jueves, 30 de abril de 2015

TOÑO BENAVIDES [15.818]


Toño Benavides 

(León, 1961)
Comenzó como autor de cómics y muy pronto se decantó por la ilustración de libros y de prensa. En 1989 se trasladó a trabajar a Madrid, y desde entonces ha publicado en Diario 16, El Mundo, The New York Times y El Economista. Su estilo, caracterizado por la elegancia y la síntesis expresiva, ha sido durante años habitual en la mayor parte de las editoriales españolas.

The Society for News Design (SND) le ha concedido varios premios, entre ellos cuatro medallas de plata y una de oro por sus trabajos publicados en El Mundo. Ha ilustrado numerosos libros, una veintena, entre ellos El amadísimo Rolando, de Jacob y Wilhelm Grimm (Rey Lear, 209) y como autor ha publicado El viaje de la Luna (Edit-in, 2000), Paraíso (Eje Ediciones, 2009) y 'Gran Sur', ganador del XVII Premio de Poesía Eladio Cabañero, 2014.


Las ilustraciones son de Toño Benavides





Gran Sur (Reino de Cordelia, 2014).


En los poemas de Gran Sur, la ciudad (Madrid, el sur de Madrid, las ciudades dormitorio desde donde salen los trenes hacia la capital) es la presencia en torno a la cual gravita todo lo demás, un escenario levantado que impone los límites del horizonte al que puede dirigirse la mirada.

Por Ana Ola Orero 21/11/2014


Más que levantar o construir, el poeta siente el peso de la bestia urbana, se vuelve hacia ella y escribe sus ruinas: su esqueleto de raíles y cableado eléctrico, la feroz maquinaria de las normas, la desolación de una estampa herida. Ese Gran Sur por donde “pacen los bueyes / por los campos de cemento” es el paisaje hostil que cada día marca el martilleo de nuestra rutina, por el que nos movemos maquinalmente, apresurándonos “para ir donde llegan los trenes / que estamos perdiendo”. En él abundan, como señaló aquella tarde García Montero, los ruidos de la ciudad en movimiento: el fragor del tráfico, los trenes, el tronar de los zapatos en marcha, la cascada de pitidos y cláxones, las voces que llegan desde los megáfonos… “era como escuchar una determinada música que había que traducir”, cuenta Benavides.

Los raíles del lenguaje

El poeta está ahí: forma parte del río de pasajeros sonámbulos que, como “abejas en el enjambre terminal” vomita en la madrugada la ciudad desde sus afueras; él también deja su casa, anda, entra en una estación, se sienta a esperar un tren de cercanías, y, en los “tiempos muertos” de la espera (en los que quizá es donde late el mejor momento para la inspiración, que ahora parece condenado a la extinción por las exigencias ineludibles del smartphone), escucha, anota: transforma la bestia en materia poética.

Hay un movimiento constante al que conducen los versos como los raíles del lenguaje: del quehacer individual del poeta a la experiencia colectiva sobre la que escribe, de la precipitación del viajero a su destino truncado, de la solidez opresiva de la ciudad a su realidad gaseosa. El símbolo repetido de ese movimiento es, apunta García Montero, el tren: “el tren de los viajeros domados, un tren que pasa como un bisturí entre los suburbios”, observa el poeta granadino.

El tren con su carga de cuerpos cansados nos hace recordar nuestros pensamientos perdidos en las horas de los vagones de metro, nuestra propia exasperación tragada por los túneles de los pasos subterráneos, nuestra pérdida momentánea de orientación en las salidas enredadas de gente.

Salidos de un naufragio de sangre

Leyendo a Benavides salimos confusamente a la luz saturada de la ciudad, la luz que emite el cielo del Gran Sur: un cielo a la vez chillón y débil, como enfermo de ictericia, echándose sobre un mundo apocalíptico. Pero no: este mundo, el que no miramos cuando no queremos ver los vertederos físicos de la conciencia. En él flotan los cuerpos de transeúntes perdidos: “Os veo como islas en la misma deriva que me lleva. / Disuelvo mi sangre sucia en vuestra sangre sucia y navegamos / por un pantano que nadie codicia”, escribe Benavides. En sus versos están los ecos del Lorca de Poeta en Nueva York, del poeta que se enfrenta a la ciudad inmensa y sus habitantes: “Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes /como recién salidas de un naufragio de sangre”. O del poeta Dámaso Alonso cuando escribe: “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)”.

