar. Pero había violadores en la zona, no se podía dar papaya tan libremente… Cuando llegué a la casa, fui a la cocina, fui al baño, me asomé en el armario y de ahí ella salió a saltar sobre mis brazos, en los que por suerte ese día no portaba tacheras. Mordiéndome la nariz, sin querer o adrede, me estalló un grano y yo la llevé a algún lugar de la casa a que me estallara mi berenjena.  

Partí como un ladrón, nada de despedidas. “Tiene que ser un sueño para ella, sino la pierdo”, pienso. Desde chiquito me decían: “Si quiere ese gato no lo acaricié mucho que se vuelve arisco”. Para mí es lo contrario. O, más bien, a veces sí, a veces, no… Al final, hago como se me da la gana y si no le gustó, de malas, después me las arreglo, no me voy a partir el coco pensando cómo le gusta más a la señorita y en qué momento. La dejé, punto. Hasta la vista, baby.

En la carretera a Palmira llegando a Cali, metí mi moto por un senderito que dos minutos después me ocultó entre unos matorrales. Allí me encontré a mis amigos, Pablo y Eclesio. El último estaba triste porque lo acababa de botar la novia a la basura y literalmente estaba ahí, metiendo droga, el imbécil. Un bazuco que compró saliendo del estadio con Pablo. Nunca va al estadio ni mete droga. Se debió decir: “Todo está perdido, improvisemos”. Un perfecto idiota. No hay que improvisar, hay que avistar el momento en el aire, desplegando sus alas y darle con la escopeta. Pero, como digo, no dijo “Improvisar”, eso me lo imagino. Nos dijo: “Todas las mujeres son así. No hay una sola diferente bajo el sol”. Pablo que es bastante religioso le respondió “Amor Fati. Amor Fati, llavería”. O Amor a Paty o Amor Pa’Ti o Amor Mami, ni idea. Luego explicó que eso significaba que todo es lo mismo pero qué bueno es repetirlo. “¿Una culeadita o qué?”, propuso Pablo acabándose una cerveza y sacando otras para nosotros del capó de su pichirilo nuevo. Estaba recién pintado de rojo, con dos sirenas como llamas flameantes recostadas en ambos lados a lo largo y en la parte de atrás, arriba del logo de la marca, el logo del deportivo América y encima una calcomanía que decía: “Soy pobre pero tengo tremendo pipí”. ¿Si era pobre, porqué había pintado el carro y comprado una elegante radio anti-robo? ¿No será porque carecía de un « tremendo pipi »? ¿Era una manera de suplantarlo? La Bestia, se llamaba el pichirilo. 

Creíamos que nos íbamos a servir de él para escapar luego de atracar una buseta de esas que vienen de Medellín o Bogotá, pero la pregunta de Pablo por la culeada nos hizo cambiar de parecer. La estrategia era la misma que con la buseta: entre las cuatro y cinco de la madrugada, cuando no hay mucho tráfico, Eclesio y yo nos ponemos en medio de la carretera obligando al carro a frenar… No es muy fácil, si uno no está avispa, el carro puede estrellarlo a uno con tal de no frenar. Una vez se detiene hay que seguir despierto por si sacan un arma. Y disparar con la ayuda de Pablo apuntando desde la Bestia a un lado de la carretera, por si se nos anticipan.

Nos quedamos escuchando el tórrido reguetón que a Pablo y Eclesio les encanta, escuchando los grillos y chicharras de los matorrales y asegurando que así como estos últimos sería la víctima que íbamos a parar en la carretera. Nos quedamos imaginando cómo sería… Después hablamos de mujeres y negocios. Pablo me preguntó por mis tacheras nuevas y le dije que eran un regalo de mi padre. –– ¿Lo has visto, Catábasis? ––No. –– ¿Escuchado? ¿Escrito? ––Tampoco. –– ¿Cómo sabes entonces que es tu padre?
No quise responder. Les dije: –– ¿Porqué si Eclesio no quiere contar qué le pasó con su novia, yo tengo que contar lo mío? ––No pues, tan discretos, los güevones. ––nos toreó Pablo. Y miró la hora: las tres AM. ––Hermanos, ya no espero más. Estoy cansado de hablarles. Siempre es el mismo cuento. Hablar de negocios y mujeres. Bajemos a la que esté en el primer carro que veamos, la violamos y la matamos. –– ¿Llevamos el carro hasta aquí con el cuerpo y los quemamos? ––le pregunté. ––Sí. –– ¿Tenés los guantes? ––Sí. ––Listo. Es bueno revisar. –– ¿Qué hacemos con Eclesio que está muy ido? Tiene los ojos en el culo y no para de decir que todas son iguales. ––Tocó entre los dos. Dejémoslo acá.
Y lo hicimos los dos.

Nos salió un maldito hippie. Tenía el pelo largo, gafas y una camiseta rosada. La cagamos por borrachos. Una vez nos vio, intentó frenar y su carro se desvió a una orilla de la carretera, entonces lo tiramos al asfalto y lo molimos a patadas hasta que Eclesio nos sorprendió por detrás y nos disparó. Pablo cayó de un tiro en la nuca.  A mí me dio en el brazo, en donde tenía una tachera, pero me hice el muerto. Abrí ligeramente los ojos cuando vi que se había parado frente al hippie. Le disparó en alguna parte de la cabeza (como me daba la espalda no supe bien) y le bajó los pantalones al cadáver, intentando encularlo. Éramos dos pobres ladrones acostados cerca Cali, con sus edificios todavía iluminados. Eclesio intentó darle al Jesús pero no podía, no se le paraba. Y lloraba y lloraba hasta que se puso a vomitar sobre él y se desmayó. Poco tiempo después pasó un carro y espichó a los tres (yo me había hecho a un lado). El conductor que frenó y me escuchó gritándole, me quiso llevar al hospital. “Mataron a mi padre, le dije. Puso su cuerpo para protegerme, ahí está con su camiseta rosada preferida. Era un tipo con grandes valores humanos”. “Lo siento”, respondió reservado. “No me lleve al hospital porque me rematan”, le imploré. Él entendió.

––Eres un idiota. ––me increpó mi novia, yo acostado en la cama de ella–– :Dibuja, lee, ve a cine. Trabaja en algo que te apasione para que sientas que no trabajas. Ve a un estadio y grita con la multitud. Lucha por el pueblo: vos. O hagamos el amor todo el día. ––Sabes que no es posible. ––le dije–– Después te aburres y te me vas. ––Vaya que eres gallina––se rio por primera vez. Desde que me recibió había estado enfadada como nunca la había visto. ––: No le tienes miedo a nada menos a hacerme el amor. Te da miedo a que sea insaciable y por eso llenas tu vida de peligros sin nombre. Todo para escaparte de mí. ––Sí, creo que sí. Pero nadie es perfecto––le contesté. Y desde entonces estoy en la casa de mi novia con el jardincito, los columpios y todas esas pendejadas. Esperando a que se repose el cuerpo. Esperando.













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