viernes, 21 de diciembre de 2012

JAMES WELDON JOHNSON [8909]




James Weldon Johnson (1871-1938) fue un autor, político, diplomático, crítico, periodista, poeta, antologista, educador, abogado, escritor de canciones, activista de los derechos humanos y prominente figura en el Renacimiento de Harlem. Johnson es más recordado por su trabajo como escritor, que incluye novelas, poemas y colecciones de folclore. Fue, asimismo, uno de los primeros profesores afroamericanos en la Universidad de Nueva York. Más tarde fue profesor de literatura creativa en la Universidad Fisk.

Poesía

Lift Every Voice and Sing (1899)
Fifty Years and Other Poems (1917)
Go Down, Death (1926)
God's Trombones: Seven Negro Sermons in Verse (1927)
Saint Peter Relates an Incident (1935)
The Glory of the Day was in Her Face
Selected Poems (1936)

Otras obras y colecciones

The Autobiography of an Ex-Colored Man (1912/1927)
Self-Determining Haiti (1920)
The Book of American Negro Poetry (1922)
The Book of American Negro Spirituals (1925)
Second Book of Negro Spirituals (1926)
Black Manhattan (1930)
Negro Americans, What Now? (1934)
Along This Way (1933)
The Selected Writings of James Weldon Johnson (1995, posthumous collection)






LA CREACIÓN
(SERMÓN NEGRO)

Y Dios salió al espacio,
miró a su alrededor y dijo:
“Estoy solo—
Voy a hacer un mundo.”

Y hasta donde el ojo de Dios podía ver
las tinieblas cubrían todas las cosas,
más negras que cien medias noches
allá abajo en un pantano de cipreses.

Entonces Dios sonrió
y la luz brotó
y las tinieblas se enrollaron por un lado,
y la luz quedó brillando por el otro lado,
y Dios dijo: “Está muy bueno.”

Entonces Dios alargó un brazo y cogió la luz con la mano,
y Dios le dio vueltas a la luz con las dos manos
hasta que hizo el sol,
y puso ese sol lanzando rayos en los cielos.
Y la luz que sobró después de hacer el sol
Dios la amasó en una bola brillante
y la arrojó a las tinieblas,
lentejueleando el cielo con la luna y las estrellas.

Entonces allá abajo
entre las tinieblas y la luz
arrojó el mundo;
y Dios dijo: “Está muy bueno.”

Entonces el propio Dios vino bajando—
Y el sol estaba a su mano derecha,
y la luna estaba a su mano izquierda;
y las estrellas se apiñaban alrededor de su cabeza,
y la tierra estaba debajo de sus pies.

Y Dios caminaba y donde quiera que pisaba
sus pisadas iban hundiendo los valles
y levantando las montañas.

Entonces Él se paró y miró y vio
y la tierra estaba caliente y vacía.

Y Dios caminó hasta el borde de la tierra
y escupió los siete mares;
y parpadeó y relumbró el relámpago;
y palmeó las manos y retumbó el trueno
y las aguas encima de la tierra cayeron,
las refrescantes aguas cayeron.

Entonces la verde hierba brotó,
y las florecitas rojas florecieron,
el pino señaló al cielo con su dedo,
y la ceiba abrió sus brazos,
los lagos se acurrucaron en los huecos de la tierra
y los ríos corrieron hasta el mar;
y Dios sonrió otra vez
y el arcoíris apareció
y se le enrolló en los hombros.

Entonces Dios levantó el brazo y agitó su mano
sobre el mar y sobre la tierra
y dijo: “¡Producid! ¡Producid!”
y antes que Dios bajara la mano,
peces y aves
y bestias y pájaros
nadaron en los ríos y en los mares,
vagaron en las selvas y en los bosques,
y rompieron el aire con sus alas.

Y Dios dijo: “Está muy bueno.”

Entonces Dios caminó alrededor,
y Dios miró alrededor
sobre todo lo que había hecho.
Miró su sol,
y miró su luna,
y miró sus estrellitas;
miró todo su mundo
con todas sus creaturas vivientes
y Dios dijo: “Todavía estoy solo.”

