lunes, 19 de diciembre de 2016

MILHO MONTENEGRO [19.763]


Milho Montenegro 

Milho Montenegro. (Seudónimo de Alain Santana López, La Habana, 1982) Licenciado en Psicología por la Universidad de La Habana. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Miembro de la Asociación Hermanos Saíz (AHS). 

Milho Montenegro, leído así, de repente, parece el nombre de un galán de telenovelas brasileñas. Pero no, se trata de un poeta que ha elegido ese seudónimo para firmar sus obras, seleccionadas en más de 20 antologías de varios países. Poeta de verbo sutil, resonancias clásicas, transparencia en el lenguaje, pasión por el buen decir, diplomacia, con espíritu de aunar grupos y bondades, sus versos se pueden leer, además, en un primer libro, Rostros de ciudad (Editorial Montecallado, 2015), canto de amor a la ciudad de La Habana que le valió una Primera Mención en el Premio Uneac David 2012 y otra en el Premio Félix Pita Rodríguez en el 2013. 

Es el más mencionado y el más antologado. Su vocación de buen samaritano le ha inspirado a escribir reseñas o a entrevistar autores de su generación y ya resulta raro no ver su nombre (o su heterónimo) encabezando diversas colaboraciones periodísticas en La Jiribilla o Esquife 2.0, en El Caimán Barbudo o en portal web de la Asociación Hermanos Saíz, donde también pertenece. Nuestra amistad ha cimentado a través del chat del omnipotente Facebook. No hay semana en la que no hablemos por esa red social y compartamos/conspiremos/debatamos sueños y ambiciones semejantes que pululan en el mundo de la literatura. 

Tiene libros pendientes de publicación en España y Estados Unidos. Su cuaderno “Umbral de las zonas detestables”, al cual pertenece Sostener la Isla (el poema que presentamos a continuación), alcanzó Mención en el Premio Nacional de Poesía Reina del Mar Editores 2016. Milho y yo solo nos hemos visto una vez en vivo, en el Centro Cultural Dulce María Loynaz. Ya vendrán otras oportunidades y otra entrevista más extensa. Su alter ego, Alain Santana López, nació en La Habana en septiembre de 1982 y es licenciado en Psicología General.




POEMA SOBRE LA INUTILIDAD DE MI TIEMPO

Seguirte sería en vano/ ¿A qué alzar la mirada/
perseguir la huella de tu olor?
Mi tiempo es el de la fruta que cuelga del árbol/
estas horas que me habitan no podrían nunca
anquilosar
tus ansias de expandirte hacia el mundo/
de develar los secretos al fondo de la corrupta noche/
Son otras mis circunstancias/
Me quedo la herrumbre de las rosas/
la estratagema posible/
esta estática que me excede ante la índole imponderable de tu existencia/
Llévate tú el antojo de otro roce de labios/
la diseminación de las lujurias/ Déjame/
Déjame con los ojos sobre el camino:
tengo miedo de mirar al frente y perderme para siempre/
salirme de estos pasos donde/ a solas/
he estado hasta hoy seguro/
Creo.




URDIMBRE PARA UN ACERCAMIENTO A DULCE MARÍA LOYNAZ 
O INVENTARIO DE CIRCUNSTANCIAS

Dime/ Dulce María/
tú que viste las volutas de la felicidad
muriendo
cuando Dios las apartó de tus ojos
mientras tus oraciones se restallaban contra el silencio/
qué será de estas manos que se rinden ante el desconcierto/
la oquedad/
esos nudos que atan mis ansias/
a dónde irán los rescoldos/
la esencia de estos huesos que destilan su herrumbre como un pedazo
de metal corrompiéndose a la intemperie/
Cuéntame tú que fuiste traspasada por el veneno
y la espiral de un amor que nunca alzó la mirada para resguardarte en sus pupilas/
tú que padeciste el lamento de tantos hijos nonatos/
sus voces empozándose como el grito del ahogado en tus sienes/
la ausencia/
qué hago con este tiempo que boquea sobre mi espalda/
mientras se pudren sobre la tela de la araña mis lógicas más audaces/
los sueños que apenas sostienen esta osamenta/
Dime tú que alimentaste las bestias del dolor/
con la sangre de tus venas mitigaste su hambre y como sanguijuelas succionaron
—aun cuando fuiste bondadosa—
hasta extinguir el pabilo/
la mesura de tu voz/
Háblame antes que se quiebre el último anhelo/
antes que este espinazo ceda frente al peso de sus llagas y se desmoronen las plegarias
que me concurren en la espera de algún asombro/
quiero saber cuáles argumentos han de servirme para digerir el vacío/
para que otros vean fulgores a pesar de estas sombras/
Dime/ Dulce María/ cómo llegar/
cómo alcanzar la forma más pura/
el eje de la luz/
Ya has descifrado todos los códigos de la angustia/
la materia del tiempo y los hombres/
pero yo soy brizna/
suma total de la nada/
Confiésame ahora el secreto/
la estratagema:
todavía puedo resistir contra el desplome/
aun me quedan fuerzas para aguardar un susurro.




