martes, 16 de junio de 2015

STEWART MUNDINI [16.277]


Stewart Mundini

Algeciras (Cádiz)
Empecé a escribir poesía a esa edad a la que todo el mundo empieza a escribir poesía. 
En mi casa la poesía crecía en los cajones, estaba muy familiarizado con su lectura ya que mi madre (Paqui Galán) guardaba carpetas antiguas con folios llenos de poemas mecanografiados, de su época de estudiante de magisterio en Cádiz. 

Siempre he tenido un alma científica, siempre se me dio mejor la química y la física que la literatura. Empecé la carrera de Químicas en Granada, pero me pasé dos años en la cafetería de la facultad hablando con unos y con otros sobre el origen de la vida y ese tipo de cosas. Siempre he tenido tendencia a intentar desentrañar los mecanismos que regulan cada cosa. 

Mucha de mi poesía, de toda mi poesía, habla sobre el proceso poético, describo en muchas ocasiones el modo en que me siento a escribir, son poemas casi autoreferenciales. 

A los 19 años escribí un breve relato “carta de suicidio” en el que explicaba que todo cuanto escribía era verdad, pero que lo negaría si me lo preguntaban… lógicamente cuando me preguntaban explicaba que no era verdad y me divertía intentando convencer a mis amigos de que no tenía ninguna intención de saltar por ninguna ventana. Creo que fue la primera vez que utilicé premeditadamente la literatura para confundir a quien leyera. 

Aquello no era más que un truco burdo que he ido tratando de refinar desde entonces… así es, creo, mi poesía. 

Por otra parte, ser padre me hizo tener, de repente, un sentido de responsabilidad con las cosas que escribía, una sensación de posteridad que me obliga a buscar incansablemente modos nuevos de engañar al lector.




Amontonar palabras

Amontonar palabras, eso es lo que hago.
Ya basta de colgarme la etiqueta,
de aparentar sin atisbo de vergüenza.
Amontonar palabras y silencios,
(lo de los silencios ha sido el último hallazgo)
Experimentar con ellos es casi como sumergirse
en un océano de dudas sin respuestas,
de ecos lejanísimos apenas perceptibles.
La idea es dejarte con la sensación de que algo falla,
que notes ese viento insolente
de inseguridad que acompaña a las tragedias,
y dudes entre huir y esperar a ver cómo lo resuelvo.
La solución, (lo irás comprendiendo con el tiempo)
no está reñida con la huida, ya ves, incluso, en ocasiones
serán la misma cosa.
Y entonces te quedarás totalmente vacía,
como una cáscara inservible que acogía
(observa el pretérito imperfecto)
la realidad de un mundo adulterado
por montones de palabras.
Y pensarás en culparme, con un dedo acusador,
tal vez, o con una mirada.
Verterás sobre mí toda tu mierda
convencida de que merezco tu hojarasca.
Pero, querida, hay un par de cosas que no sabes,
no sabes, por ejemplo, que soy inmune,
impermeable,
del modo en que lo son las hojas del anturio.
Desconoces también que llevo la lluvia por dentro,
y que el veneno y el llanto que quieres hacer míos
no pueden atravesar este muro de plástico y tormenta.
Amontonar palabras y silencios, es lo que hago,
la rabia, el dolor, la nostalgia, la ira incontrolable,
el instinto asesino, la locura, el deliro

esas son ya cosas tuyas, no me culpes a mí,
yo no hice nada.
Quise aprender a dibujar con las palabras
a esculpir con ellas, a pintar cuadros
hermosos, a veces, a veces aberrantes.
Quise encontrar el frágil equilibrio,
desentrañar la alquimia y entender cómo funciona,
qué secretos mecanismos se activan
con qué secretas palabras,
hallar la concordancia.
Quise aprender a decirte:
-“Niña, ven a beber de este agua que mana
como de una fresca torrentera,
abrázate al amor que mis labios ofrecen
como ofrece la primavera sus pigmentos,
niña, vente a vivir conmigo a la locura”.
o aprender a decirte lo que sea que haga
que se erice tu piel de un modo irremediable.
Quise asimilar la arquitectura, hacerla mía,
someterla a mis sádicos dictados.
Tener entre mis dedos una llave maestra
que te abriera el corazón y si acaso las piernas.
Y decirte, así premeditadamente,
que confíes en mí, que me tiendas la mano,
que a veces pienso en ti como suelen hacerlo
los psicópatas,
que te imagino desnuda a todas horas
paseando tu piel, en una huerta, por ejemplo,
y que haces mayor el chirrido del verano.
Y saber qué palabra es exactamente
la que te hace palpitar
el corazón y los dedos, para decirla lentamente
arrastrándola, acariciándote con ella
y conocer de antemano la hora exacta de tu orgasmo,
para cerrar yo mis ojos y envolverme contigo.
Quise saber, pero es difícil,
y tú ya conoces cuáles son mis puntos flacos…
Jamás he sido bueno con las adversidades,
pero mira esta vez, amontonar palabras,
no es todo lo que hago.




