viernes, 3 de octubre de 2014

VITAL AZA [13.549] Poeta de Asturias



Vital Aza

Vital Aza Buylla (Pola de Lena, Asturias, 28 de abril de 1851 - Madrid, 13 de diciembre de 1912), escritor, comediógrafo, periodista, poeta y humorista español.

Hizo el bachillerato en Oviedo. Realiza estudios medios de delineante en Gijón y trabajó como técnico en la construcción del ferrocarril en el tramo Oviedo-Gijón. Su infancia y adolescencia transcurren en los medios urbanos de Asturias. Hay elementos autobiográficos de su participación en el tendido del ferrocarril y en el nacimiento del desarrollo industrial en su obra La Praviana, una de las últimas, estrenada en 1896. En Oviedo se inicia ya cursando el bachillerato en el cultivo de la poesía humorística y colabora en periódicos y revistas y, aunque terminó la carrera de medicina en Madrid, no llegó a ejercerla porque se dedicó al periodismo satírico y al teatro (su primera pieza fue ¡Basta de matemáticas!, en 1874) y fue un habitual del Bilis club junto a los también asturianos Armando Palacio Valdés y Leopoldo Alas. En Madrid colaboró en el semanario El Garbanzo, dirigido por Eusebio Blasco, en La Ilustración Española, en Blanco y Negro, en El Heraldo de Madrid y en Madrid Cómico y Barcelona Cómica, así como en revistas y publicaciones diversas, siempre con agudo gracejo; escribió también piezas teatrales, 38 originales y 24 en colaboración, sobre todo con su amigo Miguel Ramos Carrión y con José Estremera, destacando por su ingenio y vis cómica. No descuidó la poesía festiva, publicando las colecciones Bagatelas (1896) y Pamplinas y frivolidades (1899).

Estuvo siempre muy vinculado a su natal Asturias; en Mieres pasaba los veranos y en Málaga los inviernos a causa de su mala salud. Fue el primer presidente de la Sociedad de Autores Españoles. Su hijo, de idéntico nombre, fue un médico de gran prestigio. Murió en Madrid en 1912 y se halla enterrado en Mieres.

Obra

El antiquísimo Café de Fornos, teatro de numerosas tertulias, entre ellas la de Vital Aza, en una fotografía del año 1908. Hoy en día está ocupado por un Starbucks.
Vital Aza tuvo tertulia en el Café de Fornos, situado en la esquina entre Alcalá y Peligros y fundado por un sirviente del Marqués de Salamanca. Aquí Vital Aza reunía en torno suyo a un grupo de contertulios. Frecuentado por políticos, literatos y artistas cerró sus puertas en 1908. Su composición, según nos la describe A. Bonet: "contaba con elegantes gabinetes reservados y salas que como acordeones se ampliaban para banquetes. Era un local solemne, patricio y serio, de cocina y tono europeizantes. Decorado con pinturas de Sala, Gomar y Casto Plasencia entre otros, tenía muebles de caoba y sus muros estaban cubiertos por grandes espejos".

Vital Aza se dio a conocer en El Garbanzo, revista que dirigía el también escritor Eusebio Blasco. El 7 de febrero de 1874 alcanzó su primer éxito teatral con ¡Basta de matemáticas!. Su comedia Parada y fonda fue traducida al esperanto. Entre sus numerosas obras para la escena destacan Aprobados y suspensos, ¡Adiós Madrid!, Los tocayos, El señor cura, El sueño dorado, El sombrero de copa, La rebotica, Noticia fresca (en colaboración con José Estremera), Tiquis-miquis, Parada y fonda, Fráncfort, Robo en despoblado, La marquesita, Ciencias exactas, Pensión de demoiseilles, Perecito, El padrón municipal, El viaje a Suiza, etc. También adaptó al castellano la obra de Santiago Rusiñol L´alegria que passa. Escribió además bastantes obras en colaboración con su amigo Miguel Ramos Carrión, entre las que destacan El señor gobernador y Zaragüeta, y libretos de zarzuelas, como el de El rey que rabió, al que puso música Ruperto Chapí en 1891 y que es considerada por Alonso Cortés la mejor zarzuela del siglo XIX. También se le debe el de Los lobos marinos (1887).

