domingo, 10 de agosto de 2014

ARMANDO SALGADO [12.772]


Armando Salgado 

(Uruapan, Michoacán, MÉXICO  1985). Diplomado en cine y literatura, profesor normalista por la Esc. Nor. Rur. Fed. “Vasco de Quiroga” de Tiripetío, Michoacán y maestro en educación básica por la UPN. 

Es doctorante en el Instituto McLaren de Pedagogía Crítica, en Ensenada, Baja California. Asistió al III Fórum Universal de las Culturas, en Valparaíso, Chile, y a la Casa Museo de la Fundación Pablo Neruda, en Isla Negra, en el 2010. Primer lugar en los Sextos Juegos Florales “Floripondio del Cupatitzio”, 2007, en Uruapan, Mich., en los Novenos Juegos Florales de la Feria de la Fresa 2008 y 2010, además de una Mención Honorífica en el 2009, en Jacona, Mich. Primer Lugar Nacional en el Concurso de Expresión Literaria sobre los símbolos patrios, 2009, en poesía, convocado por la SEP, recibiendo el galardón por el gobernador del estado y el presidente de la república. Primer lugar en los XLVI Juegos Florales de la Revolución Mexicana, 2010, en Jiquilpan de Juárez, Mich. 

Es autor de los libros Liturgias (SECUM, 2011) y Variaciones de una vida rota (SECUM, 2011) con los que obtuvo en el Concurso de Ópera Prima en poesía y cuento respectivamente, el Premio Michoacán de Literatura 2011, Corvus Suvroc (Mantis Editores/H. Ayuntamiento de Hermosillo. Premio Nacional de Poesía “Alonso Vidal”, 2011) y Azogue Suite,(Instituto Cultural de Aguascalientes, 2013. Premio Nacional de Literatura Joven, Salvador Gallardo Dávalos).

Coautor de las Antologías del II y III Encuentro Nacional de Escritores, Ambrosía, (SECUM, 2010 y EÓN, 2011), de la plaquette puente imaquinario (Siete Cyan, 2011), y de La memoria de los atunes, Antología poética de los talleres literarios en Michoacán (SECUM/CIUDAD DE MÉXICO, 2011). Integrante del Taller Literario “Carlos Eduardo Turón”, coordinado por Gaspar Aguilera y miembro de la Sociedad de Escritores Michoacanos (SEMICH). Actualmente se dedica a la docencia en Morelia, Michoacán.




Leningrado

Espíritus de untar. Migración del cementerio. Fantasmas sin frontera.

[Dimitri Shostakovich en la nieve escuchó grillos. Tatiana Sávicheva escribió el rostro del hambre. Los Juicios de Núremberg explicaron la antropofagia y los novecientos días sin alimento ni combustible. El lago Ladoga repleto de cuerpos congelados y el cementerio Piskarióvskoye vociferan con sol entre dientes: “Troya cayó, Roma cayó, Leningrado no cayó”].

El cielo graniza. Cita fragmentos de tormentas.




GAZA

El destino es fósil guardado en el calor de un fusil. Estrellas le colapsan nervios. En sus latidos, caravanas de torres cortan venas de la pared (un  metálico mural ¾sangre¾ flota en el ambiente).

[No hay bajo la sábana cartas de amor, ni las horas de cabeza ni ángeles guardándonos la espalda. La república muere de tristeza. El humo pisa sobre la vida, mutilando brazos. Si hubiese alguna flor, los enamorados matarían por ella. En este lugar el silencio descansa a la sombra de los muertos, la voz se refugia bajo la higuera y atermitado mi puño piensa las palabras que nunca escribiré].

Tengo asma. En esta edad cualquier enfermedad rompe cuadros y rodillas. No hay más sino guerra en tu alforja, como un túnel comiéndote los ojos.





Sarajevo

El sitio es botella de vodka: receta de ceguera.

[Un tranvía cruza la ciudad. Amarro tu cabello a una mariposa. Sobre los Alpes Dináricos arden estrellas de mar. Hebras de árboles enrojando mi aliento. Pasearé en bicicleta. Cruzo el río Miljacka y el Bosna. Llego a Pale. Al doblar a la izquierda un puente trajina tus caballos. Me galopas con tibia claridad y lleno tus pezones con mi lengua de herradura. Entre el frío y copos de ternura, la guerra se congela].

Septiembre negro. Potro azabache.





Bagdad

Toda historia nace a la orilla de un arroyo.

[No fue el cántaro sin agua lo que la sed aprendió, fueron trozos de piedra atizados con pólvora. Veo tu arena desnuda. La invitación a creer en los viajes. Quizá los elefantes encuentren agua; porque los ríos han cicatrizado y sólo quedan grietas donde cruzan —descalzos— los desiertos. La clepsidra gira. El destino se humaniza].

Lejos, cierran libros y los ríos se extinguen.





