miércoles, 2 de mayo de 2012

6647.- MARÍA DEL CARMEN PAIVA


María del Carmen Paiva
(Asunción, PARAGUAY 1942)
Poeta y narradora. Aunque empezó a escribir desde muy joven y ha integrado varios talleres de poesía y narrativa, María del Carmen Paiva sólo ha empezado a publicar en 1995. De ese año son sus primeros dos poemarios: El ángel escarlata y otros poemas y Detenimientos. De posterior aparición son Comparecencias (1997), Desgajos (2001) y Cortejo a Arthur Rimbaud en ‘Iluminaciones’ (2002). Tiene, además, poemas y cuentos inéditos. Algunos de sus textos han aparecido en periódicos y revistas de la capital.




Más tarde

Después de todo lo pasado;
del desgarro inicial,
de las alteraciones demasiado tristes;
y de la abnegación visible
que me reconcilió con lo opuesto al olvido;
luego de esa batalla donde ardieron mis
. entrañas
hasta quedar esculpidas como
imagen de mi fatiga
en el exuberante cielo
de aquellos días;
más adelante
de las declinaciones en el anochecer
y de las propuestas que surgían
para aceptar lo que aún no puedo,
vino la aurora brillante,
con un vago contenido
de oficios desnudos;
con innumerables admiraciones
por el resto del mundo y de las cosas
que también merecían mi atención,
aunque sólo fuese como un desmayo
en la mágica esfera
y, soñolienta, aspirase un poco de frescura.




Tristeza

Es suficiente.
Desaparece ya
aquella palabra accidentada
que suele trazarse en las despedidas
y que traes desde quién sabe cuándo;
o tal vez
ella se arrimó
un día,
e iniciarse el vicio de acunarla.

El tiempo gasta las cosas,
y aunque continúes debajo de esos apartados
. astros
y de sol, con sus desbordadas alas de
. azufre,
sigues viviendo a pesar de todo esto
. y lo que ya ocurrió.
Mereces el nombre que te pone la vida
con su impulso imprevisto y desconocido.




Mediodía, ensueños

Oigo rumor de flores:
surgen del baldío, cerca del naranjal.
Exhalan humos dorados de puro sol.
Adormecen la ceniza de la siesta
y cubren mi lecho caluroso.

Voces que fluyen
de un río secreto.

Flores de sangre antigua,
de esqueletos dormidos,
de fugas precipitadas
y otras locuras efímeras.

Me doy vuelta y se me enredan las sábanas;
un indefinido fastidio me altera.
Voy a donde los lirios
y el pozo lleno de hierbas,
a mitigar el cansancio de los labios,
para no adormecerme en este perdido vigor.




Ceremonias

Aroma de lumbre y paja
recorre los pasadizos
que me pertenecen,
donde me albergo yo misma.
Se evaporan lentamente,
en el tiempo de los astros,
en una fugaz ceremonia de asombros.

Dos esmeraldas de fuego
me queman los ojos,
porque el adiós me pintó de verde las pupilas
desde que nací hasta el final, de los siglos.

Los metales del cielo
observan las aguas y el desierto.

Tal vez florezca una estrella.




Entreacto

Desde esta vulnerada espera
por las minucias, cotidianas
y más aún
desde el entusiasmo de ver
cómo serán los brotes del día
. siguiente
Me conmueven
la figuración de la lluvia en
. la noche precaria
y esta nueva alianza conmigo
y el mundo
a pesar de que la vieja tristeza
suscita todavía vahídos imprecisos.

Pero toda la vida es aguardar
digo allá dentro
mientras se elabora el oficio escogido
tramándolo con los sueños
que se hacen.




Posible

Exhalan mis arterias
un pálpito de predilecciones;
colocan su melodía violácea
sobre tus párpados pintados de enigma.

Quién sabe si están tallando como yo,
desde su desvelo,
algún pedernal donde reflejar
aquel sueño tan esmerado
que alguna vez trató de ser.

Persistencia
No retrocedo.
Esta noche, por ejemplo,
después de tanto rociar mi capilla
. de sombras,
resisto en la tenaz decisión de no mudar
lo que llevo voluntariamente en mis pupilas
fuego lacrado que me recuerda
una historia quizás siempre vivida.




Reserva

En el silencio existe
una voz que se muda
desde la inadvertida custodia
del ángel
hasta el profético callar voluntario.
Y durante este tránsito,
relampaguea
la palidez do la palabra
que, ausente, admite evocaciones y advertencias.




