jueves, 4 de junio de 2015

ANTONIO ENRÍQUEZ GÓMEZ [16.193]


Antonio Enríquez Gómez

Antonio Enríquez Gómez, también conocido durante un tiempo como Fernando de Zárate y Castronovo (Cuenca, c. 1600 - Sevilla, 19 de marzo 1663) fue un dramaturgo, narrador y poeta lírico español del Siglo de Oro. En razón de su condena por la Inquisición con acusaciones de criptojudaísmo, como por varios aspectos de su vida y obra, y especialmente por su estancia en Francia, muchos críticos lo incluyen también entre el gran número de escritores sefardíes (es decir, judíos españoles fuera de España).

La estirpe de Enríquez Gómez se consideraba judeoconversa según la doctrina social de la época, indiferente al hecho de que la propia ley judía sólo considerase judíos a los hijos de madre judía. Su madre, cristiana vieja era Isabel Gómez, natural del pueblo de Alcantud cerca de Priego. Su padre, Diego Enríquez Villanueva (1582-1642), natural de Quintanar de la Orden en La Mancha, descendía de uno de los pocos linajes conversos de origen castellano que en el último cuarto del siglo XVI aún seguían prácticas criptojudaicas (las de los denominados "marranos"). Desde 1588, la Inquisición prendió a casi todos los miembros de la familia. Entre las víctimas estuvieron el abuelo paterno del poeta, Francisco de Mora Molina, ejecutado y quemado en Cuenca en 1592, la abuela Leonor Enríquez, condenada a prisión hasta 1600 y más tarde su propio padre, condenado a confiscación de bienes en 1624.

Al igual que su padre, Enríquez Gómez se dedicará a exportar lanas y paños de Castilla a Francia y ya había recibido alguna educación comercial. Siendo joven, Enríquez Gómez estuvo en Sevilla, en casa de su tío paterno, Antonio Enríquez de Mora, quien en 1619 huirá a Burdeos al ser descubierto su criptojudaísmo por la Inquisición. Al huir su tío a Burdeos, Enríquez Gómez se hizo su representante en Madrid como "mercader de lonja de cosas de Francia". Un año antes, en 1618, se había casado con una cristiana vieja de la región de Burgos, Isabel Alonso Basurto, de la que tuvo tres hijos, Catalina, Diego y Leonor. Fijada su residencia en Madrid, frecuentó el círculo de Lope de Vega, a quien llamó admirado "Adán de la comedia":

En mi tiempo, dejando aparte el Adán de la comedia que fue Lope, hubo muchísimos poetas. Don Antonio de Mendoza, secretario de Apolo, se llevó el Palacio; el doctor Juan Pérez de Montalbán, entre muchas comedias que escribió, puso en las tablas la De un castigo dos venganzas, con que se vengó de sus émulos; notable ingenio fue éste; don Pedro Calderón por las trazas se llevó el teatro; Villaizán por lo conceptuoso, los ingenios; el doctor Godínez por las sentencias los doctos; Luis Vélez por lo heroico fue eminente (A. Enríquez Gómez, "Prólogo" al poema Sansón Nazareno, Ruan, 1656)

Desde 1632 empezó a escribir piezas para los corrales de comedias. Algunas fueron muy aplaudidas, sobre todo la de El cardenal de Albornoz y las dos de Fernán Méndez Pinto, sobre el famoso aventurero, explorador e historiador portugués, uno de los primeros occidentales en llegar a China, cuya Crónica había sido vertida al español en 1620 por Francisco de Herrera Maldonado. Aún debía estar en Madrid a fines de 1635 porque en la Fama póstuma a la vida y muerte de Lope de Vega de Juan Pérez de Montalbán se insertó un soneto "de Antonio Enríquez, a la muerte feliz del doctor frey Lope Félix de Vega Carpio".

Pero en 1636 marchó a Francia por la llamada "senda del marrano" cuando la Inquisición empezó a considerarlo sospechoso de criptojudaísmo o, quizá también, según cree Michael McGaha (1990), por haber calumniado al Conde-Duque de Olivares en su ficción lucianesca El Siglo pitagórico y en particular por el ataque contenido en su pieza El gran cardenal de España, don Gil de Albornoz.1 Lo cierto es que, como en sus negocios trabajaba en estrecha colaboración con las redes europeas de judeoconversos portugueses su éxito económico y su ascendencia lo hacían muy susceptible de ser denunciado por envidias y recelos de todo tipo y Enríquez temía ser involucrado en una persecución inquisitorial contra sus socios, de modo que se refugió en el verano de 1636 en casa de su tío en Burdeos. En Francia publicó varias de sus obras y, a pesar de que se ha dicho repetidamente que Enríquez estuvo algún tiempo entre los miembros de juderías de Amsterdam, donde es cierto que el teatro español era muy popular, nunca estuvo allí.

