jueves, 15 de enero de 2015

JUAN FRANCISCO ANDRÉS DE UZTARROZ [14.490] Poeta de Aragón


Segunda Parte de los Anales de la Corona y Reino de Aragón, por Juan Francisco Andrés de Uztarroz (Zaragoza, herederos de Pedro Lanaja, 1663). Grabado de Juan de Renedo. En el centro el Escudo de Aragón, rodeado en su corona exterior por (de arriba a abajo y de izquierda a derecha) por los de Cataluña (cuartelado de Aragón y San Jorge o «Cruz de Santa Eulalia»), Valencia (partido de Aragón y la ciudad fortificada), Nápoles, Neopatria, Mallorca, Sicilia, Jerusalén y Cerdeña; y en la Corona interior por los emblemas de (desde arriba en el centro y en sentido contrario a las agujas del reloj) Zaragoza, Huesca, Jaca, Barbastro, Daroca, Borja, Alcañiz, Teruel, Calatayud, Albarracín y Tarazona.



Juan Francisco Andrés de Uztarroz

Juan Francisco Andrés de Uztarroz (Zaragoza, 1606 - Madrid, 1653), poeta e historiador español, hijo del jurista aragonés Baltasar Andrés de Uztarroz.

Fue cronista de Aragón desde 1646 y del rey Felipe IV. En su poesía acogió el estilo del culteranismo, aunque mitigado por la influencia clasicista de los poetas Lupercio y Bartolomé Leonardo de Argensola. Comentó y elogió la poesía de Góngora y sostuvo polémicas con Quevedo en su Defensa de la poesía española, hoy desaparecida.

Mantuvo en su propia casa una de las Academias Poéticas más importantes de la época, la de «Los Anhelantes». Fue protector y editor de varios escritores contemporáneos, entre los que se encuentra Baltasar Gracián, a quien prologó varias obras.

Coordinó el Certamen dedicado a la Virgen de Cogullada (1644) y el Obelisco histórico y honorario de Zaragoza (1646) en honor del príncipe Baltasar Carlos, heredero de la corona española, que murió a los dieciséis años en Zaragoza.

Su obra más conocida es el Aganipe de los cisnes aragoneses celebrados en el clarín de la Fama.1 En él se hace, siguiendo modelos como el cervantino Viaje del Parnaso, un recorrido por los literatos aragoneses de su tiempo. Esta obra nos ha llegado gracias a la edición de 1781 de Ignacio de Asso.

Félix Latassa, el gran bibliógrafo aragonés, da noticia de otra obra de Uztarroz, a la que alude como una «descripción de los reyes de Aragón por el orden que están en la Sala de la Diputación». El manuscrito fue hallado por José Manuel Blecua en la Biblioteca Nacional y editado por Aurora Egido en 1979. Se trata de un poema en el que se ensalza la monarquía aragonesa partiendo de las inscripciones latinas que redactó el historiador Jerónimo Zurita para los retratos de la galería de reyes de Aragón que se encontraban en el Palacio de la Diputación General de Aragón hasta los Sitios de Zaragoza, en que desaparecieron.

Otros dos libros de poesía de Uztarroz, citados por Latassa, titulados Rimas poéticas y Poesías diversas (de los años 1652 y 1653) no han llegado a nosotros.

Con su nombre académico de «El Solitario» elogió en una silva y una paráfrasis en prosa (Descripción de las antigüedades y jardines de don Vincencio Juan de Lastanosa, Zaragoza, Diego Dormer, 1647) la casa-museo del culto mecenas oscense Vincencio Juan de Lastanosa, protector y amigo también de Gracián.

En cuanto a su obra historiográfica, esbozó una continuación de los Anales de Aragón de Zurita. Inició también una biografía de Carlos V, inédita hasta hoy y atesoraba fichas para el proyecto de una Biblioteca de Autores Aragoneses, que fueron aprovechadas más adelante por Latassa para su magna obra homónima. Su obra histórica más relevante fue Progresos de la historia en el Reino de Aragón y elogios de Don Gerónimo Zurita (1680). En ella aparecen semblanzas de Jerónimo Zurita, Jerónimo Blancas, Jerónimo Martel, Lupercio Leonardo de Argensola, José Pellicer y otros cronistas del reino de Aragón.



Epigrama

   El Ebro en su corriente cristalina,
célebre Alcino, tus discretas sales,
pues, con tus agudezas, sus caudales,
no envidiarán la fuente Cabalina.

   Tu voz resuene dulce, peregrina,
en los climas remotos Boreales,
porque de tu elocuencia los raudales
al mayor Lauro, Febo los destina.

   El Clarín resonante de la fama
aplauda sus cadencias ingeniosas,  
cuando el sonoro Pindo las aclama.

   Y exentas de las sombras envidiosas,
de Daphne las corone inmortal Rama,
para que brillen siempre victoriosas.




A la muerte del doctor Juan Pérez de Montalbán

   El Monte excelso que la blanca Aurora
con trémulos cambiantes argentaba,
cuya sublime cumbre dibujaba
los dos collados donde Apolo mora;

   fúnebre eclipse su esplendor desdora,
tanto que cuantas plantas albergaba
oscura densidad las emboscaba,
hurtando a Febo la porción que ignora;

   pero en vano se oponen sombras frías
a empañar de su cima los verdores,
si han de brillar amenas lozanías;

   y mal pueden ceder a los horrores,
pues a pesar del tiempo, y de los días
de sus cenizas nacerán las flores.




A don Vicencio Juan de Lastanosa

   Cuanto a tu ingenio toda España deba,
contarán tus Medallas conocidas,
si antes la oscuridad desconocidas
juzgó, hasta que tu pluma las resuelva.

   Nuevos aplausos a los doctos mueva  
la edición de las luces escondidas,
a tus ansias debiendo esclarecidas
el lucimiento que su autor reprueba.

   A cuál debamos más no fácilmente
se podrá discernir: aquél oculta  
su propio nombre artificiosamente;

   Tú, porque del retiro le resulta
mayor gloria, divulgas diligente
las sutilezas de su lima oculta.





A Raimundo de Peñafort


   Peña fuerte es Raimundo en su apellido,
y rey del mundo el nombre le publica;
aquél su fortaleza santa explica,
y éste cuanto hay mortal muestra rendido.

   El elemento más embravecido,
cuado el mato en las ondas su fe aplica,
el viento mansamente en él se implica,
hasta haberle en la playa conducido.

   Triunfó del mar airado y de los vientos,
y cuando sus preceptos obedecen,  
muestra el mundo menor sus movimientos.

   En unos y otros los prodigios crecen,
pues penden de su voz dos elementos,
y lo hombres escuchan, y ensordecen.





A la santa paciencia

   Del fuego abrasador la llama ardiente,
no examina en Laurencio lo inflamado,
que el calor de las ascuas no ha quemado,
porque en su pecho, incendio mayor siente.

   La actividad de Orencio no consiente,  
que le refríe del cristal lo helado,
porque el hielo, en pavesas transformado,
confiesa el vencimiento claramente.

   Laurencio se acredita de animoso
en las llamas, y Orencio en los cristales,  
rayos brilla el amor afectuoso.

   Que venzan elementos desiguales,
no es mucho, cuando en parto prodigioso,
la Paciencia les dio fuerzas iguales.



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