lunes, 22 de septiembre de 2014

FIDELA MATHEU Y ADRIÁN [13.394]


Fidela Matheu y Adrián  

(Puerto Rico, 1852-1927)



Fidela Matheu y Adrián, la poesía y el amor

Por David Cortés Cabán

¡Qué bueno que sea un poeta arecibeño y su noble compañera quienes nos acerquen a contemplar no la cadencia del mar de Arecibo, ni sus angostas calles que evocan el pasado, ni el brillo artificioso de los palacios de la modernidad, sino a la poeta Fidela Matheu y Adrián (1852-1927), en toda su dimensión humana: el paisaje íntimo de su vida en el relampagueante oleaje de sus versos!   

¿Lector, qué has salido a contemplar en este libro? He aquí la letra y el espíritu, la poesía y el amor de una poeta que supo sobrevivir a los convencionalismos de su época y persistir exacta y lúcida contra el inexorable paso del tiempo. Ahora, para que no parezca extraña a nuestras letras, es presentada por Haydée de Jesús Colón y el poeta y crítico Ernesto Álvarez que nos convocan a la casa de la justicia reconstruyendo la historia de nuestro romanticismo. Pero no han sido pocas las horas de desvelo, ni escasa la paciencia y determinada voluntad para rescatar del olvido una de las figuras cimeras de nuestro romanticismo. Vista la poeta en este libro que revive lúcidas realidades, se nos hace más grande nuestro paisaje literario. Nos identificamos con Fidela, con sus luchas y carencias, con sus versos que nos conmueven por su profundo amor y fidelidad hacia un hombre que atado a los prejuicios de su época no supo ver, ni corresponder a una pasión que pudo haber sido uno de los grandes amores románticos de nuestra historia literaria. Me refiero al querido poeta José Gautier Benítez.

Después de haber leído Fidela: Vida, tiempo y poesía de Fidela Matheu y Adrián (Arecibo, Ediciones Boán, 2009), no es difícil imaginar por qué la crítica literaria menciona apenas algunos de sus poemas, relegando su persona al mundo de los olvidados. Autores hay hoy día de no muy alta calidad cuyos nombres figuran en todas las antologías contemporáneas, e independientemente de sus méritos, pocos o ninguno de ellos ha escrito y vivido una vida como la de Fidela. Pero el tiempo pasa, y los nombres pasan, y las estrellas que se habían apagado en el firmamento de nuestra tradición literaria de pronto renacen con un nuevo esplendor. Éste es el caso de Fidela Matheu y Adrián. Su obra, su tiempo, los aspectos y relaciones amorosas de su vida son presentados ahora objetivamente por Haydée de Jesús y Ernesto Álvarez. Sin afán de vanaglorias o rebuscamiento de méritos personales, sino por la amorosa luz del amor cuando se hace justicia, estos laboriosos de la cultura nos acercan al mundo de Fidela. Un mundo de apasionantes hallazgos donde la imagen de nuestra poeta adquiere un sentido más justo y humano, libre ya del prejuicio y de las actitudes elitistas que tanto daño hacen a la literatura y a nuestra sociedad en general. Para los lectores que deseen conocerla, y para los estudiosos de nuestra tradición literaria, he aquí el libro que hacia falta, pues ahora, desde la contemporaneidad, se arroja nueva luz para entender no sólo lo que fue la vida, el amor y la obra poética de Fidela—reivindicada aquí por el derecho que le dan sus versos— , sino para conocer también el entorno de lo que fue nuestro romanticismo con poetas y dramaturgos tan injustamente ignorados y tan importantes como fueron Manuel Ruiz Gandía y José Benigno Balseyro, José Limón de Arce, Juan Zacarías Rodríguez, Francisco Pérez Freytes, José Clivillés Valencia y José Machiavelo, que vinculados a la vida de Fidela asoman aquí contra el silencio y la común dejadez de nuestras instituciones culturales. ¿Quién nos prohíbe nombrarlos? ¿Qué impide reevaluar y reconocer sus méritos?  
En el caso de Fidela, lo que nos presenta Haydée de Jesús y Ernesto Álvarez no es tan sólo la historia, la poesía y las relaciones de esta poeta con los escritores de su tiempo, sino su carácter, su actitud creativa, el discreto modo de asumir sus convicciones, enfrentando siempre con callado valor, los desengaños y dobleces que el amor y las dolorosas experiencias de la vida provocan. Éstas posiblemente hayan sido algunas de las razones que guiaron a Haydée y a Ernesto Álvarez a rescatarla para las nuevas generaciones. Es decir, señalar el perfil literario y humano de una de nuestras importantes escritoras marginada más de un siglo por la crítica, y para darnos una visión a la altura de lo que amerita su vida y su obra. Oigamos lo que nos dice Álvarez respecto a la elaboración de este libro: “Toda nota en torno a la biografía de Fidela no da sino datos escuetos de su vida. Nuestra labor ha consistido en ir llenando esos extensos vacíos con material poético surgido de la propia creación de la escritora y la inclusión de testimonios en prosa y verso de sus contemporáneos.  Sólo así se ha podido reconstruir esta vida ejemplar para que los lectores de hoy tengan idea de su alto valor en la historia de nuestras letras patrias.” (p. 289). Pero entiéndase con esto que en cierto modo, lo que han hecho Haydée y Ernesto Á1varez –posiblemente sin proponérselo—es obligarnos a reevaluar las obras, los escritores, las circunstancias y contrastes que sustentan nuestras tradiciones literarias.