Bangkok

Veo leones sin rostro. Esfinges sin cabeza.

[La imagen más triste que pudiéramos ver es un barco repleto de infantes rumbo a las fauces de lobos norteamericanos (amantes de la carne fresca). No son leones como los que soñaba Hemingway en un África tranquila con playas doradas entre pardas montañas. Sin importar el costo morderán el cariño de aquellos huesos y al terminar con el eclipse se limpiarán el culo con las sobras].

Este barco tiene varias cabezas. Cortar una, aparecerán tres. Clavar poemas al corazón.




BAHREIN

Puedo sacarme un pueblo de los ojos y mirarme de frente. Con un látigo rasgo el cristal de mi voz.

[Dos carpas de mar dentro de ti. Dos gemelos rasgan su cabeza y descubren que las perlas se extinguieron. En la esquina hay putas que esperan las balanzas del petróleo —vendedoras de pescado agrio— y en su vientre de mezquita no hay sino un trago de ojos mordidos. Un artista sueña un cuadro sobre Manama, los tiburones, el Pérsico. El paludismo flota como vela entre cocinas, olor para las moscas. Sus manos caen al suelo (quebradas por no sostener la jarra ni el cuadro). Quita escamas que obstruyen su nariz, respira rastros de sombra y azota al cuello una soga para jalar del pincel y tirar la vida por el retrete].

Lloran pueblos mis lágrimas: Barcos derretidos ante el grito de un calamar.




HIROSHIMA

De un ciego soy sombra. En mi arena la corteza de un árbol. Él escribió y voló tras el silencio.

[8:15. Bebía café. La luz rasgó con hoz el horizonte. El líquido evaporado quemó mi garganta; al instante las partículas de mi cuerpo quemaron la garganta de la vida].

Ofrezco una aurora —no hay respuesta— y otra bomba vuelve a detonar.







CAJA DE RES­O­NAN­CIAS, ¿RUIDO O ARMONÍA?

Armando Sal­gado, Estancia de áni­mas, Fondo Edi­to­r­ial Tierra Aden­tro, Méx­ico 2013, 84 p.

Por Fernando Carrera

Desde los dos epí­grafes ini­ciales, así como desde el título mismo (Estancia/ánimas), se puede obser­var la doble nat­u­raleza, física y metafísica, de la cual surge y sub­siste la mate­ria de este con­junto de poe­mas. El pen­samiento humano, hasta la rup­tura de cuerpo y alma infun­dida por la manip­u­lación del cris­tian­ismo, con­cibió siem­pre la real­i­dad física, o aque­llo que lla­mamos real, y el mundo de lo mágico y el sueño, como una sola nat­u­raleza, un mismo plano. Si un hom­bre en el sueño había acechado y matado a un tigre, efec­ti­va­mente había suce­dido, y ese hecho era ya parte de su camino espir­i­tual y de su expe­ri­en­cia física: los muer­tos vivían y cam­ina­ban entre nosotros. Estancia de áni­mas surge de esta intu­ición cen­tral: la del­gada o nula fron­tera entre lo físico y lo metafísico –el uni­verso onírico sucede y arde en el ros­tro de la real­i­dad–  que en el autor, por su raíz y ori­gen cul­tural, esta com­pren­sión se da con inocen­cia y ver­dad, y a par­tir de esa plataforma plantea el con­flicto cen­tral que motiva al libro. Cito el epí­grafe del poeta Jorge Esquinca que abre el primer apartado del poemario:


… soñábamos con los ojos
abier­tos     el mundo en lla­mas
la mate­ria del sueño


La madre del poeta es la lengua y, su ali­mento prin­ci­pal, el lenguaje. Para el poeta, el lenguaje como la vida dis­cur­ren a su vez en un con­flicto per­ma­nente entre la piel aban­don­ada y resid­ual de esta ser­pi­ente, que repta desde la primera artic­u­lación ver­bal del hom­bre prim­i­ge­nio, hasta su próx­ima rev­elación, de la cual el poeta querrá ser gen­er­ador o deposi­tario. Así tam­bién en la vida: el poeta existe en el con­flicto per­ma­nente entre la real­i­dad y el diál­ogo de amor/odio con sus muer­tos, es decir, los poetas, hijos de esa y otras lenguas que lo antecedieron.

