martes, 19 de junio de 2012

7067.- MARÍA TERESA SÁNCHEZ

María Teresa Sánchez (León, NICARAGÜA  1918-1994)
Nacida en Managua el 15 de octubre de 1918, ha sido “la primer mujer de letras que ha tenido Nicaragua y su importancia ha sido grande como promotora de la cultura nicaragüense”, según Ernesto Cardenal. Para Luis Alberto Cabrales, “comparte la supremacía poética centroamericana con Claudia Lars y Clementina Suárez”. Por su labor de fundadora y principal animadora del Círculo de Letras “Nuevos Horizontes” en los años 40, fue elogiada por Carlos Fonseca, por estar abierto a todas las tendencias ideológicas. Poeta y narradora, obtuvo el Premio Nacional “Rubén Darío” en 1945. Años después publicó su conocida Antología de la Poesía Nicaragüense que, pese a sus irregularidades, sigue siendo fuente de obligada consulta. Viajó por los países centroamericanos promoviendo la cultura nicaragüense. En su círculo se produjeron verdaderos acontecimientos culturales como la conferencia sobre Huidobro de Joaquín Pasos y la presentación del gran poeta español republicano León Felipe. En la década de los 80 recibió la Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío.

Si hay una palabra constante en la poesía de María Teresa Sánchez es el adiós, el adiós a todo y a todos, el adiós al mundo. Hay como un desprendimiento franciscano, una especie de orfandad cósmica en ella, algo así como la quería Rilke: un emprobecerse para purificarse, a partir de la contemplación de las cosas y los seres; una sensación apaciguada por una devoción religiosa no solo contemplativa sino militante. ¿Habrá algún texto en nuestra tradición poética religiosa que aventaje en esplendor y sencillez a éste?: “La flor de mis labios es besada,/ la piedra que mi mano ha esculpido,/la clara luz que llega a mi ventana,/ la luz del sol y el calor del nido./La blanca harina a diario tan deseada/ que la boca del pobre no ha comido;/la manta que me libra de la helada/ y la obra que me libra del olvido...” Aparte de ese tono místico, que caracteriza buena parte de su obra, María Teresa, como la Agustini y la Ibarborou, canta, en sus bien trazados versos, el dolor humano, los hontanares de la tristeza y la desolación. Soledad, premonición de la muerte, angustia, intimidad del Yo acosado, son temas fundamentales en su poesía, hasta ahora insuficientemente conocida, debido a que no tenemos una recopilación de su obra.

El crítico guatamalteco Ramiro Córdoba, al referirse a su segundo libro (Oasis, 1943), escribió lo siguiente: “Aspiremos en sus páginas un olor de campo silvestre, sin ver sobre él el vuelo de las cantáridas, las que hicieron danzar, enloquecidas, a muchas de nuestras vacantes criollas”.

Bibliografía: Sombras, Managua, 1939; Oasis, Managua, Nuevos Horizontes, 1943; Canción de los caminos, Managua, 1949; El hombre feliz y otros cuentos, Managua, 1957; Canto amargo, 1958; Poemas de la tarde, 1863; Poemas agradeciendo a Dios, 1964; El poeta pregunta por Stella, 1967.

Bibliografía:

Sombras, 1939
Oasis, 1943
Canción de los caminos, 1949
Poemas de la tarde, 1963
Poemas agradeciendo a Dios, 1964





INTENTO

En el río que brota sus raudales
pongo mi corazón estremecido.
Pongo en los mares,
y en el acento de las tempestades,
pongo mis latidos.

Pongo la sangre
en las horas violentas del verano
y en noche de luciérnagas henchidas
cuando se siente palpitar la vida,
pongo también mi sangre.

Al alba pongo el ensueño a mis ojos
y forjo cuentos al amor del día,
donde un hombre de bello y dulce rostro
logre curarme la melancolía.

Mas mi esperanza es vana si no pongo
--en tanto el tiempo mi querer depura--
piedad y amor sobre las cosas
y sobre el cáliz muerto de las rosas
un poco de ternura.

Piedad desde el crepúsculo hasta el alba,
amor al cuerpo, ¡y comprensión al alma!




LOS HIJOS DE DIOS NO TIENEN TECHO

Los hijos de Dios no tienen techo,
y hambrientos, deambulan como espectros;
y tienen sed, y no hallan sombra para su sol.
Sobre ellos se ensaña la soberbia
de pequeños, humanos dioses despóticos,
que con sus estrépitos rompen la armonía
del viento.

