jueves, 19 de abril de 2012

6555.- DOMINGO RIVERO



Domingo Rivero (Arucas, Gran Canaria, 23 de marzo de 1852 − Las Palmas de Gran Canaria, 8 de septiembre de 1929), poeta canario considerado como el precursor del movimiento modernista en las Islas Canarias de principios del siglo XX. Con una obra brevísima, su poema Yo a mi cuerpo está considerado como una de las cimas líricas de la poesía canaria.
Domingo Rivero González nació el 23 de marzo de 1852 en la ciudad de Arucas (Gran Canaria). Era hijo de Juan Rivero Bolaños y Rafaela María González Castellano. Era primo, por la línea materna, del escritor Francisco González Díaz .
En 1864 se traslada a vivir a la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, donde inicia sus estudios de bachillerato en el Colegio de San Agustín, institución en la que se habría de formar la intelectualidad isleña del momento. En 1869 supera las pruebas para la obtención del Grado de Bachiller. Entre 1870 y 1873 se traslada a Londres, donde toma contacto con la literatura inglesa, y desde 1873 a 1881 estudia Derecho en Sevilla y Madrid.
Tras su regreso a Gran Canaria, se inscribe en el Ilustre Colegio de Abogados de Las Palmas. A finales de ese año entra en la Junta Directiva del Gabinete Literario de Las Palmas. En 1884 es Registrador de la Propiedad. Un año después se casa con María de las Nieves del Castillo Olivares y Fierro. De la unión nacerán siete hijos: Fernando, Dolores, Juan, Nieves, María del Pino, María Teresa y Fernando. En 1886 obtiene la plaza de Relator de la Audiencia por oposición, puesto que ocupará hasta 1904, en que es nombrado Secretario de Gobierno. En su puesto de Relator conoce al escritor Agustín Millares Cubas, con quien traba amistad. En 1887 muere su primer hijo, Fernando, a la edad de diecisiete meses.
En 1910 conoce a Miguel de Unamuno con motivo de la llegada de este a Canarias, como mantenedor de los Juegos Florales de Las Palmas. Unamuno ejercerá una notable influencia en su obra. A partir de 1924, ya jubilado, se dedica por completo a ordenar su obra. En 1928 muere su hijo Juan tras una penosa enfermedad, lo que embarca al poeta en una profunda tristeza. Desiste del proyecto de publicar una antología de su obra.
El 8 de septiembre de 1929 muere en Las Palmas. Su obra no aparecerá en libro hasta varias décadas después de su muerte.

Obra poética
La dedicación de Domingo Rivero a la poesía es realmente tardía. Hasta 1899 no aparece un poema suyo publicado, cuando el poeta ya contaba con 47 años de edad. A partir de aquí dará a la prensa durante algunos años un número reducido de poemas. Su obra se caracteriza por un extremo rigor, no solo en lo que concierne a la forma poética (sus mejores composiciones son sonetos), sino muy especialmente en el modo de tratar los temas, dotados de un simbolismo que hunde sus raíces en el imaginario colectivo y en profundas reflexiones espirituales.
Mantuvo una estrecha relación de amistad con los poetas modernistas del núcleo surgido en la isla de Gran Canaria, Tomás Morales, Rafael Romero Quesada, más conocido como Alonso Quesada, y Saulo Torón, en quienes influyó y de quienes, a pesar de la diferencia de edad, tomó algunos principios de la nueva poesía. No obstante, la de Rivero es una obra en la que impera la sobriedad y cierta tendencia al clasicismo, lo que lo convierte en un poeta difícil de ubicar en su tiempo.
Entre sus poemas más célebres están La silla, A los muebles de mi cuarto, La Victoria sin alas, El muelle viejo, El humilde sendero o Piedra canaria. Su poema Yo a mi cuerpo es, sin embargo, el que mayor celebridad le ha proporcionado.
Su obra completa ha sido editada hace escasos años, gracias a la minuciosa labor del poeta y profesor canario Eugenio Padorno, bajo el título de En el dolor humano (1998).

Ediciones de su obra
Poesía completa. Ensayo de una edición crítica con un estudio de la vida y obra del autor (1994), ed. de E. Padorno, Las Palmas de Gran Canaria, ULPGC, 1994.
Poesías (1991), ed. de E. Padorno, Islas Canarias, BBC.
En el dolor humano (Poesía completa), (1998), ed. de E. Padorno, Ayto de Arucas/ULPGC. (2ª ed.: 2002).
Yo, a mi cuerpo (2006), El Acantilado.