*

La his­to­ria humana, desde cierta per­spec­tiva filosófico-humanista, puede verse como una sola gran trage­dia, una larga agonía con un propósito incierto (más allá de la sim­ple y llana super­viven­cia) den­tro de un plan­eta a su vez entre­gado a un vér­tigo caótico, incierto e indifer­ente. En este sen­tido, tal vez cada his­to­ria per­sonal emule de alguna man­era lo ante­rior. Sal­gado tit­ula “Agonías” a la primera sec­ción del poe­mario y, como la his­to­ria humana, ati­nada­mente la sub­di­vide en dos sec­ciones: A.C y D.C.
En el prin­ci­pio fue lo blanco, la simiente nada que es blanca (lúpulo de ánge­les… ánge­les y esperma, dice el poeta): una vez más la doble nat­u­raleza física y metafísica en un solo ele­mento (ánge­les esper­mas) que abre todo, donde comienza la lengua con la que nos hablará, la “langue amarinna” (p. 19), bello neol­o­gismo para decir la lengua al mar y a Mina (reen­car­nación de Jés­sica Gorety, a quien ded­ica el vol­u­men). Es con este mate­r­ial con que Sal­gado con­struye el andami­aje del naufra­gio, el del­gado hilo por el que cruzare­mos su abismo.
Abismo es el mar, el mar que es nido fantasmal/ de pájaros muer­tos, dice el poeta en el mismo texto donde nos recuerda que en el otoño de 1854 nace Rim­baud. Voz que es pájaro muerto y mar: muerte y ori­gen. Ori­gen de un momento defin­i­tivo en la his­to­ria de la poesía, en su con­flicto recur­rente, y en la his­to­ria de Sal­gado, un antes y un después en su for­ma­ción y búsqueda como poeta. Ori­gen, para él, de esta agonía.
Cera, semen, ele­men­tos de lo blanco. Sím­bo­los. El primero (la cera) es mate­r­ial para for­mar fig­uras y, de man­era par­tic­u­lar, velas, cirios: arte­fac­tos que siem­pre han tenido el doble propósito de ilu­mi­nar la oscuri­dad (fin mate­r­ial y prác­tico) y abrir un canal hacia lo metafísico, donde las almas y ple­garias puedan encon­trar el camino cor­recto hacia lo más sagrado. El segundo (semen) es sus­tan­cia y poten­cia de vida. El semen deposi­tado por el amante (Ver­laine) en la boca del “ángel en exilio” (así apod­aba Paul a Rim­baud) será la cera con la que el poeta forme la vela de su voz y encienda algu­nas pal­abras que ilu­mi­nen la nueva ruta. Ver­laine, la sor­pren­dida víc­tima, es el hom­bre que muere sac­ri­fi­cado, ful­mi­nado en la blan­cura (el abismo que abre el ángel) del deseo, la doble espada que lleva con­sigo. A par­tir de aquí el dis­cur­rir del libro sucede en una sin­fonía coral, múlti­ples per­son­ajes de la vida de Rim­baud que darán voz a los poe­mas: Ver­laine, el pro­pio Arthur, su madre; en la prosa poética de la página 34 “Vitalie”, por ejem­plo, aparece asimismo la voz de una de las her­manas. Prob­a­ble­mente sea Victorine-Pauline o la her­mana que le sucedió, Jeanne-Rosalie, ambas nom­bradas tam­bién Vitalie. Parece más prob­a­ble que sea la segunda, por su pre­matura muerte, desde donde nos habla, pero más bien creo que es un juego donde se entremez­clan ambas voces. Para des­doblarse y ejercer el diál­ogo con el uno mismo que ya es otro, Sal­gado apela a la tradi­ción, a cier­tos rit­uales apren­di­dos en su expe­ri­en­cia como lec­tor de poesía e imita: como si de un con­juro de un viejo libro de hechicería se tratase, nom­bra ese frag­mento de la propia voz, que al nom­brarlo ya es otro, vaso de res­o­nan­cias que es uno mismo.
La escrit­ura trae con­sigo la muerte o, para ser más pre­cisos, la escrit­ura es cáncer en los ojos. “Éste pro­ducto causa cáncer”, deberían de tener esta leyenda todos los libros, la buena lit­er­atura en par­tic­u­lar, ¿y cuál es ésta? La viva sim­ple­mente, ningún otro parámetro. Rim­baud lo sabía (pre­coz sui­cida lleno de inqui­etud) y sin más la aban­dona.
