jueves, 13 de junio de 2013

ALÍ LAMEDA [10.073]



ALÍ LAMEDA 

(1924- 1995)
El 17 de junio de 1924, nació en Carora (Lara), Alí Lameda, considerado como uno de los más grandes poetas venezolanos. Se formó a la vera del gran humanista Chío Zubillaga, cuya memoria ha sido olvidada por la ingratitud venezolana.

Estuvo preso por 7 años en Corea del Norte durante el régimen de Kin II Sung. Murió un 30 de Noviembre de 1995.

Desde joven abrazó las ideas revolucionarias y se unió a los intelectuales que divulgaban las teorías marxistas. Concluidos los estudios de bachillerato se fue a Colombia a estudiar Medicina; pero ése no era su destino, y regresó a Venezuela para consagrarse enteramente a las letras y al periodismo. Al iniciarse la década de los cuarenta trabajó en el famoso semanario político-humorístico Fantoches, del legendario poeta y caricaturista Leoncio Martínez, “Leo”. En los años cincuenta se fue a Checoslovaquia (hoy Chequia y Eslovaquia) donde vivió cinco años. Hablaba francés, checo, ruso y aprendió el coreano. Escribió un gran poema dedicado a Rusia, bajo el título Evocación a Rusia, que es una de sus obras más profundas. Conmovido por la despiadada y criminal agresión de Estados Unidos contra Vietnam, escribió su Canto a Vietnam como expresión de amor, solidaridad y protesta.

Venezuela admiró al gran poeta y esclarecido intelectual revolucionario que siempre cantó a la causa de los pueblos.



Voz de la muerte me ayuda
para cantarle a la vida
desflorada, florecida
en una rosa escamuda
voz de la muerte desnuda,
sonora, desoladora.
Me va siguiendo cantora,
en lo que a la luz marchita
yo a la tierra vietnamita
le voy a cantar ahora.




El poeta venezolano que fue rehén de Kim Il-Sung 

por Milagros Socorro

El Nacional
Domingo 16 de Julio de 2006

El escritor Alí Lameda fue el primer latinoamericano en sobrevivir a una cárcel de la República Popular Democrática de Corea del Norte.
Acusado de ser un agente de la CIA, permaneció siete años en campos de concentración y prisiones del gobierno norcoreano. Fue una víctima de la revolución internacional, un comunista preso en un país socialista y rescatado gracias a las gestiones de un gobierno con el cual nunca se identificó: el venezolano. Hoy un centro de rehabilitación, inaugurado por Tarek William Saab, lleva su nombre y uno de los personajes relacionados con su experiencia es referencia común cuando se habla de la política venezolana: Fidel Castro. Esta es una historia estremecedora

El 5 de febrero de este año, Tarek William Saab fue invitado a participar en la edición Nº 246 de Aló, Presidente, que se realizó en Cumaná. En su intervención, el gobernador de Anzoátegui hizo el inventario de los centros de salud que su gobierno ha realizado, y aludió a cinco nuevas salas de rehabilitación que recibieron los nombres de igual número de "mártires de la revolución".

Entre esos nombres estaba el de Alí Lameda, efectivamente, un mártir de la revolución internacional, tal como se interpreta y ejecuta en la República Popular Democrática de Corea del Norte.

En esa aparición pública T a r e k Wi l l i a m Saab presentó como "una buena noticia para el ciudadano Presidente de la República", la próxima inauguración de dos centros de alta tecnología, uno en El Tigre, que llevará el nombre de Che Guevara, y otro en Barcelona, con el de José Martí. "Son decenas de miles de anzoatiguenses que no tuvieron antes acceso a la salud y que hoy están incorporándose a un plan sumamente hermoso que la revolución bolivariana desarrolla, con el apoyo incondicional que el gobierno del comandante Fidel Castro en Cuba nos está dando", dijo el mandatario regional.

En esos dos renglones, el "poeta de la revolución" mencionó dos personas que están relacionadas en una historia que no tiene nada de hermosa y sí mucho de abyección y crueldad. Se trata de Alí Lameda y Fidel Castro, personajes de una tragedia escenificada en el Caribe y en las antípodas.

Comunista desde chiquito
Alí Lameda nació en 1923, en San Francisco, una pequeña aldea del estado Lara, vecina de Carora, donde creció y se graduó de bachiller en 1939, a los 14 años de edad, cuando ya era poeta, alumno del célebre Cecilio Zubillaga Perera, "Chío Zubillaga" -quien lo inició en la lectura de Marx, la Biblia y El Quijote-; y también era ya comunista, si se toma en cuenta la tesis con la que obtuvo el grado de bachiller, una exposición sobre el origen del universo que daba un rodeo a la intervención divina y que por poco le cuesta el diploma, porque resulta que en la exposición del trabajo de grado estaba presente el padre Montes de Oca, autoridad irreplicable en la zona, quien le preguntó al tesista por el papel de Dios en la creación descrita en su texto. A lo que el imberbe Lameda respondió: "Dios no existe". Y si no lo rasparon, como quería el cura, fue por la mediación de Chío Zubillaga.

Tras un frustrado intento de estudiar Medicina en Bogotá (1941-1943), Lameda regresó a Barquisimeto y se dedicó a lo que él llamó "periodismo de provincia". En 1944 se fue a Caracas y comenzó a trabajar en el semanario Fantoches ; un año después iniciaría su colaboración con El Nacional, que perduraría incluso cuando se marchó a Polonia en 1948 y luego a Checoslovaquia. En 1949, publicó su poemario Polvo en el tiempo. Volvió a Venezuela en 1952 y ya al año siguiente comenzó a publicar, en El Nacional una columna de crítica literaria, que tituló, por sugerencia de Miguel Otero Silva, "El cura y el barbero" (1953-57).

En 1957 regresó a Europa para ejercer funciones como militante comunista. Se radicó por dos años en Italia, donde trabajó como corresponsal de este diario; y en 1959 se fue a Berlín, donde residió hasta abril de 1965, cuando recibió una oferta de trabajo del partido de gobierno de Corea del Norte para integrarse al Departamento de Publicaciones Extranjeras, dependencia del Ministerio de Asuntos Exteriores de Corea del Norte, con la misión de traducir al castellano los discursos de Kim Il-Sung, tarea que haría a partir de las versiones francesas hechas, entre otros, por el escritor Jacques Sedillot.

"El compañero es agente de la CIA"
Al principio, Lameda estaba conforme con su nueva posición. Y así se lo hizo saber a sus familiares, a quienes, en frecuente correspondencia, les contó que allí lo trataban bien, que tenía un apartamento y un carro con chofer (que le cambiaban semanalmente, de manera que nunca pudo establecer una relación amistosa con ninguno de sus conductores). Pero muy pronto comenzó a resentirse por la soledad y el aislamiento al que eran sometidos los extranjeros en ese país, un asunto que a él le afectaba especialmente por su personalidad comunicativa ("Era tan conversador y tan brillante en su cháchara, que podías amanecer escuchándolo", dice su hermana Nelly).

En sus cartas, Lameda tenía expresiones críticas sobre la situación en Corea del Norte y la inmensa pobreza en la que estaban sumidos sus habitantes; decía que ése no era el comunismo con el que él había soñado, que era tal la miseria de los esforzados y sufridos coreanos, que se comían todo lo que volara... menos los aviones. Ignoraba que, además de sus naturales corresponsales, las epístolas eran leídas por el servicio secreto coreano.

Poco después de instalarse en Pyongyang, se le unió su compañera sentimental, una joven de Alemania occidental llamada Elvira Tanzer, que no tenía de militancia. Lo siguió porque estaba muy enamorada de él, lo que, según cuentan quienes lo conocieron, estaba lejos de ser una excepción, puesto que el caroreño era famoso por sus éxitos como seductor y amante.

El 24 de septiembre de 1967, Alí Lameda asistió a un banquete ofrecido a los empleados del Departamento de Publicaciones Extranjeras, donde es posible que hiciera sus acostumbrados chistes velados hacia el aburridísimo estilo del incontinente verbal Kim Il-Sung. El caso es que tres días después, nueve agentes de la policía coreana tocaron a la puerta de su apartamento, le comunicaron que estaba arrestado y se lo llevaron. A Elvira la dejaron sola en la residencia con la prohibición de salir.