En la presentación de su libro, Benavides confirmaba las influencias de los grandes nombres y apuntaba también a la referencia del big south norteamericano, del que Gran Sur es como un reflejo en negativo.

En el paisaje de Benavides no hay mitos de libertad ni horizontes interminables, quizá sí una esperanza palpitando debajo de algún escombro, a la que señalaba en su lectura Luis García Montero: “que haya un niño que debajo de los vértigos y deterioros de la vida haya conseguido resistir”. Uno que reúna el valor para preguntarse los versos de Benavides: “¿De quién era el tiempo de mis padres? / ¿A quién pertenece el tiempo que me queda?”




Gran Sur

Desde el kilómetro cero a corazón acantilado,
después de abandonar la cima iluminada de las calles,
el vaivén de la noche-carne brillante, risa de neón y tacón de pavimento-espejo,
a hora y media del mundo mientras caemos
bajo la espalda lacerada por el hierro de las estructuras,
a través de la tierra baldía del zoológico y el Parque de Atracciones,
se extiende el sueño arbolado por antenas de televisión,
emerge la luna, corona de cartón-piedra,
sobre los centros comerciales en las márgenes del tiempo.

Los trenes desahucian de madrugada
el hambre del estudiante y el cuerpo cansado,
en la frontera de aliento minado por la estela de los vuelos comerciales.
Entre la tierra y el cielo del estadio a voz en grito,
la hierba de plomo, la nómina del hambre, pacen los bueyes
por los campos de cemento del Gran Sur.

Corremos por el andén a uña de baldosa levantada
en la turbulencia de los trenes de cercanías.
Las casas guardan bajo llave almas de zapato, bostezan
ropa tendida sobre la estación.

No crucen las vías.
No pongan los pies en los bancos.
No salten por encima de la charca, ni aplasten lagartijas de cartón.
No tienten a la sirena de la ambulancia, el aguijón de los hospitales,
el pétalo de sangre en la rosa alambrada.

No recojan las palabras tiradas por el suelo.
No escuchen el crujir de los huesos.
No miren al vacío en el reloj.

Tiempo suspendido en el vuelo espiral de los vencejos,
silencioso como las vacaciones en el patio de un colegio.
El viento solar, dueño de las calles, juega
en remolinos de plástico y hojarasca.

Lejos de los aeropuertos al árbol de la tierra prometida,
naufraga en cloro turquesa la eterna página en blanco
del cuaderno escolar ahogado en la piscina.
Los Chicos del Vertedero olvidan la playa
en la rompiente de las naves industriales.

En el váter del centro comercial se buscan el olor bajo el rabo
los perros que faltaron a las clases.
Torneo de pulso y brazalete de cuero macerado
en el sudor-cerveza y aliento de pincho quemado al gas butano.

Globo de chicle el vientre de la muñeca-bragas de lycra, ave
de culo hamburguesa, reclamo estupefaciente
de pollos-pantalón vaquero y huevos apretados
en el potro música-máquina de la discoteca móvil.

Babea la tribu adolescente de los mandriles
bajo la ventana de la niña que descuelga el tinte de su pelo
hacia el oropel de los bazares chinos,
hacia la bragueta del percherón tatuado,
hacia el riñón forrado del fontanero.

Y en la pared de un almacén, tras años de intemperie,
inocente como el primer día del verano, aún late
el sarampión de una pintada:
BUENOS DÍAS, PRINCESA






Viajeros

Burbujas impermeables de sangre tibia,
carne de caracol,
zapatos convencidos,
en orden los papeles;
la dirección correcta sólo es una:
El respeto de los indicadores,
las flechas de color verde, la ciega obediencia
de los protocolos de seguridad.

La estación es un edificio en movimiento
colgado en un tiempo de paso,
como ese cigarro fumado aprisa
en el viento de una esquina.
Arden las cafeterías,

cumplen con el reloj, sacuden la cartera,
el desayuno de los pobres.
Los trenes incesantes cargados de razón
van y vienen; queman por nosotros
las calderas y el salario del fogonero.

Con los labios apretados
callamos de pie,
o sentados con las piernas muy juntas,
para que el aire no anide en la garganta
con sus dudas de pájaro insolente,
porque sabe la carne
que al otro lado de la piel
han vuelto a crecer las alambradas.