Cuando su tío marchó a recogerse en la judería de Livorno (Italia), su hijo, primo de Antonio, Francisco Luis Enríquez de Mora, que se quedó en Francia, formó una sociedad comercial con él y juntos se establecieron en 1642 en la ciudad de Ruan para manejar negocios de contrabando entre Francia y España (los dos países se hallaban entonces en guerra). Les sirvió como hombre de paja en Madrid un mercader cristiano viejo y familiar de la Inquisición, Constantino Ortiz de Urbina, quien se había casado con la hija mayor de Enríquez Gómez, Catalina. De este modo, los dos primos extendieron sus negocios con Hispanoamérica para un creciente número de mercaderes franceses y judeoportugueses, así como para socios judíos en Amsterdam, Hamburgo, Livorno y Recife en el Brasil.

Pero Antonio Enríquez Gómez se sintió preso de una nostalgia fatídica e irrefrenable por volver a España y reverdecer su honra y gloria literarias, lo que al cabo vendría a costarle la vida. A fines de 1649, los primos Enríquez decidieron defraudar los abundantes caudales que sus asociados franceses y judíos habían mandado a Ortiz de Urbina. Abandonaron sus familias en Ruan, volvieron ambos a España y empezaron nuevas existencias bajo falsos nombres. Francisco Luis se embarcó para el Perú, mientras Antonio se escondió inicialmente en Granada y en 1651 se estableció en la Sevilla de su juventud, donde vivió bajo la identidad de un hidalgo, don Fernando de Zárate y Castronovo, en concubinato con una joven de Granada, María Felipa de Hoces, y escribió y estrenó comedias bajo su nombre supuesto. Durante doce años logró escapar con esta identidad falsa de la vigilancia de la Inquisición, la cual lo quemó en efigie dos veces, la primera en 1651 en Toledo y la segunda en 1660 en Sevilla, de forma que incluso es posible que el reo haya presenciado su propia ejecución simbólica de incógnito.

Finalmente, el 21 de septiembre de 1661 los esbirros del Santo Oficio lograron identificarlo y prenderlo por sorpresa en su casa. Después de confesar su verdadera identidad y haber sido judío clandestino durante su exilio en Francia, Enríquez Gómez murió en la cárcel poco antes del fin de su proceso. A pesar de ello, fue reconciliado en un auto de fe de Sevilla el 14 de junio de 1665. Sus declaraciones llevaron a prisión a su primo en Lima por actuación de la Inquisición de ese virreinato. Hoy en día un trabajo reciente de Michael McGaha ha postulado, para enredar más las cosas, que Antonio Enríquez Gómez pudo tener incluso una tercera falsa identidad, la del dramaturgo Francisco de Villegas

Antigua versión biográfica

La reconstrucción biográfica de Enríquez Gómez, tal como se conoce hoy, se funda en documentos de archivo de los que el hispanista francés I. S. Révah dio cuenta desde 1962, pero sólo fueron publicados en 2003. Desmiente muchos elementos de la biografía tradicional de Enríquez Gómez, debida a Adolfo de Castro y otros eruditos españoles del siglo XIX, los cuales afirmaron que Enríquez Gómez se llamaba originalmente Enrique Enríquez de Paz, que fue de origen portugués, natural de Segovia, capitán del ejército francés, y que murió judío en Ámsterdam. Esta versión biográfica heredó de una confusión inquisitorial entre el autor y el capitán Enrique de Paz, un portugués quien vivió en Segovia y Bayona de Francia. Ignoraba además Adolfo de Castro que los títulos franceses utilizados por el poeta, el de mayordomo y secretario de Luis XIII y el de caballero de la Orden de San Miguel, no son de carácter militar sino se compraban en aquel entonces por dinero. La idea errónea de un período holandés en la vida de Enríquez Gómez está fundada en el hecho de que veinte años después de su muerte Miguel de Barrios lo incluye en su Relación de los poetas y escritores españoles de la nación judaica amstelodama.

Religión

Para su tesis de que Enríquez Gómez fue de hecho criptojudío, I. S. Révah se apoyó en la opinión de los judíos sefardíes de Ámsterdam, en la obra manuscrita clandestina del autor, en muchas alusiones de su obra impresa, y sobre todo en la amplia documentación de origen inquisitorial.