Esa misma noche, Jacques Sedillot también sería apresado bajo el cargo de ser espía del imperialismo francés. Y más tarde detendrían, asimismo, al escritor coreano que se desempeñaba como director del departamento.

Un año en dos metros cuadrados
Al principio, no hubo cargos contra Lameda. Sólo se le confinó a una celda de dos metros por uno en el Ministerio del Interior, donde permanecería por un año, sometido a largos interrogatorios y sostenido con una ración alimenticia de 300 gramos diarios.

Doce meses después, Lameda fue devuelto a su apartamento, con la condición de arresto domiciliario.

Elvira vio llegar a su marido convertido en un guiñapo, con 22 kilos menos. Les dijeron que todo estaba a punto de resolverse pero a los 2 meses volvió la policía, esta vez con una orden de expulsión para Elvira, quien tuvo que salir inmediatamente hacia Berlín. En la víspera de la partida de Elvira, Alí le entregó los originales de su libro, Los juncos resplandecidos, Décimas al Vietnam Heroico y Mártir, y le pidió que se los hiciera llegar a su familia, encargo que ella cumplió ocultando las cuartillas en su ropa, porque no le dejaron sacar absolutamente nada de su casa. Tuvo que salir con lo puesto.

Al día siguiente, la policía golpeó a la puerta otra vez. No hizo preguntas. Sabía que venían a llevárselo.

"Sin tomar en cuenta", como diría posteriormente en un testimonio ofrecido a Amnistía Internacional (en 1979), "el terrible estado físico en que me encontraba debido al tratamiento recibido en la prisión, los 22 kilos que había perdido en aquel año de retención, que tenía el cuerpo lleno de llagas y que sufría hemorragias". Entonces comenzó un largo juicio donde salieron a relucir las cartas que había enviado a sus camaradas y familiares. Lo acusaron de ser agente de la CIA y, cuando convocaron a los cubanos que vivían en Pyongyang para que testificaran en el juicio, -esto lo declara su hermana Nelly- los cubanos confirmaron que, efectivamente, Alí Lameda era espía de la CIA y que había hablado mal del gobierno y de Kim Il-Sung.


Sin libros ni nada con qué escribir
Sentenciado a 20 años de trabajos forzados, Alí Lameda fue conducido a una cárcel que quedaba a 3 horas de Pyongyang; y lo arrojaron a una celda de castigo en un campo de prisioneros donde estuvo esposado por 3 semanas y durmió en el piso sin cobija ni ningún tipo de lecho, en temperaturas heladas. Transferido a las edificaciones del campo de prisioneros, fue encerrado en celdas sin calefacción, sufrió congelación de los pies y se le cayeron las uñas. Por los guardias supo que se encontraba en el campo de concentración de Sariwon, donde entre 6.000 y 8.000 prisioneros trabajaban 12 horas diarias ensamblando partes de jeeps.

Un médico le dijo a Lameda que él estaba en una sección especial del campo donde estaban retenidas 1.200 personas enfermas, lo que no le ahorró sucesivos simulacros de fusilamiento. Nunca se le permitió ningún tipo de comunicación, ni llegó a recibir una sola carta de sus familiares o amigos.

Jamás le permitieron tener un libro ni papel y lápiz para escribir. Y la comida consistía en un tazón de sopa y un poco de arroz al día.

Para no volverse loco ni aplastarse la cabeza contra un muro, aquel hombre de inmensa vitalidad, buen humor, bromista permanente, hermano y amigo afectuoso, escritor asombrosamente prolífico, se dio a componer sonetos (la rima es el mejor recurso nemotécnico), que repetía sin cesar para no olvidarlos. Así escribió mentalmente El viajero enlutado, que contiene más de un centenar de sonetos.

¿Qué pasaba en Caracas?
Mientras Lameda estaba en libertad, en Pyongyang, enviaba muchas cartas y tarjetas a su familia, única forma de contacto, puesto que jamás pudieron hacerlo por vía telefónica. Ya sus hermanos y cuñados sabían que algo raro ocurría porque en una carta, previa a su encarcelamiento (cuando cesaron por completo las comunicaciones) Lameda se quejaba de no recibir respuesta, a pesar de que su familia contestaba puntualmente la correspondencia.

Es por eso que al detenerse el flujo, sus familiares se inquietaron y comenzaron a pedir información sobre él.

Elvira Tanzer ignoraba lo que había pasado porque ella salió de Pyongyang con la promesa de las autoridades de que su marido se reuniría pronto con ella. Un día, Carlos Díaz Sosa, esposo de Nelly Lameda, recibió una carta del artista venezolano Juvenal Ravelo, entonces residenciado en París, donde le dice que en los medios latinoamericanos de Europa se comentaba que Alí estaba preso en Corea del Norte.

Entonces comenzó el intenso periplo de Carlos Díaz Sosa, primero para obtener información acerca de su cuñado y luego para procurar su liberación.

Sería un camino tortuoso, regado de decepciones y muchas veces de desesperanza. Lo primero que hizo fue acudir a las embajadas de Corea

Un comunista rescatado por la democracia
A lo largo de los años muchas teorías se han tejido en torno al encarcelamiento de Alí Lameda. Poco después de ser liberado, el escritor caroreño dio unas declaraciones que nunca más repetiría. En ellas aseguró que había sido una víctima indirecta de la decisión del Partido Comunista de Venezuela de ir a la pacificación, una medida no aceptada por sus pares de Cuba, Corea y Albania. Habló, asimismo, de quienes pudiendo mediar para mejorar su situación, le dieron la espalda

El escritor regresó a Venezuela casi dos años después de salir en libertad
A mediados del año 1974, los carceleros de Alí Lameda vienen a buscarlo a su celda para llevarlo a la enfermería. No le sorprendió y ya no le importaba. Se estaba muriendo. Había perdido toda esperanza en el éxito de lo que suponía habrían sido los movimientos de las masas del mundo comunista para sacarlo del infierno norcoreano.

Ignoraba que no estaba solo. La democracia venezolana lo había tomado como cuestión de honor para sentarse a la mesa de las negociaciones con los embajadores de Kim Il-Sung que habían comenzado a venir a Venezuela en procura del establecimiento de relaciones diplomáticas y que, en cada encuentro, recibían la misma advertencia: “comenzaremos a hablar cuando nos devuelvan al venezolano que tienen preso en su país”.

-¿Es una piedra en la vía del tren?, preguntó el segundo embajador que vino con ese encargo.

-Exactamente –le contestó el canciller del gobierno de Caldera, Efraín Schacht Aristiguieta, quien se tomó al asunto como una prioridad de Estado.

Y lo mismo harían el presidente Carlos Andrés Pérez y su canciller, el larense Ramón Escovar Salom.

El 27 septiembre de 1974, Alí Lameda salió de la enfermería de la prisión y salió con destino a Moscú. Pocos días después llegó a Rumania, cuyo mandatario Nikolai Ceausesco había atendido la solicitud hecha por el presidente Carlos Andrés Pérez, en una visita del rumano a Caracas, de pedir a Kim Il-Sung la libertad de Lameda.

A su llegada a Bucarest, el poeta recién liberado tuvo que firmar una carta donde juraba que el calamitoso estado de salud que presentaba y las marcas de las torturas eran producto del cautiverio en una cárcel venezolana. A los dos días de estar en Bucarest, llegó su cuñado, Carlos Díaz Sosa.

Tendrían pocas horas para ponerse al día, porque Díaz Sosa recibió del gobierno rumano un permiso por sólo 48 horas de permanencia en ese país, en las que estuvo siempre escoltado por un funcionario policial.

El 30 de diciembre de 1974, Lameda se fue a Londres, donde vivía su hermana Nelly, su cuñado y los hijos de la pareja. Y el 13 de febrero de 1975, viajó a Berlín, por invitación de funcionarios del gobierno de Alemania Oriental (la RDA) para recibir atención médica por una seria dolencia en la pierna izquierda, ocasionada por las inclemencias de la cárcel y de los inviernos que debió soportar sin calefacción ni abrigo. Al llegar Berlín se encontró con un peloteo burocrático: nadie sabía de la invitación ni mucho menos de la fecha de su ingreso al hospital.

Exasperado por la situación, Lameda se trasladó a Alemania Occidental e inmediatamente su enfermedad hizo crisis; y el 24 de febrero de 1975 tuvo que ser llevado en brazos de amigos a una clínica privada, donde, el 14 de marzo, se le hizo una intervención quirúrgica en la columna, con excelentes resultados. Estaba convaleciente en su habitación cuando recibió una llamada de la Cancillería de Venezuela, donde se le informaría que su país se haría responsable de todos sus gastos médicos.

