lunes, 14 de julio de 2014

FRANCISCO ASÍS DE ICAZA [12.306]


Francisco Asís de Icaza

Francisco Asís de Icaza y Beña (Ciudad de México, 2 de febrero de 1863 - Madrid, 28 de mayo de 1925) crítico, poeta e historiador mexicano. Su labor crítica se centró en temas literarios españoles.

Sus padres fueron María Breña e Ignacio de Icaza e Iturbe. Miembro de una de las familias más distinguidas de la aristocracia novohispana, Francisco de Icaza se dedicó desde su juventud a la carrera diplomática. Fue amigo de don Vicente Riva Palacio, quien, al ser nombrado ministro de México en España, lo llevó consigo como secretario. Fue ministro plenipotenciario en Alemania y en España. En España, pasó la mayor parte de su vida, primero en calidad de diplomático y tras el estallido de la Revolución mexicana, en condición de exiliado. Representó a México en el III Centenario del Quijote en Madrid en 1905.

Fue conocido primero como poeta, pero alcanzó notoriedad entre sus primeros ensayos citar el titulado Examen de críticos en 1894. En 1901 fue premiado su libro sobre las Novelas ejemplares de Cervantes (1901), en un certamen de Ateneo de Madrid. Publicó estudios de historia literaria. Sus poesías fueron publicadas en la Revista Azul.

Académico

Fue miembro correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua. En España, fue miembro de la Real Academia de la Historia y de la Academia de Bellas Artes. Fue miembro fundador de la Academia Mexicana de la Historia en la cual ocupó el sillón 5 desde 1919 hasta 1925, año de su muerte. Recibió el grado de doctor honoris causa por la Universidad Nacional de México.

Publicaciones y obras

Entre algunas de sus obras se encuentran:

Examen de críticos (1894)
Las novelas ejemplares de Cervantes. (1901)
El Quijote durante tres siglos (1915)
Supercherías y errores cervantinos (1917)
Lope de Vega. Sus amores y sus odios y otros estudios (1925), obra por la que recibió el Premio Nacional de Literatura.

Poemarios:

Efímeras (1892)
Lejanías (1895)
La canción del camino (1905)
Cancionero de la vida honda y la canción fugitiva (1922)

Su más famoso poema es:

Dale limosna, mujer,
que no hay en la vida nada,
como la pena de ser
ciego en Granada.

Versos de Francisco de Icaza recogidos en una placa de Granada.

Historia:

Sucesos reales que parecen imaginados de Gutierre de Cetina, Juan de la Cueva y Mateo Alemán (1919).
Diccionario autobiográfico de conquistadores y pobladores de la Nueva España, publicado en Madrid en 1923, parte de cuyo material había sido compilado por Francisco del Paso y Troncoso.4
Por otra parte, tradujo al español obras de Nietzsche, Hebbel, Liliencron y Dehmel.






VESPERAL

El pastor su rebaño en el redil encierra
y del prado brumoso viene una voz lejana:
es aguda en la esquila y grave en la campana. . .
Una niebla de ensueño se extiende por la tierra. . .
El cobre del ocaso se funde en rojo brillo,
y luego es amaranto, es pálido violeta,
es sombra y es silencio. Ya sólo canta el grillo.
Húndete, corazón, en esta paz completa.



ESTANCIAS

Este es el muro, y en la ventana
que tiene un marco de enredadera,
dejé mis versos una mañana,
una mañana de primavera.

Dejé mis versos en que decía
con frase ingenua cuitas de amores;
dejé mis versos que al otro día
su blanca mano pagó con flores.

Este es el huerto, y en la arboleda,
en el recodo de aquel sendero,
ella me dijo con voz muy queda:
"Tú no comprendes lo que te quiero".

Junto a las tapias de aquel molino, 
bajo la sombra de aquellas vides,
cuando el carruaje tomó el camino,
gritó llorando: "¡Qué no me olvides!"

Todo es lo mismo; ventana y yedra,
sitios umbrosos, fresco emparrado
gala de un muro de tosca piedra;
y aunque es lo mismo, todo ha cambiado.

No hay en la casa seres queridos;
entre las ramas hay otras flores;
hay nuevas hojas y nuevos nidos,
y en nuestras almas, nuevos amores. 



EN LA NOCHE

Los árboles negros,
la vereda blanca,
un pedazo de luna rojiza
con rastros de sangre manchando las aguas.

Los dos, cabizbajos, 
prosiguen la marcha
con el mismo paso, en la misma línea,
y siempre en silencio y siempre a distancia.

Pero en la revuelta
de la encrucijada,
frente a la taberna, algunos borrachos
dan voces y cantan.

Ella se acerca,
sin hablar palabra
se aferra a su brazo,
y en medio del grupo, que los mira, pasan.

Después, como antes,
caen el brazo flojo y la mano lacia,
y aquellas dos sombras, un instante juntas,
de nuevo se apartan.

Y así en la noche
prosiguen su marcha
con el mismo ritmo, en la misma línea,
y siempre en silencio y siempre a distancia.




PRELUDIO

También el alma tiene lejanías;
hay en la gradación de lo pasado
una línea en que penas y alegrías
tocan en el confín de lo soñado:
también el alma tiene lejanías.