Los autobuses remontan la joroba de las ciudades.
En el cuerpo manda el color de la ropa,
la etiqueta con el precio.
Un código de barras trocea los ojos
como faros que despiertan en la lluvia
y aspiran a la luz del mediodía, convictos
de ceguera en libertad condicional.

Somos viajeros.
Pagamos el billete.
Caminamos por nuestra derecha.
No bloqueamos las puertas.
No fumamos en los lavabos.
Hacemos uso de las instalaciones.
Nos limpiamos las manos
y respiramos con cuidado de no impregnar el aire
con ideas homicidas.

Y cada cinco minutos
un pájaro encerrado en el teléfono móvil
nos recuerda que somos felices.




ALMAS DE JUEVES

Jueves de medias nuevas y prendas delicadas
que huyen del olor de las cocinas.
Salen de casa con cuidado de no rozar las paredes
ni dejar la luz del maquillaje atrapada en los espejos.
Caminan deprisa, atrasan el reloj
para sentir la espera impaciente de algún desconocido.
Van a buscar el tesoro imaginado en escaparates de centro comercial,
a cobrar y pagar los buenos días en moneda falsa, a ignorarse
muy de cerca el temblor de las piernas,
a medirse el reflejo en el cristal de las copas,
a encontrar que son otros en los ojos de los otros.

Jueves de ascensores embotados por la química del perfume,
pavimento traspasado de tacón y paso dolorido,
que remonta la jornada hacia la noche de los bares
iluminados como puertos en la lejanía.
Codo con codo, recelo con recelo
se muerden el vientre del sueño, se tientan las dudas,
y protegen, tras un parapeto de sonrisas,
la bisutería que forra las paredes del corazón.

Construyen, a golpes de martillo y clavos,
sus mil futuros imperfectos
con la madera sobrante de la última demolición.
Pasean la espera por los andenes, le sonríen al teléfono
y cada cual sujeta, como puede, todas las bisagras del cuerpo
para no sembrar de astillas las estaciones.

Y vuelven sobre sus pasos gastados
a colgar las llaves junto al espejo de la entrada
como quien olvidó sacar la basura,
rozando las paredes con el bolso,
almas de jueves.





Paisaje Límite

Ahora estoy en el punto de no retorno
intentando ver más allá del fin de los aeropuertos,
dispuesto a mantener encendida la llama eléctrica de las calles
como un faro para el que sabe
que se perderá en los montes y fuentes de su infancia,
lejos de las pisadas calientes de brea y cemento:
mi casa en la hoguera de los sueños.

Y navego contra la marea
inclinado sobre el tráfico y las personas que se agolpan,
que se apresuran en dirección contraria y creen
con la fe de los que no tienen más:
La felicidad es coger el autobús a tiempo,
la mañana del sábado,
el cloro de las piscinas,
el plástico perfumado en los bazares chinos,
la mar en calma de las vacaciones,
el paisaje pintado con vacas en las ventanas del tren.

Y veo, desde las torres de radio y televisión, el baile en espiral
en torno al quiosco y el estadio.
Luz y diseño, pantallas urbanas,
abejas en el enjambre terminal
que celebran, con electrónico entusiasmo y eterna sonrisa,
la fortuna de los que brindan por encima de sus cielos.

Os veo como islas en la misma deriva que me lleva.
Disuelvo mi sangre sucia en vuestra sangre sucia y navegamos
por un pantano que nadie codicia.

Ya no es nuestra la bandera azul de las playas
apenas el sol, la lluvia desde un sótano, el olor de las cañerías.

Arde el papel de los pactos inviolables,
ceniza en la cornisa de nuestro asombro, los almanaques
huelen como un centro comercial en llamas
y allí donde nos alcanza la vista el viento arrecia,
asoma el hambre.

Despertaremos un octubre de tejados fríos
con los ojos velados por la niebla-luz del día,
cuando se nos pase la borrachera y sintamos la tentación de hacer planes
para pasar la noche a cubierto, acurrucados
donde muere el terraplén de los trenes
con los caballos que hieren sus patas entre los escombros.

Vivimos una intemperie de ciudades deshabitadas,
campamento-infección-tierra herida enferma de autopistas.
Al otro lado de la valla despegan los aviones.
Arrastran el alba fuera de nuestro alcance, nos dejan a oscuras
por esta miseria-miedo-perro suelto-caballo cojo,
esta miseria de viejo sin afeitar.