-¿Alí? –dijo la voz en el auricular-.

Te habla Ramón Escovar Salom -¡Pirujo! –le contestó Lameda, con voz temblorosa y recordando el sobrenombre que los muy íntimos le dan al entonces ministro de Relaciones Exteriores de Pérez.

Venezuela, provincia de Cuba
En abril de 1975, cuando el ex presidiario estuvo suficientemente restablecido, ocurrió algo singular:
sostuvo una entrevista periodística con el infatigable luchador por su causa, Carlos Díaz Sosa, en la que el poeta haría declaraciones que nunca más repetiría.

Al ser interrogado por los motivos de su detención, Lameda reveló que había sido víctima indirecta de la decisión del Partido Comunista de Venezuela de ir a la pacificación, puesto que esta opción del Comité central del PCV fue respetada por todos los partidos comunistas del mundo, menos los de Cuba, Corea y Albania. Su prisión había sido, pues, una manera de cobrarse esa medida del PCV. Y Fidel Castro no movió un dedo para agenciar su excarcelación o mejorar las condiciones de su retención.

“Cuando en 1967 fui detenido en Corea”, dijo Alí Lameda, en entrevista publicada por este diario el 20 de abril de 1975, “la dirección del Partido Comunista de Cuba, por boca de su primer secretario, había condenado y estigmatizado a la dirección del PCV, acusándola de traidora, reformista y pusilánime, y de haber vendido suciamente la revolución venezolana. Con esto se inició una soez y gigantesca balumba de insultos y anatemas contra los dirigentes comunistas de Venezuela, a quienes se les acusó, incluso, de haberse apropiado de no sé cuántos millones de dólares (obtenidos como ganga y limosna en varios países socialistas, entre ellos Cuba) y de haberse convertido en agente a sueldo del imperialismo yanqui. Para algunos dirigentes de Cuba, Venezuela era una especie de provincia cubana donde había que repetir a toda costa la revolución que ya triunfara en la isla”.

Cuando el periodista (Carlos Díaz Sosa) le pregunta cuál era el punto crucial de la disputa, Alí Lameda le responde que: “El punto crucial del asunto giraba en torno a la vía armada o a la vía pacífica.

Los compañeros coreanos, cuyo país para entonces contaba con una sola representación diplomática en América latina: Cuba, y mantenía excelentes relaciones con el gobierno y el Partido Comunista de ese país, se hizo eco de esa campaña.

[... ] El hecho de que todas las diligencias que hiciera el PCV ante el gobierno de Corea pidiendo que le diesen al menos información sobre mí no tuvieron éxito alguno, prueba que la dirección del Partido del Trabajo de Corea se sumaba a la posición de los dirigentes comunistas de Cuba, condenando también lo que a los ojos de éstos era una traición del Comité Central del PCV a la revolución venezolana e internacional”.

-Esa situación -refrenda el periodista Díaz Sosa- fue mencionada a lo largo de todo el juicio, razón que asiste a Lameda para sostener que “el juicio contra mí vino a ser también un juicio al PCV y su posición política de aquella lamentable época”.

Si Castro hubiera movido un dedo
En esa misma entrevista, Alí Lameda dice: “Es claro que si Fidel Castro, cuyo espíritu generoso, justiciero y humanitario le reconocen incluso muchos de sus enemigos políticos, hubiese hecho alguna intervención por mí ante las autoridades de Corea del Norte, donde su influencia es muy grande, mi situación habría mejorado enseguida.

Pero yo tal vez no tuve suerte. La dirección del Partido Comunista de Cuba había roto en 1967 con la dirección del PCV y una campaña furibunda se desató en Cuba contra los dirigentes comunistas venezolanos.

En esta febril, muérgana, venenosa y virulenta campaña se afirmaba que muchos dirigentes marxistas de la revolución venezolana, como Jesús Farías, Pompeyo Márquez, Eduardo Gallegos Mancera, Guillermo García Ponce, Eloy Torres, Teodoro Petkoff, Argelia Laya, etc., habían traicionado la revolución convirtiéndose en muy bien retribuidos agentes imperialistas de la CIA, y era necesario ajustar cuentas con ellos y destruirlos.

Esta sucia y fangosa ola de calumnias me alcanzó a mí en la ergástula donde me consumía”.

Al referirse a Alejo Carpentier, Lameda diría: “Tú mismo, Carlos, conoces muy bien la manera estúpida y despótica como reaccionó ese figurón gálico, tras una vistosa mesa Luis XV. Y desde el rojo chaleco de su nuevo, mejor pagado y más elegante oportunismo, cuando se logró finalmente hablar con él, a objeto de que hiciese una intervención, que se limitaba a un simple y humanísimo ruego: que él escribiese al embajador de Cuba en Corea del Norte preguntándole si yo estaba o no preso. La ruda, breve y seca explicación que dio Carpentier, como negativa a realizar tan fácil diligencia, fue la de que, siete u ocho años atrás el Gobierno de Venezuela había roto sus relaciones con el gobierno de Cuba, y él, como ministro consejero de su país en Francia, no tenía nada que hacer ni por qué ocuparse de la suerte de un venezolano preso en un país socialista. Alejo Carpentier me conocía lo suficiente para saber que yo no tenía ninguna relación con el gobierno venezolano de entonces. En mi caso se trataba de un escritor comunista, preso por varios años en un país socialista, y del cual no se sabía nada. [... ] Lo que se le pedía a Carpentier no iba a comprometer ni sus tabacos ni sus polveras. Alejo Carpentier olvidaba lo que fuera mi buena y dadivosa patria venezolana para él. Olvidaba que allí encontró generosa y permanente acogida. Que Venezuela le dio buen y fácil trabajo de qué vivir, comer, beber y vestir bien, y gozar de respeto, cariño, mesa y cama holgadas, alabanzas y otros deleites...” .

Dictadores cómicas
Pedro Llorens
Alí Lameda ya estaba sano y salvo en Venezuela cuando –hace unos 20 años– el periodista Gustavo Aguirre y yo fuimos invitados a Corea del Norte por el profesor J.R. Núñez Tenorio, entonces representante oficioso de Pyongyang en Caracas.

Todavía el temible país asiático lo era antes y lo es ahora estaba bajo la sombra protectora y autocrática de Kim Il Sung, el “amado líder” de los norcoreanos, quien había guerreado contra los japoneses y después contra los estadounidenses, figura descollante en el Hit Parade del siglo de los dictadores, junto con Hitler, Stalin, Mussolini, Mao, Tito, Franco, Fidel y una larga lista de satrapotas y satrapitas, más o menos malos o peores, especialistas en apoderarse (de modo vitalicio) de la conciencia humana. Entre todos, el de Pyongyang tuvo a su favor una obra social de primerísimo calidad, incluso de lujo, gracias al desarrollo de una importante industria pesada, cuyos ingresos daban también para monumentos y estatuas tan descomunales como el culto a la personalidad que propiciaba.

A tal punto llegaba la adoración a Kim Il Sung (heredada por el papanatas de su hijo, Kim Jong Il) que todo, absolutamente todo, lo material y lo inmaterial, era producto de la intervención casi divina del venerado presidente. Cualquier comentario como ¡qué bonito es el metro!, era respondido con un “antes no lo era, pero el amado líder dijo ¡quiero que mi pueblo tenga el mejor metro del mundo!”. Un cineasta entrevistado por una revista en español decía que a su película le faltó un toque de magia que sólo tuvo cuando el amado líder la censuró: ordenó quitarle unas escenas. Y los funcionarios hablaban con uno como si estuvieran transmitiendo las palabras del líder: “él ha dicho que le agradece su interés por nuestro país...” . Por supuesto que el lacayismo de los súbditos resultaba cómica y Alí Lameda cometió la ligereza de burlarse.

El comisario político nos hizo una extraña revelación: “en el caso de Lameda creo que sus amigos (franceses y cubanos) lo traicionaron”.




Alí Lameda:

Alí Lameda nació en San Francisco-Carora el 12 de junio de 1923, sus padres fueron Antonio Lameda y Fabricia de Lameda. Alí Lameda desde muy joven comenzó a viajar.

