miércoles, 29 de agosto de 2012

7623.- ANTONIO LEAL





Antonio Leal 

(Chetumal, Quintana Roo, MÉXICO 1952) nació en la parte continental del Caribe mexicano, estudió la carrera de sociología en la Universidad Nacional Autónoma de México, fue miembro fundador del Taller Literario de Juan José Arreola, becario de poesía del Centro Mexicano de Escritores, publicó su libro Duramar (1981), en la Universidad Nacional Autónoma de México ; Canto Diverso, Editorial La Tinta del Alcatraz, Toluca, Estado de México, 1995 ; Los cantos de Duramar, editado por el Comité de los Festejos del Centenario de la ciudad de Chetumal, 1998 ; Poemas Provinciales, Editorial El Taller del Poeta, Pontevedra, España 2004, país al que viajó para dar recitales de su obra poética, ha sido incluido en las siguientes antologías : Cinco poetas jóvenes de México, Edición de la Secretaría de Educación Pública, 1967 ; Recuento de Voces, Edición del Programa Cultural de las Fronteras, Quintana Roo, 1987 ; Una literatura sin pasado, Edición del Consejo nacional para la Cultura y las Artes, 1990 ; Tiempo vegetal, antología de los poetas del sureste de México, Edición del Gobierno del Estado de Chiapas, 1993. Ha publicado su obra en las mejores revistas y suplementos literarios del país. Primer Premio en idioma español de Poesía, Prosa y Arte Figurativo "Il Convivio", Italia, 2004. Presidió el jurado del Premio Internacional de Poesía caribeña "Nicolás Guillén", 2001 ; asistió al XI Encuentro convocado por la Asociación Latinoamericana de Poetas en Chile, 2005 ; XII Festival Internacional de Poesía celebrado en el 2007 en La Habana, Cuba.,es guionista de radio en su ciudad natal. Su nuevo libro de poemas titulado ¡Thalassa ! apareció publicado este año del 2008 por la editorial Siglo Xxi Editores. . Publica en pàginas web internacionales de Canadà, Estados Unidos, Argentina, España, Portugal, Brasil, Chile, Mèxico, Francia, Repùblica Dominicana, Argentina, Colombia, etc. Su obra poética ha aparecido en las mejores revistas literarias y suplementos de los más prestigiados diarios de México. Prepara un nuevo volumen de poesìa titulado MORIDOR- Fue invitado este mes de octubre del 2008 al XXVIII Congreso Mundial de Poetas convocado por la UNESCO en Acapulco, México.




Epitafio de la sirena Aglaófeme 

sou strela ébria que pérdeu os Ceus,
sereia louca que dixou o mar.
Mário de Sá-Carneiro


A mi amigo poeta Raúl Garduño 
(1945-1980†), postmortem



Abrir los ojos aquí,
a los dieciocho grados, veintinueve
minutos, con treinta y nueve segundos,

justo en la latitud norte del alma.
A los ochenta y ocho grados, diez
y seis minutos, con nueve segundos,

longitud oeste, en el extinto
reino de las altas perenifolias,
en la ciudad infame que despierta

con tumefacto olor de albañales.
Abrir los ojos aquí, en la singladura
de este día mórbido en desuso,
en el ámbito inane del lagarto
que cambió el estero y los humedales
por una pestilente alcantarilla,

y ahora se le cura de úlceras 
en el duodeno y vive como un cerdo
en un ruin chiquero de un hotel

de cinco estrellas.
Abrir los ojos aquí, cuando el dugón
bucanea en ázimos bejucos

condones, credenciales de elector,
que al mar conducen sucias atarjeas.
Abrir los ojos aquí, en el arcano 

orden de las abscisas marítimas,
en esta hora nítida, irreal,
entre la luz vibrátil de un día

cualquiera, al aire libre, para ver
la chabacana gracia del delfín
en cautiverio besando a un turista
que llora al recibir tanta ternura.
Abrir los ojos aquí, en la palustre
hora difusa en que ocurre el arribo

de la tortuga blanca del caribe
a su santuario convertido en playas
                 privadas.

Eso sabe el yacaré que se duerme
aparentando un tronco sobre el agua.
El papán lo chacotea entre cogollos.

El pitorreal por eso abandona 
su hueco en el botán con todo y nido.
El perico cochá atrae gente

diciendo sus puteces en la calle.
La oropéndola no desgrana un canto
en su cuello lleno de delicadas

piedras. El chombo que vuela en lo alto
pica impune el tirahule del niño
que no lo escupió para conjurarlo.
La garza ya no come más culebras.
Al caer la tarde pierde el albatros
la vida ahorcándose entre secas ramas

por la vergüenza de no llenar cada
buche de todos sus polluelos muertos. 
El agreste venado tiene al miedo

como un barco hundido en los ojos.
Solo, el tigre se enreda en los bejucos
y su piel muerta a nadie ya le sirve.

Avanzan entre nubes, lentamente,
ciertas aves de noche migratorias,
duerme en círculos de cenizas vivas

la aldea esperando al huracán.
Abrir los ojos aquí...