En A.C y D.C. los poe­mas con­for­ma­dos son en sí un solo poema-trama. Lit­er­atura a par­tir de la lit­er­atura basada en cier­tos momen­tos y ras­gos biográ­fi­cos de un per­son­aje, pero no como dato histórico sino como recreación emo­tiva desde la imag­i­nación del poeta joven que miti­fica y tiene fe en su santo, en la nat­u­raleza ácida y demo­ni­aca de un momento en la his­to­ria en que un joven casi ado­les­cente extrajo de la poesía sus cual­i­dades más oscuras y vio­len­tas, ren­ován­dola mesiáni­ca­mente; pero a difer­en­cia de aquel otro mesías (el histórico) que para cumplir con el propósito de su locura se entregó al sac­ri­fi­cio, aquí l’enfant ter­ri­ble sac­ri­ficó la escrit­ura poética de su tiempo, tor­turán­dola hasta elim­i­narla. Hasta con­seguir, muy a su gusto, una nueva ruina qué aban­donar.
Vamos cronológi­ca­mente hacia atrás, en apari­en­cia, con­tinúa el coro: Ner­val, Baude­laire, etc. Rim­baud aparece de nuevo, ya no como per­son­aje sino como sím­bolo en el dis­curso interno de los tex­tos. La téc­nica fun­da­men­tal es la del verso libre y el frag­mento, incluso en los tex­tos en prosa, la proso­dia es la del verso, res­piración asmática en la suce­sión de imágnes, simultánea y entrecor­tada. A par­tir del poema “Arthur Rim­baud habla a través de los nuevos poetas”, suce­den dos aspec­tos de eje­cu­ción y con­tenido, con mayor clar­i­dad: Se explota con mayor énfa­sis el dis­curso met­al­it­er­ario para señalar el con­flicto gen­era­cional, per saec­ula saecu­lo­rum, de los poetas. Con­flicto aquí planteado como sub­y­a­cente al de la mod­ernidad y al de la mal lla­mada “Pos­mod­ernidad”; y cier­tos anacro­nis­mos ver­bales como residuo de este con­flicto. Cruce de lenguas, un mismo con­flicto trans­plan­tado: Fran­cisco Hernán­dez dialoga con Arthur, sin darse cuenta que éste, que fue la rup­tura de su tiempo, ya es parte de lo estable­cido. Gamoneda tam­bién tes­ti­fica su aban­dono, recuerdo del fuego antiguo y deja de escribir. Después del vér­tigo feroz todo se difumina y sed­i­menta irre­me­di­a­ble­mente. ¿No esta­mos, pues, ante un falso prob­lema? Ante el epí­grafe de Bernard Shaw que abre el libro, “he dejado atrás el soborno del cielo”, me pre­gunto, ¿en ver­dad a él se ha renun­ci­ado?
Más allá de la mitad del texto, entramos a la segunda sec­ción del libro. Según la Real Acad­e­mia Española, la pal­abra en español que refiere a este voca­blo es “gri­morio”, que sig­nifica: “Libro de fór­mu­las mág­i­cas usado por los antiguos hechiceros.” Tam­bién este voca­blo pro­cede del francés gri­moire, y éste es a su vez una alteración de gram­maire, es decir, gramática, según el Tre­sor de la Langue Française. Esto se debe en parte a que, en la Edad Media, las gramáti­cas lati­nas (libros sobre dix­ión y sin­taxis) eran fun­da­men­tales para la edu­cación esco­lar y uni­ver­si­taria, y por ende con­tro­la­dos por la igle­sia católica, por lo que la inmensa may­oría ile­trada sospech­aba que estos libros no ecle­siás­ti­cos eran mági­cos, de ahí la trasposi­ción semán­tica del voca­blo.
Un cuerpo enfermo es otra forma de lumi­nosi­dad, dice Sal­gado, y así le da entrada a un nuevo per­son­aje y una pequeña nueva épica: la del escritor uruguayo Hora­cio Quiroga. La escrit­ura no sólo es cáncer, sino hechicería y embrujo que lo deja a uno maldito. A través de los poe­mas de esta nueva invo­cación se sostienen el hilo y ten­sión ele­men­tal con la sec­ción ante­rior. Quiroga se sui­cida al saber que tiene cáncer: sím­bolo y signo ya evi­dente del poe­mario, puente directo con Rim­baud, quien tam­bién murió de cáncer. Así poco a poco vamos com­pren­di­endo: la escrit­ura cre­ativa, sobre todo cuando es poética, car­come, trans­grede para ser. Si no fluye, ya no es. Cuando el lugar donde escribían se agotó y el aire se volvió irres­pirable, ambos huyeron: Arthur al África, Hora­cio a la selva. Rim­baud dejó no sólo Fran­cia sino a la poesía: aban­dono sin más. Sal­gado intuye con clar­i­dad lo ante­rior y nos dice:



Guardar respeto y no reír en misa
ni frente a muer­tos
ni ante el revólver
Evi­tar la ima­gen de la her­mana desnuda
Rizar la escopeta
y el ros­tro de las putas en el mercado

No puedo: con la risa afi­lada
muerdo san­tos sin cabeza



La gramática es arti­fi­cio, no lo olvidemos, y en algún punto miente, mág­ica y maldita al fin. Los escritores son malditos, hay que aban­donar­los y moverse. Con una mano crea y con la otra destruye, así el escritor, el poeta. La misma fecha en la cual Quiroga decide enve­ne­narse con cia­nuro, lib­era de su claus­tro en el sana­to­rio al deforme Vicente Batistessa, en un acto de com­pasión humana. La lit­er­atura, esta estancia de áni­mas donde somos aparato de petróleo. Luz. Negra luz. Oro repleto de oscuri­dad. Yacimiento de cenizas rotas.
Último apartado del poe­mario (Capri­chos), en apari­en­cia no ten­dría más jus­ti­fi­cación para estar en el mismo con­junto que las ante­ri­ores sec­ciones más que eso, el capri­cho, pero esto sólo en apari­en­cia. Más que apartado, un apéndice final, rompe en tono y con­tenido con el resto del libro, entonces, ¿cómo rec­on­cil­iar­los?
La respuesta es que no hay rec­on­cil­iación, sino decon­struc­ción, rup­tura, har­tazgo. Es aquí, en medio de la dev­astación y el caos que rep­re­sen­tan estos últi­mos poe­mas donde Sal­gado por fin se mues­tra, renun­cia a las más­caras y voces de otros, para, desde un abstracto más her­mético pero más per­sonal, decirnos que la poesía no basta, nunca es sufi­ciente porque está hecha de lenguaje. Mejor la música, no nece­sita de pal­abras; la música que es la elocuen­cia abso­luta.
Esta­mos ante el naufra­gio, seño­ras y señores, no hay con­cilio ni indul­gen­cia posi­ble. El cáncer se ha apoder­ado de este cuerpo, esta escrit­ura que ten­drá que con­sumirse. Como buen michoa­cano, Sal­gado cel­e­bra la muerte y nos entrega un libro de muer­tos. Ha com­prado un pasaje en primera clase al crucero que se hundirá irre­me­di­a­ble­mente en medio del océano, sin haber con­seguido nada ni haber lle­gado a lugar alguno. Su capri­cho (como los del furioso vio­lín de Paganini) es lle­varnos con­sigo a la pér­dida. Pero, ¿quién puede afir­mar que no sería bello con­tem­plar un naufragio?




Cruz de Tierra

Armando Salgado



I

¿Dónde estamos, Senobio? Es Cruz de Tierra, maestro. El lugar donde viven los muertos. Todos se encuentran sepultados tres metros bajo aire. Aquí no aventamos puñados de tierra para despedir a los difuntos, se lanzan costras. Recuerde la entrada del pueblo. Hay cruces y costras. Mi mamá dijo que allí están las mías. Por eso sé que todos estamos muertos. Acuérdese de Guille, la de sexto año. Se volteó en la camioneta con toda su familia. Ai pa’llá derechito en la curva. Nadie supo cómo fue ni cuántos se mataron. A la semana siguiente ella declamaba en el acto cívico de la escuela, así, nomás así. Le escurría sangre de la falda y los movimientos que hacía dejaban ver sus manos aunque ya no las tuviera. Dijo don Beto que estuvo fuerte el accidente. Los cargaron hasta el hospital de Cuatro Caminos y no quisieron atenderlos. Usté sabe que se ocupa dinero y aquí lo único que tenemos son alacranes de sobra. A Guille se la llevaron hasta Apatzingán. Ve por qué le digo que Cruz de Tierra es un lugar de muertos. Usté está muerto y yo también. Todos, todos estamos muertos. Senobio, ¿por qué en clase no hablas como ahora?, siempre estás callado, pareciera que… no existes.

Los ojos de Senobio eran negros. Negro muerte, hambrientos. Negro sol. Calientes. Ojos de tierra caliente. Su mirada quería respuestas que pudieran devorarse. Cargaba una guadaña y un morral lleno de piedras. Para el hambre maestro, para el hambre, decía.

Me la paso pensando en los chivos. Fíjese que ayer se escaparon del corral y mi apá me pegó con la pistola en la nuca. Era mi tarea. Se enojó porque el burro pardo le dio una patada al chivo más pequeño. Lo iba a vender para el quinceaños de Mari. Y pues con el golpe me rompió la cabeza. Es que era mi tarea, maestro. Sólo sentí el cabello mojado, muy caliente, parecía un comal. Cerré los ojos y mastiqué mi saliva para abrir los párpados y ver a mi mamá otra vez. Ese día me enterraron. Mi abuelo llegó de Poturo. Lo escuché. Peleó con mi papá. El ruido de un machete rasgó la caja donde estaba tendido y el aire se calentó otro tanto. Imaginaba a mi mamá con su rebozo puesto para taparse las penas y este sol que muerde. Ay, maestro, el suelo de este lugar hierve por la fiebre que les da a los muertos en tiempo de secas. También enterraron a mi abuelo, a mi lado. No pude tener mejor compañía. Mi mamá nos cobijó con su llanto para que aguantáramos las heladas bajo tierra. Aunque la verdad, no hacía falta. Ya le dije que aquí la fiebre nos pega duro. A ver, antes que se me olvide porque ahorita me acuerdo y siempre me lo pregunto, dígame maestro, ¿por qué los patrones no compran las vacas que están pintas? Según porque la carne no es jugosa, pero no lo creo. No entiendo a los adultos, se enojan por cualquier detalle y quieren arreglar sus errores con golpes. Le inventan historias a todo. Ah, sí, es por eso que no hablo, maestro. Pienso en las vacas, en los chivos, en los burros y… en Guille. Míralo, tan chiquillo y tan volado, mejor vámonos, Senobio, ya es tarde. Tenemos que llegar con tu papá para que me dé las llaves de la escuela. Y pues creo que todas las vacas son iguales, son cosas que se han de inventar para pagarles mucho menos de lo que cuesta realmente una vaca. Espero pasar otro día por aquí y me cuentes más cosas sobre las cruces. Que ni lo mande Dios, maestro. Si los muertos vienen a este lugar corren el riesgo de revivir. ¿No le da miedo vivir otra vez? No, Senobio. No me da miedo. Podría corregir muchas cosas. A mí, no. ¿Quién les daría de comer a mis chivitos?