Su viaje a Carora:

En su estadía en Carora Hizo su primera escolaridad en la Escuela Egidio Montesinos, dirigida por el maestro Pablo Álvarez. Obtuvo un trabajo de traductor del francés al castellano y corrector de Obras Culturales de la Editorial del Estado. Un tiempo después obtuvo una enfermedad desconocida y su padre dijo que los médicos le dijeron que él moriría de una enfermedad desconocida y que se salvó gracias a un milagro de Dios, ese fue el motivo por el cual su padre quería que él fuese médico, para que cure a todos los que lo necesitaran, pero Alí Lameda también tenía una duda ya que también le gustaba la política cuando leía sobre Chío Zubillaga, pero antes de tomar una decisión prefirió consultarlo con el mismo Chío ya que lo consideraba una guía espiritual.

Aún siendo muy joven regresó a San Francisco en sus vacaciones donde conoció a su primer amor Carmen Elena y tuvo un romance con ella. Ellos sólo se veían siempre después de las 10 de la noche y antes del amanecer se tenía que ir, ya que ella estaba en pleno divorcio con un hombre machista y primitivo; en todas sus vacaciones hubo una noche distinta en la que por primera vez se sintió capaz de conquistar y seducir a una mujer con su pleno consentimiento. Regresó a Carora después de sus vacaciones y se encontró con la buena noticia de que abrirían primer año de bachillerato, lo cual haría que él permaneciera por más tiempo en esa pequeña pero importante ciudad; Carora, por la presencia de Chio Zubillaga y su rol de gran maestro en la juventud de aquel entonces.

Su vida fue consagrada a la poesía y contribuyó modestamente a construir una sociedad libre, igualitaria y feliz, donde todos los hombres y mujeres de la tierra pudieran disfrutar antes de morir. Su imaginación se ha convertido en su única arma de lucha para no morir en la soledad del calabozo.

Pensó en su traslado a Barquisimeto a continuar sus estudios en el liceo “Lisandro Alvarado”; en la academia cultural “Mosquera Suárez”. En dicho liceo cursó cuarto y quinto año de bachillerato, se graduó de bachiller y con su flamante título se fue a Bogotá-Colombia a realizar sus estudios de medicina, su inclinación a la poesía y no prematuro interés en participar en la política de su país y en periodismo político y literario, lo hicieron abandonar sus estudios de medicina y regresó a Barquisimeto. En esta nueva estadía en esta ciudad se involucró a la academia “Mosquera Suárez” y conoció a su fundadora y directora Casta J. Riera, una excepcional mujer que dedicó su vida a preparar a miles de jóvenes venezolanos para el trabajo técnico y administrativo. Al lado de la academia fundó una Editorial en la que publicó su primer libro de poesía titulado “Polvo del Tiempo”. El estímulo de Carmen J. Riera fue fundamental para continuar con sus trabajos literarios, escribió versos, ensayos y narraciones, algunos de los cuales envió al semanario “Cantaclaro” y otros los guardaba para su revisión futura.

Luego se fue a visitar a Carmen Elena quien había adquirido una pequeña pero hermosa casa en la Avenida Libertador, entablaron una conversación y a mitad de ésta recordó que debía viajar a Caracas para terminar sus estudios de medicina que había truncado en Bogotá; esa noche la pasó con Carmen Elena en casa de ella y en la mañana se fueron juntos a la academia “Mosquera Suárez”, Carmen Elena para continuar con sus estudios y Alí Lameda para entregar una artículo periodístico sobre la Obra Cultural de Chío Zubillaga en Carora para la revista “Alas” que dirigía Casta J. Riera quien le dijo que él y Chío debían realizar una función cultural complementaria en el Estado Lara que han estimulado e impulsado a mucho jóvenes hacia el estudio y la superación intelectual, también les dijo que la labor de Chío no tenía comparación. Ese día fueron al río turbio y en la noche se quedó de nuevo en casa de Carmen Elena y luego de la cena dieron comienzo al juego amoroso de la despedida, se despidieron en la mañana y Alí Lameda si fue a despedirse de Chío Zubillaga y cuando llegó Chío le comentó que había enviado un artículo de él al poeta Carlos Augusto León para que lo publicase en la revista “Aquí Está”, pero no había sido publicado. También le entregó dos cartas, una para su amigo el poeta Luis Beltrán Guerrero y la otra para Dr. Jesús González Cabrera y le dijo que esperaba y no lo defraudase.

En su viaje a Caracas:

Estando en Caracas intentó continuar con sus estudios de medicina que había iniciado en Bogotá-Colombia y los había abandonado por su irrefrenable vocación literaria. Nunca pudo concentrarse en sus estudios en la Escuela de Medicina de la Universidad Central de Venezuela hasta que conoció a Mireya, una morena de senos exuberantes, labios gruesos muy sensuales y una sonrisa cautivadora y un cuerpo escultural, que unidos a su carácter extrovertido hacen de ella una beldad tropical. A partir de ese momento no se preocupó más por sus clases sino por Mireya, un día al finalizar la clase Mireya se levantó y lo dio un pequeño papel donde estaba su dirección y le dijo que al día siguiente fuera a su casa para estudiar anatomía. Después de ese día salieron durante un tiempo, pero se separaron ya que ella cursaba una asignatura que él no cursaba.

Alí Lameda fue a la redacción del seminario “Fantoches” a conocer a su director el Dr. Jesús González Cabrera, quien lo recibió de inmediato, allí encontró al poeta Luis Beltrán Guerrero y les entregó las cartas de Chío y luego de leerla les dijeron que di Chío lo recomendaba debe ser un gran poeta y un gran escritor y que iba a tener un gran futuro y les pidieron que hiciera un “Canto para París”. Todas las noches meditaba acerca de que escribir y una noche recordó que Chío había vivido en París, que leía y hablaba en francés y que le había dado las primeras lecciones de esa lengua. Con la inspiración que siempre tenía al recordar a su maestro Chío escribió:

Canto a París:


Desde el amargo luto, desde el frío
martirizado lirio ceniciento,
junto a la hoguera de invernal lamento
y el azuloso pétalo sombrío
Llega París con el profundo vuelo
de tu terrestre sideral victoria,
llega con el secreto de la gloria
que abierto ya te aguarda nuestro cielo
Rompe la niebla del recuerdo oscuro
llena de luz la soledad desierta
y que otra tu luminaria muerta
nos siembre estrellas en el pecho duro.



Luego de hacerlo se lo envió simultáneamente a Chío, al poeta Guerrero y al Dr. González Cabrera quien lo publicó en el “Fantoches” la semana siguiente. Por la mañana siguiente se fue a la Universidad, no muy entusiasmado por la medicina, sino por ver a Mireya y leerle el “Canto a París”. Luego de varias semanas Mireya invitó a Alí Lameda a su casa, allí hablaron sobre “La Montaña Mágica”,”La Segunda Guerra Mundial”, después de un corto período de silencio se dieron un beso apasionado, se olvidaron del mundo que los rodeaba, pero sólo tuvieron tiempo para estimular y hacer sentir el éxtasis del primer orgasmo, ya que una tenue pisado en dirección a ellos los hizo vestirse con prontitud y como no pudieron amarse en ese momento decidieron ir a un pequeño pero acogedor hotel en el este de la ciudad denominado “Savoy” el cual convertirían en el epicentro de sus apasionados encuentros, se separaron de nuevo por ella debía estudiar para exámenes finales y él decidió no ir.

Compenetrado con el rumbo de La Segunda Guerra Mundial se dedicó también a leer la más amplia literatura posible sobre la consecuencia del desenlace final. La derrota definitiva de los nazis le dio un vuelco al mundo por la presencia de la unión soviética en el escenario occidental. Escribió “Evocación de Rusia” dedicada a su maestro Cecilio Zubillaga, con quien había compartido los avances del socialismo. De la cual sólo colocamos su introducción:




Del tiempo, del oscuro
ámbito quejumbroso, germinal, estrellada
de la sombra, del polvo, del hielo duro y puro
y la dulce columna iluminada
ha nacido una tierra, entre la tierra,
un sonido terrestre como el agua, un violento
metal de luz ardiendo su constelada guerra:
ha florecido un día sobre el viento,
sobre las algas, sobre las orillas
que contienen las noches del océano helado,
sobre las taciturnas colinas amarillas
del azufre y el fósforo extenuado.