La Inquisición condujo contra Enriquez Gómez tres procesos cuyos legajos están perdidos. Révah halló copias de muchas de las delaciones y en especial del testimonio detallado de su primo recogido en el Perú. Según estas fuentes, Enríquez Gómez era desde su período madrileño un adepto de la fe judaica, pero solo de convicción y sin atreverse a realizar ninguna practica religiosa no católica. En la casa de su tío en Burdeos ampliamente se guardaban los rezos y preceptos de la religión judía. Durante sus tres últimos años en Ruan, casi no participó del culto católico, celebraba pascuas judaicas en su propio hogar familiar y escribió obras clandestinas en defensa de la religión judaica. Después de su regreso a España, volvió a observar el judaísmo "en su corazón" solamente, excepto el ocasional recitado de las tres primeras palabras de la oración judaica Shemá Israel.

Michael McGaha y Herman Salomon han rechazado por poco fidedignas las denuncias y confesiones inquisitoriales de las cuales proceden estas informaciones. Otros críticos aceptan la idea de que Enríquez Gómez se adhirió en secreto al judaísmo durante un período de su vida, pero le atribuyen una motivación interesada, pues buscaba su inserción en las redes comerciales judeoportuguesas.

Obra

Poesía

Siendo mercader, Enríquez Gómez fue un autodidacta en las letras, pero hizo versos con tanta facilidad que fue considerado en su tiempo como un "poeta por naturaleza". Parte de sus poesías líricas, de temas amorosos, morales y bíblicos, fueron recogidas en las Academias morales de las Musas (Burdeos, 1642), que incluyen además cuatro obras dramáticas; en muchos de sus poemas resalta con fuerza el tema del exilio y la añoranza de la patria.

Comedias

En 1632-1636, Enríquez Gómez produjo comedias para la escena madrileña y llegó a obtener una cierta celebridad; en 1635 incluso contribuyó con un soneto a la Fama póstuma de Juan Pérez de Montalbán en homenaje al recién fallecido Lope de Vega. Como dramaturgo pertenece a la escuela de Pedro Calderón de la Barca. En 1649, enumerando los títulos de sus comedias que había escrito hasta entonces, dijo que "las mías fueron veinte y una" (de hecho olvidó una más). La mayor parte de ellas tratan materias históricas con intrigas novelescas. En las dos partes de Fernán Méndez Pinto cuenta las aventuras de este explorador portugués (de apellido judaico) en la China. En esta última obra se basaba en la Peregrinaçam (Lisboa, 1614) ficticia de este personaje, que convive con los reyes de Tartaria y de China.

Regresó a la actividad de dramaturgo en 1651-1660. Las treinta comedias que firmó con su nombre supuesto de Don Fernando de Zárate son en parte refundiciones de obras de otros autores. Muchas obras de este período tratan leyendas de santos, mientras en su teatro anterior los temas cristianos habían estado casi ausentes. Su Loa sacramental de los siete planetas es claramente calderoniana y se estrenó en Sevilla en 1659. Representa cómo el hombre, pese a las virtudes que le ofrecen los planetas, pierde la Gracia y la recupera al reconocer y confesar sus pecados. La crítica literaria del siglo XIX las juzgaba muy superiores a las comedias de Antonio Enríquez Gómez y excluía la posibilidad de que hubieran sido escritas por el mismo autor.

Novela y épica

La obra más leída de Enríquez Gómez es El siglo pitagórico y vida de don Gregorio Guadaña (Ruan, 1644). Su estructura está dividida en capítulos en verso y prosa que narran cada uno una vida diferente de un alma que transmigra de un cuerpo a otro. Una de ellas, la más extensa y en prosa, constituye en sí misma una novela picaresca, La vida de don Gregorio Guadaña. Es un puro divertimento estilístico emparentable con el Buscón de Francisco de Quevedo, bien resuelto y sin otra trascendencia; hay algunos esbozos de crítica costumbrista y humor principalmente.

Dos otras obras narrativas pertenecen al mismo género de la alegoría moral con elementos de sátira social. Escribió La culpa del primer peregrino (Ruan, 1644) enteramente en verso, mientras La torre de Babilonia (Ruan, 1647) mezcla la prosa con diferentes géneros de poesía. Ambas obras narran los infortunios de un hombre natural, llamado Adán o El Peregrino, en medio de una civilización humana pervertida, la cual retrata la sociedad urbana de Madrid.

Sansón Nazareno (Ruan, 1656), un poema épico culto al estilo del Ariosto, está dedicado a las hazanas bélicas del héroe bíblico Sansón. A este último precede un importante prólogo autobiográfico que contiene un catálogo de sus obras.

Tratados políticos

En su tratado Luis dado de Dios (París, 1645) y en su diálogo Política angélica (Ruan, 1647), Enríquez Gómez da resúmenes de la doctrina política francesa que se orienta hacia el absolutismo. Contra las ideas entonces aceptadas en España, el autor defiende el derecho divino de los reyes, la superioridad de éstos sobre el clero, la licitud de hacer alianzas militares con los protestantes y de disimular la presencia de herejes clandestinos (como los criptojudíos) en el reino; finalmente apoya el derecho de los portugueses a rebelarse contra Felipe IV.