CARMEN GONZÁLEZ ME LEE UN POEMA DE RETAMAR

Lo recuerdo bien/ Carmen/
llevabas un cigarrillo con cierta gracia a tus labios/
el humo se deshacía en el aire como un fantasma/
silenciosamente se iba desvaneciendo sin poder arrastrar
esa sonrisa de luna/
de duende/
de poeta
que engalanaba con su mística aquel jardín de la calle 17/
No lo olvido/ Carmen/
tus palabras llegaban a mí como la presencia de un colibrí
danzando en el aire/
haciendo volutas en la luz mientras mi cuerpo
se hacía cómplice del ritmo/
de esa concordia que emanaba de tu boca
leyéndome un poema de Retamar/
tornándolo aire en mi interior/
Cómo olvidarlo/
de qué manera dejar escapar ese instante
en que fui hombre y espora/
universo y brizna en tu acto/
en ese gesto que guardo como lábaro/
pábulo de mis días/
de las múltiples tribulaciones que me asisten/
Ah/ Carmen/
el tiempo no ha podido arrebatarme tanto/
aun me pertenece la dádiva de las reminiscencias
donde todo fluye y se renueva como un amanecer/
todavía puedo asirme de algunos recuerdos
para decir que vivo/
que respiro y tiemblo ante lo hermoso:
justo ahora me llega tu perfil/
alcanzo a escucharte mientras entonas para mí
Felices los normales y vibro/ Carmen/
ahora vibro.




Cuestión primigenia

¿Qué ofreceremos a los que pronto regresarán,
con qué disfrazaremos las paredes agrietadas,
los montones de cal caídos al suelo?
Aquellos vuelven en busca de los abrazos perdidos,
del lugar que el tiempo les robó en las fotos familiares.
Retornarán con otros cuerpos y otros rostros,
los que regresan jamás son los mismos.
Nosotros, los quedados, tampoco somos los de ayer.
¿Con qué gesto,
con cuál sonrisa adornaremos el saludo para el reencuentro?
Ellos esperan siempre lo mejor:
nuestro lugar en la cama,
la habitación más espaciosa,
las sábanas blanquísimas.
Sentados a la mesa compartiremos un buen café
―comprado a la revendedora―
mientras platicamos sobre la muerte de los viejos
y hasta de la agónica ciudad natal.
Lo pondremos todo a su disposición,
que no haya una queja,
no se critique el trato,
los esfuerzos indecibles.
Pero antes está la cuestión primigenia:
de qué manera,
cómo poder construir para los que pronto vendrán
el hipócrita escenario de la complacencia.




Aquellos que un día amé

He amado a muchos hombres/ los he venerado con la fuerza de mis cartílagos/ el pulso frenético de estos huesos/ como se ama la desnudez de un ángel/ A ellos me entregué sin reticencias/ en sus bocas prodigué el asombro de mis arcanos/ fui espuma/ llovizna/ savia/ He amado a muchos hombres/ guardo entre mis costillas la delicia del sudor/ de los ojos/ Los amé como la crisálida a la luz/ quebrando mi espalda/ desangrándome/ Pero ellos no comprendieron el arquetipo de la belleza/ la índole de lo sublime/ Mi amor fue desmoronándose en su exilio hacia a la injuria/ Ando/ suplico como el mendigo/ bregando contra este abandono/ a pesar del asco/ Aquellos que un día amé me desconocen/ pisotean mi médula al caminar/ su desprecio escupe mi rostro/ Hoy padezco de soledad/ el vacío/ Vivo como cualquiera que ha amado mucho: en la penumbra de los días/ en el encono del amor.




Coloquio con La Habana

Ayúdame Habana a retenerte en mis pupilas aun cuando mis ojos
ya reducidos claudiquen ante la pujanza de las horas
cuando estos caminos se me tornen circulares
y en tus horizontes ya no vislumbre la esperanza.
Acude a mí en ese instante en que no encuentre el asombro
ni los hilos con que amarrar los sueños a mi suerte
cuando haya conocido el dialecto de los perros errabundos
que adoquinan tus calles
la soledad
y la desidia de tus portales.
Protégeme contra el miedo de no ser bajo tu sombra
nada más que una forma espectral
el eco inaudible de una voz escurriéndose entre la multitud.
Compadécete Habana cuando evoque tu nombre milagroso
en la jornada donde el descalabro erige sus murallas infalibles
y el silencio se acurruca en este flanco carcomiendo mi silueta.
Recuerda mi rostro abrázame en tu memoria de madre bondadosa
cuando me precise el ansia del ave que emigra
y como un peregrino
marche con esta tristeza hacia otro sitio
dejando migajas para que no mueran mis pasos en el fango.
Perdóname cuando de ti me aleje en las barcas inciertas del destino
multiplicando entre los dos el muro enorme de la espera.
Yo he de regresar Habana después del inútil bregar
contra el polvo de los caminos
trayendo la nostalgia como único estandarte
cual regresa siempre el hijo ausente al regazo materno.