Viajó de nuevo a Carora a hablar con Chío Zubillaga y entablaron una conversación, donde Alí Lameda le decía a Chío que algunas otras impresiones que tenía acerca del rumbo que podía tomar el mundo de hoy y en especial las repercusiones en nuestro País se las hará saber personalmente y también le decía que estaba haciendo precauciones para viajar a Praga, donde intentará terminar sus estudios de medicina y profundizar en lo que a él le gusta: La literatura.

Al volver a Caracas se encontró de nuevo con Mireya quien lo acompañó a una pequeña habitación donde funcionaba la Juventud, allí le entregaron a Alí Lameda el pasaje para que se fuera a Praga y una constancia de beca por parte de la Unión Internacional de Estudiantes. Luego de allí salieron a su despedida final y fueron caminando lentamente al hotel de sus volcánicas pasiones amorosas.



En su viaje a Praga:

Antes de llegar a Praga Lameda hizo una escala en París y luego en Varsovia para asistir con una delegación de la Juventud Comunista de Venezuela, integrada por Alberto Lovera, Jerónimo Carrera, Israel Lugo y un camarada de apellido Medina a una Conferencia Internacional de la Juventud Trabajadora. Sus camaradas checos se enteraron de que Lameda era becado y se ofrecieron a darle todo tipo de ayuda. Entre todos esos camaradas conoció a Vera una muchacha de rostro muy fino, en comparación con la imagen que él tenía de las mujeres caroreñas e incluso de las mujeres caraqueñas. Vera era estudiante de Filosofía Política, redactora del periódico de la Juventud Comunista Checa y una de los miembros de la delegación que hablaba muy bien el francés. Vera se interesó en conocer todo a cerca de la Política de Venezuela y América Latina. Partieron juntos a Praga y a mitad del viaje comenzaron un romance. Al llegar a Praga fueron al apartamento de Vera donde Lameda permanecería como huésped. En ese mismo apartamento conoció a Erica, la hermana de Vera. Erica trabajaba en la Biblioteca del Estado y como la beca que recibió Lameda en Caracas le exigía aprender a hablar checo, que se compenetrara en la literatura de ese gran País e integrarse de alguna manera en el proceso de cambio que allí se desarrollaba. Erica le facilitó la entrada a la Biblioteca del Estado.

Algunos días después llegó Jerónimo Carrera, acompañado por Rafael Echeverría, destacado dirigente de la Juventud Comunista del Partido de Educador; asistieron juntos a varias reuniones de la Juventud checa, caracterizada por la abierta discusión y la profundidad de los debates. Estando en Praga escribió un drama de verso titulado “La Celda que Canta”, en memoria a un admirable patriota checo que era una gran figura universal Julio Fuchik.

Luego de un tiempo se concentró en analizar junto a Vera las grandes transformaciones sociales y políticas que se había operado en lo últimos tres años el gobierno socialista y a redactar las dos primeras Gestas de “El Corazón de Venezuela”. La primera Gesta comienza así:

LA ROSA ANTIGUA


A donde el día puso sus órbitas radiantes
de luz maravillosa, poderosa;
a donde el tiempo lleno de abejas delirantes,
puro alzaba al espacio espiga diamantosa,
su hechizada corola primitiva.
A la tierra y sus negras florestas plañideras,
a sus filones arduos como una braza viva;
a las incomparables primaveras
de su amorfo dominio calcinado;
a la diadema ardiente de maíz, a la tersa
túnica de la yuca gloriosa, al abrasado
mediodía y su rubia girándula dispersa;
a la tierra en que ondeaba fino el añil su veste;
a su asperón, a sus raíces rudas,
a su llanura libre bajo el sol, a la agreste
paz de las dulces razas, pletóricas, desnudas;
a la embriaguez amada de la tierra que un día
dio al hombre el pan, la miel deslumbradora
y el agua y su fluctuante pedrería,
total y ansioso corre mi corazón ahora
por un camino ignoto de espanto y alegría.



Para hacer esta primera Gesta tuvo su inspiración en la tierra perdida, en cualquier parte de América Precolombina. La Otra Banda de Carora, donde esa misma tierra le dio al hombre una inmensa noche llena de atributos espléndidos, con grandes estrellas y una pequeña luna que se turnan en la oscuridad y en el amanecer. Los primeros versos de la segunda Gesta dicen así:

EL PRIMER HOMBRE
(La leyenda de Ina-Uiki) I

EL ORIGEN



En los dulces comienzos efluviantes
el tiempo y la gran noche primitiva,
cuando el mar descansaba sin peces rutilantes
y en la arcillosa cáscara pasiva,
con su prístino pétalo intocado
de nieve y heliotropo, dormían dulcemente
la flor del jazminero alabastrado
y la catleya de pavón fulgente;
cuando era, con sus leves arenas de umbelado
marfil, el Uenni un lago tranquilo, y la semilla
del semen primordial yacía fresca
bajo su enorme cúpula amarilla;
cuando en el glauco abismo de copa gigantesca
todo, la sal, el pórfido, los tules
del ópalo lechoso, flotaba allí sin nombre,
la Gran Madre, Ina-Uiki de pómulos azules,
formó sobre este suelo el primer hombre.



Lameda duró un total de tres años viviendo en Praga, ya que su beca se había vencido, por tal motivo debía volver a Venezuela. Su hermano tuvo que enviarle dinero ya que varias veces posponía la despedida por que cuando consideraban agotadas sus energías vitales en el momento de la separación, resurgían con mayor vigor en las tumultuosas noches del último adiós. Luego decidieron casarse para solicitar el permiso de viajar con Vera a Venezuela, pero el permiso se le fue negado. Así que tuvieron que tomar distintos rumbos para cumplir misiones políticas en espacios diferentes. Aceraron la voluntad y se prometieron afecto en el tiempo indeterminado. Lameda regresó a Venezuela en plena dictadura del General Pérez Jiménez.

En su estadía en Caracas:

Su presencia en Caracas solo podía ser útil para cumplir una función intelectual. Su padre había fallecido, pero como era un hombre trabajador les dejó una casa en la que su madre los prodigaba con el amor y la atención que eran suficientes para conformar un hogar feliz. Regresó sin título de médico y necesitaba trabajar, pero lo único que él sabía hacer era escribir. Buscó a Miguel Otero Silva para que le diera trabajo y le entregó copias de sus tres primeras Gestas “El Corazón de Venezuela” quien para ese tiempo se llamaba “Canto de la Gran Patria” y después de leer las primeras páginas le dijo que esa sería su gran obra como poeta universal y le entregó la obra a Mariano Picón Salas quien era uno de los críticos calificados del continente.

La primera discusión en la que Alí Lameda tomó parte después de su llegada a Caracas fue en torno al Premio Nacional de Poesía al bienio 1951-1952 que fue otorgado a Félix Armando Núñez por su obra titulada “El Poema de la Tarde”, que provocó diferentes reacciones en el público. El veredicto del jurado para dicho permio lo hizo reflexionar sobre la poesía Nacional, escribir para “El Nacional” y poder expresar sus ideas en la cátedra de Castellano y Literatura en el Instituto Pedagógico Nacional.

Alí Lameda se encontraba en mejor lista de los venezolanos tenaces y silenciosos, concluyó la obra poética vasta que se había hecho en el País desde los tiempos de Juan de Castellano. Luego de un tiempo publicarían la primera parte de la intención del “Canto de la Gran Patria”, dicha obra es una de las más importantes que haya producido nuestra literatura.

Una parte de la tercera Gesta dice así:

LOS PREDIOS INTOCADOS:

Antes de que llegara un día a este sagrado
suelo del indio los Descubridores
todo era aquí perfecto, purísimo: las flores,
la dulzura del aire azafranado,
los peñascos, la lumbre con sus multicolores
vellocinos, el agua, las chifurnias, el cuero.
Todo era aquí invadido de colmenas,
esponjado por un sórdido reguero
radiosos y vasto sobre las arenas
del día, sobre el ágil
lomo de las serpeantes colinas intocadas,
sobre el ignoto yacimiento frágil
y las altiplanicies nacaradas.
Todo a la mano el hombre lo tuvo aquí perfecto:
la paz del yodo, el apio, la lluvia y sus bastones
prolíficos, los densos majales, el insecto
Y las preciosas alimentaciones.
De este modo la noche le era con un sonido
total, entre los valles cobrizos y las lomas;
propicio el sol, propicia la rosa de los vientos,
la miel propicia, el sumo de la hoja
azul, sus feculentos
jarabes, el ciclón, la hormiga roja,
la selva llena de estremecimientos.