En una Segunda parte de la Política angélica, impresa clandestinamente, Enriquez Gómez también ataca los usos de la Inquisición española y la discriminación de los conversos en las sociedades ibéricas. Por demanda de la embajada portuguesa en París, la obra fue prohibida y las copias destruidas excepto una, hallada y publicada por Révah en 1962.

Obras clandestinas

Según los testimonios inquisitoriales, Enriquez Gómez escribió durante su exilio francés varias obras para su difusión manuscrita entre los criptojudíos. Entre estos escritos clandestinos, perdidos por la mayor parte, estaba el poema épico Israel sobre Tubal, que profetizaba el futuro dominio del mesías judaico en España. Aún se conserva en copia manuscrita un ciclo de Sonetos sobre los antiguos Patriarcas del Viejo Testamento, la sátira Inquisición de Lucifer y visita de todos los diablos, y finalmente un largo Romance celebrando el martirio del estudiante don Lope de Vera, prosélito del judaísmo, quemado por la Inquisición de Valladolid en 1644. Esta obra, la única en la que Enríquez Gómez afirma sin autocensura sus creencias judías, contiene una polémica teológica contra el cristianismo, una confesión de fe en la ley mosaica y una profecía apocalíptica sobre el mesías que esperaba. El poema fue publicado por Timothy Oelman en 1986.

Ideas

Aunque la cuestión del criptojudaísmo de Enríquez Gómez quede abierta, es patente la heterodoxia de muchas de sus ideas. Se han querido explicar las contradicciones de su vida y obra por un supuesto sincretismo judeocristiano o por una actitud de indiferencia. En efecto Enríquez Gómez expresa muchas veces en su obra la creencia racionalista de que el alma humana adquiere su inmortalidad por el ejercicio de las virtudes intelectuales y prácticas, no por los dogmas o ritos de alguna determinada religión.

Con una insistencia que fue valiente para su época, Enríquez Gómez condena la crueldad de la Inquisición y expresa su rechazo de cualquier violencia cometida “con capa de religión”. Aunque el estado debe controlar el culto público, no tiene según él derecho a forzar al alma humana a escoger el camino para su salvación; para guiar las creencias íntimas, sólo la enseñanza es lícita.

No sólo en su tema principal, la persecución religiosa, Enríquez Gómez muestra un agudo sentimiento de justicia. Su ética políticosocial estricta caracteriza muchas de sus obras. Enríquez Gómez expresa indignación en contra del ministro que ejerce poderes dictatoriales, el terrateniente feudal que explota a sus campesinos, el malsín que denuncia inocentes a los tribunales, el conquistador que saquea pacíficas poblaciones, el pirata que toma navíos comerciales, e incluso los humanos que al comer la carne de los animales cobran vidas para mantener la suya.

En sus comedias también presenta con apertura de espíritu el odio interétnico entre cristianos y musulmanos o las conquistas coloniales de los portugueses en China y los espanoles en México. Muy original es Las misas de San Vicente Fe­rrer, 1661, obra que rompía moldes y que se distanciaba de las co­medias místicas para hacer un auténtico retrato de los celos en un argumento muy similar al de Otelo de William Shakespeare. El protagonista, el moro Muley, se enamora de una blanca y tras sufrir mil penalidades es salvado de la muerte por Don Bartolomé de Aguilar, personaje de un humanismo antirracista opuesto al oscurantismo simbolizado por su criado Soleta. Ya en Es­paña, Muley se enamora de Francisca, mujer de Don Bartolomé, logrando con engaños sus bajos deseos. Enloquecida por el deshonroso embarazo la dama se suicida tras asesi­nar a Muley. Seis meses después de firmar el manuscrito de esta obra, Enríquez fue procesado por la Inquisición de Sevilla.

No puede considerarse que «la pieza es un robo intelectual» de El mayor prodigio (Madrid, 1634) del valenciano Francisco Redón, como afirma García Moya (Diario de Valencia, 15-04-2001), porque en el teatro del Siglo de Oro español era frecuente reutilizar argumentos y hacer versiones sobre las mismas historias. Aunque el argumento y los nombres de los protagonistas (Francisca Ferrer, Bartolomé de Aguilar, el criado Soleta, etc.) sean los mismos, existen otras diferencias sustanciales: la obra de Francisco Redón es un «drama novelado» de 248 páginas, mientras que la obra de Enríquez Gómez es una comedia.



