miércoles, 7 de diciembre de 2016

ANNE SIMPSON [19.702]


ANNE SIMPSON

Anne Simpson (1956) Toronto, Canadá. Poeta, novelista y educadora. Universidad de St. Francis Xavier, Antigonish, Nueva Escocia, Canadá, coordinador del centro de la escritura. Universidad de New Brunswick, Fredericton, New Brunswick, Canadá, escritor en residencia, 2002-03.Miembro de la Federación de Escritores de Nueva Escocia.

PREMIOS, HONORES:

Lina Chartrand Award, 1997; Journey Prize (shared with Gabriella Goliger), 1997, for "Dreaming Snow"; Chapters/Robertson Davies Prize finalist, 1999, for unpublished manuscript of Canterbury Beach; Bliss Carman Poetry Award, 1999, for "Little Stories"; Gerald Lampert Award, League of Canadian Poets, 2001, Atlantic Poetry Prize, Writers' Federation of Nova Scotia, 2001, and Pat Lowther Poetry Award finalist, all for Light Falls through You; Thomas Head Raddall Atlantic Fiction Award shortlist, 2002, for Canterbury Beach; Governor General's Literary Award nominee, for Loop.

LIBROS:

Light Falls through You (poetry), McClelland & Stewart (Toronto, Ontario, Canada), 2000.
Canterbury Beach, Penguin Canada (Toronto, Ontario, Canada), 2001.
Loop (poetry), McClelland & Stewart (Toronto, Ontario, Canada), 2003.
Quick - 2007 McClelland and Stewart






Quick - 2007 McClelland and Stewart



Mano 

Él tenía seis pies de altura, más o menos. Su cuerpo estaba envuelto en blanco, como una gasa alrededor de una torta de Navidad, impidiendo que el ron se derrame. Sólo su mano amarilla se había desenvuelto, y la tomé en la mía, pesando su peso. Sus uñas, que deben haber crecido después de muerto, debían ser cortadas. No me dejo ir. Me aferré como si estuviéramos a punto de tomar la palabra. 



Corazón 

La mujer abrió la caja torácica de él como si se tratara de una puerta y extrajo su corazón. Debería haber brillado. Debería habernos hecho gritar. Giró el pequeño mango, lo metió dentro. Me acordé del martín pescador que golpeó la ventana: los pies rizados, el impacto de las plumas azules desbordando su cabeza, un ojo negro, brillando. ¿Si lo hubiera matado? Eso no era el punto era la tranquilidad. 



Cabeza 

Estaba tan cerca como para tocar su oído, con los ojos fuertemente cerrados. Sus cejas podrían haber sido cepilladas con oro. Si hubiera sido griego, le hubieran dado una corona de hojas. Las mujeres se han lavado su cuerpo con agua de mar, y después, los dolientes contratados habrían cantado el kommoi. Había un mapa exquisitamente dibujado en el interior de su cráneo, con largos zarcillos de río desembocando en el mar. Había llegado tan lejos ya. Mas tarde iría a deslizarse río abajo en la balsa orgulloso de su cuerpo. 



Palas 

Al lado de la catedral los hombres están cavando duro. Ella se pregunta qué están buscando. Ella está haciendo las cosas de siempre, espolvoreando y etiquetando. Ella estuvo ordenando los platos chicos de hielo, en una punta del río, nieve de la última ventisca. Además, ella estuvo prestando atención al viento, que no es más que un anhelo de tocar. Los hombres pasan su tiempo sabiamente, memorizando cómo las palas se reflejan en el sol. Ella estudia la forma en que cavan. Pronto terminarán. Tienen un agujero de buen tamaño, y luego volverán para ver dentro. Ella está esperando al cuervo negro, la forma en que atenta el cielo, haciendo un sonido pedernal. 



Fuego 

Él se está acostumbrando. Cada mañana cuando se despierta, ve fuego en las palmas de sus manos. Las llamas son pequeñas pero distraen. Todo lo que toca inicia el fuego: la silla, la mesa, incluso el espejo. Ahora él está aprendiendo por su cuenta a levantar una cosa a la vez, cuidadosamente. Él sabe que es un regalo de los dioses, pero a veces desea que ellos vuelvan. Pronto será capaz de poner dentro de sus costillas y sacarlo cuando lo necesite. 



Luz 

La luz se desliza a través de su piel cuando ella se mueve sus brazos. Fluye sobre ella y se precipita. Hay días cuando se vierte a través de ella. Piensa en el verano en que Matisse trabajó en Collioure. Él comenzaba a pintar antes del amanecer y trabajaba todo el día, hora tras hora. Trabajaba hasta que sus manos estaban cansadas, pero aun así no se detuvo. A veces había tanta luz en el océano que pensó que quedaría ciego. 



Entre ellas 

La bola de estiércol estaba incrustada en una ramita: el escarabajo pelotero tuvo que resolver el problema. Primero lo empujó, después se fue por debajo. Finalmente liberó el estiércol de la rama y siguió su camino. Sísifo trabajó tan duro como esto - trabajando, trabajando. Después de un tiempo empezó a amar a la roca. Amaba las colinas. Podía sentir a sí mismo entre ellas. 