Nada hay aquí en este libro que parezca fuera de lugar porque el sentido de lo que se dice está representado con situaciones concretas, vistas a la luz de las mismas experiencias de los poetas o indagadas en el contexto de sus propias composiciones como es el  caso de los poemas de  Fidela y Gautier. Ambos cubiertos bajo el sutil empleo de los seudónimos, Gustavo y Luisa. Ambos traspasados por una pasión que encarna inequívocamente algo más que unas discretas palabras o unas furtivas miradas de amor. Los motivos que arrojan luz sobre los poemas de ambos escritores, y las imágenes que iluminan las dolorosas batallas del corazón contribuyen a proyectar esa realidad amorosa. Por otra parte, la prosa y la poesía de escritores vinculados a la poeta, ha sido también un material importante para desentrañar la historia y el perfil humano de Fidela. De ahí que los secretos signos de un amor que un día fue algo más que una pasajera ilusión, resalte ahora a nuestra vista con la certidumbre de que no todo el pasado queda en el olvido. Gracias a la sensibilidad y la inquietud de Haydée de Jesús y Ernesto Álvarez, hoy la distante casa del romanticismo de las postrimerías del siglo XIX adquiere un sentido más justo y humano. En Fidela… encontramos más amplio y luminoso el sentido que resalta lo fundamental de nuestra historia literaria. Sé, y me atrevo a pensar, que aparecerán otros estudiosos guiados por la misteriosa llamada de su vocaciones que, despojándose de los prejuicios que subyuga la intuición, irán redescubriendo otras voces para el bien de la literatura puertorriqueña.  

Fidela: Vida, tiempo y poesía de Fidela Matheu y Adrián es un estudio amplio y comprensivo, una importante aportación a nuestras letras. Un libro que hay que tener presente pues define ciertas realidades. Sugiere que la poesía no es el patio de unos pocos, y que la realidad es mucho más profunda y compleja de lo que pensamos. Por eso, al asomarnos a sus páginas parece que el mismo fuego intelectual que habitó en José Limón de Arce (escritor arecibeño) animó a Ernesto Álvarez a decir unas cuantas verdades, minucias deslumbrantes, casi nada y casi todo, convertir el pasado en cántico de vida, para vivir la historia (no la que excluye), para mirar allí en la orilla donde se desvanecen las diferencias de clase, el orgullo y la fama, el rostro sereno y silencioso de Fidela. 


                          
Yo soy fuego que abrazo-dice el rayo-                                 
y se lanza a la tierra;                            
yo soy agua que apago-dice el río-
en cuyo fondo queda.
                                