El teatro de Vital Aza sigue los derroteros del de su amigo Miguel Ramos Carrión, prefiriendo la comedia asainetada y de gracia chispeante. En sus obras aparece sobre todo reflejada la clase media en los aspectos que más se prestaban al efecto cómico o satírico. Algunas de sus obras se han traducido al italiano, portugués y alemán.

Como poeta satírico, poseía el secreto de la rima y nunca se le pudo imputar un ripio; cultivó un tipo de poesía humorística, bienintencionada, sin complicaciones ni pretensiones, muchas veces de circunstancias, y su prosaísmo es franco porque no tiene las ambiciones de uno de sus modelos, Ramón de Campoamor; escribió en este género Todo en broma (1891), Teatro moderno (1894), Bagatelas (1896), Ni fu ni fa (1898), Pamplinas (1899), reeditado en 1904; Frivolidades (1909), Broma y más broma (1912).

También escribió un curioso conjunto de biografías humorísticas, Plutarquillo (1901), y una Historia cómica de España (1911).

Sus Obras completas han sido publicadas en 1993 en Oviedo.





   EGO SUM

Al despuntar la mañana,
tras una noche serena
y en fecha ya muy lejana
nací en la Pola de Lena,
hermosa villa asturiana.

Como nací no lo sé;
no recuerdo la postura,
porque yo no me fijé;
pero hay gente que asegura
que yo he nacido de pie.




    LA TERTULIA CURSI

En la coronada villa,
Calle del humilladero,
número ochenta, tercero,
con honores de bohardilla,
vive doña Blasa Ortiz,
señora muy campechana,
muy gorda, muy charlatana,
muy pobre y muy infeliz;
viuda de un tal Silverio
Trigueras, que fue empleado
en no sé qué negociado, 
de no sé qué Ministerio.
Lo cierto y seguro es
Que, por ir sin capa un día,
Se murió de pulmonía
el año sesenta y tres,
dejando el pobre Trigueras,
—como recuerdo sin duda—
varias deudas, una viuda
y tres niñas casaderas.
Tres que, si fueran bonitas,
hallaran colocación,
pero, por desgracia, son
muy feas las pobrecitas.
Y en vano para casarlas
doña Blasa corre y suda,
no encuentra la pobre viuda
el modo de colocarlas.
—¡Esto no ha de ser eterno!
(dijo la madre hace días),
es necesario, hijas mías,
pensar en que entra el invierno;
que si aquí solas estamos
cosiendo a todo coser,
ninguno puede saber
lo que todas deseamos.
Por consiguiente, decido
hacer lo que “Capuchín”,
a ver si a cabo y al fin
se presenta algún partido.
Y aunque nos cueste un derroche
de este invierno no pasa
“nos quedaremos en casa”
los domingos por la noche.
Hicieron la invitación,
llegó el día señalado,
y ni uno solo ha faltado
a tan grata reunión.
Nadie, por lo atenta vale,
lo que esta pobre mamá;
que anda de acá para allá,
y habla, y corre, y entra y sale.

                * * *

Componen el mobiliario
de la diminuta sala
un reloj que no señala,
una cómoda, un armario,
dos marquesitas tronadas
que así las puso el abuso,
cuatro sillas en buen uso
y siete perniquebradas;
un sofá (¡Que Dios sabrá!)
¡los muelles que tiene dentro!
y un velador en el centro
(del salón no del sofá).
Hay en una rinconera
Un acerico muy mono,
un busto de Pío Nono
y varias frutas de cera.
La cuestión del alumbrado
está a cargo de un quinqué,
con un tubo que no sé
si es que está roto o manchado.
Y tiene, en fin, doña Blasa
en la sala en que se engríe
una estera que se ríe
de la dueña de la casa.

                * * *

La gente a decir verdad,
por lo que yo he conocido,
es de lo mas distinguido
de toda la vecindad.
Una señora muy flaca
con una niña muy seca,
y otra como una manteca,
que va en busca de casaca.
Dos jóvenes delineantes
que buscan colocación;
un músico de afición
y cinco o seis estudiantes.
Una señora muy fina
que dicen que tiene estanco;
un sastre de sotabanco;
dos horteras de la esquina,
un señor que es oficial
cuarto o quinto de Fomento
y un cura de regimiento
que vive en el principal.