El rancho donde trabajo se llama Potrero Grande. Pertenece al municipio de Churumuco. Su población se dedica a la pesca. No hay fruta, ni arbustos, sólo crecen huizaches, alacranes y piedras. Los potreros son más grandes que el olvido y los animales pierden su cordura gracias al calor. El viento que aquí sopla es el resuello de un muerto borracho. 



II

Sí, maestro. Hay un dineral en esa cueva. Las curanderas del Balsas lo dijeron. Si quiere sacarlo tendrá que ir con muchas personas. En la entrada, dijeron que se aparecería un toro. Una lumbre verde indicará el camino a seguir. Pero en eso, a quien le toque, el toro se echará al plato a algún fulano o a varios. Los aventará cuesta abajo, a la barranca. Nadie podría reponerse a esa caída, ni el más muerto. Ya con eso se podría sacar el dinero. Lo que quieran. Pienso que hay harto. Uta’ pa’ventar pa’rriba. Es pues un encanto y así son, siempre te piden almas. Usté dirá si vamos. La merita verdad, siento que son puras chaquetas, a la mera hora han de querer que saquemos todo lo que hay y si no podemos, siento que ese mugre animal nos la anda partiendo a todos. Con eso no se juega. ¿No cree? Ahí está pues la cueva, si se anima, ai me la cuenta, si regresa. Yo paso, don Martimiano. La avaricia puede taparnos con telarañas los ojos y hasta dejarnos ciegos, aparte el dinero no es todo en la vida. Pero si ya estamos muertos, maestro, es lo que les digo a todos pero cómo alegan. No perdemos nada, nada. ¿Y si perdemos todo? Qué haría si lo volviera a perder, Don Timi. ¿Usté cree, maestro? Pues no sé, no hay nada más que puedan quitarnos. 



III

Si Dios inventó los ángeles tuvo que haberte imaginado, pequeña. Gracias, papi. Lo bueno que vienes a verme todos los días. Por eso duermo bien. Gracias por las flores, me gustan mucho y más, las amarillas. Oye, papá, ¿por qué dicen que los muertos asustan?, me da mucho miedo. No te preocupes pequeña, lo que pasa, hija, es que algunas personas al morir dejan asuntos pendientes, y esas deudas se vuelven recuerdos que la tierra se apropia. Los espantos son recuerdos de la tierra. Son huellas que quedaron marcadas y que en momentos vuelven a soplar junto al viento. Pero así como llega el aire, pronto se va y se pierde si nadie lo escucha. No hagas caso, pequeña. ¿Y si escucho a mi mamá?, a veces me llama, me dice que vayamos al mercado. Me pregunta cosas. No quiero que el viento se la lleve, papá. No quiero. Mejor piensa cosas alegres como que ¡ya mañana regresas a clases! Puedes saludarme a Senobio, por favor, dile que cuide a los chivitos y que se ponga a estudiar, es que ese niño me cae bien. Claro que sí, hija, le diré. También te saludaré a los chivitos. Pero anda, vete a dormir, pequeña, es tarde ya, y también tienes que madrugar y descansar. Descansa en paz, hija mía.



