miércoles, 1 de agosto de 2012

7358.- ÓSCAR RAMÍREZ





Óscar Ramirez (Lima – Perú, 1984). Docente de la especialidad de Lengua y Literatura. Reside en la ciudad de Trujillo. Dirige Ediciones OREM. Ha obtenido diversos reconocimientos, nacionales y extranjeros, por su obra literaria. Sus textos, poéticos y narrativos, se encuentran dispersos en publicaciones virtuales y físicas de varios países. Realiza actividades de promoción cultural, así como de difusión de la lectura. Dicta talleres de creación literaria a grupos de escritores jóvenes. Ha publicado los poemarios Arquitectura de un día común (2009) y Cuarto Vecino (2010). Recientemente se ha publicado su primer libro de cuentos denominado Braulio (2011). Viene trabajando dos poemarios y un libro de relatos fantásticos.





De ARQUITECTURA DE UN DÍA COMÚN (2009)

PERSISTENCIA O EL ESPÍRITU DEL TIEMPO

Musa, madera de tiempos remotos.
Criatura y profeta,
efímeros objetos sucumbiendo en un
febril destino de habitáculos sin nombre.

Severa luz de lo infinito, lucidez,
vasija donde artistas de labios y sudores cadenciosos
reposan la contemplación de viejos mundos.
Imágenes avivan creaciones nocturnas
donde los rezos se tornan crueles y voraces.

El silencio es la equilibrada perfección de lo venidero.

Para elevar el curso de cristales negros,
rezagos de mantos mudos devuelven voluntad y castigo.
Arena y roídos huesos de poetas
rodean el presbítero cantar de las venas.

Infante o senil creador de ideas,
vivir es sólo un constante caer hacia el vacío.
Los años no permiten la perfección
de lo equívoco, pero consienten a su vez
toda aquella sensación de agonía.

Es aquí donde lo externo nos celebra,
y nuestros frutos conservan con virtud
la intensa melancolía de los nombres.

A la posteridad quedan nuestros sueños,
plasmados sobre muros y maderos de tiempos remotos.
Criatura y profeta,
ambos renacen con el persistir de las musas.







OFICIO DE APRENDIZ

Toco tu boca, con un dedo
toco el borde de tu boca.
Rayuela. Cap. 7
Julio Cortázar


Voy
dibujándome el secreto de tu nombre
mientras delineo
con lentitud
el perfecto margen de tus labios.

Voy
entre el aroma desolado del incienso
y los cristales empañados del amor hacia
el principio de tu emblema en las mañanas,
donde raíces y espumas dolorosas nacen
en el peregrino gravitar de los vientos.

Voy provocando la tentativa del silencio,
construyendo un abismo entre mis manos
y tu cuerpo
cuando el bostezo de las calles
nos devuelve la realidad.

Despacio, como en una habitación oscura,
busco el límite que me entrega la soledad
y lo prohibido. El juego de las horas
conserva la ingenuidad de lo incierto,
cuando por obrar del aliento tibio
descubro América en tu vientre infinito.

Prosigo la virtud en este oficio de infante,
abrazando verdades y perfectas historias
de colonias devoradas
por la ambición de un gemido.
El descubrimiento de orillas pálidas
y un horizonte baldío
me recuerda el menudo divagar por tu sombra.

Voy, deambulando entre tu mar
como un naufragio de líneas rotas,
remando con fuerza contra la obediencia
del tiempo, hundiéndome en tu libertad
con el absurdo espíritu de palabras y juramentos.

Sigo aquella imagen,
el hilo conceptual donde el sendero
de tus dientes me prohíbe el retraso.
Avanzo,
como perdiéndome en mareas vírgenes de sueño,
y es aquel sueño el que me cohíbe
en un caer de pupilas sin regreso.






LA PARTIDA DE ELISA

(una chica a la orilla del mar)

Muñecas y virginales heridas
ocupan la parte más sutil del equipaje.
La silueta del adiós o la promesa de alguna bienvenida
nos reservan senderos rotos.
En palabras no colisionan los hechos:
las acciones son lo certero y lo incorrecto.

En un resonar de furores,
el sollozo de las aves comprenderá el temor
o la inútil privación de los afectos.
La virtud del vivir
tiene medida en situaciones y pretextos
o en oscuros recintos donde el amor
oculta siempre sus bondades.

Resignaciones o delirios,
un acercamiento presuroso al vértigo imitará la calma.

