martes, 1 de mayo de 2012

6619.- ÓSCAR FERREIRO



ÓSCAR FERREIRO
Poeta, traductor y ensayista paraguayo, nacido en Pilar (en el departamento de Ñeembucú) en 1921 y fallecido en Asunción el 31 de julio de 2004. Considerado como uno de los máximos exponentes de la poesía vanguardista paraguaya, es uno de los miembros más destacados de la denominada "Generación del 40", en la que figuran otros poetas tan relevantes como Hérib Campos Cervera y Josefina Plá.

Inclinado en un principio hacia otras disciplinas del saber que en nada parecían preludiar su posterior dedicación al cultivo de la poesía (ejerció, de hecho, como agrimensor durante varios años), pronto entró en contacto con algunos miembros de su generación que le inculcaron la pasión -común a todos ellos- por los movimientos literarios de vanguardia que, procedentes de Europa, comenzaban a hacerse notar en las culturas hispanoamericanas más rezagadas (como la de su Paraguay natal).

La fascinación que despertó en Óscar Ferreiro la obra poética de los surrealistas franceses le animó a cultivar -puede afirmarse que a título de pionero en su país- esta corriente estética, que de inmediato le encuadró entre los autores más vanguardistas de su grupo generacional, hasta el punto de erigirse -según dejó escrito el crítico Charles Richard Carlisle en su antología de la poesía paraguaya contemporánea titulada Beyond the Rivers (1977)- en la "estrella polar" de todo el colectivo de escritores englobados bajo ese marbete de "Generación del 40". Al margen de estas inquietudes estéticas comunes, quedó ligado al panorama de las Letras paraguayas de mediados del siglo XX por vínculos de parentesco, ya que contrajo nupcias con la escritora Ana Iris Chaves y se convirtió -por vía de este mismo enlace conyugal- en yerno de la también literata Concepción L. de Chaves.

Entre los poemarios de Óscar Ferreiro más valorados por la crítica, conviene recordar aquí los titulados Poemoides (1977), Antología (1982) y El Gallo de la Alquería y Otros Compuestos (1987). Cabe indicar, al hilo de este último título, que el poeta de Pilar no sólo se entregó con acierto y entusiasmo al cultivo de la poesía surrealista, sino que también ganó un merecido prestigio literario por su maestría en la escritura de "compuestos", es decir, largos poemas narrativos que, emparentados con la tradición hispana de los romances, se transmiten oralmente entre las capas populares del Paraguay. En opinión de algunos estudiosos de la obra poética de Óscar Ferreiro (como Hugo Rodríguez Alcalá), estos "compuestos" constituyen la parte más valiosa de su aportación a la lírica paraguaya, una vez superadas las modas que otorgaron tanta notoriedad a sus composiciones surrealistas. Una interesante muestra antológica del quehacer poético del autor de Pilar puede encontrarse en la obra de Elva Noguera de Vera y Francisca Fernández Augusto titulada El gran poeta paraguayo Óscar Ferreiro.

El resto de la producción impresa de este singular escritor abarca campos tan disímiles como el ensayo antropológico (en su parcela etnográfica, donde Óscar Ferreiro estudió las formas de vida de los pueblos aborígenes que aún subsisten en Paraguay) y la traducción de grandes obras de algunos poetas universales franceses como Gerard de Nerval y Arthur Rimbaud.




YO YA NO SÉ

Yo ya no sé
qué se puede decir y estoy hablando
que se puede alentar y estoy pensando
en no sé qué figuras desvaídas,
en no sé qué quimeras obsoletas
de galopes cayendo hacia la nada.

Y me pongo a cantar pero el sollozo
el sollozo que anuda tu garganta
ese oscuro sollozo que del fondo
sube entre lutos y geranios tristes
para anegarme como a ti en el llanto.

Yo ya no sé
mas quisiera ensayar en diez mil tubos
esa estúpida pugna de hacia dónde ?
el último clamor de los envites
y huracanar las bambalinas agrias
de este circo del llanto y destrozado.

Tal vez sean las últimas amarras
las flatosas trompetas de un juicio…
Tócame pues muy loca levemente
dame vino locura y qué que importa
y me pondré a vivir e iré muriendo.






