jueves, 19 de enero de 2017

LUCY OPORTO VALENCIA [19.880]


LUCY OPORTO VALENCIA   

Lucy Oporto Valencia (Viña del Mar, Chile 1966). Autora, entre otros trabajos, de: Una arqueología del alma. Ciencia, metafísica y religión en Carl Gustav Jung. Editorial USACH, 2012. El Diablo en la música. La muerte del amor en El gavilán, de Violeta Parra. 1ª edición, Altazor, Viña del Mar, 2008. 2ª edición, corregida y aumentada, Editorial USACH, 2013. “El sonido, el amor y la muerte. Violeta Parra y la Nueva Canción Chilena”, en Palimpsestos sonoros. Reflexiones sobre la Nueva Canción Chilena. Eileen Karmy y Martín Farías, Eds., Ceibo, Santiago de Chile, 2014. Los perros andan sueltos. Imágenes del postfascismo. Editorial USACH, 2015 y La inteligencia se acrecienta en la Nada, Ediciones Inubicalistas, Valparaíso, agosto 2016.



NADA. ELLO DIRÁ

Notas para una metafísica de la memoria y la Ausencia de Dios

Presentación de La inteligencia se acrecienta en la Nada, por su autora. 
Ediciones Inubicalistas, Valparaíso, agosto 2016

Por Lucy Oporto Valencia
oportolucy@gmail.com

1

La memoria como persistencia fundamental del ser, es la irradiación póstuma subyacente a los esfuerzos de una conciencia enfrentada, por un lado, al peso de la realidad, al sufrimiento provocado por la inconsistencia y disolución de su núcleo, y a la siniestra continuidad de ese movimiento regresivo y maligno, no siempre manifiesto, pero sí latente a través de crímenes imperceptibles. Y enfrentada, por otro, a los simulacros y apariencias construidos calculadamente para negar ese horror, esa barbarie y esa traición, encubiertos aquéllos por un cinismo e ironía ofrecidos en esta época como transgresión, marginalidad, alternatividad, subversión, o espurias y rentables “danzas sobre el abismo”, en medio de la consolidación y apoteosis de la sociedad de consumo y su hedonismo nivelador, con pretensiones triunfalistas transformadoras e, incluso, revolucionarias.

Publicar casi veinte años después estos ejercicios en prosa y verso, que buscaban una conexión con alguna forma de pensamiento capaz de dar cuenta de una realidad, o de una dimensión de ésta, se inscribe en dicho entendimiento de la memoria, en cuanto proceso, camino, registro, huella, antecedente y cifra de un mundo desconocido, un interior hermético y un sentir abismal, sumidos en la precariedad y la miseria de la carencia de forma, cauce y expresión, cuyo horizonte fuese la autoconciencia: el más alto valor, superior a cualquier esteticismo indolente y narcisista e, incluso, a la vida misma y su crueldad constitutiva, repetitiva, autorreferente, mecánica y fascistoide. Así, dichos ejercicios se convirtieron en la plasmación de una energía afectiva que contenía irradiaciones y ramificaciones abiertas al futuro, las cuales se realizaron en obras posteriores, de modo insólito.

Ahora bien, examinado en retrospectiva, el registro de una memoria y su entrega en una forma inteligible, capaz de preservar esa irradiación y crispación experiencial, inicial e individual, constituyen tardíamente un trasunto de la conciencia de la inevitabilidad de la muerte; del transcurso del tiempo; de la caducidad, finitud y decadencia; de la precariedad y fracaso de los sentimientos; de los sueños perdidos; del crepúsculo de una vida, una forma de vida, un pensamiento, un mundo de valores y afectos. Constituyen, en suma, un trasunto de la conciencia de la extinción de un entendimiento de lo humano que hubiese hecho posible el amor, la verdad, la bondad, la revelación del Espíritu en toda su insondable e inconcebible profundidad.

Esa conciencia forjada penosamente se precipita ahora en una violencia soterrada, enfrentándose a los falsos prestigios de la seducción demoníaca y sus estrategias de “empoderamiento” -como se dice ahora-; del progreso y sus mecanismos autónomos e impersonales, en que los sentimientos, la vida interior, el conocimiento de sí y lo humano ya no tienen lugar. Así se configura la duración y el antilugar de una inminencia y una urgencia invisibles, para las que tal vez no llegue a existir una imagen, ni una forma, ni una conclusión cerrada.