Lameda participó en la lucha por la instauración de un régimen democrático venezolano donde estudiantes t profesores se unieron al pueblo ya que la represión policial contra estudiantes y profesores del Instituto Pedagógico Nacional y otras instituciones de educación media y superior era un verdadero crimen por la cultura y el progreso del país.


POR LA LIBERTAD DE ESTUDIANTES Y PROFESORES
DETENIDOS
POR LA LIBERTAD DE LOS PRESOS POLÍTICOS
POR EL DERECHO A LA EDUCACIÓN POPULAR Y
GRATUITA
Célula “Pío Tamayo” del Radio Educativo
del Partido Comunista de Venezuela.
Caracas 1956.



Después de discutirlo y aprobarlo en una reunión de la célula, el volante fue distribuido clandestinamente en el Pedagógico, también provocó una mayor represión y la incorporación al partido de varios profesores y estudiantes quienes buscaban una vía para caracterizar su protesta por la conquista de un gobierno democrático.

En la redacción de “El Nacional” Miguel Otero Silva le entregó dos libros que Alí Lameda debía analizar para sus próximas columnas de “El Cura y el Barbero”. Uno de los libros era la tercera edición de su novela “La Fiebre” y el otro Poesías Escogidas de Rafael Arvelo y Francisco Pimentel.

Luego de un tiempo publicó su obra notable, Venezuela Pre-colonial que era un trabajo de investigación etnológico. Rionegro un libro que tal vez no se acople mucho a las exigencias académicas de algunos sabios no se escapó de tener un valor científico como una de sus obras.

Al volver a “El Nacional” Miguel Otero Silva lo recibió como siempre, pero preocupado por el cerco policial sobre el periódico, le entregó un libro que tenía en sus manos y le dijo que escribiera una nota sobre El Sargento Felipe de Gonzalo Picón Febre y le pidió que se la enviara con la persona que más confiara y que creía que tenía que salir del País, pero que él quería que Alí Lameda siguiera escribiendo en su columna. Alí Lameda comprendió el motivo por el cual Miguel Otero Silva le pidió que se fuera del País, por lo tanto quería irse a Europa y estudiar cultura y política, pero no tenía como costear los gastos, y Miguel Otero Silva le dijo que se fuera a Roma como corresponsal de “El Nacional” y le pagarían en dólares lo mismo que cobraba aquí en Venezuela y que hasta podía contar con un aumento.

Antes de irse hizo la introducción de lo que sería su columna “El Cura y el Barbero” y la envió con alguien de confianza. En la noche su amigo de la infancia, Gustavo le preparó una cena de despedida para Alirio Díaz y Lameda ya que ambos viajaría aunque en fechas distintas, Alirio le dijo a Lameda que la casa de su suegra estaba disponible para que se quedase allí mientras se encontraba en Roma, a mitad de la cena comenzaron a recordar sus correrías por los cardonales de la Otra Banda, especialmente en San Francisco y La Candelaria y su visita al cuarto-biblioteca de Chío Zubillaga, el maestro que los estimuló a buscar nuevos rumbos. La separación se tornó más sentimental, la hora de partir ya estaba cerca y no era posible posponerla, volvieron a la realidad y se levantaron. Al oír la sirena del último llamado Alí Lameda le dijo que se llevaría sus recuerdos y también su imagen.

En su estadía en Roma:

Al llegar se fue a la dirección de la casa de la suegra de Alirio, donde la conoció a ella y también a la esposa de su amigo, quienes lo atendieron debidamente. Con un mapa de la ciudad se dispuso a conocer los lugares Histórico-Culturales, a los poco día llegó Alirio con quien fue a visitar el Partido Comunista de Italia do0nde se encontraban varios camaradas que había conocido en el Festival Mundial de la Juventud, el cual se realizó en Budapest en 1949, Cesar el jefe de aquella delegación lo invitó a reunirse con un grupo de camaradas, donde se destacaba una elegante dama de mechón rubio, su nombre era Andreina, era una mujer llena de encantos tanto físicos, como espirituales. Lameda junto a esta grupo discutían discutieron sobre el socialismo y la cultura, también hablaron sobre la literatura de Vladimir Maiakvsky.

Se dirigió con Andreina a la Embajada de la Unión Soviética ya que tenía una cita con el Consejero Cultural ya que necesitaba saber los requisitos que debía cumplir para poder optar una beca de Estudios de Postgrado. Luego la acompañó a su apartamento, donde después de unas copas de vino comenzaron su romance, antes del anochecer fueron a un pequeño pero confortable hotel donde estuvieron juntos hasta el amanecer, al levantarse le Lameda le comento que la cuarta Gesta de “El Corazón de Venezuela trata sobre un canto a un periodo histórico muy convulsionado y cruento de la Conquista y la Colonización, de las tierras ocupadas por indígenas, en lo que es hoy la nación venezolana inspirado en las luchas y guerras desiguales que libraron los conquistadores y colonizadores españoles y alemanes contra las tribus de indios guerreros algunos, pero la mayoría hombres trabajadores y pacíficos; también le leyó algunos versos que había escrito inspirado en Carora, donde pasó su infancia y su juventud.

CARORA




Un río aquí, una cinta de brillo ceniciento
bordea este playón desconsolado,
su cujizal costroso de corazón obscuro.
Vino al Morere y su árido dominio
geológico, a la noche
por donde el río canta,
el escuadrón de los conquistadores;
y halló una piedra extraña de sílice ardorosa,
un territorio pálido, erizado
de cardones y viejos sarcófagos calcáreos.
Carora duerme ahora bajo sus gigantescas
estrellas de azufrado polverío.
Ciudad de fulminado desconsuelo:
¿es éste tu comienzo dolorido?
¿Esta tu infausta génesis en esta
orilla desolada por la que cruzo ahora
pisando tus sombríos terrones
silenciosos?
¿Por qué llora tu río delgado mientras alza
su gran hoguera roja
la tarde lastimera?



Se acercaba ya el día en que debía separarse por la partida de Andreina a Moscú para continuar sus estudios; Lameda recibió una llamada desde Venezuela donde le proponían que se trasladara a Berlín como corresponsal político de “Tribuna Popular” un semanario del Partido de Venezuela. Lameda aceptó la propuesta y le avisó a su amigo Miguel Otero Silva de este nuevo cambio. Fue inmediatamente al apartamento a preparar sus cosas para irse lo más pronto posible y a darle la noticia a Andreina, quien se puso muy contenta porque no iba a estar muy lejos y porque vivirían en un país socialista. Con el paso de los días Andreina volvió al apartamento con la carta de la aprobación de la beca para realizar sus estudios de postgrado en Moscú, pasaron la noche juntos y al amanecer se fueron en tren donde vivirían los últimos momentos de su noviazgo. Lameda se bajó del tren en Lichtenberg (Berlín) y Andreina siguió a Polonia.

Su estadía en Berlín:

Al llegar a Berlín se dirigió a la casa del Partido donde se encontró con el periodista Cayetano Ramírez, el médico Rubén Ruiz y el estudiante de química Álvaro Pérez, junto con ellos compartió revolucionarias movilizaciones y eventos políticos, también estuvo en jornadas culturales para difundir el pensamiento de algunos escritores Venezolanos, inquietudes políticas y literarias. Cayetano le presento algunos dirigentes del partido y los militantes a los cuales les hizo hincapiés sobre la importancia de su presencia, la cual era estrechar los lazos políticos e ideológicos entre Venezuela y Alemania Oriental.
Elvira Tanze era una dama que se encontraba entre los dirigentes y le llamo mucho la atención a él ya que ella trabajaba en una textilera en Berlín Occidental y se encontraba como dirigente en contra del capitalismo Alemán. Ellos se tuvieron empatía, por tal motivo decidieron verse a los pocos días y así dialogar sobre las jornadas políticas de Venezuela y el movimiento capitalista de Alemania; este partido lo hospedo en la estación del metro de Lichtenberg donde recordaba a Andreina a cada momento. Mientras aprendía a hablar alemán se dedico a discutir con Cayetano sobre la novela Batalla Hacia La Aurora. De Andrés Nariño Palacios.

Luego de un tiempo se encontró con Elvira Tanze en una reunión de la casa del Partido Alemán y la invito a tomarse un café, luego de esto la llevo a conocer su apartamento en el cual comenzaron una relación amorosa, Elvira se fue a su casa y a su trabajo en Berlín Occidental.