Se supone

Se supone
que ahora que todo se derrumba
es cuando frotáis
vuestras manos codiciosas,
y os relaméis como alimañas
ante los pútridos restos
de un animal en ruinas.
Se supone
que ahora que la lluvia no llega
y no respira mi pecho
más que polvo y desierto,
es que tengo que mirar al cielo
implorando clemencia.
clemencia…
Meteos la clemencia por el culo,
No voy a arrastrarme
como un gusano minúsculo
que no sabe de la vida
más allá de su puta manzana.
No voy a caer
en vuestra trampa de pobreza inventada
para criaturas con sed
y hambre
y miedo.
clemencia…
Me río de vuestra pantomima,
del castillo de naipes
que protegéis con mentiras
que ya no se sostienen,
me río de vuestra incapacidad
para hacer que me crea
la desgracia que insistís en hacer mía.
Me descojono imaginando
vuestras cara de imbéciles
viendo mi rebelión hecha de risa.
Clemencia…
La clemencia que os la pida
vuestra puta madre.
Yo no.
Yo no necesito nada vuestro.
Vuestro dinero,
vuestras comodidades,
vuestras ventajas…
metéoslo todo en vuestro puto culo.
Vuestra vivienda digna,
vuestro utilitario,
vuestro plan de pensiones…
Camino descalzo,
bajo la lluvia,
abandonado,
dado por muerto o peor aún,
dado por loco…
pero no hay nada que podáis añadir
a este escenario desolador
que logre borrarme la sonrisa…
dado por loco…
Y sonrío y se os retuercen las heridas
las suturas ceden y se os sale
toda la mierda por la boca
y por las cicatrices.
y entonces veo vuestro miedo atávico,
sonrío y comienzan
a sangrar vuestras encías
y oís el atroz tintineo
de vuestros dientes golpeando al caer
el reluciente cristal de vuestra mesa de despacho…
Y ya no firmáis órdenes de desahucio,
directamente pulsáis el botón rojo del pánico
mientras sujetáis con la otra mano
el último mechón grasiento de pelo
que os quedaba…
Y yo sonrío,
y huís como ratas que huyen de un barco
que se quiebra y zozobra.
Y ya no firmáis órdenes de desahucio
sino penas capitales contra mi risa insolente…
La condenáis, vosotros, jueces aberrantes
la golpeáis con vuestros puños
calvos ya, y desdentados,
y la destruís.
Pero nunca claudica…
Ahora que pensáis
que ganasteis la guerra,
que os arremolináis como moscas
queriendo ver mi cadáver,
y queriendo alimentaros
de mis restos furibundos,
Os recibe mi cuerpo
en tenso rigor mortis
destrozándoos los ojos
con una terca sonrisa.





Será que he muerto

Si puedes leer estas palabras
será que he muerto alguna vez
y te he encontrado en esta nueva vida,
y sigues siendo rotundamente tú,
pese a los tránsitos.

Será que al fin, 
después de tanto tiempo,
tomo conciencia,
veo,
me descubro,
y entiendo que jamás estuve lejos
y que cuando me fui,
te dije,
te conté,
te susurré
hacia dónde me iba.

Si puedes leer estas palabras,
-leer que he estado muerto-
sin torcer el gesto y sin asombro,
siendo rotundamente tú, sin condiciones,
será que lo sabías,
será que te tocó esperarme.

Ha sido hoy, lo juro, ha sido hoy,
cuando he desenredado la madeja,
y al fin te he visto en vidas tan ajenas
y en muertes tan, totalmente, insufribles.

Y si, por el contrario,
mi voz te suena extraña,
hablando de otras muertes -ya tan nuestras-,
quizá te sirva para abrir los ojos,
y no negar los hechos evidentes.





Ruinas

¿Para qué?, si no vas a salvarme,
si vas a proseguir
tu paso lento y firme,
¿para qué? me pregunto, si es inútil.

Cuando al volver atrás nuestra mirada
no encontramos las huellas
de nuestros pies descalzos,
si nos hemos perdido entre batallas 
que nunca fueron nuestras.

¿Y qué?, si todo cae
igual que la hojarasca,
con el torpe devenir 
de un oscuro dolor inextirpable.

¿Para qué? me pregunto y el silencio,
escupe la verdad como una peste,
con la suave cadencia mineral
de los martillos y las cafeteras.

Allá lejos, allá, donde se oculta
la mano que origina
esta neblina densa y este miedo,
todo se ha derrumbado.

Y tú que sibilina te relames
sabiéndote invencible,
no eres capaz de ver que tus raíces
acabarán pudriéndose 
bajo mis ruinas secas.




Retrato azul

Existe, o eso creo,
un asomo de cisne en tu cadera,
un eco lejanísimo de tigre o de guepardo.

No sé qué mecanismo de sabana,
de bosque de coníferas, de nevada colina,
arroja a mis paisajes, 
alargada la sombra.

Toda la luz del universo hallo en tus ojos,
en tus manos: el fuego, la seda... hierba fresca
escarchada y rebelde.

Tienes la voz segura de los sauces
y de las almenas.

Habita en tu silencio
la brisa azul
y los océanos
dorados
de mi infancia.








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