                * * *

Nada olvidó doña Blasa
—que ella no falta a la moda—
y par obsequiar a toda
la gente que honra su casa,
ha dispuesto con primor
—dándose a sí propia brillo—
en el oscuro pasillo
el “buffet” que es de rigor.
“Buffet” del que dan señales
una bandeja muy vieja,
y encima de la bandeja
cuatro copas desiguales.
Y a falta de buen Champaña
encuentra la reunión
agua pura a discreción
en un botijo de Ocaña.

                * * *

—Pero señores, ¿qué es esto?
(dice doña Blasa) ¿estamos?
en misa? ¡Qué! ¿no bailamos?
—¿Usted también?
—¡Por supuesto!
Vamos, pollos, ¿qué les pasa?
Niñas, quitad esa mesa.
¡Jesús, y cuanto me pesa
no tener piano en la casa!
Pero, no importa, ¡que diablo!
¡se tararea, y en paz!
¡Vamos! ¡si yo soy capaz!…
—¡Sepárese usted, don Pablo!
¡Señora!
—¡No quiero riñas!
¿Sabe usted que le digo?
—¿Qué?
—Que cante usted conmigo,
para que bailen las niñas.
—¡Si no se puede, mamá!
—¿Qué no se puede? ¿Por qué?
—¡Pues no lo está viendo usté!
Esto es muy pequeño
—¡Ya!
Pues entonces jugaremos
a juegos de prendas. ¡Sí!
¡Déjenme ustedes a mí
que proponga! A ver…¡Pensemos
Mi memoria es tan infiel
¡Por Dios! No arrimen ustedes
las sillas a las paredes
que se estropea el papel.
Conque, ¿que hacemos al fin?
¡Jesús! Ahora que se paró
Pues si está aquí Don Genaro.
¡Toque usted el violín!
—no lo he traído ahora!
—Vaya usted por él al punto
—Vivo muy lejos señora.
—¡Caramba! ¡Lo siento mucho!
¡De veras que lo lamento!
¿Quién con música se aburre?
Pero, hombre, ¿A quien se le ocurre
Venir sin el instrumento?
¡Pensemos en otra cosa!
¡no hemos de estarnos así!
¡Pues si no fuera por mí!
¡Ay! ¡Que juventud tan sosa!
¡No inventan nada! ¡Es chocante!
¿Qué es eso? ¿Han llamado? ¡Voy!…
Al punto de vuelta estoy
¡Si es don Frasquito! ¡Adelante!

                * * *

(El don Frasquito presente
es un señor malagueño,
muy rechoncho, muy pequeño,
muy feo y muy ocurrente).
—¡Pase usté aquí! ¡En que ocasión
tan oportuna ha llegado!
¡Es el hombre mas salado
¡Ya tenemos diversión!
¡Aquí! Tome usted asiento.
Niñas, señores, ¡chitito!
¡Vamos, señor don Frasquito,
cuéntenos usted un cuento!
—Señora, ¡si yo no se!
—¡El que usted quiera!
—Si yo!…
—No me diga usted que no,
porque me incomodaré;
ocupe usted esa silla.
¡Mucho silencio un momento!
—Pué señó, contaré er cuento
de un sordao de Sevilla.
—¡Ese mismo, sí, señor!
¡Venga el cuento del soldado!
Estando este hombre a mi lado
No comprendo el mal humos
—Pues señó ¡vamos allá!
Er sordao de mi cuento…
—¡Aguarde usted un momento!
usted me dispensará.
Luego seguirá contando
¡Niña!
—Mamá mande usté.
—Quítale luz al quinqué,
que ese tubo se está ahumando.
Prosiga usted, don Frasquito.
—Pues señó, que ocurrió un día
que mi sordao tenía…
—¡Espere un poquito!
Se me ha figurao oler
que se quema el estofado.
¡La chica se habrá olvidado!…
Con permiso, voy a ver…
¡Estoy de vuelta al momento!
¡Aguarde usted, don Frasquito!