Al curso y velocidad del tiempo

 Este que, exhalación sin consumirse,
por los cuatro elementos se pasea,
palestra es de mi marcial pelea
y campo que no espera dividirse.
 Voile siguiendo, y sígueme sin irse,
voime quedando, y por quedarse emplea
su mismo vuelo, y hallo que desea
ir y quedarse y con quedar partirse.
 Mi error me dice que su rapto apruebe,
pero ¿dónde camino, si su esfera
casi lo eterno con las alas mueve?
 No me atrevo a seguirle aunque quisiera.
que corre mucho y temo que me lleve
en el último fin de la carrera.




Elegía a la ausencia de la patria

Cuando contemplo mi pasada gloria,
y me veo sin mí, duda mi estado
si ha de morir conmigo mi memoria.
En vano se lastima mi cuidado,
conociendo que amar un imposible
contradice del cuerdo lo acertado.
¿Qué importa que mi pena sea terrible,
si consiste mi bien en mi destierro?
Decreto justo para ser posible.
Despeñado caí de un alto cerro,
pero puedo decir seguramente
que no nació de mí tan grande yerro.
Lloro mi patria, y de ella estoy ausente,
desgracia del nacer lo habrá causado,
pensión original del que no siente.
Si pudiera mi amor de lo pasado
hacer de olvido un pacto a la memoria,
quedara el corazón más aliviado.
Mas es esta enemiga tan notoria,
que porque sabe que me da disgusto,
muerte me da con mi pasada gloria.
¡Oh quién supiera (aun por camino injusto)
dónde la hierba de olvidar se cría,
para morir tal vez con algún gusto!
A la Tesalia fuera, y sufriría
(por borrar las especies desta fiera)
que me abrasara el que ilumina el día.
Sin memoria quedara, de manera
que pudiera juzgar con la visiva
de más amor y ciencia verdadera.
Pero si quiere el hado que no viva,
presente esta enemiga lo pasado
_pues nunca en mi pesar se mostró esquiva_.
Bien quisiera, pues lloro desterrado,
que aliviara de penas al sentido,
para quedar de su traición vengado.
Pero querer borrar con el olvido
los bienes, y los males presentarme,
ingratitud parece en un rendido.
Si quiere con lo vano deleitarme,
alentando la fe de mi esperanza,
¿cómo segunda vez podrá engañarme?
No tengo, no, segura confianza
de ver lo que perdí, ¡qué necio he sido!
El bien que yo perdí tarde se alcanza.
Perdí mi libertad, perdí mi nido,
perdió mi alma el centro más dichoso,
y a mí mismo también, pues me ha perdido.
¿Cómo puedo aguardar ningún reposo,
si el reloj de mi vida se ha quebrado,
parándose el volante perezoso?
Dejé mi albergue tierno y regalado,
y dejé con el alma mi albedrío,
pues todo en tierra ajena me ha faltado.
Fuéseme sin pensar mi aliento y brío,
y si de alguna gala me adornaba,
hoy del espejo con razón no fío.
Mi sencilla verdad, con quien hablaba,
si la quiero buscar, la hallo vendida;
dejóme, y fuese donde el alma estaba.
La imagen en el pecho tengo asida
de aquel siglo dorado, donde estuve
gozando el mayo de mi edad florida.
Una contraria y deslucida nube
turbar pretende el sol de aquella infancia,
adonde racional origen tuve.
¡Ay de mí!, que perdí (sin arrogancia)
la ciencia más segura y verdadera,
aunque algunas la den por ignorancia.
Perdí mi estimación, parte primera.
del cortesano estilo noble llave,
adonde el juicio halló su primavera.
Hablaba el idioma siempre grave,
adamado de nobles oradores,
siendo su acento para mí süave.
Eran mis penas por mi bien menores,
que la patria, divina compañía,
siempre vuelve los males en favores.
Gané la noche, si perdí mi día;
no es mucho que en tinieblas sepultado
esté quien vive en la Noruega fría.
Perdí lo más precioso de mi estado,
perdí mí libertad; con esto digo
cuanto puede decir un desdichado.
¡Oh tú, cualquiera bárbaro enemigo,
fundamento crüel de mi fortuna,
si gloria quieres, sirve de testigo!
Sin esperanza me dejaste alguna
de volver a cobrar lo que por suerte
el cielo me otorgó desde la cuna.
Conténtate de verme desta suerte;
que ya no me ha quedado, si me miras,
más firme bien que el aguardar mi muerte.
Y si por ella, bárbaro, suspiras,
ruega que viva, pues viviendo ganas
las saetas, cobarde, que me tiras.
Salieron, sí, mis esperanzas vanas,
pues pensando volver a ver mi esfera,
con la esperanza me llené de canas.
Allá dejé mi alma verdadera,
no vivo, no, con la que allí tenía
(o se ha trocado en otra la primera).
Hallo extranjera la que llamo mía,
pues veo rebelados los sentidos,
huyendo de tan justa compañía.
Fábula vengo a ser de los nacidos;
no es mucho que lo sea, pues llegaron
a aborrecer verdades los oídos.
No suelen, no, los campos que adornaron
el mayo y el abril helarse al Norte,
como todos mis miembros se me helaron.
Ni el brazo suele (aunque al honor le importe)
segar con mano fuerte los vitales,
como mi herida dio sangre en el corte.
No gime entre las selvas y cristales
la tórtola su amada compañera,
como yo mis fortunas y mis males.
Ave mi patria fue, más ¿quién dijera
que el nido de mi alma le faltara?
pues, cuando se acredita el movimiento,
de lo que fue, ni aun los amagos toma.