¡THALASSA!

Llegarás primero a las sirenas
que encantan a cuantos hombres van a su encuentro.
Homero


Como un rebaño de olas cabritean
en la blancura de esta página.
Buscan el vaivén de las horas más

núbiles de las tres de la mañana.
Suelen esconderse en el vestíbulo
del silencio y nadie las vislumbra.

Duermen yermas contigo, aunque nunca
serán tuyas. Al escenario siempre
llevan el mismo papel desde antaño

en el poema, que es donde envejecen,
sin morir.
Se les puede invocar en las puertas

del sueño, memorando antiguos nombres
de náufragos infaustos que playean
entre escombros, quienes buscan un trozo

infalible, algún breve cascajo
de salitre, el ansiado maderamen
de un barco perdido entre la pujanza

marítima, sacudiendo inútiles
botellas vacías que hoy repiten
desde la punta de este lápiz: “rilke”,

“rilke”, “rilke”, “rilke”, canto augural
de las sirenas cuando así fustigan
sobre los hombres el venal deseo.

Más allá de los párpados sin sueño,
de las horas dulcísimas de un mar
adentro, cuando plañen las marinas

valvas todo reflujo bajo el agua,
distante, desde exánimes arenas,
oh, tú, primera de las Afligidas,

en la espiga de las olas cantabas,
y tu deseo estaba en la sal
viva de nuestros íntimos deseos.

¡Thalassa!, decías: encrespa la ola
y bate al viento abriendo tiernos brotes
en la rosa náutica. Hace al día

más lóbrego, con él endulza el aire
de las ramas altas que anidan pájaros.
Al solaz, “ en la mar en calma y llana”,

al pairo el alma, es canto inaudito
que repiten impunemente valvas
olvidadas. Sueño inútil que sube

al corazón del náufrago en luna
rala. Es el más antiguo sabor
que tiene la sed de salobres aguas,

un pañuelo de viento en el que huye
espantada de sí la lejanía.
¡Thalassa!, herrumbra todo sendero

secreto de la lluvia, desatando
en vasto mar errátil olas glaucas.
Como latido de aguas zarcas, bruñe

con su hechizo todas las nostalgias.
¡Thalassa!,
es un viento de arena escondido

en la camisa de todo poeta,
la hembra del silencio, sólo huesos
donde plañen ingrávidas sirenas.

Vedlas ahora retozar insomnes
bajo el ala más profunda del día.
En esa hora cuando el alcatraz

con su negro graffiti comba el cielo.
Escucha lo que trae la mullente
espuma. Tú eres ahora Ulises

que retorna a su Ïtaca después
de haber amado a las castas sirenas.
El nacido de vientre que ha oído,

sin morir, el canto de Aglaófeme,
la de la voz bella; a Agláope,
de rostro hermoso, y a Imeropa, madre

partenia en culpa por deseo de todos.
Escucha atento a la blanca Leucosia,
a Ligia, la chillona. Mira grácil

esa “atroz escama de Melusina“.
Sobre todo, finge oír la música
de la veneranda Molpe, y guarda

vivo el recuerdo de la doncellez
de Parténope, la sutil lascivia
de Pisínoe venciendo al amante.

Acepta grato lo que tenga Redne,
y a Teles toma por mujer perfecta.
Como un bautismo asume las palabras

de la calma que es pródiga en Telxiepia.
Persuádete de Telxíope, y vuelve
a la abierta memoria de los hombres.







Desde el Alcázar Ulises mira las sirenas

¿A qué loco no lo atan ? Bien hacéis. Escila hermosa, suave Caribdis, sagradas sirenas del negro golfo, altos montes de Trinacria : decid a voces que Ulises, dándole el viento sus alas, entre Caribdis y Escila, atado y vendado escapa de vuestros riesgos, porque le quede al mundo enseñanza, que así se huyen los extremos, de la hermosura y la gracia. 
Pedro Calderón de la Barca

A la familia del tío Pepe Beutelspacher,dueños hace más de un siglo del alcázar de estilo inglés, frente al puerto de Salina Cruz, Oaxaca, en el Océano Pacìfico, México.

Desde el alcázar hecho en el remate
de la estribación de uno de los cerros,
a unos tres mil metros del mar distante,
y a varios de ellos sobre el terraplén
de la calle en esta hora desierta,
un zureo de palomas despierta
el trajín de la ciudad. Clap, clap, clap,
clap, lanzan su vuelo en picada como
una bandada de pañuelos muertos.
A babor, casi a un tiro de piedra
de nuestra almadía mecida apenas
por una tenue racha de aire fresco,
como pedazos de un carbón lustroso
beben los zanates la luz del día.

Leva anclas la mirada entre tanto
revuelo de alas. Mogotes de plumas
llenan el pentagrama de los techos
de láminas de zinc. Currucutú,
clap, clap, clap, clap : ahora, desde las tejas
ocre-malvas de los techos contiguos
a la casa que data más de un siglo.
En la suave piragua, a sotavento,
que es la hamaca en que hemos dormido,
cautiva todavía ver la luna
colgada como una medalla antigua,
como un fruto del árbol prohibido
de los sueños, pálida en el cielo
de esta mañana ambigua que comienza.