                * * *

¡Lo que me olía era el frito!
¡Vamos! Siga usted el cuento.
—Pues eñó, que er caso fue
que mi sordao…
—¿Han llamado?
¡Sí, sí, no me he equivocado!
¿Quién será? ¡perdone usté!
¡Si son las de Zaragata!
¡Vengan ustedes acá!
¡¿Cómo queda la mamá?
¿Por qué no viene la ingrata?
¿Sigue peor del flemón?
¿Se ha quedado en casa sola?
¿Qué tal Rita? ¿Qué tal Lola?
¿Qué tal Luis? ¿Qué tal Ramón?
¿En donde está el otro hermano?
¿Se ha sabido de Mercedes?
¿Por qué no han venido ustedes
un poquito mas temprano?

                * * *

(Sigue la buena señora
con mil preguntas como estas
y en preguntas y respuestas
se pasa mas de una hora).

                * * *

¡Oigamos con interés
al andaluz mas salado!
Siga el cuento del soldado
—Pues señó, ee caso es
que mi general.
—¡Frasquito!
¡O ese es otro, o no lo entiendo!
No ha empezado usted diciendo
Que era un soldado?
—¡Er mesmito!
Era un soldao. Si tal
Pero dende que he empezao
Este cuento mi soldao,
ha ascendío a General.




¡A LA LUNA!

Lamentación de un cesante

¡Oh, tú, luna encantadora,
que lumbre gratis nos das!
¡Oh, tú de Febo señora,
ilustre competidora
de las fábricas de gas!
¡Tú que nunca sientes penas
en el trono en que reposas!
¡Tú que en las noches serenas
habrás visto tantas cosas,
unas malas y otras buenas!
¡Tú que en más de una ocasión
sufres con resignación
que un mal poeta te cante,
oye la lamentación
de este mísero cesante!
¡Óyeme sólo un momento!
que en este mundo, ¡ay de mí!,
nadie escucha mi lamento.
Y si a ti no te lo cuento,
¿a quién se lo cuento, di?
Indícame, ¡oh, luna clara!,
de algún destino el camino,
que aquí son ya cosa rara,
y no se encuentra un destino
por un ojo de la cara.
Búscame una posición
en tu elevada región
y me lanzaré al suicidio.
¡Créeme, oh, luna! Te envidio
con todo mi corazón.
Tú, aunque siempre omnipotente,
creces y menguas constante;
pero aquí, con esta gente,
yo nunca llego a creciente...
¡siempre estoy en el menguante!
Como un destino me des,
dejo a estos hombres ingartos
–(he puesto la erre después)–
que, ¡ay!, tú tienes cuatro cuartos,
y en España sólo hay tres.
¡Tres! Lo digo muy sincero,
aunque el pesar me taladre (1)
el cuarto... para el cartero;
el cuarto... que es del casero,
y el cuarto... honrar padre y madre.
Te creo, ¡oh, luna!, mi amiga,
y hasta que mi bien consiga
cifraré en ti mi fortuna.
No me importa que se diga
que estoy ladrando a la luna.
¿A quién le puede chocar
que yo ladre sin cesar
siendo un mártir en la tierra?
Llevando vida tan perra,
¿qué he de hacer sino ladrar?
Dame sin tardanza alguna,
¡oh, luna!, con tu fortuna,
un consuelo en mi indigencia.
¡Y no me dejes, ¡oh, luna!,
a la luna de Valencia!

(1) Lo de taladre, lector, –es el ripio de rigor



PLAN CURATIVO

–¡Niña!
          –¡Mamá!
–¿Qué te pasa?
¿No vienes a la novena
–¡Ay, mamá, si no estoy buena!
–¿Que no? Pues quédate en casa.
–¿Y vas sola?
          –Claro está.
–¡Yo lo siento!
          –No te apures.
Es preciso que te cures.
Acuéstate.
          –¡No, mamá!...
–¿A ver, qué sientes?
          –¡Calor!
–¡Es aprensión, criatura!
¡Si no tienes calentura!
–¿Qué no tengo?
          –No, señor.
–Pues siento un frío en los pies
y en la cabeza un mareo...
–Anda y damos un paseo,
antes de ir a San Ginés.
–¡Me canso!
          –Iremos en coche.
Lo tomaremos por horas.
¡Verás cómo te mejoras
con el fresco de la noche!
–¡Tengo tos!
          –¡Quita, por Dios!,
–¡Me duele aquí cuando toso!
–¡Bobadas! ¡Eso es nervioso!
¡No vale nada esa tos!
–Pues no te canses, mamá;
hoy no salgo, lo repito.
Voy a acostarme un poquito
encima de este sofá.
–¡Jesús! ¡Eres más cobarde!...
–Quizá me alivie con eso.
–¡Aprensión! Pues dame un beso.
¡Las ocho y media! ¡Qué tarde!
Y hoy es el último día...
Así... Abrígate los pies.
¡Otro beso! Hasta después.
Que te alivies, hija mía.     