Sembrad, pues, de trigo los desiertos,
endulzad el agua de los mares;
aplacad la ira de Dios:
aquel que ha construido el mundo,
puede destruirlo.





LA MARCHA

No termina la marcha. Hay que andar
a pasos lentos, a febriles pasos.
Siempre sufrir, vivir, llorar, amar,
para ser evadida de unos brazos.

Andar de aquella aurora a estos ocasos,
sentir sobre la sien el frío nevar;
y ya deshechos los postreros lazos,
las sandalias al viento, andar, andar.

Del principio del día al fin del día,
de la radiante aurora a la noche sombría,
de la húmeda montaña a la ignición solar:

Todo está combinado para seguir la marcha,
el sol de los veranos, del invierno la lluvia,
la música del viento y el rumor del mar





ME IRÉ SIN VERTE

La lluvia, la interminable lluvia
cae lánguidamente.
Me iré sin verte
Y tú marchas en pos de otra aventura
que mi pecho presiente.

Me iré sin verte.
He de hacer mi mortaja de esta lluvia
tejida con los oros de occidente.
Me iré sin verte.
Si tu amor conociera mi amargura,
honda como la muerte.
Me iré sin verte.
Entre la lluvia tenue, entre la bruma,
me iré sin verte.




NUNCA HUBO TIEMPO

Cuando yo iba a nacer
el médico que iba a atender a mi madre llegó tarde
porque el parto se le adelantó y yo nací rápido
para ver este maravilloso mundo.

No hubo tiempo que fueran mis padrinos señalados,
porque a mi futura madrina la operaron de emergencia
y en el alboroto se les olvidó avisar.
Así que el Arzobispo se ofreció para ser mi padrino.

No hubo tiempo de conocer a mi padre,
porque antes de los dos años se murió.

No hubo tiempo para vivir con mi madre
--porque ella se casó--
y mi abuela no aceptó que me fuera con mi madre.

No hubo tiempo que el Niño Dios me trajera mi bicicleta
--porque la doméstica de la casa me la enseñó
donde estaba escondida
y nunca hubo ya para mí Navidad con sorpresa.

No hubo tiempo para que me celebraran mi Primera Comunión
porque yo me adelanté
y la había recibido sola mucho antes.

No hubo tiempo para que estudiara en Managua
--porque cuando fueron a matricularme
ya estaban cerradas las matrículas.
Así terminé en un internado en Granada.

No hubo tiempo para que me celebraran mis quince años,
porque en ese mismo mes yo esperaba mi primer niñito.

No hubo tiempo para asistir al sepelio de mi abuela
porque yo estaba fuera de Nicaragua.

No hubo tiempo para continuar mis labores culturales
--porque me quitaron mi imprenta
por haber escondido a un joven que lo buscaban vivo o muerto.

No hubo tiempo de, tal vez salvarle la vida a mi hijo,
porque el teléfono,
comunicaciones lo tenía desconectado.

No hubo tiempo cuando me enamoré de nuevo,
el hombre de mis sueños ya estaba casado.

Ahora sí hay tiempo para llorar para olvidar,
para mis desengaños
y para rezar.






SINOPSIS DE UNA VIDA

Tenías un día,
un mes, luego un año,
y una flor
trepando por tu columna de auroras.

Tenías nueve años,
se iluminó tu frente,
y pudiste tocar con tus dedos
la frescura púrpura del cielo
que fue a colocarse
en la colección de mañanas dormidas
de tu bolsillo palpitante.

Poco después mojabas tu rostro
en los balbucientes charcos de lo oscuro,
y tu adolescencia fue carrera de sombras,
rebote de luces perseguidas.
Pero lograste aclarar el barro
con tu confusa silueta,
despacio,
creciendo en un amor lento de corales.

Y explosionaste en verde vida, en músculo, grito y caricia.
Fuiste un dragón volador, un aventurero, un valiente pateador
de mentiras. Eras el perfecto filo de la osadía
abriendo mundos.

Luego llegó el rostro duro de la madurez,
las ráfagas azules de besos,
las olas de enfermedad, de muerte
y el silencio de los bosques arrasados.
Y entre arrugas se fueron dorando tus dedos viejos
de tronco clavado en el camino,
hasta nacerte un niño en el pecho,
un niño que tan solo quería
vivir
aspirando nubes.

Y le diste la mano, y te llevó con pasos de gamo
hacia los velos de la muerte,
donde un viento profundo, de llamas nacaradas,
fue levantando una a una tus cáscaras de seda
hasta encontrar la semilla,
el diamante sin tiempo
que tú eres.










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