Yo soy la noche y en mi manto obscuro                                 
cobijo la tormenta:                             
soy el día, en los pliegues de la aurora                            
al claro sol se muestra
                                 
la copa del dolor, de nuestra alma                               
las dichas envenena…                                 
pero siempre en el fondo de su cáliz                               
una dicha nos deja
                                                        
-Fidela Matheu y Adrián.                                                       
Compensaciones





silencio

silencio corazón, no se evapore
de tu amor el perfume misterioso.
silencio! que no salga en la mirada
un rayo de él, a iluminar los ojos;

que huérfano y sin nombre cual naciera
muera y se extinga en el ardiente seno;
mas, ay, si tan sublime, tan hermoso!
que dicha inmensa de sentirle siento.

alma del alma; corazón que luchas
con los furores de la suerte mía,
guarda ocultas tus bellas ilusiones,
que los aires del mundo las marchitan.





A mi madre, el Día de Difuntos

Hay en el aire vago que aspiramos
una dulce tristeza indefinible:
el firmamento espléndida ilumina
la tibia luz de la argentada luna
que abrillantando va con su luz llena
las leves ondas de la mar serena.

Leve murmullo cadencioso y blando
las mansas olas al morir producen,
y en el cenit esplendorosas lucen
cual clavos de oro en negro terciopelo
las mil estrellas del oscuro cielo. (…)

Quién al mirar tu espléndida grandeza
con fe sublime tu poder no admira
y cuando solo, el corazón suspira,
y busca en vano la mirada triste,

en la tierra, los seres que adoramos,
un consuelo dulcísimo encontramos
al volverla de nuevo al Infinito,
pensando ver en su esplendor bendito,
los seres caros que al morir lloramos.



Hasta aquí Fidela Matheu imparte una especie de introducción al largo poema dedicado a su madre. Y ya abierto el interés con tan delicado comienzo, véanse estos otros versos:


Madre del corazón, madre querida,
cuántas veces al ver sobre mi frente
reflejada la luz de alguna estrella,
o al mirar una nube que perdida
vagaba por los aires transparente,
pensaba, en mi delirio, ver en ella
tu alma bendita sobre mí llorando
y por mi dicha al Cielo suspirando.
¡Ah! mil veces y mil tú más dichosa
gozas del Cielo la divina calma.

¡Ay! quién pudiera…,
en un tranquilo vuelo
elevarse hasta el Cielo
verte madre querida
y besar a la hija de mi vida
que dejando mis brazos
rompió de mi alma los divinos lazos.

Guárdala, tenla hasta que reclame
mi derecho sagrado
y de ti y ella al lado
la eternidad de Dios adore y ame.



Vivió Fidela en San Juan, en Cuba, en Hormigueros, en Sabana Grande —
donde se inició como Maestra de escuela primaria— y finalmente enYauco, donde se la venera como hija propia y donde yacen sus restos. Pero Fidela nunca apartó el pueblo de su nacimiento de su mente. En un largo poema dedicado “A Arecibo” en 1873, Fidela escribe:


Hay una villa risueña,
 que se duerme dulcemente
 con el arrullo inocente
 de las olas de la mar;

 un llano verde y hermoso
 la rodea por doquiera,
 ostentando en su ribera
 un bellísimo palmar.

Allí, en su seno florido
 se meció mi tierna cuna,
 allí la bendita luna
 sus puros rayos me dio;

 allí, en aquella pradera
 dio mi planta el primer paso,
 allí, en su dulce regazo
 mi madre me acarició.

 La luz por la vez primera
 allí mis ojos la vieron,
 allí los sueños nacieron
 de mi primera niñez;

 allí, bajo sus palmares
 aprendí a mirar el Cielo,
 allí fue mi primer duelo, 
 mi primer llanto allí fue.

 Aún me parece mirar
 allí en sus campos mi huella,
 aún parece que destella
 la misma luz que yo vi;

 aún me parece gozar
 aquellas tardes serenas
 cuando, el corazón sin penas,
 soñaba Arecibo en ti.

 Aún me parece que aspiro 
 la brisa de tus palmares
 y miro tras de tus mares
 ocultar su luz el Sol;

 tus alegres pescadores 
 cruzan en ligera barca
 y la estela que se marca
 tras de su quilla veloz,

 o ya el buque, que orgulloso
 con el desplegado lino,
 del puerto busca el camino
 anhelante de reposo;

 y unos marinos cantando
 sobre su proa diviso,
 como esperando el aviso
 para las anclas echar.