(Sale la mamá de casa,
queda la criada alerta,
se oye rechinar la puerta
y una voz que dice:¡Pasa!)

           ***

–¡Alfredo!
          –¡Amalia querida!
–¿Te habrán visto?
          –No. Ten calma.
¿Me quieres?
          –¡Con vida y alma!
¿Y tú a mí?
          –¡Con alma y vida!

              ***
(Es muy corta la novena,
corren breves los instantes,
y en gracia a los dos amantes,
paso por alto la escena.
Se oyen pasos... ¡La mamá!
Huye el joven con premura,
y la niña se apresura
a acostarse en el sofá.)

–Hija mía, ¿estás durmiendo?
¡Temí haberte despertado!
Por volver pronto a tu lado
recé de prisa y corriendo.
¿Cómo te encuentras?
–¡Mejor!
–¿A ver? ¡Dios mío! ¿Qué tienes?
¡Si están ardiendo tus sienes!
Voy a llamar al doctor.
–No, mamá.
–Sí, vida mía.
–Ya estoy bien; no es de cuidado.
Tienes el pulso agitado.
–Los nervios...
–¡Qué tontería!
Corro al punto. Tú estás mala.
¡Qué te receten cuanto antes!

            ***
(Y al cabo de unos instantes
entra el médico en la sala.
Pulsa a la niña intranquila;
la encuentra un poco nerviosa,
y por mandar cualquier cosa,
le manda que tome tila.)
–Hoy por hoy no es de cuidado.
Conozco bien su dolor.
(Hay que advertir que el doctor
vive en el cuarto de al lado.)
–¿Conque no es grave, verdad?
(Dice la madre.)
–Señora...
Aquí entre los dos, ahora,
el mal es de gravedad,
–¡Dios mío!
–¡Yo soy muy viejo
y práctico!
–¡Ya lo sé!
–Y como la aprecio a usted,
me permito este consejo:
¡Abra usted mucho los ojos!
La niña –a mi plan me aferro–
necesita, mucho hierro,
–¿En píldoras?
          –No. ¡¡En cerrojos!!





DUDA HISTÓRICA

–Dígame usted, don Vicente,
usted que es tan competente...
–Pregunte usted, don Facundo.
–¿Cómo es nuevo un continente
que es ya tan viejo en el mundo?
–Era nuevo; no lo es ya.
Como creado por Dios
existía, claro está,
antes del año mil cua-
trocientos noventa y dos.
Pueblo inculto lo habitaba;
pero aquella pobre gente
ni sé cómo respiraba,
pues el Nuevo mundo estaba
cubierto completamente.
–¿Cubierto?
–¡No hay discusión!
–¡Hombre, venga una razón!
–Lo dice la Historia y basta.
Estuvo cubierto, hasta
que lo descubrió Colón.




 ¡PAVOROSO PORVENIR!