Ya no arde la ciudad con sus electroimanes
y no nos queda tiempo ni paciencia,
no confiamos en la luz del día
para encender las tinieblas.




Con los ojos tan abiertos

(A Natalia, más conocida en los bajos fondos como Jean Tarrou)

Avanzas
como queriendo volver
por la sombra de un fantasma,
herida en cada paso
pero en la espalda el viento empuja,
tu cuerpo despega blanco
calle arriba, desnudo corazón
vulnerable bajo el sombrero.

Escucha la banda sonora, mira
cómo surgen las palabras
que olvidaste
por bajar el tono de voz,
la música, el perfume, los quien eres
con los ojos tan abiertos.

Que nada importa
porque importa el tiempo
y está de tu parte.
Que con la vida a flor de garganta
las lágrimas
no lleguen a caer en las copas
y mientras el humo nos deja
su tatuaje de carbón y ensueño
habrá más noches
de las que podemos cruzar despiertos
envueltas en papel de regalo
por un cuerdo que se cree loco y nos enseña,
mientras baila,
por donde hay que romper las fotos.

Porque nos duele y reímos
cuando quien se traga el opio
es la taza del water.

Que nada importa
porque importas tú.

 


Siete vidas por vivir

Yo no quiero
echar raíces, pero si
posarme en tus ramas
dispuesto a salir volando,
con el incendio en los pies,
cuando se vuelvan garfios
para trenzar su jaula,
y decirte adiós en silencio
sin que medie más que el aire
que cabe entre dos besos.

Yo te quiero,
horas de azar y risa
sin miedo ni fantasma,
sin pactos ni condiciones,
los días pares o lluvia,
los lunes de todo el año,
una vez cada tres jueves, ¡yo qué sé!

Te quiero entre dos trenes
en cuerpo y emergencia,
aunque sin prisa.
De tu manzana el mordisco.
tres cigarros, dos cervezas,
un poema…
y no salir por la puerta,
saltar por la ventana
con la cabeza en llamas
y siete vidas por vivir.

 

 
Que el tiempo dure el doble

No sé decir en qué momento,
ni creo que importe,
tu espiga rubia se incendió en el bosque
y tracé mi rumbo vacilante
entre las hojas muertas.

No sé a donde lleva
el hilo de tu perfume
pero esa voz profunda y fumadora,
despeña la boca y los dientes
por el beso en la garganta.

No sé cual es tu repertorio
de lenguas vivas
ni qué sonrisas me disparas
que están de vuelta de todo
y no creo que importe.

Pero… en qué momento,
de huída hacia delante,
me encontré con un roce
en el aire de los bares
que valía por mil polvos.

En que momento la escapada
fue quedarse quieto, desear
que el tiempo dure el doble
en el calor de esta burbuja
acechada por las prisas.

Y qué beso buscan tus dudas
en la piel de los viernes
que no pierda el color,
disuelto en el café
del sábado por la mañana.

 



Objetivo

Encontrarme,
otra vez el dragón en la boca.
Masticar las llamas.
Tragar el miedo.
Levantar el percutor
y en ráfagas cortas,
ponerle nombre a las cosas
que no fueron.

Plantar los pies
donde comienza mi sombra,
que mi sombra no huya a buscarte.

Escribir en voz alta,
incendiar los micrófonos
y que el mundo no me devuelva el eco
de un lamento.

Que se muestre mi piel como era,
quemado el tatuaje,
antes del último verano.

 
 


El fondo de la noche

Hoy vamos a cruzar el fondo de la noche
como buzos con alas de murciélago,
hambre de gatos con disfraz de cocodrilo, atentos
al vuelo de los pájaros antinarcóticos, drogados
a pié de acero por abismos de oficinas, armados
con la rabia de los cielos asesinos a cortar
sus mil ojos amarillos de tenaz acantilado
por el mismo centro de su ombligo de alquitrán.

Vamos a bebernos todo el agua de los charcos
cuando canta su mercurio de cristales venenosos, y arderemos
en el azul camposanto de los tiernos vertederos.
Neumáticos ansiosos de su pira funeraria, hoy
será un crepúsculo de ángeles obscenos, embriagados
por el cuajo de las tetas de la luna.

Será hoguera-lengua tóxica y dragón de borrachera.
Será el caballo muerto que montaba el pistolero.
Caracola en los tejados que saluda a las estrellas.
Violadores con bolígrafo a la caza de emociones,
mientras bailan como diablos entre cubos de basura.