2

La destructividad presentada por Francisco de Goya (1746-1828) en Los desastres de la guerra, serie de grabados realizada entre 1810 y 1820, en el marco de la Guerra de la Independencia Española (1808-1814), trasciende el horror mismo de la guerra como experiencia límite de una humanidad perdida en y para sí misma. El descarnado realismo de Goya, testigo de los hechos, apunta, no obstante, a una dimensión de la realidad más vasta, un trasfondo común a toda catástrofe colectiva e histórica, en mayor o menor grado, desde los desastres naturales hasta los golpes de Estado: la extinción de lo humano mismo, en cuanto proyecto, cultura y conciencia de sí; la muerte y vacío del alma; la creciente incompatibilidad entre la conciencia y la vida; y el advenimiento e instalación del fascismo como perversión autocomplaciente y corrupción humana límite.

“Nada. Ello dirá” es el título del grabado que ilustra la portada de este libro, extraído de los Desastres. La imagen muestra un cadáver descompuesto, rodeado de acechanzas y presencias siniestras, detenido en un movimiento definitivo, a modo de testimonio: un hombre moribundo que ha dejado registrada una palabra, como manifestación de una última lucidez, en medio del horror y la inminencia de la muerte: “Nada”. Sin embargo, Goya registra y da una forma todavía humana a esa pérdida y destructividad radicales, que contrasta con las modernas tecnologías al servicio de la guerra y sus negocios -como las cámaras satelitales señaladas por el documentalista alemán Harun Farocki (1944-2014)-, donde lo humano deviene superfluo, siendo sustituido por la referencia indirecta a su aniquilación, contenida en el eufemismo militar “daño colateral”. Goya, en cambio, registra y da forma no sólo a los horrores, carnicerías y miserias de la guerra y su expansión demencial, sino también a la extinción de un mundo de valores, como la verdad, la conciencia, la compasión, la solidaridad, la memoria misma. A ese proceso de extinción y aniquilación total pareciera referirse la enigmática inscripción del moribundo: “Nada”, aunque cargada de una significación entregada al futuro: “Nada. Ello dirá”.

El dramaturgo chileno Juan Radrigán (1937-2016), recientemente fallecido, constata la insuficiencia del lenguaje para comprender el golpe de Estado y la dictadura en Chile. El “nacimiento del triunfo rotundo del mal”, la ferocidad inusitada con que se desplegó el “odio militar, (...) de alguien cuya única razón de existir es la de matar”, sólo le ofrecen una única certeza: la exclusión de cualquier posibilidad de comprensión, perdón y olvido. Mientras que la impunidad excluye per se la felicidad como horizonte. Pues ella adquiere aquí necesariamente los atroces rasgos de una afrenta, aun cuando la vida indiferenciada continúe con sus sórdidos mecanismos de sacrificio, reproducción y reinicio, favorecidos por el estado de inconsciencia y su maldad constitutiva.

Ésta es la siniestra relación que Radrigán observa lúcidamente entre impunidad y felicidad, en 2002, a partir del sustrato arcaico y universal de la tragedia griega:

Entonces recuerdo que hace más de dos mil quinientos años, Eurípides se refirió al “negro carro de la felicidad”. Es una frase extraña que nunca logré desentrañar. Ahora sospecho que se refiere a la negra felicidad de los que logran olvidar[1].


3

La inteligencia se acrecienta en la Nada registra la observación y constatación experiencial de la terrorífica persistencia de esa inconsistencia y disolución del ser, en cuanto movimiento regresivo, voluntad autónoma de destrucción y eje del mal, nadificación y hundimiento en una última oscuridad, encarnados histórica, individual y anónimamente.