Hablo, y no me entienden, y esto siento
tan sumamente, que me torno mudo,
barrïendo sin fe mi entendimiento.
Y si a vengarme del agravio acudo,
el más vil de la tierra le deshace
a la paciencia su divino escudo.
Ninguno de razón me satisface,
todo es a fuerza de pasión tirana
cuanto conmigo la malicia hace.
¿Quién de mi patria santa y cortesana
me trujo a conocer diversas gentes,
ajenas de la mía, soberana?
No hay más seguros deudos ni parientes
que las piedras del noble nacimiento,
que son siempre seguros y obedientes.
Cuando me paro a contemplar de asiento
lo que al presente soy y lo que he sido,
el ansia se me dobla y el tormento.
Cuando me veo solo y perseguido,
reparo si yo soy el que merezco
la imagen de mi ser en tanto olvido.
Y si me llaman, sin sentido ofrezco
la vista al hombre, hallándome engañado
de ver que aun a mí mismo me parezco.
Si me recuerdan mi perdido estado,
como si algún letargo me dejara,
respondo con semblante alborotado.
Y si en mi rostro el sabio reparara,
leyera en letras de color de cera
la pasión del espíritu en mi cara.
Perder la libertad, ¿quién lo sufriera,
sino la ley de honor, que siempre ha sido
en el honrado superior esfera?
Bien pudiera volver favorecido,
mas eso fuera bueno si llevara
lo mismo que saqué del patrio nido.
Si con volver mi fama restaurara,
a la Libia crüel vuelta le diera;
que morir en mi patria me bastara.
Pero volver a dar venganza fiera
a mis émulos todos, fuera cosa
para que muerte yo propio me diera.

Ampáreme la mano poderosa;
que con ella seguramente vivo
libre de esta canalla maliciosa.
Bien sabe el cielo que con sangre escribo
del corazón estos renglones puros;
que al fin el cuerpo es animal nocivo.
Él no puede seguir estos seguros
dolores del espíritu, que el alma
los llora dentro de sus propios muros.
Y pues se queda mi destierro en calma,
tomen ejemplo en mí cuantos pretenden
en tierra ajena vitoriosa palma;
que no hay segura vida
cuando la libertad está perdida.



A la perdida libertad de la patria

 Si de la libertad desposeído
estoy y formo voz, ¿cómo lamento
suspiros que se quedan en el viento,
pesares que no llegan al oído?
 Quien su patria perdió tiene perdido
el que juzga tener entendimiento,
que el que vive sujeto al sentimiento
y no muere, carece de sentido.
 más es que como vive la esperanza,
vecina del dolor, por consolarme,
dice que tenga en ella confianza;
 pero mejor le fuera no engañarme,
pues si me sale falsa su fianza
he de pagar la deuda con matarme.



A la ambición humana

¿Qué incendio sin espíritu se sube
a la eminencia del discurso, cuando
ser presumí lucero, derribando
el muro denso desta hinchada nube?
¿En qué volcán me abraso, si yo anduve
en mi primera edad siempre vagando
simples regiones, dócil alentando
la infancia alegre que en mis años tuve?
¡Oh hidrópica ambición!, ¡sin duda alguna
tú eres la llama que me abrasa el pecho,
sedienta de los bienes de Fortuna!
Déjame ya con el agravio hecho,
vuélveme a la inocencia de la cuna,
pues por hacerme grande, me has deshecho.


Poemas en VIDA DE DON GREGORIO GUADAÑA.



Mi don Gregorio Guadaña,
falso Tarquino andaluz,
que por gozar a Lucrecia,
fuiste romano gazul.

Dícenme que la señora
en tu cuarto, a poca luz,
de cuatro puñaladitas
no pudo decir Jesús.

Si el señor Tácito andaba
caminando con su cruz,
dejárasle descansar,
a sombra de su salud.

Si la señora Lucrecia,
tendida como un atún,
por dar Torote a Jarama,
la dio Torote capuz.