Al poco tiempo Elvira regreso al apartamento de Lameda, y encontró en el piso un sobre con la invitación para asistir a los actos conmemorativos de los diez años de la Republica Democrática Alemana, un suceso muy importante; con la tarjeta de invitación en la mano se dirigieron al lugar de la concentración; al terminar el acto decidieron buscar a Cayetano y a Álvaro para celebrar entre amigos comenzaron hablar sobre el desarrollo de la Republica Democrática Alemana.

Gustavo Machado le informó desde Caracas que Jesús Faría, Secretario General del Partido Comunista de Venezuela, Iba a visitar la Republica Democrática de Alemania y le pidió que lo acompañara a todas aquellas actividades políticas que requerían la presencia de algunos venezolanos residenciados en Berlín. Tiempo después de su llegada lo acompañaron el 27 de agosto a un acto que dio a conocer dicha Republica, luego de la reunión fueron a despedir a Farías quien seguía de viaje para Moscú. Pero antes de irse fue invitado a la Feria de la Paz, donde él se despidió convencido de que la República Democrática Alemana avanza a un ritmo prodigioso hacia el socialismo y el comunismo, nadie podría detener su marcha triunfal con ese clima de prosperidad y estimulo a la creación material y espiritual.

Lameda encontró las condiciones ideales para continuar trabajando y terminar su poemario “El Corazón de Venezuela”; su primer avance fue el Canto a Guaicaipuro “El Gran Cacique”. La primera parte decía así:


Hermoso era el Cacique, precioso; que lo diga
la adintelada noche que lo miró creciendo.
Se alzaba sobre el suelo como una gran espiga
mineral, de azulosos cabellos floreciendo.
Lunar era el Cacique, de escamas alunadas
era la piel del torso bruñido y encendido
que erguía en sus celestes regiones invioladas.
Solar era el Cacique, como un sol, y fundido
en un solemne bronce de fundición radiosa.
De tierra era el Cacique, su brazo era de tierra
delgada, su cabeza como una negra rosa
espléndida, y su pecho floreal como la sierra
por donde a grandes saltos paseaba su hermosura,
su desnudez suntuosa de piedra centelleante.
Enorme era el Cacique, su pálida estatura
tocaba con su frente la cúspide acechante
del gran cerro que el valle metálico domina.
Pequeño era el Cacique dorado, no más grande
que un minúsculo talle sutil de clavellina,
ni más que el jazminero que su perfume expande
cuando cae el crepúsculo sobre el suelo y lo viste
de agudos resplandores de tornasol y grana.
Bravío era el Cacique; más que el cuerno que embiste,
más duro que el obscuro macizo de obsidiana
salvaje en que rompen gimiendo los ciclones,
más que los pedernales recónditos del suelo,
más ardiente que el fuego de rubios dentellones.
Fino era, con figura fragante de asfódelo,
el Cacique. La vida no pudo hacerlo nunca
más fino; y así, llama finísima saltando,
en la terrible noche quedó su copa trunca....
¡Por ella la arena todavía está llorando!




Esta primera parte la leyó Elvira y le propuso que lo enviara al Premio “Casa de las Américas” de Cuba, pero Lameda creyó que no había tiempo para enviar los originales, Elvira se encargo de sacar tres copias y enviarlo ella misma a la dirección que estaba en el Boletín del periódico “Gramma”, Lameda continuo trabajando en el final del Corazón de Venezuela y a los pocos meses recibió la llamada del Embajador de Cuba y le dijo que había ganado el Premio en el año 1963, y que le enviaría donde aparece el anuncio redactado por Haydee Santamaría.

Lameda recibió varias llamadas de camaradas, pero la que más le entusiasmo fue la del Embajador y el Consejero Cultural de Corea, quienes lo invitaron a celebrarlo en la sede de la Embajada. Al llegar aquí el Consejero lo invito en nombre del Embajador y del Presidente Kim II Sung a visitar a Corea, y le dijeron que estaban seguros de que su obra seria publicada en la Editorial del Estado para Lenguas Extranjeras, en la sección Ediciones Culturales.
Gracias a dicho premio y a la invitación del Consejero se inspiro en terminar su poemario “El Corazón de Venezuela”.

El primer poema de la quinta Gesta fue leído por Lameda en un acto que se organizo por el Concejo Cultural de Corea:

COROPA-MANOA


Más allá de estas penumbras
selvosas y sus bajíos
abre Coropa sus vastas
flabelos enrojecidos.
Más allá de estos gomales
alza, bajo los anillos
del regio día, sus torres
las del fabuloso rito.
Tocan su cielo gigantes
crestas de jaspe sanguíneo,
y árboles de otro sacuden
por donde quiera su brillo.
Más allá de esta llanura
salvaje donde estío
llena la tierra de aromas
y pájaros purpurinos,
está la ciudad que buscas
con sus techos de berilo,
con su gran aire sembrado
de platinosos racimos,
Con baldosas de granate
y arcos de luna y jacinto,
y el múltiple sortilegio
de su esplendor nunca visto.
Al hombre de las espuelas
le dijo de pronto un indio:
-Más allá de estas junqueras,
de aquel peñasco plomizo,
una ciudad de oro puro
levanta su poderío.
Desde aquí veo su calles
multicolores, los finos
muros que brillando cercan
su paramento inaudito.
Desde aquí miro sus techos,
sus rubios pórticos miro,
sus palomas de heliotropo,
sus colgaduras de minio.
-La ciudad de oro destella
lejos del suelo que piso.
Sus pavimentos son de oro,
sus muros de oro macizo.
De oro su templo que baña
como un topacio infinito;
y de oro son sus aceras,
sus casas de oro bruñido.
Cuando la mañana llega
en un tigre zafiro,
un rey que adorna su frente
con plumaje de oro vivo,
mientras abre la luz grande
su constelado abanico
se baña en una laguna
de cárdenos pececillos.
Y luego, muriendo el alba,
con un dorado polvillo,
nueve doncellas desnudas
visten su cuerpo florido.




Al siguiente día llegó Jerónimo Carrera en representación del Partido Comunista de Venezolana, con sede en Praga, le informó que el Buró Político de este partido había decidido trasladarlo a cualquier país comunista e incluso regresarlo a Venezuela. Los coreanos al enterarse de esto le propusieron residenciarse en Pyongyang donde sería un alto funcionario que se encargaría de corregir las Obras Completas del Presidente Kim II Sung, las cuales se comenzaban a traducir al español.



Jerónimo también le planteó el regreso a Venezuela ya que el Partido lo necesita y tenía muy buenas relaciones con Miguel Otero Silva quien podía ratificarle como columnista del nacional.

Lameda al principio pensó que lo mejor sería regresarse a Venezuela ya que su país lo necesitaba como comunista y su relación con Miguel de seguro le haría más factible trabajar para “El Nacional”.

El Consejero Cultural de Corea conversó con Lameda y le explicó que en Venezuela había muchos intelectuales que podían sustituirlo, en cambio en Corea lo necesitaban con urgencia ya que no había nadie que hiciera ese trabajo tan bien como él. Luego de estas palabras Lameda decidió contribuir con sus modestos conocimientos literarios y políticos a fortalecer un nuevo proceso revolucionario por la construcción de un nuevo hombre. En pocas palabras se fue para Corea.

En su estadía en Pyongyang:

Sus camaradas coreanos de la Embajada en Berlín le brindaron todo tipo de atenciones que estaban en sus manos y ya le tenían todo preparado para recibirlo.

Lo único que solicitó fue viajar por tren vía la Unión Soviética, ya que quería tener la experiencia de la travesía del Transiberiano y conocer la geografía de todos los países socialistas por donde tenía que transitar hasta Pyongyang. Recibí pasajes y viáticos para él y su compañera Elvira. Después de casi un mes de recorrido, con escala en diferentes ciudades y parte de China arribaron a la capital de Corea. Fueron recibidos en la estación del Tren y conducidos a un apartamento amplio y cómodo y por la noche fueron objeto de un agasajo en las oficinas de la Editorial. Conoció a gran parte del mundo, de la cultura y de la política coreana. El Presidente de la Editorial del Estado le dijo que la primera recomendación que tenían de la Embajada en Berlín es la publicación de su libro El Corazón de Venezuela, le pidió los originales para editarlos en el menor tiempo posible.