La inteligencia y el conocimiento crecen y esplenden como un último sol, cuya forma es la de una memoria, una donación y una amalgama de sentimientos para los que ya no existe, ni existirá lugar. De ahí, el Yo Póstumo surgido en dichos registros: esa luz lejana, perdida, ese rastro de la negatividad de Dios ido y su Ausencia irradiante, de la traumatización perpetua infligida por la realidad y su sangre obscena y sacrificial, su núcleo infernal, y sus despojos y deformaciones humanos sin conciencia ni alma, de los que la postmoderna reducción de las relaciones del lenguaje consigo mismo, el celebrado fin del sujeto, las filosofías de la disolución, y el espiritualismo exitista y consumista en boga,  jamás serán capaces de dar cuenta.


*

Mis agradecimientos a Ediciones Inubicalistas por haber acogido esta obra y otorgarle un espacio de dignidad. A Felipe Moncada, a cargo de su edición, junto con Patricio Serey y Rodrigo Arroyo. A Rodrigo y a Jorge Polanco, por sus lecturas y comentarios en esta ocasión. A Jorge, en particular, por este reencuentro, que rememora nuestra época como estudiantes de filosofía, cuando compartíamos reflexiones, sentimientos y otros testimonios del espíritu de la época.

Valparaíso, 16-24 noviembre 2016 / 11 enero 2017





Presentación de La inteligencia se acrecienta en la Nada, de Lucy Oporto Valencia. Ediciones Inubicalistas, Valparaíso, agosto 2016. Realizada el 25 de noviembre de 2016, en el hall del Edificio de las Artes. Serrano Nº 591, Valparaíso. Participaron Jorge Polanco y Rodrigo Arroyo como presentadores, y Felipe Moncada en su calidad de editor. Esta actividad fue realizada en el marco de la presentación del catálogo e inauguración del nuevo taller de Ediciones Inubicalistas, en el Edificio de las Artes, que también incluyó la presentación de La voz de aliento, de Jorge Polanco. Contó con interpretaciones de Violeta Parra, a cargo de Alejandra Lavín, Felipe Moncada y Cristián Olivos.


*



EL YO PÓSTUMO II        
        
Líneas difusas en un pozo de dientes. Invisibles desprendimientos. El fuego es la lejanía que acusa los laberintos de abajo, el envés obsceno de las palabras, la oscuridad de un canto enfermizo. Como rostros fugaces y quijadas bebiendo la memoria, el fondo de los días, el sol, el mármol partido.
         
El Yo Póstumo es el tardío lugar de la derrota. Un silencio de asesinos y cuerpos, donde las líneas cercenan el abrazo, y la luz se parte como una quijada o un cerebro enorme, en la raíz del ojo y la palabra.
         
Pues en ese significado vacío ha de mostrarse el dolor crepuscular de los extraños, la vida extinguiéndose en el relato del Yo Póstumo: el naufragio del sonido y la palabra.

Es la tarde de todas las promesas, un camino trazado sin medida. Sólo el hundimiento, el cerebro de abajo: otredad, desolación y pérdida.
         
Mas yo era la vida.
         
Escombros. Cuerpos de fastidio y cortes. El alto linaje vulnerado. La mirada se vuelve sobre sí misma en lúgubres cantos y tendones. Los pozos exhiben la entraña corroída del destierro.
         
Sólo el rechinar de las quijadas. El cristalino silencio de los altos días, disolviéndose.
         
El Yo Póstumo es el abrazo de Dios. 

Pero Dios devino la quijada, un nombre roto contra sí mismo y contra el mundo: mil trompas resonando en una profundidad imposible, abierta como un cadáver vacío.
         
Es la luz de abajo que irradia en el asedio, el devoramiento y el asco.

5 de septiembre de 1996


HORROR METAFÍSICO 
Epílogo

I

Horizonte quebrado
a contraluz,
sin voz, 
sin apertura frontal.

Sólo un abismo de cristal negro,
refugio en llamas,
dolor inmaterial 
de un espasmódico desfondamiento.

La altura.
La planicie.
El estertor marmóreo del alma que cae.

Caminos bifurcados 
en preguntas inconcebibles.
Alaridos bajo el follaje de otoño.

Un rumor de sangre.

Ya no habla la unidad.
Se ha vuelto transparente.
Pues la demencia de Dios 
es la exhibición
de su Creación fisurada.

Declinarán los niveles 
en la fantasmal abstracción
del florecimiento y de la muerte.
Allí corren las doncellas de luz,
como un despertar que se disolviera
entre las raíces 
de un olvido sacrificial y tardío.