IV

Es cierto, maestro. Los escorpiones sí existen. ¿Conoce las iguanas?, ¡ah pa’ la manteca pues son de ese tamaño!, hay dorados y hasta con pecas amarillas. Matamos ya dos. Una vez colgamos en aquel huizache uno medio vivo. Pos antes de que se muriera el diantre animal no se nos secó el árbol con la sangre que le escurría. Sí. Mata con la sombra. Para colgarlo usamos palos. Si toca su sombra lo mata luego, luego. En las cuevas abundan. Es venenoso el mugre. Si quiere matarlo de volada aviéntele un terrón de mierda seca, sí, de vaca, es la mierda más efectiva. Son muy duchos y brincan reteharto. Están rasposos. Fieros, fieros como su madre. En estos rumbos hay onzas y son las que se los comen. ¿Nunca ha visto una? Aquí son las que vienen por las gallinas y hasta a los puercos se andan echando. Son toscas, y tienen la forma de tigres, sí, salvajes, montañosas, mero agrestes. Se chingan a los becerros. Están chicos y no pueden ni siquiera repelar. Uta, también las méndigas culebras que se les pegan a las chichis a las vacas y les maman leche. Sí, hombre, la purita verdad. Un día véngase conmigo en la noche y vamos a los corrales. Las vacas piensan que son sus becerritos y las alimentan. Y luego las tarántulas, andan de piedra en piedra. Se meten en la ropa doblaba y hasta en los trastes. Les echamos alcohol y les prendemos un cerillazo. Aquí lo que sobra no es el hambre, son los animales y todos los espantos que pueda pensar. Todo pasa en un pueblo podrido, maestro. Nos pudrimos y no se puede hacer nada. Es la costumbre. Nos gusta vivir así. Pero a veces da risa. Como aquella roca donde está un guayacán, ahí pa’rribita se aparece un borrego con los ojos bizcos. Pide agua. Le dice: vendameeaaaguuaaa. No es broma. Ya le dije, véngase una noche y nos vamos a venadear. Quién quite, maestro, y nos encontremos un escorpión. Se pone buena la cacería, nos llevamos unas buenas lámparas y unos tragos de mezcal para aguantar la desvelada. Los venados bajan del cerro y buscan frijol en el lote de Don Huicho. Les gusta a los condenados. ¿No ha comido venado? Uta’ viera cómo lo prepara Lorenza, mi vieja, le queda de madres, sabroso como el ceviche que me aviento. Ah, ésos son rumores. Una vez traía un ticuiliche. Esos que parecen lagartijos y pos se lo aventé a Matilde. Creyeron que lo había aparecido así nomás de la manga. Mi abuelo era huesero. Me enseñó a curar torceduras, empacho, mollera caída y hartos males. Por eso creen que soy brujo. Conozco de remedios y he curado a mucha gente. Vienen desde San Jerónimo a verme. Pos ya les toca venirse en lancha o llegar en burro como usté. Hasta de Morelia han venido. Y de Uruapan, Nueva Italia, Huacana, Tacámbaro, Pedernales. Mire, cuando le pique un alacrán, cómase un diente de ajo. Puede ir metiéndole a un frasco con alcohol muchos alacranes. Sí, vivos. Sin ponzoña, pues. Póngale tantita mariguana. Le servirá para cualquier picadura de alacrán y para los golpes y reumas. Es mejor morder un ajo. Es que le llega directo a la sangre. Hay otra forma de curarse cuando no tiene ajos ni alcohol. Eso lo saben todos y se usa de mera emergencia. La calabaza. No, hombre. Es que no jallo cómo decirle. Miércoles. Me río, pues. Ándele, excremento de uno mismo. Nomás poquito, lo que alcance la punta de la lengua y con eso lo juro, se cura de cualquier picadura. Una vez andaba sacando piedra en el cerro grande y me picó una culebra. No la pensé dos veces y ándale, se me quitó la fiebre. No se preocupe por todos los alacranes que ha matado. Ciento veinte son pocos. Si contara los que he visto en mi vida entera llenaría el río Balsas. Aquí las piedras sudan alacranes, maestro. El sudor es hijo de la fiebre y los alacranes de las piedras, por eso están tan calientes como la morra de uno cuando mero tiene calentura. No pos sí. Algunos ya se fueron del rancho. Están allá arriba. Uno los recuerda como eran antes. A veces se les escucha. Los lloras. Hablas con ellos como si te oyeran. El eco es más viejo que el diablo y nos la voltea, nos hace creer. Estoy bien ingrido a la memoria y pues en mayo los vientos del norte traen consigo mil recuerdos, maestro. Nos llega la nostalgia y usté sabe que no hay pueblo donde no crezca. Nos encerramos en las casas a pensar en aquellos que cruzaron el otro lado del río. ¿Por qué no me voy con ellos, pa’llá? Es que crecí aquí. Tengo mis hijos. No tenemos que pagar por el agua como en la ciudad. Tenemos harta leña. El río nos da pescaditos pa’ comer. El hambre que aquí se tiene es diferente. Es un hambre seca. Caliente. Y ésta sólo la padecen los muertos. Mi padre me enseñó que aunque estemos hambrientos y queramos regresar debemos de permanecer aquí entre nosotros. Además, el calor cobija a gusto en el invierno. Qué otra cosa puedo pedirle a la muerte.