A los pocos meses le entregaron varios miles de ejemplares y a través de la Cancillería enviaron a la Embajada en Praga unos quinientos libros, para ser entregados a Jerónimo Carrera, quien continuaba como delegado del Partido de Venezuela en Europa con sede en Checoslovaquia. Su camarada Jerónimo los hizo llegar inmediatamente a Venezuela, porque muy pronto recibió algunos comentarios o críticas de intelectuales de venezolanos.

En su tiempo libre se dedica a terminar a escribir varios proyectos literarios que había concebido en los últimos años, algunos de los cuales había empezado, como La Creación Poética de Andrés Eloy Blanco, la que redactó en cuatro tomos.

Elvira, que recogía toda la correspondencia que le llega de distintas partes del mundo y en especial de Venezuela, interrumpe su escritura para informarle que el correo trajo varios sobres contentivos de diferentes análisis de “El Corazón de Venezuela”. El primero es de Juan Ángel Mogollón y Elvira lo lee, luego de eso, Lameda decidió terminar su análisis de Poda de Andrés Eloy Blanco, para dedicarse a redactar la segunda parte de “El Corazón de Venezuela”. Para Lameda la presencia de Elvira era de una solidaridad total, en todo momento y circunstancia. Elvira le insistió a Lameda en leerle un análisis de Waldo Ross sobre “El Corazón de Venezuela”, ya que estaba segura de que eso lo iba a estimular para que continuara escribiendo “El Corazón de Venezuela”; él se lo agradeció porque lo ayudaba a compartir el tiempo entre sus estudio sobre Poda y la redacción de la segunda parte de su libro.

Elvira le informó que había llegado Manuel Cedillo, compañero de trabajo en la Editorial “Lenguas Extranjeras”, hombre de una vasta cultura, tanto en lingüística, como en otros conocimientos. Había sido oficial del Ejército francés y combatiente en altos puestos militares durante la Guerra Civil española, a la que sirvió con innegable abnegación y valentía. Manuel es llevó un dulce francés que le había enviado su madre. Tuvieron una larga plática político-literaria, luego de ello Manuel se retiró.

La última vez que Lameda y Elvira estuvieron en su apartamento junto a Manuel, él comentó que había leído El Corazón de Venezuela, que le parecía una epopeya del Nuevo Mundo y que le gustaría conocer la segunda parte que yo estaba escribiendo. Elvira los interrumpe para informarle a Lameda que le había llegado una carta de Hermann Garnendia, un compañero de su juventud en Barquisimeto; con un análisis y titulada Alí Lameda en El Corazón de Venezuela. Manuel le pidió a Elvira que lea la opinión de Hermann Garmendia; luego de que ella leyera la carta Manuel apuró su trago de vino francés que su madre le había enviado y que él siempre compartía con Elvira y él. Manuel bajó a su apartamento, que quedaba a un piso del de Lameda, alegre y optimista sobre el futuro socialista de la humanidad, de la creación de un paraíso terrenal, donde todos los hombres y mujeres disfrutáramos de la más absoluta libertad, sin tener la menor idea de que en la madrugada un grupo de agentes de los Servicios Secretos de Corea, tocaran sus respectivas puertas para invitarlos a dar una declaración para una pequeña investigación que realizaban, y menos que estarían en un campo de concentración de un país socialista, en el que encontrarían la muerte.

Horas antes de que se produjera su detención, Lameda terminó de escribir lo que sería su último poema en Corea del Norte, en una atmósfera de libertad, titulado “La Canción del Pescador de Corea”, del cual colocamos apenas un fragmento:

El pescador de Corea dice que el mar es bravo, que son
sus espumas como crines coléricas, sus gotas como dardos
ardientes; sus resuellos, amargos dentellazos.
El pescador eterno de Corea,
el pescador de la luna de ámbar,
el pescador de la luna roja
lo dice.

El pescador de Corea dice que el mar es una dulce
patria infinita,; que el mar es como un suave
jardín, como una sombra deleitosa.
El pescador de Corea dice que el mar de Corea

es como un diáfano y ondulante jacinto.
El pescador lo dice.

El pescador, hijo del pescador habla del mar
como si hablara de su blusa, como si hablara de una
canción que ya de tanto cantarse perdió todas
sus palabras.

Serían las cuatro de mañana cuando, rodeados por policías armados de metralletas y pistolas, se vieron, desde lejos, sin poderse saludar, sin poderse abrazar como amigos, camaradas y latinoamericanos, que viajaban a contribuir con el desarrollo cultural de un pequeño país del lejano oriente, donde pensaban que sería menos costoso construir una sociedad socialista. No volvieron a verse, pero estaba seguro que vivieron la experiencia más dura y trágica de su existencia en los campos de concentración de Corea del Norte.



Su prisión en Corea del Norte tuvo aspectos mucho más duros que los que eran de esperarse de un cautiverio tan inhumano y feroz, pues las autoridades norcoreanas, no satisfechas con someterlo durante un largo tiempo a ese cautiverio confiscaron, aparte de las otras pertenencias, todos sus manuscritos, que comprendían una labor de veinte años de continuado trabajo. Esa obra, que no tuvo fortuna de imprimirse, alcanzaría unos sesenta volúmenes, comprendiendo todos los géneros literarios. De esta brutal y cínica confiscación, ordenada por los altos organismos oficiales de Norcorea, no se salvó el más mínimo papel. Incluso las simples libretas que sólo contenían direcciones, fueron requisadas y hurtadas, de modo que cuando salió del país no llevaba un solo documento personal. Ni siquiera pudo obtener la Cédula de Identidad que lo acreditaba como ciudadano de Venezuela. Cada vez que, en el largo y agotador juicio a que se le sometió en las mazmorras del Ministerio del Interior, Lameda hacía mención de sus manuscritos, se que daba la brutal respuesta de que todo lo que él había escrito en su vida no era sino una obra sucia, malsana, del más inmundo extracto burgués, y destinado a cantar al imperialismo yanqui. Por tal motivo él no debía tocar más ese punto. Lo curioso es que en esa obra “podrida y burguesa” figuraba un libro de versos, de casi doscientos poemas, dedicado a Corea del Norte. Uno de esos poemas titulado “La Canción del Pescador de Corea”, expresa muy a las claras su pensamiento poético y también político, y hasta dónde llegó su afecto por el pueblo coreano. Dicho poema, que así mismo se publicó en la revista “Bohemia”, de Cuba, fue traducido al idioma coreano. Su lectura bien podría avergonzar a sus acusadores y verdugos. Los mismos que un día inesperado lo trasladaron a la enfermería de la cárcel para curar las llagas que le consumían y la paralización de una pierna, que nunca pudo estirar por completo en el calabozo, debido a sus estrechas dimensiones. Durante varios días recibió una mejor alimentación y los cuidados de una dulce y generosa enfermera, que burló la vigilancia para comunicarle que había oído decir que, después de 7 años de prisión, saldría en libertad por gestiones que familiares y numerosos camaradas y amigos hicieron por todos los medios de comunicación social del mundo y en particular por la intervención del Presidente de Rumania, Nicolai Coucescu y de los presidentes de Venezuela, el social cristiano Rafael Caldera y el socialdemócrata Carlos Andrés Pérez.

La enfermera le preguntó: ¿Cómo se siente? Mientras le pasaba su mano por la frente.
Lameda recordó al poeta Jorge Wolker, pero no recordó textualmente sus versos. Luego pensó en sí mismo y le contestó: Muerto en vida. En la enfermería inventó mentalmente su último soneto en prisión y se lo recité a la amabilísima e inolvidable enfermera.

Me he ido en estas sombras consumiendo
mientras mi corazón se me desmaya;
y se hace un campo gris, se hace una playa,
o el túmulo de un río sin estruendo.

En paz me miro ahora con mi horrendo
crepúsculo y su fúnebre atalaya,
y enlutado viajero, por la raya
sin final de la muerte me estoy yendo.

Adiós entonces digo a mi congoja,
a mi cerebro y su bandera roja,
a mi harapo y su flor anochecida,

para irme así más puro y más liviano,
sobre el cadáver de mi sueño humano
frente a la mar, también de despedida.

Estuvo preso por 7 años en Corea del Norte durante el régimen de Kin II Sung. Murió un 30 de Noviembre de 1995.

http://alilameda.blogspot.com.es/












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