Súplica e inocencia.
Crispación y silencio.
Umbrales y nombres evanescentes.
Pues la respuesta era el despeño 
del alma sutil,
el cielo fragmentado 
del interior último.
Como pozos en descenso 
concentrando los signos 
de la pérdida esencial.

Ahora el ojo se expande hasta la muerte.

30 de mayo de 2003


II

Despojamiento iluminado.
Transparencia mortal.

Era Dios
en una senda de estertores descendentes.
La piedra que sangra voces,
desde un pasado especular,
disolviéndose bajo 
la inexorable agonía del sol.

Póstumas determinaciones.

Del otro lado 
están los árboles, 
los pozos invertidos:
conciencias inorgánicas presenciando 
el devenir de la caída.

La cifra del silencio pende
en diseminados abismos, 
como ojos y bocas mortales.

Abstracciones transmutadas
en objetos parlantes.
Hojas secas y aullidos.
Cofres y escaleras bajo el agua estéril
del Espíritu extrañado,
sin habla.

Mas el alma era de las cosas.

Son las desgarraduras, 
separadas de Dios.
Chillidos autónomos,
como arcaicas mutilaciones.

Un devenir olvidado de súplicas 
y signos desperdiciados.


El fondo.
El fuego.
La desolada representación 
de una Ausencia proliferante.

3 de junio de 2003


[1] Juan Radrigán, “Memorias del olvido”. Bayona (Francia), 18 de octubre de 2002.



Lucy Oporto, La Inteligencia se Acrecienta en la Nada
Ediciones Inubicalistas, Valparaíso, 2016

Por Jorge Polanco Salinas 

“Dos justos hay, mas su virtud no halaga;
Soberbia, envidia y lucro codicioso
Son los tres males de Florencia plaga”


La Divina Comedia, Infierno, Canto VI

En el Bosco no pareciera existir piedad. El infierno se vive como una lucha de todos contra todos. El carácter monstruoso no solo se cristaliza en las figuras deformes, sino en cómo llegaron a ser lo que son. En Los desastres de la guerra de Goya, el espesor de las imágenes se encuentra tanto en la bestialidad como en la miseria humana. En su caso, no es necesaria la exacerbación casi onírica de la deformación; basta con la acritud de los rostros. A pesar de las diferencias, en sus pinturas la carencia de piedad conforma el testimonio de la oscuridad infernal del mundo. Y la piedad, como muestra un bello texto de Didi-Hubermann, guarda relación con el duelo; esto es, con la escena de la madre velando al hijo asesinado. Generalmente, este oscuro luto —trabajado por Nicole Loraux en sus estudios sobre la Grecia clásica— proviene del hijo que va a la guerra, mientras las mujeres deben hacer el duelo, alterando el orden de la ciudad. La inteligencia se acrecienta en la nada que presentamos de Lucy Oporto Valencia alude a estos referentes visuales, a los que habría que agregar La Divina Comedia de Dante. La persistencia de la monstruosidad indica en este nuevo libro el síntoma de un mundo vivido ya como síntoma; es decir, la “deformación” de una experiencia que no tiene una forma plena o mesiánica, aunque la añora. 

La inteligencia se acrecienta en la Nada transita tres planos. Primero, el ámbito biográfico de los acontecimientos personales que no se limitan a un lenguaje confesional o anecdótico, sino más bien manifiestan sucesos que rebasan al sujeto de la escritura (eventos históricos, esperanzas truncas, desilusiones humanas, sueños arquetípicos, etc.). Segundo, una dimensión histórica que remite a la vida de las últimas décadas en Chile, primordialmente durante la postdictadura. Tercero, un ámbito global que condice con una interpretación filosófica sobre la muerte de dios. Estos niveles del libro se conjugan; y, a mi modo de ver, evocan la constatación de un duelo. Todo el libro podría leerse a partir de un llevar a cabo el luto, de hacer el luto a través de la escritura.
En lo que sigue me remitiré a estas esferas del duelo y tomaré como excusa el murmullo de tres frases que confluyen en la prosa y los versos. Digo “murmullo”, porque no se trata de un comentario explícito, sino que barruntan su impronta bajo la lectura. 