Entonces Dios se sentó
en la falda de un cerro donde podía pensar;
junto a un río ancho, profundo, se sentó;
con su cabeza entre las manos,
Dios pensó y pensó,
hasta que pensó: “¡Me voy a hacer un hombre!

Y del lecho del río
Dios extrajo el barro
y en la orilla del río
Dios se puso de rodillas
y allí el gran Dios Todopoderoso,
el que encendió el sol y lo colgó en el cielo,
el que arrojó las estrellas hasta el último rincón de la
noche,
el que redondeó la tierra en el hueco de sus manos;
este gran Dios,
como una mamá agachada sobre su nene,
se arrodilló en el polvo
sudando sobre una pelota de barro
hasta que la formó a su propia imagen;
entonces le sopló el aliento de la vida,
y el hombre se volvió un alma viviente.

Amén. Amén.







A Poet to His Baby Son

Tiny bit of humanity,
Blessed with your mother’s face,   
And cursed with your father’s mind.

I say cursed with your father’s mind,
Because you can lie so long and so quietly on your back,   
Playing with the dimpled big toe of your left foot,   
And looking away,
Through the ceiling of the room, and beyond.
Can it be that already you are thinking of being a poet?

Why don’t you kick and howl,   
And make the neighbors talk about   
“That damned baby next door,”   
And make up your mind forthwith   
To grow up and be a banker
Or a politician or some other sort of go-getter   
Or—?—whatever you decide upon,   
Rid yourself of these incipient thoughts   
About being a poet.

For poets no longer are makers of songs,   
Chanters of the gold and purple harvest,   
Sayers of the glories of earth and sky,   
Of the sweet pain of love
And the keen joy of living;
No longer dreamers of the essential dreams,   
And interpreters of the eternal truth,   
Through the eternal beauty.
Poets these days are unfortunate fellows.   
Baffled in trying to say old things in a new way   
Or new things in an old language,   
They talk abracadabra
In an unknown tongue,
Each one fashioning for himself
A wordy world of shadow problems,
And as a self-imagined Atlas,
Struggling under it with puny legs and arms,   
Groaning out incoherent complaints at his load.

My son, this is no time nor place for a poet;   
Grow up and join the big, busy crowd   
That scrambles for what it thinks it wants   
Out of this old world which is—as it is—
And, probably, always will be.

Take the advice of a father who knows:   
You cannot begin too young   
Not to be a poet.






An Explanation

Look heah! ’Splain to me de reason   
Why you said to Squire Lee,
Der wuz twelve ole chicken thieves   
In dis heah town, includin’ me.   
Ef he tole you dat, my brudder,   
He said sump’n dat warn’t true;   
W’at I said wuz dis, dat der wuz   
Twelve, widout includin’ you.

Oh! . . . !—







Art vs. Trade

Brain, Brain versus Heart;
Oh, the earthiness of these hard-hearted times,   
When clinking dollars, and jingling dimes,   
Drown all the finer music of the soul.

Life as an Octopus with but this creed,
That all the world was made to serve his greed;
Trade has spread out his mighty myriad claw,
And drawn into his foul polluted maw,
The brightest and the best,   
Well nigh,
Has he drained dry,
The sacred fount of Truth;   
And if, forsooth,
He has left yet some struggling streams from it to go,
He has contaminated so their flow,
That Truth, scarce is it true.

Poor Art with struggling gasp,
Lies strangled, dying in his mighty grasp;
He locks his grimy fingers ’bout her snowy throat so tender.   
Is there no power to rescue her, protect, defend her?   
Shall Art be left to perish?
Shall all the images her shrines cherish
Be left to this iconoclast, to vulgar Trade?

Oh, that mankind had less of Brain and more of Heart,   
Oh, that the world had less of Trade and more of Art;   
Then would there be less grinding down the poor,   
Then would men learn to love each other more;   
For Trade stalks like a giant through the land,   
Bearing aloft the rich in his high hand,
While down beneath his mighty ponderous tread,   
He crushes those who cry for daily bread.








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