jueves, 18 de octubre de 2012

RAÚL BURNEO BARRETO (8080)



Raúl Burneo Barreto (Lima, 1972) es estudiante del programa de doctorado del Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Georgetown. Asimismo, se desempeña como profesor de español y literatura hispanoamericana en esa misma casa de estudios. En el año 2000 salió a la luz su poemario El canto desde la frente y una edición crítica de una antología de las Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma bajo el sello Santillana. 





Miradas 


Hay un color negro a través del cual todo se hace claro, 
la revelación del silencio de una presencia, 
como traer sin ver lo que siempre está allí, 
como una corriente de aguas clarísimas que fluye desnudando los contornos. 

Mis ojos se borran, 
mi frente se sumerge en una corriente de negra claridad; 
un negror, que revela la sangre de los seres, 
trae frente a mí lo que era, lo que es, y será mi rostro. 

Mis ojos se borran, 
pero puedo ver más ahora: 
A través del negro uno puede atisbar la entraña de las cosas, 
entrar a la claridad de lo negro que no abandona nada. 
Mis manos morirán, 
pero a través de lo negro las veo 
con el aceite del tiempo ajándolas, 
con su olor a muchas camas 
que las aguijonea; 
veo también que flotan en esa corriente de oscuridad, 
que yo floto. 

Los pensamientos son blancos: poner pestillos y aldabas al día. 
Las palabras son blancas: una muralla que grita. 
El cuerpo no tiene color: puede ser blanco o negro o nada. 

Todo lo que hago es un blanco rodeo 
lejos del oscuro claror del camino. 






Recuerdo de ellas 


Una espiral de vapor empaña mis ojos, 
nunca termina por desaparecer en mis pensamientos tu rostro. 
¿Quién eres que has tejido en mí un silencioso lugar?, 
una laguna escondida donde ceden las hojas a la corriente marchita y sedosa. 
Sentí tu tacto pacífico, 
aunque en esta ciudad no haya aves 
tú eres su tacto, 
el tacto de una ausencia que vuela. 
Has traído paz a los vestíbulos de estos edificios que secan la piel, 
que arrugan los pasos como un maniático arruga su boca. 
Sé que el neón no es solo abandono, 
pero jamás será la piel materna del pasto. 
Antes de conocerte, creía que vivir 
era arrancarle un bocado al olor amarillo 
que impregna a la gente. 
Arrancar siempre, a través de las flores, 
lo que convenía a mi temperatura desahuciada. 
¿Por qué me has dado esta paz que no reconozco? 
Esta paz que revuela extrañamente en mi perfil. 
¿Por qué me acompaña tu mirada rubia 
y una sensación de que el día mana en ti 
como una savia tierna y oscura? 


II 

Cómo he llegado a respirar esta lentitud en mi pecho: 
que no todo debe pertenecerme, 
que hay algo que no puedo usurpar en tu ternura. 
No ha sido la belleza ni siquiera el relumbre azul y rubio de tu cuerpo, 
no han sido tus manos que terminan en un racimo cálido que no se abre del todo, 
ni el soplo de tus pensamientos que se mezclan con los míos. 
Hay algo que acompaña a tu ternura, 
como un estremecimiento leve que despierta 
una paz que acaba por envolverme. 
Apenas he socavado la tierra alrededor de mí 
y su sabor venía mezclado con mi encierro y mi ceguera, 
¿por qué esta gozosa paz 
es una ventana por la que recibo el aire de mi mirada perdida? 






(De libros y poetas, Homenaje antisurrealista a André Breton, en Las palabras del extranjero)

No hay palabra que me exalte, Breton,
ni la libertad,
me exalta estar sin palabras.

Me exalta la respiración de un ojo tranquilo,
la suavidad de sus alimentos invisibles;
pero todos los días debo devorar mi ración:
Tengo impregnada la miel de la razón en los labios
y la imaginación ha dejado la estela de sus alimentos nebulosos
quemando mi vientre;
pero sólo he conseguido deambular sin dirección alguna,
o delirar atado al imán de los sueños,
y las palabras que escribo ahora sólo me encubren.






(Recuerdo de ellas en Las palabras del extranjero)

Perdí mi ciudad.

Y el mar como un tapiz furioso y azul
en el que mis ojos nunca pudieron penetrar.

Perdí mi ciudad
y quedé convertido en un mar sin voluntad.

Pero encontré la espuma que caía de tu respiración,
la bella moldura de tu sangre.

Hiciste de mí otro mar
más antiguo que la voluntad.







El Rey de la jarana
(Paréntesis, Año 1, Vol. 1, junio 2005)

El Rímac no es el río en el cual se ahogó Li Tai Po
cuando intentaba apresar el reflejo de la Luna,
pero es el barrio donde un maestro budista creció
y mezcló su sangre con el aroma de la uva;
donde los rasgados ojos de una limeña le gastaron el corazón,
como el clamor del vals y la marinera
le gastaron la suela de los zapatos.
Y creció viendo como la guitarra y el cajón tejían su telaraña
hasta en el último rincón de los callejones.
Y el pisco moría en las gargantas como un ungüento de seda.
Y en esta algarabía que dura ya dos noches enteras,
un bardo, en medio de la sala, entona —su voz surge del pisco—
una canción añeja.
Y es ahora que el Rey de la jarana se queda inmóvil y apenas habla,
y en el desconcierto abandona su vaso,
abandona las horas tomadas al sueño a lo largo de los días
y que han formado en él una sonrisa sin velos,
abandona su voz sembrada de talismanes chinos,
porque ha descubierto a una negra que danza
y en cuyos pasos arden los mismísimos Azcues.

Y entonces el repentino zapateo de ambos alumbra la sala,
hace respirar al suelo y desentierra las miradas.
No son pasos sino gestos de una provocación que embellece la [noche.

Y a veces de los pies se escapa una caricia,
pero al siguiente giro las pisadas se asientan como risueños látigos.
Y el aire huele a desafío,
y a la galantería de una vuelta
responden los pasos de ella riendo como amables cuchillos.
Ríe el maestro entredientes,
pues conoce que la lucha debe fundirse a la cadencia
y que la única victoria
son dos corazones que tañen
como poderosas campanas.





Cálida luz
(inédito)

Un poema que recoja tus pies y mis cabellos
tus caderas y mis brazos, tus silencios y mi voz
no es preciso a esta altura de la noche
en que la luz de tu ser brilla a mi lado.










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