1.- “El hundimiento de la noche es el nudo que se parte desnudando el tiempo”. El Yo Póstumo I

La primera dimensión; me permitiré contar una historia personal de mi relación con Lucy. Cuando comencé a leer el libro, me conmovió que los primeros textos fueran datados meses antes que la conociera:

30 de octubre de 1994.

A Lucy la vi por primera vez en la universidad, el año 1995, cuando estudiábamos el pregrado de filosofía. Con su voz grave y adusta, se sentaba al final de la sala y planteaba sus preguntas que siempre fueron genuinas, en el sentido de interrogar lo que realmente la acuciaba y sorprendía. Lucy era la estudiante más grande de mi generación, y la más brillante que pasó por esos años en la universidad. Ocupo la palabra “conmover” vinculada a “conmoción” no solo por el tiempo que ha pasado, sino también por el pensamiento que ha desplegado desde ese entonces.

La primera vez que fui a su casa y me mostró estos “ejercicios de concentración” —como los llamó y lo sigue haciendo— se notaba que estos textos desplegaban el inicio del susurro del pensamiento, aquella zona en que el lenguaje se perfila hacia un argumento o discurso. Combinan la redacción de los sueños, los “mensajes” indescifrables que estos traen consigo, las obsesiones existenciales y, por ende, lo inefable que asoma en el arribo a la conciencia. De ahí que las escasas veces que Lucy mostró sus textos en clases, algunos profesores se vieran sobrepasados.

En una zona anterior a la superficie de la lógica, estas escrituras de contemplación de la psique (en griego quiere decir “aliento”) se vuelcan, posteriormente, a los arquetipos que Lucy detecta en el mundo. Es preciso destacar que se graduó con una tesis de licenciatura sobre Jung, que fue publicada hace algunos años por la Universidad de Santiago. Estos ejercicios del alma en el sentido fuerte del término —recuérdese que los antiguos practicaban igualmente la gimnasia espiritual— condicen con la esfera musical: tanto en los poemas y prosas que presentamos, su libro El Diablo en la música, dedicado a Violeta Parra, como sus estudios de guitarra. Pero aquello se percibe paradójicamente en que Lucy desarrolla la música desde lo inefable, a partir de la conjunción que permite hacer emerger desde los sonidos aquello difícil de contar. Justamente porque estamos rodeados constantemente de ruido, lo más complejo es llegar a estar capacitados para comprender el sonido.

En “La imposibilidad tonal”, Lucy escribe sobre esta emancipación llevada a cabo por Arnold Schönberg, que da cuenta no solo de la “ampliación del material sonoro a zonas del espectro armónico rechazadas hasta entonces”, sino también del derrumbe de la figura del hombre “en el progreso ilimitado, cuya cifra es la acumulación de desechos y cadáveres”: “La imposibilidad tonal, como imposibilidad humana fundamental”. Aquí psique y música se unen: conforman una compañía más antigua que el amanecer del día. Esa conformación inenarrable que el sol y el nacimiento dejan en las sombras.

Como observa Pascal Quignard, el primer aliento va unido a la voz de la madre que se transforma pronto en lengua materna; es “esa voz perdida que regresa, esa ligazón que sobrevive a la extraordinaria metamorfosis animal y que apacigua su violencia y suspende su traumatismo. De allí el lazo indivisible entre la música y el pensamiento”. En esta anterioridad de la noche, en su ritmo recóndito y secreto, la relación conmocionada entre el nacimiento del lenguaje y la perturbación de la vida hacen preguntarnos por “los límites de la profundidad”. ¿Cuál es la morada que esta escritura busca? ¿De dónde proceden estas imágenes y estos sueños? ¿Qué olvidamos en el amanecer de nuestra conciencia?

En la enigmática figura del “Yo póstumo”, la fragmentación guarda relación con un susurro, con el hundimiento en percepciones larvarias de una destrucción. No se sabe de qué; dónde ocurrió la batalla. Pero sí es posible adivinar un caos que prevalece, y como el quiebre final de las formas de dios y de los hombres, la armonía se despedaza en el extravío de un tiempo desnudo.