En la prosodia de este poema
escrito entre las hojas de un cuaderno
que sólo puede hojearse cara al viento,
desde el alcázar donde Ulises mide
el lontanar esta mañana insomne,
vahída y rasante, también se atreve
la mirada lanzarse al vuelo sobre
el caserío que avanza hacia el mar.
Aquí, desde el escarpe arrebatado
a una de las laderas del cerro,
desde este lápiz semejante a un mástil
que cabecea en intrincadas olas,
canoras sirenas laudan : ¡Thalassa !
¡Thalassa !, que en este verso relumbra
como un gran animal azul dormido.









Moridor

Yo,
que puedo evocar el minuto más alto de tu cuerpo,
sitiar a cada palmo, como a una ciudad, tu piel dormida,
con el hinchado velamen del deseo, ir mares sin tiempo,
al salvataje de tu nombre en el naufragio de mis venas.

Yo,
que tomo tu cuerpo como un piélago de un sueño a la deriva,
que bailo el sabath en el boscaje más intenso de tu carne,
que sólo junto a ti, como hijo de tu sombra, ciego,
voy como a un festin destino al fuego del infierno.

Yo,
que por senderos abiertos con alfanjes de la Luna
puedo hallarte en cualquier rincón de algún espejo,
que entro en ti para soñar en el jardín prohibido,
que es mi corazón, en el cuenco de tus manos, el fruto
que devoro.

Yo,
que puedo nombrarte noctífuga insaciable,
nítida guardiana de las ariscadas bestias del deseo,
cántaro de mi mismo barro en el que sepulto mis heridas,
cáscara imposible de mi soledad, torcaza mía.

Yo,
animal agreste de recónditas costumbres,
a quien solamente tù puedes encontrar,
siguiendo el rastro moridor de la trilla que dejo
sobre la piel sangrante de esta pàgina del dìa.

Yo,
cicatriz que cubre tus heridas , panal de tu fatiga,
ungüento de semillas en la enfermedad que más te duele,
alto paraje en donde se inclina a pensar tu sombra célibe,
en el ritual de la memoria, tu palabra perdida.

Yo,
el semejante infalible más exacto de mí mismo,
único caronte en la barcaza de tus sueños,
quien en el territorio inmenso de tus blancas sábanas,
con banderas de ternura, en su lucha contra el ángel,
perdió sus alas.






TIGRE

Para el poeta Jaime Labastida

En el adytum de su cueva
el jaguar ventea
el erial donde - en el trópico –

la selva ciega
con imposibles bejucos
todos los caminos,

con tupidos silencios
que sólo oírlos duele,
con semillas de miedo

que dondequiera crecen,
con sofocantes olas
de un maremágnum verde.

En el lenguaje de su piel,
como un mandala,
como una pandorga que vuela

ornada de eclipses
que van rumbo
a otras constelaciones estelares,

transcurre la noche
que muere en manos del día.
En el trasiego de las horas

vela sus zarpas,
les devuelve suavemente el nácar a lamidas,
su lengua salvaje les da un guiño de ternura.

Sacerdote tigre
con mirada de basalto,
su linaje es del tiempo

de las piedras solares;
de estuco es su memoria
que guardan las estelas;

de chilam es su rostro,
de balam su máscara;
su nombre está en la raíz

de los libros de piedra.
Con babeante molicie
restaña una a una

sus heridas de viaje.
Oficiante divino,
augur de las chivalunas,

él es quien recibe
el cuerpo de la víctima
que pierde en el pok-ta-pok

la vida,
y luego, como un avatar,
desciende exacto al vivo fuego del infierno.









ÁRBOL MENTAL

Árbol mental,
anónimo placebo,
vericueto de arañas
que hilan un laberinto de sombras;
mantram que se invoca
entre un marasmo de sueños,
y que en algún lugar sin memoria
de esta página albea.
Oh nefanda,
cadalso vaticida,
dame tu nombre,
larva, esfinge;
qué camino,
dónde hallar el grial,
la cifra exacta de tu rostro
en este páramo agoriento.
Dime quién soy,
en este instante que se alaja,
qué hago solo en este bosque de espejos
que adivino a ciegas.
Hora frutal,
vendimia cargada de ázimos renuevos,
dádiva de vida,
primicia de sal que nunca cicatriza,
instante que nace como un fruto,
instante que nos muerde hasta la sangre,
instantes que son todos uno mismo
destrozos de uno mismo en un instante,
zozobrando en aguas rancias,
a la deriva,
en el vía crucis de esta mano que escribe,
y avanza hasta despertar el día
que nos encuentra con su máscara de siempre.
Árbol de verdad,
sombra única,
mazorca de latidos,
racimo ebrio de melancolía,
manojo de horas que sonoras son frutos,
herido silencio que canta en nuestras venas,
oráculo de insomnios
que en este verso reverberan.








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