Claudicación de las voluntades

Para hermana,
compartiendo su dolor.


¿Puede haber algo
más terrible
que el tentáculo del corazón
buscando en la oscuridad
algo que asir?

Jamila Medina


Me asomo al espejo y nada encuentro
no veo sino una figura ajena
ignorada por los silencios que resuenan
ahogando
la palabra carcomida y dispersa de mi vientre.
Cubierta de ciénaga estoy: fango execrado en donde no se atreverán
los sutiles vástagos a perturbar la hora obstinada de mi ceniza.
Permanezco en esta tierra impávida
sorda ante el desagüe de mis inasibles primaveras
la envidia hacia el flamboyán y el almendro
y la rebelión insidiosa de mis ramas contra el cielo.
Nada podría conmover esta vacuidad que me habita
llevo el estigma de un árbol sin estaciones
muero de esperanza y de costumbre
del dolor ceñido a mi corteza como alambre de púas.
Estas raíces se aferran pero la savia se pudre en mi tronco.
Me asiste una voluntad precaria
hostigada por pájaros indolentes que construyen sus nidos
y alimentan con mi pobreza a sus crías
maliciosa prole que me entona los vaticinios de la decadencia.
Y cuando muera ¿quién habrá muerto
qué lamento pronunciará mi nombre contra el olvido
cuál labio se atreverá al susurro digno?
No reconozco la silueta moldeada por el azogue
desisto de esas facciones en el cristal tramposo
que me devuelve en una mentira
en otro rostro y otro cuerpo que no me pertenecen.
Aquella es la réplica de un sueño que me invento
imagen distorsionada de una realidad que no es la mía.
Yo no soy esa
soy apenas una sombra
un fantasma
efigie que resume la historia de nadie
el recipiente infecundo donde se fermenta la vida.




Réquiem para el adiós

Vivo en un país de despedidas.
Laura Domingo

Se alza la mano en la inexorable mímica
de la despedida,
y el llanto abrupto descepa la imagen
de aquel que se aleja
hundiendo sus pasos en el polvo.
Discurre la palabra aciaga
y se empoza sobre las pobres horas
del que se ha quedado,
carcomiendo los alicientes
que apenas pueden asirse
para sobrevivir a la estampida
de la remembranza,
de esos filosos recuerdos
que vendrán a posarse
en los bordes endebles del alma,
anidando luego en su estómago
como córvidos afligidos que entonan
un prolijo réquiem para el adiós.
Porque todo el que se marcha
corre el riesgo de no volver jamás,
todo el que permanece puede morir
de incuria y de ausencia,
ambos morir de contrición.



Coloquio con Julia de Burgos

¿Y todo para qué?
─Para seguir siendo la misma.
Julia de Burgos

Como tú, Julia,
escribiré versos para despoblar
el alma de fantasmas,
dejaré que el abrazo corrosivo
del alcohol y la penuria
calcine mis órganos y arterias,
los reduzca hasta la desmemoria.
Igual que tú alzaré mi voz
contra la impudicia
y el desamor:
en estos pasos andará
la mujer/sedición
la mujer/fracaso
la mujer/desengaño,
mientras los paisajes
majestuosos de mi vida
van pudriéndoseme
en las sienes.
Luego, Julia,
como una extranjera
me perderé entre las calles
de alguna cuidad
─New York, La Habana, Madrid─,
en donde caeré traspasada,
yerta de tanto muérdago
carcomiéndome dentro,
de tanta sombra restallando,
estriando,
negándome siempre
ante los ojos.
Mi cuerpo ─execrado
por la cadencia de las horas─
no ha de ser sino el mendrugo
que mitigue la avidez
de algún sepulcro indecible,
bajo las señas de un nombre
burdo y apócrifo
que disertará la historia
de nadie.
Entonces morderé el fango,
agradecida he de ofrecer
ciertos recuerdos a los gusanos
que me asistan en la espera
de esa mano
que oxigene mis cenizas,
y que, como a ti, Julia,
me conceda
en una fecha cualquiera,
en un homenaje imponderable,
toda la gloria y el esplendor
que en mis días aciagos
me fueron negados.




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