Quizás por esto “Adiós a la música” sea el texto más complejo y el que más duele leer. “Los goznes del precipicio”. Escrito, por lo demás, en el año de ingreso a los estudios de filosofía.


2.- “Testigo es aquel que se queda a presenciar la muerte”. La muerte de la muerte

La segunda dimensión es el plano histórico. “Los genios no tienen memoria”, dice en “El desprendimiento de la eternidad”. Si Lucy emplea términos cargadamente metafísicos, guardan relación con una necesidad de unión, amor y espesura. Frente a este requerimiento se impone, por el contrario, una marcada ulceración y escarnio que emparenta su trabajo con Antonin Artaud y los grabados de Goya, incluidos en el libro. Estas invocaciones de lo descarnado están relacionadas con la historia de Chile, con un alma desprovista de justicia.

“Romo” es el texto que patentiza la índole abyecta de estos acontecimientos. Aborda la encarnación del mal en Osvaldo Romo luego de las entrevistas que aparecieron del torturador en esos años. Parafrasea sus intervenciones y las relaciona con la filosofía. Es decir, cuestiona su quehacer y el vínculo de su “modo de preguntar” con la angustia, la cicatriz, el padecimiento de las torturas.

Esta relación tiene una historia situada, por cierto. ¿Qué ha hecho la filosofía en Chile con estos “materiales”? ¿Cómo pensar a este torturador? ¿En qué sentido la instauración de definiciones, los métodos de conocimiento y la búsqueda de saber se diferencian del ejercicio de interrogar la verdad que persigue el verdugo? Por un lado, hayamos en Romo una figura no pensada. Por otro, se intuye una deuda secreta entre la institución y la carencia de exigencia moral, esto es, el hacerse cargo de la historia y sopesar su significado. Así como Levinás escribió sus apuntes sobre la “filosofía del hitlerismo”, en Chile podría hacerse algo similar con el pinochetismo. Sin embargo, para cumplir aquella tarea es preciso exigirse al nivel del compromiso, de estar a la altura de “la herida, que es la única y última pregunta”.

En términos de estilo, que no significa mera “estilística”, Lucy emplea alegorías a la usanza de La Divina Comedia (citada en otro de sus libros: Los perros andan sueltos. Imágenes del postfascismo), en el sentido de marcar una señal de devastación. El uso de las figuras de la enumeración y el oxímoron no consiste en una apertura surrealista a lo extraordinario, sino en dar cuenta de los deshechos. “Constatar la repetición tediosa, transparente e inane”. Poco importa que estas prosas puedan caber dentro de géneros en crisis como “poesía” o “narrativa”; precisamente al rebasar la preocupación por su denominación, el libro se vuelve relevante. Prevalece una pulsión anterior –y primordial— en los textos. Al reiterar imágenes de podredumbre y enfatizar el deterioro, se quiere adjetivar las secuelas de una historia en que, luego de una lucha entre el bien y el mal, ganaron los de siempre: los sagaces en el abismo.

“La inteligencia se opone al amor”, “más allá del amor, estuvo el vacío”, “la muerte es el correlato de su inteligencia”, “La inteligencia se devora a sí misma”. 

¿Es decir, a sus hijos, como Saturno? Si es así, las generaciones devoradas y amputadas de la historia son los hijos de la dictadura, más larga por cierto que los años de Pinochet. En estas alegorías dantescas, en el sentido que dan cuenta del mal ominoso encarnado en el mundo, abundan órganos, cuerpos, úlceras, pedazos espurios, y al mismo tiempo ira, tedio, muerte; vale decir, los fragmentos de una lucha perdida que podríamos llamar con una palabra benevolente: “postdictadura”. 


3.- “La mano temblorosa extendida hacia la Nada. La plegaria sin respuesta”. Mysterium Tremendum

El tercer ámbito del duelo, es la muerte de dios. Tal vez todo el libro sea la constatación de esta defunción; la mirada dolorosa de su descomposición que abarca los aspectos anteriores. Para referirme a este dios “hecho pedazos” e invocado en su necesidad, es preciso quizás ofrecer algunas pistas. En una historia que puede remontarse a Hölderlin y la huida de lo sagrado, pasando por las rupturas de las imágenes que la modernidad había forjado en torno a una cierta comprensión del progreso y la racionalidad (instrumental o calculadora, como suele caracterizarse), siguiendo con las advertencias del nihilismo tanto en Dostoievsky como en Nietzsche, y, por cierto, con la crisis de la metafísica en el siglo veinte; esta muerte de dios ha tenido diversos rostros y máscaras.