Tránsito de luces. Ideas, vivencias de fantasías rotas.
Las palomas consumen el acero de sus jaulas.
Los ángeles dibujan en silencio las plegarias.
La única libertad es aquella que se atrapa.

Bajo los manzanos o los nombres
descubrirás el instante perfecto para la osadía.
Intentarás un refugio donde dormir.

Sólo te quedará el habitáculo donde lograste empañar
la irascible condición de los secretos:
el privilegio del dolor,
la imperfecta solidaridad de la muerte.

Incoherentes melodías
o creencias de bienaventuradas extensiones de vida
nos advierten el descanso.
Carente de razones, una lejana cruz agiliza las mentiras
y nos describe la promesa de la consumación.

Brevedad al esconder la tentación del alba.

Alrededor de tus huellas,
imágenes saturan la ocupación del silencio.
Un cristal ocultando los nombres
o
la cruel figura del adiós.

Cuando vuelvas
entenderás la nulidad de tus actos
y aquellas flores cubriendo el descanso de tus manos.
Las orillas ocultarán el sol
mientras infantiles gaviotas te invitan
a levantar la mirada.

El horizonte comprenderá la ironía de tu verdad.

Las aguas contemplarán tu caída
mientras las gotas del amor
se aglomeran bellamente sobre la arena.





PRINCIPIO Y FINAL DE LAS HISTORIAS

(presente)

He aquí principio y final de la historia.

Deambulando sobre los rezagos de una ciudad derruida,
una muchacha de muñecas de oro,
de cintas e infantil figura provocando
en un sueño el mediodía,
nos descubre las palabras
y la matinal ausencia del amor.
En ella, la juventud,
otrora virtud prometida de la infancia,
se dibuja como el portal de un abismo temeroso.
Sus manos tienen la completa imagen de la esperanza.

Sin la intención de los caminos,
la voluntad tomó rumbo perverso.

Entre lúdicas concepciones de realidad,
entre partituras
o melodías de inviernos,
su silueta compone los vacíos donde
la claridad nos devuelve el arpegio
de solitarias habitaciones que se alimentan
con el vibrar de oraciones vagabundas.

Sólo conservar el más puro de los secretos
puede imitar en ella
la certeza de volver a contemplar el amor
a oscuras.

Artificio de luz.
Prevención de momentos
en que el fuego escribe tentaciones o ecos.
La lozanía de sus huellas
serán el sendero donde podremos distinguir
abriles o marzos
corriendo entre prados y labios verdes.

A la orilla del río,
sus pies recrean las siluetas de pálidas hojas
que simulan el porvenir de los barcos.
El consejo de las aves es concreto:
no tienten volar, ustedes carecen de viento.









De CUARTO VECINO (2010)


LA PROFESIÓN DETALLISTA
(o arte poética)


No siempre la oscuridad
oculta el cristalino de nuestras formas.

Un cuerpo,
forjado a fuerza de comercio,
puede extraerse de lo ajeno
como silueta orgásmica
de furores
o temblores rabiosos.

El viento sirve para ocultar verdades humanas:
uno a uno se complementan los nudos
en ligera destrucción de significados.
Bajo la atenta mirada del búho
es posible encerrarnos en nuestra
intimidad.

Lejos de esta isla donde duermen
los frutos maduros del verbo,
admitimos la facilidad de versos
que presentan el inerte estado de la belleza:
en simétrica ironía,
la poesía es un abrirle espacios a la incertidumbre.






LA CENIZA Y EL FUEGO

Una tibia relación de orfandad
abraza el complejo de flores
que transitan olvido y frecuencia.

Sobre la bruma,
con el aroma de eucaliptos,
infancias ocultan la sensatez de cenizas:
es posible recordar
la fugaz imaginación de toda esperanza.

Los vacíos semejan el caer de las gaviotas.

Evangelios que adornan nuestra integridad
hurgan cadencias
para el espiral aleteo de bendiciones.

Los murales tendrán la eficacia de sucumbir
al delirio
cuando infantes enrumben
en doradas naves
hacia habitáculos donde les sea permitida
la primera utilización
de la luna.

El fuego convencerá a los inocentes
que imperfectas melodías cobijan
con dulzura
las únicas verdades de libertad y codicia.






QUIJOTE

Aún tienes tus manos
y la fuerza para crear molinos,
solo olvida la derrota
o la blancura de la luna
y despierta de ese sueño
que muchos llaman cordura.