Lirio 

Se abren. Ayer estaban enrolladas, apretadas. Ahora las alfombras ceremoniales han sido desenrolladas. Pronto un Papa en miniatura vendrá a situarse en el balcón. Nadie será capaz de oír lo que dice. Escuchar con atención las pequeñas campanas, para observar el destello de algo dorado. Después de las oraciones, las hojas del pasto serán bendecidas. Dentro de cada cosa vos podés ver la amplitud de las catedrales. 



Playa 

Bajo sus dedos hay marras, de hoja fina, y un rezago de guisante de playa. Un poco más lejos: el cráneo de un ciervo o un perro, medio enterrado en la arena. La placa plateada - donde está descansando su cabeza - no es más que un hueso blanqueado. No se sabe que es lo que la hace llorar. Mira todas esas mujeres, vistiendo saris azules profundos, inclinándose de un lado a otro, en el océano. Miles, fila tras fila. ¿Están gimiendo o rezando? Escuchá. Seguro que están tratando de decirle algo. 



Sabios 

Hay pagodas blanco rosáceas en el árbol de la castaña. En cada pagoda hay un sabio, con los brazos envueltos en seda. Ella pasa el árbol, escuchando. Al principio, ella no oye nada. ¿Qué es lo que estás buscando? pregunta uno. Hay susurros, suaves, lentos. Se están moviendo a través de los pisos pulidos de las pagodas en los pies calzados con zapatillas. Tenés el poder de matar, dice otro. Hace una pausa, pero sólo hay viento, un velo de lluvia después de otro. ¿No sabías esto? 

(versiones en castellano: Hugo Zonáglez) 



Hand 

He was six feet tall, give or take. His body was wrapped in white, like cheesecloth around Christmas cake, keeping the rum from leaking away. Only his yellow hand had been unwrapped, and I took  it in mine, weighing its heaviness. His fingernails, which must have grown after death, needed to be clipped. I didn't let go. I held on as if we were about to take the floor. 



Heart  

The woman opened his rib cage as if it were a door and removed his heart. It should have glowed. It should have made us cry out. She turned the small mango around, tucked it back inside. I recalled the kingfisher that hit the window: curled feet, shock of blue feathers cresting its head, a black eye, shining. Had I killed it? That wasn't the point was the stillness. 



Head 

I was close enough to touch his ear, his heavily lidded eyes. His brows might have been brushed with gold. If he'd been Greek, they'd have given him a wreath of leaves. Women would have washed his  body with sea water, and afterwards, hired mourners would have sung the kommoi. There was an exquisitely drawn map on the inside of his skull, with long tendrils of river ending at the sea. He'd come so far already. Later he would glide downriver in the proud raft of his body. 



Shovels 

Beside the cathedral men are digging hard. She wonders what they're looking for. She's doing the usual things, dusting and labelling. She's been arranging small platters of ice, a bend in the river, snow from the last blizzard. Also, she's been paying attention to wind, which is merely a longing to touch. The men spend their time wisely, memorizing how shovels glint in the sun. She studies the way they dig. Soon they'll come to an end. They'll have a good-sized hole, and then they'll stand back to look into it. She's waiting for the black crow, the way it strikes sky, making a flinty sound. 



Fire 

He's getting used to it. Each morning when he wakes, he sees fire on the palms of his hands. The flames are small but distracting. Whatever he touches starts on fire: the chair, the table, even the mirror. Now he's teaching himself to pick up one thing at a time, carefully. He knows it's a gift from the gods, but sometimes he wishes they'd take it back. Soon he'll be able to put it inside his ribs and take it out whenever he needs it. 



Light 

The light glides across her skin when she moves her arms. It streams over her and rushes away. There are days when it pours right through her. She thinks of the summer Matisse worked at Collioure. He began painting before dawn and worked through the day, hour after hour. He worked until his hands were tired, but even then he didn't stop. Sometimes there was so much light on the ocean he thought it would blind him. 



Between 

The ball of dung was impaled on a twig: the dung beetle had to solve  the problem. First it pushed, then it went underneath. Finally it freed the dung from the twig and kept going. Sisyphus worked as hard as this - toiling, toiling. After a while he began to love the rock. He loved the hill. He could feel himself between them. 



Iris 

It opens. Yesterday it was furled, tight. Now the ceremonial carpets have been unrolled. Soon a miniature pope will come to stand at the balcony. No one will be able to hear what he's saying. Listen closely for the tiny bells, watch for the flicker of something gold. After the prayers, the blades of grass will be blessed. Inside each thing you can see the spaciousness of cathedrals. 



Beach 

Under her fingers there's marram grass, blade-thin, and a straggle of beach pea. Further away: the skull of a deer or a dog, half-buried in sand. The silvery log - where she's resting her head - is nothing more than a bleached bone. There's no telling what makes her cry. Look at all those women, wearing deep blue saris, leaning this way and that, in the ocean. Thousands, row on row. Are they moaning or praying? Listen. Surely they're trying to tell her something. 



Sages 

There are pinkish-white pagodas on the chestnut tree. In each pagoda is a sage, his arms folded in silk. She passes the tree, listening. At first she doesn't hear anything. What is it you're seeking? asks one. There are whispers, soft shufflings. They're moving across the polished floors of the pagodas on slippered feet. You have the power to kill, says another. She pauses, but there is only wind, one veil of rain after another. Didn't you know this? 

Anne Simpson (1956) Toronto, Canadá Quick - 2007 McClelland and Stewart






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