El otro día un pavo que se hallaba
en la Plaza Mayor,
con altivo ademán, a sus colegas,
de este modo arengó:
–«¡Amigos! ¡Ciudadanos!
¡Basta de sufrimiento!
¡Sonó por fin la hora
de nuestra redención!
¡Lancémonos al campo!
¡Salgamos al momento!
Y sean nuestros gritos:
¡¡En huelga!! ¡¡Insurrección!!
      ¡Guerra a las Navidades!
¡Basta de tiranía!
¡Tiempo es de que gocemos
de nuestra libertad!
¡Pues, qué! ¿Quizá el pavo
no tiene autonomía?
¡Ánimo, pues! Y hagamos
una barbaridad.
¿Por qué ciertos señores,
más pavos que nosotros,
ocupan ciertos puestos
felices, cual se ve?
Si todos somos pavos,
lo mismo unos que otros,
¿por qué ese privilegio?
¡Vamos a ver! ¿Por qué?
Nosotros hasta ahora
vivimos engañados;
con nueces y castañas
nos hacen engordar;
pero después que observan
que estamos bien cebados,
nos cogen, y en seguida
nos mandan degollar.
Somos de nuestra raza
las masas inconscientes;
somos el pobre pueblo
que siempre sufre el mal.
¿No veis cómo se libra
de manos de esas gentes
el pavo de alta alcurnia
llamado el pavo real?
Del hado los rigores
con calma hemos sufrido.
¡La lucha es necesaria!
¡Unámonos con fe!
Mirad que es el tormento
mayor que he conocido
tener por tumba el vientre
de algunos que yo sé.
También, ¡oh, pavas mías!
vuestro dolor acaba;
también habéis sufrido
vosotras sin chistar.
Si, algún amante hoy día
quiere pelar la pava,
luchad a picotazos,
¡y no os dejéis pelar!
Están nuestros derechos
con injusticia hollados;
la trufa es la enemiga
que habrá que combatir.
Pues si no hubiera trufas
no habría esos trufados
que obligan a que el hombre
nos quiera perseguir.
¡Formemos, pues, la rueda!
¡Limpiemos nuestros picos!
¡En guerra, y concluyamos
con tanta iniquidad!
¡Seamos implacables!
¡Matemos a los ricos!
¡Abajo lo existente!
¡¡Viva la libertad!!»
El pavo que así gritaba
y a los suyos exhortaba,
pagó caro su delito.
¡A las dos horas estaba
degollado el pobrecito!
Y en él –¡por sesenta reales!–
se cebaron sin piedad,
dos señores muy formales,
miembros de la Sociedad
Protectora de Animales.


RASGO DE VALOR

         CUENTO VIEJO

Un militar muy valiente
–según propia confesión,–
delante de mucha gente
refería lo siguiente
con vivísima emoción:
–«El moro nos acosaba
con furia desesperante;
el gran O'Donnell dudaba,
pero Prim que nos mandaba,
dijo por fin: –¡Adelante!
¡Qué momento aquel!... ¡Qué horror!...
Al sonar de las cornetas
se encendió nuestro furor,
y de la luna al fulgor,
brillaron las bayonetas...
Atacamos con denuedo;
los marroquíes bribones
huían muertos de miedo;
y yo que... ¡Vamos! No puedo
dominarme en ocasiones,
aunque oí la voz de mando
que gritó: «¡No acometer!»
sin saber cómo ni cuándo
seguí avanzando... avanzando...
sin poderme contener.
No hallé a nadie en mi carrera...
Hasta que, a la luz primera
del sol, mi suerte ha querido
que viese a un moro tendido
al lado de una pitera.
¡No lo olvidaré jamás!
¡Daba miedo aquel morazo!
Pero yo fui por detrás,
le cogí una pierna, y ¡zas!
¡se la corté de un sablazo!»
–¡Diablo! –un oyente exclamó,–
¡Hombre, admiro su proeza!
Mas, pues no se defendió
aquel moro, ¿por qué no
le cortó usted la cabeza?
–¿Que por qué no le corté
la cabeza a aquel malvado?
¡Va a usted a saber por qué!
Porque cuando yo llegué
¡ya se la habían cortado!




EPIGRAMAS

Juan a Domingo reñía
porque nunca trabajaba;
y mientras Juan se enfadaba,
el buen Domingo decía:

–Yo no debo trabajar;
estoy, Juan, en mi derecho,
pues los Domingos se han hecho
sólo para descansar

+++

Un conde, de no sé dónde
–que en el misterio se esconde–
por causa que no se sabe,
yo no sé qué cuestión grave
tuvo con no sé qué conde.

El uno del otro en pos
salieron de madrugada...
Mas ya el juez, ¡gracias a Dios!,
sabe... ¡que no sabe nada
de ninguno de los dos!

+++

 Afirma Inés, la taimada,
en tono humilde y dengoso,
que ella como esposa honrada
sólo es de su amante esposo.

Y así, de un modo insinuante,
confiesa la honrada Inés,
que primero es del amante
y del esposo después.








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