Sepa que todo instrumento,
matrimoñado laúd,
no canta todas las veces,
el tono del ave cú.

Cerrar ninfas y dar llave,
solo un guadaño avestruz,
hijo de la misma parca,
puede ejercerlo en Tolú.

Fuiste malsín declarado
do un serafín boquirú,
violando con la justicia
todas la perlas del sur.

Lindo alcaide nos ha dado
la comadre de la Luz,
pues dio la llave del fuerte
al brazo de Bercebú.

Por tu vida, dueño mío,
que te vuelvas a Adamuz
a ser médico, pues eres
examinado en Corfú.

No son celos por tus ojos
uno pardo y otro azul,
sino amor, porque me fino
por galanes como tú.

Avísame si a Lucrecia
se le la restañado el íluz,
y si se pasa Torote
por el vado del Perú.

Camisa tienes, mi alma,
si has de aforrar el baúl,
el jinete de gaznates
te la vista con salud.

Dios te libre de las cuerdas
de ese músico tahúr,
y si las tocares, canta
milagros de tu virtud.

        
Díjele a la criada:
        
-Amiga, dile a tus señoras que estimo el favor de las musas; si quieres llevar la respuesta, aguarda, que brevemente te despacharé.

Hízolo así, y despidiéndome del juez, la dije la respuesta en estos versos, que leyó su ama en presencia de mi primo:



Mi doña Ángela del Monte,
no braca, más serafín:
primera estafa de Venus,
segundo logro de abril.

Hechizo de Manzanares,
y no de Guadalquivir,
dulce emulación del Tajo,
ninfa en sus aguas gentil.

Si Tarquino de la legua
por ver a Lucrecia fui,
más vale perder un reino,
que serlo de Medellín.

Tu celestial hermosura
para matrimonio vi;
mucho signo en poco dote,
no ha de pasar ante mí.

Soy mucho para marido,
y no he de poder sufrir
una visita del Pardo,
en fiesta de Balsaín.

Por tu vida, mi señora,
que marides por ahí
un boquirrubio de sienes,
pues hay en la corte mil.

Dale la holanda, mis ojos,
en mi nombre a Juan Paulín,
y matízala primero
de algún palomo turquín.

No me quieras por esposo,
que descubro zahorií
a cuarenta y nueve estados
un perro de un florentín.

Soy Guadaña, y soy Torote
el extremeño alguacil,
y te dejaré sin alma
mi doña Ángela en un tris.

Todo lo que no es marido
me puedes, mi bien, pedir;
porque tu mina merece
La plata del Potosí.

Aconséjate con mamá
y mira si podré ir
por galán de Meliona
a la corte de Madrid.

 Si me coges entre puertas,
he de ser, si digo sí,
un conde de Carrion,
infausto yerno del Cid.

 Holguémonos como manda
el arancel de Merlín,
tú pidiendo a todas horas,
y yo dando sin pedir.

      
        
Diez o doce días anduve en compañía de mi juez, y llevóme a una academia cuyos ingenios admiraban el mundo con sus locuras. Yo me preciaba de poeta culto, lírico, cómico y heroico, los cuatro vientos de las musas. Había todas las noches nuevos asuntos, y entre los ingenios había uno tan preciado de ridículo como de loco. Servía de entremés a las burlas, y de farsa a las veras. Dióse un asunto celebrado por nuevo, si bien todos lo son cuando se aciertan a escribir. Este fue que una dama sentada en su cama, queriendo dar a sus blancos pies el velo de nácar, o hablando culto, calzarse los coturnos, se desmayó de ver su amante, que impensadamente la cogió con el hurto en los pies, como otros en las manos, a cuya desmayada hermosura se dijeron los sonetos siguientes:



En un catre de nieve colocada
con sus diez azucenas Amariles,
nevando mayos,  floreciendo abriles,
Flora viviente fue sobre la almohada.
La nieve en los coturnos abrasada,
adorada por términos gentiles,
ardía en sacrificios juveniles,
sobre el ara de Venus consagrada.
Pisaba Apolo la luciente esfera
por gozar los descuidos de su dama,
haciendo de sus rayos vidriera;
Violo el honor, y por guardar su fama,
transformando la diosa en blanca cera,
fue el desmayo laurel; Dafne la llama.




Nuestro ridículo poeta dijo el que sigue:

Calzábase Amariles los coturnos,
y amor que los miró por alambique,
más tierno y derretido que alfeñique,
los ojazos abrió casi diurnos.
Iba el ladrón contando por sus turnos,
desde el dedo mayor hasta el meñique,
y si otro fuera, me la diera a pique;
que amor sabe jugar cientos nocturnos.
Violo la ninfa, y disparando un rayo,
délfico sol, tercero de un canuto,
la dio sin más ni más cierto desmayo:
Pero el cobarde amante hijo de un puto,
saliéndose, mirándola al soslayo,
no quiso hacerla Porcia, siendo Broto.