La Guardia Urbana

-Por vos, mi pobre inocente,
vendrá un día la montada…
-La montada ya no existe;
no empieces con tus macanas.
-Da lo mismo, ya me acuerdo,
le dicen la guardia urbana
pero igual, a garrotazos,
harán charque de tu espalda.
A arrancarte de este rancho
un día vendrá, sin falta.
-Y yo les daré un buendía
con este cabo de nácar.
-No te hagas ilusiones.

¡No te servirán de nada,
hijo mío, esas sonseras
que en la cabeza te bailan!
-No es cierto, mamá, en el mundo
la nueva idea está en marcha.
-Soy una pobre burrera
con mi burro y mi burjaca.
La banda es para los ricos,
para los pobres la guacha.
¡Soy una triste burrera
bebiendo en jarro de lata
las lágrimas de mi gente
y las mías más amargas!

Desde Ysaty hasta Asunción
es larga la caminata
y a punta de bayoneta
resulta mucho más larga.
Maniatado con alambre
y a empellones de culatas
desde Ysaty, por Dos Bocas,
lo repunta la canalla.

-Un rojo pañuelo al cuello
será el premio a tus pureadas,
pero no será de trapo
sino de sangre barata.

Sobre el óleo de los charcos
patinan las carcajadas
y un pipuu alcohólico y largo
se clava en La Salamanca.
Un degüello de yuyales
asustado el viento ensaya
y ganan los albañales
rápidamente las ratas.
Como un cíclope mareado
un tuerto el ojo se palpa
y los horrores del mundo
tan increíbles repasa.
Asunción, sucia y artera,
sin azahares, sin nada
que no sea la insolencia
de tus cobardes mesnadas.

-¡Suéltenme las manos, perros,
y así sabrán quién les habla!
¡Ese trapo colorado
les meteré en la garganta!

-Emboty nde picha?í
re ñemboayura pytáta.

-Dios te salve y tu abogado,
ápente ya reikopáma…





Fuga A Las Tres

Los carceleros se beben
tranquilos su tereré
y Humberto nervioso espera
su libertad a las tres.
En el sucio moridero
de una mazmorra cruel
cuenta los fríos barrotes
por la centésima vez.
De la cárcel de Asunción
exactamente a las tres
saldría Humberto Garcete
por gracia de un coronel.

-No te fíes de esos perros
porque te van a vender.
-Es palabra de un amigo,
palabra de un coronel.
-No te fíes, compañero,
que el polvo te harán morder.
-Es palabra de un soldado,
palabra de un coronel.
-Deciles que no, Garcete,
porque te van a vender.
-De un soldado, de un amigo,
promesa de un coronel…
-¡La promesa de un esbirro
no corre ni en un burdel!

Giró en la torre el reloj,
sonó la una, las dos;
pero tenía que ser
exactamente a las tres.
Sangrienta rueda de horror
la Catedral dio las dos;
pero tenía que ser
exactamente a las tres.
Seca la media sonó,
dura y escueta golpeó
contra la alta pared,
tan tensa para las tres.
El viento libre de Dios
cuando sonara el reloj
al fin saldría a beber
exactamente a las tres.

-Carcelero, tengo sed…
-Ya en su casa ha de beber.
(Con vil sonrisa y de usted
disimula su doblez).
-¿Y eso que gime?

-Es el tren.

-¿Y afuera hay luna?

-Así es.

-¡Dichosos los que la ven!
-Sólo un minuto y la ve…
(Y siempre atento al reloj
Humberto le sonrió).
-Si todo saldrá tan bien…
-Alta luna del laurel,
¡hermosa estará en su tez!
(La sonrisa del furriel
lo confirma a su vez).
-La cama le han de tender
con sábanas de satén…

Sobre el yunque de la noche
Vulcano oscuro golpeó
y nunca tan dura fue
aquella hora postrer.
A la noche en la garganta
los grillos le remachó,
como tenía que ser
exactamente a las tres.
Tres martillazos de muerte
Vulcano oscuro golpeó,
tres golpes de muerte,
tres, ni más ni menos que tres.

Sobre goznes de silencio
la puerta muda se abrió,
como tenía que ser
exactamente a las tres.

Se abrió la puerta y la noche
siniestramente cerró,
como tenía que ser
exactamente a las tres.

Una ráfaga de plomo
su salida rubricó
como tenía que ser
exactamente a las tres.
En la bahía temblando
largo el silencio quedó,
[como] tenía que ser
exactamente a las tres.
Cuatro livianas troncharon
aquella palmera en flor,
como tenía que ser
exactamente a las tres.

