jueves, 9 de octubre de 2014

ENRIQUE DE MESA [13.606]


Enrique de Mesa

Enrique de Mesa Rosales (Madrid, 9 de abril de 1878 - ibídem, 27 de mayo de 1929) fue un poeta y crítico teatral español perteneciente a la Generación del 98.

Casi toda su vida transcurrió en Madrid, salvo una corta estancia durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera, en que estuvo en Soria. En la capital de España se licenció en leyes, pero no ejerció. Trabajó como oficial de instrucción pública. En 1903 ganó un premio literario ofrecido por el periódico El Liberal de Madrid y desde entonces se dedicó a las letras. Fue crítico teatral de El Imparcial. En 1917, cuando frisaba ya los 39 años y llevaba publicada tan sólo la mitad de su obra literaria, Ramón Pérez de Ayala consideraba a Mesa como un poeta genuino: sincero en el fondo y acabado en la forma. Mesa entronca con los versificadores castellanos de los siglos XVI y XVII, que en la contemplación de la naturaleza y en el costumbrismo encontraron los motivos de su inspiración; en su obra se encuentran muchos ecos de don Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, de Juan Ruiz y de la lírica cancioneril del Prerrenacimiento, de la que fue un devoto lector, pues no en vano escribió un erudito ensayo sobre la poesía y los poetas en la corte de Juan II. Se casó con Carmen, con quién procreó a Diego, quienes después se exilaron en México.

Obra

Su producción literaria más temprana aparece en 1905, El retrato de Don Quijote, ensayo de crítica teatral, actividad a la que dedicó su última época. A partir de 1916 dio conferencias desde la cátedra del Ateneo de Madrid. Se dedicó igualmente a estudios de investigación histórico-poética, en un amplio y documentado ensayo sobre la poesía y los poetas en la corte de don Juan II. Como poeta se estrenó en 1906 con su poema Tierra y alma, una serie corta de impresiones de la sierra del Guadarrama. En 1911 publica el Cancionero castellano. En 1916 logró Enrique de Mesa el Premio Fastenrath, de la Academia Española con Silencio de la Cartuja fruto de sus retiros esporádicos en la celda del archivero de la excartuja de El Paular. Su último libro poético apareció en los primeros meses de 1929, poco antes de su prematura muerte: La posada y el camino. En él, Mesa alcanza su plena madurez poética. Federico de Onís lo clasifica entre los noventayochistas por su visión de Castilla y por algunas coincidencias formales con Antonio Machado y Miguel de Unamuno, pero algún crítico prefiere considerarlo dentro del Modernismo o más bien del Postmodernismo. Sin embargo, en la poesía del autor hay contenidos sociales cercanos al Socialismo. Formó parte de la Liga de Educación Política auspiciada por José Ortega y Gasset. Sus obras en prosa responden más a la estética modernista: Tragicomedia (1910), Flor pagana. Sus Poesías completas se editaron en Buenos Aires: Espasa-Calpe, 1941.

Como crítico teatral señaló el nuevo brío que trajeron a la escena los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, pero denunció también sus no pocos excesos. Respecto al teatro de Manuel Linares Rivas, cuyas obras despertaban más interés por los temas que trataba que por sus virtudes dramáticas, denunció que La mala ley era una pieza «sin pasión y sin inteligencia». También atacó la costumbre habitual entre los dramaturgos de su época de «fusilar» obras extranjeras sin la menor vergüenza haciéndolas pasar por originales. Colaboró con Alejandro Miquis en el malogrado proyecto del «Teatro del Arte» (1908-1911), luego continuado con mayor éxito por Gregorio Martínez Sierra. Publicó sus críticas teatrales en el libro Apostillas a la escena (1929).

Tradujo también algunas obras del francés, como el Viaje por España (1920), del escritor parnasiano Théophile Gautier, y del inglés, como Cosas de España, del hispanista Richard Ford.