En este panorama en que “La muerte de Dios es el juguete de la muerte del hombre”, “¿Qué morada he de construir para mi duelo?”, pregunta Lucy; cuestionamiento fundamental porque el carácter “nadificante” de lo humano —verbalización reiterada en el libro— estriba en una búsqueda por yacer, pertenecer, guarecerse en un espacio amable y, por supuesto, amoroso. Las imprecaciones ante el mundo, asimilado a la “antimorada” del demonio, hace de Lucy una escritora “arcaica”, en el sentido riguroso del término; esto es, una pensadora que desea encontrar una arjé (un principio fundamental), y desde allí surge la potencia de su escritura que desencadena el enfado y el horror metafísico.

De este libro podría llevarse a cabo una lectura apocalíptica, pero no a la manera usual como se entiende este término. Tal como resalta Jacob Taubes, los apocalípticos no son necesariamente supramundanos, es decir, despreocupados de lo que sucede en el mundo, sino que están en contra de él, de su tedio y banalidad, buscando una redención; palabra —esta última— que en Lucy puede sopesarse como la persecución de una comunión vital y espiritual. Los apocalípticos son generalmente los transformadores del orden vigente. No se conforman con lo que sucede, ni tampoco creen en el progreso en la medida de lo posible; prefieren una interpretación espesa de la historia que le rinda justicia. ¿No es esto, acaso, lo que asoma como apremio en las prosas y versos?

Sin embargo, ¿desde qué lugar perfilarse, sin dios y resquebrajados los goznes? “¿Dónde está la morada del Padre?”, interroga Lucy.  El desquicio. Los amputados. La mirada que ha visto la muerte. El tedio del devenir. El yo póstumo. Todas figuras alegóricas de una destrucción, pero que quizás puedan sintetizarse en esta última que aludimos: el yo póstumo. Compleja y extraña imagen. Intentaré explorar algo de su significado.

El yo póstumo es al mismo tiempo el abrazo de dios y el lugar de la derrota. Creo que en esta figura se concentra la potencia de lo inesperado, lo inadvertido, lo inenarrable que mencionamos al comienzo respecto de la música; aquello que se prolonga más allá del sujeto —vencido con la muerte de dios—y que permite pensar en una historia que, ante el caos, perdura en el extraño legado del duelo. Para explicarme mejor volveré al comienzo.

30 de octubre de 1994.


Fecha del primer texto. ¿Por qué estos ejercicios de concentración requieren ser datados? ¿De dónde proviene este afán de archivo? La fecha inscrita consiste, implícitamente, en una forma de pensar la historia, en una posta al futuro porque el duelo conjuga paradójica con el porvenir. “El hundimiento de la noche es el nudo que se parte desnudando el tiempo”, “Testigo es aquél que se queda a presenciar la muerte” y “La mano temblorosa extendida hacia la Nada. La plegaria sin respuesta”. Estas tres frases escogidas corresponden a imágenes de un duelo, en que el tiempo no nos da respuesta desde hoy. Sin ya confianza en el progreso, ni una garantía de la historia, solo queda esperar la fragilidad de una promesa: aquello impensado que se deposita en las palabras y le entrega su carácter póstumo.

La consistencia inusual de una imagen, una letra, una voz, que en una fecha recóndita vuelve a repetirse en nosotros, como testimonio de aquello imposible de domesticar, ¿esto es en definitiva el poema?, ¿de aquí viene su precaria potencia? ¿De la madre, del aliento, de la noche, de lo inadvertido?

“Todos los mundos del mundo se perderán –señala Lucy en ‘El Yo Póstumo I’, conversando inconscientemente con Violeta-, como las membranas flotantes de Dios a la deriva, entre retinas y pozos desprendidos.

Leer la espesura es amar”

Valdivia/Valparaíso, 24 de noviembre de 2016









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