viernes, 25 de julio de 2014

MARÍA CRUZ [12.494]


María Cruz

(México, D.F., 1974) publicó los libros de poesía Colmena de oro y ceniza (Premio de Poesía Urbana Carlos Pellicer 1997), Suma de patios (2001), El libro de las grietas (2004). Parte de su trabajo se ha publicado en diversas antologías. Imparte talleres de creación literaria.





VIII

Las mujeres cultivan rosas en azoteas negras
donde la humedad orilla a niños con alas invisibles
a despeñarse de altos edificios.

Por las calles los perros efímeros comen restos
de mariposas y huesos de bicicletas roídas.

Y al terminar la lluvia 
queda una sopa musical
que a cuentagotas
alimenta vagabundos.

Suena el clamor de esta cisterna
donde navegan nuestras voces
y compartimos el hollín
                               como sal negra.





XI

Los cables de la luz rayan el cielo
y dibujan renglones donde nadie escribe.

Sobre ese aéreo pentagrama
los pájaros cantan con sordina.

Las nubes de estopa lustran la luna
con un gastado aceite de sudor masivo.

Pasa una lumbre volando entre las espinas
ramas secas que una mariposa enciende.






El árbol

La luz oscila entre la piel de tronco 
y el viaje de la fronda.
Este árbol con su región de ceniza
y su porción de bosque
roza el follaje con el viento;
el cónclave de alas
cuyo vuelo escapa de frágiles axilas choca
y el sonido se repite como un leve aplauso
en los senderos de la jugosa penumbra.
No pasa nada entre las hojas,
sólo se forman vitrales temblorosos,
acuden el gorrión, el colibrí, el cenzontle a dúo,
y el perico asciende
como un resumen tropical
hacia el hambre del sol
que lo devora en los cielos.
Nadie sabe los horarios del árbol,
caen estrellas ocres a tiempos indebidos
y a la noche se abisma 
la luna entre las ramas 
como un sol floreciendo a deshoras.
A veces el aire sopla
en el collar de los pájaros 
que reposan a las once
cuando se calla el mundo
y los perros se lamen en silencio.






Un hombre

Un hombre se corta las uñas humanas
y en los espejos del baño repite su lenta bruma;
acerca su vaho al cristal,
al mapa efímero donde su dedo se desliza y se pierde.
En esa zona central de la congoja
hay una hilera de magueyes negros
un muro a mitad del aire
y como si un globo aerostático lo siguiera
una ostentosa sombra pasa encima de su sombra.
El hombre se harta de rosas y banquetas
y de la luz de mañana que abre el bullicio y el terror.






A un lote baldío

Las piedras mueven su silencio,
las habitan escarabajos desnudos en la sombra;
hay un aroma de carbón  y de naranjas dulces,
rosas de cera arrojadas en el pasto.
De mañana la luz entra con su machete rubio
y corta un ala de mariposa que canta
y desgasta la ordenada clorofila del alambrado
y levanta el polvo que levanta el poco viento.

He visto a un loco comerse el hedor de las manzanas
y la inquieta hojarasca que sostienen los bichos;
la noche local deja caer sus cenizas sobre
un omóplato rasgado
que copia sus heridas en el jardín de vidrio.






El cuarto de la traición

En el tiempo de la traición 
devoré carne cruda,
comí la sal de mis hermanos,
arranqué pieles humanas para cubrirme 
los helados huesos.
Temí que me abandonaran en los pastos vacíos 
y los engañé.

Vi mi futuro en un vilano envenenado
donde cada filamento era una flecha de sangre.

No me hablen ahora de las espinas,
conozco el nombre de cada una
que debí tragar frente a ustedes
con los labios cerrados y las encías
como una rota granada.

Es amargo el sabor de esta noche 
que cruza mi pecho con su tormenta de ceniza.
El fuego se quebró a sí mismo
mientras ardía junto a mí, como una esfera quebrada;
sólo lo escuché morir, vomitar rescoldos
sobre la tierra insoportable.






El cuarto de hojas blancas

El cuaderno era nocturno, enorme; cada hoja, un tronco respirante para escribir lo negro. Escribí con plumas de un águila entera; sus garras poseían la tinta de los aires, tintes que sólo de noche yo podía ver. Leía hasta el amanecer mis propios rastros y guardaba murciélagos muertos entre las hojas, como flores marchitas. No hay nada peor que leerse las entrañas sin sacárselas; leerlas en vida, con su sangre violenta y negra.






El cuarto de los desechos

Hay un cuarto para los desechos. Cierra la puerta, no veas el aceite putrefacto de las lágrimas. Apenas ayer ordené los guantes que amarré a mi garganta en el invierno. Guardo las sogas del pasado en gavetas numeradas, etiqueto el horror, lo nombro con colores, hago metáforas absurdas con listones de sangre. Sí, los grasientos cabellos de la adolescencia me esperan, las uñas de todo un lustro que no pude tirar, las amontonadas lenguas que optaron por el silencio, las escamas del amor que comienzan a podrirse en la vitrina, el roto miembro de los amantes perdidos, los jirones de la ropa violada, las setas cerebrales del insomnio, la caspa infectada por el tiempo, el grito bajo diez candados de oropel. Cada vez están más colmados los estantes de crepúsculos que me miran desde el polvo. Mi sangre es una serpiente, pero mis ojos nada petrifican. Crece el orín oscuro que a mis espaldas deja rastros, el mapa minucioso de las ruinas. Algo crece, la ceniza desborda este espacio, ¿Cómo habré de clasificar las cáscaras de las uvas exprimidas? ¿Cómo habré de acomodar las fundas de los incendios que me esperan? Ya siento el humo a grandes cucharadas, la puntual sustancia que me enferma.






Una piedra

He olvidado cómo amar. Recomenzaré en el silencio, en el vacío. Comenzaré por esta piedra.  Empiezo aquí a tocarla, estoy al pendiente de sus formas, sus accidentes, sus escamas. La piedra no emite sonidos, mas cuando la toco mis yemas vibran.
Voy hacia la piedra, la circundo, le hago preguntas o tal vez me detengo a palpar el silencio del mundo en su cerrazón de piedra. 
Sumergida en el agua la piedra murmura. Se deja ver de noche con tenue claridad; en el crepúsculo parece que la nimba la luz. ¿Cómo será en el alba? No es suficiente, aún no conozco a la piedra. Me aproximo, palpo su piel antigua, aprendo a detenerme, a monologar.
Parece tan conservadora, pero no lo es. No es rutinaria la piedra, sus formas no se fijan, juegan, irrumpen la dureza, sinuosas se hunden, se pronuncian. 
Algo como una corteza implora el tacto.
Recomienzo. Mi mano y la piedra se comunican, se dejan huellas una a la otra, son distintas en cada encuentro. El toque de mi mano afecta la piedra, la piedra afecta mi mano. Tengo nuevas líneas, ella, también. Esto es un vínculo.





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