Sí, mi Arecibo adorado,
 cuanto en ti la vista alcanza
 es, de cerca y lontananza,
 bello paisaje de amor; (…)

 En tus campos, sosegado
 canta el jíbaro dichoso, 
 cuando el lecho perezoso
 deja, el día al asomar;

 corre a la vega, y en cestos
 recoge el dorado fruto,
 dulce y brillante tributo
 de su inmenso trabajar.

 …y se escucha dulcemente
 el sonoro murmurío,
 que lleva tu hermoso río
 besando tu pura sien.

 Allí en tu seno se escucha
 el murmurar de sus aguas,
 y las ligeras piraguas
 al son del remo volar; (…)

 que eres ¡oh villa preciosa!
 de Natura el dulce encanto,
 ¡eres el alcázar santo
 de mi hermosa Borinquén!


Una de las compsiciónes en que Fidela despliega mayor fantasía creativa es la dedicada a “El Genio de la Música, A Adolfo Heraclio Ramos”, que en su primera parte dice:


En las noches de estío silenciosas,
del claro Tanamá la fresca linfa
se sentía poblada por acordes
más dulces que la música divina.

 Una madre curiosa deseaba
conocer el secreto que envolvían
las blancas, claras y lucientes ondas,
y se acercó a escuchar en sus orillas.

 Entonces, coronado de treboles,
llevando entre las manos una lira,
salió un Genio bellísimo del agua
y dijo así a la madre decidida:

 “Acércate, mujer, trae ese infante;
brillar miro en su diáfana pupila
los arranques de un alma poderosa
llena de inspiración y fantasía:

 Deja que los destellos de mi genio
penetren en su alma estremecida,
yo me alejo a los cielos, y él se queda;
os dejo mi recuerdo en las campiñas.”

 Y dando un beso en la serena frente
del niño que inocente sonreía,
el Genio de la música, la historia
escribió de otro Genio acá en la vida…


Esta alegoría creada por Fidela para presentar al pianista arecibeño Heraclio Ramos, constituye lo que en la literatura clásica se conoce como Invocación. Y, nos preguntamos, ¿sabía Fidela algo de música? Aunque no tenemos constancia de que ejecutara un instrumento, damos por cierto que sabía escuchar y entender la música, vivirla y sobre todo tenía la capacidad de inspirarse al contacto con la ejecución del instrumento manejado por el pianista Ramos. Óiganse los siguientes versos y nótese cómo la música del célebre arecibeño depierta sensaciones en la capacidad creativa de la poeta:


 No envidies de Gottschalk la excelsa gloria
ni de Liszt la soltura y la maestría,
es muy dulce tu gloria, hijo del suelo
en que jamás el mérito se estima.

 Cuando arrancando armónicos acentos,
vuestra mano en el teclado oscila,
tocando la difícil música
de Wagner y Rossini, se extasía

el alma en un extático embeleso
al escuchar las notas cuando vibran
al impulso volcánico girando,
produciendo cadencias y armonías,

 parece que se escapa del teclado,
el alma que el dolor allí oprimía,
desbordada al verse en este mundo
irrumpe en un torrente que electriza,

 de notas que semejan las palabras,
de acordes que remedan las caricias,
de ruidos, de besos, de murmullos
de un corazón ardiente que suspira…

 Y es el dócil marfil el mensajero
de tu alma soñadora que improvisa
y escribe en el teclado ductiloso
un poema de amor y de poesía.



Al finalizar de trazar la ruta triunfadora de Heraclio Ramos, historia del virtuoso ejecutante del teclado, Fidela vuelve los ojos hacia su propia historia, inevitable en su discurso poético donde va narrando las experiencias vividas en un confesionario íntimo que recoge sus estados emocionales e, incluso, su memoria poética. Véanse cómo Fidela afirma conservar su propia historia:


 Yo conservo la mía en la memoria,
nunca jamás el corazón olvida;
en ella pasan cual fantasmas vagos
mis dulcísimos sueños cuando niña:

 En ella de mi Villa idolatrada
guardo las ilusiones bendecidas,
que bajan a las sombras de mi frente
con el recuerdo de mi madre unidas.