V

¿Entonces estamos vivos, maestro? Sí, Senobio. Estamos vivos. Lo que pasa que muchas veces creemos estar olvidados y nos alejamos de nosotros mismos. Tenemos hambre de vivir. Pero la mente nos engaña y nos recuerda el vacío y nos sentimos vacíos. Y se hace costumbre. Pero, maestro, ¿por qué no tenemos piel? Mire mis huesos, vea los suyos. ¿Aparte no tira todo el mezcal cuando lo toma? Y tú, Senobio, ¿no sientes un hueco en el estómago cuando escuchas historias de aquellos que se fueron ya?, ese hueco es lo mismo a no tener piel o a que los huesos se nos vean. Pero maestro, ¿y los pescados sin escamas, ni carne, los perros con el cuerpo pelado, chorreándoles sangre del hocico, ellos qué, también saben del hueco que dejan los demás?, ¡estamos muertos, maestro, muertos, escúchelo bien, muertos! Senobio, dime, ¿quién dice que lo estamos? Sólo nosotros, lo repetimos una y otra vez. Lo venimos creyendo desde la infancia, así lo creyeron nuestros padres y sus padres y los padres de nuestros abuelos. ¿Por qué no estar vivos?

Senobio cerró los ojos. No sé cuánto tiempo. El tiempo es otra cosa que en tierra caliente no existe. Al menos en Potrero Grande. Junté algunas piedras y lanzándolas al río Balsas miré su anchura, larga como dos cuadras de ciudad. Las garzas cruzaban el cielo y el viento soplaba mientras atardecía o amanecía. Hacía tiempo que había dejado de dormir y el día y la noche me resultaban lo mismo.

¿Maestro, cree que al vivir nos paguen más cuando vendamos la mojarra? Es que aquí dan cualquier cosa. Escucho lo que dice mi amá. Pagan tres pesos por kilo. Mi apá pues siempre se enoja por eso. No pueden venderle a nadie más. Ya ve cómo están las cosas en el rancho. El dinero falta. Sin él, no comemos. Por eso la gente se va y las casas así como nuestros estómagos se quedan vacías. ¡Maestro!, ¿mis chivitos podrán pastar zacate verde allá en el cerro, fresco, bien fresco? Eso tú lo decidirás, Senobio, sólo tú. Nadie vendrá a decirnos qué está bien y qué no, ésa es nuestra tarea.

Senobio se limpió los ojos. Arremangó su pantalón. Y contemplando el otro lado del río asintió con la cabeza. Tenía una cicatriz grande en la nuca. Pero eso ya no importaba. Nos iríamos. No habría marcha atrás. Era un momento importante, lleno de piedras y alacranes pero eso tampoco importaba. Porque, al fin, Senobio comprendió que no estábamos muertos.


***







Corvus Suvroc, de Armando Salgado


Por Manuel Parra Aguilar

“En el invierno nacen los ángeles”, inicia Corvus suvroc, libro con el cual Armando Salgado (1985) obtuvo el X Concurso de Poesía del Pitic.

Exponencialmente plástico, Corvus suvroc tiene como fondo la vida de Vincent van Gogh; a ella refiere en cada momento, al igual que parte de la obra pictórica del artista holandés y su reflexión sobre la vida, la suya propia.

La voz poética de Corvus suvroc crea una atmósfera plástica y se instala en ella, en la exposición de las emociones y reflexiones del artista holandés, sin limitar su exposición en la palabra misma, ni en la obra del pintor. Por momentos pareciera que esa voz poética tomara de la mano al lector y lo trasladara por cada resquicio de la exposición representada en el libro a través de atmósferas de retratos de Vincent: gran parte de los poemas de Corvus Suvroc tienen como título cuadros de Van Gogh.

La obsesiva referencialidad, la contundencia post impresionista y la plasticidad metafórica de Corvus Suvroc encuentra su fuerza lírica en lo exponencial de la palabra y el efecto de la imagen: “Sólo pintaré lo que el/ pecho me dicte a los dedos”, señala la voz poética en “La recámara de Vincent en Arlés, 1888”.

En estos poemas realizados en primera persona, Vincent habla de lo que ve, siente y vive:

Captura

Para la voz poética de Corvus Suvroc el espacio al que refiere no es la inmensidad del mundo en el cual se encuentra, tampoco es el óleo en sí; es el espacio donde ese hablante se reconoce y se contempla: el interior del artista. En esa contemplación, el poeta Armando Salgado expone una representación de la realidad, según una perspectiva platónica: el arte es una copia de la realidad: el poema (copia de la realidad) habla de la copia de una realidad (la pintura): “Perplejo, pintó un cuadro sin bardas, una cama y la piel/ de un girasol tatuado con sedantes”. (Campo de trigo bajo un cielo nublado, 1890).

Con Corvus Suvroc se cumple una de las máximas del impresionismo literario expuesto por Stéphane Mallarmé: “Pintar no la cosa, sino el efecto que produce”. Justo eso logra Salgado en su libro: atiende a los sentidos y los productos de estos en las imágenes de Vincent van Gogh. Tal vez por ello Corvus Suvroc  sea una ofrenda de girasoles cortados “al ritual de la pintura” por medio de la palabra.









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