Por la espalda asesinado
de boca Humberto cayó,
como tenía que ser
exactamente a las tres.
Y aquel lucero de ensueños
para siempre se apagó,
como tenía que ser
exactamente a las tres.





MATERIA APASIONADA

En un aire de heliantos imposibles
me gritaron los últimos colores...
Y, así, ya de vencida,
con la materia locamente mía,
traspasado de mundos y de mundos,
con violetas y angustias, con mi amor a lo lejos,
con mis murientes fáculas,
tendido,
soñando el duelo de la hundida sangre,
con mordientes cenizas y agonales begonias
subí hasta el fondo el vértice profundo.
Y lloró mi anarquía sus insípidas rosas:
agrio fulgor de mis dolores sordos.
Mas, ay, sol de los muertos,
entre bocas deshechas y agotados cabellos,
ay, quiebra la derrota hacia mi nada,
¡este icástico esquema!
hacia el murmurio lactescente y denso,
hacia el centro del gris, antípoda absoluto,
remoto punto del sistema obscuro.
(Las antinomias arden a lo lejos
entre las breves manos del adiós.)
¿Cuándo empecé a morir?
Ah, sí, suicida amante,
entre altos rojos y abisales voces,
entre tallos de luz, yo, retorcido,
con mis áureos segmentos, mis livores,
con mil psíquicas manos, con mil halos sulfúricos,
y este preludio de mil ojos verdes
voy aflorando.
Lloro octubres y cielos, canto amargas atlántidas,
sobre zonas y polos cintilados de nunca,
sobre lluvias de amor.
Y ahondando cuencas y enarcando combas
con mis lágrimas rojas, mis blasfemias,
con tu quiéreme siempre, con mi siempre,
en el creciente océano del sexo
expandiéndome voy.
Sólo un flagrante anhelo, un tórrido tropismo
y este avatar de pétalos de fuego
en el orgasmo intenso de las cosas.
Diez mareas de sangre, diez uránicas glorias:
así es la muerte... y aquí es que te abrazo
insuflado de cobres y amatistas
y me suben tus olas y te invaden las mías
¡dulcísima unidad!
Saturnal e increíble, con mis últimas órbitas,
–loca leticia, sueño de los sueños–
sin soledad posible, sin silencio,
en actinal delirio de amarantos
muevo guerra sin fin...






SIEMPRE LA MUERTE

No me dejes
Maligna
y atiza el fuego
y el dolor dormido
despelleja mis manos destruidas
despierta mi torpor
y auscultaremos la tormenta ciega
los deleites del caos
por gustarlos de nuevo
en los cauces sumidos
en las canchas abiertas
desflecando las cuerdas amarillas
bajo la parra undosa de la melancolía.
Sopla y danza
Taimada
sobre la carne ardiente
con crótalos
requiebros
y trompetas calientes!
Danza pálida virgen en los aros del viento
babeando en el vaho del chubasco
coronada de ortigas
sobre la carne rosa
insepulta y lasciva!
No me dejes
Maligna...
mientras me rondes
vivo!






LUNA ROJA

a Epifanio Méndez Fleitas

La luna salió escarlata
por las ventanas del mar.
Tu furia, cielo, desata,
desátate vendaval.
Llueve, llueve, que más llueve,
que dan ganas de llorar.
Negras aguas lleva el río,
lleva lágrimas al mar.
Un bosque de cuerdas rotas,
de cántaros un millar,
guitarras locas de llanto,
flautas locas de llorar.
Mano de luna, lunada,
delirios de guavirá,
en tu nieve lloran llamas,
blancas llamas de verdad.
Gira, gira, que más gira,
no te canses de girar
que en tu rueda, roja luna,
mi puñal quiero afilar.
Gira, gira, que más gira,
no te canses de girar,
de mis ojos corre el agua
que tu canto ha de mojar.
Y huyó la luna escarlata
por las cocinas del mar.
Tu furia, cielo, desata,
desátate vendaval.
Se quiebran las secas flores
en la amarga oscuridad,
se quiebran los duros labios
de la tierra de guarán.
Calmará la antigua tierra,
su antigua sed calmará,
de guarán la antigua tierra
que de sed muriendo va.
Caballero de la muerte,
mi caballero sin par,
está creciendo la noche
negra noche de vengar.
Caballero de la muerte,
mi caballero sin par,
los diez clavos de tu espuela
clava en tu potro de cal.
Y no había tregua en la noche,
negra noche de vengar,
no habrá tregua hasta la aurora,
blanca aurora de esperar.
Y, cuando irrumpa la aurora
por las ventanas del mar
con la plata de tu espuela
nuestra tierra cantará!