Bibliografía del autor

Flor pagana, 1905
Retrato de Don Quijote, 1905.
Andanzas serranas, 1910.
Tierra y alma, 1906.
Cancionero castellano, 1911; segunda edición 1917.
El silencio de la Cartuja, 1916.
La posada y el camino, 1928.
Apostillas a la escena, 1929.





Sol de mediodía. Castilla se abrasa.
Tierra monda y llana: ni agua, ni verdor,
ni sombra de chopo, ni amparo de casa. 
El camino, blanco. Ciega el resplandor.

Enrique de Mesa




ALCALÁ DE HENARES

Ambiente claro de ciudad latina.
Riberas del Henares,
ríe al sol la llanada alcalaína:
sembraduras, viñedos y olivares.

Esplende el cielo azul, y el aire vivo 
tiene un punto sutil
que cela en el ardor, seco y estivo,
un rezago de abril.

Luz y paz es la hora.
Y en esta quieta dulcedumbre clara, 
el alma rememora,
a otros siglos de cara.

Brota del corazón y sube al labio
-zumo de la alquitara petrarquesca-
el amor culto y sabio 
de una edad humanista y plateresca.

¡Horizontes abiertos 
para soñar a solas, 
entre el frescor de esmeraldinos huertos 
y purpúreos escalios de amapolas!

¡Caminar entre chopos, 
del río en la ribera,
leyendo a Erasmo y corrigiendo tropos
bajo un gayo verdor de primavera!

Y sentir en la paz de la mañana
-serenos caminantes- 
sobre el dolor y la estulticia humana
la sonrisa piadosa de Cervantes.



LOS CAMINOS

Caminos hondos del valle, 
viejos caminos, callejas
endidas de las rodadas 
de campesinas carretas,  

con liños de verdes álamos
y aromas de salvia y menta,
con frescos prados cencidos,
moras, sol, musgos y piedras.

Caminos con hondonadas
donde las guijas verdean,
con regatos rumorosos 
y arrollos entre mimbreras;

los que vais a par del río
hondulando entre las cercas,
con molinos silenciosos
y el agua dormida en sus presas...

Yo he sentido vuestra gracia
milagrosa, paz de aldea, 
bajo un dulce sol de otoño
y un cielo limpio de seda.

 Ceñido de prados verdes, 
casi oculto en la arboleda,
asoma Oteruelo humilde 
la espadaña de su iglesia.

Movidas del aire tibio,
las hojas de un olmo tiemblan;
se escucha el glu, glu del agua
sobre el bancal de una huerta.



Erótica

Cayó sobre tu espalda 
la llama de tu pelo,
y quemó la blancura
su ondulación de fuego.

Entre los áureos rizos,
por el amor deshechos,
yo vi calientes, húmedos,
brillar tus ojos negros.

Sin desmayar, erguidos,
redondos, duros, tersos,
temblaron los montones
de nieve de tus pechos.

Y de amor encendida,
estremecido el cuerpo,
con amorosa savia
sus rosas florecieron.

El clavel de tus labios
brindaba miel de besos,
y fue mi boca ardiente
abeja de sus pétalos.

De la crujiente seda,
que resbalara al suelo,
emergió su blancura
tu contorno supremo.

Y al impulso movido
de ardoroso deseo,
se cimbró entre mis brazos
y quedó prisionero.

Me abrasaban tus ojos.
Me quemaba tu aliento.
Y apagó las palabras
el rumor de tus besos.

   ( España, La posada  1928)



SERENIDAD

Aquí, a la sombra de los pinos viejos,
descanso al repechar de la vereda,
quiero, mientras murmura el agua leda,
meditar la razón de tus consejos.

Transida el alma está de amargos dejos.
Sendero de dulzor o ruta aceda,
¿quién hay, humano que decirnos pueda
la dicha o el dolor que aguardan lejos?

De sol, silencio y soledad cercado,
huidera la pasión, la razón quieta,
lo más puro del alma se destila;

y el hombre, de sí mismo enajenado,
siente latir el ansia más secreta
y oye cantar el bronce de su esquila.





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