En esos horizontes de olvido
la sujeción de la memoria pierdo
y no sé dónde empieza lo fingido
y acaba lo real de mi recuerdo
en esos horizontes del olvido.

La azul diafanidad de la distancia
en el cuadro los términos reparte;
aquí mi juventud, allá mi infancia
y entre las dos, la pátina del arte. . .
La azul diafanidad de la distancia.

Ese tono del tiempo, que completa
lo que en el lienzo deja la pintura,
hace rugoso el cutis de asceta,
y a la tez de la virgen da frescura
ese tono del tiempo que completa.

Pulimento y matiz del mármol terso 
es en la vieja estatua, y melodía
en la cadencia rítmica del verso
donde adquiere la antigua poesía
pulimento y matiz del mármol terso.

Color de las borrosas lontananzas
es del alma en los vagos horizontes,
donde envuelve recuerdos y esperanzas
en el azul de los lejanos montes
color de las borrosas lontananzas.



LAS HORAS

¿Para qué contar las horas
de la vida que se fue,
de lo porvenir que ignoras?
¡Para qué contar las horas!
¡Para qué!

¿Cabe en la justa medida
aquel instante de amor
que perdura y no se olvida?
¿Cabe en la justa medida
del dolor?

¿Vivimos del propio modo
en las sombras del dormir
y desligados de todo
que soñando, único modo
de vivir?

Al que enfermo desespera,
¿qué importa el cierzo invernal
o el soplo de la primavera,
al que enfermo desespera
de su mal?
¿Para qué contar las horas?
No volverá lo que se fue,
y lo que ha de ser ignoras.
¡Para qué contar las horas!
¡Para qué!. . .



ALDEA ANDALUZA

De toda tu belleza en mí solo perdura,
entre el deslumbramiento de la intensa blancura
de la cal luminosa que tus muros enjarra,
la queja de una copla que los aires desgarra,

y en el calcinamiento de la estéril llanura,
aquel rincón de paz, oasis de frescura,
perdido en la planicie donde el sol achicharra 
y su crótalos roncos repica la cigarra.

Y allí, visto de paso, bajo el verde cancel
de las tupidas hojas que forman el dosel
que lo estona y ajusta el marco del dintel,

aquel rostro moreno del mirador aquel,
con los ojos de pena y los labios de miel,
y toda Andalucía reconcentrada en él.



SENSACIÓN DE REGRESO 

¡Madre, madre, aquí estoy.! Cuando la suerte quiso, 
como bohemio errante dejé tu paraíso
y fui de gente en gente
y fui de Corte en Corte;
de los soles de Oriente a las brumas del Norte;
pero ni el sol ni el hielo
de ti me tuvo ausente; 
el azul de unos ojos me hablaba de tu cielo, 
lo diáfano de un verso evocaba tu ambiente
y en el más crudo invierno, un soplo de fragancia, 
aromas de tus campos me trajo a la distancia.

Hoy, enfermo y cansado, temí que mis despojos, 
con las manos cruzadas y cerrados los ojos, 
llegaran hasta ti; por eso vine antes,
para mirar de nuevo tus estrellas radiantes. 
Cual si fuese un fantasma, ya mi sombra se aúna
a la de los sabinos del bosque milenario en las
noches de luna.

Ayer no estuve ausente; hoy, qué importa que muera.
Sobre tus verdes campos una estación impera: 
invierno, otoño, estío, aquí son primavera. 
Arrópenme con tierra tus manos amorosas,
el rictus de mi boca han de borrar tus besos, 
la savia de mi carne y el polvo de mis huesos 
renacerán en rosas.

Madre, madre, no llores. Si mi cuerpo sepultas 
y ves brotar zarzales, será, ¿no lo adivinas?
que mis penas ocultas 
renacen en espinas; 
pero también en flores. 
Madre, madre, no llores: 
símbolo de mí vida
será mi corazón una zarza florida,



RELIQUIA

En la calle silenciosa 
resonaron mis pisadas; 
al llegar frente a la reja 
sentí abrirse la ventana. . .

¿Qué me dijo? ¿Lo sé acaso? 
Hablamos con el alma. . .
como era la última cita, 
la despedida fue larga. 
Los besos y los sollozos
completaron las palabras 
que de la boca salían
en frases entrecortadas. 
"Rézale cuando estés triste, 
dijo al darme una medalla,
y no pienses que vas solo
si en tus penas te acompaña". 

Le dije adiós. muchas veces, 
sin atreverme a dejarla,
y al fin, cerrando los ojos, 
partí sin volver la cara.

No quiero verla, no quiero, 
¡será tan triste encontrarla 
con hijos que no son míos 
durmiendo sobre su falda!

¿Quién del olvido es culpable? 
Ni ella ni yo: la distancia... 
¿Qué pensará de mis versos? 
tal vez mucho, quizá nada.
No sabe que en mis tristezas, 
frente a la imagen de plata, 
invento unas oraciones,
que suplen las olvidadas.

¿Serán buenas? ¡Quién lo duda! 
Son sinceras, y eso basta;
yo les rezo a mis recuerdos 
y se alegra mi nostalgia, 
frente a la tosca medalla.

Y se iluminan mis sombras, 
y cruzan nubes de incienso 
el santuario de mi alma.





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