SAN JUAN EN LA CHACARITA

a Kostia

El veinticuatro, por cierto,
que de Junio se decía,
San Juan del cielo bajaba
camino a la Chacarita.
No quiso fallar el santo
aquella noche a la cita
y se encajó una casulla
sobre la rota camisa.
Eufórico hace su entrada,
aunque le estaba prohibida,
la noche del veranillo
con su larga comitiva.

Reclinada en su bochorno
le espera la noche encinta,
sorda de cajas oscura
y exaltadas mandolinas.
Vieja luna de los indios,
la que llevó su alegría,
pone brillo en la esperanza
y en las flechas escondidas.
Catedral, cárcel y claustro
sobre el barranco, allá arriba,
y los cerdos de la tierra
osando, abajo, letrinas.
Los pobres penan abajo,
los ricos cenan arriba.
Lo que en la tierra se pena
en el cielo se desquita.
Allí revientan los caños
con toda su porquería
que, cual regalo del cielo,
la torva ciudad le envía.
¡Pobre luna de los pobres!
Con sus burjacas vacías
sobre el carbón de los techos,
alta, en el cielo transpira.
Pero esta noche es de juego,
noche de ensueño, es distinta.
Un gran corral de fogatas
alegres niños atizan.
Fiesta del fuego y del agua
no quiere mostrarse ambigua
y toda entera se abrasa
en llamas de algarabía.
–Seguro que vendrá en coche.
–No, en su balandra amarilla.
–Ni en balandra ni en calesa.
Vendrá en su yegua madrina.
Y llega en su yegua blanca
San Juan, montado, a la cita
con una banda de músicos,
rabeleros y flautistas.
Trae el fuego en una mano
y en otra el agua bendita.
Joven y bello en su halo
es aclamado en la pista.
Desmontan al caballero
y le convidan con chicha.
Le rodean los mancebos
y las chinas le acarician.
Entre los largos cabellos
le platea la sonrisa.
Marinos y verdeolivos
disputan su cercanía:
unos le besan las plantas
otros las raras sortijas.
–San Juan está con nosotros,
¡gallarda marinería!
–No, señor, es con nosotros,
¡valiente caballería!
La negrada de San Roque
sobre las brasas camina.
Las galoperas cimbrean
y tiemblan las banderillas.
¡Que viva Señor San Juan,
el patrón de las farristas!
Entre blasfemias de sangre
y limetas de aguaviva,
en el fondo del tablado
gesticulan los arpistas.
Pañalones colorados,
escotes de popelina,
con pie desnudo en la arena
marcan cruces las raídas.
Cambá Villeta sin dientes,
entre alcohólica y esquiva,
quebrándose para atrás
suelta el trapo de la risa.
Sobre el filo del barranco,
sudorosas bailarinas
ya están llamando a la muerte
con sus caderas lascivas.
Pólvora y caña en el aire.
¡Ya se armó la tremolina!
Un sordo grito se ahoga.
La sangre en el suelo brilla.
Con una escoba de yuyos
la luna barre de prisa.
Ya malherido de muerte
un marinero en la esquina
a punto de desplomarse
se está atajando las tripas.
¡Chaque, niños, a correr,
que viene la policía!
Y de barranco a barranco,
desde una orilla a otra orilla,
el máuser tiene sus cabos
como una araña maligna.
Atropellan los marinos
y ataca la policía.
En torno de los caídos
la gente se arremolina.
Y cuando, a todo contrario,
la gresca tremenda hervía
un fosfórico aguacero
descarga sus aguas frías.
¡Por hoy, se acabó la fiesta!
¡Todo el mundo a su casita!
Por un zanjón, presuroso,
San Juan emprende la huída
no sin antes prometer
volver de nuevo en su día,
el veinticuatro –por cierto–
que de Junio se decía.
Se apagaron las fogatas,
se acalló la gritería.
Sólo el silencio, de bruces,
sobre empapadas cenizas.
Dos muertos por cada bando
fue el saldo de la embestida.
Cuatro muertos se escondieron
debajo de las cocinas.
Agua y plomo, plomo y agua,
congelada fantasía,
los laureles del poeta
se han hecho polvo y cenizas.




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