Duda intermitente tu mirada de farola enloquecida.
Te haré un peinado ebrio de violetas en el viento.
Habrá panteras dulces en mi sed de tu desnudo
por la luna que se esconde en las esferas de tu pecho.


 



Carne cruda

Depredadores camuflados en el rumor de las estaciones
esperamos, pared con pared, entre fábricas y talleres
agolpados contra el terraplén de las autopistas nuevas
que revienten los sueños de segunda mano
sellados en espejos de alta definición.

Esperamos bajo los hangares de la lluvia
apretada la sonrisa contra los dientes,
que un sueño revelado convoque la tormenta,
la mano de hierro en el canto de la bomba
mientras arrecia la artillería del insulto. Esperamos
un lúcido canto de sirena capaz de iniciar la desbandada,
el disparo de salida en el gesto amedrentado del esclavo,
la señal de un destello involuntario en su mirada ausente.
Apostamos la vida por un apagón en la mente-colmena.

Esperamos que despierten y se alcen a pleno pulmón y desempleo
los que cruzan la semana en carne cruda.
Que traigan, caliente bajo el brazo su herida mal cerrada, su deriva,
el incendio declarado y el cuchillo, la suma de la furia y el desprecio,
los brazos amputados del engaño, destapada la sentina del dolor.
El bárbaro mordisco de la rueda que aplasta mariposas a su paso.
Erizado un tren en marcha a dos mil quinientas balas por minuto.
Que rueden entre el polvo y los guijarros las cabezas con los ojos bien abiertos.
Por encima del dinero y los disparos, de la ropa bien planchada, de los faros,
de la risa, de la fiebre y la tristeza. Esperamos
quemar la frontera en la sombra del abuso
con la tierna voladura del corazón.

Quebrado metal en el ronco dolor de los cimientos
esperamos el ocaso en lo alto del rascacielos,
la deriva final de los barcos de mercancías,
que el aire falte bajo las alas del papel moneda
y ver como caen sus pájaros uno a uno.

Despierta el navegante que soñó los mapas de lo extraño.
Fletamos nuestra nave al más negro norte del cielo,
pólvora en la bodega y ratas bien alimentadas.
Entre cadáveres flotantes y caníbales gaviotas
zarpamos de un puerto donde arden los libros de conjuros.
Se quema el oro en las hogueras que alimentan los motores.
No se reconocen los que quedan para el hambre de los perros
y en lo alto de las grúas se apagan las cabezas de los brujos.


 


Era nuestro aquel horizonte

Era nuestro aquel horizonte que no terminaba en la marca del temor.

Ojos de papel seda, cometas en llamas contra la rosa de los vientos.

Casa oscura, regazo abandonado, autobús por el plomo de la carretera, llenamos como agua de lluvia las grietas que habían dejado los cobardes.

Por el barrio-pescado muerto que no limpia el barrendero,
atravesamos confiados la andrajosa luz de las farolas
y cada esquina gritaba:

NO RENUNCIES A FRACASAR

Expuestos al ácido de los días, agua sucia, navegable pantano de noche-sudor, música enjaulada, cada cual reía y lloraba para si.

Era fácil orientarse porque, de vez en cuando, el crepúsculo incendiaba el extremo de alguna calle, y sabíamos en qué dirección bogaba el fuego, el ansia, los poemas.

Hasta llegar a las plazas que derraman el amor y el odio a pecho abierto y nada de preguntas, no, nada de preguntas;
hemos tenido días mejores.

Y allí bebimos adormecidos por la furia de los altavoces mientras brotaban los cuadernos-piel-papel-tatuaje en carne viva,
en carne propia.

Al amanecer, aún a la luz de las hogueras, bajamos por la calle inconsolable, sangre de animal herido, amenazados por el día,
en busca de las madrigueras.

Era nuestro aquel horizonte y sus astros de inocentes idas y venidas, cuando creímos tener bien trazados los mapas de la alegría.

Llegamos con el calor, valientes y frágiles, a llenar el vértigo de los edificios con el desmayo y la risa de niños demasiado confiados.

Nos detuvimos a escuchar cuando callaron los trenes bajo la férrea sombra de las ciudades.

Y tras el fragor de la primavera cantaban las sirenas

y ladraban los perros.



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