Yo, que me preciaba de poeta medio culto, dije:

La diurna Amariles, por el rumbo
fatal, del venatorio bamboleo,
donde el fogoso campo de Himeneo
sirve palestra al palpitante tumbo,
el coturno de nieve, no de chumbo,
derrite en el Vulcano giganteo,
y si amor se preciara de pigmeo,
títere pareciera en el columbo.
Venus, que en tales actos no se zumba,
en lengua erasma, articulando a Erasmo
habló la gatomaquía gatatumba.
Dióle al hijo de Chipre el asma o asmo;
y ella revuelta en holandesa tumba,
tuvo gota coral de pasmo a pasmo.

Como no faltan poetas ridículos, otro académico dijo el que se sigue:

En Tirias tersas de purpúrea pompa,
Amariles deidad colura campa,
y unos talares de cristal se zampa,
de Venus alma, de Mercurio trompa.
Sin temer que un mosquito la interrumpa,
en fuegos sulfureantes ampos ampa;
cuando su ninfo su coturno estampa
en el que Adonis, jabalí se rompa.
Colúmbralo la diosa medio zamba,
y queriendo imitar a la hecatomba,
extiende helante la cerúlea gamba,
Suspiros gira por luciente bomba,
y el hijo propio del nocturno Bamba,
cuadrupedantes rayos le rimbomba.

Otro poeta dijo al mismo asunto este romance:

Calzábase los coturnos
con mucho descuido el sol,
que también se calza el día
sus dos medias de color.
Cuando la bella Amariles
de su oriente despertó,
y con la luz de sus ojos
sus nevados pies calzó.
Colocada en una almohada,
con diez azucenas dio
sepultura a diez jazmines;
rayos sí, del niño Dios.
Su descuido dio cuidado
a un nuevo Adonis poltrón,
que viendo abrasarse el día,
con mucha flema se heló.
Divisó por las columnas
donde Hércules no llegó,
todo el imperio de Venus,
de quien pudo ser harpón.
Miró en dos ejes partido
todo Chipre, donde amor
jugó cañas tantas veces
en torcido caracol.
Parecióle al pobre amante,
que aquel jardín se cerró,
y ni aun con llave maestra
a abrirlo no se atrevió.
Como un amante de plomo
paso a paso se llegó,
a ver trozos de cristal
arder en fuego menor.
Alzó Amariles aquellos
soles sí, luceros no,
y con un eclipse templado
todo el orbe sepultó.

        
Volvióse la academia capítulo de jácaras, adonde los senadores de las musas jacarandinas se ponían a juzgar los pleitos de la vida rufiana. Entre ellos había dos hijos de esta ciencia; el uno se llamaba Añasquillo de Toledo, y el otro Ectongo el de Talavera, y contábase el uno al otro su vida y milagros en estos versos:

Contando está sus araños,
como si fuera moneda,
Añasquillo el de Toledo
a Ectongo el de Talavera.

Escúchame, amigo mío,
sonfesaréte mis rentas,
y si no absolvieres dudas,
óyeme de penitencia.

Seis años ha que me puse
a garduño en esta tierra,
examinado de caco
en la vera de Plasencia.

Yo y Colmenar competimos
en ajustar una reja,
multiplicando guarismos
sobre el libro de una puerta.

En menos de cuatro mayos,
como si fueran ovejas,
trasquilamos en camino
muchas personas de cuenta.

Saqueamos en la Palma,
poco menos de doscientas,
que para reses perdidas
qe hicieron nuestras tijeras.

Partimos esta ganancia
en la vega de Antequera,
y si no fuera por mí
la partimos en galeras.

Con todo nos dieron caza,
y fuimos sobre conciencia
presentados en la cárcel
sin bendición de la iglesia.

Allí conocí tus mañas
apretándote las cuerdas,
Siendo confesor de azote,
por ser mártir de la penca.

Dícenme que tu gaznate
ha probado a la jineta,
muchos hombres de dos caras,
testigos de tu destreza.

En la selva Caledonia,
y laberinto de Creta,
fuiste robador de Europa,
y otro Paris de tu Elena.

Acogístete a sagrado,
al pie de Sierra Morena,
con la Julia a la italiana
y la Octavia a la francesa.

Ya te conocen en Flandes,
en Corfú e Inglaterra,
por soldado del araño,
pues como gato peleas.

Pareciéramos los dos
colgados en una entena,
fruta de pagar delitos
que madura estando seca.

        

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