Antes

La humareda huidiza de la tarde
disimula tantas cosas;
también los soplos
acudiendo con cierta melancolía
y a la vez con un festivo temblor,
me sorprenden todavía,
como si ya fuese mañana.






EL ÁNGEL ESCARLATA Y OTROS POEMAS




RETENIDA

a Mercedes Sosa Ugarte de Jiménez Gaona

Apenas sostengo esta soledad.
Más que soledad es una ausencia
inmolada frente a los trigales
que alguna vez doraron mi reposo.

Allá arriba brillan las esferas
sobre mis estatuas ensimismadas.
Debajo del agua
se mecen los lienzos que debieron ataviarlas.

Este dolor que no desea partir
rehúsa rasgar sus vestiduras.

Huelo a menta y a monte refrescante,
ráfagas que vienen desde lejos.
Que no se lleve el viento mi sortija.
Tomo la espada para defenderla
mientras mis ojos
van dejando sus huellas húmedas en el espacio.
Ya casi no retengo esta carencia,
simulando como un viejo violoncelo
una canción antigua y rayada de cuna.

Fraguan acostumbrarme a un sentir de catacumba,
pero este fulgor que me arde dentro
parte como un cometa
con su escondido tesoro
a la legión de las estrellas,
y allá corre puro
y permanece.






CERCA DEL TAJAMAR

a Maybell Lebron de Netto

Descendimos por la cuesta, hasta la orilla del tajamar,
la tarde, yo y el otoño,
deslumbrados con el arcoiris del crepúsculo.
Los caballos semidorados
se bañaban en el agua parda, casi triste,
era la hora de las lágrimas
allá en el monte.
Con las crines danzando al viento,
salpicadas de hojarasca y olvido.






PREFERENCIAS

a la memoria de mi padre

Mis repasos predilectos:
la abundancia de las hojas desparramadas
al final del otoño,
las cintas tratando de sujetarme los cabellos,
que se fugaban con el viento
ocasionando desórdenes.

Las flores violáceas
que se marchitaban en el fondo del jardín
dando paso a un invierno acurrucado
atrás de las ventanas;
los ojos cerrados
para escuchar cuentos tibios
cuando se aproximaba la penumbra.

La libertad que advertía
al mirar la quietud de la noche,
extensa sobre los techos de la casa;
la fatiga de los sueños inquietos
con el agua que emanaba de esos miedos.
Las frutas descascaradas,
jugos en mis manos,
y el adiós que no existía.







SOBREVUELO

Que se me incendien las alas.
No quiero volar sobre este anochecer doliente.
Que desaparezcan todos los que dicen amarme;
lejos de mí,
donde mi asedio no pueda comprometerlos.
La vida me está dando muerte.
Déjenme sola y dura,
en un espacio de leve asteroide.





FOTOGRAFÍA DE LOS BISABUELOS

a la memoria de Silvia Heisecke de Paiva

Las hallé en la tibieza de un mueble
con el pudor que tienen las cosas largamente guardadas;
dos imágenes pequeñas
tramadas para un medallón.
Rostros deshabitados
en su callado encierro,
testigos de alientos dormidos para nunca más.
Ella con una especie de encanto,
él indescifrable.
Huelen a canela o a cualquier flor
de esas que se guardan en los cajones.
Inclusive detenidos como están
me contagiaron su segura conmoción descolorida.





ANTE EL ÚLTIMO ESPLENDOR

Raya el amor en este atardecer de sombras,
se cobija bajo el velo de tus ojos
como una mariposa a punto de extinguirse.
Un relámpago aparece
en el horizonte de la memoria.
Regresas y te vas,
y yo aquí
en este espacio,
solitaria
como un ángel guardián
de lo que fue.






HABITANTES

Tantas cosas
se desvanecieron con el tiempo,
como por ejemplo la ondulada cabellera
de mi hermana, la muerta,
su imaginada sonrisa inoportuna
persiguiéndome en las rajaduras del mediodía;
los sustos nocturnos
que me hacían doblar el cuerpo
en una quietud desmedida,
hasta que llegaba el canto del gallo.
El desconcierto de mi soledad
y aquella tradición de lloros
bajo la almohada,
cubriendo la vergüenza del miedo
y del desconsuelo.
Pasaron los días:
ya no están, es cierto,
pero residen en mis ojos,
les pertenecen a mis actos.







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