 Allí de la dulcísima Señora,
que inculcara en mi alma sus doctrinas,
y las bellas y dulces compañeras
que en las aulas pasábamos los días,

y en el bosque de altivos cocoteros
que pueblan de su mar la fresca orilla,
y los pinos gigantes que sombrean
el viejo cementerio con su ermita.

 la mar batiente que elevada y ronca
cuando sus olas a la arena precipita…




Cuando el Dr. Rafael del Valle, aguadillano radicado en Arecibo por estar casado con una hermana del Dr. Manuel Zeno Gandía, le solicitó a Fidela una contribución para ayudar al valiente marino Víctor Rojas en los últimos años de su azarosa vida, ella compuso el poema “Mi limosna” del cual transcribo:


Yo no te puedo ofrecer
el oro que el mundo encierra;
soy tan pobre, que en la tierra
sólo tengo mi laúd.

Mi laúd, y mis recuerdos;
mis lágrimas sin ventura,
y los sueños de dulzura
que forjó mi juventud.

Así lo quiso el destino
y para amargar mi queja,
hace tiempo que me aleja
del cielo donde nací.

De ese Edén do mi poesía
brotó espontánea y sencilla,
de ese mar en cuya orilla
mis primeros versos di.

¡Víctor Rojas! el valiente,
el feliz y audaz marino,
cuyo funesto destino
es, tan pobre perecer.

Qué te dará la poetisa,
la hija pobre de ese suelo
que entre nubes, agua y cielo,
te vio impávido mecer.

Y dominando los mares
en tu ligera barquilla,
volver risueño a la orilla
cual el Neptuno del mar;

salvando preciosas vidas
que en la “Pandora” imploraban,
y a ti sus labios clamaban
al mirarse naufragar.

¡Víctor Rojas! Víctor Rojas…
Qué le dará el alma mía
al poeta que ese día
para ti dulce pidió.

Canciones ¡ay! si él las tiene
dulces cual la miel hiblea,
si su poesía es la idea
donde encarna lo ideal.

Flores, ay, si allá en mi Villa
hay jardines tan hermosos,
de perfumes voluptuosos,
de belleza tropical.

Perlas: si sólo mis lágrimas
congeladas se volvieran,
en Ceilán palidecieran,
¡tan grandes no se darán!

Perfumes; el de mi alma.
Luces. Las de mi existencia,
pero ¿dará a tu indigencia
eso, un pedazo de pan?



Amor y Caridad

La mano extiende temblorosa y fría
el infeliz mendigo,
camina triste en la mañana umbría
sin ropa y sin abrigo;
baja temblando del abrupto monte,
la incierta planta
dirige al horizonte,
donde una villa hermosa se levanta.
Allí —dice— allí está la gente hermana
que me sostiene cariñosa y buena,
allí Arecibo, la gentil sabana
que besa convulsivo el mar gigante
y que la ciñe y besa,
como besa a su amada un dulce amante.
Allí está el caserío,
y a su margen, el río
que bullicioso y alegre la rodea,
allí está el Guayabal:
era una hermosa aldea;
—cuando yo niña en su redor jugaba
y el río, la inundaba de amor,
y cual rica presea
flores, arbustos, frutos recogía
sobre las linfas de sus ondas frías—.

Allí dirige la esperanza inquieta,
de pan y abrigo, y flores de cariño
allí encuentra el mendigo.
Allí el poeta
canta para endulzar tristes dolores,
en la lira bendita de las flores.
Arecibo, mi amor y mis recuerdos
contigo siempre van;
ignota suerte
me arrancó de tus brazos,
cuando niña inocente no sabía
de la vida el afán 
ni la agonía.
De este triste luchar desesperado
que se llama “La Vida”.
Pero nunca rompí los dulces lazos
de amor y de poesía
que recogí en tu fronda bulliciosa,
y en tu mar fragorosa;
en tu seno bendito
donde dio el corazón su primer grito.
¡Caridad! ¡Caridad, que bienhechora
pulsas las cuerdas de mi lira ahora,
dile a esa Villa que la mar arrulla
que mi alma de poeta, es toda suya!







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