A LADY BYRON

Arrójase al torrente de la altura,
abre su cauce por la roca hendida,
y cuanto más ahonda más olvida
que el surco espera tras la orilla dura.

No adivina que el agua en la llanura,
mermando entre la tierra humedecida,
serena siente que, al morir, la vida
brota de su fecunda sepultura.

Torrente el alma fue de aquel coloso
De sí solo poeta y compañero,
y ya alcanza a su aliento poderoso

el fallo de tu espíritu severo:
faltó a su pecho para ser esposo
lo que a su genio para ser Homero.

Enero 1900.





EL HUMILDE SENDERO

Nunca aspiré a la gloria, ni me atrajo
de la fama el estruendo,
ni soñé que mi nombre
pueda en su libro recoger el tiempo.
De esa ambición mi corazón no sabe...

Pero cuando contemplo,
por la noche, del campo en el retiro,
el humilde sendero
que hollaron pobres pies que ya descansan,

borrado en parte, que blanquea a trechos,
a la luz de la luna, y que condujo
a un apartado hogar, ahora desierto,

mi terrena raíz se reverdece
y acaso a veces pienso
con humana emoción: así quisiera
que en la tierra quedara mi recuerdo.

6 Abril 1920.





LA SILLA

Silla de junto al lecho que la figura adquieres
de mis cansados hombros al sostener mi traje:
sostén de mi fatiga paréceme que eres;
tú me hablas en silencio; yo entiendo tu lenguaje.

La lámpara agoniza y tu piedad escucha
Entre la ropa aún tibia el palpitar del pecho.
Yo pienso que mañana ha de volver la lucha
cuando de ti recoja mi traje junto al lecho.

Y en la callada noche, humilde silla amiga,
Mientras de ti pendiente parece mi fatiga,
siento crecer la fuerte virtud de la Paciencia

mirando de la lámpara bajo la triste luz,
tu sombra que se alarga, y evoca mi existencia,
y alcanza los serenos contornos de la Cruz.





PIEDRA CANARIA

Oscura piedra; fibra duradera
de robustas entrañas.
Piedra que tienes la tristeza austera
de las patrias montañas.

Yo hallé, para sufrir, tu fortaleza,
que en mi propio dolor busqué mi abrigo,
y oscura del color de tu tristeza,
sólo mi sombra caminó conmigo.

Tú guarneces mi casa, que velar,
Apurando mi pena silenciosa,
Me siente de la noche en el misterio.

Como hoy en las paredes de mi hogar,
tú mi tristeza guardarás piadosa
en el nicho del viejo cementerio.

Octubre 1921.






YO, A MI CUERPO

¿Por qué no te he de amar, cuerpo en que vivo?;
¿por qué con humildad no he de quererte,
si en ti fui niño, y joven, y en ti arribo,
viejo, a las tristes playas de la muerte?
Tu pecho ha sollozado compasivo
por mí, en los rudos golpes de mi suerte;
ha jadeado con mi sed, y altivo
con mi ambición latió cuando era fuerte.
Y hoy te rindes al fin, pobre materia,
Extenuada de angustia y de miseria
¿Por qué no te he de amar? Qué seré el día
que tú dejes de ser? ¡Profundo arcano!
Sólo sé que en tus hombres hice mía
mi cruz, mi parte en el dolor humano.

Julio 1922.





MI PIES

Pies que alzábais ayer –cuando yo era
ferviente soñador- polvo que ardía,
de mi sol juvenil bajo la hoguera,
como una nueve al despuntar el día,
y tal vez misteriosa cabellera
en la senda a lo lejos parecía...
¡Aquel amanecer de la quimera
es noche triste en mi vejez sombría!
Y hoy, pobre pies cansados, que a mi puerta
la muerte ya con impaciencia llama,
y camináis hacia la tumba abierta;
de la senda de ayer, ahora desierta,
polvo arrastráis con que mullir la cama
en que no se despierta.

8 Septiembre 1924.




SERENIDAD SUPREMA

La Nada y la Etermidad,
contra el Tiempo que no hiere,
son una misma verdad
en cuya serenidad
se eterniza lo que muere.

10 Enero 1927.




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