LA DAMA DEL TEATRO

Tendida en su lecho de mácula,
oculta bajo la fortuna de algún ademán gratuito,
yace la infancia
como una clara formación de ceniza.

Tus manos cubiertas
por el telar de los personajes
o criaturas que impiden
la explosión del amor,
recrean estrellas y cuerpos donde lo azul
se forma con depresiones
de náufragos griegos.
Es aquí donde te veo dibujándole
graciosas nubes al cielo
con la cadencia inolvidable
de tus infinitas alas.
Circe o Penélope,
la gracia anida en ti con la facilidad de las orillas.

En tu cuerpo, la perfección de las artes
se delinea como una sonrisa habitual,
como el refugio donde crearse puede
el reflejo de cuadros rotos.
Al contemplarte tan correcta en los movimientos,
tan delgada como una oración,
admito la impureza de mi formalidad.

De pronto tu voz desentierra el abril.
La belleza,
tan asidua a la virtud de los ángeles,
navega en tus mejillas
como el jadeo de aquello que nunca decimos.


He aprendido a admirar la indiferencia de los fuegos.

Luego de la turba de aplausos,
en lo vacío del escenario, te observo distante.
La imagen de una niña
que cuida las flores al final de la noche,
compadece mi desgracia:
atenuar toda intención
y la prohibida tentación de la sangre.







INVOCACIONES

Ante ellos me arrodillo
y rezo con más solidaridad que fe.
José Watanabe

Humillado,
en semejante posición
como quien agradece los obsequios,
te observo sin remordimientos
pero con culpa.

Agregado a la bondad de esta orilla donde tu sombra
no fecunda oscuridades,
escojo cuidadosamente mis intenciones
y todo aquello que profieran estos labios
más tuyos de lo que ahora son míos.

Señor, de tus palabras y tus castillos
dame todo lo que no pude,
alguna oración al final de la cena
o un grito donde la muerte no me domine.

Señor, gigante de brazos,
carente de arisca semilla,
de tu silencio construye un abismo
y un espacio irreal para ocultar mi vergüenza
del viento.

Así como mi voz te aclama,
millones de ojeras esperan ansiosas
alguna diminuta réplica.
Mas aún si me niegas,
solo déjame suceder constantemente mi elocuencia
con lo cual tener un motivo
para incomodarte siempre.







EL VERDUGO

Rendido,
abrumado por la recia tentación del oficio,
los hombres te piden hacer
lo que el temor les impide:
ser observados como diminutos objetos afrentando
una virtud que nunca les compete.
Por ello
vuelves los ojos
y te sugieres una realidad
tan ajena como permitida:
ser hombre al fin
sin ninguna pesada marca que revele tu condición
tan llevada al martirio.

Como entregados a la pasión,
ménades con sinónimo de muchedumbre
brindarán a tu infinita lógica
eslabones que conservan el vedado nombre de la inocente.

Es aquí donde te concibes un sueño,
desdoblándote de ti
para obligarte alguna acción sin virtud o justicia:
no despiertes,
evita el final del cuento,
princesas o serpientes no colmarán
tu hoja de vida.

Junto al terral de la grita
quedará el vacío de un cristal mientras eres alabado
y eximido de culpa.
La inocente que canta,
rodeada por la turba que suplica
la prematura extinción de sus pechos,
será unida sin remedio al polvo.

Solo,
cuando el cuerpo tenga la perfecta movilidad
de la piedra,
los hombres te observarán con desdén y asco
producto del aborrecimiento que ofrece la admiración.
Sabrás que ningún principio te fue destinado como nombre
o herida,
pero, en tu mero oficio de artesano,
la convicción de examinar los pecados gratuitos será
tal vez
tan bendecida como los milagros.








BELLAS ARTES
(acerca de la carencia del juicio)


Bestias desnudas corren por mi cabeza.

Ocultos en murales de viento,
delgados jinetes seducidos por el verdor alimenticio
cantan el encuentro de confusas lógicas en los corredizos.
En mí,
las palabras son como pequeñas cicatrices.

Bajo el resonar de escarabajos azules,
una luciérnaga
no lejos de la oscuridad
previene a los muertos del rezago de especies
que lograrán el devenir de palabras en el acero.

Una solicitud de pequeñas creencias
ha extraviado
los oscuros bosquejos de la razón.

Envueltos en prisiones
de pétalos y bellas artes,
los jinetes construyen dorados surcos
sobre la extraña incertidumbre
de mi sonrisa.



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